
Señor presidente; señoras y señores:
1. He acogido con mucho gusto la invitación del señor Jacques Diouf, director general de la fao, a tomar la palabra en la sesión inaugural de esta cumbre mundial sobre seguridad alimentaria. Lo saludo cordialmente y le agradezco sus amables palabras de bienvenida. Saludo, igualmente, a las altas autoridades aquí presentes y a todos los participantes. Como ya hicieron mis venerados predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, deseo renovar mi estima por la labor de la fao, a la que la Iglesia católica y la Santa Sede prestan atención e interés por el servicio cotidiano que desempeñan todos los que trabajan en ella. Gracias a vuestro generoso trabajo, sintetizado en el lema Fiat panis, el desarrollo de la agricultura y la seguridad alimentaria siguen siendo objetivos prioritarios de la acción política internacional. Estoy seguro de que este espíritu orientará las decisiones de esta cumbre, como también las que se tomen en el intento común por vencer cuanto antes la batalla contra el hambre y la malnutrición en el mundo.
2. La comunidad internacional está afrontando en estos años una grave crisis económico-financiera. Las estadísticas muestran un incremento dramático del número de personas que sufren hambre y a esto contribuye el aumento de los precios de los productos alimentarios, la disminución de los recursos económicos de las poblaciones más pobres y el acceso restringido al mercado y a los alimentos. Y todo esto, mientras se confirma que la tierra puede alimentar suficientemente a todos sus habitantes. En efecto, si bien en algunas regiones se mantienen bajos niveles de producción agrícola a causa también de cambios climáticos, dicha producción es globalmente suficiente para satisfacer tanto la demanda actual como la que se puede prever en el futuro. Estos datos indican que no hay una relación de causa-efecto entre el incremento de la población y el hambre, lo cual se confirma por la deplorable destrucción de excedentes alimentarios en función del lucro económico. En la encíclica Caritas in veritate señalé que "el hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. Es decir, falta un sistema de instituciones económicas capaces, tanto de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y adecuada (...), como de afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con las emergencias de crisis alimentarias reales...". Y añadí también que "el problema de la inseguridad alimentaria debe plantearse en una perspectiva a largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales y socioeconómicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo" (n. 27). En este contexto, hay que oponerse igualmente al recurso a ciertas formas de subvenciones que perturban gravemente el sector agrícola, a la persistencia de modelos alimentarios orientados al mero consumo y que se ven privados de una perspectiva más amplia, así como al egoísmo, que permite a la especulación entrar incluso en los mercados de los cereales, tratando a los alimentos con el mismo criterio que cualquier otra mercancía.
3. En cierto sentido, la convocatoria de esta cumbre ya es un testimonio de la debilidad de los actuales mecanismos de la seguridad alimentaria y la necesidad de una revisión de los mismos. De hecho, aunque los países más pobres se han integrado en la economía mundial de manera más amplia que en el pasado, la tendencia de los mercados internacionales los hace en gran medida vulnerables y los obliga a tener que recurrir a las ayudas de las instituciones intergobernativas, que sin duda prestan una ayuda valiosa e indispensable. Sin embargo, el concepto de cooperación debe ser coherente con el principio de subsidiaridad: se ha de implicar "a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo" (ib.), porque el desarrollo humano integral requiere decisiones responsables por parte de todos y pide una actitud solidaria que no considere la ayuda o la emergencia en función de quien pone a disposición los recursos o de grupos de élite que hay entre los beneficiarios. De cara a países que manifiestan la necesidad que tienen de aportaciones exteriores, la comunidad internacional tiene el deber de participar con instrumentos de cooperación, sintiéndose corresponsable de su desarrollo, "mediante la solidaridad de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto" (ib., 47). Dentro de este contexto de responsabilidad está el derecho de cada país a definir su propio modelo económico, previendo los modos para garantizar la propia libertad de decisiones y de objetivos. En dicha perspectiva, la cooperación debe llegar a ser un instrumento eficaz, libre de vínculos e intereses que pueden restar una parte nada despreciable de los recursos destinados al desarrollo. Además, es importante subrayar que el camino solidario para el desarrollo de los países pobres puede llegar a ser también un camino de solución para la actual crisis global. En efecto, sosteniendo a estas naciones con planes de financiación inspirados en la solidaridad, para que ellas mismas sean capaces de satisfacer las propias demandas de consumo y de desarrollo, no sólo se favorece el incremento económico en su seno, sino que puede tener repercusiones positivas para el desarrollo humano integral en otros países (cf. ib., 27).
