OBRA PONTIFICIA PARA LAS VOCACIONES ECLESIASTICAS
NUEVAS VOCACIONES PARA UNA NUEVA EUROPA
(In verbo tuo...)
Documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones al
Sacerdocio y a la Vida Consagrada en Europa
Roma, 5-10 de mayo de 1997
*
Preparado por las Congregaciones para la Educación Católica, para
las Iglesias Orientales, para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica
INTRODUCCION
Damos gracias a Dios
1. Bendito sea Dios Omnipotente que ha bendecido la tierra de Europa con
toda clase de bendiciones espirituales, en Cristo y en el Espíritu (cfr.
Ef 1,3).
Le damos gracias por haber llamado desde el comienzo de la era cristiana a
este continente a ser centro de irradiación de la buena nueva de la fe, y
a manifestar en el mundo su paternidad universal. Le damos gracias porque ha
bendecido esta tierra con la sangre de los mártires y el don de
innumerables vocaciones al sacerdocio, al diaconado, a la vida consagrada en sus
distintas formas, a la vida monástica y a los institutos seculares. Le
damos gracias porque su Santo Espíritu no cesa todavía hoy de
llamar a los hijos de esta Iglesia a ser heraldos del mensaje de salvación
en cualquier parte del mundo, y a otros, además, a dar testimonio de la
verdad del Evangelio que salva, en la vida matrimonial y profesional, en la
cultura y en la política, en las artes y en el deporte, en las relaciones
humanas y de trabajo, a cada uno según el don y misión recibidos.
Le damos gracias porque El es la voz que llama y da el valor de responder, el
pastor que conduce y sostiene la fidelidad de cada día, camino, verdad y
vida para todos los llamados a realizar en sí mismos el plan del Padre.
El Congreso Europeo Vocaciona
2. Reunidos en Roma, del 5 al 10 de mayo de 1997, para el Congreso sobre las
Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada en Europa,(1) pusimos en manos
del Dueño de las mies los trabajos del Congreso, pero sobre todo el ansia
de la Iglesia que está en Europa, en este tiempo difícil y también
formidable, junto al agradecimiento a Dios que es fuente de toda consolación
y autor de cada vocación.
Reunidos en Roma confiamos a María, imagen perfecta de la criatura
llamada por el Creador, a quienes Dios, también hoy, continúa
llamando. A los Santos Pedro y Pablo y a todos los santos y mártires de ésta
y de cada ciudad e Iglesias europeas, del pasado y del presente, confiamos ahora
este documento. Que logre expresar y compartir aquella riqueza que nos fue dada
en los días de la asamblea romana, así como en otro tiempo los mártires
y santos dieron testimonio del amor del Eterno.
El Congreso, en efecto, fue un acontecimiento de gracia: el compartir
fraterno, la profundización doctrinal, el encuentro de los varios
carismas, el intercambio de la diversas experiencias y trabajos llevados a cabo
en las Iglesias del Este y del Oeste enriquecieron a todos y cada uno.
Confirmaron en los participantes la voluntad de continuar trabajando con pasión
en el campo vocacional, a pesar de la precariedad de los resultados en algunas
Iglesias del viejo continente.
La fuerza de la esperanza
3. Desde el Documento de trabajo del Congreso a las Proposiciones
finales, desde el Discurso del Santo Padre a los participantes al
Mensaje para las comunidades eclesiales, desde las intervenciones en el
aula a las discusiones en los grupos de estudio, desde los intercambios
informales a los testimonios, hubo como un hilván que unió entre
ellos todos los actos y cada uno de los momentos de este Congreso: la esperanza.
Una esperanza más fuerte que todo temor y toda duda, esperanza que
sostuvo la fe de nuestros hermanos de las Iglesias del Este en los tiempos en
que lo difícil y arriesgado era creer y esperar, y que ahora se ve
premiada con una nueva floración de vocaciones, como fue atestiguado en
el Congreso.
A estos hermanos estamos profundamente agradecidos, como a todos los
creyentes que continúan dando testimonio de que la « esperanza es el
secreto de la vida cristiana y el hálito absolutamente necesario para la
misión de la Iglesia y, en especial, para la pastoral vocacional (...).
Se precisa, pues, hacerla renacer en los sacerdotes, en los educadores, en las
familias cristianas, en las Familias religiosas, en los Institutos seculares; en
suma, en todos aquellos que deben servir la vida cercanos a las nuevas
generaciones ».(2)
Os escribimos a vosotros, niños, adolescentes y jóvenes...
4. Afianzados en esta esperanza nos dirigimos, ante todo a vosotros, niños,
adolescentes y jóvenes para que en la elección de vuestro
futuro acojáis el proyecto que Dios tiene sobre vosotros: sólo seréis
felices y plenamente realizados si os disponéis a realizar el plan del
Creador sobre la criatura. ¡Cuánto desearíamos que este
escrito fuese como una carta dirigida a cada uno de vosotros, en la que
pudieseis sentir, con la ayuda de vuestros educadores, la solicitud de la
madre-Iglesia para cada uno de sus hijos, esa solicitud tan particular que una
madre tiene para sus hijos más pequeños. Una carta en la que podáis
reconocer vuestros problemas, la preguntas que anidan en vuestro corazón
joven y las respuestas que vienen de Aquél que es el amigo perennemente
joven de vuestras almas, ¡el único que os puede decir la verdad!
Sabedlo, queridos jóvenes, la Iglesia sigue ansiosa vuestros pasos y
vuestras opciones. Y qué hermoso sería si esta carta suscitase en
vosotros alguna respuesta, para un diálogo continuo con quien os guía...
...a vosotros, padres y educadores
5. Llenos de la misma esperanza nos dirigimos a vosotros padres, llamados
por Dios a colaborar con su voluntad de transmitir la vida, y a vosotros
educadores, docentes, catequistas y animadores, llamados por Dios a colaborar de
varias formas en su designio de educar para la vida. Querríamos deciros
cuánto aprecia la Iglesia vuestra vocación, y cuánto se
confía a ella para promover la vocación de vuestros hijos y
alumnos y una verdadera y auténtica cultura vocacional.
Vosotros, padres, sois también los primeros y naturales educadores
vocacionales, mientras que vosotros, educadores, no sois sólo
instructores que orientan en las opciones existenciales: estáis llamados,
también, a transmitir la vida a las jóvenes existencias que abrís
al futuro. Vuestra fidelidad a la llamada de Dios es mediación preciosa e
insustituible para que vuestros hijos y alumnos puedan descubrir su vocación
personal, para que « tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn
10,10).
...a vosotros, pastores y presbíteros, consagrados y
consagradas...
6. Siempre con la esperanza en el corazón nos dirigimos a vosotros,
sacerdotes, y a vosotros, consagrados y consagradas, en la vida religiosa y en
los institutos seculares. Quienes habéis oído una particular
llamada para seguir al Señor en una vida totalmente dedicada a El, estáis,
también, particularmente llamados, todos sin excepción alguna, a
testimoniar la belleza del seguimiento.
Sabemos cuán difícil es hoy esta propuesta y cuán
halagadora la tentación del desaliento cuando el trabajo parece inútil.
« La pastoral vocacional constituye el ministerio más difícil
y más delicado ».(3) Pero también querríamos recordar
que no hay nada más a propósito que un testimonio apasionado de la
propia vocación para hacerla atractiva. Nada es más lógico
y coherente en una vocación que engendrar otras vocaciones, lo que os
convierte, con todo derecho, en « padres » y « madres ». En
particular, querríamos con este documento dirigirnos no sólo a
quien tiene la tarea explícita de la promoción vocacional, sino
también a quien no tiene un empeño directo en ella, o a quien cree
no tener ninguna obligación al respecto.
Quisiéramos recordaros que sólo un testimonio coral hace
eficaz la animación vocacional, y que la crisis vocacional va unida, ante
todo, a la falta de responsabilidad de algún testimonio que hace débil
el mensaje. En una Iglesia toda vocacional, todos son animadores
vocacionales. Dichosos vosotros, si sabéis decir con vuestra vida que
servir a Dios es hermoso y satisfactorio, y descubrir que en El, el Viviente, se
esconde la identidad de cada viviente (cfr. Col 3,3).
...a todo el pueblo de Dios que está en Europa...
7. En fin, querríamos ser « samaritanos de la esperanza »
para aquellos hermanos y hermanas con los que compartimos la fatiga del camino.
Querríamos dirigir a todo el pueblo de Dios, en esta vieja y bendita
tierra, en las Iglesias del Este y del Oeste, el mismo mensaje de esperanza. De
aquí, hace tiempo, partió la difusión del anuncio de la
buena nueva, gracias al valor de muchos evangelizadores, que pagaron incluso con
la sangre su testimonio. También hoy, así lo queremos creer, el
Espíritu del Padre sigue llamando.
El envía por los derroteros del mundo a los hijos de esta tierra
generosa de profundas raíces cristianas, pero necesitada ella misma de
nueva evangelización y de nuevos evangelizadores. También
nosotros, ahora, nos presentamos al Señor, como un tiempo los Apóstoles,
conscientes de nuestra pobreza y de las necesidades de esta Iglesia: «
Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada » (Lc
5,5). Pero queremos, sobre todo, « en tu palabra », creer y esperar
que, como entonces, el Señor puede llenar también hoy con una
pesca milagrosa las barcas de sus apóstoles y hacer de cada creyente un
pescador de hombres.
Desde el Congreso a la vida
8. El fin, por tanto, del presente documento es compartir con todos vosotros
el tiempo de gracia que fue el Congreso. Sin pretender hacer una síntesis
exhaustiva del mismo, ni creer haber elaborado un tratado sistemático
sobre la vocación, querríamos fraternalmente poner a disposición
de toda la Iglesia que está en Europa o fuera de Europa, en sus
diferentes denominaciones cristianas, los frutos más significativos del
Congreso mismo.
El estilo tratará de expresar lo mejor posible la voluntad de
hacernos entender por todos, puesto que todos indistintamente están
llamados a realizar la propia vocación y a promover la del que está
a su vera.
Procurará, sobre todo, unir entre sí reflexión teológica
y práctica pastoral, propuesta teórica y orientación pedagógica,
a fin de ofrecer una ayuda concreta a cuantos trabajan en la animación
vocacional.
No pretendemos, en modo alguno, decirlo todo, no sólo por no repetir
lo que otros documentos ya han dicho al respecto,(4) sino para permanecer
abiertos al misterio, misterio que envuelve la vida y la llamada de cada ser
humano, misterio que es también camino de discernimiento vocacional y que
sólo en el momento de la muerte se completará. O la pastoral
vocacional es mistagógica, y, por tanto, parte una y otra vez del
Misterio (de Dios) para llevar al misterio (del hombre), o no es tal pastoral.
Las partes del documento
9. En concreto, el presente documento sigue la lógica que orientó
los trabajos del Congreso: de lo concreto de la existencia a la reflexión,
para volver otra vez a lo concreto de la existencia. Es con la realidad de cada
día con lo que debe medirse la pastoral vocacional. Por consiguiente,
iniciaremos presentando la situación, para, después, analizar el
temavocacional desde el punto de vista teológico, y dar, así, un
fundamento y una indispensable estructura de referencia a todo lo dicho.
A continuación, viene la parte más práctica: de tipo
pastoral, ante todo, o de grandes estrategias que poner en práctica;
y luego de tipo más pedagógico. Será útil
para trazar al menos algunas pistas orientadoras sobre el plan del método
y de la práctica diaria. Y quizá sea precisamente este aspecto el
más deficiente y, al mismo tiempo, el más deseado por los agentes
pastorales.
PRIMERA PARTE
LA SITUACION VOCACIONAL EUROPEA HOY
« La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt
9,37)
Esta primera parte constituye una mirada sapiencial sobre Europa,
consciente de su complejidad cultural, en la que parece predominar un modelo
antropológico de « hombre sin vocación ». La nueva
evangelización debe reanunciar el sentido fuerte de la vida como «
vocación », en su fundamental llamada a la santidad, recreando una
cultura favorable a las distintas vocaciones y apta para promover un verdadero
salto cualitativo en la pastoral vocacional.
« Nuevas vocaciones para una nueva Europa »
10. El tema del Congreso (« Nuevas vocaciones para una nueva Europa »)
incide directamente en el meollo del problema: hoy, en una Europa nueva respecto
al pasado, hay necesidad de vocaciones igualmente « nuevas ». Es
necesario explicar esta afirmación para comprender el sentido de esta
novedad, y sacar de ella la relación con la pastoral « tradicional »
de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No nos limitaremos, por
lo tanto, a exponer la situación y a ofrecer datos, sino que procuraremos
indicar en qué dirección va la novedad y la necesidad de
vocaciones que de ella se derivan.
Al mismo tiempo, leeremos la situación que se limita al presente,
partiendo de la exclamación de Jesús ante la misión que le
esperaba: « La mies es mucha, pero los trabajadores pocos » (Mt
9,37). Estas palabras continúan siendo válidas y constituyen una
preciosa clave para la lectura de la actualidad. De alguna manera encontramos en
ellas la exacta medida de nuestro trabajo y la justa proporción (o
desproporción) entre una mies que siempre sobreabundará y nuestras
pocas fuerzas. Evitando toda interpretación pesimista del presente, como
también toda hipotética autosuficiencia para el mañana.
Nueva Europa
11. Ya el Documento de trabajo presentó un cuadro de la
situación europea sobre la problemática vocacional fuertemente
marcado por elementos novedosos. Aquí los resumimos apenas, según
el análisis que hizo de ellos el Congreso mismo, tratando de recoger los
más significativos, destinados a orientar por largo tiempo la mentalidad
y la sensibilidad juveniles y, por tanto, también la praxis pastoral y
las estrategias vocacionales.
a) Una Europa diversificada y compleja
Ante todo un hecho se da por descontado: es prácticamente imposible
reflejar de modo único y permanente la situación europea, por lo
que concierne a la situación juvenil y a las inevitables repercusiones
vocacionales. Estamos ante una Europa diversificada, resultante de los diversos
acontecimientos histórico-políticos (ver la diferencia entre Este
y Oeste), y también de la pluralidad de tradiciones y culturas
(greco-latina, anglosajona y eslava).
Todo ello, sin embargo, constituye también su riqueza y hace
significativa, en contextos diversos, experiencias y opciones. Así, si en
los países de la parte oriental se presenta el problema de cómo
administrar la libertad recuperada, en los de la parte occidental se nos
pregunta sobre cómo vivir la auténtica libertad.
Tal heterogeneidad es también ratificada por el desarrollo de las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, no sólo por la
diferencia existente entre el florecimiento vocacional de la Europa oriental y
la crisis generalizada que invade el occidente, sino porque en lo profundo de
tal crisis hay signos de recuperación vocacional, particularmente en
aquellas Iglesias en las que la labor postconciliar asidua y constante ha
abierto un surco profundo y eficaz.(5)
Si, pues, en Oriente es necesario poner en marcha una verdadera pastoral orgánica
al servicio de la promoción vocacional, desde la animación a la
formación, sobre todo, de las vocaciones, en Occidente es indispensable
una atención diferente. Aquí se debe preguntar sobre la real
consistencia teológica y sobre la orientación aplicativa de
ciertos proyectos vocacionales, sobre el concepto de vocación que está
en la base y sobre el tipo de vocaciones que se derivan de él. En el
Congreso se oyó insistentemente la pregunta: « ¿Por qué
determinadas teologías o praxis vocacionales no producen vocaciones,
mientras que otras sí las producen? ».(6)
Otro aspecto caracteriza la actualidad socio-cultural europea: la abundancia
de posibilidades, de ocasiones, de solicitudes, frente a la carencia de
enfoques, de propuestas, de proyectos. Es como un último contraste que
aumenta el grado de complejidad de este tiempo histórico, con recaída
negativa en el plano vocacional. Como la Roma antigua, la Europa moderna se
asemeja a un panteón, a un gran « templo » en el que todas las «
divinidades » tienen cabida, o en los que cada « valor » tiene su
puesto y su hornacina.
