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05 - 03.10.2005
RESUMEN
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PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES, 3 DE OCTUBRE DE 2005 - POR
LA MAÑANA)
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SEGUNDA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES, 3 DE OCTUBRE DE 2005 - POR LA
TARDE)
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PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES, 3 DE OCTUBRE DE 2005 - POR LA
MAÑANA)
Después de la lectura breve de la “Ora Terza”, el Santo Padre
Benedicto XVI ha hecho la siguiente reflexión:
Queridos hermanos:
El texto de la Ora Terza de hoy implica cinco imperativos y una
promesa. Intentemos entender un poco mejor qué trata de decirnos el
Apóstol con estas palabras.
El primer imperativo se encuentra con mucha frecuencia en las Cartas
de San Pablo, más bien, se podría decir que es el “Cantus firmus” de
su pensamiento: «gaudete»
En una vida tan atormentada como era la suya , una vida llena de
persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo,
una palabra clave queda siempre presente: «gaudete»
Nace aquí la pregunta: ¿es posible ordenar la alegría? La alegría,
quisiéramos decir, llega o no llega, pero no puede ser impuesta como
un deber. Y aquí nos ayuda pensar en el escrito más conocido sobre
la alegría de las Cartas paulinas, el de la «Domenica Gaudete» en el
corazón de la liturgia del Adviento: «Gaudete, iterum dico gaudete
quia Dominus propest».
Aquí sentimos el motivo del por qué Pablo con todos sus sufrimientos,
con todas sus tribulaciones sólo podía decir a los demás «gaudete»:
lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «gaudete,
Dominus enim prope est».
Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano,
si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque
esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más
grande que todos los sufrimientos.
El apóstol puede decir «gaudete» porque el Señor está cerca a cada
uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una
invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. Es
la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos
conscientes de esta presencia de Cristo - escondida pero bastante
real - en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas
las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme.
Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del
Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los
oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del
mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a
nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos
realmente dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o
quizás nuestro corazón está lleno de tantas otras cosas que no hay
espacio para el Señor y por el momento no tenemos tiempo para el
Señor. Y así, insensibles, sordos a su presencia, llenos de otras
cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la puerta, está cerca de
nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente
que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida.
Oremos entonces en el contexto de este primer imperativo: Señor
haznos sensibles a Tu presencia, ayúdanos a escuchar, a no cerrar
nuestros oídos a Ti, ayúdanos a tener un corazón libre y abierto a
Ti.
El segundo imperativo «perfecti estote» así como se lee en el texto
latín, parece coincidir con la palabra que resume el Sermón de la
Montaña: «perfecti estote sicut Pater vester caelestis perfectus
est».
Esta palabra nos invita a ser lo que somos: imágenes de Dios, seres
creados en relación al Señor, «espejo» en el cual se refleja la luz
del Señor. No vivir el cristianismo al pie de la letra y no escuchar
la Sagrada Escritura al pie de la letra con frecuencia es difícil,
históricamente discutible, pero hay que ir más allá de la letra, de
la realidad presente hacia el Señor que nos habla hasta llegar a la
unión con Dios. Pero si vemos el texto griego encontramos el uso de
otro verbo «catartizesthe», y esta palabra quiere decir rehacer,
reparar un instrumento, restituirle su función total.
El ejemplo más frecuente para los apóstoles es el de rehacer una red
para los pescadores que ya no está en la posición justa, que tiene
tantos agujeros que ya no sirve, rehacer la red para que pueda ser
nuevamente una red de pescar, volver a la perfección como
instrumento para este trabajo. Otro ejemplo, un instrumento musical
de cuerdas que tiene una cuerda rota no permitirá que se pueda
ejecutar la música como debería ser. Por eso, con este imperativo
aparece nuestra alma como una red apostólica que, con frecuencia, no
funciona bien porque está lacerada por nuestras propias intenciones;
o como un instrumento musical en el que desgraciadamente alguna
cuerda está rota y, por lo tanto, la música de Dios que debería
sonar desde la profundidad de nuestra alma no puede resonar bien.
Hay que rehacer este instrumento, conocer las laceraciones, las
destrucciones, las negligencias, cuando está descuidado e intentar
que este instrumento esté perfecto, que sea completo para que sirva
a lo que fue creado por el Señor.
Y así este imperativo también puede ser la invitación para hacer un
examen de conciencia regular, para ver cómo está este instrumento
mío y hasta qué punto está descuidado o ha dejado de funcionar, para
intentar recuperar su integridad. Es además una invitación al
Sacramento de la Reconciliación en el cual Dios mismo rehace este
instrumento y nos da de nuevo la plenitud, la perfección y la
funcionalidad para que en este alma puedan resonar las alabanzas a
Dios.
Luego «exortamini invicem». La corrección fraterna es una obra de
misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo ni ve bien
sus faltas. Y por eso es un acto de amor útil para constituir el
complemento el uno del otro, para ayudarnos a vernos mejor, a
corregirnos. Pienso que una de las funciones de la colegialidad es
precisamente la de ayudarnos, también en el sentido del imperativo
precedente, la de conocer las lagunas que nosotros mismos no
queremos ver - «Ab occultis meis munda me» dice el Salmo - de
ayudarnos para que nos abramos y podamos ver estas cosas.
Naturalmente, esta gran obra de misericordia de ayudarnos los unos a
los otros para que cada uno pueda realmente encontrar la propia
integridad, la propia funcionalidad como instrumento de Dios, exige
mucha humildad y amor. Sólo se conseguirá si viene de un corazón
humilde que no se pone por encima del otro, no se considera mejor
del otro, sino sólo instrumento para ayudarse recíprocamente. Sólo
si se siente esta profunda y verdadera humildad, si se siente que
estas palabras vienen del amor común, del afecto colegial en el cual
queremos servir juntos a Dios, podremos, en este sentido, ayudarnos
con un gran acto de amor. También aquí el texto griego añade algunos
matices, la palabra griega es «Paracaleisthe»; es la misma raíz de
la cual también viene la palabra «Paracletos, paraclesi», consolar.
