HOMILÍA DEL CARDENAL GIOVANNI BATTISTA RE
EN EL FUNERAL DE MONSEÑOR CIPRIANO CALDERÓN POLO
Altar de la Cátedra de la basílica de San Pedro
Viernes 6 de febrero de 2009
Queridos hermanos:
"Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre" (Jn 11,
25-26).
Estas solemnes palabras de nuestro Señor Jesucristo, que acaban de resonar en el
evangelio, nos ofrecen luz y consuelo en este momento de oración, en que estamos
reunidos para despedir al obispo Cipriano Calderón, de 81 años de edad, que
durante quince años fue vicepresidente de la Comisión pontificia para América
Latina.
El Señor lo ha llamado a sí después de una serie de problemas de salud a lo
largo de estos últimos dos años y, sobre todo, en el pasado mes de enero, que en
cierto modo nos ha preparado para este momento de separación.
En la conversación que mantuve con monseñor Cipriano Calderón hace seis días
—es
decir, cuatro días antes de su muerte— me hizo una confidencia: había ofrecido
sus sufrimientos por la evangelización de América Latina, pero cuando hizo ese
ofrecimiento, hace años, no preveía que iba a tener que sufrir tanto por causa
de la serie de complicaciones que amargaban sus días.
Monseñor Cipriano estaba perfectamente informado del tumor que lo estaba
consumando. Sabía que sus días estaban contados y que la puerta que da acceso a
la vida eterna estaba ya a punto de abrirse para él.
En este período de sufrimiento, monseñor Cipriano manifestó la dimensión de su
espiritualidad, o mejor, la grandeza de su espiritualidad.
Aceptó su ocaso en este mundo con fe y con serenidad, consciente de que morir
significa entrar en la vida eterna, entrar en el gozo del Señor.
Una última complicación, la perforación del intestino, que se produjo el día 2
de febrero, hizo necesaria una nueva intervención quirúrgica, que él, ya
demasiado débil, no logró superar.
Hasta que perdió la conciencia, el pensamiento dominante de monseñor Cipriano
Calderón siguió siendo la evangelización en América Latina, subcontinente rico
en recursos humanos y cristianos, pero marcado por enormes desafíos.
En realidad, América Latina fue el horizonte de su servicio desde que, en
diciembre de 1988, el Papa Juan Pablo II lo nombró vicepresidente de la
Comisión pontificia para América Latina.
Llegó a ser un experto en América Latina. Conocía y amaba ese continente en
todas sus dimensiones. En los numerosos viajes que realizó, visitó todas las
localidades principales de América Latina y del Caribe.
En 1982, en Santo Domingo, participó como miembro en la IV Conferencia general
del Episcopado latinoamericano. También estuvo presente en las Conferencias de
Medellín y Puebla, pero entonces sólo como periodista. Además, en calidad de
vicepresidente de la Comisión pontificia para América Latina, participó en las
Asambleas que el Celam suele tener cada dos años en una de las naciones
latinoamericanas. Asimismo, fue miembro de la Asamblea especial del Sínodo sobre
el continente americano.
Desde su despacho de la vía de la Conciliación, monseñor Cipriano trató de
seguir de cerca la vida de la Iglesia en el subcontinente latinoamericano y se
prodigó para sostener, animar y alentar todos los esfuerzos útiles para
favorecer una nueva evangelización, en particular con vistas a la formación en
los seminarios de los futuros sacerdotes para ese continente.
Monseñor Cipriano Calderón fue consagrado obispo en esta basílica vaticana hace
veinte años y eligió como lema: "Evangelizare Iesum Christum".
Cristo fue el centro de la vida de monseñor Cipriano y de su compromiso de
evangelización.
Solía hablar de "teología de la evangelización". En varias ocasiones repitió
esta expresión, que manifestaba su intenso anhelo de anunciar a Cristo, Redentor
del hombre.
Antes de ocuparse de América Latina, su campo de trabajo fue el del periodismo.
En una entrevista dijo de sí mismo: "Soy sacerdote y periodista, pero subrayo
como prioritaria la palabra sacerdote".
Formaba parte de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Sagrado
Corazón de Jesús, y permaneció siempre vinculado a sus hermanos.
Sus superiores lo enviaron a Roma a estudiar filosofía y teología en la
Universidad Gregoriana. Sin embargo, sentía en su interior una inclinación a la
actividad periodística y fue corresponsal en Roma de algunas agencias católicas
y de varios periódicos españoles.
En las cuatro sesiones del concilio Vaticano II formó parte, con entrega y
pasión, de la oficina de prensa del Concilio en su sección de lengua española y
luego fue nombrado responsable de la edición semanal en lengua española de
"L'Osservatore Romano", encargo que le anunció el sustituto de la Secretaría de
Estado de entonces, monseñor Benelli, en Medellín, donde monseñor Cipriano se
encontraba entre los periodistas que acompañaban a Pablo VI en ese primer viaje
de un Papa a América Latina.
Monseñor Cipriano Calderón también es autor de algunas publicaciones
interesantes sobre los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, o sobre temas relativos a
América Latina.
Hombre de Dios, hombre de Iglesia y servidor de la Sede apostólica, siempre
estuvo guiado por un profundo sentido eclesial y por una plena fidelidad al
Papa. A un periodista que, hace algunas semanas, le preguntó: "¿Por qué cosa
desea ser recordado?", le respondió que deseaba ser recordado por su amor a la
Iglesia y al Papa.
Ahora ya ha entrado en la luz de Dios. Todos nosotros ofrecemos por él el
sacrificio eucarístico, pidiendo a Dios que este amigo difunto sea admitido a
sumergirse en el beatificante flujo de amor que, brotando del seno de la
Trinidad, une en una experiencia de alegría y gozo sin fin a la comunidad de los
santos y los ángeles.
También queremos dar gracias al Señor por el luminoso testimonio que
monseñor Cipriano Calderón nos ha dejado y por el mucho bien que sembró.
Y hacemos nuestra la oración que concluirá esta liturgia: "Venid, santos del
cielo; acudid, ángeles del Señor: acoged su alma y presentadla ante el trono
del Altísimo".
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