4. En la actual situación persiste todavía un nivel de desarrollo desigual entre y en las naciones, que determina, en muchas áreas del planeta, condiciones de precariedad, acentuando la contraposición entre pobreza y riqueza. Esta desigualdad no sólo tiene que ver con los modelos de desarrollo, sino también, y sobre todo, con la forma que parece afianzarse de percibir un fenómeno como el de la inseguridad alimentaria. Existe el riesgo de que el hambre se considere como algo estructural, parte integrante de la realidad sociopolítica de los países más débiles, objeto de un sentido de resignada amargura, si no de indiferencia. No es así, ni debe ser así. Para combatir y vencer el hambre es esencial empezar por redefinir los conceptos y los principios aplicados hasta hoy en las relaciones internacionales, así como responder a la pregunta: ¿qué puede orientar la atención y la consiguiente conducta de los Estados respecto a las necesidades de los últimos? La respuesta no se encuentra en la línea de acción de la cooperación, sino en los principios que tienen que inspirarla: sólo en nombre de la pertenencia común a la familia humana universal se puede pedir a cada pueblo, y por lo tanto a cada país, que sea solidario, es decir, que esté dispuesto a hacerse cargo de responsabilidades concretas ante las necesidades de los demás, para favorecer un verdadero compartir fundado en el amor.
5. No obstante, si bien la solidaridad animada por el amor excede la justicia, porque amar es dar, ofrecer lo "mío" a otro, esta no existe nunca sin la justicia, que induce a dar al otro lo que es "suyo" y que le pertenece en razón de su ser y de su hacer. De hecho no puedo "dar" a otro de lo "mío" sin haberle dado antes lo que le pertenece por justicia (cf. ib., 6). Si se busca la eliminación del hambre, la acción internacional está llamada no sólo a favorecer el crecimiento económico equilibrado y sostenible y la estabilidad política, sino también a buscar nuevos parámetros -necesariamente éticos y después jurídicos y económicos- que sean capaces de inspirar la actividad de cooperación para construir una relación paritaria entre países que se encuentran en diferentes grados de desarrollo. Esto, además de colmar el desequilibrio existente, podría favorecer la capacidad de cada pueblo de sentirse protagonista, confirmando así que la igualdad fundamental de los diferentes pueblos hunde sus raíces en el origen común de la familia humana, fuente de los principios de la "ley natural" llamados a inspirar las opciones y las directrices de orden político, jurídico y económico en la vida internacional (cf. ib., 59). A este respecto, san Pablo nos ilumina con sus palabras: "No se trata -escribe- de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces; se trata de nivelar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá nivelación. Es lo que dice la Escritura: "Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba"" (2 Co 8, 13-15).
6. Señor presidente, señoras y señores, para combatir el hambre promoviendo un desarrollo humano integral también es necesario entender las necesidades del mundo rural, así como impedir que la tendencia a disminuir las aportaciones de los donantes cree incertidumbres en la financiación de las actividades de cooperación: se ha de evitar el riesgo de que el mundo rural pueda ser considerado, de modo miope, como una realidad secundaria. Al mismo tiempo, se ha de favorecer el acceso al mercado internacional de los productos provenientes de las áreas más pobres, hoy en día relegados a menudo a estrechos márgenes. Para alcanzar estos objetivos es necesario rescatar las reglas del comercio internacional de la lógica del provecho como un fin en sí mismo, orientándolas en favor de la iniciativa económica de los países más necesitados de desarrollo, que, disponiendo de mayores entradas, podrán caminar hacia la autosuficiencia, que es el preludio de la seguridad alimentaria.
