Claudio La Colombière, S.I. (1641-1682)
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Claudio La Colombière, tercer hijo del notario Beltrán La Colombière y
Margarita Coindat, nació el 2 de febrero de 1641 en St. Symphorien, Delfinado.
Trasladada la familia a Vienne, aquí recibió Claudio la primera
educación escolar, que después completó en Lyón con el estudio de la
Retórica y la Filosofía.
En este último período precisamente se sintió llamado a la vida
religiosa en la Compañía de Jesús, si bien no conocemos los motivos que le
llevaron a esta decisión. En cambio, sí nos ha dejado esta confesión en uno
de sus escritos: "Sentía enorme aversión a la vida que abrazaba". Es fácil de comprender esta afirmación para quien se haya interesado
por la vida de Claudio, cuya naturaleza, muy sensible a las relaciones
familiares y de amistad, era también harto inclinada a la literatura y el
arte, y a cuanto hay de más digno en la vida de sociedad. Pero no era hombre
que se dejase guiar del sentimiento, por otra parte.
A los 17 años entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús de Aviñón. En 1660 pasó del Noviciado al Colegio, en la misma ciudad, para
concluir los estudios de Filosofía y pronunciar los primeros votos religiosos.
Al terminar el curso fue nombrado profesor de Gramática y Literatura,
función que desempeñó durante cinco años en dicho Colegio.
En 1666 se le envió a París, a estudiar Teología en el Colegio de
Clermont; en la misma época se le confió una misión de gran
responsabílidad. La notable aptitud demostrada por Claudio a los estudios
humanísticos, unida a sus dotes de prudencia y finura, movieron a los
Superiores a elegirlo preceptor de los hijos de Colbert, Ministro de Finanzas
de Luis XIV.
Finalizados los estudios de Teología y ordenado Sacerdote, volvió de
nuevo a Lyón en calidad de profesor durante un tiempo para dedicarse después
enteramente a la predicación y a la dirección de la Congregación Mariana.
La predicación de La Colombière se distinguió siempre por su solidez y
hondura; no se perdía en vaguedades sino que habilmente se dirigía al
auditorio concreto y, con tan vigorosa inspiración evangélica, que infundía
en todos serenidad y confianza en Dios. Las ediciones de sus sermones
produjeron -y siguen produciendo hoy- abundantes frutos espirituales; porque,
tenidos en cuenta el lugar y la duración de su ministerio, resultan menos
envejecidos que los de otros oradores de mayor fama.
El año 1674 fue decisivo en la vida de Claudio. Hizo la Tercera Probación
en la "Maison de Saint-Joseph" de Lyón y, en el mes de Ejercicios
que es costumbre hacer, el Señor lo fue preparando a la misión que le tenía
reservada. Los apuntes de este período nos permiten seguir paso a paso las
luchas y triunfos de su espíritu, extraordinariamente sensible a los
atractivos humanos, pero generoso con Dios.
El voto que hizo de observar todas las Constituciones y Reglas de la
Compañía no tenía por objeto esencial la vinculación a una serie de
observancias minuciosas, sino la realización del recio ideal de apóstol
descrito por San Ignacio. Precisamente porque este ideal le pareció
espléndido, Claudio lo asumió como programa de santidad. El subsiguiente
sentimiento de liberación que experimentó junto con una mayor apertura de
los horizontes apostólicos -testimoniados en su diario espiritual- prueban
que ello había respondido a una invitación de Jesucristo mismo.
El 2 de febrero de 1675 hizo la Profesión solemne y fue nombrado Rector
del Colegio de Paray-le-Monial. No faltó quien se sorprendiera de que un
hombre tan eminente fuera destinado a una ciudad tan recóndita como Paray. La
explicación se halla en el hecho de que los Superiores sabían que aquí, en
el Monasterio de la Visitación, vivía en angustiosa incertidumbre una
humilde religiosa, Margarita María Alacoque, a la que el Señor estaba
revelando los tesoros de su Corazón; y esperaba que el mismo Señor cumpliese
su promesa de enviarle un "siervo fiel y amigo perfecto suyo" que
le ayudaría a cumplir la misión a que la tenía destinada: manifestar al
mundo las insondables riquezas de su amor.
Una vez en su nuevo destino y mantenidos los primeros encuentros con
Margarita María, ésta le abrió enteramente su espíritu y, por tanto,
también las comunicaciones que ella creía recibir del Señor. El Padre dio
su aprobación plena y le sugirió que pusiera por escrito lo que ocurría en
su alma, a la vez que la orientaba y sostenía en el cumplimiento de la
misión recibida. Cuando después, gracias a la luz divina que recibía en la
oración y el discernimiento, estuvo seguro de que Cristo deseaba el culto de
su Corazón, se entregó a él sin reservas, como atestiguan su dedicación y
sus apuntes espirituales. En éstos aparece claro que, ya antes de las
confidencias de Margarita María Alacoque y siguiendo las directrices de San
Ignacio, Claudio había llegado a la contemplación del Corazón de Cristo
como símbolo de su mismo amor.
Tras año y medio de permanencia en Paray, en 1676 el P. La Colombière
salió hacia Londres, nombrado predicador de la Duquesa de York. Era una
misión sumamente delicada, dados los sucesos que sacudían a Inglaterra en
este momento; antes de finales de octubre del mismo año, el Padre ocupaba ya
el apartamento a él reservado en el palacio de St. James. Ademas de predicar
en la capilla y dedicarse a la dirección espiritual sin tregua, oral y
escrita, Claudio pudo entregarse a la sólida instrucción religiosa de no
pocas personas que habían abandonado la Iglesia Romana.
Y, si bien entre grandes peligros, gozó del consuelo de ver volver a
muchos, hasta el punto de que al cabo de un año decía: "Podría
escribir todo un libro sobre las misericordias de que he sido testigo desde
que estoy aquí".
Esta intensidad de trabajo y el clima minaron su salud y comenzaron a
manifestarse los primeros síntomas de una afección pulmonar. Pero el P.
Claudio prosiguió con su mismo plan de vida.
A finales de 1678 fue arrestado de repente, bajo la acusación calumniosa de
conspiración papista.
A los dos días se le trasladó a la horrenda cárcel de King's Bench y
allí permaneció tres semanas sometido a graves privaciones, hasta que se
le expulsó de Inglaterra por Decreto real.
Todos estos padecimientos fueron minando aún más su saludad que fue
empeorando con altibajos a su vuelta a Francia. Habiéndose agravado
notablemente, se le envió de nuevo a Paray. El 15 de febrero de 1682,
primer Domingo de Cuaresma, al atardecer le sobrevino una fuerte hemotisis que
puso fin a su vida El 16 de junio de 1929, el Papa Pío XI beatificó a
Claudio La Colombière, cuyo carisma según Santa Margarita María Alacoque,
consistió en elevar las almas a Dios siguiendo el camino de amor misericordia
que Cristo nos revela en el Evangelio.
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