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OFICINA DE LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE

VÍA CRUCIS 
EN EL COLISEO

PRESIDIDO POR EL SANTO PADRE

BENEDICTO XVI

 

VIERNES SANTO 2006

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre: XIII Estación
 

MEDITACIONES Y ORACIONES

de Su Excelencia Reverendísima
Mons. ANGELO COMASTRI
Vicario General de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano
Presidente de la Fábrica de San Pedro

PRESENTACIÓN

  

Unas palabras para acompañarte en el camino

Al recorrer la “Vía de la Cruz” quedamos sobrecogidos por dos constataciones: la certeza del poder devastador del pecado y la certeza del poder sanador del amor de Dios.

El poder devastador del pecado: la Biblia no se cansa de repetir que el mal es mal porque hace mal; en efecto, el pecado es autolesivo, porque lleva dentro de sí la sanción. He aquí algunos textos clarividentes de Jeremías: «Yendo en pos de la vanidad se hicieron vanos» (cf. 2, 5); «Que te enseñe tu propio daño, que tus apostasías te escarmienten; reconoce y ve lo malo y amargo que te resulta el dejar al Señor tu Dios» (2, 19); «Todo esto lo trastornaron vuestras culpas y vuestros pecados os privaron del bien» (5, 25).

Y dice también Isaías: «Por tanto, así dice el Santo de Israel: Por cuanto habéis rechazado vosotros esta palabra, y por cuanto habéis fiado en lo torcido y perverso y os habéis apoyado en ello, por eso será para vosotros esta culpa como brecha ruinosa en una alta muralla, cuya quiebra sobrevendrá de un momento a otro, y va a ser su quiebra como la de una vasija de alfarero, rota sin compasión, en la que al romperse no se encuentra una sola tejoleta bastante grande para tomar fuego del hogar o para extraer agua del aljibe» (30, 12-14). Y, ha­cién­dose portavoz de los sentimientos más genuinos del pueblo de Dios, el profeta exclama: «Somos como impuros todos nosotros, como paño inmundo todas nuestras obras justas. Caímos como la hoja todos nosotros, y nuestras culpas como el viento nos llevaron» (64, 5).

Pero, al mismo tiempo, los profetas denuncian el endurecimiento del corazón que causa una terrible ceguera y hace que ya no pueda percibir la gravedad del pecado. Escuchemos a Jeremías: «Desde el más chiquito de ellos hasta el más grande, todos andan buscando su provecho, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el fraude. Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera, diciendo: “¡Paz, paz!”, cuando no había paz. ¿Se avergonzaron de las abominaciones que hicieron? Avergonzarse, no se avergonzaron; sonrojarse, tampoco supieron» (6, 13-15).

Jesús, entrando en el entramado de esta historia devastada por el pecado, ha dejado que el peso y la violencia de nuestras culpas hicieran mella en él; por eso, mirando a Jesús se percibe claramente lo devastador que es el pecado y lo quebrantada que está la familia humana, es decir: ¡Nosotros! ¡Tú y yo!

Sin embargo –esta es la segunda certeza– Jesús ha reaccionado a nuestro orgullo con su humildad; a nuestra violencia con su mansedumbre; a nuestro odio con el Amor que perdona: la cruz es el acontecimiento a través del cual entra en nuestra historia el amor de Dios, se hace cercano a cada uno de nosotros y se convierte en experiencia que regenera y salva.

No se nos puede pasar por alto un hecho: desde el comienzo de su ministerio, Jesús habla de «su hora» (Jn 2, 4), hora para la cual Él ha venido (cf. Jn 12, 27), una hora que saluda con gozo, exclamando al inicio de su pasión: «Ha llegado la hora» (Jn 17, 1).

 La Iglesia guarda celosamente el recuerdo de este hecho y, en el Credo, después de afirmar que el Hijo de Dios «se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre», prosigue «y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado».

 ¡Por nuestra causa fue crucificado! Al morir, Jesús se ha sumido en la experiencia dramática de la muerte tal como ha sido configurada por nuestros pecados; pero, muriendo, Jesús ha llenado de amor el morir y, por tanto, ha colmado a la muerte de la fuerza opuesta al pecado que la ha generado: Jesús la ha llenado de amor.

Por la fe y el bautismo nosotros entramos en contacto con la muerte de Cristo, es decir, con el misterio del amor con el que Cristo la ha vivido y vencido..., y así comienza nuestro viaje de retorno a Dios, un retorno que llegará a su plenitud en el momento de nuestra muerte vivida en Cristo y con Cristo: esto es, en el amor.

En el recorrido de la «Vía de la Cruz», déjate llevar de la mano de María: pídele una brizna de su humildad y docilidad, para que el amor de Cristo crucificado entre dentro de ti y reconstruya tu corazón a medida del corazón de Dios.

¡Buena andadura!

XANGELO COMASTRI

 

* * *

ORACIÓN  INICIAL

 

El Santo Padre:

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

Señor Jesús,
tu pasión
es la historia de toda la humanidad:
la historia en la que los buenos son humillados,
los pacíficos ... agredidos,
los honestos ... pisoteados
y los puros de corazón escarnecidos con burla.

¿Quién vencerá?
¿Quién dirá la última palabra?

Señor Jesús,
nosotros creemos que la última palabra eres Tú:
en ti los buenos ya han vencido,
en ti los mansos ya han triunfado
en ti los honestos son coronados
y los puros de corazón brillan como estrellas en la noche.

Señor Jesús,
esta tarde volvemos a recorrer el camino de tu cruz,
sabiendo que es también nuestro camino.
Pero nos ilumina una certidumbre:
el camino no termina en la cruz,
sino que lleva más allá,
lleva hasta el Reino de la vida
y el colmo de la alegría
que nadie podrá arrebatarnos jamás.[1]

Lector:

¡Oh, Jesús!, me detengo pensativo
a los pies de tu cruz:
también yo la he construido con mis pecados.
Tu bondad que no se defiende
y se deja crucificar
es un misterio que me sobrepasa
y conmueve mis entrañas.

Señor, tú has venido al mundo por mí,
para buscarme, para traerme
el abrazo del Padre:[2]
el abrazo que tanto hecho en falta.
Tú eres el rostro de la bondad
y de la misericordia:
por eso quieres salvarme.

Hay tanto egoísmo dentro de mi:
¡ven con tu caridad sin límites!
Dentro de mí hay orgullo y maldad:
¡ven con tu mansedumbre y humildad!

Señor, yo soy el pecador que ha de ser salvado:
el hijo pródigo que debe volver, soy yo.
Señor, concédeme el don de lágrimas
para recobrar la libertad y la vida,
la paz contigo y la alegría en ti.


[1] Jn 16, 22; Mt 5, 12.
[2] Lc 15, 20.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana     

  

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