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SYNODUS EPISCOPORUM
BOLETÍN

de la Comisión para la información de la
X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
 DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
30 de settiembre-27 de octubre 2001

"El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo"


El Boletín del Sínodo de los Obispos es solo un instrumento de trabajo para uso periodístico y las traducciones no tienen carácter oficial.


Edición española

17 - 09.10.2001

RESUMEN

DÉCIMO CUARTA CONGREGACIÓN GENERAL (MARTES, 9 DE OCTUBRE DE 2001 - POR LA TARDE)

A las 17.00 horas de hoy martes 9 de octubre de 2001, ante la presencia del Santo Padre, con la oración del Adsumus, se ha comenzado la Décimo Cuarta Congregación General de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, para la continuación de las intervenciones de los Padres Sinodales en el Aula sobre el tema sinodal El obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo. Presidente Delegado de turno S. Em. R. Card. Bernard AGRE, Arzobispo de Abiyán (Abidjan).

En la apertura de los trabajos de la Congregación el Secretario General del Sínodo de los Obispos S. Em. R. Card. Jan Pieter SCHOTTE, C.I.C.M. ha dado la siguiente comunicación:

Señalo a todos Ustedes una variación en nuestro calendario.

Mañana por la mañana, los Círculos Menores se reúnen a las 9 horas y no a las 9.30 horas, como se lee en el calendario.

La oración de la Horta Tertia será celebrada por cada círculo en su propia sede.

A continuación, a las 16.00 horas, habrá una reunión de los moderadores y de los relatores de los Círculos Menores en el aula cuarta del segundo piso, cerca de la Secretaría General.

Mañana por la mañana, en la segunda sesión de los Círculos Menores, tendrá lugar una votación para elegir a los relatores de los mismos Círculos.

En el Vademecum, en el artículo número cincuenta y cuatro (54), está el reglamento para las elecciones. Podemos leerlo juntos.

Para llevar a cabo las elecciones de modo informado, será oportuno tener en mente las exigencias que emanan de las funciones del relator, tal como están expuestas en el artículo cincuenta y tres (53) del Vademecum, que ahora leeremos juntos.

[00254-04.03] [NNNNN] [Texto original: latino]

En esta Congregación General, que se concluyó a las 19:00 horas con la oración del Angelus Domini, estaban presentes 221 Padres.

INTERVENCIONES EN EL AULA (CONTINUACIÓN)

Intervinieron los siguientes Padres:

Publicamos a continuación los resúmenes de las intervenciones:

S.E.R. Mons. Franc KRAMBERGER, Obispo de Maribor (Eslovenia)

Mi intervención se refiere a los números 85, 86 y 88 del Instrumentum laboris, en los cuales se habla del obispo como principio y moderador de la unidad de la Iglesia particular y de la relación entre obispo y sacerdotes. El Concilio exige de los obispos un espíritu nuevo, nuevos conocimientos, nuevas comprensiones y nuevas energías para la realización de la misión que les ha sido confiada. Los eventos y los documentos postconciliares han ulteriormente profundizado la teología del ministerio episcopal, y han presentado claramente el estilo actual y las actuales características del ministerio y de la autoridad episcopales. En primer lugar se halla el sentido de la responsabilidad y del servicio según el ejemplo de Jesucristo que "no ha venido a ser servido, sino a servir" (Mt 20, 28).

Un tiempo se hablaba del obispo como de "maiestas a longe" (autoridad a distancia), o de "obispo de la lejanía"; hoy es, al contrario, "obispo de la cercanía". Ello significa que el obispo debe escuchar a los sacerdotes, informarlos, pedirles consejo y darles coraje en un mundo como el de hoy, sin valores, liberalizado y permisivo.

La Iglesia en su totalidad debe ser, cada vez más, una Iglesia que escucha y aprende. Los obispos, como responsables en las elecciones y en la guía de la Iglesia particular, deben escuchar a los sacerdotes y también a los laicos, aprendiendo de ellos.

Sólo de este modo el obispo será principio de unidad y promotor de "communio" en la propia diócesis.

En el periodo del socialismo y del comunismo, en muchos países del este de Europa había la tendencia según la cual era necesario separar a los obispos del Papa, a los sacerdotes del obispo, a los fieles de los sacerdotes. El objetivo era el siguiente: la necesidad de fragmentar la Iglesia en modo tal que nadie habría podido recomponerla de nuevo. Sin embargo, ello no ha ocurrido. Un papel decisivo lo han desarrollado los obispos. Ellos han sido uno con el Papa, uno con los sacerdotes y uno con el pueblo de Dios, también a costa de ser perseguidos, del sufrimiento ocasionado por largos años de reclusión, a costa del martirio e, incluso, de la muerte.

Es justamente este testimonio el que nos vincula a nosotros, actuales obispos, a llevar adelante, en una época de liberalismo, indiferencia, consumismo y hedonismo, a través del servicio magisterial, de la santificación y la pastoral, la misión de "ángel de la Iglesia particular", de la Iglesia en el interior del proprio pueblo, de la Iglesia en Europa, en el mundo (cf. Hch 1, 20).

[00228-04.03] [IN188] [Texto original: italiano]

S. Em. R. Card. Varkey VITHAYATHIL, C.SS.R., Arzobispo Mayor de Ernakulam-Angamaly de los Siro-Malabares (India)

Desde que el Papa León XIII escribió en 1894 sobre la igualdad en dignidad y rango de las Iglesias Orientales y Occidentales, se ha observado por parte de la conciencia Católica que ser exclusivamente occidental significa ser insuficientemente católico. Las dificultades que los Católicos Orientales experimentan se agudizan especialmente cuando se les debe ayudar pastoralmente, como cuando se debe instaurar un parroquia de rito oriental en una diócesis latina. A pesar de reiteradas exhortaciones, desde el Christus Dominus del Concilio Vaticano II, sobre el oficio pastoral de los Obispos, hasta la Ecclesia in Asia de Juan Pablo II, sobre la situación pastoral en Asia, el necesario cambio de mentalidad tiene todavía que llegar.