7. Tampoco se han de olvidar los derechos fundamentales de la persona, entre los que destaca el derecho a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, y el derecho al agua; estos derechos revisten un papel importante en la consecución de otros, empezando por el derecho primario a la vida. Es necesario, por lo tanto, que madure "una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones" (Caritas in veritate, 27). Todo lo que la fao ha realizado con paciencia, aunque por un lado ha favorecido la ampliación de los objetivos de este derecho sólo para garantizar la satisfacción de las necesidades primarias, por otro lado, ha puesto de manifiesto la necesidad de una reglamentación adecuada.
8. Los métodos de producción alimentaria imponen igualmente un análisis atento de la relación entre el desarrollo y la tutela ambiental. El deseo de poseer y de usar en manera excesiva y desordenada los recursos del planeta es la primera causa de toda degradación ambiental. El cuidado ambiental, en efecto, se presenta como un desafío actual de garantizar un desarrollo armónico, respetuoso con el plan de Dios creador y, por lo tanto, capaz de salvaguardar el planeta (cf. ib., 48-51). Si toda la humanidad está llamada a tomar conciencia de sus propias obligaciones respecto a las generaciones venideras, también es cierto que el deber de tutelar el medio ambiente como un bien colectivo corresponde a los Estados y a las organizaciones internacionales. Desde este punto de vista, se debe profundizar en las conexiones existentes entre la seguridad ambiental y el fenómeno preocupante de los cambios climáticos, teniendo como focus la centralidad de la persona humana y, en particular, a las poblaciones más vulnerables ante ambos fenómenos. No bastan, sin embargo, normativas, legislaciones, planes de desarrollo e inversiones; hace falta un cambio en los estilos de vida personales y comunitarios, en el consumo y en las necesidades concretas, pero sobre todo es necesario tener presente el deber moral de distinguir en las acciones humanas el bien del mal para redescubrir así el vínculo de comunión que une la persona y la creación.
9. Es importante recordar -como señalé en la encíclica Caritas in veritate- que "la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia". Es verdad que "el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza". Y que "el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad". Por tanto, "los deberes que tenemos respecto al ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los demás. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad" (ib., 51).
10. El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza. No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones. Señor presidente, señoras y señores, la Iglesia católica estará siempre atenta a los esfuerzos para vencer el hambre; trabajará por sostener, con la palabra y con las obras, la acción solidaria -programada, responsable y regulada- que los distintos componentes de la comunidad internacional están llamados a emprender. La Iglesia no pretende interferir en las decisiones políticas; ella, respetuosa del saber y de los resultados de las ciencias, así como de las decisiones determinadas por la razón cuando son responsablemente iluminadas por valores auténticamente humanos, se une al esfuerzo por eliminar el hambre. Es este el signo más inmediato y concreto de la solidaridad animada por la caridad, signo que no deja margen a retrasos y compromisos. Dicha solidaridad se confía a la técnica, a las leyes y a las instituciones para salir al encuentro de las aspiraciones de las personas, comunidades y pueblos enteros, pero no debe excluir la dimensión religiosa, con su poderosa fuerza espiritual y de promoción de la persona humana. Reconocer el valor trascendente de cada hombre y mujer es el primer paso para favorecer la conversión del corazón que pueda sostener el esfuerzo para erradicar la miseria, el hambre y la pobreza en todas sus formas.
Agradezco su atención y, para concluir, saludo con mis mejores deseos, en las lenguas oficiales de la fao, a todos los Estados miembros de esta organización:
Dios bendiga sus esfuerzos para garantizar el pan de cada día para cada persona.
Gracias.
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Una denuncia clara y realista de una situación intolerable: crece el número de los que pasan hambre, pero no se toma conciencia de ello. Habló en estos términos Benedicto XVI ante la fao, la organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, que ha reunido una cumbre mundial sobre seguridad alimentaria. Con un discurso que es razonable esperar que despierte interés y suscite respuestas concretas dado que proviene de una autoridad a la que miran con confianza muchísimas personas de todas partes del planeta, incluso de fuera de la Iglesia católica.
