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VÍA CRUCIS ESCUELA VENECIANA – S. XVIII
CATEDRAL PADUA
TERCERA ESTACIÓN Jesús cae
por primera vez
V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del libro del profeta Isaías 53,
4-6
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros
dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado
por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo
saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como
ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros
crímenes.
MEDITACIÓN
El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se
convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios,
ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de
aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que
lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que
cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El
episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los
Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de
esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,
6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús:
su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez
la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer
emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor
eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta
rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros
propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La
humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación
nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia,
de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha
humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y
dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.
ORACIÓN
Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de
nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es
signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es
despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra
soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a
nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que
puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros
experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte,
mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más
profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos
a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a
levantarnos de nuevo.
Todos:
Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.
O quam tristis et afflicta
fuit illa benedica
mater Unigeniti!
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Editrice Vaticana
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