No sólo corregir, sino también consolar, compartir los sufrimientos
del otro, ayudarlo en las dificultades. Y también esto me parece un
gran acto de verdadero afecto colegial. En las tantas situaciones
difíciles que nacen hoy en nuestra pastoral, alguno se encuentra
realmente un poco desesperado, no ve cómo puede ir adelante. En
aquel momento tiene necesidad de consuelo, tiene necesidad de que
alguien esté con él en su soledad interior y cumpla la obra del
Espíritu Santo, del Consolador: la de dar coraje, la de acompañarnos,
apoyarnos mutuamente, ayudados por el Espíritu Santo mismo que es el
gran Paráclito, el Consolador, nuestro Abogado que nos ayuda. Por lo
tanto, es una invitación a hacer nosotros mismos «ad invicem» la
obra del Espíritu Santo Paráclito.
«Idem sapite»: sentimos detrás de la palabra latina la palabra
«Sapor»: Tengan el mismo sabor por las cosas, tengan la misma visión
fundamental de la realidad, con todas las diferencias que no sólo
son legítimas sino necesarias, pera tengan «eundem sapore», tengan
la misma sensibilidad. El texto griego dice «froneite», lo mismo. Es
decir, tengan sustancialmente el mismo pensamiento. ¿En realidad
cómo podremos conseguir conjuntamente un pensamiento común que nos
ayude a guiar a la Santa Iglesia si no compartimos conjuntamente la
fe que no está inventada por ninguno de nosotros, sino que es la fe
de la Iglesia, el fundamento común que nos guía, sobre el cual
estamos y trabajamos? Por lo tanto, es una invitación a que entremos
siempre y nuevamente en este pensamiento común, en esta fe que nos
precede. «Non respicias peccata nostra sed fidem Ecclesiae tuae»: es
la fe de la Iglesia que el Señor busca en nosotros y que también es
el perdón de los pecados. Tener esta misma fe común. Podemos,
debemos vivir esta fe, cada uno en su originalidad, pero siempre
sabiendo que esta fe nos precede. Y debemos comunicarles a todos los
demás la fe común. Este elemento ya nos hace superar el último
imperativo, que nos trae la paz profunda entre nosotros.
Llegados a este punto, también podemos pensar en «touto froneite»,
en otro texto de la Carta a los Filipenses, al principio del gran
himno al Señor, donde el Apóstol nos dice: tengan los mismos
sentimientos de Cristo, entrar en la «fronesis», en el «fronein», en
el pensamiento de Cristo. Por tanto, podemos tener la fe de la
Iglesia conjuntamente, para que con esta fe entremos en los
pensamientos y en los sentimientos del Señor. Pensar juntos con
Cristo.
Esto es la última profundización de la advertencia del Apóstol:
pensar con el pensamiento de Cristo. Y podemos hacerlo leyendo la
Sagrada Escritura en la que los pensamientos de Cristo son Palabras,
hablan con nosotros. En este sentido, debemos ejercer la «Lectio
Divina», escuchar en las escrituras el pensamiento de Cristo,
aprender a pensar con Cristo, a pensar el pensamiento de Cristo y,
de esta manera, tener los pensamientos de Cristo, ser capaces de dar
a los demás también el pensamiento de Cristo y los sentimientos de
Cristo.
Y así tenemos el último imperativo «pacem habete et eireneute», es
casi el resumen de los cuatro imperativos precedentes, estando en
unión con Dios, que es nuestra paz, con Cristo que nos ha dicho: «pacem
davo vobis». Estamos en la paz interior porque estar en el
pensamiento de Cristo une nuestro ser. Las dificultades, los
contrastes de nuestra alma se unen, se han unido al original, del
que somos imagen con el pensamiento de Cristo. Así nace la paz
interior y sólo si nuestro fundamento es una profunda paz interior
podemos ser personas de la paz y en el mundo, para los demás.
De aquí la pregunta, ¿está esta promesa condicionada por los
imperativos? Es decir, ¿sólo en la medida en la que nosotros podemos
realizar los imperativos, este Dios de la paz está con nosotros?
¿Cuál es la relación entre imperativo y promesa?
Diría que es bilateral, es decir, la promesa precede los imperativos
y los hace realizables y sigue también dicha realización. Es decir,
antes de todo lo que hacemos nosotros, el Dios del amor y de la paz
se ha abierto a nosotros, está con nosotros. En la Revelación
empezada en el Antiguo Testamento, Dios nos ha salido al encuentro
con su amor, con su paz.
Y finalmente en la Encarnación se ha hecho Dios con nosotros,
Emanuel, está con nosotros este Dios de la paz que se ha hecho carne
con nuestra carne, sangre de nuestra sangre. Es hombre con nosotros
y abraza a todo ser humano. Y en la crucifixión, y en el descenso a
la muerte, se ha hecho uno con nosotros totalmente, nos precede con
su amor, abraza antes que nada todas nuestras acciones. Y esta es
nuestra gran consolación. Dios nos precede. Ya ha hecho todo. Nos ha
dado paz, perdón y amor. Está con nosotros. Y sólo porque está con
nosotros, porque en el Bautismo hemos recibido su gracia, en la
confirmación el Espíritu Santo, y en el sacramento del Orden hemos
recibido su misión, podemos ahora actuar nosotros, cooperar con su
presencia que nos precede. Toda acción nuestra, sobre la cual hablan
los cinco imperativos es un cooperar, un colaborar con el Dios de la
paz que está con nosotros.
Pero también vale, por otra parte, en la medida en la que realmente
entramos en esta presencia que nos ha donado, en este don ya
presente en nuestro ser. Crece naturalmente su presencia, su estar
con nosotros.
Y rogamos al Señor que nos enseñe a colaborar con su precedente
gracia y estar así realmente siempre con nosotros. Amén.
[00020-04.09] [NNNNN] [Texto original: italiano]
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SEGUNDA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES, 3 DE OCTUBRE DE 2005 - POR LA
TARDE)
● INTERVENCIONES EN EL AULA (INICIO)
A las 16:30 de hoy, en presencia del Santo Padre a partir de las
17:55, con el rezo del Adsumus, ha tenido lugar la Segunda
Congregación General, para dar comienzo a las intervenciones de los
Padres Sinodales en el Aula sobre el tema sinodal. Presidente
Delegado de turno S. Em. R. Card. Francis ARINZE, Prefecto de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
En esta Congregación General, que ha terminado a las 19.00 con el
rezo del Angelus Domini, estaban presentes 241 Padres.