El problema no es simplemente el ocuparse de las comunidades de la diáspora católica en un Iglesia Católica de rito diferente, sino de cómo la Iglesia se concibe a sí misma. Es, más bien, una cuestión de la apostolicidad de la Iglesia. Cristo no eligió un sólo apóstol, Pedro, dejando a éste el deber de elegir a su equipo; al contrario, dejó poco al azar y eligió tanto a su vicario como a sus compañeros apóstoles. Si los cristianos de San Tomás están tan orgullosos de la tradición de haber sido evangelizados por San Tomás, ello demuestra cuán intensamente es sentido el hecho de que "el camino de Tomas" es absolutamente reconciliable con "el camino de Pedro", y que sin el camino de Tomás la Iglesia sería incompleta.

Como Arzobispo mayor de la segunda Iglesia Oriental Católica en orden de tamaño, y una de las más vitales, debo confesar ante el Santo Padre y mis hermanos Obispos mi incapacidad en la situación actual de ofrecer un cuidado pastoral adecuado a los fieles de nuestra Iglesia que se hallan fuera de su territorio, en el exterior del territorio relativamente pequeño de mi competencia , y de encontrar sectores misioneros para las numerosas vocaciones misioneras con las que Dios ha bendecido nuestra Iglesia. ¡Qué mundo extraño! En occidente se lamentan constantemente de la escasez de vocaciones, añadiendo que mucho corre riesgo con motivo de este estado de cosas; en oriente, el bien de las almas está a riesgo, pues las circunstancias no nos permiten aprovechar nuestros amplios recursos. Si existe un pecado contra la pobreza en la Iglesia, éste debe ser visto en la falta de propensión a juntar los recursos; si hay un modo de multiplicar los panes, éste consiste en enfrentarse con coraje a una situación que exige generosidad y pensar en grande en la viña del Señor. Suplico, por lo tanto, a mis hermanos obispos que hagan este sacrificio y contribuyan a la obra de Dios.

Pero, otra vez más, esto se resolvería en un súplica por una causa perdida si el magisterio de la Iglesia sobre las Iglesias Orientales no se convirtiese en parte integrante de la formación permanente de los obispos. Tenemos ante nosotros todavía un largo camino que recorrer pues, como es bien sabido, el modo cómo la Iglesia se concibe a sí misma es una disertación infinita - una sinfonía incompleta, si se quiere, pues las gracias de Dios son mayores de nuestras lagunas. De este modo, los obispos serán sensibles al hecho que desde el momento en que son ordenados, no pertenecen sólo a una Iglesia latina u oriental, sino a la Iglesia universal. Ello nos permitirá ser cualificados agentes de comunión en todas las Iglesias de la Iglesia católica.

[00229-04.03] [IN189] [Texto original: inglés]

S. Em. R. Card. Vinko PULJIĆ Arzobispo de Vrhbosna y Presidente de la Conferencia Episcopal (Bosnia-Herzegovina)

El hombre de hoy siente una necesidad urgente de esperanza. Lo ponen en evidencia los trágicos acontecimientos del siglo que hemos pasado, como también las diversas amenazas, sobre todo las de la intolerancia y de indiferencia, que se alzan en los horizontes de este nuevo siglo apenas iniciado. Los problemas que agobian a la humanidad de hoy son múltiples y de difícil solución. La respuesta concreta de la Iglesia a tales problemas es el valiente y perseverante anuncio del Evangelio de Cristo y de su mensaje de perdón, de reconciliación y de paz; de su mensaje de esperanza para cada persona y para todos los pueblos.

El testigo privilegiado de dicho mensaje es el obispo, hombre que en cualidad de heredero auténtico de los Apóstoles se ha puesto al servicio del Evangelio; hombre que se ha hecho maestro y pastor de los hermanos, disponible al diálogo constante y a coloquios de confianza, contento de la propia vocación.

En lo que concierne a la Iglesia en Bosnia-Herzegovina, sus pastores se comprometen siempre con sus sacerdotes, consagrados y fieles laicos para hacer que su testimonio se convierta en levadura de la sociedad y esté en grado de transmitir la luz del Evangelio en las realidades económicas, sociales y políticas de su país. Mientras la mayor parte de los consagrados que obran en el territorio de las circunscripciones eclesiásticas locales permanecen fieles al carisma de su Instituto y se comprometen sin reservas en la promoción de la obra apostólica, del bien de la Iglesia y de la sociedad civil, algunos miembros de la Orden de los Hermanos Menores Franciscanos, o aquellos que fueron expulsados, intentan, desgraciadamente, imponer el proprio punto de vista a cada diócesis, sustituyendo los carismas auténticos con los pseudocarismas, una amenaza seria para la Iglesia y para su unidad organizativa y doctrinal. Baste recordar los tristes eventos que el verano pasado han visto como protagonistas a algunos miembros de la susodicha Orden y a un obispo autoproclamado: un diácono veterocatólico expulsado de su comunidad o un sistemática desobediencia de los mismos religiosos, desde hace años en la diócesis de Mostar-Duvno.

Con dolor se puede constatar que el mundo de hoy está dividido. Dicha división concierne varios sectores y tiene diversos orígenes. Hay, desafortunadamente, también las divisiones dentro de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo y sacramento universal de salvación. Crece la conciencia que la división ofusca la mirada hacia el futuro.