« Valores » diversos y contrarios están presentes y
coexisten, sin una jerarquización precisa; códigos de lectura y de
valoración, de orientación y de comportamiento totalmente
diferentes unos de otros.
Resulta difícil, en tal contexto, tener un concepto o una visión
del mundo unitarios, y llega a ser, por tanto, débil también
la capacidad proyectiva de la vida. Cuando una cultura, en efecto, no define
ya las supremas posibilidades de significado, o no logra la convergencia en
torno a algunos valores como particularmente capaces para dar sentido a la vida,
sino que pone todo al mismo plano, pierde toda posibilidad de opción
proyectiva y todo llega a ser indiferente y sin importancia.
b) Los jóvenes y Europa
Los jóvenes europeos viven en esta cultura pluralista y ambivalente, «
politeísta » y neutra. Por un lado, buscan apasionadamente
autenticidad, afecto, relaciones personales, amplitud de horizontes; y por otro,
se sienten fundamentalmente solos, « heridos » por el bienestar, engañados
por las ideologías, confusos por la desorientación ética.
Y todavía: « de muchos sectores del mundo juvenil se resalta una
clara simpatía por la vida entendida como valor absoluto, sagrado... »,(7)
pero, a menudo y en muchas partes de Europa tal apertura respecto a la
existencia se ve contrarrestada por políticas no respetuosas del derecho
a la vida misma, sobre todo, para los más débiles. Políticas
que arriesgan hacer al « viejo continente » más viejo todavía.
Si, por tanto, por un lado estos jóvenes constituyen un capital
apreciable para la Europa de hoy, que sobre ellos apuesta grandemente para
construir su futuro, por otro no siempre las expectativas juveniles son acogidas
con coherencia por el mundo de los adultos o por los responsables de la sociedad
civil.
Como quiera que sea, dos aspectos nos parecen de capital importancia para
comprender la actitud actual de los jóvenes: la reivindicación
de la subjetividad y el deseo de libertad. Son dos instancias dignas
de atención y típicamente humanas. A menudo, sin embargo, en una
cultura débil y compleja como la actual, dan lugar al encontrarse
a combinaciones que deforman el significado de las mismas: la subjetividad se
convierte entonces en subjetivismo, mientras que la libertad degenera en
arbitrariedad.
En tal contexto, merece que se preste atención a la relación
que los jóvenes europeos establecen con la Iglesia. El Congreso dice con
valentía y realismo en una de sus Proposiciones finales: « Los jóvenes
con frecuencia no ven en la Iglesia el objeto de su búsqueda, ni el lugar
de respuesta a sus interrogantes y expectativas. Se resalta que no es Dios el
problema, sino la Iglesia. La Iglesia es consciente de su dificultad en
comunicar con los jóvenes, de la carencia de auténticos planes
pastorales..., de la debilidad teológico-antropológica de ciertas
catequesis. En un amplio sector de jóvenes perdura el temor a que una
experiencia en la Iglesia coarte su libertad »,(8) mientras que para otros
muchos la Iglesia permanece o está llegando a ser el más
autorizado punto de referencia.
c) « Hombre sin vocación »
Este juego de contrastes se refleja inevitablemente en el plano de proyectar
el futuro, que es visto por parte de los jóvenes en una óptica
consecuente, limitada a las propias ideas, en función de intereses
estrictamente personales (la autorrealización).
Es una lógica que reduce el futuro a la elección de una
profesión, a la situación económica o a la satisfacción
sentimental-afectiva, dentro de horizontes que de hecho reducen la voluntad de
libertad y las posibilidades de la persona a proyectos limitados, con la ilusión
de ser libres.
Son opciones sin ninguna apertura al misterio y al trascendente, y quizá
también con escasa responsabilidad respecto a la vida, propia y ajena, de
la vida recibida como don y para transmitir a otros. Es, en otras palabras, una
sensibilidad y mentalidad que corren el peligro de diseñar una especie de
cultura antivocacional. Que es tanto como decir que, en la Europa culturalmente
compleja y privada de precisos puntos de referencia, semejante a un gran panteón,
el modelo antropológico prevalente fuese el del « hombre sin
vocación ».
He aquí una posible descripción de éstos: « Una
cultura pluralista y compleja tiende a producir jóvenes con una identidad
imperfecta y frágil con la consiguiente indecisión crónica
frente a la opción vocacional. Muchos jóvenes ni siquiera conocen
la « gramática elemental » de la existencia, son nómadas:
circulan sin pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso; «
ellos lo intentan ». En medio de la gran cantidad de informaciones, pero
faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas referencias y
pocos modelos. Por esto tienen miedo de su porvenir, experimentan desasosiego
ante compromisos definitivos y se preguntan acerca de su existencia. Si por una
parte buscan, a toda costa, autonomía e independencia, por otra, como
refugio, tienden a ser dependientes del ambiente socio-cultural y a conseguir la
gratificación inmediata de los sentidos: de aquello que « me va »,
de lo que « me hace sentirme bien » en un mundo afectivo hecho a
medida ».(9)
Produce una inmensa pena encontrar jóvenes, incluso inteligentes y
dotados, en los que parece haberse extinguido la voluntad de vivir, de creer en
algo, de tender hacia objetivos grandes, de esperar en un mundo que puede llegar
a ser mejor también gracias a su esfuerzo. Son jóvenes que parecen
sentirse supérfluos en el juego o en el drama de la vida, como
dimisionarios en relación con ella, extraviados a lo largo de senderos
truncados y aplanados en los niveles mínimos de la tensión vital.
Sin vocación, pero también sin futuro, o con un futuro que, todo
lo más, será una fotocopia del presente.
d) La vocación de Europa
No obstante, esta Europa de muchas almas y de cultura tan débil (pero
que todavía se impone con fuerza) da señales de poseer energías
insospechadas, está más viva que nunca y llamada a desempeñar
un rol importante en el contexto mundial.
Nunca como en este momento, el viejo continente, no obstante muestre todavía
las heridas de recientes conflictos y de contraposiciones también
violentas en su interior, ha sentido fuerte la llamada a la unidad. Una unidad
que todavía se debe construir, a pesar de que se hayan abatido algunos
muros, y que deberá extenderse a toda Europa y a quien en ella pide
hospitalidad y acogida. Unidad que no podrá ser sólo política
o económica, sino también y, ante todo, espiritual y moral.
Unidad, además, que deberá superar viejos rencores y antiguos
recelos, y que podría encontrar precisamente en las primitivas raíces
cristianas un motivo de convergencia y una garantía de entendimiento.
Unidad que incumbe realizar, consolidar y acabar especialmente a la actual
generación juvenil, del Oeste al Este, del Norte al Sur, defendiéndola
de cualquier tentación contraria de aislamiento y de encerramiento en sus
propios intereses, y proponiéndola al mundo entero como ejemplo de serena
convivencia en la diferencia.
¿Serán capaces estos jóvenes de asumir una tal
responsabilidad?
Si es cierto que el joven de hoy corre el peligro de estar desorientado y de
encontrarse sin un preciso punto de referencia, la « nueva Europa »
que está naciendo podría llegar a ser una meta y ofrecer un
adecuado estímulo a los jóvenes que, en realidad, « tienen
nostalgia de libertad y buscan la verdad, la espiritualidad, la autenticidad, la
propia originalidad personal y la transparecia, que juntos tienen deseos de
amistad y de reciprocidad », que buscan « compañía »
y quieren « construir una nueva sociedad, fundada en valores tales como la
paz, la justicia, el respeto del medio ambiente, la atención a las
discrepancias, la solidaridad, el voluntariado y la igual dignidad de la mujer ».(10)
En último análisis, los más recientes estudios
presentan a los jóvenes europeos como desorientados, mas no desesperados;
impregnados de relativismo ético, pero también deseosos de vivir
una « vida buena »; conscientes de su necesidad de salvación,
aunque sin saber dónde buscarla.
Su problema más grave es probablemente la sociedad éticamente
neutra en la que les ha tocado vivir, pero cuyos recursos no se han agotado.
Especialmente en un tiempo de transición hacia nuevas metas como el
nuestro. De ello dan fe tantos jóvenes animados por una sincera búsqueda
de espiritualidad, valientemente comprometidos en lo social, confiados en sí
mismos y en los otros y comunicadores de esperanza y de optimismo.
Nosotros creemos que estos jóvenes, a pesar de las contradicciones y
del « peso » de un cierto ambiente cultural, pueden construir esta
nueva Europa. En la vocación de su madre-tierra se trasluce también
su propia vocación.
Nueva Evangelización
12. Todo esto abre nuevos caminos y requiere nuevo impulso al mismo proceso
de evangelización de la vieja y nueva Europa. Hace tiempo que la Iglesia
y el actual Pontífice vienen pidiendo una profunda renovación de
los contenidos y del método del anuncio del Evangelio, « para hacer
a la Iglesia del siglo XX siempre más idónea para anunciar el
Evangelio a la humanidad del siglo XX ».(11) Y como nos recordó el
Congreso, « no hay que tener miedo de vivir en una época de paso de
una orilla a la otra ».(12)
a) El « semper » y el « novum »
Se trata de unir el « semper » y el « novum » del
Evangelio para ofrecerlo a las nuevas exigencias y condiciones del hombre y de
la mujer de hoy. Es, pues, urgente proponer de nuevo el núcleo o centro
del kerigma como « noticia perennemente buena », rica de vida y de
sentido para el joven que vive en Europa, como anuncio capaz de dar respuestas a
sus expectativas y guiar su búsqueda.
En torno a estos puntos se concentran especialmente la tensión y el
desafío. De esto dependen la imagen de hombre que se quiere construir y
las grandes decisiones de la vida, el futuro de la persona y de la humanidad; el
significado de la libertad y la relación entre subjetividad y
objetividad, el misterio de la vida y de la muerte, el amar y el sufrir, el
trabajo y el descanso.
Es preciso aclarar la conexión entre praxis y verdad, entre momento
histórico personal y futuro definitivo universal o entre bien recibido y
bien dado, entre conocimiento del don y opción de vida. Somos conscientes
de que precisamente en torno a estos puntos gira también una cierta
crisis de significado, de la que derivan, por tanto, una cultura antivocacional
y una imagen de hombre sin vocación. Por consiguiente, de aquí
debe partir o aquí debe arribar el camino de la nueva evangelización,
para evangelizar la vida y el significado de la vida, la exigencia de libertad y
de subjetividad, el sentido del propio ser en el mundo y del relacionarse con
los otros.
De aquí podrá emerger una cultura vocacional y un modelo de
hombre abierto a la llamada. Para que a una Europa, que va cambiando en
profundidad su imagen, no le llegue a faltar la buena noticia de la pascua del
Señor, en cuya sangre los pueblos dispersos se han reunido y los alejados
se han aproximado, « destruyendo el muro de enemistad que los separaba »
(Ef 2,14). O mejor, podemos decir que la vocación es el corazón
mismo de la nueva evangelización en los umbrales del tercer milenio,
es la llamada de Dios al hombre para un tiempo nuevo de verdad y libertad, y
para una nueva construcción ética de la cultura y de la sociedad
europeas.
b) Nueva santidad
En este proceso de inculturación de la buena nueva, la Palabra de
Dios se hace compañera de viaje del hombre y le sale al encuentro a lo
largo de los caminos para revelarle el designio del Padre como condición
para su felicidad. Y es exactamente la Palabra extraída de la carta de
Pablo a los cristianos de la Iglesia de Efeso, la que nos guía también
hoy a nosotros, pueblo de Dios en Europa, a descubrir cuanto quizá no es
inmediatamente visible a primera vista, pero que es evento, es donación,
es vida nueva: « Así, pues, ya no sois extraños ni
forasteros, antes bien, sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios »
(Ef 2,19).
No es, evidentemente, palabra nueva, pero es palabra que hace ver de un modo
nuevo la realidad de la Iglesia del viejo continente, que está lejos de
ser « Iglesia vieja ». Es comunidad de creyentes llamados a la «
juventud de la santidad », a la vocación universal a la santidad,
subrayada con fuerza por el Concilio(13) y reafirmada, en diversas ocasiones,
por el Magisterio subsiguiente.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada adquiera fuerza y llegue a todo
creyente, « a fin de que alcancéis a comprender juntamente con todos
los santos cuál sea la anchura y la longitud, la altura y la profundidad »
(Ef 3,18) del misterio de gracia confiado a la propia vida.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada suscite nuevos modelos de santidad,
porque Europa tiene necesidad, sobre todo, de la santidad que el momento exige,
original por tanto y, en algún modo, sin precedentes.
Se necesitan personas, capaces de « echar puentes » para
unir cada vez más a las Iglesias y a los pueblos de Europa y para
reconciliar los espíritus.
Son precisos « padres » y « madres »
abiertos a la vida y al don de la vida; esposos y esposas que
testimonien y celebren la belleza del amor humano bendecido por Dios; personas
capaces de diálogo y de « caridad cultural »
para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad;
profesionales y personas sencillas capaces de imprimir al compromiso en
la vida civil y a las relaciones de trabajo y amistad, la transparecia de la
verdad y la fuerza de la caridad cristiana; mujeres que descubran en la
fe cristiana la posibilidad de vivir plenamente su condición femenina;
sacerdotes de corazón grande, como el del Buen Pastor; diáconos
permanentes que anuncien la Palabra y la libertad del servicio para con los
más pobres; apóstoles consagrados, capaces de sumergirse
en el mundo y en la historia con corazón contemplativo, y místicos
tan familiarizados con el misterio de Dios como para saber celebrar la
experiencia de lo divino y hacer ver a Dios presente en la vorágine de la
acción.
Europa necesita nuevos confesores de la fe y del gozo de creer, testigos
que sean creyentes creíbles, valientes hasta la sangre, vírgenes
que no sean tales sólo para sí mismas, sino que sepan decir a
todos que la virginidad reside en el corazón de cada uno y reenvía
inmediatamente al Eterno, manantial de todo amor.
Nuestra tierra está ávida no sólo de personas santas,
sino de comunidades santas, de tal forma enamoradas de la Iglesia y del mundo
que sepan presentar al mundo mismo una Iglesia libre, abierta, dinámica,
presente en la historia diaria de Europa, cercana a los sufrimientos de la
gente, acogedora con todos, promotora de la justicia, solícita para con
los pobres, no preocupada por su minoría numérica ni por las
barreras puestas a su acción, no asustada por el clima de
descristianización social (real pero quizá no tan radical ni
generalizado), ni de la escasez (a menudo sólo aparente) de los
resultados.
¡Será ésta la nueva santidad capaz de reevangelizar a
Europa y de construir la nueva Europa!
Nuevas vocaciones
13. Se impone, en este momento, un razonamiento nuevo sobre la vocación
y sobre las vocaciones, sobre la cultura y sobre la pastoral vocacional. El
Congreso ha creído percibir una cierta sensibilidad, ya largamente
extendida respecto a estos temas, proponiendo, sin embargo, al mismo tiempo, una
« sacudida » adecuada para abrir tiempos nuevos en nuestras
Iglesias.(14)
a) Vocación y vocaciones
Como la santidad es para todos los bautizados en Cristo, así también
existe una vocación específica para todo viviente; y así
como la primera tiene su fundamento en el Bautismo, la segunda está
vinculada al simple hecho de existir. La vocación es el pensamiento
providente del Creador sobre cada criatura, es su idea-proyecto, como un sueño
que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente la criatura.
Dios-Padre lo quiere distinto y específico para cada viviente.
