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María Crescencia Höss (1682-1744)
Nació el 20 de octubre de 1682. Era hija de un modesto
tejedor de lana en la ciudad de Kaufbeuren, que en aquel tiempo contaba sólo
con dos mil quinientos habitantes, en su mayoría protestantes. En la escuela
se distinguió por su inteligencia y su devoción. Se hizo tejedora, para
ayudar a su padre, pero su mayor aspiración era entrar en el monasterio de
las Franciscanas de Kaufbeuren. Sin embargo, su familia era demasiado pobre
para pagar la dote requerida y sólo con la ayuda decisiva del alcalde
protestante pudo entrar finalmente en el convento.
Su vida consagrada estuvo siempre impregnada de amor alegre a Dios, con la
preocupación fundamental de cumplir en todo su santísima voluntad. Vivía
una gozosa y profunda relación con Dios.
Su intensa oración, mediante fervorosos coloquios con la Trinidad, con la
Virgen María y con los santos, desembocó muchas veces en visiones místicas,
de las que sólo hablaba por obediencia ante sus superiores eclesiásticos.
Desde su infancia oraba mucho y con fervor al Espíritu Santo, devoción que
cultivó durante toda su vida. Deseaba que las personas vieran en él un
camino más fácil de vida espiritual.
Se la suele representar sosteniendo la cruz con la mano derecha, mientras con
la izquierda se dirige al Salvador crucificado, pues durante toda su vida
predominó en ella la contemplación y devoción a Cristo en su agonía, que
la llevaba a un gran espíritu de sacrificio personal, siguiendo el ejemplo
del Salvador.
Siempre buscó hacerlo todo por amor a Dios, a quien deseaba glorificar por la
fe, con obediencia y humildad.
Sus experiencias místicas no la alejaban del mundo real; al contrario, sus
ojos se hallaban abiertos de par en par a las necesidades del prójimo.
Ciertamente, dedicaba largos ratos a la oración y a la contemplación, pero
durante gran parte de su jornada se entregaba a socorrer a los necesitados, en
los que veía a Cristo mismo.
Durante muchos años fue portera del convento, cargo que aprovechó para
aconsejar a mucha gente y realizar una generosa labor de caridad. Más tarde,
nombrada maestra de novicias, se entregó a la formación espiritual de las
hermanas jóvenes para la vida monástica.
En 1741 fue elegida superiora. Desempeñando ese cargo dirigió de modo sabio
y prudente el monasterio, tanto en el campo espiritual como en sus intereses
seculares, mejorando hasta tal punto la posición económica que, por mérito
suyo, el monasterio pudo ayudar a mucha gente con sus limosnas.
Solía subrayar que sin amor a los demás no podía haber amor a Dios y que
"todo el bien que se hacía al prójimo era tributado a Dios, que se
escondía en los andrajos de los pobres".
Consideraba importante que también las mujeres se realizaran en la vida
religiosa. De modo constante y consciente se esforzó siempre por aumentar la
fe en todos aquellos con quienes entraba en contacto, haciéndoles comprender
cuál era el camino que debían seguir. Por eso, para numerosas personas,
tanto consagradas como laicas, fue guía espiritual y consejera decisiva. Tenía
la rara capacidad de reconocer rápidamente los problemas y ofrecerles la
solución adecuada y razonable.
El príncipe heredero y arzobispo de Colonia Clemente Augusto la consideraba
una guía de almas sabia y muy comprensiva; quedó tan prendado de su santidad
que llegó a pedir al Papa que la canonizara inmediatamente después de su
muerte.
Numerosas personas iban a consultarla en su monasterio y con tal de mantener
una conversación con ella estaban dispuestas a esperar varios días. Eran
miles los que le escribían desde las regiones de Europa de lengua alemana,
pidiéndole consejo y ayuda, y recibiendo siempre una respuesta adecuada.
Gracias a ella, el pequeño monasterio de Kaufbeuren desempeñó un
sorprendente e importante apostolado epistolar.
Inmediatamente después de su muerte, que aconteció el 5 de abril de 1744,
domingo de Pascua, la gente acudió en gran número a visitar su tumba en la
iglesia del monasterio, convencida de encontrarse ante una santa. Kaufbeuren
se convirtió en un lugar famoso de peregrinaciones en Europa. Ese fenómeno
se verificó ininterrumpidamente desde su muerte, y se intensificó después
de su beatificación, llevada a cabo por el Papa León XIII el 7 de octubre de
1900. Esa veneración ha seguido viva hasta hoy de modo sorprendente, no sólo
entre los católicos sino también entre las comunidades surgidas de la
Reforma.
Homilía
de Juan Pablo II
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