Superar las divisiones existentes en la Iglesia y en el mundo actual ofrecerá una carga especial de esperanza a la humanidad de nuestro tiempo. La Iglesia no puede permanecer dividida pues está llamada a ser una, santa, católica y apostólica; está llamada a ser comunión y a permanecer unida tanto a nivel local como a nivel universal, siempre con el Sucesor de Pedro a la cabeza. Gracias al Evangelio, la Iglesia se presenta al mundo como una fuerza vital capaz de hacerlo más unido. Así, el diálogo ecuménico recobra un nuevo vigor. Lo mismo vale para el diálogo interreligioso.

Europa no puede permanecer dividida entre Europa oriental y Europa occidental. El mundo no puede permanecer dividido entre Norte y Sur, entre países ricos y desarrollados y países pobres y menos desarrollados. Las naciones no pueden continuar a estar divididas en naciones civiles y en naciones no consideradas civiles.

La respuesta a la división del mundo actual es el diálogo sincero entre las naciones y los pueblos. Cualquiera que sea el tema o el motivo del diálogo, las dos partes están siempre implicadas. No hay diálogo si la otra parte no participa activamente.

Una notable contribución al compromiso para superar las divisiones existentes podrían darlo, de forma especial, los medios de comunicación social, los cuales están en grado de ser también medios privilegiados para el anuncio del Evangelio. Todos los que operan con estos medios y todos cuantos los dirigen tienen una gran responsabilidad.

[00230-04.03] [IN190] [Texto original: italiano]

S.E.R. Mons. Paulinus COSTA, Obispo de Rajshahi (Bangladesh)

Hablaré a nombre de las Conferencia Episcopal de Bangladesh sobre dos cuestiones:

1. El papel de la proclamación del obispo y 2. Su ser hombre de oración.

Un obispo en un país en vías de desarrollo se enfrenta a desafíos tremendos como la miseria humana, el terrorismo, las guerras y los conflictos étnicos, el desempleo, la negación de los derechos humanos. Él debe ser testigo y siervo de esperanza para los hombres y mujeres de hoy.

1. La proclamación.

En este milenio de la evangelización en Asia, la proclamación se convierte en un papel especial para los obispos. El obispo toma el lugar de los Apóstoles como pastor para la proclamación del Evangelio, como mensaje de esperanza para una humanidad desgarrada por los conflictos. Su misión es construir la Iglesia local como "comunión de comunidades" alrededor suyo, su Pastor. En contra de las circunstancias adversas del mundo secular, su predicación de la Palabra y su ejemplo animarán a la gente a renacer a una esperanza viva.

El obispo es el primer maestro de la fe. Muchos católicos no conocen su religión bien. Por eso, los católicos han sido vulnerables a los ataques que les han venido de todas partes y se han apartado de la recta vía. El obispo debe proclamar, con valentía, la Palabra "en su totalidad" y el pueblo debe crecer en su fe. El laicado tiene el derecho de conocer las enseñanzas de los Padres, del Vaticano II y de los Papas recientes sobre las cuestiones delicadas concernientes la moral y la vida familiar, así como su papel en la construcción de la Iglesia. El obispo debe facilitar que estén a disposición de su pueblo por medio de publicaciones, sínodos diocesanos, seminarios, cartas pastorales, etc.

El obispo es la presencia viva de Cristo en su Iglesia. Como el buen pastor, con su total dedicación crea una relación inteligente y afectuosa con su grey. Como Jesús el Buen Pastor, el obispo gobierna y guía a los pobres, los necesitados y parte a la búsqueda de las ovejas pérdidas para devolverlas al rebaño.

2. El obispo, hombre de oración.

El obispo ha sido llamado a vivir en perfección evangélica ante Dios y el pueblo. Siguiendo a Jesús, quien constantemente oraba por los Apóstoles, el obispo reza y se convierte en el símbolo de la oración para su pueblo. Él es el punto de unión en todos los aspectos de espiritualidad entre su gente y con sus hermanos obispos de su región.

[00231-04.03] [IN191] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Vital Komenan YAO, Arzobispo de Bouaké (Costa de Marfil)

Escuchando con atención la importante exposición preliminar del relator general, documento rico, denso sobre la misión del obispo hoy día, me he sentido abrumado ante las expectativas del mundo y la enorme polivalencia del obispo, enviado por Jesucristo a toda la humanidad. ¿Cuántos entre nosotros en estos tiempos de celebración de este santo sínodo están seguros de que pueden corresponder a las exigencia de la llamada de Dios y a la realización de su voluntad en su diseño de salvación universal? ¿Imposibilidad? ¿Desaliento? ¿Abandono?

Pero he aquí que con las intervenciones y las comunicaciones, con las experiencias diversas vividas a través de la Iglesia, me he visto catapultado como en contemplación ante lo que el Señor hace de nuestras personas, de nuestras acciones, incluso de nuestros fracasos, en favor de su pueblo en marcha. La evocación de las nobles y dignas figuras de los obispos, tanto de ayer como de hoy, tranquiliza, conforta y nos pone de nuevo en el camino de la esperanza. Avanzamos y caminamos como si viéramos al Invisible, siguiendo a Cristo y su ejemplo.

El obispo, icono de Cristo.

El pasaje del evangelio de san Juan, capítulo 10, citado en el Instrumentum laboris, presenta e ilustra bien las cualidades y determinaciones del verdadero y buen pastor, que debe invitar a todo obispo digno de este nombre.

En realidad, la mirada contemplativa que parece ser el primer elemento tomado de la actitud del Buen Pastor no aparece en el texto de Jn 10, 1-21; la misma cosa vale para el corazón lleno de compasión. El verbo que expresa este sentimiento o esta actitud de Cristo ("splagnizomai", sentir compasión, sentir piedad, sentirse cogido en las entrañas) no ha sido jamás utilizado por el autor del cuarto evangelio. Son los sinópticos lo que lo utilizan para marcar, esencialmente, la actitud de Jesús ante las multitudes (Cfr. Mt 9, 36; 15, 32; Mc 6, 34; 8, 2) o frente a los enfermos que lo solicitan (cfr. Mt 14, 14; 20, 34; Mc 1, 41); algunas veces, Jesús mismo, sin esperar ser solicitado, interviene por propia iniciativa (cfr. Lc 7, 13).

