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34 - 24.10.2008
VERSIÓN ACTUALIZADA A LAS 19.00
RESUMEN
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MENSAJE AL PUEBLO DE DIOS DE LA XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
MENSAJE AL PUEBLO DE DIOS DE LA XII ASAMBLEA GENERAL
ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
En la Vigésimoprimera Congregación General de hoy, viernes 24 de
octubre de 2008, los Padres sinodales han aprobado el Mensaje del
Sínodo de los Obispos al Pueblo de Dios, como conclusión de la XII
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Publicamos a continuación el texto integral de la versión en
español:
A los hermanos y hermanas “paz ... y caridad con fe de parte de Dios
Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a
nuestro Señor Jesucristo en la vida incorruptible”. Con este saludo
tan intenso y apasionado san Pablo concluía su Epístola a los
cristianos de Éfeso (6, 23-24). Con estas mismas palabras nosotros,
los Padres sinodales, reunidos en Roma para la XII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos bajo la guía del Santo Padre
Benedicto XVI, comenzamos nuestro mensaje dirigido al inmenso
horizonte de todos aquellos que en las diferentes regiones del mundo
siguen a Cristo como discípulos y continúan amándolo con amor
incorruptible.
A ellos les propondremos de nuevo la voz y la luz de la Palabra de
Dios, repitiendo la antigua llamada: “La palabra está muy cerca de
ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica” (Dt
30,14). Y Dios mismo le dirá a cada uno: “Hijo de hombre, todas las
palabras que yo te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas
atentamente” (Ez 3,10). Ahora les propondremos a todos un viaje
espiritual que se desarrollará en cuatro etapas y desde lo eterno y
lo infinito de Dios nos conducirá hasta nuestras casas y por las
calles de nuestras ciudades.
I. LA VOZ DE LA PALABRA: LA REVELACIÓN
1. “El Señor les habló desde fuego, y ustedes escuchaban el sonido
de sus palabras, pero no percibían ninguna figura: sólo se oía la
voz” (Dt 4,12). Es Moisés quien habla, evocando la experiencia
vivida por Israel en la dura soledad del desierto del Sinaí. El
Señor se había presentado, no como una imagen o una efigie o una
estatua similar al becerro de oro, sino con “rumor de palabras”. Es
una voz que había entrado en escena en el preciso momento del
comienzo de la creación, cuando había rasgado el silencio de la
nada: “En el principio... dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz... En el
principio existía la Palabra... y la Palabra era Dios ... Todo se
hizo por ella y sin ella no se hizo nada” (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3).
Lo creado no nace de una lucha intradivina, como enseñaba la antigua
mitología mesopotámica, sino de una palabra que vence la nada y crea
el ser. Canta el Salmista: “Por la Palabra del Señor fueron hechos
los cielos, por el aliento de su boca todos sus ejércitos ... pues
él habló y así fue, él lo mandó y se hizo” (Sal 33, 6.9). Y san
Pablo repetirá “Dios que da la vida a los muertos y llama a las
cosas que no son para que sean” (Rm 4, 17). Tenemos de esta forma
una primera revelación “cósmica” que hace que lo creado se asemeje a
una especie de inmensa página abierta delante de toda la humanidad,
en la que se puede leer un mensaje del Creador: “Los cielos cuentan
la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos; el
día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la
noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz que pueda oírse, por
toda la tierra resuena su proclama, por los confines del orbe” (Sal
19, 2-5).
2. Pero la Palabra divina también se encuentra en la raíz de la
historia humana. El hombre y la mujer, que son “imagen y semejanza
de Dios” (Gn 1, 27) y que por tanto llevan en sí la huella divina,
pueden entrar en diálogo con su Creador o pueden alejarse de él y
rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la Palabra de Dios salva
y juzga, penetra en la trama de la historia con su tejido de
situaciones y acontecimientos: “He visto la aflicción de mi pueblo
en Egipto, he escuchado el clamor ... conozco sus sufrimientos. He
bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para sacarlo de
esta tierra a una tierra buena y espaciosa ...” (Ex 3, 7-8). Hay,
por tanto, una presencia divina en las situaciones humanas que,
mediante la acción del Señor de la historia, se insertan en un plan
más elevado de salvación, para que “todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4).
3. La Palabra divina eficaz, creadora y salvadora, está por tanto en
el principio del ser y de la historia, de la creación y la
redención. El Señor sale al encuentro de la humanidad proclamando:
“Lo digo y lo hago” (Ez 37,14). Sin embargo, hay una etapa posterior
que la voz divina recorre: es la de la Palabra escrita, la Graphé o
las Graphai, las Escrituras sagradas, como se dice en el Nuevo
Testamento. Ya Moisés había descendido de la cima del Sinaí llevando
“las dos tablas del Testimonio en su mano, tablas escritas por ambos
lados; por una y otra cara estaban escritas. Las tablas eran obra de
Dios, y la escritura era escritura de Dios” (Ex 32,15-16). Y el
propio Moisés prescribirá a Israel que conserve y reescriba estas
“tablas del Testimonio”: “Y escribirás en esas piedras todas las
palabras de esta Ley. Grábalas bien” (Dt 27, 8).
