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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS FIELES DE COLOMBIA CON MOTIVO DE LA PRIMERA ASAMBLEA NACIONAL DE LAS OBRAS CATÓLICAS
*

Viernes 20 de junio de 1952

 

Amadísimos hijos, católicos colombianos, los que Nos oís desde las altas sierras y sabanas del interior, lo mismo que los que escucháis Nuestra voz en los valles risueños de las tierras medias o en las costas oreadas de uno y otro mar. Es vuestro Padre de Roma el que os habla; es el Vicario de Cristo, que se dirige a vosotros, en un momento grave de vuestra historia.

Por designio providencial, acabáis de celebrar la Primer Asamblea Nacional de vuestras Obras Católicas, —gran revista de fuerzas al servicio del apostolado— y uno de cuyos acuerdos ha sido esa «Cruzada de la paz », que hoy concluís renovando vuestra consagración al Corazón Sacratísimo de Jesús.

¿Necesitaremos, pues, decir con cuánto amor, con cuánto gozo hemos acogido inmediatamente vuestro deseo de oír hoy, precisamente hoy, una palabra Nuestra, cuando somos Nos quienes estábamos deseando pronunciarla?

Porque para Colombia corren horas difíciles, cuya gravedad ha sido puesta suficientemente de relieve por la voz común de vuestros Pastores. El demonio de la discordia y de la violencia, no satisfecho con escindir al universo mundo en dos bandos que se miran cejijuntos, desea dividiros también a vosotros y lanzaros unos contra otros, como si en vez de hermanos fueseis los más encarnizados enemigos. ¿Conseguirá su pernicioso intento? ¿Convertirá a vuestra patria en una liza de riñas fratricidas? ¿Será capaz de hundir hasta tal punto el nombre grande de Colombia?

Colombia es un pueblo de vieja civilización, cuya historia Nos mismo hemos unido muchas veces a la de aquellos antiguos y esforzados paladines —Quesada, Ojeda, de la Cosa, Belalcázar— a cuyo impulso heroico cedieron las primeras puertas del Mundo Nuevo[1].

Colombia es símbolo de cultura, auténtica y de buena ley, como se demostraría —puesto que en sonoro castellano estamos hablando— solamente con recordar los nombres de los Caros, de Cuervo, de Marroquín, o de Gómez Restrepo, por citar los primeros que se Nos vienen a los labios.

Pero Colombia, sobre todo, a quien Nos hemos llamado puerta para la fe y la civilización, jardín de la Virgen[2]  es sinónimo de religiosidad, de catolicismo sentido y vivido, de tierra escogida, donde Nuestra Santa Religión se conserva en todo su esplendor. ¿No es acaso en Colombia donde, en circunstancias tan críticas, ha sido invocada por todos « la acción pacificadora de la Iglesia »?

Pues bien, hela aquí; he aquí; a la Iglesia de Cristo, por boca de su cabeza visible, que invita a todos los colombianos a la paz en el orden y en la justicia, en la fidelidad a la doctrina de Jesucristo; a esa paz —la única verdadera y posible— que parte de la pacificación interior del alma con Dios, que se apoya en los sentimientos de fraternidad y de concordia y que, superando los bajos instintos que pugnan por perturbarla, firmemente se eleva sobre los sólidos cimientos del amor y de la caridad.

Y precisamente por eso, colombianos amadísimos, nuestra confianza es grande; porque la paz se funda en la caridad y en el amor, y vosotros cerráis esta «Cruzada de la paz» renovando vuestra consagración a aquel Corazón dulcísimo, símbolo, centro y órgano de aquella suprema y divina caridad, que primero nos pacificó con el Padre y luego, infundiéndose en nuestros corazones, nos enseña a superar todos los demás amores y a sentirnos hermanos.

A este Corazón Divino, hijos dilectísimos, del que tan grandes beneficios reconocéis haber recibido, encomendamos vuestros problemas y vuestras dificultades todas, en nombre de la Iglesia que brotó de su herida abierta y a la que vosotros, a fuer de hijos devotos, os habéis apelado, para que en la oración y en la penitencia, en la intensificación de la vida cristiana, en la devoción a la Madre del cielo y en la fidelidad a vuestros pastores, encontréis finalmente los caminos de la paz.

Se ha dicho, y así es, que Colombia es una tierra singular donde, por la diversidad de alturas, la distribución primorosa y la misma latitud, es tal la encantadora diversidad de climas y de ambientes que cualquier ciudadano, venido de cualquier parte del mundo, podrá encontrar en ella un amable rincón para vivir a su placer; y, ¿sería posible que la que ofrece hogar risueño al universo entero lo hiciera ingrato a sus propios hijos?

Se ha dicho también, que el carácter colombiano, por su misma base de cultura y religiosidad, se distingue enseguida por un no se qué de abertura cortés y mesurada, que hace a su afortunado poseedor emprendedor sin imprudencias ni temores y acogedor sin ficciones ni reservas; y ¿sería admisible que un pueblo semejante se dejase despeñar por los derrumbaderos de la anarquía, donde nada quedaría ni de partidos, ni de sociedad, ni de cosa ninguna?

El Corazón Sacratísimo de Jesús no lo permitirá; no lo consentirá la Virgen de Chiquinquirá, vuestra Reina ; no será cierto, si recordáis lo que os debéis a vosotros mismos; no habrá tal, si queréis oír la voz de vuestro Padre, que os está hablando, y en cuyo pecho tienen tanta cabida vuestras ansias.

La bendición del cielo, que solemos invocar siempre al final de Nuestras palabras, quiere ser prenda de las mejores gracias de lo alto. De ninguna os querríamos nunca excluir, amadísimos hijos de la católica Colombia; pero esta vez, Nuestra Bendición de Padre, que a todos con el mayor afecto os damos, quiere ser antes que nada promesa de paz; de una paz —don preciosísimo, gracia fuente de gracia — que os sirva de consuelo en el espíritu, de seguridad en la vida y de garantía cierta de felicidad y progreso en el porvenir.


* AAS 44 (1952) 627-629.

[1] cfr. Disc. e Radiom, 14 de noviembre de 1950; Al Embajador de Colombia ante la Santa Sede.

[2] cfr. Disc. e Radiom. 16 de juliode 1946; Radiomensaje al Congreso Mariano Nacional.

 

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