Este sentimiento, que no tiene nada que ver con la piedad o la simple condescendencia, aparece como un elemento importante de la acción de Jesús terapeuta, sanador; él es el elemento motor de su actuar, pues en un cierto sentido comunica con los sufrimientos y las legítimas aspiraciones de los que lo siguen, lo solicitan o lo encuentran. Esta comunión le lleva a cumplir actos salvíficos. Son estos sentimientos o actitudes los que deben contener la acción pastoral del obispo.

El obispo testimonio de esperanza

Contrariamente al uso griego que utiliza el término "elpís" sea por la espera de la felicidad sea por el temor de la desgracia, en el Antiguo Testamento, la esperanza (tikwá) requiere siempre la espera de un bien; es una espera llena de confianza en la protección y en la bendición de Dios.

Si la esperanza es definida en el lenguaje corriente como el sentimiento que hacer entrever la probable realización de aquello que se desea o se espera, el término designa también la persona o cosa que es objeto de esperanza.

Es en lo profundo de esta experiencia dolorosa (sufrimiento, falta, handicap, necesidad) en donde nace la esperanza, el deseo de poder salir de este estado o de esta situación. Cristo ha sido para sus contemporáneos al mismo tiempo sujeto y objeto de esperanza. Y Él, que con su enseñanza, sus milagros o actos de potencia, sus palabras confortantes, suscita la esperanza. Él lleva en si mismo la esperanza de la humanidad. Para el apóstol Pablo, por ejemplo, la esperanza es sobre todo "...estar con Cristo" (Flp 1,23; 2Cor 5,8); Pablo ya no espera su felicidad personal, sino sencillamente a alguien que él ama; este Cristo, esperanza de la gloria (cfr. Col 1,24-29), quiere revelarlo a los paganos; Cristo es la esperanza misma (cfr. 1Tm 1,1).Encarnándose, ha cargado con las debilidades del hombre y en lo más profundo de su pasión, ha dado la esperanza.

Esta esperanza de la cual debe ser testimonio el obispo tiene un doble contenido: es material porque promociona una vida mejor: acciones sociales o caritativas, realizaciones socio-económicas.., tiene un alcance escatológico, porque debe conducir a otra finalidad. En el encuentro de Jesús con la samaritana (cfr. Jn 4,1-42) comenzando con el tema del agua, Cristo la conduce a desear el agua verdadera; Jesús le dice: "el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua brota para vida eterna". La mujer le responde: "Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir a sacarla". Lo mismo vale para los otros temas tratados en este texto: el culto o adoración (cfr. Jn 4,20-24), el Mesías (cfr. Jn 4,25-26). Jesús lleva a la samaritana de la realidad inmediata a la realidad espiritual. Es así como deberá actuar el obispo; llevar a aquellos que lo solicitan para que tengan un bienestar material hacia los bienes espirituales, hacia la realidad que viene de lo alto. Pero la tentación de lanzarse y complacerse en las obras de beneficencia, de acciones políticas y sociales es grande. Él hace de esto la panacea de su misión, olvidando que al actuar así, se aleja del objetivo primario de la Iglesia: elevar al hombre hacia los bienes espirituales. Cierto, estas empresas temporales hacen del obispo un Pastor que suscita la esperanza: pero él no debe conformarse con suscitar este tipo de esperanza, debe esforzarse por encarnarla con su vida de pobreza orientada hacia Cristo y con las prácticas de las virtudes inherentes a su misión. Siendo al mismo tiempo sujeto y objeto de esperanza, se vuelve realmente, como su Maestro, testimonio de la esperanza. Cuando se haga el forum de reconciliación nacional organizado en Costa de Marfil, la Conferencia Episcopal debidamente invitada, sacará de este santo Sínodo los recursos necesarios para sembrar la esperanza en el corazón de esta nación en busca de equilibrio, de justicia y de paz, in nomine Christi.

[00232-04.03] [IN192] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. George PELL, Arzobispo de Sydney (Australia)

Un deber del obispo es alentar el desarrollo de una esperanza cristiana genuina. Alguien podría decir que hay un silencio considerable y algo de confusión en lo que concierne a esta esperanza cristiana, sobre todo cuando se refiere a las últimas cosas, la muerte y la resurrección, el paraíso y el infierno.

El limbo parece haber desaparecido, el purgatorio se ha deslizado en el limbo, el infierno no se menciona, excepto quizás para los terroristas y criminales infames, mientras el paraíso es el derecho humano final y universal o, quizás, solo un mito consolador.

Muchos occidentales son reticentes a aceptar que la verdadera libertad se halla sólo en la verdad y son igualmente reticentes a aceptar a Dios Creador, que exige a la gente que vaya hacia la verdad. Del mismo modo, hay reticencia a aceptar que el mal grave puede ser libremente elegido y que es distinto del fruto de la ignorancia. Pero el 11 de septiembre quizás esté cambiando algo de esto.

La enseñanza cristiana sobre la resurrección del cuerpo y el establecimiento de nuevos paraísos y tierra, la Jerusalén Celestial, es una aserción de los valores comunes de una vida digna, mientras el Juicio Final, la separación del bien del mal, marca el establecimiento de una justicia universal que no se encuentra en esta vida.

Los obispos deben alentar a los poetas, artistas y teólogos para que inflamen la imaginación de las generaciones futuras sobre la consecución de los fines de la esperanza cristiana, como hicieron para las generaciones pasadas dos genios como Dante y Miguel Angel.

