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33 - 23.10.2005
RESUMEN
♦SOLEMNE CONCLUSIÓN DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO
DE LOS OBISPOS
♦ALMUERZO FRATERNO
CON EL SANTO PADRE
♦ SOLEMNE CONCLUSIÓN DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO
DE LOS OBISPOS
● HOMILÍA DEL SANTO PADRE
A las 09:30 de esta mañana 23 de octubre de 2005, XXX Domingo “per
annum”, Jornada Misionera Mundial, en la Patriarcal Basílica
Vaticana, ante la tumba del apóstol san Pedro, el Santo Padre
Benedicto XVI ha presidido la Solemne Concelebración de la
Eucaristía con los Padres Sinodales, para la Canonización de los
Beatos JÓZEF BILCZEWSKI, Obispo; GAETANO CATANOSO, Presbítero,
Fundador de la Congregación de las Hermanas Verónicas del Santo
Rostro; ZYGMUNT GORAZDOWSKI, Presbítero, Fundador de la Congregación
de las Hermanas de San José; ALBERTO HURTADO CRUCHAGA, Presbítero,
de la Compañía de Jesús; FELICE de NICOSIA, Religioso, de la Orden
Franciscana de los Frailes Menores Capuchinos, como conclusión de la
XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se
celebró en el Aula del Sínodo en la Ciudad del Vaticano desde el 2
hasta el 23 de octubre de 2005, sobre el tema “La Eucaristía: fuente
y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia” y como conclusión
del Año de la Eucaristía.
Concelebraron junto con el Papa, por las Postulaciones de las cinco
Causas de Canonización, 7 cardenales, 17 arzobispos y obispos, 7
presbíteros y 25 obispos chilenos; por la Asamblea sinodal, el
Decano del Colegio Episcopal, S.Em.R. Card. Angelo Sodano, los
Presidentes Delegados, el Relator General, el Secretario General, el
Secretario Especial y otros 320 Padres sinodales, aproximadamente;
por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el
Prefecto, el Secretario, el Secretario Adjunto y el Subsecretario.
Mientras el Santo Padre y los Concelebrantes se dirigían hacia el
Altar, se entonaba el canto de ingreso “Todos los confines de la
tierra han visto la salvación de nuestro Dios”.
Durante el Rito Sagrado, después de la proclamación del Evangelio,
el Santo Padre pronunció la homilía en italiano, con partes en
polaco, ucraniano y español, que publicamos a continuación (EMBARGO
HASTA EL MOMENTO EN QUE SERÁ PRONUNCIADA).
La Santa Misa concluyó con la Bendición Apostólica.
● HOMILÍA DEL SANTO PADRE
¡Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio!
¡Queridos hermanos y hermanas!
En este XXX Domingo del tiempo ordinario, nuestra Celebración
eucarística se enriquece con diferentes motivos de agradecimiento y
de súplica a Dios. Se concluyen contemporáneamente el Año de la
Eucaristía y la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
dedicada precisamente al misterio eucarístico en la vida y en la
misión de la Iglesia, mientras serán proclamados santos, dentro de
poco, cinco Beatos: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros
Gaetano Catanoso, Zygmunt Gorazdowski y Alberto Hurtado Cruchaga, y
el religioso Capuchino Felice de Nicosia. Además, hoy es la Jornada
Misionera Mundial, cita anual que despierta en la Comunidad eclesial
el entusiasmo por la misión. Con alegría dirijo mi saludo a todos
los presentes, a los Padres Sinodales en primer lugar, y luego a los
peregrinos que han venido de distintas naciones, junto a sus
Pastores, para festejar a los nuevos Santos. La liturgia de hoy nos
invita a contemplar la Eucaristía como fuente de santidad y alimento
espiritual para nuestra misión en el mundo: este precioso "don y
misterio" nos manifiesta y comunica la plenitud del amor de Dios.
