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17 - 12.10.2008
RESUMEN
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CAPILLA PAPAL
(DOMINGO 12 DE OCTUBRE 2008)
CAPILLA PAPAL
(DOMINGO 12 DE OCTUBRE 2008)
- HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Ayer, 12 de octubre de 2008, XXVIII domingo del tiempo "per annum",
a las 10:00, el Santo Padre Benedicto XVI ha celebrado la Eucaristía
en el atrio de la Basílica Vaticana y procedió a la Canonización de
los Beatos Gaetano Errico, presbítero, fundador de los Misioneros de
los Sagrados Corazones de Jesús y María; María Bernarda (Verena)
Bütler, virgen, fundadora de la Congregación de las Hermanas
Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora; Alfonsa de la
Inmaculada Concepción (Anna Muttathupadathu), virgen de la
Congregación de las Franciscanas Clarisas; Narcisa de Jesús Martillo
Morán, laica.
Concelebraron los miembros de la Capilla Papal y otros 40
celebrantes. Cardenales diáconos: S. Em. Card. Jorge María Mejía y
S. Em. Card. Georges Marie Martin Cottier, O.P. Entre los
celebrantes estuvieron los obispos de las Causas de Canonización S.
Em. R. Card. Crescenzio Sepe, Arzobispo de Nápoles; S.E.R. Mons.
Antonio Arregui Yarza, Arzobispo de Guayaquil; S.E.R. Mons. Jorge
Enrique Jiménez Carvajal, Arzobispo de Cartagena; S.E.R. Mons.
Joseph Kallarangatt, Obispo de Palai. Acompañaron los ritos de
introducción de la Celebración Eucarística el canto de ingreso "Viderunt
omnes termini terrae salutare Dei nostri" (Todos los confines de la
tierra han visto la salvación de nuestro Dios).
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Durante el Sagrado Rito, después de la proclamación del Evangelio,
el Santo Padre realizó la siguiente Homilía.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, cuatro nuevas figuras de santos han sido propuestas a la
veneración de la Iglesia universal: Gaetano Errico, Maria Bernarda
Bütler, Alfonsa de la Inmaculada Concepción y Narcisa de Jesús
Martillo Morán. La liturgia nos las presenta con la imagen
evangélica de los invitados que participan en el banquete revestidos
con el traje nupcial. La del banquete es una imagen que encontramos
también en la primera Lectura y en otras páginas de la Biblia: es
una imagen jubilosa porque el banquete acompaña la celebración de
una boda, la Alianza de amor entre Dios y su Pueblo. Hacia esta
Alianza los profetas del Antiguo Testamento orientaron
constantemente la espera de Israel. En una época marcada por pruebas
de todo tipo, cuando las dificultades estaban a punto de desalentar
al Pueblo elegido, he aquí que se elevó la voz tranquilizadora del
profeta Isaías: “Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este
monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos:
manjares de tuétanos, vinos depurados” (25, 6). Dios pondrá fin a la
tristeza y a la vergüenza de su Pueblo, que finalmente podrá vivir
feliz en comunión con Él. Dios no abandona jamás a su pueblo: por
esto el profeta invita al júbilo: “Ahí tenéis a nuestro Dios:
esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos
regocijamos y nos alegramos por su salvación” (v. 9).
Si la primera Lectura exalta la fidelidad de Dios a su promesa, el
Evangelio con la parábola del banquete nupcial nos hace reflexionar
sobre la respuesta humana. Algunos invitados de la primera hora
rechazaron la invitación porque estaban ocupados en distintos
asuntos; otros incluso despreciaron la invitación del rey provocando
un castigo que cayó no sólo sobre ellos, sino sobre toda la ciudad.
Sin embargo, el rey no se desanima y envía a sus siervos a buscar a
otros comensales que llenen la sala de su banquete. De esta forma,
el rechazo de los primeros tuvo como efecto que la invitación se
extendiera a todos, con una predilección especial por los pobres y
los desheredados. Es lo que ha ocurrido en el Misterio pascual: la
arrogancia del mal ha sido derrotada por la omnipotencia del amor de
Dios. El señor resucitado ya puede invitar a todos al banquete del
júbilo pascual, proporcionando Él mismo a los comensales los
vestidos nupciales, símbolo del don gratuito de la gracia
santificante.
Pero a la generosidad de Dios tiene que responder la libre adhesión
del hombre. Es este precisamente el camino generoso que han
recorrido también quienes hoy veneramos como santos. En el bautismo
ellos recibieron el traje nupcial de la gracia divina, lo han
conservado puro o lo han purificado y vuelto espléndido a lo largo
de sus vidas mediante los Sacramentos. Ahora forman parte del
banquete nupcial del Cielo. De la fiesta final del Cielo es una
anticipo el banquete de la Eucaristía, al que el Señor nos invita
cada día y en el que debemos participar con el traje nupcial de su
gracia. Si alguna vez se mancha o se estropea con el pecado este
vestido, la bondad de Dios no nos rechaza ni nos abandona a nuestro
destino, sino que nos ofrece con el sacramento de la Reconciliación
la posibilidad de conseguir íntegramente el traje nupcial necesario
para la fiesta.
El ministerio de la Reconciliación es, así pues, un ministerio
siempre actual. A éste el sacerdote Gaetano Errico, fundador de la
Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y
María, se dedicó con diligencia, asiduidad y paciencia, sin negarse
jamás y sin ahorrar esfuerzos. Él se inscribe de esta forma entre
las figuras extraordinarias de presbíteros que, incansables, han
hecho del confesionario el lugar para dispensar la misericordia de
Dios, ayudando a los hombres a encontrarse a sí mismos, a luchar
contra el pecado y a avanzar en el camino de la vida espiritual. La
calle y el confesionario fueron los lugares privilegiados de la
acción pastoral de este nuevo santo. La calle le permitía encontrar
a las personas a las que solía dirigir su habitual invitación: “Dios
te quiere, ¿cuándo nos vemos?”, y en el confesionario les hacía
posible el encuentro con la misericordia del padre celestial.
