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Juan
Bautista y Jacinto de los Ángeles (1660-1700)
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Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indígenas zapotecos de la Sierra Norte
de Oaxaca, nacieron en el año de 1660 en S.Francisco Cajonos. Juan Bautista se
casó con Josefa de la Cruz, con quien tuvo una hija llamada Rosa. Jacinto de
los Ángeles se casó con Petrona de los Ángeles, con quien tuvo dos hijos
llamados Juan y Nicolasa. Los dos pertenecían a la Vicaría de S. Francisco Cajonos, atendida por los
padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas.
De los dos sabemos que fueron personas íntegras en su vida personal,
matrimonial y familiar, así como en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos,
de modo que desempeñaron los diversos cargos civiles acostumbrados en su pueblo
y en su tiempo como topil, juez de tequio, mayor de vara, regidores, presidente,
síndico y alcalde, mostrando así el aprecio por las tradiciones culturales y
la responsabilidad para el cumplimiento de los deberes ciudadanos.
Igualmente, consta que los dos fueron personas bautizadas, evangelizadas y
catequizadas, desempeñando también los diversos cargos a los que tenían
acceso los fieles en ese tiempo como acólito, sacristanes menor y mayor, y
topilillo.
Finalmente desempeñaron el cargo civil y eclesiástico de Fiscal, que los
misionersos introdujeron o fomentaron entre los indígenas. Quiere el III
Concilio Provincial Mexicano celebrado en 1585 «que en cada pueblo se elija a
un anciano distinguido por sus irreprochables costumbres, quien al lado de los párrocos
sea perpetuo censor de las costumbres públicas» (P. Antonio Gay, Historia
de Oaxaca, II.V.2) «Es su oficio principal inquirir los delitos y vicios
que perturban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos,
adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.» (Ibídem;
Cfr. III Concilio Mexicano L I, Tít. IX, 1,23).
En la noche del 14 de septiembre de 1700, los dos Fiscales descubrieron que un
buen grupo de personas del pueblo de S.Francisco Cajonos y de los pueblos
vecinos estaban realizando en una casa particular un culto de religiosidad
ancestral; los Fiscales avisaron a los padres dominicos; los Fiscales y los
Padres acompañados del capitán Antonio Rodríguez Pinelo fueron al lugar de
los hechos, sorprendieron a los autores, dispersando la reunión, recogiendo las
ofrendas del culto y regresándose al convento.
Al día siguiente, el pueblo se amotinó, exigiendo la entrega de las ofrendas
confiscadas y de los Fiscales. Refugiándose en el convento los Padres, los
Fiscales y la Autoridad, se pasaron la tarde entre exigencias y negociaciones.
Finalmente, ante las amenazas y el peligro crecientes de matar a todos e
incendiar el convento, el capitán Pinelo decidió entregar a los Fiscales, bajo
promesa de respetar sus vidas.
Los Padres no aceptaron la entrega. Pero los Fiscales depusieron sus armas
aceptando la perspectiva de morir, se confesaron y recibieron la Comunión,
diciendo Juan Bautista: «vamos a morir por la ley de Dios; como yo tengo a su
Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas»; y al verse en manos de
sus verdugos dijo: «aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora».
Cuando eran azotados en la picota de la plaza pública, dijeron a los Padres que
observaban desde la ventana: «Padres encomiéndenos a Dios»; y cuando los
verdugos se burlaban de ellos diciéndoles: «¿te supo bien el chocolate que te
dieron los Padres?», ellos respondieron con el silencio.
El día 16 los verdugos condujeron a los Fiscales a S. Pedro, donde de nuevo los
azotaron y los encarcelaron. Cuando los verdugos invitaban a los Fiscales a
renunciar de la fe católica y les perdonarían, ellos contestaron «una vez que
hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión».
Luego les llevaron bajando y subiendo por laderas, hasta el monte Xagacía
antiguamente llamado «De las hojas», donde amarrados los despeñaron, casi los
degollaron y los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones y los
echaron a los perros que no se los comieron. Los verdugos Nicolás Aquino y
Francisco López bebieron sangre de los mártires, para recuperar ánimo y
fortalecerse según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también
como señal de odio y coraje, según un dicho ancestral que aún se escucha «me
voy a tomar tu sangre». Y los sepultaron en el mismo monte, desde entonces
llamado «Monte Fiscal Santos».
Algunos opinan que los Fiscales no son Mártires sino delatores de sus paisanos
y traidores a su cultura; pero es claro que los Fiscales estaban designados
civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en
la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio en el proceso civil que se
llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de
hoy, viene la fama de martirio y de santidad, que finalmente la Iglesia reconoce
con la Beatificación.
Homilía
del Santo Padre
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