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Giovanni Antonio Farina (1803-1888)
Sacerdote de extraordinaria
espiritualidad y de gran generosidad apostólica, Juan Antonio Farina puede
ser considerado uno de los obispos más insignes del siglo XIX italiano. Fue
el fundador de las Hermanas Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados
Corazones, que actualmente se encuentran en varias partes del mundo con
actividades educativas, asistenciales y pastorales.
Originario
de Gambellara (Vicenza), lugar en el que nació el 11 de enero de 1803 de
Pedro y Francisca Bellame, Juan Antonio Farina recibió la primera formación
bajo la tutela de su tío paterno, un santo sacerdote que fue para él un
verdadero maestro del espíritu además de su preceptor,
ya que todavía no existían las escuelas públicas en los pueblos
pequeños. A los quince años entró en el seminario diocesano de Vicenza
donde asistió a todos los cursos distinguiéndose por su bondad y una
particular aptitud para el estudio. A los 21 años, mientras todavía asistía
a los cursos de Teología, fue destinado a la enseñanza en el mismo
seminario, revelando así sus marcadas dotes como educador.
El 14 de
enero de 1827 recibió la ordenación sacerdotal y poco después obtuvo el
diploma que lo habilitaba a la enseñanza en las escuelas de primaria. En los
primeros años de su ministerio se ocupó de varios encargos: la enseñanza en
el seminario durante 18 años, la capellanía en la parroquia de S. Pedro en
Vicenza por 10 años y la participación en distintas instituciones
culturales, espirituales y caritativas de la ciudad, entre las cuales la
dirección de la escuela pública primaria y superior.
En 1831 dio
inicio a la primera escuela popular femenina y en 1836 fundó las Hermanas
Maestras de S. Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, un instituto de «maestras
de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la
educación de las niñas pobres». Poco después, quiso también que sus
religiosas se dedicasen a las hijas de familias acomodadas, a las sordomudas y
a las ciegas; más tarde las envió a la asistencia de los enfermos y de los
ancianos en los hospitales, en los asilos y en sus domicilios. El 1 de marzo
de 1839 obtuvo el decreto de alabanza del Papa Gregorio XVI; la Regla por él
redactada permaneció en vigor hasta 1905, año en que el Instituto fue
aprobado por el Papa Pío X, quien había sido ordenado sacerdote por el
obispo Farina.
En 1850 fue
nombrado obispo de Treviso y recibió la consagración episcopal el 19 de
enero de 1851. En esta diócesis desarrolló una variada actividad apostólica:
en seguida inició la visita pastoral y organizó en todas las parroquias
asociaciones para la ayuda material y espiritual de los pobres, incluso llegó
a ser llamado «el obispo de los pobres». Propagó la práctica de los
Ejercicios espirituales y la asistencia a los sacerdotes pobres y enfermos;
cuidó la formación doctrinal y cultural del clero y de los fieles, y la
instrucción y catechesis de los jóvenes. Los diez años de su episcopado en
Treviso fueron marcados por el sufrimiento debido a cuestiones jurídicas con
el Cabildo de la Catedral; esta situación condicionó la realización de su
programa pastoral obstaculizando varias iniciativas y llegando a impedir la
celebración del Sínodo diocesano.
El 18 de
junio de 1860 fue trasladado a la sede episcopal de Vicenza, donde puso en
acto un amplio programa de renovación y desarrolló una importante obra
pastoral orientada a la formación cultural y espiritual del clero y de los
fieles, a la catechesis de los niños, a la reforma de los estudios y de la
disciplina en el seminario. Convocó el Sínodo
diocesano, que no había sido celebrado desde el 1689; en su visita pastoral a
veces recorría kilómetros a pie o a lomos de una mula para poder llegar
a los pueblos de montaña que no habían visto nunca un obispo.
Instituyó numerosas confraternidades para socorrer a los pobres y sacerdotes
ancianos y para la predicación de Ejercicios espirituales al pueblo; propagó
una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a
la Eucaristía. Entre diciembre de 1869 y junio de 1870 participó al Concilio
Vaticano I, donde hacía parte de los que sostenían la definición de la
infalibilidad pontificia.
Los últimos años de su vida fueron señalados
con públicos reconocimientos por su labor apostólica y su caridad, pero
también con fuertes sufrimientos e injustas acusaciones frente a las cuales
él reaccionó con el silencio, la paz interior y el perdón, en fidelidad a
su propia conciencia y a la regla suprema de la «salvación de las almas».
Después
de una primera grave enfermedad en 1886, sus fuerzas físicas se fueron
debilitando gradualmente hasta el momento en que un ataque de apoplejía lo
llevó a la muerte el 4 de marzo de 1888.
Su mensaje de santidad
Juan Antonio Farina fue un pastor solícito
que no conoció la mediocridad y caminó constantemente hacia las cumbres de
la santidad. Sostenido por su celo sacerdotal educaba la juventud, animaba la
vida cristiana y se dedicaba a formar sacerdotes misericordiosos y orantes,
como él
mismo demostraba con su vida.
La virtud que más llama la atención en
él es la caridad heroica, era conocido como «el hombre de la caridad». Los
pobres, los infelices, los abandonados, los que padecían todo género de
sufrimientos eran el objeto de su ternura y de sus cuidados; siendo obispo se
ofreció como voluntario para asistir espiritualmente y corporalmente a los
enfermos en el hospital, arrastrando con su ejemplo a sus sacerdotes. La suya
era una caridad inteligente, previsora; como verdadero educador comprendió el
rol de la escuela en la reforma de la sociedad, la necesidad de colaboración
entre la escuela y la familia, la importancia de la preparación del personal
docente. Concibió la educación orientada a la formación integral de la
persona humana, a la práctica religiosa y a la caridad fraterna. Su lema era:
«La verdadera ciencia consiste en la educación del corazón, es decir, en el
práctico temor de Dios».
Después de
su muerte la fama de santidad empezó a propagarse en los ambientes eclesiásticos
y civiles; en 1897 se comenzó a recurrir a su intercesión para obtener
gracias y favores del Cielo. En 1978 una religiosa
ecuatoriana, Sor Inés Torres Córdova, afectada por un grave tumor con metástasis,
fue sanada milagrosamente después de haber invocado la intercesión del Padre
Fundador junto con otras Hermanas..
Este obispo de la caridad, que vivió en
una difícil situación histórica de la iglesia italiana del siglo XIX, tiene
un auténtico valor de actualidad y posee aún hoy día la fecundidad
espiritual de las personas “de proa” en la Iglesia y para la Iglesia del
tercer milenio.
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