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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS PARTICIPANTES EN EL IV CONGRESO INTERNACIONAL
DE LA UNIÓN MÉDICA LATINA
*

Jueves 7 de abril de 1955

 

Los estatutos de la Unión Médica Latina, que os congrega y que acaba de terminar en Roma su cuarto Congreso Internacional, Nos han dado, Señores, una visión así de su finalidad como de los medios que emplea para alcanzarla y de la extensión que ella ha adquirido con el tiempo. ¿No reúne ella, en efecto, a los médicos de unas treinta naciones de lenguas y culturas latinas, entre las cuales procura facilitar los intercambios y las relaciones de estudio en torno a los problemas de la patología?

Nos quisiéramos manifestaros todo el interés que tenemos por estos esfuerzos, y formular el voto de que los trabajos de vuestra Asamblea y los contactos permanentes previstos por vuestros Estatutos os permitan obtener plenamente el resultado a que aspiráis. La riqueza misma y la variedad de los temas tratados por insignes sabios, que forman parte de vuestra Unión, son una garantía de éxito para vuestra actuación y ponen de manifiesto la importancia y el valor del mundo médico latino.

En muchas ocasiones, durante el curso de estos dos últimos años, Nos hemos expuesto, en Nuestras alocuciones a los Congresos de medicina, a asociaciones de médicos, a grupos de especialistas, cuestiones que tocan a la investigación y al ejercicio de la medicina, en la medida en que se relacionan con ésta los intereses religiosos y morales. Nos hemos explicado las normas fundamentales y la significación profunda de la profesión del médico en general, los principios directivos de toda ética médica, la necesidad de un derecho médico nacional e internacional, su constitución, su vigilancia sobre el mismo, y la única forma posible de hacerlo obligatorio mediante acuerdos internacionales entre Estados soberanos. Nos hemos podido comprobar con satisfacción todo cuanto la iniciativa y la actividad infatigables de los grupos médicos había realizado ya, aunque el objetivo pretendido quede en muchos puntos lejos de haberse alcanzado.

Por lo que a materias específicamente médicas se refiere, muy recientemente aún hemos resumido Nuestras anteriores enseñanzas en un discurso a los asistentes a la VIII Asamblea de la Asociación Médica Mundial [1]. Por ello, querríamos Nos, de momento, presentaros más bien algunas consideraciones, a las que Nos invita el carácter propio de vuestra agrupación en la Unión Médica Latina.

Lo que os mueve a asociaros no es una especialidad médica común o un problema profesional especialmente signo de vuestro interés, sino el terreno de una cultura común, la que se extiende al dominio de las lenguas latinas. Estáis convencidos, y la experiencia confirma esta idea, de que así encontraréis particulares ventajas, beneficios que no se os ofrecen de otro modo, a lo menos no de la misma manera.

Nos querríamos mostrar que esta base cultural que os une es capaz no tan sólo de procuraros un perfeccionamiento personal, sino incluso de ser también una fuente de ventajas para vuestros enfermos, así como para la ciencia y la técnica médicas mismas en los países latinos.

Se acostumbra a distinguir entre los pueblos civilizados diversos dominios de cultura, donde se encuentra una manera típica de pensar, de juzgar, de sentir, de obrar. Así es como podemos delimitar un área de cultura latina, angloamericana, alemana, eslava, aun sin hablar de las civilizaciones de los grandes pueblos del Asia. Estos dominios culturales, no se ha de creer que nazcan, en principio, de una voluntad de oponerse a otras culturas, condenándose por ello a un aislamiento peligroso o al menos a un lamentable empobrecimiento. Ellos expresan, más bien, delimitados los caracteres propios de un pueblo o de un conjunto de pueblos, la manera como ellos desarrollan su patrimonio común y asimilan, al contacto con otras culturas, lo que de fuera les viene. Cada cultura reconoce de buen grado, sin mezquinas rivalidades, la presencia de otras en aquello en que le sean superiores y no duda en imitarlas o en recibir de ellas lo que tienen de aprovechable; pero cada una ama y cultiva los rasgos que le son peculiares, precisamente porque le pertenecen como cosa propia y porque en ellos reconoce su carácter distintivo.