El ser humano, en efecto, es « llamado » a la vida y al venir a la
vida, lleva y encuentra en sí la imagen de Aquél que le ha
llamado.
Vocación es propuesta divina a realizarse según esta imagen, y
es única-singular-irrepetible precisamente porque tal imagen es
inagotable. Toda criatura significa y es llamada a manifestar un aspecto
particular del pensamiento de Dios. Ahí encuentra su nombre y su
identidad; afirma y pone a seguro su libertad y su originalidad.
Si, pues, todo ser humano tiene su propia vocación desde el momento
de su nacimiento, existen en la Iglesia y en el mundo diversas vocaciones que,
mientras en el plano teológico manifiestan la imagen divina impresa en el
hombre, a nivel pastoral-eclesial responden a las varias exigencias de la nueva
evangelización, enriqueciendo la dinámica y la comunión
eclesial: « La Iglesia particular es como un jardín florido, con
gran variedad de dones y carismas, funciones y ministerios. De aquí la
importancia del testimonio de la comunión entre ellos, abandonando todo
espíritu de competencia ».(15)
Más aún, se dijo explícitamente al Congreso, « hay
necesidad de apertura a los nuevos carismas y ministerios, sin duda distintos de
los habituales. La valoración y el puesto de los seglares es un signo de
los tiempos que, en parte, está todavía por descubrir y que se está
manifestando cada vez más fructífero ».16
b) Cultura de la vocación
Estos elementos están penetrando progresivamente la conciencia de los
creyentes, pero no todavía hasta el punto de crear una verdadera y propia
cultura vocacional,(17) capaz de traspasar los confines de la comunidad
creyente. Por esto el Santo Padre, en su Discurso a los participantes al
Congreso les desea que la constante y paciente atención de la comunidad
cristiana al misterio de la llamada divina promueva una « nueva cultura
vocacional en los jóvenes y en las familias ».(18)
Ella es una componente de la nueva evangelización. Es cultura de la
vida y de la apertura a la vida, del significado del existir, pero también
del morir.
En especial hace referencia a valores un tanto olvidados por cierta
mentalidad emergente (« cultura de la muerte », según algunos),
tales como, la gratitud, la aceptación del misterio, el sentido de lo
imperfecto del hombre y, a la vez, de su apertura a lo trascendente, la
disponibilidad a dejarse llamar por otro (o por Otro) y preguntar por la vida,
la confianza en sí mismo y en el prójimo, la libertad de turbarse
ante el don recibido, el afecto, la comprensión, el perdón,
admitiendo que aquello que se ha recibido es inmerecido y sobrepasa la propia
capacidad, y fuente de responsabilidad hacia la vida.
También forma parte de esta cultura vocacional la capacidad de soñar
y anhelar, el asombro que permite apreciar la belleza y elegirla por su valor
intrínseco, porque hace bella y auténtica la vida, el altruismo
que no es sólo solidaridad de emergencia, sino que nace del
descubrimiento de la dignidad de cualquier ser humano.
A la cultura del ocio, que corre el peligro de perder de vista y anular los
interrogantes serios en el montón de palabras, y se opone una cultura
capaz de encontrar valor y gusto por las grandes cuestiones, las que atañen
al propio futuro: son las grandes preguntas, en efecto, las que hacen
grandes las pequeñas respuestas. Pero son precisamente las pequeñas
y cotidianas respuestas las que provocan las grandes decisiones, como la de la
fe; o que crean cultura, como la de la vocación.
En todo caso, la cultura vocacional, en cuanto conjunto de valores, debe
pasar cada vez más de la conciencia eclesial a la civil, del conocimiento
de lo particular o de la comunidad a la convicción universal de no poder
construir ningún futuro, para la Europa del 2000, sobre un modelo de
hombre sin vocación. En efecto, dice el Papa: « La crisis que
atraviesa el mundo juvenil revela, incluso en las nuevas generaciones,
apremiantes interrogantes sobre el sentido de la vida, confirmando el hecho de
que nada ni nadie puede ahogar en el hombre la búsqueda de sentido
y el deseo de encontrar la verdad. Para muchos éste es el campo en el que
se plantea la búsqueda de la vocación ».(19)
Precisamente esta pregunta y este deseo hacen nacer una auténtica
cultura de la vocación; y si pregunta y deseo están en el corazón
del hombre, también de quien los rechaza, entonces esta cultura podría
llegar a ser una especie de terreno común donde la conciencia creyente
encuentra la conciencia seglar y se confronta con ella. A ésta dará
con generosidad y transparencia la sabiduría que ha recibido de lo Alto.
De esta forma dicha nueva cultura será verdadero y propio terreno de
evangelización, donde podría nacer un nuevo modelo de hombre y
florecer también una nueva santidad y nuevas vocaciones para la Europa
del 2000. La escasez, en efecto, de vocaciones específicas las
vocaciones en plural es, sobre todo, carencia de conciencia vocacional de
la vida la vocación en particular, o bien, carencia de
cultura de la vocación.
Esta cultura llega a ser hoy, probablemente, el primer objetivo de la
pastoral vocacional(20) o, quizá, de la pastoral en general. ¿Qué
pastoral es, en efecto, aquella que no cultiva la libertad de sentirse llamados
por Dios, ni produce cambio de vida?
c) Pastoral de las vocaciones: el « salto de calidad »
Hay otro elemento que une entre sí la reflexión del
pre-congreso con el análisis del congreso. Es el conocimiento de que el
congreso de las vocaciones se encuentra ante la exigencia de un cambio radical,
de un « »impacto » idóneo », según el
documento de trabajo,(21) o de « un salto de calidad », como el Papa
recomendó en su Discurso al final del Congreso.(22) Todavía
una vez más nos encontramos ante una convergencia evidente que ha de
comprenderse en su significado auténtico, en este análisis de la
situación que estamos proponiendo.
No se trata sólo de una invitación a reaccionar ante una
sensación de cansancio o de desaliento por los escasos resultados; ni con
estas palabras se pretende incitar a renovar simplemente ciertos métodos
o a recuperar energía y entusiasmo, sino que, substancialmente se quiere
indicar que la pastoral vocacional en Europa ha llegado a una articulación
histórica, a un paso decisivo. Existe una historia, con una prehistoria,
seguida de fases que se han sucedido lentamente a los largo de estos años,
como estaciones naturales, y que ahora deben necesariamente avanzar hacia el
estado « adulto » y maduro de la pastoral vocacional.
Por tanto, no se trata ni de subestimar el sentido de este paso, ni de
culpar a nadie por lo que se haya hecho en el pasado; al contrario, nuestro propósito
y el de toda la Iglesia es de sincero reconocimiento a aquellos hermanos y
hermanas que, en condiciones verderamente difíciles, han ayudado con
generosidad a tantos adolescentes a buscar y encontrar la propia vocación.
De todas formas, en cualquier caso, se trata de comprender de una vez la
orientación que Dios, Señor de la historia, está dando a
nuestra historia, también a la rica historia de las vocaciones en Europa,
hoy ante una encrucijada decisiva.
Si la pastoral de las vocaciones nació como emergencia debida
a una situación de crisis e indigencia vocacional, hoy ya no se puede
pensar con la misma incertidumbre y motivada por una coyuntura negativa; al
contrario, aparece como expresión estable y coherente de la
maternidad de la Iglesia, abierta al designio inescrutable de Dios, que siempre
engendra vida en ella;
si en un tiempo la promoción vocacional se orientaba exclusiva
y principalmente a algunas vocaciones, ahora se debería dirigir cada vez
más a la promoción de todas la vocaciones, porque en la Iglesia de
Dios o se crece juntos o no crece ninguno;
si en sus comienzos la pastoral vocacional trataba de circunscribir
su campo de acción a algunas categorías de personas (« los
nuestros », los más próximos a los ambientes de Iglesia, o a
aquéllos que parecían manifestar inmediatamente un cierto interés,
los más buenos y estimados, los que habían hecho ya una opción
de fe, etc.), ahora se siente cada vez más la necesidad de extender con
valor a todos, al menos en teoría, el anuncio y la propuesta
vocacionales, en nombre de aquel Dios que no hace acepción de personas,
que elige a pecadores en un pueblo de pecadores, que hace de Amós, que no
era hijo de profeta sino tan solo recogedor de sicómoros, un profeta, que
llama a Leví, y entra en la casa de Zaqueo, que es capaz de hacer nacer
incluso de las piedras hijos de Abraham (cfr. Mt 3,9);
si anteriormente la actividad vocacional nacía en buena parte
del miedo (a la desaparición, a la disminución) y de la pretensión
de mantener determinados niveles de presencia o de obras, ahora el miedo,
siempre pésimo consejero, cede el puesto a la esperanza cristiana,
que nace de la fe y se proyecta hacia la novedad y el futuro de Dios;
si una cierta animación vocacional es, o era, perennemente
insegura y tímida, casi hasta aparecer en condiciones de inferioridad
respecto a una cultura antivocacional, hoy hace aunténtica promoción
vocacional sólo quien está animado por la convicción de que
toda persona, sin excluir a ninguna, es un don original de Dios que espera ser
descubierto;
si el fin, un tiempo, parecía ser el reclutamiento, o el método
de propaganda, a menudo con resultados obtenidos forzando la libertad del
individuo o con episodios de « competencia », ahora debe ser cada vez
más claro que el fin es la ayuda a la persona para que sepa
discernir el designio de Dios sobre su vida para la edificación de la
Iglesia, y reconozca y realice en sí misma su propia verdad;(23)
si en época aún no muy lejana había quien se
engañaba creyendo resolver la crisis vocacional con opciones discutibles,
por ejemplo « importando vocaciones » de allende las fronteras (a
menudo desarraigándolas de su ambiente), hoy nadie debería engañarse
con resolver la crisis vocacional vagando de un lado a otro, porque el Señor
continúa llamando en cada Iglesia y en cada lugar;
e igualmente, en la misma línea, el « cirineo vocacional »,
solícito y a menudo improvisador solitario, debería cada vez más
pasar de una animación hecha con iniciativas y experiencias episódicas
a una educación vocacional que se inspire en la seguridad de un método
de acompañamiento comprobado para poder prestar una ayuda apropiada a
quien está en búsqueda;
en consecuencia, el mismo animador vocacional debería llegar a
ser cada vez más educador en la fe y formador de vocaciones, y la
animación vocacional llegar a ser siempre más acción
coral,(24) de toda la comunidad, religiosa o parroquial, de todo el instituto o
de toda la diócesis, de cada presbítero o consagradoa o creyente,
y para todas las vocaciones en cada fase de la vida;
es tiempo, por fin, de que se pase decididamente de la « patología
del cansancio »(25) y de la resignación, que se justifica
atribuyendo a la actual generación juvenil la causa única de la
crisis vocacional, al valor de hacerse los interrogantes oportunos y ver los
eventuales errores y fallos a fin de llegar a un ardiente nuevo impulso creativo
de testimonio.
d) Pequeño rebaño y misión grande(26)
Será la coherencia con la que se proceda en esta línea la que
ayudará cada vez más a descubrir la dignidad de la pastoral
vocacional y su natural posición de centralidad y síntesis en el ámbito
pastoral.
También aquí venimos de experiencias y concepciones que han
arriesgado marginar, en algún modo, en el pasado, la misma pastoral de
las vocaciones, considerándola como menos importante. Ella, tal vez,
presenta un rostro no convincente de la Iglesia actual o es considerada como un
sector de la pastoral teológicamente menos fundamentado que otros,
consecuencia reciente de una situación crítica y contingente.
La pastoral vocacional vive, quizá, todavía en una situación
de inferioridad, que, si por un lado puede dañar su imagen e
indirectamente la eficacia de su acción, por otro puede llegar a ser
también un contexto favorable para trazar y experimentar con creatividad
y libertad libertad incluso para equivocarse nuevos caminos
pastorales.
Sobre todo dicha situación puede recordar aquella otra «
inferioridad » o pobreza de la que hablaba Jesús mirando al gentío
que le seguía: « La mies es mucha, pero los obreros pocos » (Mt
9,37). Frente a la mies del Reino de Dios, frente a la mies de la nueva Europa y
de la nueva evangelización, los « obreros » son y serán
siempre pocos, « pequeño rebaño y misión grande »,
para que resalte siempre más que la vocación es iniciativa de
Dios, don del Padre, Hijo y Espíritu Santo.
SEGUNDA PARTE
TEOLOGIA DE LA VOCACION
« Hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu
» (1 Cor 12,4)
La finalidad fundamental de esta segunda parte teológica es hacer
comprender el sentido de la vida humana en relación a Dios comunión
trinitaria. El misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
fundamenta toda la existencia del hombre, como llamada al amor en la entrega de
sí mismo y en la santidad; como don en la Iglesia para el mundo. Toda
antropología separada de Dios es ilusoria.
Se trata de estudiar los elementos estructurales de la vocación
cristiana, su entramado esencial que, evidentemente, no puede ser sino teológico.
Esta realidad, que ha sido ya objeto de muchos análisis, incluso del
Magisterio, posee una rica tradición espiritual, bíblico-teológica,
que ha formado no sólo generaciones de llamados, sino también una
espiritualidad de la llamada.
La cuestión del sentido de la vida
14. En la escuela de la palabra de Dios, la comunidad cristiana recibe la
respuesta más elevada a la cuestión del significado que surge, más
o menos claramente, en el corazón del hombre. Es una respuesta que no
viene de la razón humana, aunque siempre provocada dramáticamente
por el problema del existir y de su destino, sino de Dios. Es El mismo quien
entrega al hombre la clave de lectura para esclarecer y resolver las grandes
cuestiones que hacen del hombre un sujeto interrogante: « ¿Por qué
estamos en el mundo? ¿Qué es la vida? ¿A qué puerto
arribamos más allá del misterio de la muerte? ».
No se olvide, sin embargo, que en la cultura del ocio, en la que se
encuentran embarcados sobre todo los jóvenes actuales, las cuestiones
fundamentales corren el peligro de ser sofocadas o de ser eludidas. El sentido
de la vida, hoy, más que buscado viene impuesto: o por aquello que se
vive en lo inmediato, o por cuanto satisface las necesidades, satisfechas las
cuales, la conciencia llega a ser cada vez más obtusa, y las cuestiones más
importantes quedan eludidas.(27)
Es, por tanto, tarea de la teología pastoral y del acompañamiento
espiritual ayudar a los jóvenes a preguntar a la vida, para llegar a
formular, en el diálogo decisivo con Dios, la misma pregunta de María
de Nazaret: « ¿Cómo es posible? » (Lc 1,34).
La imagen trinitaria
15. En la escucha de la Palabra, no sin asombro, descubrimos que la categoría
bíblico-teológica más comprensiva y más conveniente
para expresar el misterio de la vida, a la luz de Cristo, es aquella de «
vocación ».(28) « Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta también
plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación
».(29)
Por esto la figura bíblica de la comunidad de Corinto presenta los
dones del Espíritu, en la Iglesia, subordinados al reconocimiento de Jesús
como el Señor. Efectivamente, la cristología está en la
base de toda antropología y eclesiología. Cristo es el
proyecto del hombre. Sólo después de que el creyente ha
reconocido que Jesús es el Señor « bajo la acción del
Espíritu Santo » (1 Cor 12,3) puede acoger el estatuto de la
nueva comunidad de los creyentes: « Hay diversidad de dones, pero uno mismo
es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor.
Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas
en todos » (1 Cor 12,4-6). La imagen paulina pone en evidencia,
claramente, tres aspectos fundamentales de los dones vocacionales en la Iglesia,
estrechamente unidos a su origen en el seno de la comunión trinitaria y
con específica referencia a cada Persona.
A la luz del Espíritu, los dones son manifestación de su
infinita gratuidad. El mismo es carisma (Hch 2,38), manantial de
todo don y expresión de la incontenible creatividad divina.