La Palabra del Señor, escuchada hace poco en el Evangelio, nos ha
recordado que en el amor se resume toda la ley divina. El doble
mandamiento del amor de Dios y del prójimo encierra los dos aspectos
de un único dinamismo del corazón y de la vida. Jesús lleva así a
cumplimiento la revelación antigua, no agregando un mandamiento
inédito, sino cumpliendo en sí mismo y en su propia acción salvífica
la síntesis viviente de las dos grandes palabras de la antigua
Alianza: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón..." y "Amarás
a tu prójimo como a ti mismo" (cfr. Dt 6,5; Lv 19,18). En la
Eucaristía nosotros contemplamos el Sacramento de esta síntesis
viviente de la ley: Cristo nos entrega en sí mismo la plena
realización del amor por Dios y del amor por los hermanos. Y su amor
Él nos lo comunica cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su
Sangre. Entonces puede cumplirse en nosotros lo que san Pablo
escribe a los Tesalonicenses en la segunda Lectura de hoy: "Os
convertisteis a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir
a Dios vivo y verdadero" (1 Ts 1,9). Esta conversión es el principio
del camino de santidad que el cristiano está llamado a realizar en
la propia existencia. El santo es aquel que está tan. fascinado por
la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán
progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está
dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente
el amor de Dios, que experimenta en el servicio humilde y
desinteresado del prójimo, especialmente de aquellos que no tienen
la capacidad de corresponder. Desde esta perspectiva, ¡qué
providencial es el hecho de que hoy la Iglesia dé a conocer a todos
sus miembros cinco nuevos Santos que, nutridos por Cristo Pan vivo,
se convirtieron al amor y en él han infundido toda su existencia! En
diferentes situaciones y con diversos carismas, ellos han amado al
Señor con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos de forma que
se han “convertido en modelo para todos los creyentes" (J Ts 1,6-7).
El santo Józef Bilczewski fue un hombre de oración. La Santa Misa,
la Liturgia de las Horas, la meditación, el rosario y las demás
prácticas de piedad marcaban sus jornadas. Un tiempo particularmente
amplio lo dedicaba a la adoración eucarística.
También el santo Zygmunt Gorazdowski se hizo famoso por la devoción
basada en la celebración y en la adoración eucarística. El vivir la
ofrenda de Cristo lo condujo a los enfermos, los pobres y los
necesitados.
El profundo conocimiento de la teología, la fe y la devoción
eucarística de Józef Bilczewski han hecho de él un ejemplo para los
sacerdotes y un testigo para todos los fieles.
Zygmunt Gorazdowski, al fundar la Asociación de los sacerdotes, la
Congregación de las Hermanas de San José y muchas otras
instituciones caritativas, se dejó siempre guiar por el espíritu de
comunión, que plenamente se revela en la Eucaristía.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti
mismo” (Mt 22,37.39). Éste sería el programa de vida de San Alberto
Hurtado, que quiso identificarse con el Señor y amar con su mismo
amor a los pobres. La formación recibida en la Compañía de Jesús,
consolidada por la oración y la adoración de la Eucaristía, le llevó
a dejarse conquistar por Cristo, siendo un verdadero contemplativo
en la acción. En el amor y entrega total a la voluntad de Dios
encontraba la fuerza para el apostolado. Fundó El Hogar de Cristo
para los más necesitados y los sin techo, ofreciéndoles un ambiente
familiar lleno de calor humano. En su ministerio sacerdotal
destacaba por su sencillez y disponibilidad hacia los demás, siendo
una imagen viva del Maestro, “manso y humilde de corazón”. Al final
de sus días, entre los fuertes dolores de la enfermedad, aún tenía
fuerzas para repetir: “Contento, Señor, contento”, expresando así la
alegría con la que siempre vivió.
San Gaetano Catanoso fue cultor y apóstol del Santo Rostro de
Cristo. “El Santo Rostro -afirmaba- es mi vida. Es él mi fuerza”.
Con una feliz intuición conjugó esta devoción con la piedad
eucarística. Así se expresaba: “Si queremos adorar el Rostro real de
Jesús... nosotros lo encontramos en la divina Eucaristía, en el
Cuerpo y Sangre de Jesucristo se esconde bajo el blanco velo de la
Hostia el Rostro de Nuestro Señor”. La Misa cotidiana y la frecuente
adoración del Sacramento del altar fueron el alma de su sacerdocio:
con ardiente e incansable caridad pastoral él se dedicó a la
predicación, a la catequesis, al ministerio de las Confesiones, a
los pobres, a los enfermos, al cuidado de las vocaciones
sacerdotales. A las Hermanas Verónicas del Santo Rostro, que él
fundó, les transmitió el Espíritu de caridad, de humildad y de
sacrificio, que animó toda su existencia.
A San Felice de Nicosia le agradaba repetir en todas las
circunstancias, alegres o tristes: “Que sea por el amor de Dios”.