Ningún hombre prudente negará que se encuentran con abundancia y hasta con profusión, en el terreno de las lenguas y de la cultura latinas, estos dones de espíritu y del corazón. Pero más bien que explicar este aspecto querríamos examinar cómo esta cultura os puede procurar un enriquecimiento en cuanto médicos y, por consiguiente, a vuestros enfermos y a la medicina considerada como una ciencia, un arte, una técnica.

Algunos podrían tener la impresión de que vuestros esfuerzos persiguen un objetivo irreal. ¿Qué relación hay, en efecto, entre la cultura y el objeto específico de la profesión médica? Las enfermedades que hay que curar ¿no son acaso las mismas en todas partes? Una pulmonía es una pulmonía tanto en los países latinos como en los de la cultura angloamericana. Los medicamentos principales y su manera de emplearlos son idénticos en lo esencial para todos los países civilizados; la penicilina es, en todas partes, penicilina; las inyecciones antituberculosis, parece que, en todas partes, obran de la misma manera. Finalmente, las principales intervenciones quirúrgicas, los casos en que éstas se indican, su técnica en sus elementos fundamentales son el patrimonio común de los pueblos cultos. Esta uniformidad se basa en un motivo fácilmente perceptible. El hombre es el mismo en todos los lugares y para todas las culturas en la estructura esencial de su organismo, en su predisposición a sufrir la influencia de los agentes morbosos, en sus reacciones ante los medicamentos y las intervenciones quirúrgicas. Sin embargo, esta uniformidad no es absoluta. Y en el documento que vosotros Nos habéis enviado ponéis de relieve que la asociación de los médicos de las naciones latinas se interesa por los problemas de la patología de dichos países, favoreciendo la iniciativa de viajes de estudios y estimulando los intercambios de conocimientos científicos en el cuadro de la cultura latina. Suponéis, pues, que existen en esta materia diferencias de hecho y particularidades que es normal encontrar, dado que, a pesar de su comunidad de cultura, las treinta naciones que forman parte de vuestra Unión poseen rasgos biológicos distintivos que se pueden explicar por las condiciones particulares y por la historia de cada región. Una idea análoga aparece claramente en el artículo 1º de los Estatutos, al señalar los objetivos de vuestra Unión: ella trata de ayudar a los médicos que van a tal o cual país asociado, para instruirse o perfeccionarse en él; su Oficina permanente tiene por objeto «centralizar todas las colaboraciones y todos los recursos posibles de enseñanza y de instrucción en todos los países de la Unión Médica Latina». Lejos, pues, de proponerse un objetivo irreal, vuestra Unión procura más bien contar con la realidad, porque el médico encontrará en ella un enriquecimiento de ciencia y de técnica derivado de los diversos caracteres específicos de las naciones que pertenecen al vasto dominio de la cultura latina.

Pero el terreno cultural común no aporta solamente al médico una posibilidad de perfeccionamiento científico y técnico. El médico, en efecto, no es únicamente alguien que sabe y que puede; él pone en juego en el ejercicio de su profesión, lo mismo que en su vida privada, una personalidad dotada de recursos profundos, que imprime a su acción el sello de su espíritu y de su corazón, que puede, sin empobrecerse, comunicar a otros su propia riqueza íntima.

Reconocer las grandes normas de la moral médica admitidas muy naturalmente en vuestra profesión, rechazar sin compromiso todo aquello que es indigno de la misma, tener en alta estima el honor médico verdadero, no soportar la presencia, en el seno de las asociaciones profesional, de quienes obren en contradicción con estas normas: he ahí algunos elementos, entre otros muchos, que constituyen la riqueza personal íntima del médico, muy por encima del saber y de la técnica pura. La cultura latina aporta aquí al médico, con su viviente tradición, los bienes espirituales más preciosos; ella educa en aquél la nobleza de corazón, la magnanimidad en las decisiones, la comprensión y la abertura a los sentimientos y al sufrimiento de los demás. Es imposible entrar en contacto con hombres penetrados de esos valores profundos, acercarse a ellos espiritualmente, sin sacar de ello algún provecho, sin ver borrarse los aspectos negativos que cada cual lleva en sí mismo y sin esforzarse en las tendencias positivas, transformadas en caracteres voluntariamente adquiridos. He ahí lo que importa verdaderamente y lo que hace apreciar esos intercambios, y ello aunque no hubiera de seguirse de ahí ninguna adquisición nueva de ciencia o de técnica.