A la luz de Cristo, los carismas vocacionales son ministerios, y
manifiestan las más variadas formas de servicio que el Hijo vivió
hasta dar la vida. El, en efecto, « no ha venido para ser servido, sino a
servir y dar su vida... » (Mt 20,28). Jesús, por tanto, es
el modelo de todo ministerio.
A la luz del Padre, los carismas son « operaciones »,
porque por El, origen de la vida, todo ser libera el propio dinamismo creador.
La Iglesia, pues, refleja como imagen, el misterio de Dios Padre, de Dios
Hijo y de Dios Espíritu Santo; y cada vocación lleva en sí
los rasgos característicos de las tres Personas de la comunión
trinitaria. Las Personas Divinas son origen y modelo de toda llamada: o mejor,
la Trinidad es en sí misma un misterioso entrecruce de llamadas y
respuestas. Sólo allí, en el interior de aquel diálogo
ininterrumpido, todo viviente encuentra no sólo sus raíces, sino
también su destino y su futuro, es decir, lo que está llamado a
ser y a llegar a ser, en la verdad y en la libertad, en la realidad de su
historia.
Los carismas, en efecto, en el estatuto eclesiológico de la 1a a los
Corintios, tienen una finalidad histórica y concreta: « A cada uno
se le otorga la manifestación para la común utilidad » (1
Cor 12,7). Hay un bien superior que normalmente sobrepasa el carisma
personal: construir en la unidad el Cuerpo de Cristo; hacer epifánica su
presencia en la historia « para que el mundo crea » (Jn
17,21).
Por tanto, la comunidad eclesial, por una parte, está asida por el
misterio de Dios, del que es imagen visible, y, por otra, está totalmente
comprometida con la historia del hombre, en situación de éxodo,
hacia « los cielos nuevos ».
La Iglesia, y en ella cada vocación, manifiestan un idéntico
dinamismo: ser llamadas para una misión.
El Padre llama a la vida
16. La existencia de cada uno es fruto del amor creador del Padre, de su
voluntad eficiente, de su palabra creadora.
El acto creador del Padre tiene la dinámica de una invitación,
de una llamada a la vida. El hombre viene a la vida porque es amado, pensado y
querido por una Voluntad buena que lo ha preferido a la no existencia, que lo ha
amado antes de que fuese, conocido antes de formarlo en el seno materno,
consagrado antes de que saliese a la luz (cfr. Jer 1,5; Is 49,1-5;
Gal 1,15).
La vocación, por tanto, es lo que explica, en la raíz, el
misterio de la vida del hombre, y ella misma es misterio de predilección
y gratuidad absoluta.
a) « ...a su imagen »
En la « llamada creadora » el hombre aparece al instante en toda
la plenitud de su dignidad como sujeto llamado a la relación con Dios, a
estar ante El, con los otros, en el mundo, con un rostro que sea el reflejo de
los mismos semblantes divinos: « Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza » (Gen 1,26). Esta triple relación pertenece al
designio originario, porque el Padre « en El en Cristo nos
eligió antes de la fundación del mundo, para que fuésemos
santos e irreprensibles en su presencia por la caridad » (Ef 1,4).
Reconocer al Padre significa que nosotros existimos a su manera, habiéndonos
creado a su imagen (Sab 2,23). En esto, pues, se contiene la fundamental
vocación del hombre: la vocación a la vida y a una vida concebida
al instante a semejanza de la divina. Si el Padre es el eterno manantial, la
total gratuidad, la fuente perenne de la existencia y del amor, el hombre está
llamado, en la medida corta y limitada de su existir, a ser como El; y, por
tanto, a « dar vida », a hacerse cargo de la vida de otro.
El acto creador del Padre, pues, es lo que provoca el conocimiento de que la
vida es una entrega a la libertad del hombre, llamado a dar una respuesta
personalísima y original, responsable y llena de gratitud.
b) El amor, sentido pleno de la vida
En esta perspectiva de la llamada a la vida una cosa debe ser excluida: que
el hombre pueda considerar la vida como una cosa obvia, debida, casual.
Quizá resulta difícil, en la cultura actual, experimentar
asombro ante el don de la vida.(30)
Mientras que es más fácil percibir el sentido de una vida que
se da, aquella que redunda en beneficio de los otros, se exige, en cambio, una
conciencia más madura, una cierta formación espiritual, para
comprender que la vida de cada uno, siempre y ante cualquier situación,
es amor recibido, y que en dicho amor está ya encerrado, como
consecuencia, un proyecto vocacional.
El mero hecho de existir debería llenar a todos de admiración
y de gratitud inmensa hacia Aquél que de manera totalmente gratuita nos
ha sacado de la nada pronunciando nuestro nombre.
Y, en adelante, la conciencia de que la vida es un don, no debería
suscitar solamente una actitud de agradecimiento, sino que, a la larga, debería
sugerir la primera gran respuesta a la cuestión fundamental sobre el
sentido: la vida es la obra maestra del amor creador de Dios y es en sí
misma una llamada a amar. Don recibido que, por naturaleza, tiende a convertirse
en bien dado.
c)El amor, vocación de todo hombre
El amor es el sentido pleno de la vida. Dios ha amado tanto al hombre que le
ha dado su propia vida, y le ha capacitado para vivir y querer a la manera
divina. En este exceso de amor, el amor de los comienzos, el hombre encuentra su
radical vocación, que es « vocación santa » (2 Tim
1,19), y descubre la propia inconfundible identidad, que lo hace al momento
semejante a Dios, a « imagen del Santo » que lo ha llamado (1 Pt
1,15). « Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser comenta Juan Pablo II Dios inscribe en la
humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por
tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano ».(31)
d) El Padre educador
Gracias a este amor que lo ha creado nadie puede considerarse «
superfluo », porque es llamado a responder según un designio de Dios
pensado exclusivamente para él.
Y por tanto, el hombre será feliz y plenamente realizado estando en
su puesto, aceptando la propuesta educativa divina, con todo el temor y temblor
que una tal exigencia suscita en su corazón de carne. Dios creador que da
la vida, es también el Padre que « educa », saca fuera de la
nada lo que todavía no es para hacerlo ser; saca fuera del corazón
del hombre aquello que El le ha puesto dentro, para que sea plenamente sí
mismo y aquello que El le ha llamado a ser, a semejanza suya.
De aquí, la añoranza de infinitud que Dios ha puesto en el
mundo interior de cada uno. Como un sello divino.
e)La llamada del Bautismo
Esta vocación a la vida y a la vida divina es celebrada en el
Bautismo. En este sacramento el Padre se inclina con ternura solícita
sobre la criatura, hijo o hija del amor de un hombre y de una mujer, para
bendecir el fruto de aquel amor y hacerlo plenamente hijo suyo. Nada ni nadie
podrá cancelar jamás esta vocación.
Con la gracia del Bautismo, Dios Padre interviene para manifestar que El, y
sólo El es el autor del plan de salvación, dentro del cual todo
ser humano encuentra su rol personal. Su acto es siempre precedente, anterior,
no espera la iniciativa del hombre, no depende de sus méritos, ni se
configura a partir de sus aptitudes o disposiciones. Es el Padre quien conoce,
designa, imprime un impulso, pone un sello, llama aún « antes de la
fundación del mundo » (Ef 1,4). Y luego da fuerza, camina
cercano, sostiene en la fatiga, es Padre y Madre por siempre...
La vida cristiana adquiere, de este modo, el significado de una experiencia
responsable: llega a ser respuesta responsable al hacer crecer una relación
filial con el Padre y una relación fraterna en la gran familia de los
hijos de Dios. El cristiano está llamado a favorecer, por el amor, aquel
proceso de semejanza con el Padre que se llama vida teologal.
Por lo tanto, la fidelidad al Bautismo impulsa a plantear a la vida y a sí
mismo, cuestiones cada vez más concretas; sobre todo para disponerse a
vivir la existencia no sólo según aptitudes humanas, que también
son dones de Dios, sino según su voluntad; no según perspectivas
mundanas, muchas veces de poca altura, sino según los deseos y designios
de Dios.
La fidelidad al Bautismo significa, por tanto, mirar a lo alto, como hijos,
para llevar a cabo el discernimiento de su voluntad sobre la propia vida y el
propio futuro.
El Hijo llama al seguimiento
17. « Señor, muéstranos al Padre, y nos basta » (Jn
14,8).
Es la súplica de Felipe a Jesús, en la tarde de la víspera
de la pasión. Es la angustiosa nostalgia de Dios, presente en el corazón
de cada hombre: conocer las propias raíces, conocer a Dios. El hombre no
es infinito, está inmerso en la finitud; pero su deseo gira en torno a lo
infinito.
Y la respuesta de Jesús sorprende a los discípulos: «
Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y tú no me has
conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre » (Jn 14,9).
a) Enviado por el Padre para llamar al hombre
El Padre nos ha creado en el Hijo, « que es irradiación de su
gloria y la impronta de su substancia » (Heb 1,3), predestinándonos
a ser conformes a su imagen (cfr. Rom 8,29). El Verbo es la imagen
perfecta del Padre. Este es Aquél en quien se ha hecho visible, el Logos
por medio de la cual « nos ha hablado » (Heb 1,2). Todo su ser
es de « ser enviado », para hacer a Dios, en cuanto Padre, cercano al
hombre, para manifestar su rostro y su nombre a los hombres (Jn 17,6).
Si el hombre es llamado a ser hijo de Dios, se deduce que nadie mejor que el
Verbo Encarnado puede « hablar » al hombre y reproducir la imagen
perfecta del hijo. Por esto el Hijo de Dios, viniendo a esta tierra, ha invitado
a seguirle, a ser como El, a compartir su vida, su palabra, su pascua de muerte
y resurrección; hasta sus sentimientos.
El Hijo, el enviado por Dios, se hizo hombre para llamar al hombre:
el enviado por el Padre es el que llama a los hombres.
Por esto no existe un sólo párrafo del Evangelio, o un
encuentro o un diálogo, que no tenga una proyección vocacional,
que no exprese, directa o indirectamente, una llamada por parte de Jesús.
Es como si sus encuentros humanos, provocados por las más diversas
circunstancias, fuesen para El una ocasión para colocar de algún
modo a la persona ante la pregunta estrátegica: « ¿Qué
hacer de mi vida? », « ¿Cuál es mi camino? ».
b) El amor más grande: dar la vida
¿A qué llama Jesús? A seguirle para ser y obrar como El.
Más en concreto, a vivir su misma relación en su trato con el
Padre y con los hombres: a aceptar la vida como don de las manos del Padre para
« perder » y verter este don sobre aquéllos que el Padre les ha
confiado.(32)
Hay un aspecto unificador en la identidad de Jesús que constituye el
sentido pleno del amor: la misión. Esta manifiesta la actitud oblativa,
que alcanza su epifanía suprema sobre la cruz: « Nadie tiene un amor
más grande que éste: el de dar la vida por los propios amigos »
(Jn 15,13).
Por tanto todo discípulo está llamado a reproducir y revivir
los sentimientos del Hijo, que encuentran una síntesis en el amor, causa
decisiva de toda llamada. Pero, ante todo, cada discípulo está
llamado a hacer evidente la misión de Jesús, está llamado
para la misión: « Como me ha enviado a mí el Padre, así
también yo os envío a vosotros » (Jn 20,21). El
entramado de cada vocación, o mejor aún, su madurez, consiste en
seguir a Jesús en el mundo, para hacer, como El, de la vida un don. El
envío-misión es, en efecto, el mandato de la tarde de Pascua (Jn
20,21) y es la última palabra antes de subir al Padre (Mt
28,16-20).
c)Jesús, el formador
Todo llamado es signo de Jesús: en cierto modo su corazón
y sus manos continúan abrazando a los pequeños, curando a los
enfermos, reconciliando a los pecadores y dejándose clavar en la cruz por
amor de todos. Por esto es el Señor Jesús el formador de
aquellos que llama, el único que puede plasmar en ellos sus mismos
sentimientos.
Todo discípulo, respondiendo a su llamada y dejándose formar
por El, manifiesta los rasgos más auténticos de la propia opción.
Por esto « el reconocimiento de El como Señor de la vida y de la
historia, conlleva el reconocerse uno mismo como discípulo (...) El acto
de fe conjuga necesariamente el conocimiento cristológico con el
auto-reconocimiento antropológico ».(33)
De aquí, la pedagogía de la experiencia vocacional cristiana
traída por la palabra de Dios: « Jesús designó a doce
para que le acompañaran y para enviarlos a predicar » (Mc 3,14).
La vida cristiana para ser vivida en plenitud, en la dimensión del don y
de la misión, necesita de motivaciones fuertes, y, sobre todo, de comunión
profunda con el Señor: en la escucha, en el diálogo, en la oración,
en la interiorización de los sentimientos, en el dejarse cada día
formar por El, y, especialmente, en el deseo ardiente de comunicar al mundo la
vida del Padre.
d) La Eucaristía: la entrega para la misión
En todas las catequesis de la comunidad cristiana desde los orígenes
es patente la centralidad del misterio pascual: anunciar a Cristo muerto y
resucitado. En el misterio del pan partido y de la sangre vertida por la vida
del mundo, la comunidad creyente contempla la epifanía suprema del amor,
la vida entregada del Hijo de Dios.
Por esto en la celebración de la Eucaristía, « cumbre y
fuente »(34) de la vida cristiana, se celebra la suprema revelación
de la misión de Jesucristo en el mundo; pero, al mismo tiempo, se celebra
también la identidad de la comunidad eclesial convocada para ser enviada,
llamada para la misión.
En la comunidad que celebra el misterio pascual cada cristiano toma parte y
entra en el estilo del don de Jesús, llegando a ser como El pan partido
para la oblación al Padre y para la vida del mundo.
La Eucaristía llega a ser, así, origen de toda vocación
cristiana; en ella cada creyente es llamado a conformarse al Cristo Resucitado
totalmente ofrecido y dado. Llega a ser modelo de toda respuesta vocacional;
como en Jesús, en cada vida y en cada vocación, se da la difícil
fidelidad de vivir hasta la medida de la cruz.
Aquél que participa en esto, acepta la invitación-llamada de
Jesús a « hacer memoria » de El, en el sacramento y en la vida,
a vivir « recordando » en la verdad y la libertad de las opciones
diarias el memorial de la cruz, a llenar la existencia de gratitud y gratuidad,
a partir el propio cuerpo y verter la propia sangre. Como el Hijo.
La Eucaristía genera, por fin, el testimonio, prepara la misión:
« Id en paz ». Se pasa del encuentro con Cristo en el signo del Pan al
encuentro con Cristo en el signo de cada hombre. El compromiso del creyente no
se agota al entrar, sino al salir del templo. La respuesta a la llamada
encuentra la historia de la misión. La fidelidad a la propia vocación
se alimenta en las fuentes de la Eucaristía y se mide en la Eucaristía
de la vida.
El Espíritu llama al testimonio
18. Todo creyente, iluminado por el conocimiento de la fe, está
llamado a conocer y a reconocer a Jesús como el Señor; y en El, a
reconocerse a sí mismo. Pero esto no es fruto sólo de un deseo
humano o de la buena voluntad del hombre. Aún después de haber
vivido la larga experiencia con el Señor, los discípulos tienen
siempre necesidad de Dios. Incluso, la víspera de la pasión, ellos
sienten una cierta turbación (Jn 14,1), temen la soledad; y Jesús
los anima con una promesa inaudita: « No os dejaré huérfanos »
(Jn 14,1). Los primeros llamados del Evangelio no quedarán solos:
Jesús les asegura la solícita compañía del Espíritu.
a)Consolador y amigo, guía y memoria
« El es el 'Consolador', el Espíritu de bondad, que el Padre
enviará en el nombre del Hijo, don del Señor resucitado »,(35)
« para que permanezca siempre con vosotros » (Jn 14,16).
