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 © PFARRKIRCHEN STIFTUNG ST. LAMBERT SEEON
Vía Crucis, Felix Anton Scheffler - 1757
Iglesia de San Martín - Ischl, Seeon (diócesis de Múnich) - Alemania
 

DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
   

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

 

Lectura del Evangelio según San Juan  9, 25-27

C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María la Magdalena. Jesús, al ver a su  madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
V.  «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego dijo al discípulo:
V.  «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 45-6. 50

C. Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó:
V.  «Elí, Elí, lamá sabaktaní»,
C. es decir:
V.  «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

       

MEDITACIÓN

Neciamente, el hombre ha pensado: Dios ha muerto.
Pero si Dios muere, ¿quién nos dará ahora la vida?
Si Dios muere, ¿qué es la vida?

La vida es Amor.

La cruz, entonces, no es la muerte de Dios
sino el momento en que se quiebra
la frágil capa de humanidad, que Dios ha tomado,
y comienza a desbordarse el amor[1]
que renueva la humanidad.

De la cruz nace la vida nueva de Saulo,
de la cruz nace la conversión de Agustín,
de la cruz nace la pobreza feliz de Francisco de Asís,
de la cruz nace la bondad expansiva de Vicente de Paúl,
de la cruz nace el heroísmo de Maximiliano Kolbe,
de la cruz nace la maravillosa caridad de Madre Teresa de Calcuta,
de la cruz nace la valentía de Juan Pablo II,
de la cruz nace la revolución del amor:
por eso la cruz no es la muerte de Dios,
sino el nacimiento de su Amor en el mundo.

¡Bendita sea la cruz de Cristo!

 

ORACIÓN

Señor Jesús,
en el silencio de esta tarde se oye tu voz:
«Tengo sed. Tengo sed de tu amor».[2]

En el silencio de esta noche se oye tu oración:
«Padre, perdónales. Padre, perdónales».[3]

En el silencio de la historia se escucha tu grito:
«Todo está cumplido».[4]

¿Qué es lo que se ha cumplido?
«Os he dado todo, os he dicho todo,
os he traído la más hermosa noticia:
Dios es amor. Dios os ama».

En el silencio del corazón se siente la caricia
de tu último don:
«Ahí tienes a tu madre: a mi madre».[5]

Gracias, Jesús, por haber confiado a María
la misión de recordarnos cada día
que el sentido de todo es el Amor:
el amor de Dios plantado en el mundo
como una cruz.

¡Gracias, Jesús!

 

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Vidit suum dulcem Natum
morientem desolatum,
cum emisit spiritum.


[1]  Jn 19, 30.

[2] Jn 19, 28.

[3] Lc 23, 34.

[4] Jn 19, 30.

[5] Jn 19, 27.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

     

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