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Vía Crucis - Siglo XX
Archivo Casa Generalicia S.V.D.- Roma
DECIMOTERCERA ESTACIÓN Jesús
muere en la Cruz
V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Del Evangelio según san Lucas 23, 46
Jesús, clamando con fuerte voz, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi
espíritu». Y dicho esto, expiró.
MEDITACIÓN
Jesús muere realmente porque es verdadero hombre. Entrega al Padre su último
aliento. ¡Qué precioso es el aliento! Al primer hombre se le dio el aliento de
vida, y a nosotros se nos da de un modo nuevo en la resurrección de Jesús, para
que seamos capaces de ofrecer cada aliento a su Dador. ¡Cuánto tememos a la
muerte y qué esclavos somos de este temor! El sentido y el valor de una vida se
deciden en el modo de entregarla. Incluso el hombre sin fe no debe aferrarse a
la vida perdiendo su sentido. Para Jesús, además, no hay amor más grande que dar
la vida por el amigo. Quien esté apegado a la vida la perderá. Quien esté
dispuesto a sacrificarla la conservará.
Los mártires dan el mayor testimonio de su amor. No se avergüenzan de su Maestro
ante los hombres. El Maestro estará orgulloso de ellos ante toda la humanidad en
el último día.
ORACIÓN
Jesús, tú tomaste la vida humana precisamente para poderla dar. Al revestirte de
nuestra carne de pecado, tú, Rey inmortal, te hiciste mortal. Al aceptar la
muerte más trágica y oscura, fruto extremo del pecado, realizaste el acto
supremo de completa confianza en el Padre. «In manus tuas, Domine, commendo
spiritum meum». Todos:
Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.
Vidit suum dulcem Natum
morientem desolatum,
cum emisit spiritum.
© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana
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