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JOSEPH FÜHRICH
(1800-1876)
VÍA CRUCIS 1844-46
IGLESIA DE SAN JUAN NEPOMUCENO - VIENA
SEGUNDA ESTACIÓN Jesús con la
cruz a cuestas
V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del Evangelio según San Mateo. 27, 27 - 31
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de
color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le
pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando la rodilla, se burlaban de
él diciendo: “¡Salve, rey de los judíos!”. Luego lo escupían, le quitaban la
caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el
manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Del Evangelio según san Juan. 19, 17
Y Jesús, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera”,
que en hebreo se dice Gólgota.
MEDITACIÓN
Después de la condena viene la humillación. Lo que los
soldados hacen a Jesús nos parece inhumano. Más aún, es ciertamente inhumano:
son actos de burla y desprecio en los que se expresa una oscura ferocidad, sin
preocuparse del sufrimiento, incluso físico, que sin motivo se causa a una
persona condenada ya al suplicio tremendo de la cruz. Sin embargo, este
comportamiento de los soldados es también, por desgracia, incluso hasta
demasiado humano. Miles de páginas de la historia de la humanidad y de la
crónica cotidiana confirman que acciones de este tipo no son en absoluto
extrañas al hombre. El Apóstol Pablo puso bien de manifiesto esta paradoja:
“Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí… El bien que quiero hacer no
lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago” (Rom 7,
18-19).
Así es, precisamente: en nuestra conciencia se enciende la luz
del bien, una luz que en muchos casos se hace evidente y por la cual,
afortunadamente, nos dejamos guiar en nuestras opciones. En cambio, a menudo,
sucede lo contrario: esa luz queda oscurecida por los resentimientos, por
deseos inconfesables, por la perversión del corazón. Y entonces nos hacemos
crueles, capaces de las peores cosas, incluso de cosas increíbles.
Señor Jesús, también yo soy de los que se han burlado de ti y
te han golpeado. En efecto, tú has dicho: “cada vez que hicisteis eso con uno
de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).
Señor Jesús, perdóname.
Todos:
Pater noster, qui es in cælis: sanctificetur nomen tuum; adveniat regnum tuum; fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidianum da nobis hodie; et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris; et ne nos inducas in tentationem; sed libera nos a malo.
Cuius animam gementem, contristatam et dolentem pertransivit gladius.
© Copyright 2010- Libreria
Editrice Vaticana
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