[00233-04.03] [IN193] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Luciano Pedro MENDES DE ALMEIDA, S.I., Arzobispo de Mariana (Brasil)

1) El gran Jubileo se ha convertido en una fuente de gracias que ha producido un inmenso bien a la Iglesia. Ha sido el encuentro con Cristo vivo. ¿Cómo, sin embargo, llevar adelante los frutos del gran Jubileo del nuevo milenio?

Estamos todos impresionados por la violencia creciente, por los atentados terroristas, por las injusticias, por la agnición a la vida y por la muerte de tantos inocentes. Se intensifican los conflictos armados, el odio y la venganza.

Es en este ambiente de incertidumbre y desconcierto en el que tiene lugar el Sínodo para anunciar de nuevo a todos que "Jesucristo es la esperanza definitiva para el mundo", el único salvador que vence el pecado, supera el odio y nos ayuda a "vencer el mal con el bien".

Corresponde a los Sucesores de los Apóstoles, unidos al Papa y entre ellos, la prioridad de asumir el servicio y la misión providencial para anunciar y testimoniar el misterio de la comunión, deseada por Cristo. Más allá de toda división y discriminación, somos hijos e hijas de Dios, llamados a vivir la fraternidad en Cristo.

Al inicio de este nuevo milenio, discípulos de Jesucristo, somos convocados, pastores y todo el pueblo de Dios, para aplicar el ideal de una "Iglesia viviente, evangelizada y evangelizadora" que renueve en nuestros días la belleza del testimonio de la Iglesia naciente, según los Hechos de los Apóstoles: "Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones" (Hch 2, 42. 4, 32). El amor era el fundamento de un nuevo orden social que unía Judíos y gentiles, hombres y mujeres, y miembros de todas las clases sociales, pre-anuncio del Reino definitivo (Gal 3, 28).

6) Deseo presentar, siguiendo la sugerencia de la Conferencia episcopal, el modesto testimonio de lo que hoy está sucediendo en Brasil, después de la gracia del gran Jubileo del año 2000. Así como el gran Jubileo ha propiciado "el encuentro con Cristo vivo", también ahora, en continuidad con esta gracia, entraremos, en los próximos dos años, en la lectura y meditación de los Hechos de los Apóstoles. A la luz de la tradición católica tratamos de descubrir la Iglesia viviente que Jesucristo ha fundado y vivifica con su Espíritu. Se trata de vivir con pasión el misterio de la Iglesia de Jesús resucitado que fortalece la certeza de los bienes futuros (la esperanza escatológica). Que la Iglesia (en todas las diócesis, parroquias, grupos de oración y reflexión, grupos de familias, comunidades religiosas y movimientos) sea una Iglesia que reza con María, Madre de Jesús, que confía en el Padre, que escucha la Palabra de Dios, dócil al Espíritu Santo, en continua conversión, artífice de la comunión y de la reconciliación, abierta al diálogo, misionera, al servicio de todos y, especialmente, de los pobres, y promotora intrépida, y sin miedo, de la justicia, de la solidaridad y de la paz. Este programa de evangelización se convierte, poco a poco, en un nuevo Pentecostés.

Me permito hacer la propuesta de que el Sínodo de los Obispos lleve a todos, en su Mensaje, como fruto concreto de esta asamblea, la llamada para que el gran Jubileo de Jesucristo continúe en el programa "ser Iglesia en el nuevo milenio". Que sea un tiempo, por ejemplo de dos años para que pueda extenderse por las diócesis del mundo entero, de renovación de la fidelidad y del amor apasionado a la Iglesia, llamando a los fieles alejados, y ofreciendo a todos el mensaje de salvación.

Me permito además añadir la propuesta de la Conferencia Episcopal Brasileña de que el Sínodo de los obispos, en profunda unión con el Santo Padre, congregue en este difícil momento a los fieles cristianos, creyentes, judíos, musulmanes y personas de buena voluntad, para elevar a Dios una oración común y la ofrenda del trabajo y de los sacrificios por la paz y la reconciliación, entre las naciones y grupos en conflicto. El mundo está a la espera de una palabra, de nuestra palabra esperanza que renueve, especialmente en los jóvenes, la confianza en Dios y dé sentido a la vida.

[00234-04.03] [IN194] [Texto original: italiano]

S.E.R. Mons. Laurent MONSENGWO PASINYA, Arzobispo de Kisangani (República Democrática del Congo) y Presidente del "Symposium des Conferences Episcopales d'Afrique et de Madagascar" (S.C.E.A.M.)

Una invitación a la confianza y la esperanza concierne, en primer lugar, al mismo Colegio Episcopal en comunión con el Sucesor de Pedro quien, desde el principio de su pontificado, ha exhortado a los hombres para que no tengan miedo de abrir las puertas al Redentor. El mensaje de esperanza pascual nos alienta para que "boguemos mar adentro" (Tertio millenio ineunte, n. 15), que expulsemos el miedo, sobre todo el miedo a las reformas necesarias, que planteemos problemas reales, confiando plenamente en el Espíritu Santo, que abandonemos la seguridad de nuestra derrota para explorar los nuevos caminos de la evangelización, inspirados por los signos de los tiempos (cfr. Lc 12, 54-56).

Ante una humanidad profundamente dividida por las diferencias sociales y una cultura política que integra al rico excluyendo al pobre y al débil, el obispo debe proclamar el Evangelio de la Iglesia-Familia de Dios. "¿Qué hiciste a tu hermano?", tiene que gritar el obispo contra todos quienes se complacen por la injusticia, la opresión, la violación de los derechos de la persona y su dignidad, el contrabando de armas, la organización, aún hoy, de la esclavitud, crimen ominoso e injusto.