● INTERVENCIONES EN EL AULA (INICIO)
Han intervenido los siguientes Padres:
- S. Em. R. Card. José SARAIVA MARTINS, C.M.F., Prefecto de la
Congregación de las Causas de los Santos (CIUDAD DEL VATICANO)
- S. Em. R. Mons. Donald William WUERL, Obispo de Pittsburgh (ESTADOS
UNIDOS DE AMÉRICA)
- S. Em. R. Card. Stephen Fumio HAMAO, Presidente del Pontificio
Consejo de la Pastoral para los Migrantes y los Itinerantes (CIUDAD
DEL VATICANO)
- S. Em. R. Mons. Robert LE GALL, O.S.B., Obispo de Mende (FRANCIA)
- S. Em. R. Mons. Philippe GUENELEY, Obispo de Langres (FRANCIA)
- S. Em. R. Mons. John Patrick FOLEY, Arzobispo titular de Neapoli
de Proconsolare, Presidente del Pontificio Consejo de las
Comunicaciones Sociales (CIUDAD DEL VATICANO)
- S. B. R. Ignace Pierre VIII ABDEL-AHAD, Patriarca de Antioquia de
los Sirios, Jefe del Sínodo de la Iglesia Siria Católica (LÍBANO)
- Revmo. P. Joseph William TOBIN, C.SS.R., Superior General de la
Congregación del Santísimo Redentor
- S. Em. R. Mons. Bruno FORTE, Arzobispo de Chieti-Vasto (ITALIA)
- S. Em. R. Mons. Alberto GIRALDO JARAMILLO, P.S.S., Arzobispo de
Medellín (COLOMBIA)
- S. Em. R. Mons. Salvatore FISICHELLA, Obispo titular de Voghenza,
Vicohabentia, Obispo auxiliar de Roma, Rector Magnifíco de la
Pontificia Universidad Lateranense en Roma (ITALIA)
- S. Em. R. Mons. Tadeusz KONDRUSIEWICZ, Arzobispo de Madre de Dios
en Moscú (FEDERACIÓN RUSA)
- S. Em. R. Mons. Cristián CARO CORDERO, Arzobispo de Puerto Montt (CHILE)
- Revmo. P. Josep Maria ABELLA BATLLE, C.M.F., Superior General de
los Misioneros Hijos del Corazón Inmmaculado de María (Claretianos)
Facilitamos a continuación los resúmenes de las intervenciones:
- S. Em. R. Card. José SARAIVA MARTINS, C.M.F., Prefecto de la
Congregación de las Causas de los Santos (CIUDAD DEL VATICANO)
Entre los varios aspectos del Misterio eucarístico hay que subrayar,
ante todo, su esencial dimensión pascual de la que habla en varios
puntos el Instrumentum Laboris.
“No se puede separar la muerte de Cristo de su resurrección” (IL,
7). Pertenece, de hecho, también ella, al sacrificio Redentor de
Cristo (Rm, 4, 24-25).´Él murió para resucitar. El Viernes Santo no
tendría ningún sentido sin el Domingo de Resurrección. Jesús nunca
separó estos dos eventos salvadores. Es más, Él afirmó siempre con
extrema claridad el inseparable vínculo entre ellos.
Ahora bien, siendo la Eucaristía la re-actualización, en el tiempo y
en la historia, del Sacrificio de Cristo, hace presente no sólo su
muerte, sino también su resurrección (cf. IL, 8), el entero misterio
pascual. Lo subraya con fuerza la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”
cuando afirma que el “sacrificio eucarístico no sólo hace presente
el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el
misterio de la resurrección, que corona su sacrificio” (EdE, 14). La
Eucaristía es, en otras palabras, el memorial de la Pascua de
Cristo.
2. Y es precisamente en cuanto memorial de la Pascua de Cristo, por
lo que la Eucaristía es “fuente y epifanía de comunión” (MND, 19)
tanto en su dimensión vertical, es decir, en relación a Cristo, como
en su dimensión horizontal, es decir, entre sus discípulos.
La Eucaristía es, antes que nada, la fuente de la más profunda,
sublime y radical comunión con el Redentor. A la petición de los
discípulos de Emaús para que se quedara con ellos, Jesús responde
con un don mucho más grande: es decir mediante el sacramento de la
Eucaristía, “encontró el modo de quedarse, no sólo con ellos, sino
en ellos. Recibir la eucaristía es entrar en profunda comunión con
Jesús. “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4) (MND, 19).Pero
la íntima y misteriosa comunión con Cristo realizada en la
Eucaristía no se puede comprender ni vivir plenamente fuera de la
“comunión eclesial”. La primera puerta abre necesariamente a la
segunda. Ésta brota necesariamente de la aquélla. “La iglesia, se
lee en la MND, es el Cuerpo de Cristo, se camina “con Cristo” en la
medida en que se está “en relación con su Cuerpo místico” (MND, 20).
El “Ut unum sint” de Cristo se realiza plenamente en la Eucaristía.
Las primeras comunidades cristianas constituían un “un solo corazón
y una sola alma” en virtud de la participación en el banquete
eucarístico, en la “fractio panis”.
La Eucaristía, por tanto, al unir vitalmente a los hombres a Cristo,
los une también entre ellos. El mismo Cristo se convierte, en la
Eucaristía, en vínculo viviente entre los miembros de su Cuerpo. La
Eucaristía abate todas las barreras culturales y sociales, para
hacer de todos aquellos que la reciben una sola Comunidad de fe, de
esperanza y de amor, para encaminarles hacia aquella unidad que
encuentra su modelo y su perfección en la unidad de la misma
Santísima Trinidad. Pero, además de ser fuente, la Eucaristía es
también la epifanía o manifestación de la comunión de los fieles con
Cristo y entre ellos (cf. MND, 19 ss). Nunca como en la celebración
de la Eucaristía, la Iglesia es y aparece, tan perfectamente una,
una koinonia, una comunión. La Iglesia es una porque una es la
Eucaristía. El Concilio habla de “eclesiología de comunión”: se
trata, obviamente, de una “eclesiología de comunión eucarística”,
porque está enraizada en el sacramento del altar.
En este contexto, hay que subrayar también, el alcance fuertemente
ecuménico de la Eucaristía. El verdadero ecumenismo, de hecho, no
consiste tanto en el ir nosotros hacia nuestros hermanos separados o
en el venir ellos hacia nosotros, sino en ir ellos y nosotros, bajo
la guía del Espíritu, hacia Aquél que ha querido permanecer con
nosotros bajo las especies eucarísticas.
Fuente y epifanía de la comunión eclesial, la Eucaristía no puede no
ser igualmente fuente inextinguible de alegría: de aquella alegría
pascual que brota del Señor Resucitado presente en la Eucaristía .