En continuidad con la encíclica Caritas in veritate y con las enseñanzas de sus predecesores, el Papa repite que el drama de la pobreza -de la que "el hambre es el signo más cruel y concreto"- no depende del aumento de la población. Este es un dato confirmado y se niega únicamente por motivaciones ideológicas o para defender intereses y privilegios. Pablo vi ya lo había dicho en las dos encíclicas hermanas en defensa de la vida humana (Populorum progressio y Humanae vitae); Juan Pablo II lo repitió más tarde en diversas ocasiones; y hoy lo corrobora su sucesor, también con la fuerza de un consenso que ahora comienza a difundirse en los organismos internacionales.
El largo discurso del Papa merece atención porque es realista. Sobre todo interpela a las autoridades civiles y los componentes de la comunidad internacional. Y lo hace con una mirada lúcida que ve "la debilidad de los actuales mecanismos de la seguridad alimentaria" y sugiere cambios. En nombre de la Iglesia católica -como ya hizo Pablo VI en 1965, cuando por primera vez un Papa habló ante los representantes de todos los pueblos de la tierra- y sin ninguna pretensión de interferir en las decisiones políticas.
Es decir, en nombre de una realidad mundial preocupada solamente por defender a toda persona humana. Y el criterio de la "pertenencia común a la familia humana universal" es el único -subrayó con fuerza Benedicto XVI- en nombre del cual "se puede pedir a cada pueblo, y por lo tanto a cada país, que sea solidario". Así pues, con un llamamiento a la razón que impone con urgencia un cambio en la agenda internacional y en las decisiones concretas: poniendo fin a la escandalosa destrucción de alimentos, modificando los mecanismos de las ayudas internacionales y de la cooperación, replanteando incluso las relaciones entre las naciones, volviendo a mirar con atención al mundo rural y tutelando el medio ambiente.
Nos podríamos preguntar si el razonamiento lúcido y concreto de Benedicto XVI será escuchado, si sus palabras serán tomadas en consideración. Quizá muchos las ignorarán -y aquí es fundamental el papel de los medios de comunicación internacionales- y otros recurrirán a los estereotipos de una Iglesia católica oscurantista ante una presunta superpoblación mundial. Pero no será fácil: de hecho, el Papa ha repetido que la Iglesia es "respetuosa del saber y de los resultados de las ciencias, así como de las decisiones determinadas por la razón", y habla en nombre de la razón, más allá de la fe.
g. m. v.
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Queridos hermanos y hermanas:
Hemos llegado a las últimas dos semanas del año litúrgico. Demos gracias al Señor porque nos ha concedido recorrer , una vez más, este camino de fe -antiguo y siempre nuevo- en la gran familia espiritual de la Iglesia. Es un don inestimable, que nos permite vivir en la historia el misterio de Cristo, acogiendo en los surcos de nuestra existencia personal y comunitaria la semilla de la Palabra de Dios, semilla de eternidad que transforma desde dentro este mundo y lo abre al reino de los cielos. En el itinerario de las lecturas bíblicas dominicales, este año nos ha acompañado el evangelio de san Marcos, que hoy presenta una parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos. En este discurso hay una frase que impresiona por su claridad sintética: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mc 13, 31). Detengámonos un momento a reflexionar sobre esta profecía de Cristo.
La expresión "el cielo y la tierra" aparece con frecuencia en la Biblia para indicar todo el universo, todo el cosmos. Jesús declara que todo esto está destinado a "pasar". No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras "no pasarán", es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas. Aunque fueron pronunciadas en su existencia terrena concreta, son palabras proféticas por antonomasia, como afirma en otro lugar Jesús dirigiéndose al Padre celestial: "Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado" (Jn 17, 8).
En una célebre parábola, Cristo se compara con el sembrador y explica que la semilla es la Palabra (cf. Mc 4, 14): quienes oyen la Palabra, la acogen y dan fruto (cf. Mc 4, 20), forman parte del reino de Dios, es decir, viven bajo su señorío; están en el mundo, pero ya no son del mundo; llevan dentro una semilla de eternidad, un principio de transformación que se manifiesta ya ahora en una vida buena, animada por la caridad, y al final producirá la resurrección de la carne. Este es el poder de la Palabra de Cristo.
