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Alfonso María Fusco
Alfonso María Fusco, primogénito de cinco hijos, nació el23 marzo 1839
en Angri, provincia de Salerno, diócesis de Nocera-Sarno, del matrimonio
Aniello Fusco y Giuseppina Schiavone, ambos de origen campesino y educados
desde el nacimiento en sanos principios de vida cristiana y el santo temor de
Dios. Se casaron en la Colegiata de San Juan Bautista el 31 enero 1834 y por
cuatro largos años la cuna preparada con tanto amor quedó desoladamente
vacía.
A Pagani, a poca distancia de Angri, se conservan las reliquias de San
Alfonso María de' Liguori. En el año 1838 Aniello y Giuseppina fueron a su
tumba para rezar. En esa circunstancia sintieron decir al redentorista
Francesco Saverio Pecorelli: « Tendrán un hijo varón, lo llamarán Alfonso,
será sacerdote y seguirá la vida del Beato Alfonso».
El niño demostró rápidamente un carácter suave, dulce, amable, amante
de la oración y de los pobres. En la casa paterna tuvo profesores sacerdotes
eruditos y santos que lo instruyeron y lo prepararon para su primer encuentro
con Jesús. A los siete años recibió la Primera Comunión y en seguida la
Confirmación.
A los once años manifestó a sus padres el deseo de hacerse sacerdote y el
5 noviembre 1850 «espontáneamente y solamente con el deseo de servir a Dios
y a la Iglesia», como él mismo declaró mucho tiempo después, entró en el
Seminario Episcopal de Nocera de Pagani.
El 29 mayo 1863 fue ordenado sacerdote por el Arzobispo de Salerno, Mons.
Antonio Salomone, entre el regocijo de su familia y el entusiasmo del pueblo
de Angri. Se distinguió bien pronto entre los sacerdotes de la Colegiata de
San Juan Bautista de Angri por su celo, por su dedicación al servicio
litúrgico y por la diligencia en administrar los sacramentos, especialmente
la confesión, donde mostraba toda su paternidad y comprensión por el
penitente. Se dedicaba a la evangelización del pueblo con una predicación
profunda, sencilla e incisiva.
La vida diaria de don Alfonso era la de un sacerdote diligente que llevaba
en su corazón un viejo sueño. En los últimos días de seminario, una noche
había soñado que Jesús Nazareno le había pedido, apenas fuese ordenado
sacerdote, fundar un Instituto de religiosas y un orfanato para niños y
niñas.
Fue el encuentro con Maddalena Caputo en Angri, una joven de carácter
fuerte y decidido, que aspiraba a la vida religiosa, lo que empujó a don
Alfonso a acelerar el tiempo para la fundación del Instituto. El 25
septiembre, la señorita Caputo y otras tres jóvenes se retiraron al
oscurecer, a una casa destartalada de Scarcella, en el distrito de Ardinghi en
Angri. Las jóvenes querían dedicarse a su propia santificación, a través
de una vida de unión con Dios, de pobreza y de caridad, y a través del
cuidado e instrucción de los huérfanos pobres.
Así fue fundada la Congregación de las Hermanas Bautistinas del Nazareno;
la semilla cayó en buena tierra, en aquellos cuatro corazones ardientes y
generosos y a través de privaciones, luchas, oposiciones, y pruebas el Señor
la hizo desarrollar abundantemente. La Casa Scarcella fue conocida
rápidamente como la Pequeña Casa de la Providencia.
Empezaron a llegar otras postulantes y las primeras huérfanas y, con
ellas, las primeras dificultades. El Señor, que hace sufrir mucho a quien ama
mucho, no ahorró penas ni sufrimientos al Fundador y a sus hijas. Don Alfonso
aceptó siempre las pruebas, a veces muy duras, manifestando una completa
conformidad a la voluntad de Dios, una heroica obediencia a los superiores y
una inmensa confianza en la Providencia.