Los primeros cristianos “partían el pan por las casas y tomaban el
alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios” (Hch
2, 46-47).
[00021-04.09] [IN001] [Texto original: italiano]
- S. Em. R. Mons. Donald William WUERL, Obispo de Pittsburgh (ESTADOS
UNIDOS DE AMÉRICA)
Nuestros esfuerzos catequísticos los llevamos a cabo en el contexto
de un mundo altamente secularizado. Uno de los mayores cambios que
nosotros afrontamos como seguidores de Cristo es la gran disparidad
entre lo que vemos en la fe como horizonte de la vida y lo que la
cultura secular ve como objetivo y fin de la existencia. Nuestra
catequesis, sobre todo en lo que respecta a la justicia moral y
social, no puede desconectarse del corazón de nuestra fe: la muerte
y resurrección de Cristo y nuestra participación en este evento
salvífico a través de la Eucaristía. Cualquier plan operativo
pastoral o sugerencia que se planteen para la futura orientación del
ministerio pastoral de la Iglesia, deberá subrayar el misterio
fundacional de la presencia y la acción constantes de Cristo en la
Eucaristía
[00024-04.03] [IN004] [Texto original: inglés]
- S. Em. R. Card. Stephen Fumio HAMAO, Presidente del Pontificio
Consejo de la Pastoral para los Migrantes y los Itinerantes (CIUDAD
DEL VATICANO)
En el actual panorama mundial asistimos a transformaciones tan
grandes que da la impresión de que va a aparecer una nueva humanidad.
Caen las fronteras nacionales, pueblos y razas se mezclan, se
confrontan las culturas, se forman organismos internacionales, se
quiere crear un derecho internacional, se busca la unificación
social, política y, sobre todo, económica, conocida con el nombre de
“globalización”.
De esta forma se va creando un mercado único mundial de mercancías y
de ideas. Es una gran ventaja, evidentemente, pero este proceso
conlleva también unos riesgos. La diversidad es, sin duda, fuente de
riqueza, pero la desaparición de las fronteras no siempre coincide
con la “globalización de la solidaridad”. Aparecen medidas cada vez
más restrictivas hacia los inmigrantes y los refugiados; se adoptan
políticas cada vez más severas para impedir a los más necesitados de
los países pobres del mundo que participen del bienestar de los
países ricos: la diversidad del extranjero se considera a menudo una
amenaza, en vez de un beneficio de mutuo enriquecimiento.
La Iglesia Católica no sólo se ha “extendido en los cinco
continentes”, sino que está en continuo movimiento y el sacramento
de la Eucaristía se presenta como su centro de unificación, punto de
convergencia, dimensión cualificada de acogida de las diversidades
en la unidad.
Hombres y mujeres en movimiento, con sus propias modalidades, que
han echado sus raíces en la cultura, en la tradición de sus ritos,
en el uso de la lengua vernácula, en la devoción popular, encuentran
en la celebración de la Eucaristía el punto central de su vida, a
menudo fragmentada y alterada: es Jesucristo encarnado, muerto y
resucitado, “todo entero... sustancialmente presente en la realidad
de su Cuerpo y de su Sangre”. Por eso no es suficiente decir que la
Eucaristía está en el centro de la comunidad cristiana, ¡también hay
que decir que la Iglesia está en el centro de la Eucaristía!
La historia de la Salvación, en la que también las migraciones
ocupan un puesto importante, tiene en su centro el sacrificio
pascual del Hijo de Dios y su resurrección y, por tanto, la
Eucaristía ocupa un puesto central. En fín, la Eucaristía tiende
hacia el futuro escatológico, en tanto en cuanto pregustación del
banquete del Reino, en el que la humanidad entera está llamada a
participar. Ella nos lleva a vivir el “ya” y el “todavía no”,
comprometiéndonos, en el presente histórico, en un adecuado y
auténtico proceso de inculturación.
La Eucaristía, celebrada con y por nuestros hermanos y hermanas en
movimiento, es un lazo de fraternidad y manantial de acogida, fuente
de buenas obras, ya que nos conduce al testimonio de los valores
evangélicos en el mundo, en la unidad de las tres dimensiones de la
vida cristiana, es decir, liturgia-martyria-diaconia, para una nueva
evangelización, nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.
Y es aquí, entonces, cuando la Eucaristía manifiesta el significado
de la existencia cristiana en la tierra como el momento en el que la
Iglesia experimenta su estar en camino, “viandante”, “emigrante”,
“peregrina”. La Eucaristía es, así pues, “el alimento de los
peregrinos”, el sacramento del éxodo que continúa, el sacramento
pascual, es decir, del “paso”, hasta alcanzar “la herencia eterna”
del reino de Dios en la comunión de los Santos.
[00025-04.05] [IN010] [Texto original: italiano]
- S. Em. R. Mons. Robert LE GALL, O.S.B., Obispo de Mende (FRANCIA)
El Instrumentum Laboris subraya en varios puntos cómo la Eucaristía
es un don y un misterio (n. 12, 25, 34, 35, 48, 86) al que hay que
acceder y hacia el que hay que orientar nuestra vida con humildad
(n. 51) y en un espíritu de adoración (n. 65). En ese sentido, se
insiste tal como el Papa Juan Pablo II en la Tertio Millennio
Ineunte, sobre la “primado de la gracia” (n. 31).
Con este mismo espíritu, habría que mostrar mejor cómo en la
Eucaristía Dios es el Protagonista que suscita nuestra acción y la
engrandece. El n. 25 va en esa dirección, pero queda confuso. Sería
oportuno observar con mayor atención las enseñanzas de la
Sacrosantum Concilium en el n. 7, que expresan con claridad la
teología de la liturgia.
La riqueza del n. 7 de la Sacrosantum Concilium consiste en retomar
la definición de la liturgia propuesta por el Papa Pío XII en la
Mediator Dei completándola: el culto orienta al hombre hacia Dios
gracias al Hombre-Dios que nos conduce al Padre; es la línea
ascendente. Pero la línea descendente, (cf. Dies Domini, n. 43), por
la que Dios viene a nosotros a través de la Encarnación Redentora,
siempre viene antes: el Concilio la llama “santificación”, mientras
la línea ascendente, justamente, se llama culto integral ejercido
por el entero Cuerpo místico.
