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Eusebia Palomino Yenes (1899-1935)
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Eusebia Palomino Yenes vio la luz en el crepúsculo del siglo XIX – el 15 de diciembre de
1899 – en Cantalpino, pequeño pueblo de la provincia de Salamanca (España)
en una familia tan rica de fe como escasa de medios económicos. Agustín, el
padre, que todos recuerdan por su aspecto humilde, hombre de gran bondad y
dulzura, trabaja como bracero temporal al servicio de los propietarios
terratenientes de los alrededores y su madre Juana Yenes atiende la casa con
los cuatro hijos.
Cuando en el
invierno el campo reposa y el trabajo falta, el pan escasea. Entonces el padre
se ve obligado a pedir ayuda a la caridad de otros pobres en los pueblos de la
zona. Algunas veces lo acompaña la pequeña Eusebia de apenas siete años, que
ignorante de lo que cuestan algunas humillaciones, disfruta con aquellas
caminatas por los senderos del campo y alegremente corretea y salta junto a su
padre que le hace admirar la belleza de la creación, y la luminosidad del
paisaje de Castilla dándole algunas catequesis que le encantan. Cuando llegan a
los pueblos, sonríe a las personas buenas que lo acogen y pide «un
poco de pan por amor de Dios».
El primer
encuentro con Jesús Eucaristía a la edad de ocho años da a la niña una
sorprendente percepción del significado de pertenecer y de ofrecerse totalmente
al Señor como don.
Muy pronto tiene que dejar la escuela para ayudar a la familia y después de
haber dado prueba de una madurez precoz en cuidar - aún siendo
niña – a niños de algunas familias del pueblo mientras los padres van a
trabajar. A los doce años va a Salamanca con su hermana mayor y se pone a servir como
niñera.
Los domingos
por la tarde va al oratorio festivo de las Hijas de Maria Auxiliadora, allí
conoce a las hermanas, que deciden pedirle su colaboración para ayudar a la
comunidad. Eusebia acepta con mucho gusto y enseguida se pone manos a la obra:
ayuda en la cocina, acarrea la leña, ayuda en la limpieza de la casa, tiende la
ropa en el patio grande, va a acompañar al grupo de las estudiantes a la
escuela estatal y hace los mandados en la ciudad.
El deseo
secreto de Eusebia, de consagrarse por entero al Señor, enciende y nutre cada
vez más sus actos y su oración. Dice: «Si cumplo con diligencia mis deberes
tendré contenta a la Virgen Maria y podré un día ser su hija en el Instituto».
No se atreve a pedirlo, por su pobreza y falta de instrucción, no se cree
digna de tal gracia: porque piensa, ¡es una congregación tan grande!.
La Superiora visitadora, con la que ella se confía, la acoge con bondad materna y le
asegura:
«No te preocupes de nada» y con gusto decide admitirla en nombre de la Madre
General.
El 5 de Agosto
empieza el Noviciado en preparación a la profesión. Se alternan horas de
estudio de oración y de trabajo que constituye la jornada de Eusebia que la
hacen plenamente feliz. Después de dos años – 1924 – se consagra totalmente
al Señor con los votos religiosos que la vinculan mucho más a él.
Es destinada a
la casa de Valverde del Camino una pequeña ciudad que en aquella época cuenta
con 9.000 habitantes, está situada al extremo sudoeste de España, en la zona
minera de Andalucía en los confines con Portugal. Las niñas del colegio y del
oratorio, en el primer encuentro se quedan mas bien desilusionadas, la
Hermana nueva tiene un aspectos más bien insignificante, pequeña y pálida, no
es bonita, con las manos gruesas y además un nombre feo.
A la mañana siguiente, la pequeña Hermana está ya en su lugar de trabajo: un trabajo
variado que la ocupa en la cocina, en la portería, en la ropería, en el
cuidado del pequeño huerto y en la asistencia a las niñas del oratorio
festivo. Es feliz de “estar en la casa del Señor por todos los días de su
vida”. Es esta la situación “real”, por la que se siente honrado su espíritu,
que habita las esferas más altas del amor.
Las pequeñas
se sienten pronto atraídas por las narraciones de hechos misioneros, vidas
de santos, episodios de la devoción mariana, o anécdotas de Don Bosco, que
recuerda gracias a una feliz memoria y sabe hacerlas atractivas por su
convencimiento y su fe sencilla.
Todo en Sor
Eusebia, refleja el amor de Dios y el fuerte deseo de hacerlo amar. Sus jornadas
de trabajo son una transparencia continua y lo confirman sus temas
predilectos de conversación: el amor de Jesús a todos los hombres que ha
salvado con su Pasión. Las Llagas santas de Jesús son el libro que Sor Eusebia
lee todos los días y del cual saca apuntes de didascalia a través de un
sencillo “rosario” que aconseja a todos, también lo hace a través de las
cartas, se hace apóstol de la devoción al Amor misericordioso según las
revelaciones de Jesús a la religiosa lituana – hoy santa – Faustyna
Kowalska, divulgadas en España por el Padre dominico Juan Arintero.
El otro
“polo” de la piedad vivida y de la catequesis de Sor Eusebia es la
“verdadera devoción mariana” de San Luis Maria Grignion de Montfort. Esta
será el alma y el arma del apostolado de Sor Eusebia durante su breve
existencia: los destinatarios serán las niñas, los jóvenes, las madres
de familia, los seminaristas los sacerdotes. «Quizá no haya párroco en toda
España – se dice en los procesos – que no haya recibido una carta de Sor
Eusebia a propósito de la esclavitud mariana»
Cuando, a
principio de los años 30, España se está preparando a la revolución por
la rabia de los sin-Dios votados para el exterminio de la religión, Sor Eusebia no
duda en llevar hasta el extremo aquel principio de “disponibilidad”, pronta
literalmente, a despojarse de todo. Se ofrece al Señor como víctima para la
salvación de España, para la libertad de la religión.
Dios acepta la
víctima. En agosto de 1932 un mal improviso es el primer aviso. Después
el asma que en diversos momentos ya la había molestado, ahora llega a niveles
extremos de intolerancia, se agrava con otros males que van apareciendo y
atentan contra su vida.
En este tiempo,
visiones de sangre afligen a Sor Eusebia aún más que los dolores físicos. El
4 de octubre de 1934, mientras algunas hermanas rezaban con ella en el lugar del
sacrificio, interrumpe y empalidece diciendo: «rezad mucho por Cataluña». Es
el principio de la sublevación operaria de Asturias y de la catalana en
Barcelona (4-15 octubre 1934) que se llamarán «anticipo revelador». Visión
de sangre también para su querida directora Sor Carmen Moreno Benítez, que será
fusilada con otra hermana el 6 de septiembre de 1936: actualmente ha sido
declarada beata, después del reconocimiento del martirio.
En tanto la
enfermedad de Sor Eusebia se agrava: el médico que la asiste admite de no saber
definir la enfermedad que, unida al asma le acartona todos los miembros convirtiéndola
en un ovillo. Quien la visita siente la fuerza moral y la luz de santidad que
irradian aquellos pobres miembros doloridos, dejando absolutamente intacta la
lucidez del pensamiento, la delicadeza de los sentimientos y la gentileza del
trato. A las hermanas que la asisten les promete: «Daré mis vueltecitas».
En el corazón de la noche entre el 9 y el 10 de febrero de 1935 Sor Eusebia
parece dormir serenamente. Durante todo el día los restos mortales adornados
con muchísimas flores, son visitados por toda la población de Valverde.
Todos repiten la misma expresión: «Ha muerto una santa»
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