Las Sagradas Escrituras son el “testimonio” en forma escrita de la
Palabra divina, son el memorial canónico, histórico y literario que
atestigua el evento de la Revelación creadora y salvadora. Por
tanto, la Palabra de Dios precede y excede la Biblia, si bien está
“inspirada por Dios” y contiene la Palabra divina eficaz (cf. 2 Tm
3, 16). Por este motivo nuestra fe no tiene en el centro sólo un
libro, sino una historia de salvación y, como veremos, una persona,
Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, hombre, historia.
Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se
extiende más allá de la Escritura, es necesaria la constante
presencia del Espíritu Santo que “guía hasta la verdad completa” (Jn
16, 13) a quien lee la Biblia. Es ésta la gran Tradición, presencia
eficaz del “Espíritu de verdad” en la Iglesia, guardián de las
Sagradas Escrituras, auténticamente interpretadas por el Magisterio
eclesial. Con la Tradición se llega a la comprensión, la
interpretación, la comunicación y el testimonio de la Palabra de
Dios. El propio san Pablo, cuando proclamó el primer Credo
cristiano, reconocerá que “transmitió” lo que él “a su vez recibió”
de la Tradición (1 Cor 15, 3-5).
II. EL ROSTRO DE LA PALABRA: JESUCRISTO
4. En el original griego son sólo tres las palabras fundamentales:
Lógos, sarx, eghéneto, “el Verbo/Palabra se hizo carne”. Sin
embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y teológica
que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el corazón
mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el
espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan
es así que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como
hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: “Queremos ver a
Jesús” (Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas,
porque no cumplen plenamente el encuentro, como recordaba Job,
cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: “Sólo
de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (42, 5).
Cristo es “la Palabra que está junto a Dios y es Dios”, es “imagen
de Dios invisible, primogénito de toda la creación” (Col 1, 15);
pero también es Jesús de Nazaret, que camina por las calles de una
provincia marginal del imperio romano, que habla una lengua local,
que presenta los rasgos de un pueblo, el judío, y de su cultura. El
Jesucristo real es, por tanto, carne frágil y mortal, es historia y
humanidad, pero también es gloria, divinidad, misterio: Aquel que
nos ha revelado el Dios que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El
Hijo de Dios sigue siendo el mismo aún en ese cadáver depositado en
el sepulcro y la resurrección es su testimonio vivo y eficaz.
5. Así pues, la tradición cristiana ha puesto a menudo en paralelo
la Palabra divina que se hace carne con la misma Palabra que se hace
libro. Es lo que ya aparece en el Credo cuando se profesa que el
Hijo de Dios “por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la
Virgen”, pero también se confiesa la fe en el mismo “Espíritu Santo
que habló por los profetas”. El Concilio Vaticano II recoge esta
antigua tradición según la cual “el cuerpo del Hijo es la Escritura
que nos fue transmitida” - como afirma san Ambrosio (In Lucam VI,
33) - y declara límpidamente: “Las palabras de Dios expresadas con
lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en
otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la
debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (DV 13).
En efecto, la Biblia es también “carne”, “letra”, se expresa en
lenguas particulares, en formas literarias e históricas, en
concepciones ligadas a una cultura antigua, guarda la memoria de
hechos a menudo trágicos, sus páginas están surcadas no pocas veces
de sangre y violencia, en su interior resuena la risa de la
humanidad y fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de los
infelices y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión
“carnal”, exige un análisis histórico y literario, que se lleva a
cabo a través de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la
exégesis bíblica. Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso el
más sencillo, debe tener un conocimiento proporcionado del texto
sagrado recordando que la Palabra está revestida de palabras
concretas a las que se pliega y adapta para ser audible y
comprensible a la humanidad.
Éste es un compromiso necesario: si se lo excluye, se podría caer en
el fundamentalismo que prácticamente niega la encarnación de la
Palabra divina en la historia, no reconoce que esa palabra se
expresa en la Biblia según un lenguaje humano, que tiene que ser
descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la inspiración
divina no ha borrado la identidad histórica y la personalidad propia
de los autores humanos. Sin embargo, la Biblia también es Verbo
eterno y divino y por este motivo exige otra comprensión, dada por
el Espíritu Santo que devela la dimensión trascendente de la Palabra
divina, presente en las palabras humanas.
6. He aquí, por tanto, la necesidad de la “viva Tradición de toda la
Iglesia” (DV 12) y de la fe para comprender de modo unitario y pleno
las Sagradas Escrituras. Si nos detenemos sólo en la “letra”, la
Biblia entonces se reduce a un solemne documento del pasado, un
noble testimonio ético y cultural. Pero si se excluye la
encarnación, se puede caer en el equívoco fundamentalista o en un
vago espiritualismo o psicologismo. El conocimiento exegético tiene,
por tanto, que entrelazarse indisolublemente con la tradición
espiritual y teológica para que no se quiebre la unidad divina y
humana de Jesucristo, y de las Escrituras.