Para la calidad de nuestras celebraciones es muy importante que se
perciba claramente esta articulación en el Opus Dei -expresión que
se repite a menudo en los primeros números de la Sacrosantum
Concilium - entre el opus Dei facientis y el opus Ecclesiae, entre
lo que Dios hace para nosotros, con nosotros, y lo que nosotros
hacemos para Él, con Él. Es precisamente el sentido de la doxología
de la Oración Eucarística, suerte de cumbre de la Misa. Se trata de
una clave de toda vida espiritual, donde el primado de la gracia
suscita lo mejor de nuestra libertad. Si “damos gracias” es porque
recibimos la gracia.
[00026-04.06] [IN013] [Texto original: francés]
- S. Em. R. Mons. Philippe GUENELEY, Obispo de Langres (FRANCIA)
Una de las principales preocupaciones de los Pastores en las
comunidades cristianas es la iniciación a la Eucaristía. Esta
iniciación se relaciona con los niños que se preparan para la
primera comunión, así como también a los jóvenes y adultos a los que
se les propone un recorrido catecumenal adecuado a su edad, que les
conduce progresivamente a la celebración de los sacramentos de la
iniciación cristiana y, entre éstos, está la Eucaristía.
Ahora bien, al vínculo entre el bautismo y la Eucaristía no ha sido
destacado suficientemente y el mantenimiento de la práctica se hace
difícil luego de esta primera participación.
Es de esperar que el Sínodo insista sobre la relación estrecha entre
el bautismo y la Eucaristía para que aparezca como cumbre de la vida
bautismal. Con los niños pequeños que han sido bautizados en los
primeros años de edad se necesita una mistagogia para que tomen
conciencia que la Eucaristía tiene raíces en su condición de
bautizados y alimenta realmente la vida bautismal. Para los jóvenes
y adultos, es oportuno que en el período de iniciación a los
sacramentos, la preparación no se focalice únicamente en el bautismo
y que la iniciación a la Eucaristía se realice conjuntamente a la
del Bautismo. Es aconsejable proponer a los catecúmenos que asistan
a las celebraciones eucarísticas antes de participar plenamente a
través de la comunión.
El contexto familiar y social es tal que existe una cierta
ignorancia sobre lo que es la Eucaristía. Si la práctica eucarística
es débil, quizás sea porque el significado de la Eucaristía no ha
sido descubierto. Se necesita proponer celebraciones que preparen a
la Eucaristía, así como implementar una auténtica pedagogía.
Con respecto a la preparación para el sacramento de la confirmación
hemos realizado en nuestras diócesis un esfuerzo importante que nos
ha dado buenos frutos. ¿No sería oportuno inspirarse a lo que se
hace a favor de la Confirmación para iniciar la Eucaristía?
[00027-04.03] [IN014] [Texto original: francés]
- S. Em. R. Mons. John Patrick FOLEY, Arzobispo titular de Neapoli
de Proconsolare, Presidente del Pontificio Consejo de las
Comunicaciones Sociales (CIUDAD DEL VATICANO)
Quisiera pedir a los Obispos del mundo que saquen provecho de la
posibilidad de transmitir por televisión la liturgia y que presten
mucha atención a la manera en que esas liturgias televisadas se
celebran.
En muchas diócesis, y, a decir verdad, en muchas naciones, existe ya
una tradición de televisar la liturgia del domingo y de los días de
precepto. Por las visitas que he realizado a muchos países y por los
muchos vídeos que he visto, puedo testimoniar que la mayoría de
estas liturgias televisadas se celebran de manera respetuosa y
reflejan una cuidadosa preparación. Aunque ocasionalmente habrá
celebrantes que individualmente se alejen de las normas litúrgicas
de la Iglesia, y esto puede llevar cuanto menos a desorientar, si no
incluso a deseducar a algunos telespectadores, y dar la impresión a
algunos sacerdotes y a la gente que esté justificado distanciarse de
las normas litúrgicas porque lo han visto en la televisión.
Las liturgias televisadas deberían ser consideradas normativas, por
lo que cabe esperar de las celebraciones locales de la Eucaristía.
El respeto de parte del celebrante y de los participantes, la
fidelidad a las normas litúrgicas de la Iglesia, la calidad de la
música y la participación de los fieles deberían ser modelos de
servicio litúrgico, iluminantes para el fiel y edificantes para
aquéllos que no comparten nuestra fe, pero que pueden estar viendo o
escuchando, incluso por curiosidad. Aunque asistir a una liturgia
televisada no satisface la obligación del domingo, sin embargo,
debería ayudar a profundizar la vida espiritual de cada uno. La
transmisión de una liturgia no es solamente un servicio para el
enfermo y el anciano que no pueden asistir en persona a la Misa.
Mirarla puede ser una adecuada preparación a la participación
personal en la liturgia del Domingo o bien puede ser un momento en
el que continúan la acción de gracias y la reflexión para el fiel
que ha vuelto a casa después del rito.
Es interesante notar que el programa religioso regularmente
programado más seguido en todo el mundo es la transmisión de la Misa
de Medianoche en Navidad presidida por el Santo Padre, que se ve en
unas 75 naciones aproximadamente. Un buen número de personas,
incluídos los Protestantes, han dicho que esta transmisión desde
Roma se ha convertido en una tradición navideña para ellos, y
familias enteras se reúnen alrededor del televisor para estar unidos
en oración con el Santo Padre. Mientras algunos países de Europa
occidental no transmiten esta celebración y prefieren transmitir las
liturgias locales, dirigentes de televisiones de un cierto número de
estados en América, Asia y África nos han manifestado su alegría por
recibir este programa del Vaticano. Con la liberalización de los
medios de comunicación social en Estados Unidos, la Misa de
Medianoche en Navidad, desde el Vaticano, es el único, repito, el
único programa religioso regularmente transmitido por la principal
red de televisión.
La cobertura, a nivel mundial, de parte de los medios de
comunicación social de las celebraciones litúrgicas en Roma en el
pasado mes de abril fue, naturalmente, mucho mayor respecto a la de
las transmisiones de Navidad, de Semana Santa y de Pascua, pero las
oportunidades que hay en los países y en las ciudades del mundo para
transmisiones televisadas litúrgicas de frecuencia semanal o al
menos ocasional son extremamente importantes para contribuir a
satisfacer el hambre espiritual de millones de personas que desean
identificarse con Jesús, el camino, la verdad y la vida. ¡Gracias!