Ante un mundo cansado y, sobre todo, destruido por las guerras y los conflictos armados, con su secuela de odio, agresividad y violencia reprimidos, ante hombres desorientados por el genocidio y otras clases de atentados contra la vida, el obispo proclama el Evangelio de la vida y la paz: la vida que Cristo ha venido a darnos en abundancia (cfr. Jn 10,10); la verdadera paz, la que sólo Cristo puede dar (cfr. Jn 14,27). Ese Evangelio le obliga al obispo a que integre, de forma armoniosa, el nacionalismo y el patriotismo, por un lado, y la hermandad universal y la caridad pastoral por otro, ejerciendo lo mejor posible un ministerio de mediación y reconciliación entre hermanos que se han vuelto enemigos.

Finalmente, en África como en todo el tercer mundo, el obispo tiene que predicar la Buena Nueva liberadora de la auténtica pobreza evangélica y de la Cruz. No sólo porque "nosotros predicamos a un Cristo crucificado" (1Cor, 1,23), sino también porque, junto con su pueblo, el obispo vive la dura experiencia de la pobreza. Con frecuencia debe llevar el fardo de la miseria y de la pobreza material y espiritual de un pueblo que, por intuición y sentido común, se dirige a la Iglesia de forma espontánea, en búsqueda de la salvación espiritual y material. Tal como le pasó a Pablo VI, durante uno de sus viajes apostólicos, a menudo el obispo tiene que esforzarse para que no se le salten las lágrimas ante un niño esquelético y condenado a muerte por la dureza de corazón de quienes establecen o respaldan sistemas políticos corruptos y muy poco respetuosos con la dignidad humana, fundada en la Encarnación de Cristo.

La sacramentalidad de la Iglesia, percibida de forma instintiva por el pueblo en búsqueda de la salvación total llevada por Cristo a los pobres, los oprimidos y los marginados, merece una reflexión teológica más profunda, sobre todo en lo que concierne a la evangelización del mundo político. Ello también forma parte del servicio al Evangelio para la esperanza del mundo. Que el Espíritu de Jesucristo, Espíritu de sabiduría y consejo, nos ayude a hacerlo, gracias a la intercesión materna de la Virgen María.

[00244-04.04] [in195] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Vernon James WEISGERBER, Arzobispo de Winnipeg (Canadà)

El Instrumentum laboris invita a la Iglesia a que se pregunte cómo deben ser proclamados hoy Cristo y Su Evangelio, en un momento en el que reconocemos tanto la unidad de la familia humana como su pluralismo de naciones, lenguas y culturas. El mensaje del Evangelio tiene que llegar hasta el fondo de cada una de nuestras culturas; la realización de esta evangelización requiere la colaboración del magisterio de la Iglesia. Además, nuestro Santo Padre ha dicho que el ministerio petrino y la colegialidad episcopal "deben ser examinados constantemente" y ha subrayado la importancia de dicho examen para el diálogo ecuménico.

La primacía y la colegialidad son dones hechos a la Iglesia y deberían ser ejercidos de forma que sirvan para manifestar la realidad fundamental de la Iglesia como comunión de Iglesias. La comunión incluye el reconocimiento y el respeto recíprocos, familiaridad y confianza, apertura y recíproca comunicación. La Iglesia tiene que asegurar que la primacía y la colegialidad sean ejercidas con equilibrio. A causa del desarrollo de los acontecimientos históricos, existe una falta de equilibrio en el ejercicio de la primacía y de la colegialidad. Sugerimos dos maneras para mejorar esta situación.

1) El obispo en su diócesis tiene que ser reconocido como maestro, guía, unificador, "vicario y embajador de Cristo". Su papel queda reducido si la gente piensa que él se limita a impartir sus enseñanzas desde un nivel centralizado de la Iglesia. Por otro lado, cuando existe una colaboración plena y provechosa, el obispo puede ejercer plenamente sus munera, saliendo fortalecidas la primacía y la colegialidad.

2) Al entrar en el nuevo milenio, la Iglesia ha recibido un maravilloso proyecto pastoral contenido en Novo millennium ineunte. Para embarcarse valientemente y remar mar adentro, es decir, llevar la evangelización a una nueva era, las conferencias episcopales tienen que ser vistas como vehículos de colegialidad. Estas no constituyen un obstáculo entre la primacía y la colegialidad, sino que son instrumentos modernos con los que las Iglesias locales pueden aprovechar sus mismas realidades culturales en el desarrollo de esas características particulares que son el reflejo de la riqueza multiforme de la sabiduría de Dios. La competencia y la autoridad de las conferencias episcopales tienen que ser promovidas y respetadas.

El Instrumentum laboris pone en guardia contra las fuerzas de la globalización y su "tendencia a reducir todo a un denominador común y a subvalorar las diversidades". Una excesiva centralización produce, para la Iglesia, el mismo peligro.

[00236-04.02] [in196] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Gérard-Joseph DESCHAMPS, S.M.M., Obispo de Bereina (Papúa Nueva Guinea)

El Sínodo de los Obispos, instituido por Pablo VI, fue concebido para dar sugerencias al Papa en su gobierno de la Iglesia universal. "Cuanto más sólida es la unidad de los obispos con el Papa, tanto más resulta enriquecida la comunión y la misión de la Iglesia, y al mismo tiempo, tanto más reforzado y confortado será su mismo ministerio" (Inst. Laboris, n. 9).

¿Qué fuerza tienen la unidad y la comunión que resultan de este Sínodo, así como está ahora? La colegialidad episcopal definida en el Concilio puede crear mucha unidad y comunión entre el Romano Pontífice y los Obispos del mundo.

Los Sínodos siempre dan frutos. Los Obispos dan sus sugerencias y el Papa toma las decisiones, ya que tiene el derecho de hacerlo. A veces, las decisiones tardan mucho en llegar. En Oceanía aún estamos esperando la Exhortación Apostólica posterior a nuestro Sínodo para Oceanía, celebrado en 1998.

