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Rosalía Rendu (1786-1856)
Jeanne Marie se preocupa mucho por corresponder bien a las exigencias de su
nueva vida. Su salud se resiente tanto por la tensión de su espíritu como por
la falta de ejercicio físico. Siguiendo el consejo del médico y de su padrino,
señor Emery, envían a Jeanne Marie a la casa de las Hijas de la Caridad del
barrio Mouffetard, para dedicarse al servicio de los pobres. Allí permanecerá
54 años.
La sed de acción, de entrega, de servicio, que abrasaba a Jeanne Marie no podía
encontrar un terreno mas propicio para ser saciada que este barrio parisiense.
Es, en aquella época, el barrio más miserable de la capital en plena expansión:
pobreza en todas sus formas, miseria psicológica y espiritual, enfermedades,
tugurios insalubres, necesidades... son el lote cotidiano de sus habitantes que
luchan por sobrevivir. Jeanne Marie, que recibió el nombre de Sor Rosalía,
hizo allí “su aprendizaje” acompañando a las Hermanas en la visita a los
enfermos y a los pobres. Al mismo tiempo enseña el catecismo y la lectura a las
niñas que acogían en la escuela gratuita. En 1807, Sor Rosalía, con emoción
y con una profunda alegría, rodeada de las Hermanas de su comunidad, se
compromete por medio de los votos al servicio de Dios y de los pobres.
En 1815, Sor Rosalía es nombrada Superiora de la comunidad de la calle de los
“Francs Bourgeois”, que será trasladada dos años más tarde a la calle de
“L'Epée de Bóis” por razones de espacio y de comodidad. Entonces van a
poder revelarse todas sus cualidades de abnegación, de autoridad natural, de
humildad, de compasión, su capacidad de organización, etc. Sus pobres, como
los llama, son cada vez más numerosos en esta época turbulenta. Los estragos
de un liberalismo económico triunfante acentúan la miseria de los marginados.
Sor Rosalía envía a sus Hermanas a todos los rincones de la feligresía de la
parroquia de “Saint Médard” para llevar alimentos, ropa, atender a enfermos,
decir una palabra reconfortante... las damas de la Caridad las ayudan en las
visitas a domicilio. La joven Conferencia de San Vicente de Paúl viene a buscar
en Sor Rosalía apoyo y consejos para ir en ayuda de todos los necesitados.
Con el fin de aliviar a todos los que sufren, Sor Rosalía abre un dispensario,
una farmacia, una escuela, un orfanato, una guardería, un patronato para las jóvenes
obreras y una casa para ancianos sin recursos. Muy pronto, va a establecerse
toda una red de obras caritativas para combatir la pobreza.
Su ejemplo estimula a sus Hermanas, con frecuencia les dice: “Debéis ser
como un apoyo en el que todos los que están cansados tienen derecho a depositar
su carga”. Y así, sencillamente, vive la pobreza y deja transparentar la
presencia de Dios en ella.
Su fe, firme como una roca y límpida come una fuente, le hace ver a Jesucristo
en toda circunstancia: experimenta en lo cotidiano la convicción de San Vicente:
“Si vais diez veces cada día a ver a un pobre, diez veces encontraréis en
él a Dios... vais a pobres casas, pero allí encontraréis a Dios”. Su
vida de oración es intensa; como afirma una Hermana, “vivía continuamente
en la presencia de Dios; si tenía que cumplir una misión difícil, estábamos
seguras de verla subir a la capilla o de encontrarla de rodillas en su despacho”.
Estaba atenta a asegurar a sus compañeras el tiempo para la oración, pero había
“que saber dejar a Dios por Dios” como San Vicente había enseñado a
sus Hijas. Así, Sor Rosalía, al ir con una Hermana a hacer una visita de caridad,
la invita diciendo: “Hermana comencemos nuestra oración”. Indica con
pocas y sencillas palabras la historia y entra en un profundo recogimiento.
Como la religiosa en el claustro, Sor Rosalía camina con Dios: le habla de
aquella familia con dificultades porque el padre no tiene ya trabajo, de ese
anciano que corre el riesgo de morir sólo en la buhardilla: “Nunca he
hecho tan bien la oración como en la calle” dice ella.
“Los pobres notaban su modo de rezar y de actuar”, dice una de sus compañeras.
“Humilde en su autoridad, Sor Rosalía nos reprendía con una gran delicadeza
y tenía el don de consolar. Sus consejos, procedentes de la justicia y con todo
su afecto, penetraban en las almas”.
Es muy atenta en el modo de acoger a los pobres. Su espíritu de fe ve en ellos
a nuestros “maestros y señores”. “Los pobres os maltratarán”. Cuanto más
maleducados e insolentes sean, con más dignidad debéis tratarlos. Dice:
“Recordad que esos harapos esconden a Nuestro Señor”.
Los superiores le mandan las postulantes y las Hermanas jóvenes para la formación.
Le envían a su casa, por cierto tiempo, a Hermanas un poco difíciles o frágiles.
A una de sus Hermanas en crisis le da un día un consejo, que es el secreto de
su vida: “Si quiere que alguien la quiera, sea la la primera en amar, y si
no tiene nada que dar, dése a sí misma”. Con el aumento de Hermanas, la
casa de beneficencia se convierte en una casa de caridad con un ambulatorio y
una escuela. Ella ve en ello la Providencia de Dios.
Su notoriedad se extiende pronto por todos los barrios de la capital y, más allá,
a las ciudades de provincias. Sor Rosalía sabe rodearse de colaboradores
generosos, eficaces y cada vez más numerosos. Los donativos afluyen rápidamente,
pues los ricos no saben resistir a esta mujer persuasiva. Incluso los soberanos
que se sucedieron en el gobierno del país no lo olvidaron en sus generosidades.