En esta armonía reencontrada, el rostro de Cristo brillará en su
plenitud y nos ayudará a descubrir otra unidad, la unidad profunda e
íntima de las Sagradas Escrituras, el hecho de ser, en realidad 73
libros, que sin embargo se incluyen en un único “Canon”, en un único
diálogo entre Dios y la humanidad, en un único designio de
salvación. “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado
a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hb 1, 1-2). Cristo
proyecta de esta forma retrospectivamente su luz sobre la entera
trama de la historia de la salvación y revela su coherencia, su
significado, su dirección.
Él es el sello, “el Alfa y la Omega” (Ap 1, 8) de un diálogo entre
Dios y sus criaturas repartido en el tiempo y atestiguado en la
Biblia. Es a la luz de este sello final cómo adquieren su “pleno
sentido” las palabras de Moisés y de los profetas, como había
indicado el mismo Jesús aquella tarde de primavera, mientras él iba
de Jerusalén hacia el pueblo de Emaús, dialogando con Cleofás y su
amigo, cuando “les explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras” (Lc 24, 27).
Precisamente porque en el centro de la Revelación está la Palabra
divina transformada en rostro, el fin último del conocimiento de la
Biblia no está “en una decisión ética o una gran idea, sino en el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus
caritas est, 1).
III. LA CASA DE LA PALABRA: LA IGLESIA
Como la sabiduría divina en el Antiguo Testamento, había edificado
su casa en la ciudad de los hombres y de las mujeres, sosteniéndola
sobre sus siete columnas (cf. Pr 9, 1), también la Palabra de Dios
tiene una casa en el Nuevo Testamento: es la Iglesia que posee su
modelo en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia, fundada sobre
Pedro y los apóstoles y que hoy, a través de los obispos en comunión
con el sucesor de Pedro, sigue siendo garante, animadora e
intérprete de la Palabra (cf. LG 13). Lucas, en los Hechos de los
Apóstoles (2, 42), esboza la arquitectura basada sobre cuatro
columnas ideales: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la
enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la
fracción del pan, y en las oraciones”.
7. En primer lugar, esto es la didaché apostólica, es decir, la
predicación de la Palabra de Dios. El apóstol Pablo, en efecto, nos
advierte que “la fe por lo tanto, nace de la predicación y la
predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rm 10,
17). Desde la Iglesia sale la voz del mensajero que propone a todos
el kérygma, o sea el anuncio primario y fundamental que el mismo
Jesús había proclamado al comienzo de su ministerio público: “el
tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. Arrepentíos! Y
creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Los apóstoles anuncian la
inauguración del Reino de Dios y, por lo tanto, de la decisiva
intervención divina en la historia humana, proclamando la muerte y
la resurrección de Cristo: “En ningún otro hay salvación, ni existe
bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos
salvarnos” (Hch 4, 12). El cristiano da testimonio de su esperanza:
“háganlo con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de
conciencia”, preparado sin embargo a ser también envuelto y tal vez
arrollado por el torbellino del rechazo y de la persecución,
consciente de que “es mejor sufrir por hacer el bien, si ésa es la
voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1 Pe 3, 16-17).
En la Iglesia resuena, después, la catequesis que está destinada a
profundizar en el cristiano “el misterio de Cristo a la luz de la
Palabra para que todo el hombre sea irradiado por ella” (Juan Pablo
II, Catechesi tradendae, 20). Pero el apogeo de la predicación está
en la homilía que aún hoy, para muchos cristianos, es el momento
culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En este acto, el
ministro debería transformarse también en profeta. En efecto, Él
debe con un lenguaje nítido, incisivo y sustancial y no sólo con
autoridad “anunciar las maravillosas obras de Dios en la historia de
la salvación” (SC 35) - ofrecidas anteriormente, a través de una
clara y viva lectura del texto bíblico propuesto por la liturgia -
pero que también debe actualizarse según los tiempos y momentos
vividos por los oyentes, haciendo germinar en sus corazones la
pregunta para la conversión y para el compromiso vital: “¿qué
tenemos que hacer?” (He 2, 37).
El anuncio, la catequesis y la homilía suponen, por lo tanto, la
capacidad de leer y de comprender, de explicar e interpretar,
implicando la mente y el corazón. En la predicación se cumple, de
este modo, un doble movimiento. Con el primero se remonta a los
orígenes de los textos sagrados, de los eventos, de las palabras
generadoras de la historia de la salvación para comprenderlas en su
significado y en su mensaje. Con el segundo movimiento se vuelve al
presente, a la actualidad vivida por quien escucha y lee siempre a
la luz del Cristo que es el hilo luminoso destinado a unir las
Escrituras. Es lo que el mismo Jesús había hecho - como ya dijimos -
en el itinerario de Jerusalén a Emaús, en compañía de sus dos
discípulos. Esto es lo que hará el diácono Felipe en el camino de
Jerusalén a Gaza, cuando junto al funcionario etíope instituirá ese
diálogo emblemático: “¿Entiendes lo que estás leyendo? [...] ¿Cómo
lo voy a entender si no tengo quien me lo explique?” (Hch 8, 30-31).
