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María de la Cruz (Juana) Jugan (1792-1879)
Foto
Nació en Cancale (Bretaña, Francia), el 25 de octubre de
1792, en plena tormenta revolucionaria. Fue la sexta de una familia de ocho
hijos. Su padre, pescador, como la mayoría de los hombres de su región,
desapareció en el mar cuatro años más tarde. Su madre se quedó sola para
mantener y educar a sus cuatro hijos (otros cuatro habían fallecido de
pequeños).
De su madre y de su tierra natal Juana heredó una fe viva y profunda, un
carácter firme, una fuerza de alma que ninguna dificultad podía hacer titubear.
Como consecuencia del clima político y de las dificultades económicas, Juana no
pudo ir a la escuela. Aprendió a leer y a escribir gracias a las terciarias
eudistas, muy extendidas en la región, que le enseñaron el catecismo. Siendo
aún niña, rezaba el rosario mientras guardaba el ganado en los altos
acantilados que dominan la bahía de Cancale, en un marco de belleza que eleva y
engrandece el alma. De vuelta a su casa, ayudaba a su madre en las tareas
domésticas. A los 15 años, se iba a trabajar a cinco kilómetros de Cancale a
una casa señorial; junto con la propietaria salía al encuentro de los más
necesitados. Al ser ella misma pobre, percibía la humillación que sentían los
pobres a los que "asistía".
Juana tuvo la certeza de que Dios la llamaba a su servicio. Por eso dejó sin
esperanza a un joven marinero que la pidió en matrimonio y al que dijo: "Dios
me quiere para él. Me reserva para una obra desconocida, para una obra que aún
no está fundada". Trabajó durante seis años de ayudante-enfermera, e ingresó en
la Tercera Orden del Corazón de la Madre Admirable (eudista), donde descubrió
el cristianismo del corazón: "No tener más que una vida, un corazón, un alma,
una voluntad con Jesús". Hizo la experiencia de una vida a la vez activa y
contemplativa, centrada en Jesús. Desde entonces, sólo tenía un deseo: "Ser
humilde como lo fue Jesús". Por motivos de salud, dejó el hospital y fue
acogida por una amiga terciaria, la señorita Lecoq, a la que sirvió durante
doce años, hasta su muerte en 1835.
Una tarde de invierno de 1839, Juana encontró a una pobre anciana, ciega y
enferma, que acababa de quedarse sola. Conmovida, sin dudar un segundo, la tomó
en sus brazos, le dio su cama y ella se instaló en el desván. Esta fue la
chispa inicial de un gran fuego de caridad. A partir de entonces, nada la
detuvo. En 1841 alquiló un local en el que acogió a doce ancianas. Varias
jóvenes se unieron a ella. En 1842, adquirió —sin dinero— un antiguo convento
en ruinas, donde muy pronto albergaría a cuarenta ancianos. Para poder hacer
frente al problema económico y animada por un Hermano de san Juan de Dios,
salió a la calle con un cesto en el brazo, se hizo mendiga para los pobres y
fundó su obra confiando en la Providencia de Dios. En 1845, recibió el premio "Montyon",
que la Academia Francesa otorgaba como recompensa al "francés pobre que haya
hecho durante el año la acción más virtuosa". Siguieron las fundaciones de
Rennes y Dinan en 1846, la de Tours en 1847, la de Angers en 1850, por
mencionar sólo aquellas en las que Juana participó, ya que pronto la
congregación se extendió por Europa, América y África y, poco después de su
muerte, por Asia y Oceanía.
En 1843, cuando Juana volvió a ser elegida superiora, el padre Le Pailleur,
consejero desde los comienzos de la obra, inesperadamente y con su sola
autoridad anuló la elección y nombró a Marie Jamet (21 años) en su lugar. Juana
vio en ello la voluntad de Dios y se sometió. Desde ese momento y hasta 1852,
sostuvo su obra por medio de colectas, yendo de casa en casa, animando con su
ejemplo a las jóvenes hermanas sin experiencia, y obteniendo las autorizaciones
oficiales necesarias para el desarrollo del instituto.
En 1852, el obispo de Rennes reconoció oficialmente la congregación y nombró al
padre Le Pailleur superior general de la misma. Su primer acto fue llamar
definitivamente a Juana Jugan a la casa madre, donde vivió retirada los últimos
veintisiete años de su vida. ¡Misterio de ocultamiento! Durante todo ese
tiempo, las jóvenes hermanas ni siquiera sabían que ella era la fundadora. Pero
Juana, viviendo entre las novicias y postulantes, cada vez más numerosas a
causa de la extensión de la obra, transmitía con su serenidad, su sabiduría y
sus consejos el carisma de la congregación que ella había recibido del Señor.
Murió el 29 de agosto de 1879, después de haber pronunciado estas últimas
palabras: "Padre eterno, abrid vuestras puertas, hoy, a la más miserable de
vuestras hijas, pero que tiene un deseo tan grande de veros... ¡Oh María, mi
buena Madre, ven a mí! Tú sabes que te amo y cuánto deseo verte".
La congregación contaba entonces con 2400 religiosas y 177 casas repartidas en
tres continentes. "Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo;
pero si muere, da mucho fruto".
Fue beatificada por el siervo de Dios Juan Pablo II el 3 de octubre de 1982.
(L'Osservatore Romano, Edición semanal en lengua española - Año XLI, n.
42 - 16 de octubre de 2009)
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