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10 - 09.10.2008
RESUMEN
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SANTA MISA EN SUFRAGIO DEL DIFUNTO SUMO PONTÍFICE PÍO XII EN EL 50º
ANIVERSARIO DE LA MUERTE
SANTA MISA EN SUFRAGIO DEL DIFUNTO SUMO PONTÍFICE PÍO
XII EN EL 50º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
-HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Hoy, jueves 9 de octubre de 2008, a las 11.30 horas, el Santo Padre
Benedicto XVI presidió, en la Basílica Vaticana, la Santa Misa en
sufragio del difunto Sumo Pontífice Pío XII, en el 50º aniversario
de la muerte Acompañó los ritos de introducción de la Celebración
Eucarística el canto de ingreso “In pace factus est locus eius, et
in Sion habitatio eius” (Su reposo está en la paz y su morada está
en Sión).
Concelebraron junto con el Santo Padre, los Señores Cardenales.
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE
En el curso del Sagrado Rito, después de la proclamación del
Evangelio, El Santo Padre pronunció la siguiente homilía:
¡Señores Cardenales,
venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas!
El pasaje del libro del Eclesiástico y el prólogo de la Primera
Carta de San Pedro, proclamados como primera y segunda lecturas, nos
ofrecen significativos elementos de reflexión en esta celebración
eucarística, durante la cual recordamos a mi venerado predecesor, el
Siervo de Dios Pío XII. Han trascurrido exactamente cincuenta años
desde su muerte, que tuvo lugar en las primeras horas del 9 de
octubre de 1958. El Eclesiástico, como hemos escuchado, ha recordado
a todos los que se proponen seguir al Señor que tienen que
prepararse a afrontar pruebas, dificultades y sufrimientos. Para no
sucumbir a ellos - advierte - se necesita un corazón recto y
constante, se necesitan la fidelidad a Dios y la paciencia, unidas a
una inflexible determinación por mantenerse en el camino del bien.
El sufrimiento afina el corazón del discípulo del Señor, como se
purifica el oro en el fuego. "Todo lo que te sobrevenga, acéptalo -
escribe el autor sagrado - y en las humillaciones, sé paciente,
porque en el fuego se purifica el oro, y los que agradan a Dios, en
el horno de la humillación" (2,4-5).
San Pedro, por su parte, en la perícope que hemos escuchado,
dirigiéndose a los cristianos de las comunidades de Asia Menor que
eran "afligidos con diversas pruebas", va incluso más allá: les pide
que, a pesar de ello, "rebosen de alegría" (1 P 1,6). En efecto, la
prueba es necesaria, observa, "a fin de que la calidad probada de
vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el
fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en
la Revelación de Jesucristo" (1 P 1,7). Y luego, por segunda vez,
los exhorta a rebosar de alegría, incluso a exultar "de alegría
inefable y gloriosa" (v. 8). La razón profunda de este gozo
espiritual está en el amor a Jesús y en la certeza de su invisible
presencia. Él hace que sean inquebrantables la fe y la esperanza de
los creyentes, incluso en las fases más complicadas y duras de su
existencia.
A la luz de estos textos bíblicos, podemos leer la vida terrena del
Papa Pacelli y su largo servicio a la Iglesia, comenzado en 1901
durante el Pontificado de León XIII, y que continuó con san Pío X,
Benedicto XV y Pío XI. Estos textos bíblicos nos ayudan ante todo a
comprender cuál fue la fuente de la que sacó valor y paciencia en su
ministerio pontifical, desarrollado durante los atormentados años
del segundo conflicto mundial y el periodo siguiente, no menos
complejo, de la reconstrucción y de las difíciles relaciones
internacionales pasadas a la historia con el significativo nombre de
"guerra fría".
"Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam": con esta
invocación del Salmo 50/51 Pío XII comenzaba su testamento. Y seguía:
"Estas palabras, que, consciente de no ser digno y de no estar a la
altura, pronuncié en el momento en el que acepté, temblando, mi
elección a Sumo Pontífice, con mayor fundamento las repito ahora".
En ese momento faltaban dos años para su muerte. Abandonarse en las
manos misericordiosas de Dios: ésta fue la actitud que cultivó
constantemente este venerado Predecesor mío, último de los Papas
nacidos en Roma y perteneciente a una familia ligada desde hacía
muchos años a la Santa Sede. En Alemania, donde llevó a cabo su
tarea de Nuncio Apostólico, primero en Munich y luego en Berlín
hasta 1929, dejó tras de sí una grata memoria, sobre todo por haber
colaborado con Benedicto XV en el intento de detener "la inútil
masacre" de la Gran Guerra, y por haber advertido desde el principio
el peligro que constituía la monstruosa ideología nacionalsocialista
con su perniciosa raíz antisemita y anticatólica. Creado Cardenal en
diciembre de 1929, y nombrado Secretario de Estado poco después,
durante nueve años fue fiel colaborador de Pío XI, en una época
marcada por los totalitarismos: el fascista, el nazi y el comunista
soviético, condenados respectivamente en las Encíclicas Non abbiamo
bisogno, Mit Brennender Sorge y Divini Redemptoris.