Y la meta será el encuentro íntegro con Cristo en el sacramento. De
esta manera se presenta la segunda columna que sostiene la Iglesia,
casa de la Palabra divina.
8. Es la fracción del pan. La escena de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) una
vez más es ejemplar y reproduce cuanto sucede cada día en nuestras
iglesias: después de la homilía de Jesús sobre Moisés y los profetas
aparece, en la mesa, la fracción del pan eucarístico. Éste es el
momento del diálogo íntimo de Dios con su pueblo, es el acto de la
nueva alianza sellada con la sangre de Cristo (cf. Lc 22, 20), es la
obra suprema del Verbo que se ofrece como alimento en su cuerpo
inmolado, es la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia. La narración evangélica de la última cena, memorial del
sacrificio de Cristo, cuando se proclama en la celebración
eucarística, en la invocación del Espíritu Santo, se convierte en
evento y sacramento. Por esta razón es que el Concilio Vaticano II,
en un pasaje de gran intensidad, declaraba: “La Iglesia ha venerado
siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del
Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles
el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de
Cristo” (DV 21). Por esto, se deberá volver a poner en el centro de
la vida cristiana “la Liturgia de la Palabra y la Eucarística que
están tan íntimamente unidas de tal manera que constituyen un solo
acto de culto” (SC 56).
9. La tercera columna del edificio espiritual de la Iglesia, la casa
de la Palabra, está constituida por las oraciones, entrelazadas -
como recordaba san Pablo - por “salmos, himnos, alabanzas
espontáneas” (Col 3, 16). Un lugar privilegiado lo ocupa
naturalmente la Liturgia de las horas, la oración de la Iglesia por
excelencia, destinada a marcar el paso de los días y de los tiempos
del año cristiano que ofrece, sobre todo con el Salterio, el
alimento espiritual cotidiano del fiel. Junto a ésta y a las
celebraciones comunitarias de la Palabra, la tradición ha
introducido la práctica de la Lectio divina, lectura orante en el
Espíritu Santo, capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la
Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo,
Palabra divina y viviente.
Ésta se abre con la lectura (lectio) del texto que conduce a
preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido
práctico: ¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la meditación
(meditatio) en la cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto
bíblico? De esta manera se llega a la oración (oratio) que supone
otra pregunta: ¿qué le decimos al Señor como respuesta a su Palabra?
Se concluye con la contemplación (contemplatio) durante la cual
asumimos como don de Dios la misma mirada para juzgar la realidad y
nos preguntamos: ¿qué conversión de la mente, del corazón y de la
vida nos pide el Señor?
Frente al lector orante de la Palabra de Dios se levanta idealmente
el perfil de María, la madre del Señor, que “conservaba estas cosas
y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51), - como dice el
texto original griego - encontrando el vínculo profundo que une
eventos, actos y cosas, aparentemente desunidas, con el plan divino.
También se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia, la
actitud de María, hermana de Marta, que se sienta a los pies del
Señor a la escucha de su Palabra, no dejando que las agitaciones
exteriores le absorban enteramente su alma, y ocupando también el
espacio libre de “la parte mejor” que no nos debe ser quitada (cf.
Lc 10, 38-42).
10. Aquí estamos, finalmente, frente a la última columna que
sostiene la Iglesia, casa de la Palabra: la koinonía, la comunión
fraterna, otro de los nombres del ágape, es decir, del amor
cristiano. Como recordaba Jesús, para convertirse en sus hermanos o
hermanas se necesita ser “los hermanos que oyen la Palabra de Dios y
la cumplen” (Lc 8, 21). La escucha auténtica es obedecer y actuar,
es hacer florecer en la vida la justicia y el amor, es ofrecer tanto
en la existencia como en la sociedad un testimonio en la línea del
llamado de los profetas que constantemente unía la Palabra de Dios y
la vida, la fe y la rectitud, el culto y el compromiso social. Esto
es lo que repetía continuamente Jesús, a partir de la célebre
admonición en el Sermón de la montaña: “No todo el que me dice:
¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). En esta
frase parece resonar la Palabra divina propuesta por Isaías: “Este
pueblo se me acerca con su boca, y con sus labios me honra, pero su
corazón está lejos de mí” (29, 13). Estas advertencias son también
para las iglesias cuando no son fieles a la escucha obediente de la
Palabra de Dios.
