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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA APERTURA DE
LOS TRABAJOS
DE LA V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
HO MILÍA DEL CARDENAL GIOVANNI BATTISTA RE
Santuario Nacional de Nuestra Señora Aparecida, Brasil
Lunes 14 de mayo de 2007
1. Junto con el Santo Padre y bajo su guía hemos iniciado ayer
nuestra Conferencia general y queremos que la primera parte de este día esté
dedicada a la oración y al recogimiento. Como responsables de la guía pastoral
de las diócesis de este continente, con plena conciencia de ser sucesores de los
Apóstoles, deseamos ante todo hacernos discípulos de Cristo. Deseamos dejarnos
iluminar por su luz, deseamos seguirlo a él, que es la "luz de las naciones", el
camino, la verdad y la vida. Pedimos en la oración que sea su palabra la que
guíe nuestras reflexiones y nuestros pasos.
A nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios, luz de luz, de la misma sustancia
del Padre, ofrecemos nuestra adoración.
A Cristo, Redentor del hombre, "centro del cosmos y de la historia", se dirija
nuestro pensamiento hoy y en todos los días de nuestra Conferencia general en
este santuario mariano.
A Cristo, Maestro de ayer, de hoy y de siempre, confirmamos nuestra férrea
intención de ser sus discípulos fieles, misioneros de su doctrina inmutable y
portadores de su amor, de tal manera que nuestros pueblos "en él tengan vida".
A Cristo, buen Pastor, Pastor de los pastores, que conoce los secretos del
corazón, que nos llama por nuestro nombre y que nos ama con un amor infinito,
expresamos desde el fondo de nuestro corazón todo el amor de que somos capaces.
A Cristo, que ha fundado la Iglesia para continuar en los siglos su obra,
nuestras gracias por la fortuna y el gozo de ser sus discípulos y apóstoles en
su Iglesia.
A Cristo, crucificado, muerto y resucitado por nosotros, la profesión de nuestra
fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.
San Ambrosio afirma: "Omnia nobis Christus". Cristo es todo para
nosotros. "Si tú quieres curar tus heridas, él es médico; si estás ardiendo de
fiebre, él es fuente refrescante; si estás oprimido por la iniquidad, él es
justicia; si tienes necesidad de ayuda, él es vigor; si temes la muerte, él es
la vida; si deseas el cielo, él es el camino; si huyes de las tinieblas, él es
la luz; si buscas comida, él es alimento" (San Ambrosio, De virginitate,
16, 99).
Cristo nos es necesario porque —como escribía el Papa Pablo VI cuando era
arzobispo de Milán— "Cristo es indispensable para nuestra relación con Dios. Y
puesto que de nuestra relación con Dios depende nuestra salvación eterna,
depende nuestro juicio sobre la dignidad, sobre el destino de la vida y sobre la
fraternidad del mundo, entonces Cristo es la clave de todo el sistema de
pensamiento y de vida que en él se inspira" (Carta pastoral para la Cuaresma
de 1955).
Cristo es el centro del plan divino de nuestra salvación. Nosotros deseamos
colocarlo en el centro de nuestra Conferencia para ser en verdad discípulos
suyos y para llevarlo luego al corazón de los pueblos latinoamericanos.
En estos días trabajaremos juntos, con la mirada puesta en Cristo, deseosos de
hacer lo que él nos indique.
Esta Conferencia general desea servir a los hombres y a las mujeres que
peregrinan en América Latina, sosteniendo a cada persona en su camino terreno e
indicando al mismo tiempo la meta eterna, pues sólo en ella se puede encontrar
la plenitud del significado y del valor de los esfuerzos y las tribulaciones de
nuestra vida cotidiana.
Deseamos trabajar por una revitalización religiosa de América Latina,
convencidos de que ella favorecerá la renovación también en otros campos. De
hecho, cuanto más vive el cristiano la propia fe, tanto más estará en grado de
cooperar con los otros hombres de buena voluntad en la promoción de un mundo más
justo y humano.
La clave para afrontar con éxito los desafíos de hoy en América Latina está en
partir desde el corazón del cristianismo, es decir, desde Cristo, rostro humano
de Dios y rostro divino del hombre. Deseamos, por lo mismo, orientar el camino
de nuestra vida siguiendo aquella estrella polar que se llama Jesucristo, Hijo
de Dios y Redentor nuestro, buscando siempre ser fieles discípulos y testigos
suyos. Deseamos actuar en plena comunión con el Vicario de Cristo y Sucesor de
Pedro.
2. La liturgia de esta misa hace memoria del apóstol san Matías.
Como sabemos, Matías es el único de los doce Apóstoles no escogido directamente
por Jesús, sino por la primitiva comunidad cristiana para tomar el lugar del
Apóstol que había traicionado al Señor.
La primera lectura nos ha descrito cómo sucedieron las cosas. Estamos
inmediatamente después de la Ascensión del Señor al cielo, y antes de
Pentecostés. El procedimiento fue simple y bajo algunos aspectos fascinante.
El apóstol Pedro fija los criterios: es necesario —dice Pedro— escoger a uno
que haya estado con nosotros todo el tiempo de la vida pública de Jesús, de tal
manera que pueda ser testigo de la resurrección de Cristo (cf. Hch
1, 21-22).
En el grupo de los discípulos dos entraban en los criterios indicados por Pedro.
Oraron al Señor, que conoce los secretos de los corazones; después echaron a
suerte y salió elegido Matías, que fue agregado a los Once y se convirtió en el
duodécimo Apóstol. Él también dio testimonio del Señor hasta derramar su sangre
por él.