El Espíritu llega a ser el amigo de todo discípulo, el guía
de mirada solícita sobre Jesús y sobre los llamados, para hacer de
éstos testigos contracorriente del acontecimiento más
desconcertante del mundo: Cristo muerto y resucitado. El, en efecto, es «
memoria » de Jesús y de su Palabra: « Os lo enseñará
todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho » (Jn
14,26); más todavía, « os guiará hacia la verdad
completa » (Jn 16,13).
La permanente novedad del Espíritu está en guiar hacia un
conocimiento gradual y profundo de la verdad, verdad que no es concepto
abstracto, sino el designio de Dios en la vida de cada discípulo. Es la
transformación de la Palabra en vida y de la vida según la
Palabra.
b)Animador y acompañante vocacional
De este modo, el Espíritu llega a ser el animador de toda vocación,
El que acompaña en el camino para que llegue a la meta, el artista
interior que modela con creatividad infinita el rostro de cada uno según
Jesús.
Su presencia está siempre junto a cada hombre y a cada mujer, para
guiar a todos en el discernimiento de la propia identidad de creyentes y de
llamados, para forjar y modelar tal identidad exactamente según el modelo
del amor divino. Este « molde divino », el Espíritu
santificador trata de reproducirlo en cada uno, como paciente artífice de
nuestras almas y « óptimo consolador ».
Pero sobre todo el Espíritu prepara a los llamados, al «
testimonio »: « El dará testimonio de mí, y vosotros daréis
también testimonio » (Jn 15,26-27). Este modo de ser de cada
llamado constituye la palabra convincente, el contenido mismo de la misión.
El testimonio no consiste sólo en inspirar las palabras del anuncio como
en el Evangelio de Mateo (Mt 10,20); sino en guardar a Jesús en
el corazón y en anunciarle a El como vida del mundo.
c)La santidad, vocación de todos
Y, así, la cuestión acerca del salto de calidad que imprimir a
la pastoral vocacional hoy, llega a ser interrogante que sin duda empeña
a la escucha del Espíritu: porque es El quien anuncia las « cosas
futuras » (Jn 16,13), es El quien da una inteligencia espiritual
nueva para comprender la historia y la vida, a partir de la Pascua del Señor,
en cuya victoria está el futuro de cada hombre.
Por consiguiente, resulta legítimo preguntarse: ¿dónde
está la llamada del Espíritu Santo para estos tiempos nuestros? ¿Qué
debemos rectificar en los caminos de la pastoral vocacional?
Pero la respuesta vendrá sólo si acogemos la gran llamada a la
conversión, dirigida a la comunidad eclesial y, en ella, a cada uno, como
un verdadero itinerario de ascética y renovación interior, para
recuperar cada uno la fidelidad a la propia vocación.
Hay una « primacía de la vida en el Espíritu »,
que está en la base de toda pastoral vocacional. Esto exige la superación
de un difundido pragmatismo y de aquella superficialidad estéril que
conduce a olvidar la vida teologal de la fe, de la esperanza y de la caridad. La
escucha profunda del Espíritu es el nuevo hálito de toda acción
pastoral de la comunidad eclesial.
La primacía de la vida espiritual es la premisa para responder a la
nostalgia de santidad que, como ya hemos dicho, atraviesa también
esta época de la Iglesia de Europa. La santidad es la vocación
universal de cada hombre,(36) es la vía maestra donde convergen los
diferentes senderos de las vocaciones particulares. Por tanto, la gran cita del
Espíritu para estos tiempos de la historia postconciliar es la santidad
de los llamados.
d)Las vocaciones al servicio de la vocación de la Iglesia
Pero tender eficazmente hacia esta meta significa adherirse a la acción
misteriosa del Espíritu en algunas concretas direcciones, que preparan y
constituyen el secreto de una verdadera vitalidad de la Iglesia del 2000.
Al Espíritu Santo se atribuye el eterno protagonismo de la comunión
que se refleja en la imagen de la comunidad eclesial, visible a través de
la pluralidad de los dones y de los ministerios.(37) Es, precisamente,
en el Espíritu, en efecto, donde todo cristiano descubre su completa
originalidad, la singularidad de su llamada, y, al mismo tiempo, su natural e
imborrable tendencia a la unidad. Es en el Espíritu donde las vocaciones
en la Iglesia son tantas, siendo todas ellas una misma única vocación
a la unidad del amor y del testimonio. Es también la acción del
Espíritu la que hace posible la pluralidad de las vocaciones en la unidad
de la estructura eclesial: las vocaciones en la Iglesia son necesarias en su
variedad para realizar la vocación de la Iglesia, y la vocación de
la Iglesia a su vez es la de hacer posibles y factibles las
vocaciones de y en la Iglesia. Todas las diversas vocaciones, pues, tienden
hacia el testimonio del ágape, hacia el anuncio de Cristo único
salvador del mundo. Precisamente ésta es la originalidad de la vocación
cristiana: hacer coincidir la realización de la persona con la de la
comunidad; esto quiere decir, todavía una vez más, hacer
prevalecer la lógica del amor sobre la de los intereses privados, la lógica
de la copartición sobre la de la apropiación narcisista de los
talentos (cfr. 1 Cor 12-14).
La santidad llega a ser, por tanto, la verdadera epifanía del Espíritu
Santo en la historia. Si cada Persona de la Comunión Trinitaria tiene su
rostro, y si es verdad que los rostros del Padre y del Hijo son bastante
familiares porque Jesús, haciéndose hombre como nosotros ha
revelado el rostro del Padre, los santos llegan a ser el icono que mejor habla
del misterio del Espíritu. Así, también, todo creyente fiel
al Evangelio, en la propia vocación personal y en la llamada universal a
la santidad, esconde y revela el rostro del Espíritu Santo.
e) El « sí » al Espíritu Santo en la Confirmación
El sacramento de la Confirmación es el momento que expresa del modo más
evidente y consciente el don y el encuentro con el Espíritu.
El confirmando ante Dios y su gesto de amor (« Recibe el sello del Espíritu
Santo que te he dado en don »),(38) pero también ante la propia
conciencia y la comunidad cristiana, responde « amén ». Es
importante recuperar a nivel formativo y catequético el denso significado
de este « amén ».(39)
Este « amén » quiere significar, ante todo, el « sí
» al Espíritu Santo, y con El a Jesús. He aquí porqué
la celebración del sacramento de la Confirmación prevé la
renovación de las promesas bautismales y pide al confirmando el
compromiso de renunciar al pecado y a las obras del maligno, siempre al quite
para desfigurar la imagen cristiana; y pide, sobre todo, el compromiso de vivir
el Evangelio de Jesús y en particular el gran mandamiento del amor. Se
trata de confirmar y renovar la fidelidad vocacional a la propia identidad de
hijos de Dios.
Este « amén » es un « sí » también
a la Iglesia. En la Confirmación el joven declara que se hace cargo de la
misión de Jesús continuada por la comunidad. Comprometiéndose
en dos direcciones, para dar realidad a su « amén »: el
testimonio y la misión. El confirmando sabe que la fe es
un talento que hay que negociar; es un mensaje que transmitir a los otros con
la vida, con el testimonio coherente de todo su ser; y con la palabra,
con el valor misionero de difundir la buena nueva.
Y finalmente, este « amén » manifiesta la docilidad al Espíritu
Santo en pensar y decidir el futuro según el designio de Dios. No
sólo según las propias aspiraciones y aptitudes; no sólo en
los tiempos puestos a disposición por el mundo; sino, sobre todo, en
sintonía con el designio, siempre inédito e imprevisible, que Dios
tiene sobre cada uno.
Desde la Trinidad a la Iglesia en el mundo
19. Toda vocación cristiana es « peculiar » porque
interpela la libertad de cada hombre y origina una respuesta personalísima
en una historia original e irrepetible. Por esto cada uno en la propia
experiencia vocacional encuentra un acontecimiento irreducible a esquemas
generales; la historia de cada hombre es una pequeña historia, pero
siempre parte, inconfundible y única, de otra grande historia. En la
relación entre estas dos historias, entre la suya pequeña y la
grande que le pertenece y lo supera, el ser humano se juega su libertad.
a) En la Iglesia y en el mundo, para la Iglesia y para el mundo
Toda vocación nace en un lugar preciso, en un contexto concreto y
limitado, pero no vuelve sobre sí misma, ni tiende hacia la perfección
individual o la autorrealización sicológica y espiritual del
llamado, sino que florece en la Iglesia, en la Iglesia que camina en el mundo
hacia el Reino definitivo, hacia el cumplimiento de una historia que es grande
porque es de salvación.
La misma comunidad eclesial tiene una estructura profundamente vocacional:
es llamada a la misión; es signo de Cristo misionero del Padre. Como dice
la Lumen gentium: « es en Cristo como un sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano ».(40)
La Iglesia, por una parte, es signo que reproduce el misterio de Dios; es
icono que envía a la comunión trinitaria en el signo de la
comunidad visible, y al misterio de Cristo en el dinamismo de la misión
universal. Por otra, la Iglesia está inmersa en el tiempo de los hombres,
vive en la historia en condición de éxodo, está en misión
al servicio del Reino para hacer de la humanidad la comunidad de los hijos de
Dios.
Por tanto, la atención a la historia exige a la comunidad eclesial
ponerse en actitud de escuchar las esperanzas de los hombres, de leer los signos
de los tiempos que son código y lenguaje del Espíritu Santo, de
establecer un diálogo crítico y fecundo con el mundo contemporáneo,
aceptando con benevolencia tradiciones y culturas para revelar en ellas el
designio del Reino y meter en ellas la levadura del Evangelio.
Con la historia de la Iglesia en el mundo se entrecruza, así, la
pequeña grande historia de cada vocación. Como nació en la
Iglesia y en el mundo, igualmente cada llamada está al servicio de la
Iglesia y del mundo.
b) La Iglesia, comunidad y comunión de vocaciones
En la Iglesia, comunidad de dones para la única misión, se
realiza el paso de la situación en la que se encuentra el creyente
injertado en Cristo por el Bautismo, a su vocación « particular »
como respuesta al carisma específico del Espíritu. En tal
comunidad cada vocación es « personal » y se concreta en un
proyecto de vida; no existen vocaciones generales.
Y en su particularidad cada vocación es « necesaria » y «
relativa » al mismo tiempo. « Necesaria », porque Cristo vive y
se hace visible en su cuerpo que es la Iglesia, y en el discípulo que es
parte esencial de ella. « Relativa », porque ninguna vocación
agota el signo testimonial del misterio de Cristo, sino que manifiesta solamente
un aspecto del mismo. Sólo el conjunto de los carismas convierte en
epifanía el entero cuerpo del Señor. En un edificio cada piedra
necesita de la otra (1 Pt 2,5); en el cuerpo cada miembro necesita del
otro para hacer crecer todo el organismo y servir para común utilidad (1
Cor 12,7).
Esto exige que la vida de cada uno se proyecte a partir de Dios que es su único
origen y todo lo dispone para el bien del todo; exige que la vida vuelva a ser
descubierta como verdaderamente significativa sólo si está abierta
al seguimiento de Jesús.
Pero es también importante que exista una comunidad eclesial que
ayude de hecho a descubrir a todo llamado la propia vocación. El clima de
fe, de oración, de comunión en el amor, de madurez espiritual, de
valor del anuncio, de intensidad de la vida sacramental convierte a la comunidad
creyente en un terreno adecuado no sólo para el brote de vocaciones
particulares, sino para la creación de una cultura vocacional y de una
disponibilidad en cada uno para recibir su llamada personal. Cuando un joven oye
la llamada y emprende en su corazón el santo viaje para realizarla, allí,
normalmente hay una comunidad que ha creado las premisas para esta
disponibilidad obediente.(41)
Es como decir: la fidelidad vocacional de una comunidad creyente es la
primera y fundamental condición para el florecimiento de la vocación
en cada creyente, especialmente en los jóvenes.
c) Signo, ministerio, misión
Por tanto, cada vocación, como opción firme y definitiva de
vida, se abre en una triple dimensión: en relación a Cristo, toda
llamada es « signo »; en relación a la Iglesia es «
ministerio »; en relación al mundo es « misión
» y testimonio del Reino.
Si la Iglesia es « en Cristo como un sacramento », toda vocación
revela la dinámica profunda de la comunión trinitaria, la acción
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como acontecimiento que hace
ser en Cristo criaturas nuevas y modeladas sobre él.
Cada vocación, entonces, es signo, es un modo particular de
revelar el rostro del Señor Jesús. « El amor de Cristo nos
urge » (2 Cor 5,14). Jesús llega a ser motivo y modelo
decisivos de cada respuesta a las llamadas de Dios.
En relación con la Iglesia, toda vocación es ministerio,
radicado en la pura gratuidad del don. La llamada de Dios es un don para la
comunidad, para la común utilidad, en el dinamismo de los muchos
servicios ministeriales. Esto es posible con docilidad al Espíritu que
hace ser a la Iglesia como « comunidad de los rostros »,(42) y origina
en el corazón del cristiano el ágape, no sólo como ética
del amor, sino también como estructura profunda de la persona, llamada y
preparada para vivir en relación con los otros, en actitud de servicio,
según la libertad del Espíritu.
Toda vocación, por fin, en relación al mundo, es misión.
Es vida vivida en plenitud porque es vivida para los otros, como la de Jesús
y, por tanto, generadora de vida: « la vida engendra vida ».(43) De
aquí la intrínseca participación de toda vocación en
el apostolado y en la misión de la Iglesia, semilla del Reino. Vocación
y misión constituyen dos caras del mismo prisma. Definen el don y la
aportación de cada uno al proyecto de Dios, a imagen y semejanza de Jesús.
d)La Iglesia, madre de vocaciones
La Iglesia es madre de vocaciones porque las hace nacer en su seno, por el
poder del Espíritu, las protege, las alimenta y las sostiene. Es madre,
en particular, porque ejerce una preciosa función mediadora y pedagógica.
« La Iglesia, llamada por Dios, constituida en el mundo como comunidad
de llamados, es a su vez instrumento de la llamada de Dios. La Iglesia es
llamada viviente, por voluntad del Padre, por los méritos del Hijo, por
la fuerza del Espíritu Santo (...) La comunidad, que adquiere conciencia
de ser llamada, al mismo tiempo adquiere conciencia de que debe llamar
continuamente ».(44) Por medio y a lo largo de esta llamada, en sus varias
formas, discurre también el llamamiento de Dios.
Esta función mediadora, la Iglesia la ejercita cuando ayuda y
estimula a cada creyente a adquirir conciencia del don recibido y de la
responsabilidad que el don conlleva consigo.
La ejerce, asimismo, cuando se hace intérprete autorizada de la
llamada explícita vocacional y llama ella misma, exponiendo las
necesidades vinculadas a su misión y a las exigencias del pueblo de Dios,
y animandoa responder generosamente.
La ejerce, todavía, cuando pide al Padre el don del Espíritu
que suscita el consentimiento en el corazón de los llamados, y cuando
acoge y reconoce en ellos la llamada misma, dando y confiando, explícitamente
con fe y temblor al mismo tiempo, una misión concreta y siempre difícil
entre los hombres.
Podemos, en fin, añadir que la Iglesia manifiesta su maternidad
cuando, además de llamar y reconocer la idoneidad de los llamados, provee
para que éstos reciban una formación adecuada, inicial y
permanente, y para que sean efectivamente acompañados a lo largo de una
respuesta siempre más fiel y radical. La maternidad eclesial no puede
agotarse, ciertamente, en el tiempo de la llamada inicial. Ni puede decirse
madre aquella comunidad de creyentes que simplemente « espera »,
dejando totalmente a la acción divina la responsabilidad de la llamada,
casi temerosa de dirigir llamadas: o que da por descontado que los adolescentes
y jóvenes, en particular, sepan recibir inmediatamente la llamada
vocacional; o que no ofrece caminos trazados para la propuesta y la acogida de
la propuesta.