Por ello, ésta debe ser visible y legible ya en el rostro mismo y en
las manos del creyente, como lo sugirió san Gregorio Magno que veía
en san Benito, y en los otros grandes hombres de Dios, los
testimonios de la comunión con Dios y sus hermanos, con la Palabra
de Dios hecha vida. El hombre justo y fiel no sólo “explica” las
Escrituras, sino que las “despliega” frente a todos como realidad
viva y practicada. Por eso es que la viva lectio, vita bonorum o la
vida de los buenos, es una lectura/lección viviente de la Palabra
divina. Ya san Juan Crisóstomo había observado que los apóstoles
descendieron del monte de Galilea, donde habían encontrado al
Resucitado, sin ninguna tabla de piedra escrita como sucedió con
Moisés, ya que desde aquel momento, sus mismas vidas se
transformaron en Evangelio viviente.
En la casa de la Palabra Divina encontramos también a los hermanos y
las hermanas de las otras Iglesias y comunidades eclesiales que, a
pesar de la separación que todavía hoy existe, se reencuentran con
nosotros en la veneración y en el amor por la Palabra de Dios,
principio y fuente de una primera y verdadera unidad, aunque,
incompleta. Este vínculo siempre debe reforzarse por medio de las
traducciones bíblicas comunes, la difusión del texto sagrado, la
oración bíblica ecuménica, el diálogo exegético, el estudio y la
comparación entre las diferentes interpretaciones de las Sagradas
Escrituras, el intercambio de los valores propios de las diversas
tradiciones espirituales, el anuncio y el testimonio común de la
Palabra de Dios en un mundo secularizado.
IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA MISIÓN
“Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra del Señor”
(Is 2,3). La Palabra de Dios personificada “sale” de su casa, del
templo, y se encamina a lo largo de los caminos del mundo para
encontrar el gran peregrinación que los pueblos de la tierra han
emprendido en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la paz.
Existe, en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus
plazas, y en sus calles - donde parecen reinar la incredulidad y la
indiferencia, donde el mal parece prevalecer sobre el bien, creando
la impresión de la victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo
escondido, una esperanza germinal, una conmoción de esperanza. Come
se lee en el libro del profeta Amos, “vienen días - dice Dios, el
Señor - en los cuales enviaré hambre a la tierra. No de pan, ni sed
de agua, sino de oír la Palabra de Dios” (8, 11). A este hambre
quiere responder la misión evangelizadora de la Iglesia.
Asimismo Cristo resucitado lanza el llamado a los apóstoles,
titubeantes para salir de las fronteras de su horizonte protegido:
“Por tanto, id a todas las naciones, haced discípulos [...] y
enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). La
Biblia está llena de llamadas a “no callar”, a “gritar con fuerza”,
a “anunciar la Palabra en el momento oportuno e importuno” a ser
guardianes que rompen el silencio de la indiferencia. Los caminos
que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente los que
recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores y, detrás de
ellos, todos los misioneros fueron al encuentro de la gente en
tierras lejanas.
11. La comunicación extiende ahora una red que envuelve todo el
mundo y el llamado de Cristo adquiere un nuevo significado: “Lo que
yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día, y lo que
escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas” (Mt 10,
27). Ciertamente, la Palabra sagrada debe tener una primera
transparencia y difusión por medio del texto impreso, con
traducciones que respondan a la variedad de idiomas de nuestro
planeta. Pero la voz de la Palabra divina debe resonar también a
través de la radio, las autopistas de la información de Internet,
los canales de difusión virtual on line, los CD, los DVD, los
podcast (MP3) y otros; debe aparecer en las pantallas televisivas y
cinematográficas, en la prensa, en los eventos culturales y
sociales.
Esta nueva comunicación, comparándola con la tradicional, ha asumido
una gramática expresiva específica y es necesario, por lo tanto,
estar preparados no sólo en el plano técnico, sino también cultural
para dicha empresa. En un tiempo dominado por la imagen, propuesta
especialmente desde el medio hegemónico de la comunicación que es la
televisión, es todavía significativo y sugestivo el modelo
privilegiado por Cristo. Él recurría al símbolo, a la narración, al
ejemplo, a la experiencia diaria, a la parábola: “Todo esto lo decía
Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas [...] y no les hablaba
sin parábolas” (Mt 13, 3.34). Jesús en su anuncio del reino de Dios,
nunca se dirigía a sus interlocutores con un lenguaje vago,
abstracto y etéreo, sino que les conquistaba partiendo justamente de
la tierra, donde apoyaban sus pies para conducirlos de lo cotidiano,
a la revelación del reino de los cielos. Se vuelve entonces
significativa la escena evocada por Juan: “Algunos quisieron
prenderlo, pero ninguno le echó mano. Los guardias volvieron a los
principales sacerdotes y a los fariseos. Y ellos les preguntaron:
¿Por qué no lo trajiste? Los guardias respondieron: “Jamás hombre
alguno habló como este hombre” (7, 44-46).