Queridos amigos, la Virgen María es el signo vivo de esta verdad. Su corazón fue "tierra buena" que acogió con plena disponibilidad la Palabra de Dios, de modo que toda su existencia, transformada según la imagen del Hijo, fue introducida en la eternidad, cuerpo y alma, anticipando la vocación eterna de todo ser humano. Ahora, en la oración, hagamos nuestra su respuesta al ángel: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38), para que, siguiendo a Cristo por el camino de la cruz, también nosotros alcancemos la gloria de la resurrección.
Después de la oración mariana, el Papa saludó a los peregrinos en italiano, francés, inglés, alemán, español, húngaro y polaco.
En lengua italiana dijo:
Ante todo dirijo un cordial saludo a los participantes en la asamblea plenaria de la Comisión episcopal europea para los medios de comunicación, cuyos trabajos se han llevado a cabo en estos días en el Vaticano. Queridos hermanos, habéis abordado el tema de la cultura de internet y la comunicación en la Iglesia. Os agradezco vuestra cualificada contribución sobre esta temática de gran actualidad.
También deseo recordar que hoy tiene lugar en Ivrea, en Piamonte, la celebración nacional de la Jornada de acción de gracias. Me complace unirme espiritualmente a quienes están agradecidos al Señor por los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, renovando la invitación apremiante a respetar el ambiente natural, un valioso recurso encomendado a nuestra responsabilidad.
En lengua francesa:
En este final del año litúrgico, que se acerca, se nos invita a recordar que el tiempo pasa, no para lamentarlo sino para apreciar toda su novedad. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que es inútil preguntarse por el final de los tiempos. Vivamos cada instante de nuestra vida bajo la mirada de Cristo. Al entregarnos su vida, ha dado cumplimiento a todo. Él es nuestra esperanza, pues cada día él introduce nuestra historia en la eternidad. Que Dios os bendiga a vosotros y a todos vuestros seres queridos. ¡Feliz domingo!
En lengua inglesa:
Extiendo mi más cordial saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes aquí hoy. Durante este mes de noviembre recordamos especialmente las santas almas del Purgatorio. En estos días hemos rezado por aquellos que perdieron su vida en la guerra, y en esta Jornada mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de tráfico, rezamos por todos los que han muerto o sufrido heridas y lesiones en accidentes de carretera. Al encomendar sus almas a la misericordia de Dios todopoderoso, imploramos el consuelo divino para sus familias y sus seres queridos. Para aquellos que habéis recorrido largas distancias para estar aquí hoy, pido al Señor que os proteja en vuestro viaje de regreso. Que el Señor os bendiga a todos vosotros, así como a vuestras familias y amigos.
En lengua alemana:
Saludo cordialmente a los hermanos y hermanas de lengua alemana. En Dios los hombres encontramos la verdadera libertad y la alegría constante. Vivir según la voluntad de Dios hace libres y en servirlo con fidelidad consiste el gozo pleno y verdadero (cf. Oración colecta). Esto lo queremos comprender nuevamente con el corazón mirando a Cristo. Él nos enseña y muestra cómo debemos amar al prójimo. Jesucristo es el camino que lleva a una vida plena y feliz.
En lengua española:
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los fieles provenientes de Colombia, y a quienes se unen a ella a través de la radio y la televisión. Que la contemplación del misterio de Cristo y la meditación asidua de la Palabra de Dios acreciente en nosotros el deseo de servirle para que, a ejemplo de la Virgen María, fundemos nuestra vida sobre la roca firme de la fe y aceptemos con prontitud la voluntad amorosa de Dios. ¡Muchas gracias y feliz domingo!
En lengua húngara:
Saludo con afecto al grupo de fieles de la Parroquia de san László en Budapest. Queridos hermanos, renacidos en el bautismo, vivid la buena nueva del Evangelio en una sociedad secularizada.