La crisis vocacional de los llamados es también, hoy, crisis de
los que llaman, acobardados y poco valientes a veces. Si no hay nadie que
llama, ¿cómo podrá haber quien responda?
La dimensión ecuménica
20. La Europa actual, tiene necesidad de nuevos santos y de nuevas
vocaciones, de creyentes capaces de « lanzar puentes » para unir
siempre más a las Iglesias. Este es un aspecto típico de novedad,
un signo de los tiempos de la pastoral vocacional del final del milenio. En un
continente marcado por una profunda aspiración unitaria, las Iglesias
deben ser las primeras en dar el ejemplo de una fraternidad más fuerte
que cualquier división, y que habrá que construir y reconstruir
una y otra vez. « La pastoral vocacional hoy en Europa debe tener una
dimensión ecuménica. Todas las vocaciones, existentes en cada
Iglesia de Europa, están empeñadas conjuntamente en asumir el gran
reto de la evangelización en los umbrales del tercer milenio, dando un
testimonio de comunión y de fe en Jesucristo, único salvador del
mundo ».(45)
En tal espíritu de unidad eclesial van promovidas y favorecidas la
coparticipación de los bienes que el Espíritu Santo ha sembrado
por todas partes, y la ayuda recíproca entre las Iglesias.
Las Iglesias católicas de Oriente
21. Mayor atención, por parte de las Iglesias de la Europa
occidental, debe prestarse a los caminos espirituales y formativos de las
Iglesias católicas orientales; esto no puede sino ejercer una benéfica
influencia sobre la pastoral vocacional de todas las Iglesias. Especial
importancia tiene la santa Liturgia en orden a la formación de las
vocaciones para las Iglesias de Oriente. Ella es el momento en el que se hace la
proclamación y la adoración del Misterio de la salvación y
donde surge la comunión y se construye la hermandad entre los creyentes,
hasta llegar a ser la verdadera conformadora de la vida cristiana, la síntesis
más completa de sus diversos aspectos. En la Liturgia la confesión
gozosa de pertenecer a la tradición de las Iglesias de Oriente está
unida a la plena comunión con la Iglesia de Roma.
No se puede ser promotor de vocaciones al sacerdocio y a la vida monástica
si no se vuelve a las fuentes de las propias tradiciones primitivas, en sintonía
con los Santos Padres y con su profundo sentido de la Iglesia. Este proceso de
gran alcance requiere tiempo, paciencia, respeto de la sensibilidad de los
fieles, pero también decisión.
Por esto, se insta a los Obispos, a los Superiores religiosos y a los
Agentes de pastoral de las Iglesias católicas orientales de Europa a que
sientan la necesidad apremiante de recuperar y custodiar íntegro, para
todas sus Iglesias, el respectivo patrimonio litúrgico, pues contribuye
de modo insustituible al nacimiento y al desarrollo de la teología y de
la catequesis. Esto, según el ejemplo del método mistagógico
de los Padres, abre a la experiencia de la llamada y de la vida espiritual, y
madura un seguro y fuerte espíritu ecuménico.(46)
En las experiencias eclesiales diversificadas, y a través de estudios
que presentan el patrimonio histórico, teológico, jurídico
y espiritual de las Iglesias a las que pertenecen, los jóvenes orientales
pueden encontrar a punto ambientes educativos apropiados para madurar el sentido
universal de su entrega a Cristo y a la Iglesia.
Es tarea de los Obispos promover, aproximarse con simpatía y acompañar
con solicitud paterna a los jóvenes que individual o colectivamente piden
dedicarse a la vida monástica valorando el carisma de las comunidades monásticas,
ricas en formadores y en guías espirituales.
El ministerio ordenado y las vocaciones en la reciprocidad de la
comunión
22. « En muchas Iglesias particulares, la pastoral vocacional necesita
todavía hacer luz respecto a la relación entre ministerio
ordenado, vocación de especial consagración y todas las demás
vocaciones. La pastoral vocacional unitaria se funda sobre la vocacionalidad de
la Iglesia y de cada vida humana como llamada y como respuesta. Esta
vocacionalidad es el fundamento del compromiso unitario de toda la Iglesia para
todas las vocaciones y, en particular, para las vocaciones de especial
consagración ».(47)
a) El ministerio ordenado
Dentro de esta sensibilidad general, parece que deba darse hoy una
particular atención al ministerio ordenado, que representa la primera
modalidad específica de anuncio del Evangelio. El representa « la
garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los
diversos tiempos y lugares »,(48) y manifiesta propiamente la dependencia
directa de la Iglesia de Cristo, que continúa enviando su Espíritu
para que ella no se quede encerrada en sí misma, en su cenáculo,
sino que camine por los senderos del mundo anunciando la buena noticia.
Esta modalidad vocacional se puede expresar según tres grados: episcopal
(al que va unida la garantía de la sucesión apostólica);
presbiteral (que es la « representación de Cristo como
pastor ») (49) y diaconal (signo sacramental de Cristo siervo).(50)
A los obispos está confiado el ministerio de la llamada respecto a
aquellos que aspiran a las Ordenes sagradas, para llegar a ser sus colaboradores
en el oficio apostólico.
El ministerio ordenado hace ser a la Iglesia, sobre todo a través de
la celebración de la Eucaristía « culmen et fons »(51)
de la vida cristiana y de la comunidad llamada a hacer memoria del Resucitado.
Como toda otra vocación, nace en la Iglesia y forma parte de su vida. Por
tanto el ministerio ordenado tiene un servicio de comunión en la
comunidad y, en razón de esto, tiene la intransferible tarea de
promover cada vocación.
De aquí la traducción pastoral: el ministerio ordenado para
todas las vocaciones y todas las vocaciones para el ministerio ordenado en la
reciprocidad de la comunión. El obispo, pues, con su presbiterio, está
llamado a discernir y cultivar todos los dones del Espíritu. Pero de modo
particular el cuidado del seminario debe ser preocupación de toda la
Iglesia diocesana a fin de garantizar la formación de los futuros presbíteros
y la creación de comunidades eucarísticas como plena manifestación
de la experiencia cristiana.
b)Atención a todas las vocaciones
El discernimiento y el cuidado de la comunidad cristiana deben extenderse a
todas las vocaciones, tanto a las generadas en las formas tradicionales de la
Iglesia como a los nuevos dones del Espíritu: la consagración
religiosa en la vida monástica y en la vida apostólica, la vocación
laical, el carisma de los Institutos seculares, las Sociedades de vida apostólica,
la vocación al matrimonio, las diversas formas de
agregaciones-asociaciones a Institutos religiosos, las asociaciones misioneras,
las nuevas formas de vida consagrada.
Estos diferentes dones del Espíritu están presentes de
diversas formas en las Iglesias de Europa; pero todas estas Iglesias, en
cualquier caso, están llamadas a dar testimonio de acogida y de ayuda a
cada vocación. Una Iglesia está viva cuanto más abundante y
variada es en ella la manifestación de las diversas vocaciones.
En un tiempo, pues, como el nuestro, necesitado de profecía, es sabio
favorecer aquellas vocaciones que son un signo particular « de aquello que
todavía no nos ha sido revelado que seremos » (1 Jn 3,2),
como las vocaciones de especial consagración; pero es también
sabio e indispensable favorecer el aspecto profético típico de
cada vocación cristiana, incluso la laical, para que la Iglesia sea, ante
el mundo, cada vez más, signo de las cosas futuras, de aquel Reino que es
« ya sí, pero todavía no ».
María, madre y modelo de cada vocación
23. Existe una criatura en la que el diálogo entre la libertad de
Dios y la libertad del hombre se realiza de modo perfecto, de manera que las dos
libertades puedan actuar realizando plenamente el proyecto vocacional; una
criatura que nos ha sido dada para que en ella podamos contemplar un perfecto
designio vocacional, el que debería cumplirse en cada uno de nosotros.
¡Es María, la imagen salida del designio de Dios sobre la
criatura! Es, en efecto, criatura como nosotros, pequeño fragmento en el
que Dios ha podido verter todo su amor divino; esperanza que nos ha sido dada
para que mirándola, podamos también nosotros aceptar la Palabra a
fin de que se cumpla en nosotros.
María es la mujer en la que la Santísima Trinidad puede
manifestar plenamente su libertad electiva. Como dice San Bernardo
comentando el mensaje del ángel Gabriel en la anunciación: «
Esta no es una Virgen encontrada en el último momento, ni por casualidad,
sino que fue elegida antes de los siglos; el Altísimo la predestinó
y se la preparó ».(52) Y San Agustín ya había escrito
mucho antes: « Antes que el Verbo naciese de la Virgen, El ya la había
predestinado como su madre ».(53)
María es la imagen de la elección divina de toda criatura,
elección hecha desde la eternidad y totalmente libre, misteriosa y
amante. Elección que, normalmente, va más allá de lo que la
criatura puede desear para sí: que le pide lo imposible y le exige sólo
una cosa: el valor de fiarse.
Pero la Virgen María es también modelo de la libertad
humana en la respuesta a esta elección. Ella es la muestra de lo que
Dios puede hacer cuando encuentra una criatura libre de acoger su propuesta.
Libre de pronunciar su « sí », libre de encaminarse por la
larga peregrinación de la fe, que será también la
peregrinación de su vocación de mujer llamada a ser Madre del
Salvador y Madre de la Iglesia. Aquel largo viaje se concluirá a los pies
de la cruz, con un « sí » todavía más misterioso
y doloroso que la hará ser plenamente madre; y, después, también
en el cenáculo, donde engendra y sigue todavía hoy engendrando,
con el Espíritu, la Iglesia y cada vocación.
María, en fin, es la imagen perfectamente realizada de la « mujer
», perfecta síntesis del alma femenina y de la creatividad del Espíritu,
que en Ella encuentra y escoge la esposa, virgen madre de Dios y del hombre,
hija del Altísimo y madre de todo viviente. ¡En Ella cada mujer
encuentra su vocación de virgen, de esposa, de madre!
TERCERA PARTE
PASTORAL DE LAS VOCACIONES
« ...cada uno los oía hablar en su propia lengua
»(Hch 2,6)
Las orientaciones concretas de la pastoral vocacional no nacen sólo
de una correcta teología de la vocación, sino que atraviesan
algunos principios operativos, en los que la perspectiva vocacional es el alma y
el criterio unificador de toda la pastoral.
A continuación se indican los itinerarios de fe y los lugares
concretos en los que la propuesta vocacional debe llegar a ser compromiso de
todo pastor y educador.
El análisis de la situación nos ha ofrecido, en la primera
parte, el cuadro de la realidad vocacional europea actual; la segunda parte, en
cambio, ha propuesto una reflexión teológica sobre el significado
y sobre el misterio de la vocación, partiendo de la realidad de la
Trinidad hasta extraer de ella el sentido en la vida de la Iglesia.
Es precisamente, este segundo aspecto el que ahora quisiéramos
profundizar, especialmente desde el punto de vista de la aplicación pastoral.
En la audiencia concedida a los participantes en el Congreso, Juan Pablo II
afirmó: « La actual situación histórica y cultural,
que ha cambiado bastante, exige que la pastoral de las vocaciones sea
considerada uno de los objetivos primarios de toda la Comunidad cristiana
».(54)
La imagen de la Iglesia primitiva
24. Cambian las situaciones históricas, pero permanece idéntico
el punto de referencia en la vida del creyente y de la comunidad creyente, el
punto de referencia representado por la palabra de Dios, en especial allí
donde narra los sucesos de la Iglesia de los orígenes. Tales sucesos y el
modo de vivirlos por la comunidad primitiva, constituyen para nosotros el «
exemplum », el modo de ser de la Iglesia. Incluso para cuanto
concierne a la pastoral vocacional. Tomemos algunos elementos esenciales y
particularmente ejemplares, tal como los narra el libro de los Hechos de los
Apóstoles, en el momento en que la Iglesia de los comienzos era numéricamente
pequeña y débil. La pastoral vocacional tiene los mismos años
que la Iglesia; nace entonces, junto a ella, en aquella pobreza de improviso
habitada por el Espíritu.
En los albores de esta historia singular, en efecto, que es, por tanto, la
de todos nosotros, está la promesa del Espíritu Santo,
hecha por Jesús antes de subir al Padre. « No os toca a vosotros
conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder
soberano; pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que
descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra » (Hch
1,7-8). Los Apóstoles están reunidos en el cenáculo, «
perseveraban unánimes en la oración... con María,
la madre de Jesús » (1,14), e inmediatamente se ocupan de llenar el
puesto dejado vacío por Judas con otro elegido entre los que desde el
principio habían permanecido con Jesús: para que « sea
testigo con nosotros de su resurrección » (1,22) Y la promesa se
cumple: desciende el Espíritu, con efectos sorprendentes, y llena la casa
y la vida de aquéllos que antes eran tímidos y miedosos, como un
estruendo, un viento, un fuego... « Y comenzaron a hablar en otras
lenguas... y cada uno les oía hablar en su propia lengua »
(2,4-6). Y Pedro pronuncia el discurso en el que narra la Historia de la salvación:
« en pie... y en voz alta » (2,14), un discurso que « traspasa el
corazón » de quien lo escucha y provoca la pregunta decisiva de la
vida: « ¿qué debemos hacer? » (2,37).
En este punto los Hechos describen cómo era la vida de la primera
comunidad, provista de algunos elementos esenciales, como la asiduidad en
escuchar la enseñanza de los Apóstoles, la unión fraterna,
la fracción del pan, la oración, la coparticipación de los
bienes materiales; pero conjuntamente también los dones y bienes del Espíritu
(cfr. 2,42-47).
Mientras tanto Pedro y los Apóstoles continúan haciendo
prodigios en el nombre de Jesús y anunciando el kerigma de la salvación,
a menudo con riesgo de la vida, pero siempre sostenidos por la comunidad, dentro
de la que los creyentes forman « un solo corazón y una sola alma »
(4,32). En ella, por otra parte, comienzan también a aumentar y a
diversificarse las exigencias, por lo que se instituyen los diáconos para
hacer frente a las necesidades, incluso materiales, de la comunidad, en especial
de los más necesitados (cfr. 6,1-7).
El testimonio audaz y valiente no puede sino provocar la persecución
de las autoridades, y por ello, he aquí al primer mártir, Esteban,
subrayando que la causa del Evangelio compromete todo del hombre, incluso la
vida (cfr. 6,8; 7,60). A la sentencia que condena a Esteban consiente también
Saulo, el perseguidor de los cristianos, el que, poco después, será
elegido por Dios para anunciar a los paganos el misterio escondido en los siglos
y ahora revelado.
Y la historia continúa, siempre como historia sagrada: historia de
Dios que elige y llama a los hombres a la salvación de maneras, a veces,
imprevisibles, e historia de los hombres que se dejan llamar y elegir por Dios.
Estas notas de la comunidad primitiva nos pueden ser suficientes para trazar
las líneas fundamentales de la pastoral de una Iglesia enteramente
vocacional: sobre métodos y contenidos, principios generales, itinerarios
que recorrer y estrategias concretas que seguir para realizarla.
Aspectos teológicos de la pastoral vocacional
25.¿Pero qué teología fundamenta, inspira y motiva la
pastoral vocacional en cuanto tal?
