La Pontificia Comisión para América Latina (CAL) merece el reconocimiento por
convocarnos para esta celebración. Agradezco a su eminencia el cardenal
Giovanni Battista Re, presidente de la CAL y prefecto de la Congregación para
los obispos, que haya tenido a bien encargarme la homilía en esta concelebración
por el llorado y eximio arzobispo de Cali, mons. Isaías Duarte Cancino, cuya
vida fue segada inhumanamente hace un mes, y a quien me ligó durante lustros
una honda amistad en la común tarea pastoral.
En cierta forma tenemos la sensación en nuestra patria de hacer el camino de
Emaús -según el Evangelio que acaba de ser proclamado-, embargados por el
dolor ante los crueles zarpazos de una violencia que no termina y que llega
hasta el colmo de golpear cruelmente a la Iglesia, comprometida plenamente en la
búsqueda de la conversión, de la reconciliación y de la paz, al cobrar entre
las víctimas, en la cultura de la muerte, a uno de sus más abnegados y
generosos pastores. Es el mensaje de Pascua, la victoria del Señor de la vida,
lo que nos permite emerger de la congoja y del desconcierto, para desentrañar
con una mirada de fe este drama, y como dice la Oración colecta correspondiente
al III domingo de Pascua "para que el pueblo de Dios, renovada la juventud
del Espíritu, preguste en la esperanza el día glorioso de la Resurrección".
En medio de la tempestad clamaban los Apóstoles para que el Señor despertara,
y los peregrinos de Emaús experimentaban el abandono y el naufragio de su
esperanza mientras Jesús hizo el ademán de seguir adelante; tras ocultarse el
sol surgía de su corazón una petición hecha plegaria: "Quédate
con nosotros, porque atardece y el día ha declinado" (Lc 24, 29).
En la Eucaristía sus ojos se abrieron y reconocieron al Resucitado que había
hecho el camino con ellos: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón
dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las
Escrituras?" (Lc 24, 32). Hemos de experimentar la permanente cercanía
del Señor que vive y que enseña a llevar la cruz a la Iglesia, que en la
expresión de san Agustín "peregrina entre las persecuciones del mundo y
las consolaciones de Dios" (Ciudad de Dios, XVIII, 52, 2).
Nuestro hermano el arzobispo Isaías Duarte fue acribillado por balas sicarias a
la salida de la iglesia del Buen Pastor después de haber celebrado 75
matrimonios de esa pobre comunidad parroquial. Este hecho me parece cargado de
una fuerza simbólica. La vida del ilustre arzobispo se fue tejiendo en la
entrega pastoral a la imagen del buen Pastor, a quien ofreció su vida, primero
en el presbiterio de la Iglesia de Bucaramanga, y luego como primer obispo de
Apartadó, en donde puso sólidas bases con tenaz entusiasmo de esa naciente diócesis,
y, en los últimos años en la arquidiócesis de Cali. Cuántas veces fue
tonificado su corazón al meditar el trozo evangélico: "El buen
Pastor da la vida por sus ovejas. El asalariado, que no es pastor, a quien no
pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye" (Jn
10, 11-12): "Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las
ovejas", se convirtió en su programa de vida.
El Apóstol recomienda a Timoteo: "No te avergüences, pues, del
testimonio que has de dar de Nuestro Señor... Soporta conmigo los sufrimientos
por el Evangelio" (2 Tm 1, 8). El sufrimiento por el Evangelio
genera la alegría que hunde sus raíces en el misterio de la cruz. En este
tiempo de Pascua la Iglesia nutre nuestro espíritu con la experiencia de una
liberación que todo lo recrea, que viene de Dios y que transformó a Pedro y lo
repletó de energías. Después de azotarlo, junto con los Apóstoles, para que
no hablasen en nombre de Jesús, ellos marcharon contentos por haber sido
considerados dignos de sufrir ultrajes por su nombre (cf. Hch 5,
40).
La vida del ejemplar arzobispo tuvo, pues, el sello del cual habla con legítimo
orgullo san Pablo: "Pues yo no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza
de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1, 16).
En la conmovedora despedida de san Pablo con los presbíteros de Mileto, el Apóstol
de las gentes les recordaba: "Vosotros sabéis cómo me comporté
siempre con vosotros, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor
con toda humildad y lágrimas y con todas las pruebas que me vinieron por las
asechanzas de los judíos; cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil..."
(Hch 20, 18-20). Esa fue la actitud de san Pablo con la fuerza de la
Palabra de vida. Qué hermoso y reconfortante es leer estas recomendaciones de
san Pablo junto al sepulcro recién abierto del arzobispo asesinado, cuando
cunden las variadas formas de violencia, de terrorismo y llueven las
intimidaciones y amenazas: "Tened cuidado de vosotros, y de toda la
grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu como vigilantes para
pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con su propia sangre" (Hch
20, 28).