Muchos años ha que Nos leíamos en las publicaciones médicas la fórmula de los principios que os guían: «cuidar y curar con lo mejor de sus conocimientos y de sus facultades; no causar ningún perjuicio ni matar; ver siempre y estimar al hombre en el enfermo; conocer y respetar los límites de las posibilidades médicas; estar siempre dispuesto para prestar ayuda dondequiera que su intervención sea solicitada (y estar tanto más dispuesto para ello cuanto más urgente sea la necesidad); no dejarse vencer por simpatías o antipatías hacia clases o razas, rango social o nacionalidad; no preguntar si se trata de amigo o de enemigo; en caso de necesidad, ser capaz de intervenir personalmente hasta el sacrificio de sí mismo».

¿No es verdad que la realización de semejante ideal lleva consigo para el médico un enriquecimiento notable de su personalidad? Para comprender más a fondo este ideal, para adherirse a él con una convicción más penetrante, para tender al mismo con una diligencia más espontánea, vosotros encontraréis una ayuda apreciable en la relación cada día más frecuente y más íntima con los recursos de la cultura latina y, en particular, en las reuniones con los colegas, que viven de estos principios con la seguridad tranquila y apacible del hombre y del médico serio y consciente de sus deberes.

Si esto es así realmente, el mundo de la cultura latina, en cuyo seno estáis agrupados, os habrá perfeccionado dentro del cuadro mismo de vuestra profesión.

Médico y paciente son en alguna manera términos correlativos. Fácilmente se adivina que el enriquecimiento intelectual, técnico, moral que el médico obtiene de su agrupación cultural van, ya de por sí, en ventaja y en provecho del paciente. Si existen, en efecto, en las naciones de cultura latina enfermedades de un tipo particular; si en las mismas se encuentran, con cierta regularidad, complicaciones que no se dan con tal frecuencia en otras partes; si las reacciones ante ciertos medicamentos de uso bastante extendido se apartan, con mayor o menor constancia, de las reacciones típicas, es evidente que los conocimientos adquiridos por el contacto con médicos y pacientes de una nación que pertenezca al mismo territorio cultural, y las variaciones de procesos allí comprobados, pueden ser de una importancia decisiva para una serie de pacientes, y que de ese modo la experiencia adquirida por el médico cede en beneficio del enfermo.

La influencia personal que el médico es capaz de ejercitar sobre el enfermo no tiene importancia o utilidad menor. El enfermo quiere ser comprendido por su médico y tiene necesidad de tener una gran confianza en él para lograr de sus cuidados un provecho real, físico y psíquico. Cuando el médico perteneciente al mismo medio cultural encarne el ideal que Nos hace poco delineábamos, beneficiándose de las mismas riquezas espirituales, y gracias al contacto con médicos eminentes que comparten sus aspiraciones, el enfermo encontrará en él todo aquello que busca espontánea y conscientemente: comprensión, apoyo, impresión de seguridad, y le otorgará de buen grado toda su confianza.

Vuestro encuentro en el campo de la cultura latina lleva, en fin, ventajas para la misma medicina, y, sin duda, las habéis investigado.

