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OFICINA DE LAS CELEBRACIONES
LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE
VÍA CRUCIS EN EL
COLISEO VIERNES
SANTO 2005

MEDITACIONES Y ORACIONES DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
PRESENTACIÓN
El tema central de este Vía crucis se indica ya al comienzo, en la oración
inicial, y después de nuevo en la XIV estación. Es lo que dijo Jesús el Domingo
de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en Jerusalén, respondiendo a la
solicitud de algunos griegos que deseaban verle: «Si el grano de trigo no cae en
tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12,
24). De este modo, el Señor interpreta todo su itinerario terrenal como el
proceso del grano de trigo, que solamente mediante la muerte llega a producir
fruto. Interpreta su vida terrenal, su muerte y resurrección, en la perspectiva
de la Santísima Eucaristía, en la cual se sintetiza todo su misterio. Puesto que
ha consumado su muerte como ofrecimiento de sí, como acto de amor, su cuerpo ha
sido transformado en la nueva vida de la resurrección. Por eso él, el Verbo
hecho carne, es ahora el alimento de la auténtica vida, de la vida eterna. El
Verbo eterno –la fuerza creadora de la vida– ha bajado del cielo, convirtiéndose
así en el verdadero maná, en el pan que se ofrece al hombre en la fe y en el
sacramento. De este modo, el Vía crucis es un camino que se adentra en el
misterio eucarístico: la devoción popular y la piedad sacramental de la Iglesia
se enlazan y compenetran mutuamente. La oración del Vía crucis puede entenderse
como un camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús, sin la
cual la comunión sacramental quedaría vacía. El Vía crucis se muestra, pues,
como recorrido «mistagógico».
A esta visión del Vía crucis se contrapone una concepción meramente sentimental,
de cuyos riesgos el Señor, en la VIII estación, advierte a las mujeres de
Jerusalén que lloran por él. No basta el simple sentimiento; el Vía crucis
debería ser una escuela de fe, de esa fe que por su propia naturaleza «actúa por
la caridad» (Ga 5, 6). Lo cual no quiere decir que se deba excluir el
sentimiento. Para los Padres de la Iglesia, una carencia básica de los paganos
era precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de Ezequiel,
el cual anuncia al pueblo de Israel la promesa de Dios, que quitaría de su carne
el corazón de piedra y les daría un corazón de carne (cf. Ez 11, 19). El
Vía crucis nos muestra un Dios que padece él mismo los sufrimientos de los
hombres, y cuyo amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a estar
con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf. Flp 2, 8). El Dios que
comparte nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra
cruz, quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir
también el sufrimiento de los demás; quiere darnos un «corazón de carne» que no
sea insensible ante la desgracia ajena, sino que sienta compasión y nos lleve al
amor que cura y socorre. Esto nos hace pensar de nuevo en la imagen de Jesús
acerca del grano, que él mismo trasforma en la fórmula básica de la existencia
cristiana: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo
en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt
16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; 17, 33: «El que pretenda guardarse su
vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará»). Así se explica también el
significado de la frase que, en los Evangelios sinópticos, precede a estas
palabras centrales de su mensaje: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a
sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). Con todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la
interpretación del Vía crucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo: es
el camino del perderse a sí mismo, es decir, el camino del amor verdadero. Él ha
ido por delante en este camino, el que nos quiere enseñar la oración del Vía
crucis. Volvemos así al grano de trigo, a la santísima Eucaristía, en la cual se
hace continuamente presente entre nosotros el fruto de la muerte y resurrección
de Jesús. En ella Jesús camina con nosotros, en cada momento de nuestra vida de
hoy, como aquella vez con los discípulos de Emaús.
ORACIÓN INICIAL
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amen.
Señor Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del gano de trigo
que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (Jn 12, 24). Nos
invitas a seguirte cuando dices: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que
se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn
12, 25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos
abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no
ofrecerla. Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra
vida. Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres guiarnos hacia el
proceso del grano de trigo, hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz
–la entrega de nosotros mismos– nos pesa mucho. Pero en tu Vía crucis tú has
cargado también con mi cruz, y no lo has hecho en un momento ya pasado, porque
tu amor es por mi vida de hoy. La llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera
admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu
cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención del
mundo. Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento
de devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a
recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra
vida cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y
sigamos siempre tu huellas. Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas
de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra vida si no
aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece. Ayúdanos a desenmascarar las
tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al final, sólo nos dejan
vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la
entreguemos. Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a
encontrar, en el «perder la vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente
nos da la vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10).
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