[00028-04.07] [IN016] [Texto original: inglés]
- S. B. R. Ignace Pierre VIII ABDEL-AHAD, Patriarca de Antioquia de
los Sirios, Jefe del Sínodo de la Iglesia Siria Católica (LÍBANO)
Algunas de las primeras comunidades sirias de Antioquía surgieron de
las comunidades judeo-cristianas de Jerusalem de Antioquía y de la
Mesopotamia. Por esto, pasados al cristianismo los cristianos de
Antioquía no se alejaron de sus antiguas tradiciones , en especial
de las fiestas hebreas, como la Pascua o Pesah, en lengua hebrea, o
Feshjo, en arameo. En el Señor ellos han individualizado al
auténtico Cordero Pascual y enseguida establecieron, en sus
meditaciones, algunos paralelismos entre el cordero pascual de
Egipto y el Cordero pascual de Jerusalem, que fue Jesucristo en la
cruz, inmolado ya , como un anticipo, en el Cenáculo.
San Efrem ha desarrollado tal paralelismo escribiendo:
“En Egipto fue derramada la sangre del cordero para la liberación
del pueblo y en Sión fue derramada la sangre del Cordero de la
verdad. Contemplando estos dos corderos constatamos sus semejanzas y
sus divergencias. El cordero de Egipto fue como un misterio en la
sombra, mientras el Cordero de la verdad es su realización.
El Cordero pascual, Jesucristo, con su sangre ha salvado al pueblo
de sus errores, como el cordero de Egipto, donde fueron ofrecidos
millares , pero sólo uno ha salvado a Egipto. Muchos corderos fueron
ofrecidos, pero uno sólo ha cancelado el error. En Egipto el símbolo,
pero en la Iglesia la realidad.
El pan que el Señor comió con los discípulos en la Pascua, en la
Pesah, y que partió, sustituyó el pan ácimo que provocó la muerte a
cuantos lo comieron.
La Iglesia nos dona el Pan de Vida como sustitución del pan ácimo
donado en Egipto. María nos ha donado el Pan de Vida en sustitución
del pan de fatigas donado por Eva”.
En esta espiritualidad la Iglesia siria vive cada domingo del año el
Misterio Pascual, excepto durante los domingos de Adviento y de
Cuaresma. Es hacia la Eucaristía que se dirigen los fieles para
obtener la purificación de los pecados y el “consuelo de Vida”.
Pascua, Pesho, tiene el doble significado de paso y alegría. La
Eucaristía, Pan de Vida, alegría Pascual, causa la alegría de los
creyentes. El Dios Omnipotente desciende y es llevado por los pobres
seres humanos. Como dice la anáfora de Santiago, “Es la Uva de Vida
que quienes lo crucificaron han pisoteado sin probarla y que los
creyentes han recibido sin cansarse. Es el Pan Celestial que no
produce hambre a cuantos lo comen y es la Bebida espiritual que no
da sed a quien la bebe”.
Antes de recibir el Pan Celestial, la comunidad de los fieles reza
al Señor para que les done labios puros para recibir su Cuerpo y que
le conceda alegrarse en su Sangre. Ofreciendo el Cuerpo y la sangre
de Cristo, el sacerdote dice a quien comulga: “ que la braza
purificadora del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo
sirva para la remisión y el perdón de tus pecados”.
Así la Eucaristía se vive siempre como un Misterio pascual en la
Iglesia Siria de Antioquía.
[00030-04.02] [IN017] [Texto original: francés]
- Revmo. P. Joseph William TOBIN, C.SS.R., Superior General de la
Congregación del Santísimo Redentor
El punto del cual deseo partir es la discusión de la relación entre
Eucaristía y Penitencia tratado en el Nº 23 del Instrumentum Laboris.
El Instrumentum Laboris con frecuencia se refiere a la relación
entre Eucaristía y Penitencia, y muchas veces la relación entre los
dos sacramentos es presentada como motivo de preocupación. ¿Cómo
podemos ayudar a las personas para que vuelvan a tener afecto por el
sacramento de la Penitencia y apreciar el don de la Eucaristía como
suma motivación para amar a Dios que se ha donado por nosotros?
Individualizaré cuatro niveles de este problema, es decir, la
comprensión eclesial, sacramental, moral y jurídica de la Eucaristía
y de la Penitencia.
Debemos afrontar problemas muy graves en lo que se refiere a la
tensión entre celebración de los sacramentos de la Penitencia y de
la Eucaristía. Deberemos partir de la dimensión eclesial de los dos
sacramentos para después continuar con una presentación sacramental
adecuada de ambos. A la luz de estos dos aspectos fundamentales,
podemos pasar a las cuestiones sociales y a los problemas
jurisdiccionales implicados. Es éste un camino mejor , y más fiel a
la Escritura y a la Tradición, que la tendencia a comenzar con los
aspectos morales y disciplinarios, que podrían provocar inútilmente
divisiones en la Iglesia. Las realidades humanas de ambos
sacramentos son importantes, pero no tan fundamentales como el hecho
que los sacramentos reciben su significado más profundo del Misterio
Pascual de Cristo, que es la clave para comprender la Presencia Real
de Cristo en la Eucaristía y la liberación de los vínculos de los
pecados graves a través del sacramento de la Penitencia.
[00029-04.03] [02] [Texto original: inglés]
- S. Em. R. Mons. Bruno FORTE, Arzobispo de Chieti-Vasto (ITALIA)
El capítulo II de la Parte I del Instrumentum Laboris está dedicado
al tema Eucaristía y comunión eclesial: en especial el Nº 11 trata
sobre el misterio eucarístico como “expresión de unidad eclesial”.
