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Eugenio de Mazenod (1782-1861) Obispo
de Marsella, fundador de la Congregación de los Misioneros Oblatos de
María Inmaculada
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CARLOS JOSÉ EUGENIO DE MAZENOD llegó a un mundo que estaba llamado a
cambiar muy rápidamente. Nacido en Aix de Provenza al sur de Francia, el 1 de
agosto de 1782, parecía tener asegurada una buena posición y riqueza en su
familia, que era de la nobleza menor. Sin embargo, los disturbios de la
Revolución francesa cambiaron todo esto para siempre. Cuando Eugerio tenía 8
años su familia huyó de Francia, dejando sus propiedades tras sí, y
comenzó un largo y cada vez más difícil destierro de 11 años de duración.
Los años pasados en Italia
La familia de Mazenod, como refugiados políticos, pasaron por varias
ciudades de Italia. Su padre, que había sido Presidente del Tribunal de
Cuentas, Ayuda y Finanzas de Aix, se vio forzado a dedicarse al comercio para
mantener su familia. Intentó ser un pequeño hombre de negocios, y a medida
que los años iban pasando la familia cayó casi en la miseria. Eugenio
estudió, durante un corto período, en el Colegio de Nobles de Turín, pero
al tener que partir para Venecia, abandonó la escuela formal. Don Bartolo
Zinelli, un sacerdote simpático que vivía al lado, se preocupó por la
educación del joven emigrante francés. Don Bartolo dio a Eugenio una
educación fundamental, con un sentido de Dios duradero y un régimen de
piedad que iba a acompañarle para siempre, a pesar de los altos y bajos de su
vida. El cambio posterior a Nápoles, a causa de problemas económicos, le
llevó a una etapa de aburrimiento y abandono. La familia se trasladó de
nuevo, esta vez hacia Palermo, donde gracias a la bondad del Duque y la
Duquesa de Cannizzaro, Eugenio tuvo su primera experiencia de vivir a lo noble,
y le agradó mucho. Tomó el título de "Conde" de Mazenod,
siguió la vida cortesana y soñó con tener futuro.
Vuelta a Francia: el Sacerdocio
En 1802, a la edad de 20 años, Eugenio pudo volver a su tierra natal y
todos sus sueños e ilusiones se vinieron abajo rápidamente. Era simplemente
el "Ciudadano" de Mazenod, Francia había cambiado; sus padres
estaban separados, su madre luchaba por recuperar las propiedades de la
familia. También había planeado el matrimonio de Eugenio con una posible
heredera rica. Él cayó en la depresión, viendo poco futuro real para sí.
Pero sus cualidades naturales de dedicación a los demás, junto con la fe
cultivada en Venecia, comenzaron a afirmarse en él. Se vio profundamente
afectado por la situación desastrosa de la Iglesia de Francia, que había
sido ridiculizada, atacada y diezmada por la Revolución.
Él llamado al sacerdocio comenzó a manifestársele y Eugenio respondió a
este llamado. A pesar de la oposición de su madre, entró en el seminario San
Sulpicio de París, y el 21 de diciembre de 1811 era ordenado sacerdote en
Amiens.
Esfuerzos apostólicos: los Oblatos de María Inmaculada
Al volver a Aix de Provenza, no aceptó un nombramiento normal en una
parroquia, sino que comenzó a ejercer su sacerdocio atendiendo a los que
tenían verdadera necesidad espiritual: los prisioneros, los jóvenes, las
domésticas y los campesinos. Eugenio prosiguió su marcha, a pesar de la
oposición frecuente del clero local. Buscó pronto otros sacerdotes
igualmente celosos que se prepararían para marchar fuera de las estructuras
acostumbradas y aún poco habituales. Eugenio y sus hombres predicaban en
Provenzal, la lengua de la gente sencilla, y no el francés de los "cultos". Iban de aldea en aldea, instruyendo a nivel popular y pasando
muchas horas en el confesonario. Entre unas misiones y otras, el grupo se
reunía en una vida comunitaria intensa de oración, estudio y amistad. Se
llamaban a sí mismos "Misioneros de Provenza".