La respuesta es importante en nuestro contexto, porque hace de elemento
mediador entre la teología de la vocación y una praxis pastoral
coherente con ella, que nazca de aquella teología y vuelva a ella. Sobre
esta cuestión, en efecto, el Congreso manifestó la necesidad de
una reflexión posterior de estudio, a fin de descubrir los motivos que
unen intrísecamente personas y comunidades con la labor vocacional y para
poner de relieve una mejor relación entre teología de la vocación,
teología de la pastoral vocacional y praxis pedagógico-pastoral.
« La pastoral de las vocaciones nace del misterio de la Iglesia y está
a su servicio ».(55) El fundamento teológico de la pastoral de las
vocaciones, por tanto, « puede nacer sólo de la lectura del misterio
de la Iglesia como mysterium vocationis ».(56)
Juan Pablo II recuerda claramente, al respecto, que la « dimensión
vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la Iglesia », es
decir, a su vida y a su misión.(57) La vocación define, en cierto
sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su actuar. En su mismo
nombre, « Ecclesia », se indica su fisonomía vocacional íntima,
porque es verdaderamente « convocatoria », esto es, asamblea de
los llamados.(58) Justamente, por eso, el Instrumentum laboris del
Congreso dice que « la pastoral unitaria se funda en la vocacionalidad de
la Iglesia ».(59)
Por consiguiente, la pastoral de las vocaciones, por su naturaleza, es una
actividad ordenada al anuncio de Cristo y a la evangelización de los
creyentes en Cristo. He aquí, por tanto, la respuesta a nuestra pregunta:
precisamente en la llamada de la Iglesia a comunicar la fe, se fundamenta la
teología de la pastoral vocacional. Esto concierne a la Iglesia
universal, pero se atribuye de modo particular a cada comunidad cristiana,(60)
especialmente en el actual momento histórico del viejo continente. «
Para esta sublime misión de hacer florecer una nueva era de evangelización
en Europa se requieren hoy evangelizadores especialmente preparados ».(61)
A este propósito conviene señalar algunos puntos firmes,
indicados por el actual magisterio pontificio, para que sean puntos de partida
de la praxis pastoral de las Iglesias particulares.
a) Una vez puesta de relieve la dimensión vocacional de la Iglesia,
se comprende cómo la pastoral vocacional no es un elemento accesorio o
secundario, con el solo fin del reclutamiento de agentes pastorales, ni un
aspecto aislado o sectorial, motivado por una situación eclesial de
emergencia, sino más bien una actividad unida al ser de la Iglesia y, por
tanto, también íntimamente inserta en la pastoral general de
cada Iglesia particular.(62)
b) Toda vocación viene de Dios, pero termina en la Iglesia, y pasa,
siempre, por su mediación. La Iglesia (« ecclesia »)
que por innata constitución es vocación, es al mismo tiempo generadora
y educadora de vocaciones.(63) Por consiguiente, « la pastoral
vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial
como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia
particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos
los estamentos del Pueblo de Dios ».(64)
c) Todos los miembros de la Iglesia, sin excluir a ninguno, tienen la
gracia y la responsabilidad de fomentar las vocaciones. Es un deber que
entra en el dinamismo de la Iglesia y en el proceso de su desarrollo. Solamente
sobre la base de esta convicción, la pastoral vocacional podrá
manifestar su rostro verdaderamente eclesial y desarrollar una acción
coordinada, sirviéndose también de organismos específicos y
de instrumentos adecuados de comunión y de corresponsabilidad.(65)
d) La Iglesia particular descubre la propia dimensión existencial y
terrena en la vocación de todos sus miembros a la comunión, al
testimonio, al servicio de Dios y de los hermanos... Por eso, debe respetar y
promover la diversidad de carismas y de ministerios, por tanto, de las
diversas vocaciones, todas manifestaciones del único Espíritu
e) Fundamento de toda la pastoral vocacional es la oración
mandada por el Salvador (Mt 9,38). Ella compromete no sólo a
cada persona, sino también a todas las comunidades eclesiales.(66) «
Debemos dirigir una constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe
obreros a su Iglesia, para hacer frente a las exigencias de la nueva
evangelización ».(67)
Pero la auténtica oración vocacional, es preciso recordar,
merece este nombre y llega a ser eficaz, sólo cuando hace que haya
coherencia de vida en el que ora, ante todo, y se inserta con los demás
de la comunidad creyente, mediante el anuncio explícito y la catequesis
adecuada, para favorecer en los llamados al sacerdocio y a la vida consagrada,
así como a cualquier otra vocación cristiana, la respuesta libre,
pronta y generosa, que hace operante la gracia de la vocación.(68)
Principios generales de la pastoral vocacional
26. En muchas partes se advierte la necesidad de dar a la pastoral una claro
planteamiento vocacional. Para alcanzar este objetivo programático
trataremos de delinear algunos principios teórico-prácticos, que
extraemos de la pastoral vocacional y, en particular, de los « puntos
finales » a ella unidos. Concentramos estos principios en torno a algunas
afirmaciones temáticas.
a) La pastoral vocacional es la perspectiva originaria de la pastoral
general
El Intrumentum laboris del Congreso sobre las vocaciones afirma de
modo explícito. « Toda la pastoral, y en particular la juvenil, es
originariamente vocacional »;(69) en otras palabras, decir vocación
es tanto como decir dimensión constituyente y esencial de la misma
pastoral ordinaria, porque la pastoral está desde los comienzos, por su
naturaleza, orientada al discernimiento vocacional. Es éste un servicio
prestado a cada persona, a fin de que pueda descubrir el camino para la
realización de un proyecto de vida como Dios quiere, según las
necesidades de la Iglesia y del mundo de hoy.(70)
Esto ya se dijo en el Congreso latinoamericano para las vocaciones de 1994.
Pero el concepto se amplía: vocación no es sólo el
proyecto existencial, sino que lo son cada una de las llamadas de Dios,
evidentemente siempre relacionadas entre sí en un plan fundamental de
vida, de cualquier modo diseminadas a lo largo de todo el camino de la
existencia. La auténtica pastoral hace al creyente vigilante, atento a
las muchísimas llamadas del Señor, pronto a captar su voz y a
responderle.
Es precisamente la fidelidad a este tipo de llamadas diarias que hace al
joven capaz de reconocer y acoger « la llamada de su vida », y al
adulto del mañana no sólo de serle fiel, sino de descubrir cada
vez más su juventud y belleza. Cada vocación, en efecto, es «
mañanera », es la respuesta de cada mañana a una llamada
nueva cada día.
Por esto la pastoral debe estar impregnada de atención vocacional,
para despertarla en cada creyente; partirá del intento de situar al
creyente ante la propuesta de Dios; se ingeniará para provocar en el
sujeto la aceptación de responsabilidad en orden al don recibido o a la
Palabra de Dios escuchada; en concreto, tratará de conducir al creyente a
comprometerse ante este Dios.(71)
b) La pastoral vocacional es, hoy, la vocación de la pastoral
En tal sentido se puede muy bien decir que se debe « vocacionalizar
» toda la pastoral o actuar de modo que toda expresión de la
pastoral manifieste de manera clara e inequívoca un proyecto o un don de
Dios hecho a la persona, y suscite en la misma una voluntad de respuesta y de
compromiso personal. O la pastoral cristiana conduce a esta confrontación
con Dios, con todo lo que ello supone en términos de tensión, de
lucha, a veces de fuga o de rechazo, pero también de paz y gozo unidos a
la acogida del don, o no merece tal nombre.
Hoy esto se manifiesta de modo muy particular, hasta el punto de que se
puede afirmar que la pastoral vocacional es la vocación de la pastoral:
constituye, quizá, su objetivo principal, como un desafío a la fe
de las Iglesias de Europa. La vocación es problema grave de la
pastoral actual.
Y por tanto, si la pastoral en general es « llamada » y espera,
hoy, ante este desafío, debe ser probablemente más valiente y
leal, más explícita para llegar al interior y al corazón
del mensaje-propuesta, más dirigida a la persona y no sólo al
grupo, más hecha de compromiso concreto y no de vagos reclamos a una fe
abstracta y alejada de la vida.
Quizá deberá ser también una pastoral más
provocadora que consoladora; capaz, en todo caso, de transmitir el sentido dramático
de la vida del hombre, llamado a hacer algo que ningún otro podrá
realizar en su lugar.
En el párrafo de los Hechos, citado más arriba, esta atención
y tensión vocacional son evidentes: en la elección de Matías,
en el discurso valiente (« en pie y en alta voz ») de Pedro a la
muchedumbre, en el modo en el que el mensaje cristiano es anunciado y acogido («
se sintieron compungidos de corazón »).
Sobre todo aparece claro en su capacidad para cambiar la vida de quienes se
les unen, como resulta de las conversiones y del tipo de vida de la comunidad de
los Hechos.
c)La pastoral vocacional es gradual y convergente
Hemos visto, al menos implícitamente, que en el hombre durante el
transcurso de su vida, existen varios tipos de llamadas: a la vida, ante todo,
y, después, al amor; a la responsabilidad de la donación, por lo
tanto a la fe; al seguimiento de Jesús; al testimonio personal de la
propia fe; a ser padre o madre; y a un servicio particular en favor de la
Iglesia y de la sociedad.
Lleva a cabo animación vocacional quien tiene presente, en primer
lugar, el rico conjunto de valores y significados humanos y cristianos de los
que nace el sentido vocacional de la vida y de todo viviente. Ellos permiten
abrir la vida misma a numerosas posibilidades vocacionales, tendiendo después
hacia la definitiva opción vocacional.
En otras palabras, para una correcta pastoral vocacional, es necesario
respetar una cierta graduación, y partir de los valores
fundamentales y universales (el bien extraordinario de la vida) y de las
verdades que lo son para todos (la vida es un bien recibido que tiende por su
naturaleza a convertirse en bien dado), para pasar después a una
especificación progresiva, siempre más personal y concreta,
creyente y revelada, de la llamada.
En el plano propiamente pedagógico es importante formar antes al
sentido de la vida y al agradecimiento por ella, para después
transmitir la fundamental actitud de responsabilidad en las
confrontaciones con la existencia, que requiere por sí misma una
respuesta lógica por parte de cada uno en la línea de la
gratuidad. De aquí se remonta a la transcendencia de Dios, Creador y
Padre.
Sólo en este momento es posible y convincente una propuesta valiente
y radical (como lo debería ser siempre la vocación cristiana),
como la de la dedicación a Dios en la vida sacerdotal o consagrada.
d) La pastoral vocacional es general y específica
La pastoral vocacional, en suma, parte necesariamente de un conceptoamplio
de vocación (y de la consiguiente llamada dirigida a todos), para, después,
restringirse y precisarse según la llamada de cada uno. En tal sentido,
la pastoral vocacional es primero general y después específica,
según un orden que no parece razonable invertir y que desaconseja, en
general, la propuesta inmediata de una vocación particular, sin algún
tipo de catequesis gradual.
Por otro lado, siempre según tal orden, la pastoral vocacional no se
limita a subrayar de modo general el significado de la existencia, sino que
estimula a un compromiso personal en una opción concreta. No es separación,
y mucho menos contraste, entre una llamada que resalta los valores comunes y
fundamentales de la existencia y una llamada a servir al Señor « según
la medida de la gracia recibida ».
El animador vocacional, todo educador en la fe, no debe temer proponer
opciones valientes y de entrega total, aunque sean difíciles y no
conformes a la mentalidad del mundo.
Por tanto, si todo educador es animador vocacional, todo animador
vocacional es educador, y educador de cada vocación, respetando de
ella lo específico del carisma. Toda llamada, en efecto, va unida a otra,
la presupone y la exige, mientras todas en conjunto remiten a la misma fuente y
al mismo objetivo, que es la historia de la salvación. Pero cada una
tiene su peculiaridad particular.
El verdadero educador vocacional no sólo señala las
diferencias entre una y otra llamada, respetando las diferentes inclinaciones de
cada uno de los llamados, sino que deja entrever y remite a aquellas «
supremas posibilidades » de radicalidad y dedicación, que están
abiertas a la vocación de cada uno e innatas en ella.
Educar en profundidad a los valores de la vida, por ejemplo, significa
proponer (y aprender a proponer) un camino que naturalmente desemboca en
el seguimiento de Cristo y que puede conducir a la opción del seguimiento
típica del apóstol, del sacerdote o del religioso, del monje que
abandona el mundo, o del laico consagrado en el mundo.
Por otra parte, proponer tal seguimiento calificado como objetivo de vida
exige, por su naturaleza, una atención y una formación previa a
los valores fundamentales de la vida, de la fe, del agradecimiento, de la
imitación de Cristo exigidos a todo cristiano.
De ello resulta una estrategia vocacional teológicamente mejor
fundamentada y también más eficaz en el plano pedagógico.
Hay quien teme que la ampliación del concepto de vocación pueda
perjudicar a la específica promoción de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada; en la realidad sucede exactamente lo
contrario.
La gradación en el anuncio vocacional, en efecto, permite moverse de
lo objetivo a lo subjetivo, de lo genérico a lo específico, sin
anticipar ni quemar las propuestas, sino haciéndolas converger entre
ellas y hacia la propuesta decisiva para la persona, para indicar el tiempo
apropiado y paracalibrar con prudencia, según un ritmo que tenga en
cuenta al destinatario en su situación concreta.
El orden armónico y gradual hace mucho más provocadora y
accesible la propuesta decisiva a la persona. En concreto, cuanto más
formado esté el joven para pasar con sencillez de la gratitud por el don
recibido de la vida a la gratuidad del bien que se da, tanto más será
posible proponerle la entrega radical de sí mismo a Dios como salida
normal y para algunos ineludible.
e)La pastoral de las vocaciones es universal y permanente
Se trata de una doble universalidad: en relación a las personas a las
que se dirige, y respecto a la edad de la vida en que se hace.
Ante todo la pastoral vocacional no conoce fronteras. Como ya se ha dicho
antes, no se dirige a algunas personas privilegiadas o que ya han hecho una opción
de fe, ni únicamente a aquéllos de los que parece lícito
esperar un asentimiento positivo, sino que va dirigida a todos,
precisamente porque se fundamenta en los valores básicos de la
existencia. No es pastoral de élite, sino de todo el mundo; no es un
premio a los mejores, sino una gracia y un don de Dios a cada persona, porque
todo viviente es llamado por Dios. Ni va entendida como algo que sólo
algunos podrían comprender y considerar de interés para su vida,
porque todo ser humano no puede por menos que desear conocerse y conocer el
sentido de la vida y el propio puesto en la historia.
Además, tampoco es propuesta que sea hecha una sola vez en la vida
(bajo el emblema del « tomar o dejar »), y que viene retirada tras un
rechazo por parte del destinatario. Debe ser, por el contrario, como una
continua solicitación, hecha de diferentes modos y propuesta
inteligentemente, que no se rinde ante un inicial desinterés, que a
menudo es sólo aparente o defensivo.
Se debe desechar asimismo la idea de que la pastoral vocacional es
exclusivamente juvenil, porque en toda edad de la vida resuena una invitación
del Señor a seguirle, y sólo en el momento de la muerte una vocación
puede decirse íntegramente realizada. Y aunque la muerte es la llamada
por excelencia, hay una llamada en la vejez, en el paso de una a otra etapa de
la vida, en las situaciones de crisis.
Hay una juventud del espíritu que perdura en el tiempo, en la medida
en la que el individuo se siente continuamente llamado, y busca y encuentra en
cada ciclo vital una tarea diferente que desarrollar, un modo específico
de ser, de servir y de amar, una novedad de vida y de misión que llevar a
término.(72) En tal sentido, la pastoral vocacional está unida a
la
formación permanente de la persona, que ella misma es permanente.
« Toda la vida y cada vida es una respuesta ».(73)
En los Hechos, Pedro y los Apóstoles no hacen absolutamente
ningunaacepción de personas, hablan a todos, jóvenes y ancianos,
hebreos y extranjeros: partos, medos y elamitas precisamente prueban la gran
muchedumbre sin diferencias ni exclusiones a la que se dirige el anuncio y la
pro-vocación, con el arte de hablar a cada uno « en su propia lengua
», según las necesidades, problemas, esperanzas, recelos, edad o
etapa de la vida.
