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JOSEPH-MARIE CASSANT (1878-1903)
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Joseph-Marie Cassant nació el 6 de marzo de 1878 en Casseneuil, en el
Lot-et-Garonne (diócesis de Agen, Francia) en una familia de agricultores que
ya contaba con un hijo varón de nueve años. Estudió en el internado de los
hermanos de San Juan Bautista de la Salle de Casseneuil, donde tuvo
dificultades debido a su falta de memoria. Tanto en su casa
como en el internado recibió una sólida formación cristiana y, poco a poco,
creció en él el deseo profundo de ser sacerdote. Su párroco, D. Filhol, le
apreciaba mucho y le ayudó en sus estudios por medio de un vicario, pero su
poca memoria siguió siendo un obstáculo para su ingreso en el seminario menor.
Mientras tanto, el adolescente fue introduciéndose en el silencio, el
recogimiento y la oración. El párroco Filhol le sugirió que se dirigiera a la
Trapa: el joven de 16 años aceptó sin dudarlo. Tras
un tiempo de prueba en la casa parroquial, Joseph entró en la abadía
cisterciense de Santa María del Desierto (diócesis de Toulouse, Francia) el 5
de diciembre de 1894.
En ese momento
el maestro de novicios era el Padre André Malet. Él sabia captar las
necesidades de las almas y responder a ellas con humanidad. Desde el primer
encuentro manifestó su benevolencia: «!Confía! yo te ayudaré a amar a Jesús».
Los hermanos del monasterio no tardaron en mostrar aprecio por el recién
llegado: Joseph no era ni discutidor ni gruñón, sino que siempre estaba
contento y sonriente.
Contemplando
frecuentemente a Jesús en su pasión y en la cruz, el joven monje se impregnó
del amor a Cristo. El «camino del Corazón de Jesús», que le enseñó el Padre
André, es una llamada incesante a vivir el instante presente con paciencia,
esperanza y amor. El
Hermano Joseph-Marie es consciente de sus lagunas y su debilidad. Pero se fía
cada vez más de Jesús que es su fuerza. No le gustan las
medias tintas. Quiere darse totalmente a Cristo. Su divisa lo atestigua: «Todo
por Jesús, todo por María». Fue admitido a pronunciar sus votos definitivos el
24 de mayo del 1900, en la fiesta de la Ascensión.
A partir de
entonces comenzó su preparación al sacerdocio. El Hermano Joseph-Marie lo
deseaba sobre todo en función de la Eucaristía. Ésta es para él la realidad
presente y viviente de Jesús: el Salvador entregado totalmente a los hombres,
cuyo corazón traspasado en la cruz, acoge con ternura a los que acuden a Él
con confianza. Los cursos de teología que le dio un hermano poco comprensivo
causaron afrentas muy dolorosas en la viva sensibilidad del joven monje. En
todas las contradicciones él se apoya en Cristo presente en la Eucaristía, «la
única felicidad en la tierra», y confía su sufrimiento al Padre André que lo
ilumina y reconforta. Finalmente, habiendo aprobado los exámenes, tiene la
inmensa alegría de recibir la ordenación sacerdotal el 12 de octubre de 1902.
Pronto constatan
que está afectado de tuberculosis. El mal
está muy avanzado. El joven
sacerdote no revela sus sufrimientos hasta el momento en que no puede
ocultarlos más: por qué quejarse cuando se medita frecuentemente el Vía
Crucis del Salvador? A pesar de su estancia de siete semanas con su familia, a
petición del Padre Abad, sus fuerzas declinan cada vez más. A su regreso al
monasterio, lo mandan a la enfermería donde tuvo una nueva ocasión de ofrecer,
por Cristo y la Iglesia, sus sufrimientos físicos cada vez más intolerables,
agravados por las negligencias de su enfermero. Más que nunca, el Padre André
le escucha, le aconseja y le sostiene. Joseph-Marie dijo: «Cuando no pueda
celebrar más la Misa, Jesús podrá retirarme de este mundo». El 17 de Junio de
1903, por la mañana, tras comulgar, el Padre Joseph-Marie alcanzó para siempre
a Cristo Jesús.
El 9 de junio de
1984, el Santo Padre Juan Pablo II reconoció la heroicidad de sus virtudes.
A veces se ha
subrayado la banalidad de esta corta existencia: dieciséis años discretos
pasados en Casseneuil y nueve años en la clausura de un monasterio, haciendo
cosas simples: oración, estudios, trabajo. Cosas simples, sí, pero supo
vivirlas de forma extraordinaria; pequeñas acciones, pero realizadas con una
generosidad sin límites. Cristo puso en su espíritu, limpio como agua de
manantial, la convicción de que sólo Dios es la suprema felicidad, que su
Reino es semejante a un tesoro escondido y a una perla preciosa.
El mensaje del
Padre Joseph-Marie es muy actual: en un mundo de desconfianza, a menudo
víctima de la desesperación, pero sediento de amor y de ternura, su vida puede
ser una respuesta, sobre todo para los jóvenes que buscan un sentido a la
propia vida. Joseph-Marie fue un adolescente sin relieve ni valor a los ojos de los
hombres. Debe el acierto de su vida al encuentro impresionante con Jesús. Supo seguirle
en una comunidad de hermanos, con el apoyo de un Padre espiritual que fue al
mismo tiempo testimonio de Cristo y capaz de acoger y comprender.
Él es
para los pequeños y humildes un magnífico modelo. Les enseña cómo vivir, día
tras día, para Cristo, con amor, energía y fidelidad, aceptando ser ayudados
por un hermano o una hermana experimentados, capaces de conducirlos tras las
huellas de Jesús.
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