12. Cristo camina por las calles de nuestras ciudades y se detiene
ante el umbral de nuestras casas: “Mira que estoy a la puerta y
llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa,
cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). La familia, encerrada en su
hogar, con sus alegrías y sus dramas, es un espacio fundamental en
el que debe entrar la Palabra de Dios. La Biblia está llena de
pequeñas y grandes historias familiares y el Salmista imagina con
vivacidad el cuadro sereno de un padre sentado a la mesa, rodeado de
su esposa, como una vid fecunda, y de sus hijos, como “brotes de
olivo” (Sal 128). Los primeros cristianos celebraban la liturgia en
lo cotidiano de una casa, así como Israel confiaba a la familia la
celebración de la Pascua (cf. Ex 12, 21-27). La Palabra de Dios se
transmite de una generación a otra, por lo que los padres se
convierten en “los primeros predicadores de la fe” (LG 11). El
Salmista también recordaba que “lo que hemos oído y aprendido, lo
que nuestros padres nos contaron, no queremos ocultarlo a nuestros
hijos, lo narraremos a la próxima generación: son las glorias del
Señor y su poder, las maravillas que Él realizó; ... y podrán
contarlas a sus propios hijos” (Sal 78, 3-4.6).
Cada casa deberá, pues, tener su Biblia y custodiarla de modo
concreto y digno, leerla y rezar con ella, mientras que la familia
deberá proponer formas y modelos de educación orante, catequística y
didáctica sobre el uso de las Escrituras, para que “jóvenes y
doncellas también, los viejos junto con los niños” (Sal 148, 12)
escuchen, comprendan, alaben y vivan la Palabra de Dios. En
especial, las nuevas generaciones, los niños, los jóvenes, tendrán
que ser los destinatarios de una pedagogía apropiada y específica,
que los conduzca a experimentar el atractivo de la figura de Cristo,
abriendo la puerta de su inteligencia y su corazón, a través del
encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la influencia
positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial.
13. Jesús, en la parábola del sembrador, nos recuerda que existen
terrenos áridos, pedregosos y sofocados por los abrojos (cf. Mt 13,
3-7). Quien entra en las calles del mundo descubre también los bajos
fondos donde anidan sufrimientos y pobreza, humillaciones y
opresiones, marginación y miserias, enfermedades físicas, psíquicas
y soledades. A menudo, las piedras de las calles están
ensangrentadas por guerras y violencias, en los centros de poder la
corrupción se reúne con la injusticia. Se alza el grito de los
perseguidos por la fidelidad a su conciencia y su fe. Algunos se ven
arrollados por la crisis existencial o su alma se ve privada de un
significado que dé sentido y valor a la vida misma. Como es “mera
sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona”
(Sal 39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos también el silencio
de Dios, su aparente ausencia e indiferencia: “¿Hasta cuándo, Señor?
¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?”
(Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos el misterio de la
muerte.
La Biblia, que propone precisamente una fe histórica y encarnada,
representa incesantemente este inmenso grito de dolor que sube de la
tierra hacia el cielo. Bastaría sólo con pensar en las páginas
marcadas por la violencia y la opresión, en el grito áspero y
continuado de Job, en las vehementes súplicas de los salmos, en la
sutil crisis interior que recorre el alma del Eclesiastés, en las
vigorosas denuncias proféticas contra las injusticias sociales.
Además, se presenta sin atenuantes la condena del pecado radical,
que aparece en todo su poder devastador desde los exordios de la
humanidad en un texto fundamental del Génesis (c. 3). En efecto, el
“misterio del pecado” está presente y actúa en la historia, pero es
revelado por la Palabra de Dios que asegura en Cristo la victoria
del bien sobre el mal.
Pero, sobre todo, en las Escrituras domina principalmente la figura
de Cristo, que comienza su ministerio público precisamente con un
anuncio de esperanza para los últimos de la tierra: “El Espíritu del
Señor está sobre mí; porque me ha ungido para anunciar a los pobres
la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Sus manos
tocan repetidamente cuerpos enfermos o infectados, sus palabras
proclaman la justicia, infunden valor a los infelices, conceden el
perdón a los pecadores. Al final, él mismo se acerca al nivel más
bajo, “despojándose a sí mismo” de su gloria, “tomando la condición
de esclavo, asumiendo la semejanza humana y apareciendo en su porte
como hombre ... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte y una muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).
Así, siente miedo de morir (“Padre, si es posible, (¡aparta de mí
este cáliz!”), experimenta la soledad con el abandono y la traición
de los amigos, penetra en la oscuridad del dolor físico más cruel
con la crucifixión e incluso en las tinieblas del silencio del Padre
(“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”) y llega al
precipicio último de cada hombre, el de la muerte (“dando un fuerte
grito, expiró”). Verdaderamente, a él se puede aplicar la definición
que Isaías reserva al Siervo del Señor: “varón de dolores y que
conoce el sufrimiento” (cf. 53, 3).