En otros pasajes se aborda la relación entre Eucaristía e Iglesia:
en el Nº 14 se habla de la unidad eucarística como manifestación de
la unidad eclesial o en el Nº 49 de la celebración de la Eucaristía
como “acto de la Iglesia en su universalidad, anterior a cualquier
distinción particular o local”. No obstante estas puntualizaciones,
me parece que se ven poco valorizadas las potencialidades de la
eclesiología eucarística, de esa relación, es decir, entre
Eucaristía e Iglesia, que ha sido concebida por la gran Tradición
cristiana como constitutiva y esencial para el ser y el actuar de la
Iglesia misma. Es por ello que considero importante solicitar y
proponer que se profundice en esta dirección: baste sólo pensar que
la antigüedad cristiana designaba con la misma expresión “Corpus
Christi” al cuerpo histórico, al cuerpo eucarístico y al cuerpo
eclesial de Cristo, mostrando así las profundas conexiones del
misterio de la unidad salvífica en todos sus aspectos. Se puede
afirmar que por la conciencia de la Iglesia indivisa desde el primer
milenio, la unidad eucarística en la multiplicidad de las
celebraciones representa eficazmente la unidad Catholica en la
multiplicidad de las comunidades locales celebrantes bajo la
presidencia de sus Obispos: la “pericoresi eclesiológica” - imagen y
semejanza de la de las divinas Personas - es participada a la
Iglesia mediante el don de la Eucaristía. Camino privilegiado para
expresar y realizar esta “pericoresi” eclesiológica han sido en la
gran Tradición católica los sínodos y los concilios, que en la
Iglesia antigua tenían siempre una relación explícita y constitutiva
con la Eucaristía. Se nos pregunta cómo en el Sínodo de los Obispos
esta “sinodalidad” o “colegialidad” de los Obispos “cum Petro et sub
Petro”, fundada y expresada en la “communio” eucarística de las
Iglesias en la única Iglesia, pueda ser mejor manifestada y
realizada . Le corresponde, además, al Obispo de la Iglesia que
preside en el amor, al Papa, indicar o establecer otras formas
posibles que favorezcan el ejercicio de la colegialidad episcopal a
la luz de la “communio” generada por la asamblea eucarística.
[00032-04.03] [INO22] [Texto original: italiano]
- S. Em. R. Mons. Alberto GIRALDO JARAMILLO, P.S.S., Arzobispo de
Medellín (COLOMBIA)
La familia fue siempre preocupación fundamental en la vida y el
Magisterio de Juan Pablo II. Guiados por su enseñanza meditamos tres
puntos.
1.- CRISTO INVITADO A LA FAMILIA.
Como en Caná, Cristo se hace presente. Será el garante de los
compromisos de los esposos, será el compañero de toda la vida de la
familia. Será el Pan vivo que asegura la vida: los esposos lo harán
compañero de camino como los discípulos de Emaús.
2.- LA EUCARISTÍA Y EL MATRIMONIO
Cuando se celebra el sacramento del matrimonio en la Santa Misa "este
sacramento sirva para indicar, como paradigma del amor cristiano, el
amor de Jesucristo, que en la Eucaristía ama a la Iglesia como a la
Iglesia como su esposa hasta dar la vida por ella" Documento de
trabajo 19).
3.-DOS MOMENTOS PRIVILEGIADOS
● La Primera Comunión de los hijos. De tal manera que se vaya
edificando una experiencia de Eucaristía desde los primeros años.
● La Santa Misa Dominical.- Que será para la familia: luz, alimento
de la unidad familiar, fuerza de envío misionero dentro y fuera de
la familia.
La familia es "Iglesia doméstica". La Eucaristía edifica la familia,
la familia hace la Eucaristía.
[00033-04.03] [IN024] [Texto original: español]
- S. Em. R. Mons. Salvatore FISICHELLA, Obispo titular de Voghenza,
Vicohabentia, Obispo auxiliar de Roma, Rector Magnifíco de la
Pontificia Universidad Lateranense en Roma (ITALIA)
Se interviene en referencia al Nº 3 y al Nº 10 del Instrumentum
Laboris donde, repetidamente, surge el problema del contexto
contemporáneo en cuyo interior se encuentra la celebración y la
comprensión del misterio eucarístico.
La primera nota con la que conviene confrontarse es el profundo
cambio cultural en acto. Es importante subrayar que la Eucaristía es
fuente de cultura y espacio en cuyo interior se encuentran los
comportamientos personales y sociales que manifiestan el estilo de
vida del creyente. El gran desafío para los cristianos en los
próximos decenios es el de un renovado estilo de vida, que vuelva a
poner en el centro de su existencia el misterio eucarístico. Para
que esto suceda es importante recuperar algunos elementos que son
propios de la Eucaristía:
1. La educación a la belleza que se articula en diversos niveles:
por parte del celebrante, para que comprenda el valor de la acción
litúrgica, de los signos que la componen y el lenguaje evocativo que
poseen; por parte de cuantos tienen a su cargo la construcción de
las iglesias, para que no cedan a ideologías que tienden a oscurecer
su presencia en el territorio o a crear un espacio híbrido que
trivializar la percepción de lo sagrado. Es determinante recuperar
un lenguaje que por su misma naturaleza haga comprender el valor del
lugar donde se celebra la Eucaristía y su sentido profundo.
2. En un período como el nuestro, cargado de una cultura que impone
la adquisición de todas las cosas sólo en virtud del deseo de
posesión o, viceversa, que pretende tal derecho sólo por el hecho de
ver actuado un deseo, la Eucaristía indica cómo ubicarnos frente a
lo esencial de la vida a través de un comportamiento que es
importante por la gratuidad. Sin este nuevo descubrimiento
difícilmente se podrá pensar que en el futuro se puedan alcanzar
objetivos que le den calidad a la existencia personal y que creen
progreso para la historia de la humanidad en su conjunto.
3. La Eucaristía puede ser fuente de cultura que vuelve a proponer
el sentido del sacrificio como ofrenda de libertad. Es inútil
ocultar que en nuestros días la libertad aún se encuentra amenazada
por el engaño de que sólo puede actuarse haciendo lo que se quiere.
La Eucaristía se convierte en una verdadero desafío en el plano de
la puesta en práctica de la libertad. Ella, de hecho, dice que la
libertad se realiza allí donde se da la renuncia a decidir sobre sí
mismo para dar lugar al otro en el amor.
4. La Eucaristía, finalmente, puede educar a una cultura que lleve a
comprender cada vez mejor la participación de los creyentes para la
construcción del mundo. Hasta la venida del Señor estamos llamados a
hacer partícipes a todos del misterio que celebramos. Esto requiere
la capacidad de transformar el mundo en manera tal, que cada uno
pueda expresarse a sí mismo del mejor modo. Esto requiere la
posibilidad de saber ir al encuentro del otro, compartiendo su
camino de búsqueda de la verdad y convirtiéndose para cada uno en
compañero de viaje; respetando los tiempos de cada uno, de todas
maneras, el creyente sabrá indicar el camino para encontrar la
respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido.
[00034-04.03] [INO27] [Texto original: italiano]
- S. Em. R. Mons. Tadeusz KONDRUSIEWICZ, Arzobispo de Madre de Dios
en Moscú (FEDERACIÓN RUSA)
La reforma litúrgica ha permitido una participación más consciente,
activa y fecunda de los fieles a la Eucaristía. Pero, junto con los
aspectos positivos también ha tenido otros negativos. La
insuficiente disciplina y conciencia litúrgica en la celebración de
la Eucaristía influye negativamente también sobre las relaciones
ecuménicas. La violación de las normas litúrgicas ofusca la fe y la
doctrina de la Iglesia sobre la Eucaristía, y lleva a la traición de
la regla “Lex orandi - Lex credendi”.
