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MARIA DE LOS
ÁNGELES GINARD MARTÍ (1894-1936)
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María de los Ángeles Ginard Martí, religiosa de las Hermanas Celadoras de Culto Eucarístico, nació en Llucmajor,
Mallorca, España, el 3 de abril de 1894. A los dos días, siguiendo la costumbre cristiana de la época de bautizar a los
niños al poco de nacer, la llevaron a la pila bautismal de la parroquia de San
Miguel de Llucmajor, imponiéndole el nombre Ángela Benita Sebastiana Margarita,
pero usaba en el siglo el de Ángela y al entrar en religión el de María de los
Ángeles.
Fueron sus padres don Sebastián Ginard García, que pertenecía al
cuerpo de la Guardia Civil y en el que alcanzó el grado de capitán, y su madre
doña Margarita Martí Canals. Ambos procedían de familias mallorquinas muy
católicas y en ese ambiente religiosos formaron su hogar y educaron a los nueve
hijos, de los que María de los Ángeles ocupaba el tercer lugar.
La niñez de María de los Ángeles transcurrió entre Llucmajor, Palma y Binisalem. En este último pueblo hizo su primera
comunión el día 14 de abril de 1905. En torno a este acontecimiento empezó a
sentirse inclinada a una piedad cristiana con tendencia hacia la vida religiosa,
la cual estaba motivada por las visitas que con su madre hacía a dos tías monjas,
sobre todo a la que estaba en el monasterio de las jerónimas de San Bartolomé de
Inca.
La juventud la pasó en Palma de Mallorca, donde se trasladó la
familia buscando trabajo para mejorar la situación económica que era escasa para
sacar adelante una familia tan numerosa. María de los Ángeles y sus dos hermanas
mayores se dedicaros a bordar y a confeccionar sombreros de señoras. Con estas
labores que realizaban en el hogar por encargo y cuando estos le faltaban para
vender después, conseguían unos ingresos económicos muy necesarios para un
digno bienestar de la familiar. Esta ocupación no la liberaban de los trabajos
propios del hogar y de la atención a los hermanaos pequeños. Hacia éstos María
de los Ángeles se volcó en la atención y en la formación religiosa: les enseñaba
a rezar, el catecismo; le leía la historia Sagrada y la de los primeros mártires
cristianos.
Se levantaba temprano para oír misa y comulgar en la iglesia del
Socorro o en la vecina parroquia de la Santísima Trinidad, donde estaba su
director espiritual, el padre Sebastián Matas. Durante el día hacía la visita al
Santísimo Sacramento expuesto en el Centro Eucarístico, rezaba el santo Rosario,
hacía oración particular y se daba a otras devociones particulares.
El plan de vida espiritual que llevaba María de los Ángeles la
apartaba de las diversiones propias de su edad y la iba centrando en la vocación
que sentía desde su niñez. Así cuando contaba unos veinte años de edad pidió
permiso a sus padres para ingresar en el monasterio de las jerónimas de San
Bartolomé de Inca. Éstos le aconsejaron que era muy joven, que lo pensara bien y
dejara la decisión para más tarde. Con estos consejos no trataban de oponerse a
su hija, sino retenerla por un tiempo en el hogar pues la necesitaban, pues el
dinero ganado de su trabajo les era necesario para sacar adelante con dignidad a
los hermanos menores. María de los Ángeles comprendió a sus padres y, sin perder
la ilusión de entregarse a Dios en una vida consagrada, supo esperar.
Transcurridos unos años, y viendo que las circunstancias familiares
anteriores había cambiado, volvió a pedir permiso a los padres, quienes se lo
dieron gustosos.