Y aún así, también en ese momento extremo, no deja de ser el Hijo de
Dios: en su solidaridad de amor y con el sacrificio de sí mismo
siembra en el límite y en el mal de la humanidad una semilla de
divinidad, o sea, un principio de liberación y de salvación; con su
entrega a nosotros circunda de redención el dolor y la muerte, que
él asumió y vivió, y abre también para nosotros la aurora de la
resurrección. El cristiano tiene, pues, la misión de anunciar esta
Palabra divina de esperanza, compartiéndola con los pobres y los que
sufren, mediante el testimonio de su fe en el Reino de verdad y
vida, de santidad y gracia, de justicia, de amor y paz, mediante la
cercanía amorosa que no juzga ni condena, sino que sostiene,
ilumina, conforta y perdona, siguiendo las palabras de Cristo:
“Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados, y yo les
daré descanso” (Mt 11, 28).
14. Por los caminos del mundo la Palabra divina genera para
nosotros, los cristianos, un encuentro intenso con el pueblo judío,
al que estamos íntimamente unidos a través del reconocimiento común
y el amor por las Escrituras del Antiguo Testamento, y porque de
Israel “procede Cristo según la carne” (Rm 9, 5). Todas las sagradas
páginas judías iluminan el misterio de Dios y del hombre, revelan
tesoros de reflexión y de moral, trazan el largo itinerario de la
historia de la salvación hasta su pleno cumplimiento, ilustran con
vigor la encarnación de la Palabra divina en las vicisitudes
humanas. Nos permiten comprender plenamente la figura de Cristo,
quien había declarado “No penséis que he venido a abolir la Ley y
los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,
17), son camino de diálogo con el pueblo elegido que ha recibido de
Dios “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación,
el culto, las promesas” (Rm 9, 4), y nos permiten enriquecer nuestra
interpretación de las Sagradas Escrituras con los recursos fecundos
de la tradición exegética judaica.
“Bendito sea mi pueblo Egipto, la obra de mis manos Asiria, y mi
heredad Israel” (Is 19, 25). El Señor extiende, por lo tanto, el
manto de protección de su bendición sobre todos los pueblos de la
tierra, deseoso de que “todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2, 4). También nosotros, los
cristianos, por los caminos del mundo, estamos invitados - sin caer
en el sincretismo que confunde y humilla la propia identidad
espiritual - a entrar con respeto en diálogo con los hombres y
mujeres de otras religiones, que escuchan y practican fielmente las
indicaciones de sus libros sagrados, comenzando por el islamismo,
que en su tradición acoge innumerables figuras, símbolos y temas
bíblicos y nos ofrece el testimonio de una fe sincera en el Dios
único, compasivo y misericordioso, Creador de todo el ser y Juez de
la humanidad.
El cristiano encuentra, además, sintonías comunes con las grandes
tradiciones religiosas de Oriente que nos enseñan en sus textos
sagrados el respeto a la vida, la contemplación, el silencio, la
sencillez, la renuncia, como sucede en el budismo. O bien, como en
el hinduismo, exaltan el sentido de lo sagrado, el sacrificio, la
peregrinación, el ayuno, los símbolos sagrados. O, también, como en
el confucionismo, enseñan la sabiduría y los valores familiares y
sociales. También queremos prestar nuestra cordial atención a las
religiones tradicionales, con sus valores espirituales expresados en
los ritos y las culturas orales, y entablar con ellas un respetuoso
diálogo; y con cuantos no creen en Dios, pero se esfuerzan por
“respetar el derecho, amar la lealtad, y proceder humildemente” (Mi
6, 8), tenemos que trabajar por un mundo más justo y en paz, y
ofrecer en diálogo nuestro genuino testimonio de la Palabra de Dios,
que puede revelarles nuevos y más altos horizontes de verdad y de
amor.
15. En su Carta a los artistas (1999), Juan Pablo II recordaba que
“la Sagrada Escritura se ha convertido en una especie de inmenso
vocabulario” (P. Claudel) y de “Atlas iconográfico” (M. Chagall) del
que se han nutrido la cultura y el arte cristianos” (n. 5). Goethe
estaba convencido de que el Evangelio fuera la “lengua materna de
Europa”. La Biblia, como se suele decir, es “el gran código” de la
cultura universal: los artistas, idealmente, han impregnado sus
pinceles en ese alfabeto teñido de historias, símbolos, figuras que
son las páginas bíblicas; los músicos han tejido sus armonías
alrededor de los textos sagrados, especialmente los salmos; los
escritores durante siglos han retomado esas antiguas narraciones que
se convertían en parábolas existenciales; los poetas se han
planteado preguntas sobre los misterios del espíritu, el infinito,
el mal, el amor, la muerte y la vida, recogiendo con frecuencia el
clamor poético que animaba las páginas bíblicas; los pensadores, los
hombres de ciencia y la misma sociedad a menudo tenían como punto de
referencia, aunque fuera por contraste, los conceptos espirituales y
éticos (pensemos en el Decálogo) de la Palabra de Dios. Aun cuando
la figura o la idea presente en las Escrituras se deformaba, se
reconocía que era imprescindible y constitutiva de nuestra
civilización.