Sin embargo, para asegurar la continuidad en el trabajo, Eugenio tomó la
intrépida decisión de ir directamente al Papa para pedirle el reconocimiento
oficial de su grupo como una Congregación religiosa de derecho pontificio. Su
fe y su perseverancia no cejaron y, el 17 de febrero de 1826, el Papa Gregorio
XII aprobaba la nueva Congregación de los "Misioneros Oblatos de María
Inmaculada". Eugenio fue elegido Superior General, y continuó
inspirando y guiando a sus hombres durante 35 años, hasta su muerte. Eugenio
insitió en una formación espiritual profunda y en una vida comunitaria
cercana, al mismo tiempo que en el desarrollo de los esfuerzos apostólicos:
predicación, trabajo con jóvenes, atención de los santuarios, capellanías
de prisiones, confesiones, dirección de seminarios, parroquias. Él era un
hombre apasionado por Cristo y nunca se opuso a aceptar un nuevo apostolado,
si lo veía como una respuesta a las necesidades de la Iglesia. La "gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la santificación de las almas"
fueron siempre fuerzas que lo impulsaron.
Obispo de Marsella
La diócesis de Marsella había sido suprimida durante la Revolución
francesa, y la Iglesia local estaba en un estado lamentable. Cuando fue
restablecida, el anciano tío de Eugenio, Fortunato de Mazenod, fue nombrado
Obispo. Él nombró a Eugenio inmediatamente como Vicario General, y la mayor
parte del trabajo de reconstruir la diócesis cayó sobre él. En pocos años,
en 1832, Eugenio mismo fue nombrado Obispo auxiliar. Su ordenación episcopal
tuvo lugar en Roma, desafiando la pretensión del gobierno francés que se
consideraba con derecho a intervenir en tales nombramientos. Esto causó una amarga
lucha diplomática y Eugenio cayó en medio de ella con acusaciones,
incomprensiones, amenazas y recriminaciones sobre él. A pesar de los golpes,
Eugenio siguió adelante resueltamente y finalmente la crisis llegó a su fin.
Cinco años más tarde, al morir el Obispo Fortunato, fue nombrado él mismo
como Obispo de Marsella.
Un corazón grande como el mundo
Al fundar los Oblatos de María Inmaculada para servir ante todo a los
necesitados espiritualmente, a los abandonados y a los campesinos de Francia,
el celo de Eugenio por el Reino de Dios y su devoción a la Iglesia movieron a
los Oblatos a un apostolado de avanzada. Sus hombres se aventuraron en Suiza,
Inglaterra, Irlanda. A causa de este celo, Eugenio fue llamado "un
segundo Pablo", y los Obispos de las misiones vinieron a él pidiendo
Oblatos para sus extensos campos de misión. Eugenio respondió gustosamente a
pesar del pequeño número inicial de misioneros y envió sus hombres a
Canadá, Estados Unidos, Ceylan (Sri Lanka), Sud-Africa, Basutolandia (Lesotho).
Como misioneros de su tiempo, se dedicaron a predicar, bautizar, atender a la
gente. Abrieron frecuentemente áreas antes no tocadas, establecieron y
atendieron muchas diócesis nuevas y de muchas maneras "lo intentaron
todo para dilatar el Reino de Cristo". En los años siguientes, el
espíritu misionero de los Oblatos ha continuado, de tal modo que el impulso
dado por Eugenio de Mazenod sigue vivo en sus hombres que trabajan en 68
países.
Pastor de su diócesis
Al mismo tiempo que se desarrollaba este fermento de actividad misionera,
Eugenio se destacó como un excelente pastor de la Iglesia de Marsella,
buscando una buena formación para sus sacerdotes, estableciendo nuevas
parroquias, construyendo la Catedral de la ciudad y el espectacular santuario
de Nuestra Señora de la Guardia en lo alto de la ciudad, animando a sus
sacerdotes a vivir la santidad, introduciendo muchas Congregaciones Religiosas
nuevas para trabajar en su diócesis, liderando a sus colegas Obispos en el
apoyo a los derechos del Papa. Su figura descolló en la Iglesia de Francia.
En 1856, Napoleón III lo nombró Senador, y a su muerte, era decano de los
Obispos de Francia.
Legado de un santo
El 21 de mayo de 1861 vio a Eugenio de Mazenod volviendo hacia Dios, a la edad
de 79 años, después de una vida coronada de frutos, muchos de los cuales
nacieron del sufrimiento. Para su familia religiosa y para su diócesis ha
sido fundador y fuente de vida: para Dios y para la Iglesia ha sido un hijo
fiel y generoso. Al morir dejó a sus Oblatos este testamento final: "Entre vosotros, la caridad, la caridad, la caridad; y fuera el celo por la
salvación de las almas".
Al declararlo santo la Iglesia, el 3 de diciembre de 1995, corona estos dos
ejes de su vida: amor y celo. Y este es el mayor regalo que Eugenio de Mazenod,
Oblato de María Inmaculada, nos ofrece hoy.
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