Con tales sentimientos expresamos, como una familia, nuestra emocionada
solidaridad a los obispos de Colombia, al presbiterio y a toda la grey de la
Iglesia de Cali, que siente, con cristiana resignación, tan hondo vacío, y a
sus familiares ahora probados por una tristeza como la de la familia de Betania.
La Iglesia ha vivido a lo largo de los siglos esa certidumbre, en la presencia
pascual del Resucitado; lo ha vivido de diversas maneras la Iglesia colombiana.
Otro pastor, el obispo mons. Jesús Emilio Jaramillo, obispo de Arauca, tras
haber sido secuestrado, fue eliminado por la guerrilla. Apenas hace unos días
otro sacerdote, en plena administración de la Eucaristía, cayó víctima del
mismo odio sacrílego.
El arzobispo Isaías Duarte no murió inútilmente. Es el grano que cae para una
nueva fecundidad. No murió solo sino en el seno de la Iglesia que amó en el
servicio cotidiano de la grey; no murió esquivando peligros, en un silencio
fugitivo, como pastor mudo, sino en la noble lucha del Evangelio, dando
testimonio de la verdad. En vano se buscaría en su predicación, con un estilo
directo y vigoroso, algún tipo de interés o de protagonismo político. No fue
mercenario de ninguna ideología. Su contenido y su mensaje era el de la
doctrina social de la Iglesia, el respeto de la dignidad de la persona humana,
de la defensa de los derechos fundamentales del hombre, de los pobres, de todos
los pobres, de todos los hombres, mendigos ante el Señor de la misericordia.
Todo con la premisa de la defensa de los derechos de Dios en una nación que se
precia de su identidad cristiana, sus raíces evangélicas están ahora
amenazadas de ser arrancadas no sólo por la violencia, por las guerrillas, por
el narcotráfico, sino también por un secularismo que olvida el evangelio de la
familia y de la vida. El talante de los pastores ha de ser el de Pedro: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5, 29).
En pleno Año jubilar, en Cali, en unión con el Pontificio Consejo para la
familia, organizó, con una excelente coordinación y nutrida participación, un
Congreso nacional: "Familia y vida: desafíos de la familia y
cuestiones candentes sobre la vida". Allí resonó también su enseñanza
contundente que alimentaba la acción pastoral.
Nos congregamos para orar por nuestro hermano obispo Isaías, para que el Señor
le dé el premio que promete a los servidores fieles; nos reunimos en el corazón
de la Pascua para dar gracias por su entrega pastoral, en un momento en que
nuestra Iglesia colombiana debe ser, más y más, faro de verdad y esperanza. El
Santo Padre invita al pueblo colombiano a no desanimarse. El Sucesor de Pedro,
que derramó su sangre en la plaza de San Pedro, ejemplo de entrega y entereza,
así se expresó: "Pastor generoso y valiente, mons. Isaías Duarte
Cancino ha pagado con alto precio su enérgica defensa de la vida humana, su
firme oposición a todo tipo de violencia y su dedicación a la promoción
social desde las raíces del Evangelio".
Gracias, amado hermano, por tu fecundo pastoreo, por haber empuñado el cayado
con mano serena; gracias por tu comunión honda con la Cátedra de Pedro y con
el concierto de los obispos de Colombia, con quienes trabajaste codo a codo. Tu
fidelidad y reciedumbre hace brillar con perfiles luminosos el rostro de una
Iglesia madre, que busca redimir la faz desfigurada de una sociedad -¡que no es
la Colombia auténtica!- por la codicia, el odio y el desprecio de todos los
valores.
La insensatez de una violencia frenética quiso sellar tus labios para siempre.
Sin embargo, hoy más que nunca, en el seno de un pueblo creyente es más
incisiva y elocuente tu palabra, tu pasión por la verdad, por la reconciliación
y por la paz. Esa fuerza del Evangelio, energía del espíritu, la imploramos al
Señor de la vida para todos los pastores, para los obispos y sacerdotes, a fin
de que proclamemos el amor de Dios, que se derrama con singular abundancia,
también en circunstancias de zozobra y de graves amenazas.
¡Sí!, en un prolongado Getsemaní, en un largo camino de Emaús, es preciso
apresurar el paso, sintiendo que arden, en la palabra de vida, nuestros
corazones. ¡Sí!, se siente como si un cruel arado pasara sobre las espaldas de
nuestra nación, pero el Señor de la vida nos serena y rehace la esperanza,
para que esas heridas, en las carnes desgarradas, sean surcos en donde los
pastores, según el talante de nuestro hermano Isaías, no nos avergoncemos ni
nos fatiguemos de lanzar, para que calen hondo, las semillas del Evangelio, del
Reino de justicia, de amor y de paz.