Por esto, la Biblia - que también enseña la via pulchritudinis, es
decir, el camino de la belleza para comprender y llegar a Dios
(“¡tocad para Dios con destreza!”, nos invita el Sal 47, 8) - no
sólo es necesaria para el creyente, sino para todos, para descubrir
nuevamente los significados auténticos de las varias expresiones
culturales y, sobre todo, para encontrar nuevamente nuestra
identidad histórica, civil, humana y espiritual. En ella se
encuentra la raíz de nuestra grandeza y mediante ella podemos
presentarnos con un noble patrimonio a las demás civilizaciones y
culturas, sin ningún complejo de inferioridad. Por lo tanto, todos
deberían conocer y estudiar la Biblia, bajo este extraordinario
perfil de belleza y fecundidad humana y cultural.
No obstante, la Palabra de Dios - para usar una significativa imagen
paulina - “no está encadenada” (2Tm 2, 9) a una cultura; es más,
aspira a atravesar las fronteras y, precisamente el Apóstol fue un
artífice excepcional de inculturación del mensaje bíblico dentro de
nuevas coordenadas culturales. Es lo que la Iglesia está llamada a
hacer también hoy, mediante un proceso delicado pero necesario, que
ha recibido un fuerte impulso del magisterio del Papa Benedicto XVI.
Tiene que hacer que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad
de las culturas y expresarla según sus lenguajes, sus concepciones,
sus símbolos y sus tradiciones religiosas. Sin embargo, debe ser
capaz de custodiar la sustancia de sus contenidos, vigilando y
evitando el riesgo de degeneración.
La Iglesia tiene que hacer brillar los valores que la Palabra de
Dios ofrece a otras culturas, de manera que puedan llegar a ser
purificadas y fecundadas por ella. Como dijo Juan Pablo II al
episcopado de Kenya durante su viaje a África en 1980, “la
inculturación será realmente un reflejo de la encarnación del Verbo,
cuando una cultura, transformada y regenerada por el Evangelio,
produce en su propia tradición expresiones originales de vida, de
celebración y de pensamiento cristiano”.
CONCLUSIÓN
“La voz de cielo que yo había oído me habló otra vez y me dijo:
“Toma el librito que está abierto en la mano del ángel ...”. Y el
ángel me dijo: “Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu
boca será dulce como la miel”. Tomé el librito de la mano del ángel
y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero, cuando lo
comí, se me amargaron las entrañas” (Ap 10, 8-11).
Hermanos y hermanas de todo el mundo, acojamos también nosotros esta
invitación; acerquémonos a la mesa de la Palabra de Dios, para
alimentarnos y vivir “no sólo de pan, sino de toda palabra que sale
de la boca del Señor” (Dt 8, 3; Mt 4, 4). La Sagrada Escritura -
como afirmaba una gran figura de la cultura cristiana - “tiene
pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas y
pasajes adecuados para atemorizar en todas las condiciones” (B.
Pascal, Pensieri, n. 532 ed. Brunschvicg).
La Palabra de Dios, en efecto, es “más dulce que la miel, más que el
jugo de panales” (Sal 19, 11), es “antorcha para mis pasos, luz para
mi sendero” (Sal 119, 105), pero también “como el fuego y como un
martillo que golpea la peña” (Jr 23, 29). Es como una lluvia que
empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, haciendo florecer
de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales
(cf. Is 55, 10-11). Pero también es “viva, eficaz y más cortante que
una espada de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y
espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y
pensamientos del corazón” (Hb 4, 12).
Nuestra mirada se dirige con afecto a todos los estudiosos, a los
catequistas y otros servidores de la Palabra de Dios para
expresarles nuestra gratitud más intensa y cordial por su precioso e
importante ministerio. Nos dirigimos también a nuestros hermanos y
hermanas perseguidos o asesinados a causa de la Palabra de Dios y el
testimonio que dan al Señor Jesús (cf. Ap 6, 9): como testigos y
mártires nos cuentan “la fuerza de la palabra” (Rm 1, 16), origen de
su fe, su esperanza y su amor por Dios y por los hombres.
Hagamos ahora silencio para escuchar con eficacia la Palabra del
Señor y mantengamos el silencio luego de la escucha porque seguirá
habitando, viviendo en nosotros y hablándonos. Hagámosla resonar al
principio de nuestro día, para que Dios tenga la primera palabra y
dejémosla que resuene dentro de nosotros por la noche, para que la
última palabra sea de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, “Te saludan todos los que están
conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. ¡La gracia con todos
vosotros!” (Tt 3, 15).
[00321-04.06] [NNNNN] [Texto original: italiano]
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