Podemos de esta manera comprender bien lo intensa y concreta que fue
en él la experiencia del amor de Dios revelado a los hombres en
Cristo. Este humilde fraile capuchino, ilustre hijo de la tierra de
Sicilia, austero y penitente, fiel a las más genuinas expresiones de
la tradición franciscana, fue gradualmente modelado y transformado
por el amor de Dios, vivido y actualizado en el amor al prójimo. El
Hermano Felice nos ayuda a descubrir el valor de las pequeñas cosas
que enriquecen la vida, y nos enseña a descubrir el sentido de la
familia y del servicio a los hermanos, mostrándonos que la alegría
verdadera y duradera, a la que aspira todo ser humano, es fruto del
amor.
Queridos y venerados Padres Sinodales, durante tres semanas hemos
vivido juntos un clima de renovado fervor eucarístico. Quisiera
ahora, con vosotros y en nombre de todo el Episcopado, enviar un
fraterno saludo a los Obispos de la Iglesia en China. Con sentida
pena hemos vivido la falta de sus representantes. Quiero también
asegurarles a todos los Prelados chinos que, con la oración, estamos
junto a ellos y a sus sacerdotes y fieles. El sufrido camino de las
comunidades, confiadas a su cuidado pastoral, está presente en
nuestro corazón: aquel no quedará sin dar fruto, porque es una
participación en el Misterio pascual, para gloria del Padre. Los
trabajos sinodales nos han permitido profundizar en los aspectos
salientes de este misterio dado a la Iglesia desde el principio. La
contemplación de la Eucaristía debe animar a todos los miembros de
la Iglesia, en primer lugar a los sacerdotes, ministros de la
Eucaristía, a reavivar su compromiso de fidelidad. Sobre el misterio
eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato que los
presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso
hacia Dios y hacia el prójimo. También para los laicos la
espiritualidad eucarística debe ser el motor interior de toda
actividad y ninguna dicotomía es admisible entre la fe y la vida en
su misión de animación cristiana del mundo. Mientras se concluye el
Año de la Eucaristía, ¿cómo no dar gracias a Dios por tantos dones
concedidos a la Iglesia en este tiempo? ¿Y cómo no retomar la
invitación del Papa Juan Pablo II para “partir desde Cristo”? Como
los discípulos de Emaús que, con el corazón ardiente por la palabra
del resucitado e iluminados por su viva presencia reconocida en el
partir el pan, sin tardanza regresaron a Jerusalén y se convirtieron
en anunciadores de la resurrección de Cristo, también nosotros
volvemos a emprender el camino, animados por el vivo deseo de
testimoniar el misterio de este amor que da esperanza al mundo.
En este perspectiva eucarística se ubica precisamente la actual
Jornada Misionera Mundial, a la que el venerado Siervo de Dios Juan
Pablo II le había dado como tema de reflexión: “Misión: Pan partido
para la vida del mundo”. La comunidad eclesial cuando celebra la
Eucaristía, especialmente en el día del señor, toma siempre mayor
conciencia de que el sacrificio de Cristo es “para todos” (Mt 26,28)
y la Eucaristía impulsa al cristiano a ser “pan partido” para los
demás, a comprometernos por un mundo más justo y fraterno. Aún hoy,
frente a las multitudes, Cristo continúa exhortando a sus
discípulos: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14,16) y, en su nombre,
los misioneros anuncian y testimonian el Evangelio, a veces también
con el sacrificio de la vida. Queridos amigos, todos debemos partir
desde la Eucaristía. Que nos ayude María, Mujer eucarística, a estar
enamorados; que nos ayude a “permanecer” en el amor de Cristo, para
ser por Él íntimamente renovados. Dóciles a la acción del Espíritu y
atentos a las necesidades de los hombres, la Iglesia será entonces,
y cada vez más, faro de luz, de verdadera alegría y de esperanza,
cumpliendo plenamente su misión de “signo e instrumento de unidad
para todo el género humano” (Lumen gentium,1).
[00332-04.05] [NNNNN] [Texto original: plurilingüe]
♦ ALMUERZO FRATERNO
CON EL SANTO PADRE
El sábado 22 de octubre, Su Santidad Benedicto XVI invitó a la
comida fraterna a los Participantes de la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos en el Atrio del Aula Pablo VI,
como signo de júbilo común en la conclusión de las intensas jornadas
de trabajo colegiado.
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