Queridos hermanos y hermanas:
La muerte es siempre para nosotros una prueba que nos obliga a rehacer la
arquitectura de la fidelidad de nuestra vida. Y sobre todo está muy cerca de
nosotros, como la del querido arzobispo Luis Robles. Nos recuerda que, sea que
vivamos, sea que muramos, estamos hechos para el Señor. Confiamos en que su
muerte haya sido para él el cumplimiento del anhelo de su corazón de encontrarse
con Cristo.
"Sea que vivamos, sea que muramos, somos del Señor". Esta consoladora e
iluminadora certeza, que ha resonado en la primera lectura de la misa, sitúa el
acontecimiento de la muerte en la perspectiva de la fe; es decir, lo sitúa en la
visión de fe que acompañó a mons. Robles a lo largo de su vida, que comenzó hace
69 años en El Grullo, en la diócesis de Autlán, México.
La muerte de mons. Robles nos ha cogido a todos de sorpresa. Hace quince días
había partido hacia Bogotá, invitado por el Celam, para participar en un
encuentro de tres días de los presidentes de las Conferencias episcopales de
América Latina como preparación para la visita del Papa a Brasil y para la V
Conferencia, que tendrá lugar en Aparecida. Regresó muy contento de ese
encuentro, porque vio a los presidentes de las veintidós Conferencias
episcopales de América Latina muy comprometidos y muy entusiastas por la visita
del Papa y por esa Conferencia. Pero el Miércoles santo, por la tarde, tuvo que
ser internado en el hospital del Santo Espíritu. El Viernes santo sufrió tres
paros cardíacos y el Sábado santo, hacia mediodía, el Señor lo llamó a sí.
Este suceso tan repentino nos recuerda la verdad de las palabras que resonaron
en el evangelio de esta misa: "Estad preparados, con los lomos ceñidos y las
lámparas encendidas, porque no sabéis la hora en que vendrá el dueño de la
mies". Todos conocemos muy bien estas palabras del Evangelio y la experiencia
nos confirma continuamente su verdad. Pero siempre quedamos sorprendidos cuando
la muerte llega tan inesperada.
Ciertamente, la muerte no encontró desprevenido a mons. Luis Robles, porque no
consideraba la muerte sólo como un suceso natural cuya hora no conocemos o algo
de lo que no podemos huir. Al hombre y la mujer también se les suele llamar
"mortales", precisamente porque están destinados a la muerte. Para mons. Robles
la muerte era sobre todo un encuentro, un encuentro supremo y definitivo, un
encuentro con Dios, con Dios Padre que nos ama, que nos perdona porque nos ama,
que también permite que lo rechacemos, porque respeta nuestra libertad, pero
luego vuelve a buscarnos, a buscarnos con amor.
Para mons. Robles Dios no era sólo un concepto. Trató de orientar toda su vida a
Dios. La relación con Dios fue central en su vida. Orientó a Dios su vida desde
niño, cuando entró en el seminario. A los veinticinco años fue ordenado
sacerdote y, dado que tenía grandes cualidades, su obispo lo mandó a Roma para
completar sus estudios. Entró en el servicio de la Santa Sede. En 1967 fue
destinado, como asistente, a la nunciatura de Honduras. Está presente en esta
misa el cardenal Antonetti, entonces nuncio apostólico, que lo acogió y lo tuvo
como fiel y generoso colaborador durante tres años. Luego, desde Honduras, fue
trasladado a Sudáfrica; y de la nunciatura de Sudáfrica fue enviado a la
nunciatura de otro continente, a la nunciatura en Sri Lanka. Seguidamente,
volvió a América Latina como consejero, primero en la nunciatura de Ecuador, y
más tarde en la de Bogotá, en Colombia.
En 1985 el Santo Padre lo elevó al episcopado y lo nombró pro-nuncio apostólico
en Sudán. Estuvo en Sudán cinco años; a continuación fue nuncio en Uganda, donde
tuvo también la alegría de acoger al Papa Juan Pablo II en uno de sus viajes al
continente africano. Luego fue nuncio apostólico en Cuba. Y hace tres años y
medio fue llamado de Cuba a Roma como vicepresidente de la Comisión pontificia
para América Latina, donde trabajaba con gran generosidad e idéntico entusiasmo
en la preparación de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano.
En todos los lugares donde estuvo, en todos los cargos que le encomendó la
obediencia, siempre actuó con empeño; fue estimado y amado, sobre todo porque
tenía un corazón lleno de bondad para con todos; además, tenía un estilo de vida
muy sencillo, muy humilde; siempre estaba dispuesto a trabajar. No era un
intelectual; más bien, se interesaba por el trato con las personas, por el bien
de las almas, por la salvación de las almas. Por doquier sembró el bien; por
doquier fue no sólo estimado y bien acogido, sino también amado; sembró mucho
bien. Ciertamente, su muerte es una contrariedad y una pérdida para la Santa
Sede, para la Comisión pontificia para América Latina.
La liturgia de esta misa nos invita a elevar la mirada más allá de la frontera
de la muerte; nos invita a mirar hacia la eternidad, en la que el arzobispo Luis
Robles ya ha entrado. Desde esta perspectiva, nuestra amistad con él, una
amistad corroborada por una colaboración que mantuvo con muchos de nosotros en
estos años, así como la tristeza por su muerte, se transforman en oración.
Y estamos aquí ahora para encomendar su alma a Dios y para pedir perdón y
misericordia. Hagámoslo con la consoladora certeza de que ya está gozando de la
luz de Dios, porque siempre trató de orientar su vida a Dios, y trató de
orientar a Dios a todas las personas con quienes se encontró en el camino de su
existencia terrena.
Además de orar por él, queremos acoger el mensaje que nos deja con su vida de
hombre de Dios, de hombre de Iglesia, atento a los hermanos, atento a los
hombres, a las mujeres de este mundo. El mensaje que nos deja como amigos, y
sobre todo como amigo a sus amigos, es el que resonó en el evangelio que se
acaba de proclamar: "Estad preparados, con los lomos ceñidos y las lámparas
encendidas. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre
preparados".
Hagamos nuestra la oración que vamos a pronunciar dentro de algunos momentos en
la liturgia, al final de la misa: "Venid, santos del cielo, acoged su alma y
llevadla ante el trono del Altísimo".