Los Apóstoles de los Gentiles, Pablo y Bernabé, nos han enseñado, en los Hechos 15, cómo funciona la colegialidad, produciendo resultados en cuestiones de vital trascendencia, como la inculturación, para toda la Iglesia.

En el Concilio se ha afirmado que el mismo poder colegial, como el del Concilio, puede ser ejercido en unión con el Papa, bajo determinadas condiciones, fuera del Concilio mismo. Y el Código de Derecho Canónico, n. 343, coincide en el hecho de que el Concilio puede pronunciar al menos un voto de deliberación, aunque es el Papa el que siempre ratifica las decisiones.

Quizás se pueda preconizar una reforma de la estructura del Sínodo de los Obispos para afrontar aquellos temas difíciles que siguen planteándose en cada Sínodo, en la Asamblea General o en los circuli minores. Esta expresión de unidad y comunión podría fortalecer el buen trabajo que los Sínodos de los Obispos llevan a cabo.

[00238-04.04] [in198] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Horacio del Carmen VALENZUELA ABARCA, Obispo de Talca (Chile)

Una palabra de gratitud al Señor por el enorme don de este encuentro sinodal. Junto al Santo Padre y obispos de todo el mundo, religiosos y laicos vivimos, en el Espíritu Santo, un tiempo precioso de comunión, que "manifiesta y encarna la esencia misma del misterio de la Iglesia" (N.M.I.. 42 ).

Me refiero básicamente a tres temas:

El primer lugar respecto al Instrumentum Laboris en general. El tema central del Sínodo, "El obispo servidor del Evangelio para la esperanza del mundo" ha tenido la mucha resonancia en nuestras Iglesias particulares. Prueba de ello es la gran riqueza que ha recogido el Documento. Esto, sin embargo, implica asumir al menos dos desafíos: Expresar los contenidos más el1 función de la raíces ontológicas del ministerio episcopal y, en segundo lugar darle más nitidez y peso al hilo conductor en función del episcopado y la esperanza cristiana.

El segundo aspecto apunta a la necesidad de relevar la presencia de la Madre del Señor en el documento. Destacar su lugar como modelo de acogida , encarnación y servicio a la Palabra y por lo tanto como Madre de la Esperanza.

En tercer lugar, el delicado ejercicio del ministerio de la Palabra por parte del Obispo exige una cierta connaturalidad con el Evangelio. Es imperativo, evitando los fundamentalismos que paralizan, acercarnos más al estilo del Señor. Necesitamos trasladar a todos los ambientes la experiencia de los hombres y mujeres del mundo rural que al escuchar el Evangelio oyen hablar a Dios en su propia lengua.

[00239-04.03] [in199] [Texto original: español]

S. Em. R. Card. Francisco Javier ERRÁZURIZ OSSA, de los Padres de Schönstatt, Arzobispo de Santiago de Chile y Presidente de la Conferencia Episcopal (Chile)

Quisiera referirme a algunos aspectos de nuestra vida y misión como sucesores de los apóstoles, que dicen relación con la esperanza.

La primera característica de los apóstoles es haber sido llamados por Jesús a ser discípulos suyos. Se distinguían de los demás discípulos, porque Jesús, los había llamado para que estuvieran con él (cf. Mc 3,13) y permanecieran en su amor y su verdad. El Padre ató sus vidas a la persona, la sabiduría y la misión de su Hijo, despertando en ellos el asombro, la conversión y la fidelidad hasta la muerte. También a nosotros el Padre de los cielos nos ha llamado a vivir muy cerca de Jesucristo, a escucharlo con admiración, permanentemente, como discípulos suyos; a servirlo, recorriendo los caminos del Evangelio; a hacer de cada encuentro de nuestra vida un encuentro con su Hijo, una contemplación de su rostro y de sus designios de salvación. Para cuantos les resulta transparente esta realidad, y nos perciben como discípulos de Jesús, somos signos de esperanza, ya que lo buscan, aún sin saberlo.

Ya antes del encuentro con Cristo, los apóstoles vivían de la esperanza. Sobre todo por los profetas tenían conocimiento de las promesas de Dios. A esta luz comprendemos el breve diálogo con los dos primeros discípulos. Jesús pudo tender un puente hacia sus anhelos más profundos con sólo dos palabras: "¿Que buscáis?" Después de estar con él, fueron ellos los que anunciaron: "Hemos encontrado al Mesías" (cf. Jn 1, 38 ss). Habían encontrado a Jesucristo, en quien todas las promesas tenían un "sí" (cf. 2 Co 1, 20).

De nuestros labios tiene que brotar esa misma pregunta "¿qué buscáis?", sabiendo que el alma humana fue creada para buscar y participar de la felicidad de Dios, y que todos sus anhelos nobles tienen su respuesta en Cristo. A nosotros nos corresponde anunciar las promesas de Dios. Sin ellas, no hay esperanza teologal, no hay amistad con Dios, no hay un compartir realmente fraterno de los bienes de la tierra. Basándonos en las promesas, nuestro trato con las personas les hará sentir que creemos en su dignidad, corno también que confiamos en la realización de las promesas en ellas, porque Dios es todopoderoso y fiel. Él puede y quiere invitarlas a pasar de la muerte a la vida, como también a colaborar con el en la construcción de su Reino de justicia, amor, paz y santidad.

Propongo que desarrollemos con más fuerza la pedagogía pastoral que es coherente con las promesas de la Nueva Alianza.

