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IGNACIO DE SANTHIÀ (1686 – 1770)
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Presbítero de la Orden de Frailes Menores Capuchinos
Nació el 5 de junio del año 1686 en la localidad de Santhià, Santa Agata,
provincia de Vercelli (Italia). Ese mismo día fue bautizado con los nombres de
Lorenzo Mauricio. Era el cuarto de los seis hijos del matrimonio formado por
Pier Paolo Belvisotti y Maria Elisabetta Balocco.
Al morir su padre, cuando él tenía seis años, su madre lo encomendó a un
piadoso sacerdote, que se encargó de su formación intelectual y espiritual.
Luego ingresó como seminarista en la colegiata de su pueblo.
Hizo sus estudios superiores en la ciudad de Vercelli. Al estar vacante la diócesis,
pudo ordenarse sacerdote gracias a la autorización concedida en un breve
pontificio del 26 de febrero de 1710.
Al inicio, aceptó la propuesta de ser capellán instructor de una familia noble
de Vercelli, sin descuidar sus deberes estrictamente religiosos: colaboraba en las misiones populares organizadas por los jesuitas, entre los
cuales escogió a su director espiritual.
En 1713 rehusó el cargo de canónigo rector de la colegiata de Santhià. En
1715 aceptó desempeñar el ministerio pastoral en una parroquia, pero un debate
jurisdiccional sobre el nombramiento resultó providencial para su futuro, pues
lo impulsó a dejar la sotana clerical para vestir el sayo capuchino.
El 24 de mayo de 1716, al ingresar en el convento noviciado de la Orden de
Frailes Menores Capuchinos de Chieri, Lorenzo Belvisotti tomó el nombre de fray
Ignacio de Santhià.
Después del noviciado y de la profesión religiosa solemne, fue prefecto de
sacristía, director de acólitos y confesor, trabajando apostólicamente con un
celo extraordinario.
En 1731 el capítulo provincial le encomendó la formación de los candidatos a
la vida capuchina como maestro de novicios en el convento de Mondoví. Con gran
acierto supo sostener a los novicios en las pruebas más arduas.
En agosto de 1744 fue enviado como capellán de las tropas del rey de Cerdeña
durante la guerra contra las armadas franco-españolas (1744-1747). Con gran
caridad asistía a los militares heridos o contagiados en los hospitales
militares de Asti, Alessandria y Vinovo. Restablecida la paz, fue destinado al convento del Monte de los Capuchinos, en
Turín, donde residirá veinticinco años, hasta su muerte.
Dividía su actividad entre el convento y la ciudad. Cada domingo explicaba la
doctrina cristiana y la regla franciscana a los hermanos legos y cada año dirigía
los ejercicios espirituales a su comunidad. En la iglesia era el confesor más
solicitado. También realizaba un apostolado fecundo bendiciendo en sus casas a
las personas que ya no podían acudir a él hasta el convento.
Los milagros se iban multiplicando y el pueblo lo bautizó como "el Santo
del Monte". A su convento acudían innumerables personas, sencillas e
ilustres, atraídas por su fama de santidad, entre ellas muchos miembros de la
casa real de Savoya. El cardenal arzobispo le pedía con frecuencia que le diera
a conocer los casos de personas más necesitadas, para prestarles ayuda.
Murió el 22 de septiembre de 1770, a los 84 años, en la enfermería del
convento, donde se hallaba desde hacía un año. El 19 de marzo de 1827 el Papa
León XII promulgó el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes.
Fue beatificado por el Papa Pablo VI el 17 de abril de 1966.
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