"El que escucha mi palabra y cree… tiene vida eterna" (Jn 5,24).
Esta afirmación de Jesús, que hemos escuchado en el Evangelio, nos
hace pensar en los momentos más duros del pontificado de Pío XII
cuando, al darse cuenta del menoscabo de toda certeza humana, sentía
una gran necesidad, también mediante un constante esfuerzo ascético,
de adherirse a Cristo, única certeza que no decae. La Palabra de
Dios se convertía así en luz de su camino, un camino en el que el
Papa Pacelli ofreció su consuelo a evacuados y perseguidos, tuvo que
secar lágrimas de dolor y llorar las innumerables víctimas de la
guerra. Sólo Cristo es verdadera esperanza del hombre; sólo
confiando en él el corazón humano puede abrirse al amor que vence el
odio. Esta conciencia acompañó a Pío XII en su ministerio de Sucesor
de Pedro, ministerio que comenzó precisamente cuando se adensaban
sobre Europa y el resto del mundo las nubes amenazadoras de un nuevo
conflicto mundial, que intentó evitar por todos los medios: "El
peligro es inminente, pero todavía hay tiempo. Con la paz, nada está
perdido. Todo puede perderse con la guerra", gritó en su mensaje por
radio del 24 de agosto de 1939 (AAS, XXXI, 1939, p. 334).
La guerra puso en evidencia el amor que nutría por su “Roma dilecta”,
amor testimoniado por la intensa obra de caridad que promovió en
defensa de los perseguidos, sin distinción alguna de religión,
etnia, nacionalidad, ideología política.
Cuando, con la ciudad ocupada, le aconsejaron repetidas veces que
dejara el Vaticano para ponerse a salvo, su respuesta fue siempre
idéntica y decidida: “No dejaré Roma y mi puesto, aunque tuviese que
morir”(cfr Summarium, p. 186). Los familiares y otros testigos
hablaron también de la falta de alimentos, calefacción, ropa y
comodidades, privaciones a las que se sometió voluntariamente para
compartir las condiciones de la gente duramente debilitada por los
bombardeos y las consecuencias de la guerra (cfr A. Tornielli, Pio
XII, Un uomo sul trono di Pietro). Y ¿cómo olvidar el mensaje
navideño enviado por la radio en diciembre de 1942? Con la voz
quebrada por la emoción deploró la situación de los “centenares de
miles de personas, las cuales, sin culpa alguna, a veces sólo por
razones de nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un
progresivo deterioro” (AAS, XXXV, 1943, p 23), con una clara
referencia a la deportación y al extermino perpetrado con los judíos.
A menudo actuó de manera secreta y silenciosa, precisamente porque,
consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento
histórico, él intuía que sólo de ese modo se podía evitar lo peor y
salvar el mayor número posible de judíos. Debido a estas
intervenciones, recibió numerosas y unánimes pruebas de gratitud al
final de la guerra, así como en el momento de su muerte, de las
autoridades más relevantes del mundo judío, como, por ejemplo, el
Ministro de Asuntos Exteriores de Israel Golda Meir, que así
escribió: “Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro
pueblo, durante los diez años de terror nazi, la voz del Pontífice
se alzó en favor de las víctimas”, concluyendo con emoción:
“Nosotros lloramos la pérdida de un gran servidor de la paz”.
Lamentablemente, el debate histórico, no siempre sereno, sobre la
figura del Siervo de Dios Pío XII, ha descuidado algunos aspectos de
su poliédrico pontificado. Muchísimos fueron los discursos, las
alocuciones y los mensajes que sostuvo con científicos, médicos y
exponentes de los más variados grupos profesionales, algunos de los
cuales siguen siendo todavía hoy de una extraordinaria actualidad y
un punto seguro de referencia. Pablo VI, que fue su fiel colaborador
durante muchos años, lo describió como un erudito, un estudioso
atento, abierto a los modernos caminos de la investigación y de la
cultura, con una fidelidad siempre firme y coherente tanto con los
principios de la racionalidad humana como con el intangible depósito
de las verdades de la fe. Lo consideraba como un precursor del
Concilio Vaticano II (cfr Angelus del 10 de marzo de 1974). En esta
perspectiva, muchos documentos suyos merecerían ser recordados, pero
me limito a citar sólo algunos. Con la Encíclica Mystici Corporis,
publicada el 29 de junio de 1943 mientras la guerra aún arreciaba,
él describía las relaciones espirituales y visibles que unen a los
hombres con el Verbo encarnado y proponía incluir en esa perspectiva
todos los principales temas de la eclesiología, ofreciendo por
primera vez una síntesis dogmática y teológica que fue luego la base
de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium.