Las Damas de la Caridad ayudan en sus visitas a domicilio. A menudo podía verse
en el recibidor de la casa a obispos, sacerdotes, el embajador de España,
Donoso Cortés, Carlos X, el general Cavaignac, los hombres de Estado y de la
cultura, hasta el emperador Napoleón III con su cónyuge, así como estudiantes
de derecho, de medicina, alumnos del politécnico, que iban a buscar información,
recomendaciones o a pedir consejo sobre a qué puerta ir a llamar antes de hacer
una buena obra. Entre ellos el beato Federico Ozanam, cofundador de las
“Conferencias de San Vicente de Paúl” y el Venerable Juan León Le Prévost,
futuro fundador de los Religiosos de San Vicente de Paúl, que buscaban consejo
para poner en marcha sus proyectos.
Ella estaba en el centro de un movimiento de caridad que caracterizó París y
Francia en la primera mitad del siglo XIX.
La experiencia de Sor Rosalía es inestimable para aquellos jóvenes. Ella
orienta su apostolado, guía sus idas y venidas en el suburbio, les da
direcciones de familias necesitadas escogiéndolas con cuidado.
Entra también en relación con la Superiora del “Bon Sauveur” de Caen y le
pide que acoja a muchas personas. Está especialmente atenta a los sacerdotes y
religiosas afectados de trastornos psíquicos. Su correspondencia es breve pero
emocionante por su delicadeza, paciencia y respeto hacia esos enfermos.
Las pruebas no faltan en el barrio Mouffetard. Las epidemias de cólera se
suceden. La falta de higiene, la miseria favorecen su virulencia. De modo
particular, en 1832 y en 1846, la abnegación y riesgos que corren Sor Rosalía
y sus Hermanas causaron admiración. Se la vio recoger ella misma los cuerpos
abandonados en las calles durante las jornadas de motines de julio de 1830 y de
febrero de 1848 en las barricadas y las luchas sangrientas que enfrentan el
poder a una clase obrera desencadenada. Monseñor Affre, arzobispo de París, es
asesinado al querer interponerse entre los beligerantes. Sor Rosalía sufre,
ella también sube a las barricadas para socorrer a los combatientes heridos,
fueran del bando que fueran. Sin temor alguno, arriesga su vida en los
enfrentamientos. Su valentía y su espíritu de libertad causan admiración.
Cuando se restablece el orden, trata de salvar a muchos de aquellos hombres que
conoce bien y que son víctimas de una feroz represión. Le ayuda mucho el
alcalde del distrito, doctor Ulyssse Trélat, republicano puro, muy popular él
también.
En 1852, Napoleón III decide imponerle la Cruz de la Legión de honor. Ella está
dispuesta a rehusar este honor personal, pero el Padre Etienne, superior de los
Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad, le obliga a aceptar.
De salud frágil, Sor Rosalía nunca se tomó un instante de descanso, y acababa
siempre por superar sus fatigas y sus fiebres. Pero, la edad, una gran
sensibilidad y la acumulación de tareas, acaban por llegar al extremo de su
gran resistencia y de su fuerte voluntad. Durante los dos últimos años de su
vida, se va quedando progresivamente ciega y muere el 7 de febrero de 1856, tras
una corta enfermedad.
La emoción es grande en el barrio y en todos los medios sociales de París y
provincias. Después de celebrar los funerales en la Iglesia de Saint Médard,
su parroquia, una multitud inmensa, embargada por la emoción, sigue a su cadáver
hasta el cementerio de Montparnasse, queriendo así manifestar su admiración
por la obra que ha realizado y su afecto hacia esta Hermana extraordinaria.
Numerosos artículos de la prensa dan testimonio de la admiración e incluso de
la veneración que Sor Rosalía había suscitado. Periódicos de toda tendencia
se hacen eco de los sentimientos del pueblo.
L'Univers, periódico principal católico de la época, dirigido por Louis Veuillot,
escribe el 8 de febrero: “Nuestros lectores comprenderán la gran desgracia
que acaba de acontecer a la clase pobre de París y unirán sus sufragios a las
lágrimas y oraciones de los necesitados”.
El Constitutionnel, periódico de la izquierda anticlerical, no duda en anunciar
la muerte de esta Hija de la Caridad.“Los pobres del distrito 12 acaban de tener una pérdida muy lamentable: Sor
Rosalía, superiora de la comunidad de la rue de l'Epée de Bois murió ayer
después de una larga enfermedad. Desde hace muchos años, esta respetable
religiosa era la providencia de las clases necesitadas, muy numerosas en ese
barrio”.
El periódico oficial del Imperio, le Moniteur, alaba la acción benéfica de
esta Hermana: “Se han rendido las honras fúnebres a la Hermana Rosalía
con un brillo inhabitual: esta santa mujer era, desde hace cincuenta y dos años,
muy caritativa en un barrio donde hay muchos miserables que socorrer. Todos los
pobres, llenos de gratitud, la han acompañado a la Iglesia y al cementerio. Un
piquete de honor formaba parte del cortejo”
Muy numerosos son los que van a visitarla al cementerio “Montparnasse”. Y a
recogerse ante la tumba de aquella que fue su Providencia. Pero !qué difícil es
encontrar el lugar reservado a las Hijas de la Caridad! Por eso, se trasladan
sus restos a un lugar mucho más accesible, mas cerca de la entrada del
cementerio. En su tumba sencilla, hay una gran cruz, en cuya base están
grabadas estas palabras: “A Sor Rosalía, sus amigos agradecidos, los
pobres y los ricos”. Manos anónimas han adornado y continúan adornando
con flores su sepultura como homenaje, discreto pero permanente, a esta humilde
Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Homilía de Juan Pablo II
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