La tentativa injusta del Obispo diocesano, Mons. Saverio Vitagliano, de
remover, por culpa de una serie de acusaciones falsas, a don Alfonso como
director de la obra; la negativa a abrirle la puerta de la casa en Via
Germanico a Roma, de parte de sus mismas hijas, causado por un deseo de
división; las palabras del Cardenal Respighi, Vicario de Roma: «Ha fundado
una comunidad de hermanas competentes que han hecho su deber. ¡Ahora
retírese!»; entre otros, fueron para él momentos de gran sufrimiento. Lo
vieron rezar con un corazón angustiado, como Jesús en el huerto, en la
capilla de la Casa Madre en Angri y en la Iglesia de S. Joaquín en Prati
(Roma).
Don Alfonso no dejó mucho escrito. Preferiría hablar con su testimonio de
vida. Las breves frases, ricas de sabiduría evangélica, que se pueden sacar
de sus escritos y de los testimonios de los que lo conocían, son rayos que
iluminan su vida sencilla, su gran amor por la Eucaristía, por la Pasión de
Jesús y su filial devoción a la Virgen Dolorosa. Repetía frecuentemente a
sus Religiosas: «Hagámonos santos siguiendo a Jesús de cerca... Hijas, si
viven en la pobreza, en la castidad y en la obediencia, resplandecerán como
estrellas arriba en el cielo».
Dirigía el Instituto con gran sabiduría y prudencia y, como padre
amoroso, cuidaba sus Religiosas y las huérfanas. Tenía una ternura casi
maternal para todos, especialmente para las huérfanas más necesitadas; para
ellas había siempre un lugar en la Pequeña Casa de la Providencia, aún
cuando el alimento era escaso o simplemente faltaba. Entonces don Alfonso
tranquilizaba a sus hijas preocupadas, diciendo: «No se preocupen, hijas
mías, ahora voy a ver a Jesús y Él proveerá». Y Jesús respondía con
rapidez y gran generosidad. ¡Para quien cree todo es posible!
En el tiempo en que la instrucción era un privilegio de pocos, negada para
los pobres y las mujeres, don Alfonso no ahorraba ningún sacrificio con tal
de dar a los niños una vida tranquila, el estudio y la preparación
necesarias para una ocupación digna, de manera que, una vez adultos, pudieran
vivir como ciudadanos honrados y cristianos comprometidos. Quería también
que sus Religiosas empezaran pronto a estudiar, para estar preparadas para
enseñar a los pobres y, a través de la instrucción y evangelización,
preparar los caminos de Jesús, especialmente en los corazones de los niños y
jóvenes.
Su voluntad tenaz, totalmente anclada a la Divina Providencia, la
colaboración sabia y prudente de Maddalena Caputo que, con el nombre de Sor
Crocifissa, fue la primera superiora del naciente Instituto, el estímulo
continuo por el amor de Dios y el prójimo, permitieron el desarrollo
extraordinario de la obra en breve tiempo. Las muchas peticiones de asistencia
para un número siempre mayor de huérfanos y de niños empujó a don Alfonso
a abrir nuevas casas, primero en la región de la Campania y posteriomente en
otras regiones de Italia.
El 5 febrero 1910 se sintió mal durante la noche. Pidió y recibió los
Sacramentos, y la mañana del domingo 6 febrero, después de haber bendecido,
con brazo tembloroso, a sus hijas que lloraban alrededor de su cama, exclamó:
«Señor, te doy gracias, he sido un siervo inútil». Después se volvió
hacia las Religiosas y dijo: «Del cielo no os olvidaré, rezaré siempre por
vosotras». Y se quedó dormido tranquilamente en el Señor.
Rápidamente se difundió la noticia de su muerte, durante todo ese día,
se formó una fila de personas que lloraban diciendo: «¡Ha muerto el padre
de los pobres, ha muerto el santo!».
Su testimonio ha sido una fuente de vida y de gracia en particular para las
Religiosas, hoy difundidas en cuatro continentes.
El 12 febrero 1976 el Papa Pablo VI reconoció sus virtudes heroicas y el
Papa Juan Pablo II el 7 octubre 2001 proclamandolo beato, lo ofrece como
ejemplo a los sacerdotes y lo indica a todos como modelo de educador y
protector especialmente de los pobres y necesitados.
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