3. En el pasaje del evangelio que ha sido proclamado recibimos de Cristo una
doble invitación, que no nos puede dejar indiferentes. La primera invitación es
fuerte e incisiva en su formulación: "Manete in dilectione mea",
permaneced en mi amor.
Es la invitación hecha por Cristo a sus Apóstoles en el cenáculo, en aquella
atmósfera cargada de emotividad y de los sentimientos de la última Cena.
La invitación de Cristo a permanecer en su amor expresa la cumbre de las
aspiraciones del Maestro divino en relación con sus Apóstoles y con quienes a
través de los siglos continuarían su obra.
Es la invitación que Jesús nos hace a cada uno de nosotros en esta mañana,
mediante la feliz coincidencia de la liturgia de hoy.
Cultivar una profunda intimidad con Cristo, a través de una auténtica relación
de amistad con él, alimentada por un verdadero espíritu de oración y de escucha
de su palabra. Esta es para todos nosotros la condición indispensable para ser
realmente sus discípulos.
Es la respuesta lógica al amor de Cristo por nosotros. Y es la actitud que debe
ser característica no sólo de quien ha sido llamado a ser obispo, sacerdote,
religioso o religiosa, sino también de cada uno de los verdaderos discípulos de
Cristo.
El tiempo que dedicamos a Dios en la oración es el tiempo mejor invertido.
La oración es la condición primaria y más importante de nuestro empeño en la
guía pastoral específica de nuestra misión por el bien de los demás y por el
bien de la sociedad.
No debemos nunca pensar que el tiempo que dedicamos al diálogo con Cristo sea
tiempo perdido para el servicio que debemos ofrecer a nuestros hermanos y
hermanas. "Aquello que se da a Dios —decía Pablo VI— no es nunca perdido para el
hombre" (Enseñanzas, 1971, p. 246).
La oración es la fuente de la fecundidad de nuestras iniciativas pastorales y de
nuestra entrega a los demás.
Mediante la oración nosotros podemos obtener gracias y realizar aquello que con
nuestras solas fuerzas sería imposible.
A este respecto, en una larga Quaestio sobre la oración, santo Tomás
explica que hay algunas cosas que podemos disponer y realizar porque entran en
nuestras posibilidades, pero hay algunas otras que en cambio podemos realizar
solamente si en la oración lo pedimos a quien puede más que nosotros, es decir,
a Dios, para quien nada es imposible.
Blaise Pascal se preguntaba: "¿Por qué Dios ha instituido la oración?" y
respondía: "Para permitir a sus criaturas la posibilidad de cooperar en sus
obras" (Pensamientos, 513).
Dios no quiere actuar en las almas y en el mundo sin nuestra cooperación: Él
desea con nosotros y a través de nuestra oración realizar aquello que va más
allá de nuestra fuerza, de nuestra capacidad y de nuestra previsión humana.
"Manete in dilectione mea", repite Jesucristo esta mañana a cada uno de
nosotros. Permaneced en mi amor en el trabajo de estas semanas, sabiendo que yo
os he amado primero y que seréis reconocidos como mis discípulos si permanecéis
en mi amor. Permaneced en mi amor en unión con la Iglesia, amándola en su
realidad divina y humana, y teniendo confianza en ella.
4. La segunda invitación que contiene el evangelio que hemos escuchado es la del
amor recíproco. Es una invitación expresada con palabras solemnes: "Este es mi
mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn
15, 12). Es un mandamiento exigente, pero es un amor inspirado y sostenido por
el amor a Dios.
Son palabras que nos llevan al corazón mismo del cristianismo.
El amor es la fuerza capaz de cambiar el mundo. El amor es la energía
constructora de un mundo mejor. Amor grande a nuestros sacerdotes como aquel de
Cristo por los Apóstoles. Amor a todos. Que nuestros corazones en estos días
estén abiertos a todos los hombres y a todas las mujeres, hermanas y hermanos
nuestros, en particular a los más pobres y desvalidos, a los que más sufren. Así
el discípulo de Cristo se convierte en constructor de la "civilización del amor"
inspirada en el mensaje del Evangelio y fundada en la justicia, la verdad, la
libertad y la paz.
5. Que la Virgen María nos guíe en este empeño para que la fuerza de la fe y del
amor se realice efectivamente en la sociedad latinoamericana.
Hace algunos años visité el santuario mariano de Monteberico, en Vicenza,
Italia, y el obispo de la diócesis, quien me acompañaba, me mostró un fresco de
un gran pintor veneciano que representaba una escena sugestiva: los Apóstoles
que escuchan con atención las enseñanzas de la Virgen y ella que instruye y
forma a los Apóstoles. Aquel cuadro me llamó profundamente la atención, más que
por su gran valor artístico, por la idea que expresaba: acudir a la escuela de
la Virgen y ponerse a su escucha.
Queridos hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas, realizamos
nuestra V Conferencia general en este santuario mariano de Brasil. En estos días
deseamos también nosotros, como los Apóstoles, ponernos atentamente en
disposición de escucha de la santísima Virgen para aprender de ella a ser
discípulos y misioneros de Cristo.
La Virgen María, que al inicio de la Iglesia, estaba con los Apóstoles en
oración en el Cenáculo, nos acompañe también a nosotros en estos días benditos
de nuestra Conferencia.
Que Nuestra Señora Aparecida, Patrona de Brasil, sea también la Patrona del
trabajo de nuestra Conferencia, que colocamos bajo su especial protección.
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