¡Cuántas heridas del alma salvó de esta forma! ¡A cuántas personas
ha llevado a reconciliarse con Dios mediante el Sacramento del
perdón! De este modo, san Gaetano Errico se transformó en un
especialista de la “ciencia” del perdón, y se preocupó de enseñarla
a sus misioneros a quienes aconsejaba: “Dios, que no quiere la
muerte del pecador, siempre es más misericordioso que sus ministros;
por eso sed todo lo misericordiosos que podáis, porque encontraréis
misericordia en Dios”.
María Bernarda Bütler, nacida en Auw, en el cantón suizo de Argovia,
vivió la experiencia de un amor profundo por el Señor cuando todavía
era muy joven. Como dijo, “es casi imposible de explicar a quienes
aún no lo han probado personalmente”. Este amor llevó a Verena
Bütler, como se llamaba entonces, a entrar en el monasterio de las
capuchinas de María Auxiliadora de Altstätten, donde con 21 años
hizo los votos. A los 40 años recibió su vocación misionera y se fue
a Ecuador y luego a Colombia. Por su vida y su compromiso a favor de
la gente, el 29 de octubre de 1995 mi venerado predecesor Juan Pablo
II la elevó a los altares como Beata.
La Madre María Bernarda, una figura muy recordada y querida sobre
todo en Colombia, entendió a fondo que la fiesta que el Señor ha
preparado para todos los pueblos está representada de modo muy
particular por la Eucaristía. En ella, el mismo Cristo nos recibe
como amigos y se nos entrega en la mesa del pan y de la palabra,
entrando en íntima comunión con cada uno. Ésta es la fuente y el
pilar de la espiritualidad de esta nueva Santa, así como de su
impulso misionero que la llevó a dejar su patria natal, Suiza, para
abrirse a otros horizontes evangelizadores en Ecuador y Colombia. En
las serias adversidades que tuvo que afrontar, incluido el exilio,
llevó impresa en su corazón la exclamación del salmo que hemos oído
hoy: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas
conmigo” (Ps 22, 4). De este modo, dócil a la Palabra de Dios
siguiendo el ejemplo de María, hizo como los criados de que nos
habla el relato del Evangelio que hemos escuchado: fue por doquier
proclamando que el Señor invita a todos a su fiesta. Así hacía
partícipes a los demás del amor de Dios al que ella dedicó con
fidelidad y gozo toda su vida.“Eliminar la muerte para siempre, el
Señor Dios secará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25:8).
Estas palabras del profeta Isaías contienen la promesa que fue el
apoyo de Alphonsa de la Inmaculada Concepción en una vida de
extremos sufrimientos psicológicos y espirituales . Esta excepcional
mujer, que hoy ofrece al pueblo de India su primera santa canonizada,
estaba convencida de que su cruz era el verdadero medio para
alcanzar el banquete que el Padre había preparado para ella. Al
aceptar la invitación a la fiesta nupcial, y al revestirse con los
ropajes de la gracia de Dios a través de la oración y el sufrimiento,
ella vivió su vida conforme a la de Cristo y ahora goza del
“banquete de alimentos suculentos y vinos refinados” …….(cf. Is
23,6). Ella escribió, “Yo considero un día sin sufrimientos como un
día perdido”. Ojalá podamos imitarla al llevar nuestras propias
cruces para poder con ella gozar del paraíso.
La joven laica ecuatoriana Narcisa de Jesús Martillo Morán nos
ofrece un ejemplo acabado de respuesta pronta y generosa a la
invitación que el Señor nos hace a participar de su amor. Ya desde
una edad muy temprana, al recibir el sacramento de la Confirmación,
sintió clara en su corazón la llamada a vivir una vida de santidad y
de entrega a Dios. Para secundar con docilidad la acción del
Espíritu Santo en su alma, buscó siempre el consejo y la guía de
buenos y expertos sacerdotes, considerando la dirección espiritual
como uno de los medios más eficaces para llegar a la santificación.
Santa Narcisa de Jesús nos muestra un camino de perfección cristiana
asequible a todos los fieles. A pesar de las abundantes y
extraordinarias gracias recibidas, su existencia transcurrió con
gran sencillez, dedicada a su trabajo como costurera y a su
apostolado como catequista. En su amor apasionado a Jesús, que la
llevó a emprender un camino de intensa oración y mortificación, y a
identificarse cada vez más con el misterio de la Cruz, nos ofrece un
testimonio atrayente y un ejemplo acabado de una vida totalmente
dedicada a Dios y a los hermanos.
Queridos hermanos y hermanas, agradecemos al Señor el don de la
santidad, que hoy resplandece en la Iglesia con especial belleza.
Jesús nos invita a seguirlo, como estos Santos, en el camino de la
cruz, para recibir luego como herencia la vida eterna que El nos
regaló muriendo por nosotros. Que el ejemplo de ellos nos aliente;
sus enseñanzas nos orienten y animen; su intercesión nos sostenga en
las fatigas cotidianas, para que un día tambien nosotros lleguemos a
compartir con ellos y con todos los santos la alegria del banquete
eterno en la Jerusalén celestial. Nos obtenga esta gracia sobre todo
Maria, Reina de todos los santos, que en este mes de octubre
veneramos con particular devoción. Amén.
[00202-04.02] [NNNNN] [Texto original: plurilingüe]
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