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Enrique de Ossó (1840-1896)
Sacerdote - Fundador de las Hermanas de la Compañía de
Santa Teresa
de Jesús
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Enrique de Ossó, sacerdote, fundador de la Congregación de Hermanas de la
Compañía de Santa Teresa de Jesús, es uno de los hombre de Dios, que, en el
siglo pasado, contribuyeron a mantener viva la fe cristiana en España, con una
fidelidad inquebrantable a la Iglesia y la Sede Apostólica.
Nació en Vinebre, diócesis de Tortosa, provincia de Tarragona, el 16 de
octubre de 1840. Su madre soñaba verlo sacerdote del Señor. Su padre le
encaminó al comercio.
Gravemente enfermo, recibió la primera Comunión por Viático. Durante el
cólera de 1854 perdió a su madre, y en este mismo año -trabajaba como
aprendiz de comercio en Reus- abandonó todo y se retiró a Montserrat. Vuelto a
casa con la promesa de poder emprender el camino elegido, inició en el mismo
año 1854 los estudios en el Seminario de Tortosa.
Ordenado sacerdote en Tortosa, el 21 de septiembre de 1867, celebró la primera
misa, en Montserrat, el domingo 6 de octubre, festividad de Nuestra Señora del
Rosario.
Sus clases como profesor de Matemáticas y Física en el Seminario no le
impidieron dedicarse con ardor a la catequesis, uno de los grandes amores de su
vida. Organizó en 1871 una escuela metódica de catecismo, en doce Iglesias de
Tortosa y escribió una "Guía práctica" para los catequistas. Con
este libro inicia Enrique su actividad como escritor, apostolado que le
convirtió en uno de los sacerdotes más populares de la España de su tiempo.
Desde niño tuvo devoción entusiasta por Santa Teresa de Avila. La vida y
doctrina de la Santa, asimilada con la lectura constante de sus obras, inspiró
su vida espiritual y su apostolado, mantenidos por la fuerza de su amor ardiente
a Jesús y María y por una adhesión inquebrantable a la Iglesia y al Papa.
Para acrecentar y fortificar el sentido de piedad, reunió en asociaciones a los
fieles, especialmente a los jóvenes, para quienes la revolución y las nuevas
corrientes hostiles a la fe católica resultaban una amenaza.
Después de haber dado vida en los primeros años de sacerdocio a una "Congregación
mariana" de jóvenes labradores del campo tortosino, fundó en
1873 la Asociación de "Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús". En 1876 inauguraba el
"Rebañito del Niño Jesús". Los dos
grupos tenían un fin común: promover una intensa vida espiritual, unida al
apostolado en el propio ambiente. El Movimiento Teresiano de Apostolado (MTA)
recoge en la actualidad el carisma teresiano de nuestro Santo para hacer de los
niños, jóvenes y adultos cristianos comprometidos mediante la oración y el
apostolado.
Para facilitar la práctica de la oración a los asociados, Enrique publicó en
1874 "El cuarto de hora de oración", libro que el autor mandó
imprimir 15 veces y del que hasta la fecha se han publicado más de 50 ediciones.
Convencido de la importancia de la prensa, inició en 1871 la
publicación del semanario, "El amigo del pueblo" que tuvo vida
hasta mayo de 1872, cuando por un motivo fútil de la autoridad civil,
contraria a la Iglesia, lo suprimió. Sin embargo, en octubre de este mismo
año inicia la publicación de la Revista mensual Santa Teresa de Jesús,
que durante 24 años fue la palestra en la que el Santo expuso la verdadera
doctrina católica, difundió las enseñanzas de Pío IX y León XIII,
enseñó el arte de la oración, propagó el amor a Santa Teresa de Avila e
informó de manera actualizada sobre la vida de la Iglesia en España y en el
mundo. Para formar a la gente humilde publicó en 1884 un Catecismo sobre la
masonería fundado en la doctrina del Papa. Y en 1891 ofreció lo esencial de
la Rerum Novarum en un Catecismo de los obreros y de
los ricos, prueba concreta de su atención a los signos de los tiempos, según
el corazón de la Iglesia.
Su gran obra fue la Congregación de las Hermanas de la
Compañía de Santa Teresa de Jesús que se extendió, viviendo aún el
Fundador por España, Portugal, México y Uruguay. En la actualidad la
Congregación se extiende por tres continentes: Europa, Africa y América.
San Enrique quiso que sus hijas, llenas del espíritu de
Teresa de Avila, se comprometiesen a "extender el reino de Cristo por
todo el mundo", "formando a Cristo en la inteligencia de los niños
y jóvenes por medio de la instrucción y en su corazón por medio de la
educación".
Había soñado junto con la institución de "Hermanos
Josefinos" la de una Congregación de "Misioneros Teresianos"",
que viviendo santamente el propio sacerdocio en la mayor intimidad con Cristo
y al servicio total de la Iglesia, siguiendo las huellas de Teresa, fuesen los
apóstoles de los tiempos nuevos. En vida su proyecto no llegó a realidad.
Sin embargo, desde hace pocos años, un grupo de jóvenes mexicanos se
preparan al sacerdocio con el mismo espíritu teresiano de Ossó.
Sacerdote según el corazón de Dios, el Santo fue un verdadero contemplativo
que fundió en sí con equilibrio extraordinario un ideal apostólico abierto
a todo lo bueno que ofrecían los nuevos tiempos. De fe viva, no miraba
sacrificios ni oposiciones; en una época especialmente hostil a la Iglesia,
anunció valerosamente el Evangelio con la palabra, con los escritos, con la
vida.
Murió el 27 de enero de 1896 en Gilet (Valencia), en el
convento de los Padres Franciscanos, donde se había retirado durante algunos
días para orar en la soledad. Las últimas páginas que escribió antes de su
muerte trataban de la acción de la gracia del Espíritu Santo en la vida de
los cristianos dóciles a su amor.
Es el mensaje de su vida: siempre fiel a las mociones del
Espíritu Santo, vivió como apóstol que transmite la fuerza del Evangelio
animada por la comunión constante con Dios y por un amor inmenso a la Iglesia.
Su existencia, consumida al servicio de los hermanos en una entrega sin
límites, revela que el verdadero amor de Cristo cuanto más posee a un ser lo
hace más disponible a la caridad siempre nueva y siempre colmada de quien
intenta ser reflejo de la presencia de Dios y de su amor en el mundo.
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