El progreso se realiza aquí de la misma manera que en todas las demás ciencias experimentales. Primeramente se impone la observación atenta, y siempre comprobada, de los hechos. Sin la sintomatología, la medicina quedaría en realidad impotente. Sigue luego la etiología con todos los problemas que plantea, pero también con los numerosos resultados plenamente comprobados que hasta el presente han podido comprobarse. Queda el profano asombrado ante los enormes progresos —aunque fueran sólo conocidos en una visión de conjunto— que la medicina ha realizado y continúa realizando. Citemos, sobre todo, el estudio cada día más preciso aun del mismo organismo humano, de sus órganos llamados anejos, de una estructura tan delicada, y cuya influencia decisiva sobre las funciones vitales no se percibe sino poco a poco; la extensión de la endocrinología, que procura compensar las deficiencias de las glándulas de secreción interna y restablecer el equilibrio necesario para su funcionamiento; la posibilidad e importancia del injerto y de la terapia celulares; la invención, la fabricación y la proporcionalidad de los remedios obtenidos por imitación de la naturaleza o por medio de las síntesis artificiales realizadas en los laboratorios; el considerable desarrollo de las intervenciones quirúrgicas y de las instalaciones en los hospitales. La cirugía se atreve hoy a intentar y aun realiza con éxito lo que hace un siglo o dos parecía imposible. Su audacia no despierta sino una inquietud: la de verla sobrepasar los límites de la licitud moral.

Los trabajos de observación, de investigación, de comprobación experimental se efectúan sobre todo en las clínicas y laboratorios. Sus resultados se convierten en bien para todos, merced a las publicaciones, libros y periódicos, a las relaciones leídas en los congresos, a los cursos especiales y complementarios en las Universidades y clínicas. Así es como, poco a poco, progresa la medicina en cada uno de los grupos culturales al principio mencionados y, por consiguiente, también en los países de lengua y cultura latinas, adaptándose a las condiciones especiales de estos territorios.

Y en todo esto nadie se contenta con recibir de los demás el resultado de sus investigaciones, sino que se esfuerza él mismo por dar y enriquecer a la sociedad y a la misma ciencia con los frutos de su trabajo. Para hacernos una idea de la importancia de esta mutua colaboración, basta leer atentamente la lista de miembros inscritos en vuestra Unión o simplemente nombrar a París, donde se encuentra su sede. Conocidas son las proporciones que allí alcanza el desarrollo de la investigación médica; lo que allí se encuentra, si se trata de institutos, clínicas y laboratorios, de las publicaciones allí editadas para provecho de la sociedad. Y casi lo mismo podría decirse de todas las grandes ciudades del mundo latino.

Al terminar esta alocución no quisiéramos Nos dejar de poner de relieve cómo las naciones agrupadas en la Unión Médica Latina se incluyen en el número de aquellas cuya alma quedó largamente impregnada y moldeada por la fe católica. Esta continúa inspirando, la mayor parte del tiempo, sus posiciones frente a los problemas de la vida, y, concretamente, ante el del dolor. Ahora bien, el médico ha de adoptar en estas cuestiones una postura, tanto con relación al enfermo como a sí mismo. Según la tradición cristiana, el enfermo merece las mayores atenciones, porque refleja la imagen de Dios, de un Dios encarnado y sufriente. El menor de los servicios que se le hace dirígese en realidad no tan sólo al hombre débil e impotente, sino al Señor de todas las cosas, que premiará con eternal recompensa el bien hecho en su nombre al más pequeño de los suyos.

Esa es la razón de que las normas morales a las que el médico obedece, se hallan muy por encima de las prescripciones de un código de honor de la profesión; elévanse al rango de una actitud personal con relación al mismo Dios viviente. De ahí se derivan la dignidad y la nobleza, las más altas, de la actuación del médico; de ahí también el carácter —pudiéramos decir sagrado— que envuelve a su persona y a sus intervenciones.

Esta tradición, amenazada hoy por un arrollador materialismo, os corresponde salvaguardarla. Contra las desviaciones de una medicina que se resolvería en pura técnica, contra un "arte de curar" que despreciaría el factor humano y trascendente, reaccionaréis vosotros defendiendo la primacía de lo espiritual, afirmada tan constantemente por la cultura latina y llevada a su más alta expresión en la concepción cristiana de la vida humana.

No se canse jamás vuestra voluntad de progreso, ante las dificultades; ni se descorazone por fracasos parciales. Que los resultados temporales de vuestra actividad puedan prolongarse en el plano de la fe, encontrando en él una duradera fecundidad.


* ASS 47 (1955) 275-281.

[1] AAS 46 (1954) 587-598.

 

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