3. Las promesas de Dios llegan a ser realidad viva por el poder de Dios. Poco antes de ascender al cielo, Jesús dijo a los apóstoles que enviaría sobre ellos la Promesa de su Padre y que serían revestidos de poder desde lo alto (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 4). Ya el mismo día de Pentecostés, los frutos del discurso de Pedro manifestaron la fecundidad de la irrupción del "Espíritu de la Promesa " (Ga 3, 14 ) . Este nombre del Espíritu revela que quien lo recibe ya posee en la esperanza, con verdadero gozo, el cumplimiento de todas las promesas. Los apóstoles experimentaron su vigorosa acción como Espíritu de comunión, de santidad y de audacia y fecundidad misioneras. En lo que atañe a nosotros como sucesores de los apóstoles, cada vez que damos nuestro "sí" a los planes que Dios nos propone, confiando ilimitadamente, como la Virgen María, en que para él nada hay imposible, somos un signo de esperanza. También cada vez que apoyamos iniciativas de los fieles en las cuales hemos descubierto el soplo del Espíritu, pero que no guardan proporción alguna con sus fuerzas humanas; tan sólo, con el poder del Espíritu de la Promesa.

[00240-04.04] [in200] [Texto original: español]

S.E.R. Mons. Eduardo Vicente MIRÁS, Arzobispo de Rosario (Argentina)

Agradezco especialmente el testimonio de esperanza que nos ofrecieron las iglesias perseguidas y las que están enclavadas en culturas que hacen muy difícil crear en ellas un espacio para el evangelio de Jesucristo. Querría insistir en varios temas, ya presentes de algún modo en las propuestas de otros padres sinodales:1) La colegialidad en la Iglesia-comunión debería acentuarse más, igual que la importancia de las conferencias episcopa1es, de las provincias eclesiásticas y, en su medida de las confederaciones o consejos regionales, porque al obispo no se lo entiende sino en la colegialidad. La misión misma, que forma parte del ser íntimo de la Iglesia, está estrechamente vinculada Con la colegialidad. El responsable del mundo a evangelizar es el Colegio junto con Pedro, su cabeza.

La unidad y pluriformidad de la Iglesia nos obliga a justipreciar la relación entre el obispo y los carismas. Éstos deben ser valorados y alentados. Pero es conveniente evitar que de los carismas surjan pastorales paralelas. En cambio deben inserirse en el plan pastoral de la Iglesia local.

Debería subrayarse el discipulado del mismo obispo que ofrece su carisma a la Iglesia particular, y en Ella se enriquece con la ayuda de los presbíteros, diáconos y demás fieles. El Obispo no es un ser extraño a la grey, sino el elegido por Dios para apacentarla y promover la unidad. Por ello también debe dejarse enseñar por el pueblo de Dios.

Corno en muchos lugares el pueblo guarda del obispo la imagen predominante del hombre influyente en el poder secular y, a veces, su aliado, hacen falta gestos institucionales, aunque sean pequeños y cotidianos, para mostrar que verdaderamente desea servir en proximidad, ser solícito con todos y lejano a la figura del simple administrador. Ayudaría mucho renunciar a honores; títulos y vestimentas que saben a reconocimiento secular y le impiden aparecer como "padre, hermano y amigo" (Instr. Lab. 9).

Por ultimo, frente a la afirmación del Concilio Vaticano en "Gozo y Esperanza" no 2: "La Iglesia tiene ante sí al mundo: la entera familia humana con el conjunto universal de sus realidades", es necesario que el obispo, como servidor del evangelio para la esperanza del mundo, atienda a todas estas realidades, conociendo e interpretando la cultura contemporánea, proponiendo iniciativas que sirvan a la dignidad del ser humano y promoviendo la influencia del pensamiento y el peso de los valores cristianos.

[00245-04.03] [in201] [Texto original: español]

AVISOS

TRABAJOS SINODALES

Se retomarán mañana por la mañana, miércoles 10 de octubre de 2001 a las 09.00 horas, los trabajos de los Círculos Menores, para la elección de los Relatores y la continuación del debate sobre el tema de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

Los Moderadores y los Relatores de los Círculos Menores se reunirán mañana por la tarde, miércoles 10 de octubre de 2001 a las 16.00 horas.

La Décimo Quinta Congregación General tendrá lugar mañana por la tarde a las 17.00 horas, para la Audición de los Oyentes II, la segunda Audición para las intervenciones de los Oyentes en el Aula sobre el tema sinodal.

"BRIEFING" PARA LOS GRUPOS LINGÜÍSTICOS"

El octavo "briefing" para los grupos lingüísticos tendrá lugar mañana miércoles, 10 de octubre de 2001, a las 13:10 horas (en los lugares de los briefing y con los Responsables de Prensa indicados en el Boletín n. 2).

Se recuerda que los operadores audiovisuales (cámaras y técnicos) tienen que dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales para el permiso de acceso (muy restringido).

"POOL" PARA EL AULA DEL SÍNODO"

El octavo "pool" para el Aula del Sínodo será formado para la oración de apertura de la Décimo Sexta Congregación General del jueves, por la mañana, 11 de octubre de 2001.

En la Oficina de Información y Acreditación de la Sala de Prensa de la Santa Sede (entrando a la derecha) están a disposición de los redactores las listas de inscripción al pool.

Se recuerda que los operadores audiovisuales (cámaras y técnicos) y fotógrafos tienen que dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales para la participación en el pool para el Aula del Sínodo.

Se recuerda a los participantes al pool que estén a las 8:30 horas en el Sector de Prensa, montado en el exterior, frente a la entrada del Aula Pablo VI, desde donde serán llamados para acceder al Aula del Sínodo, siempre acompañados por un oficial de la Sala de Prensa de la Santa Sede y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales.

BOLETÍN

El próximo Boletín N. 18, con la lista de los Relatores de los Círculos Menores elegidos en la Sesión II de los Círculos Menores y relativo a los trabajos de la Décimo Quinta Congregación General de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos de mañana por la tarde, miércoles 10 de octubre de 2001, estará a disposición de los periodistas acreditados el jueves por la mañana, 11 de octubre de 2001, tras la apertura de la Sala de Prensa de la Santa Sede.

 
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