Pocos meses después, el 20 de septiembre de 1943, con la Encíclica
Divino afflante Spiritu establecía las normas doctrinales para el
estudio de la Sagrada Escritura, poniendo de relieve la importancia
y el papel de la vida cristiana. Se trata de un documento que da
testimonio de una gran apertura hacia la investigación científica de
los textos bíblicos. ¿Cómo no recordar esta Encíclica mientras se
están llevando a cabo los trabajos del Sínodo que tiene como tema
precisamente “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la
Iglesia”? Se debe a la intuición profética de Pío XII la puesta en
marcha de un serio estudio sobre las características de la
historiografía antigua, para comprender mejor la naturaleza de los
libros sagrados, sin debilitar ni negar el valor histórico. Un
estudio más profundo de los “géneros literarios”, cuya finalidad era
comprender mejor lo que el autor sagrado había querido decir, hasta
el año 1943 se miraba con una cierta sospecha, debido también a los
abusos que se habían producido.
La Encíclica reconocía su justa aplicación , declarando legítimo
para el estudio el uso, no sólo del Antiguo Testamento, sino también
del Nuevo. “ Hoy ,además, este arte - explicó el Papa - que suele
llamarse crítica textual y en las ediciones de los autores profanos
se emplea con gran exaltación e iguales resultados, se aplica con
pleno derecho a los Sagrados Libros precisamente por la reverencia
debida a la palabra de Dios”. Y agrega: “El objetivo de aquel es, de
hecho, devolver el texto sagrado, con la mayor precisión posible, a
su primitivo contenido, purgándolo de las deformaciones introducidas
por los errores de los copistas y liberándolo de las anotaciones y
lagunas, de la transposición de palabras, de las repeticiones y de
otros defectos de todo género que en los escritos transmitidos a
mano durante muchos siglos suelen infiltrarse” (AAS, XXXV, 1943, p.
336).
La tercera Encíclica que quisiera mencionar es la Mediator Dei,
dedicada a la liturgia, publicada el 20 de noviembre de 1947. Con
este Documento el Siervo de Dios dio impulso al movimiento litúrgico,
insistiendo en el “elemento esencial del culto”, que “debe ser el
interior: es necesario, de hecho -escribió -, vivir siempre en
Cristo, dedicarse por completo a Él, para que en Él, con Él y por Él
se dé gloria al Padre. La sagrada Liturgia requiere que estos dos
elementos estén íntimamente unidos... De otra forma, la religión se
convierte en un formalismo sin fundamento y sin contenido”. No
podemos , además, no hacer mención al impulso notable que este
Pontífice imprimió a la actividad misionera de la iglesia con las
Encíclicas Evangelii praecones (1951) y Fidei donum (1957), poniendo
de relieve el deber de cada comunidad de anunciar el Evangelio a las
gentes, como el Concilio Vaticano II hará con valiente vigor.
Asimismo, el Papa Pacelli había demostrado su amor por las misiones
desde el comienzo de su pontificado cuando, en octubre de 1939,
había querido consagrar personalmente doce Obispos de países de
misión, entre los cuales un indio, un chino, un japonés, el primer
obispo africano y el primer obispo de Madagascar. Una de sus
constantes preocupaciones pastorales fue, por último,la promoción
del papel de los laicos, para que la comunidad eclesial pudiera
aprovechar todos los recursos y energías disponibles. También por
este motivo la Iglesia y el mundo le están agradecidos.
Queridos hermanos y hermanas, mientras rezamos para que continúe
felizmente la causa de la beatificación del Siervo de Dios Pio XII,
es bueno recordar que la santidad fue su ideal, ideal que propuso a
todos. Por eso impulsó las causas de beatificación y de canonización
de personas pertenecientes a pueblos diversos, representantes de
todos los estados de vida, funciones y profesiones, reservando un
gran espacio a las mujeres. Y precisamente fue a María, la Mujer de
la Salvación, a quien indicó como signo de segura esperanza para la
humanidad cuando proclamó el dogma de la Asunción durante el Año
Santo de 1950. En este mundo nuestro, como también entonces, lleno
de preocupaciones y angustias por su futuro; en este mundo, donde,
tal vez más que entonces, el alejamiento de muchos de la verdad y de
la virtud deja entrever unos escenarios privados de esperanza, Pio
XII nos invita a dirigir nuestra mirada a María en su asunción a la
gloria celeste. Nos invita a invocarla con confianza, para que nos
haga apreciar cada vez más el valor de la vida en la tierra y nos
ayude a dirigir la mirada hacia la meta verdadera a la cual todos
estamos destinados: esa vida eterna que, como asegura Jesús, posee
ya quien escucha y sigue su palabra. ¡Amen!
[00123-04.04] [NNNNN] [Texto original: italiano]
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