La Eucaristía se encuentra en el corazón de la fe cristiana, que
sufre sobre todo por desnaturalización de la Eucaristía. El Papa
Benedicto XVI hace un llamado a la devoción eucarística y a la
expresión valiente y clara de la fe en la presencia real del Señor,
sobre todo en su solemnidad y corrección. Por lo tanto es necesario
aceptar el hecho que la Liturgia tiene un carácter “establecido
desde lo alto y no libertario”, que por su esencia ella es “incorruptible”,
que “los signos visibles empleados en la Liturgia para evidenciar
las realidades divinas han sido elegidos por Cristo o por la Iglesia”.
La alteración de la vida litúrgica, por lo tanto, requiere la
aprobación de un nuevo documento doctrinal que acentúe la
observancia de las normas litúrgicas.
Cristo no debe sufrir a causa de los abusos en la celebración de la
Eucaristía, que siempre debe ser acogida y vivida por los fieles
como “sacrum”, como renovación misteriosa del Sacrificio de Cristo,
como Su energía salvífica que transforma al hombre y al mundo, como
fortalecimiento de la fe y fuente de moralidad.
[00036-04.04] [IN030] [Texto original: italiano]
- S. Em. R. Mons. Cristián CARO CORDERO, Arzobispo de Puerto Montt
(CHILE)
Mi intervención se refiere a dos puntos. Primero, la relación entre
Eucaristía y Penitencia, y segundo, Eucaristía y Pastoral
Vocacional.
1) La relación entre Eucaristía y Sacramento de la Penitencia está
tratado en el Instrumentum Laboris en los nn 22-24 y al hablar de la
Eucaristía, fuente de la moral cristiana (nn. 72-74).
El "Año de la Eucaristía" ha traído en Chile notorios frutos
espirituales y pastorales en la vida de la Iglesia, que se
proyectan, de una u otra forma, a la vida de la sociedad. Ha sido
providencial que coincida este Año con la canonización del P.
Alberto Hurtado, quien fue un hombre eucarístico y social.
Mi proposición es que, dada la estrecha relación teológica,
espiritual y pastoral entre Eucaristía y Sacramento de la
Penitencia, y habida cuenta de las sombras en el campo de este
último sacramento, se dedique un año al Sacramento de la Penitencia,
teniendo como puntos fundamentales:
a) El sentido de Dios vivo y verdadero su eclipse en la cultura
moderna
b) La necesidad de salvación y el anuncio de Jesucristo, el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo
c) El sentido del pecado, que está disminuido o anulado, a
consecuencia del olvido de Dios y del relativismo moral
d) La conversión y la virtud de la penitencia
e) La dirección o acompañamiento espiritual
f) La celebración del Sacramento de la Penitencia como encuentro del
pecador que se convierte de su miseria y de Dios que, en su
misericordia en Cristo, lo acoge y perdona
g) Las condiciones para recibir la S. Comunión
h) La vida nueva en Cristo, como discípulos de El y miembros de 1 a
Iglesia
2. Con respecto a la relación entre Eucaristía y Pastoral
vocacional, propongo que en el "Año de la Penitencia" se motive y
forme a los sacerdotes para realizar dirección espiritual de los
jóvenes y dar tiempo al sacramento de la Reconciliación que, junto
con la Eucaristía son fundamentales en la dirección espiritual.
[00037-04.04] [IN031] [Texto original: español]
- Revmo. P. Josep Maria ABELLA BATLLE, C.M.F., Superior General de
los Misioneros Hijos del Corazón Inmmaculado de María (Claretianos)
El número 25 del Instrumentum Laboris constata la necesidad de que
la celebración de la Eucaristía llegue a "formar personas y
comunidades eucarísticas que amen y sirvan, como Jesús en la
Eucaristía". En el fondo, se está diciendo que quienes se reúnen
para celebrar la Pascua del Señor sean, en medio de la sociedad,
memoria y signo vivo del Señor que da la vida.
Sin embargo, con frecuencia, no ocurre así. En la celebración se ha
vivido un momento hermoso, pero la vida sigue por su camino, movida
por otras preocupaciones, incapaz de asumir las exigencias que
brotan de la Eucaristía que se ha celebrado. La celebración no se
hace espiritualidad en la vida de los fieles ni se convierte en
dinamismo misionero. Se observa una cierta dicotomía vida y
Eucaristía El Sínodo debería analizar las causas de esta situación
para poder ofrecer respuestas pastorales adecuadas. Apunto algunas
apreciaciones en este sentido. 1. En un ambiente cultural de cierta
superficialidad como el que observamos con frecuencia, la Eucaristía
puede convertirse en uno más de esos acontecimientos que se suceden
sin dejar mayor impacto en las personas. Sin una vida vivida con
intensidad y profundidad no es posible vivir la Eucaristía
significativamente. La pastoral eucarística ha de tener muy presente
esta dimensión antropológico-cultural.
2. Se percibe la necesidad de una conexión más explícita entre la
celebración de la Eucaristía y la vida concreta de las personas que
participan en ella. De hecho, lo pide el número 71 del Instrumentum.
Para ello es necesario resaltar más en la catequesis eucarística y
en la misma celebración aquellos elementos que ayuden a encontrar
esta conexión. La experiencia de las comunidades ec1esiales de base
y de otras iniciativas semejantes nos iluminan sobre este punto. 3.
Un tercer aspecto tiene que ver con el lenguaje, los signos, la
misma estructura de la celebración y su modo de realizarla. A veces
da la impresión que hemos resaltado demasiado la dimensión cultual
en menoscabo de la de "Memoria y "Mesa compartida". Con ello se
pierde bastante de la fuerza provocadora que tiene la memoria de la
Pascua de Jesús y de la exigencia de fraternidad que surge del
compartir la mesa del Señor. Deberíamos buscar, en cada contexto
cultural, el modo de resaltar estas dimensiones tan fundamentales
para que el dinamismo de la Eucaristía transforme la vida de los
fieles y sea fermento de cambio en la historia concreta de los
pueblos.
[00038-04.03] [IN032] [Texto original: español]
Después han seguido las intervenciones libres.
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