En lengua polaca:
Saludo cordialmente a los fieles polacos. Hoy celebramos la Jornada mundial en recuerdo de las víctimas de los accidentes de carretera. Encomiendo a los difuntos a la misericordia de Dios. Exhorto a todos aquellos que viajan por las carreteras del mundo a ser prudentes, en el espíritu de responsabilidad por el don de la salud y de la propia vida y de la de los demás. Que el Señor proteja a los que viajan y bendiga a todos.
Para concluir, dijo en italiano:
Hoy, aquí en la plaza, también están presentes el cardenal Adrianus Simonis con algunos prelados, autoridades civiles y fieles de Holanda, que celebran en estos días a su patrón san Willibrordo, recordando su presencia aquí en Roma en la Iglesia nacional de San Miguel y San Magno de los Frisones. Exhorto a todos a ser siempre piedras vivas de la Iglesia de Cristo y a intensificar los vínculos de comunión con la sede del Apóstol san Pedro.
Saludo también con afecto a los peregrinos de lengua italiana, en particular a los fieles procedentes de Trieste, Cingoli y Pizzo Calabro. Querido hermanos, que la visita a la tumba de san Pedro fortalezca en cada uno de vosotros la fe y el testimonio evangélico. Os deseo a todos un feliz domingo.
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"La profunda crisis económica, generalizada en todo el mundo, y las causas que la han provocado han puesto de manifiesto la exigencia de una inversión más firme y valiente en el campo del saber y de la educación, como modo de responder a los numerosos desafíos planteados y preparar a las generaciones jóvenes para construir un futuro mejor". Lo dijo el Santo Padre a los profesores y alumnos de la Libre Universidad María Santísima Asunta (lumsa), al recibirlos en la sala Pablo VI, el jueves 12 de noviembre, con ocasión del 70 ° aniversario de su fundación. El rector magnífico del ateneo, profesor Giuseppe Dalla Torre, dirigió al Papa unas palabras de saludo y agradecimiento al inicio de la audiencia. Benedicto XVI pronunció el discurso cuya traducción ofrecemos a continuación.
Señores cardenales; señor presidente del Senado e ilustres autoridades; rector magnífico y distinguidos profesores; queridas Misioneras de la Escuela; queridos estudiantes y amigos:
Me alegra encontrarme con vosotros con ocasión del 70° aniversario de la fundación de la Libre Universidad María Santísima Asunta (lumsa). Saludo cordialmente al rector de vuestra universidad, el profesor Giuseppe Dalla Torre, y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido. Me complace saludar al presidente del Senado, el honorable Renato Schifani, y a las demás autoridades civiles y militares italianas, así como a las numerosas personalidades, a los rectores y a los directores administrativos presentes. A todos los que formáis la gran familia de la lumsa os doy mi cordial bienvenida.
Vuestro ateneo, nacido en 1939 por iniciativa de la sierva de Dios madre Luigia Tincani, fundadora de la Unión Santa Catalina de Siena de las Misioneras de la Escuela, y del cardenal Giuseppe Pizzardo, entonces prefecto de la Congregación de los seminarios y de las universidades de los estudios, con el objetivo de promover una adecuada formación universitaria para las religiosas destinadas a la enseñanza en las escuelas católicas, comenzó su actividad en el clima de compromiso educativo del mundo católico suscitado por la encíclica de Pío xi Divini illius Magistri. Vuestra universidad, por lo tanto, nació con una identidad católica muy precisa, contando también con el impulso de la Santa Sede, con la que conserva un vínculo estrecho. A lo largo de estos setenta años la lumsa ha preparado a generaciones de educadores y se ha desarrollado considerablemente, sobre todo después de transformarse en libre universidad, en 1989, y de la consiguiente creación de nuevas facultades con la ampliación del alumnado. Sé que hoy cuenta con cerca de nueve mil estudiantes en las cuatro sedes del territorio nacional y representa una referencia importante en el campo educativo. Mientras en Italia y en Europa la situación cultural y legislativa evolucionaba profundamente, la lumsa ha sabido crecer prestando atención a dos factores: permanecer fiel a la intuición originaria de la madre Tincani y, al mismo tiempo, responder a los nuevos desafíos de la sociedad.