Obtenido el consentimiento de los padres, ingresó en el postulantado
de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico de Palma de Mallorca el 26 de
noviembre de 1921. Muy pronto se adaptó a la nueva vida. La adoración al
Santísimo Sacramento, que es fin primordial del instituto en el que había
ingresado, le llenaba, era su vida de donde sacaba fuerzas para los trabajos
comunitarios de masar el pan para la misa, confeccionar y bordar ornamentos
sagrados, preparar los niños para la primera comunión y para lograr una
convivencia comunitaria volcándose en caridad a sus hermanas religiosas, la
cuales la tenían por religiosa muy ejemplar, abierta y cordial, que se
caracterizaba por su sencillez, piedad y, sobre todo, por la obediencia y
docilidad en aceptar los cargos y traslados que sus superioras disponían.
Después del año de noviciado y de los tres primeros años de
profesión temporal fue destinada a Madrid, luego a Barcelona y nuevamente a
Madrid, desempeñando en esta última casa siempre el oficio de procuradora o
administradora del convento.
Al estallar la Guerra Civil Española de 1936, sor María de los
Ángeles se encontraba en Madrid. Los acontecimientos previos a la guerra eran
alarmantes para la Iglesia y sus miembros. La persecución religiosa se manifestó
abiertamente con quema de iglesias y conventos y con amenazas a los sacerdotes,
religiosos y fieles católicos. En estas circunstancias, a sor María de los
Ángeles le apenaba la destrucción y amenazas que habían emprendido los
perseguidores “por odio a la fe”, por todo lo relacionado con Dios y con la
Iglesia. En la adoración a Jesús Sacramentado pedía por una solución a estos
problemas y, firme en la fe, ofrecía, si esa era la voluntad de Dios, su vida en
martirio por el triunfo de Cristo.
Cuando las religiosas vieron la necesidad de salir del convento
vestidas de seglares se encontraban con el nerviosismo típico del momento, sor
María de los Ángeles con serenidad las tranquilizaba a la vez que les decía: «Todo
lo que nos pueden hacer a nosotras es matarnos, pero esto...» Es decir,
lamentaba más la persecución y destrucción de lo religioso que el que la
matasen.
El día 20 de julio de 1936 las religiosas salieron vestidas de
seglares del convento. A sor María de los Ángeles le tocó refugiarse en la
vivienda de una familia en la calle Monte Esquinza número 24. Desde allí, por la
proximidad, vio el saqueo de la iglesia y del convento, y la destrucción de
imágenes objetos de culto. En este refugio permaneció hasta el día 25 de agosto
por la tarde, en que los milicianos anárquicos, por acusación del portero, que
era de ellos, fueron a detenerla.
En el momento de la detención, apresaron a doña Amparo, hermana de
la dueña de la casa que le acogía, y sor María de los Ángeles llevada por
caridad y bondad, dijo a los milicianos: “esta señora no es monja, dejadla, la
única monja soy yo”. Con estas palabras confesó su condición de religiosa y
salvó la vida a esta señora.
Detenida la llevaron a la checa de Bellas Artes y el día 26 de
agosto de 1936, al anochecer, según acostumbraban los perseguidores en los
primeros meses de la guerra, le dieron el “paseillo” a la Dehesa de la Villa
donde la fusilaron, pues a la mañana del día siguiente el Poder Judicial levantó
el cadáver.
Sus restos mortales fueron enterrados en el cementerio de la
Almudena y después de la guerra, el 20 de mayo de 1941, fueron exhumados y
trasladados al panteón de las Hermanas del Culto Eucarístico del mismo
cementerio, de donde el 19 de diciembre de 1985 fueron trasladados al convento
de las Hermanas Celadoras del Culto Eucarístico de la calle Blanca de Navarra,
número 9, de Madrid. Y recientemente, el 3 de febrero de 2005, han sido
colocados en la iglesia capilla de este convento.
El proceso de canonización por martirio en su fase diocesana fue
abierto en Madrid el 28 de abril de 1987, y clausurado, también en Madrid, el 23
de marzo de 1990. El 19 de abril de 2004, su Santidad Juan Pablo II aprobó la
publicación del decreto sobre el martirio para su beatificación.
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