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  DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LOS DIRECTIVOS Y JUGADORES DEL ATHLETIC CLUB DE BILBAO
*

Viernes 6 de julio de 1956

 

Aunque no es la primera vez, ni mucho menos, que tenemos el placer de recibir a un grupo de deportistas, o a un equipo de fútbol, porque las puertas de esta Casa están abiertas para todos, y mucho más las puertas de Nuestro corazón de Padre; sin embargo no tenemos ninguna dificultad en manifestar el placer con que acogemos hoy a los directivos y a los jugadores del «Atletic» de Bilbao, por ser ellos quien son y por parecernos que acaso lo merezcan de modo particular.

Y conste que al hablar así no Nos referimos tanto a esa justa fama que os circunda de deportistas verdaderos, entusiastas sinceros de una actividad a la que os dedicáis con alma y vida, poniendo en ella un ardor juvenil, un esfuerzo auténtico, una nobleza y una verdad, que todos os reconocen, casi como vuestra principal característica; sino más bien aludimos a esas voces, también no poco conocidas, que os presentan como un club y un equipo modelo desde el punto de vista moral y religioso, gente que sabe llevar paralelamente su vida deportiva y su vida espiritual, y que si hoy se reúne para un entrenamiento o para un encuentro, mañana acaso se verá convocada para un retiro espiritual o incluso para una tanda de Ejercicios. ¿Será por eso por lo que vuestros colores rojo y blanco se diría que están familiarizados con el triunfo? ¿Será por eso por lo que este año habéis cantado dos veces vuestro «alirón» con el brío y con las buenas ganas que todos saben?

Enhorabuena, hijos amadísimos; y enhorabuena también por vuestra actuación más reciente en tierras itálicas; porque el buen deportista sabe perfectamente que no es sólo el triunfo lo que cuenta, sino también, y mucho más, el dejar bien plantada una bandera, como habéis hecho vosotros. El deporte, y acaso especialmente el fútbol, puede ser también escuela de virtudes; de virtudes individuales en el propio perfeccionamiento, que supone no pocas veces mucha asiduidad, mucho sacrificio, mucho cultivo interior, mucha humildad en el recibir y asimilar las lecciones mucha abstinencia en el evitar todo lo que puede ser Contrario a la profesión que se vive, mucha abnegación en el perseverar en los momentos difíciles, mucha lealtad en el rendir lo que se debe rendir en todas las ocasiones, mucha superioridad de espíritu para saber perder sin descomponerse, mucha caridad para saber vencer sin humillar al adversario; de virtudes sociales, especialmente en el saber ocupar el puesto que le ha sido asignado en el equipo, en la táctica que en aquel momento se ha de aplicar, sacrificando el lucimiento personal, facilitando la labor de conjunto, siendo una pieza exacta en el complicado engranaje que requiere la táctica moderna, sin egoísmos, sin vanidades, sin cuestiones personales, con esa ascética especial que hace del atleta un buen ejemplo, incluso para quien quiera vivir conscientemente la mortificación cristiana en todas las circunstancias de su vida. Porque bien cierto es que también en la práctica cotidiana y para no perder la partida, muchas veces habrá que defender la propia área con arrojo, seguridad y energía, si no se quiere ser desbordado por las pasiones desencadenadas; muchas veces habrá que saber manejarse en ese difícil terreno medio del campo para encontrar el momento de pasar al ataque sin perder de vista los movimientos del adversario y los posibles peligros de la propia meta; muchas veces habrá que arrancar hacia adelante con inteligencia, resolución y agilidad, en buena armonía con toda la línea. para no desaprovechar el momento favorable y no dejar perder un tanto. que acaso sea definitivo en la vida.

Animo, pues, hijos amadísimos, y a seguir dando buen ejemplo en todas partes, como deportistas, como ciudadanos y, sobre todo, come cristianos prácticos. Que la victoria siga sonriendo a vuestros colores en todas las competiciones, que aún esperan a vuestra florida juventud. Y que la bendición del Señor os siga por todas partes.

Prenda de ella quiere ser la Bendición Nuestra, que de todo corazón os otorgamos, para vosotros, para vuestras familias y amigos, para vuestro queridísimo «Atletic», para vuestro no menos querido Bilbao y para toda la amadísima España.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVIII, págs. 335-337.

 

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