Efectivamente, el contexto actual se caracteriza por una preocupante emergencia educativa -sobre la que me he detenido a reflexionar en varias ocasiones- en la que la tarea de quienes están llamados a la enseñanza asume un relieve muy especial. Se trata ante todo del papel de los profesores universitarios, pero también del itinerario formativo de los estudiantes que se preparan para desempeñar la profesión de docentes en los diversos órdenes y grados de la escuela, o de profesionales en los distintos ámbitos de la sociedad. Cada profesión es una ocasión para testimoniar y traducir en la práctica los valores interiorizados personalmente durante el periodo académico.
La profunda crisis económica, generalizada en todo el mundo, y las causas que la han provocado han puesto de manifiesto la exigencia de una inversión más firme y valiente en el campo del saber y de la educación, como modo de responder a los numerosos desafíos planteados y preparar a las generaciones jóvenes para construir un futuro mejor (cf. Caritas in veritate, 30-31; 61). Por este motivo se siente la necesidad de crear en el ámbito educativo vínculos de pensamiento, de enseñar a colaborar entre las diferentes disciplinas y de aprender unos de otros. Frente a los profundos cambios que afectan a nuestra sociedad es cada vez más urgente la necesidad de recurrir a los valores fundamentales que debemos transmitir a las generaciones jóvenes como patrimonio indispensable y, por lo tanto, de preguntarse cuáles son esos valores. Así, las instituciones académicas se encuentran ante apremiantes cuestiones de carácter ético.
En este contexto, las universidades católicas tienen un papel importante que desempeñar, manteniendo la fidelidad a su identidad específica y esforzándose por prestar un servicio cualificado en la Iglesia y en la sociedad. En este sentido, siguen revistiendo gran actualidad las indicaciones ofrecidas por mi venerado predecesor Juan Pablo II en la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae, en la que invitaba a la universidad católica a garantizar institucionalmente una presencia cristiana en el mundo académico. En la compleja realidad social y cultural, la universidad católica está llamada a actuar con la inspiración cristiana de los individuos y de la comunidad universitaria como tal; con la incesante reflexión sapiencial, iluminada por la fe, y la investigación científica; con la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia; y con el compromiso institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana, en su camino hacia la meta final (cf. n. 13).
Queridos amigos, la lumsa es una universidad católica, que tiene como elemento específico de su identidad esta inspiración cristiana. Como se lee en su Charta magna, se propone realizar un trabajo científico orientado a la búsqueda de la verdad, en un diálogo entre fe y razón, en una tensión ideal hacia la integración de los conocimientos y de los valores. Al mismo tiempo quiere llevar a cabo una actividad formativa con una constante atención ética, elaborando síntesis positivas entre fe y cultura, y entre ciencia y sabiduría, para el desarrollo pleno y armónico de la persona humana. Este enfoque es para vosotros, queridos docentes, estimulante y exigente. De hecho, trabajáis para estar cada vez mejor cualificados para la enseñanza y la investigación, a la vez que os proponéis cultivar la misión educativa. Hoy, como en el pasado, la universidad necesita verdaderos maestros, que transmitan, junto a los contenidos y al saber científico, un método riguroso de investigación y valores y motivaciones profundas.
Queridos estudiantes, aunque estéis inmersos en una sociedad fragmentada y relativista, mantened la mente y el corazón siempre abiertos a la verdad. Dedicaos a adquirir, de modo profundo, los conocimientos que contribuyen a la formación integral de vuestra personalidad, a afinar la capacidad de búsqueda de la verdad y del bien durante toda la vida, a prepararos profesionalmente para llegar a ser constructores de una sociedad más justa y solidaria. Que el ejemplo de la madre Tincani fomente en todos el compromiso de acompañar el riguroso trabajo académico con una intensa vida interior, sostenida por la oración.
Que la Virgen María, Sedes Sapientiae, guíe este camino con la verdadera sabiduría, que viene de Dios. Os agradezco este agradable encuentro y os bendigo de corazón a cada uno de vosotros y vuestro trabajo.
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