Es el milagro de Pentecostés y, por tanto, don extraordinario, del
Espíritu. Pero el Espíritu está siempre con nosotros...
f) La pastoral vocacional es personalizada y comunitaria
Puede parecer una paradoja, pero en realidad este principio atestigua la
naturaleza ambivalente, en cierto sentido, de la pastoral vocacional, capaz
cuando es auténtica- de conjuntar los dos polos: sujeto y comunidad.
Desde el punto de vista del animador vocacional es hoy urgente pasar de una
pastoral vocacional llevada a cabo por un solo agente, a una pastoral concebida
siempre más como acción comunitaria, de toda la comunidad
en sus diversas expresiones: grupos, movimientos, parroquias, diócesis,
institutos religiosos y seculares...
La Iglesia está llamada cada vez más a ser hoy toda
vocacional: dentro de ella « cada evangelizador debe adquirir
conciencia de llegar a ser una « lámpara » vocacional, capaz de
suscitar una experiencia religiosa que lleve a los niños, a los
adolescentes, a los jóvenes y a los adultos a la relación personal
con Cristo, en cuyo encuentro se descubren las vocaciones específicas ».(74)
Del mismo modo el destinatario de la pastoral vocacional es, sin embargo,
toda la Iglesia. Si es toda la comunidad eclesial la que llama, es también
toda la comunidad eclesial la que es llamada, sin excepción alguna. Polo
emisor y polo receptor en algún modo se identifican en el interior de las
diversas articulaciones ministeriales del entramado eclesial. Pero el principio
es importante; es el reflejo de aquella misteriosa identificación entre
el que llama y el llamado en el interior de la realidad trinitaria.
En tal sentido la pastoral vocacional es comunitaria. Y es
maravilloso, siempre en tal sentido, que sean todos los Apóstoles los que
se dirijan a la muchedumbre el día de Pentecostés y que, después,
Pedro tome la palabra en nombre de los doce. Incluso, cuando se trata de elegir
a Matías o a Esteban y más tarde a Bernabé y a Saulo, toda
la comunidad toma parte en el discernimiento, con la oración, el ayuno y
la imposición de las manos.
Pero, al mismo tiempo, es cada uno quien debe hacerse intérprete
de la propuesta vocacional, es el creyente quien, en virtud de su fe, debe en
cierto modo hacerse cargo de la vocación del otro.
No atañe, pues, sólo a los presbíteros o a los
consagrados el ministerio del llamamiento vocacional, sino a cada creyente, a
los padres, a los catequistas, a los educadores. Si es cierto que la llamada va
dirigida a todos, también es igualmente cierto que la misma llamada va
personalizada, dirigida a una persona concreta, a su conciencia, dentro
de una relación del todo personal.
Hay un momento en la dinámica vocacional en el que la propuesta va de
persona a persona, y necesita de todo aquel clima particular que sólo la
relación individual puede garantizar. Es cierto, por tanto, que Pedro y
Esteban hablan a la muchedumbre; pero Saulo tiene necesidad de Ananías
para discernir lo que Dios quiere de él (Hch 9,13-17), como la
tuvo el eunuco de Felipe (Hch 8,26-39).
g) La pastoral vocacional es la perspectiva unitaria-sintética de
la pastoral
Como es el punto de partida, así también es el punto de
llegada. En cuanto tal, la pastoral vocacional se presenta como la categoría
unificadora de la pastoral en general, como el destino natural de todo
trabajo, el punto de llegada de las varias dimensiones, como una especie de
elemento de verificación de la pastoral auténtica.
Repetimos: si la pastoral no llega a « conmover el corazón »
y a poner al oyente ante la pregunta estratégica (« ¿qué
debo hacer? »), no es pastoral cristiana, sino hipótesis inocua de
trabajo.
Por consiguiente, la pastoral vocacional está y debe estar en relación
con todas las demás dimensiones, por ejemplo con la familiar y cultural,
litúrgica y sacramental, con la catequesis y el camino de fe en el
catecumenado, con los diversos grupos de animación y formación
cristiana (no sólo con los adolescentes y los jóvenes, sino también
con los padres, con los novios, con los enfermos y con los ancianos) y de
movimientos (del movimiento por la vida a las varias iniciativas de solidaridad
social).(75)
Sobre todo la pastoral vocacional es la perspectiva unificadora de la
pastoral juvenil.
No se debe olvidar que esta edad evolutiva es fuertemente la edad de los
proyectos; y una auténtica pastoral juvenil no puede eludir la dimensión
vocacional; al contrario, la debe asumir, porque proponer a Jesucristo significa
proponer un concreto proyecto de vida.
De aquí, la necesidad de una fecunda colaboración pastoral,
aunque distinguiendo los dos ámbitos: sea porque la pastoral juvenil
abarca otras problemáticas además de la vocacional, sea porque la
pastoral vocacional no mira sólo el mundo juvenil, sino que tiene un
horizonte mucho más amplio y con problemáticas concretas.
Pensamos, además, en cuán importante podría ser una
pastoral familiar que educase gradualmente a los padres a ser los
primeros animadores-educadores vocacionales; o cuán valiosa sería
una pastoral vocacional entre los enfermos, que no los invite
simplemente a ofrecer los propios sufrimientos por las vocaciones sacerdotales,
sino que les ayude a vivir el hecho de su enfermedad, con todo el peso de
misterio que ella encierra, como vocación personal, que el
enfermo-creyente tiene el « deber » de vivir por y en la Iglesia, y el
« derecho » a ser ayudado a vivir por la Iglesia.
Este nexo facilita el dinamismo pastoral porque de hecho le es connatural:
las vocaciones, como los carismas, se buscan entre ellas, se iluminan recíprocamente,
son complementarias unas de otras. Llegan a ser incomprensibles, por el
contrario, si permanecen aisladas; no hace pastoral de Iglesia quien permanece
encerrado en el propio sector especializado.
Naturalmente el razonamiento es válido en doble sentido: es la
pastoral general la que debe confluir en la animación vocacional para
favorecer la opción vocacional; pero es la pastoral vocacional la que a
su vez debe permanecer abierta a las otras dimensiones, insertándose y
buscando salidas en aquellas direcciones.
Ella es el punto final que sintetiza las varias propuestas pastorales y
permite realizarlas en la vicisitud existencial de cada creyente. En definitiva,
la pastoral de las vocaciones requiere atención, pero en cambio ofrece
una dimensión destinada a hacer verdadera y auténtica la
iniciativa pastoral de cada sector. ¡La vocación es el corazón
palpitante de la pastoral unitaria!(76)
Itinerarios pastorales vocacionales
27. La imagen bíblica en torno a la que hemos articulado nuestra
reflexión nos permite avanzar un paso, procediendo de los principios teóricos
a la identificación de algunos itinerarios pastorales vocacionales.
Estos son caminos comunitarios de fe, correspondientes a concretas funciones
eclesiales y a dimensiones clásicas del ser creyente, a lo largo de los
cuales madura la fe y se hace siempre más evidente o se afianza
gradualmente la vocación de cada uno, para servicio de la comunidad
eclesial.
La reflexión y la tradición de la Iglesia manifiestan que
normalmente el discernimiento vocacional tiene lugar a lo largo de algunos
caminos comunitarios concretos: la liturgia y la oración, la comunión
eclesial, el servicio de la caridad, la experiencia del amor de Dios recibido y
ofrecido en el testimonio. Gracias a ellos, en la comunidad descrita en los
Hechos, « se multiplicaba grandemente el número de los discípulos
en Jerusalén » (Hch 6,7).
La pastoral debería, también hoy, seguir estas vías
para estimular y acompañar el camino vocacional de los creyentes. Una
experiencia personal y comunitaria, sistemática y empeñativa en
estas direcciones podría y debería ayudar al creyente a descubrir
la llamada vocacional.
Y esto haría a la pastoral verdaderamente vocacional.
a) La liturgia y la oración
La liturgia significa e indica al mismo tiempo la manifestación, el
origen y el alimento de cada vocación y ministerio en la Iglesia. En las
celebraciones litúrgicas se hace memoria de aquel hacer de Dios por
Cristo en el Espíritu al que remiten todas las dinámicas vitales
del cristiano. En la liturgia, que culmina con la Eucaristía, se
manifiesta la vocación-misión de la Iglesia y de cada creyente en
toda su plenitud.
De la liturgia parte siempre una llamada vocacional para quien
participa.(77) Cada celebración es un evento vocacional. En el misterio
celebrado el creyente no puede dejar de reconocer la propia vocación
personal, ni puede desoir la voz del Padre que en el Hijo por el poder del Espíritu
lo llama a darse a su vez por la salvación del mundo.
También la oración llega a ser camino para el discernimiento
vocacional, no sólo porque Jesús invita a rogar al dueño de
la mies, sino porque es en la escucha de Dios donde el creyente puede llegar a
descubrir el proyecto que Dios mismo ha diseñado: en el misterio
contemplado el creyente descubre la propia identidad, « escondida con
Cristo en Dios » (Col 3,3).
Y, además, es sólo la oración la que puede avivar las
disposiciones de confianza y de abandono indispensables para pronunciar el
propio « sí » y superar temores e incertidumbres. Toda
vocación nace de la in-vocación.
Pero, también, la experiencia personal de la oración, como diálogo
con Dios, pertenece a esta dimensión: incluso si es « celebrada »
en la intimidad de la propia « celda » es relación con la
paternidad de la que proviene la vocación. Tal dimensión es muy
evidente en la experiencia de la Iglesia de los orígenes, cuyos miembros
eran perseverantes « en la fracción del pan y en la oración »
(Hch 2,42); cada elección, sobre todo para la misión, tenía
lugar en un contexto litúrgico (Hch 6, 1-7; 13,1-15).
Es la lógica orante que la comunidad había aprendido de Jesús
cuando « a la vista de las muchedumbres cansadas y decaídas como
ovejas sin pastor, exclamó: La mies es mucha pero los obreros pocos.
Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies »
(Mt 9,37-38; Lc 10,2).
Las comunidades cristianas de Europa han puesto en práctica estos años
múltiples iniciativas de oración por las vocaciones, que
encontraron amplio eco en el Congreso. La oración en las comunidades
diocesanas, religiosas y parroquiales, hasta el punto ser « incesante »
en muchos casos, día y noche, es uno de los caminos principalmente
seguidos para crear una nueva sensibilidad y una nueva cultura vocacional
favorable al sacerdocio y a la vida consagrada.
La imagen evangélica del « Dueño de la mies »
conduce al corazón de la pastoral de la vocaciones: la oración.
Oración que sabe « mirar » con sabiduría evangélica
al mundo y a cada hombre en la realidad de sus necesidades de vida y de salvación.
Oración que manifiesta la caridad y la« compasión » (Mt
9,36) de Cristo para con la humanidad, que también hoy aparece como «
un rebaño sin pastor » (Mt 9,36). Oración que
manifiesta la confianza en la voz poderosa del Padre, el único que puede
llamar y mandar a trabajar a su viña. Oración que manifiesta la
esperanza viva en Dios, que no permitirá jamás que falten a la
Iglesia los « obreros » (Mt 9,38) necesarios para llevar a término
su misión.
En el Congreso despertaron mucho interés los testimonios sobre la
experiencia de lectio divina en perspectiva vocacional. En algunas diócesis
están muy extendidas las « escuelas de oración » o las «
escuelas de la Palabra ». El principio en el que se inspiran es el ya clásico,
contenido en la Dei Verbum: « Todos los fieles adquieran la sublime
ciencia de Jesucristo por la lectura frecuente de la Divina Escritura, acompañada
de la oración ».(78)
Cuando tal ciencia llega a ser sabiduría que se nutre con asiduidad,
los ojos y los oídos del creyente se abren al reconocer la Palabra que
llama sin descanso. Entonces el corazón y la mente están en grado
de acogerla y vivirla sin temor.
b) La comunión eclesial
La primera función vital que brota de la liturgia es la manifestación
de la comunión que se vive en el interior de la Iglesia, como pueblo
reunido en Cristo a través de su cruz, como comunidad en la que toda
división se supera siempre en el Espíritu, que es Espíritu
de unidad (Ef 2,11-12; Gal 3, 26-28; Jn 19,9-26).
La Iglesia se propone como el espacio humano de hermandad en el que todo
creyente puede y debe adquirir experiencia de la unión entre los hombres
y con Dios que es don de lo alto. De esta dimensión eclesial son espléndido
ejemplo los Hechos de los Apóstoles, donde se describe una comunidad de
creyentes profundamente marcada por la unión fraterna, por la
coparticipación de los bienes espirituales y materiales, de los afectos y
sentimientos (Hch 2,42-48), hasta el punto de formar « un solo
corazón y una sola alma » (Hch, 4,32).
Si toda vocación en la Iglesia es un don que vivir para los
otros, como servicio de caridad en la libertad, entonces es también un
don que vivir con los otros. Por lo que sólo se descubre viviendo
en hermandad.
La hermandad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino
itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como
componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola
es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre
vocación a la hermandad.(79) Por el contrario, no puede sentir ninguna
atracción vocacional quien no experimenta alguna hermandad y se cierra a
toda relación con los otros o considera la vocación sólo
como perfección privada y personal.
La vocación es relación; es la manifestación del hombre
que Dios ha creado abierto a la relación; e incluso, en el caso de una
vocación a la intimidad con Dios en la vocación al claustro,
supone una capacidad de apertura y de coparticipación que sólo se
puede adquirir con la experiencia de una hermandad real. « La superación
de una visión individualista del ministerio y de la consagración,
de la vida en cada una de las comunidades cristianas, es una aportación
histórica decisiva ».(80)
La vocación es diálogo; es sentirse llamado por Otro y tener
el valor de responderle. ¿Cómo puede madurar esta capacidad de diálogo
en quien no ha aprendido, en la vida de todos los días y en las
relaciones diarias, a dejarse llamar, a responder, a reconocer el yo en el tú?
¿Cómo puede hacerse llamar por el Padre quien no se preocupa de
responder al hermano?
La coparticipación con el hermano y con la comunidad de los creyentes
llega a ser entonces camino, a lo largo del cual se aprende a hacer partícipes
a los otros de los proyectos propios, para aceptar, en fin, para sí el
plan diseñado por Dios. Que será siempre y en todos los casos un
proyecto de hermandad.
Una experiencia de coparticipación en torno a la Palabra, señalada
por algunas Iglesias europeas, son los centros de escucha, esto es,
grupos de creyentes que se reúnen periódicamente en sus casas para
redescubrir el mensaje cristiano e intercambiar las respectivas experiencias y
los dones de interpretar la Palabra misma.
Para los jóvenes, estos centros adquieren una connotación
vocacional de la Palabra que llama, en la catequesis y en la oración
vivida de manera más personal y comprometedora, más espontánea
y creativa. El centro de escucha llega a ser de este modo estímulo a la
corresponsabilidad eclesial, porque aquí se pueden descubrir los
diferentes modos de servir a la comunidad y, a menudo, pueden madurar vocaciones
específicas.
Otra experiencia positiva de itinerario vocacional en las Iglesias
particulares y en los diversos Institutos de vida consagrada es la comunidad
de acogida, que pone en práctica la invitación de Jesús:
« Venid y veréis ». Invitación que el Papa Juan Pablo II
define como la « regla de oro de la pastoral vocacional ».(81) En
estas comunidades o centros de orientación vocacional, gracias a una
experiencia muy específica e inmediata, los jóvenes pueden hacer
un verdadero y gradual camino de discernimiento. Se les acompaña, por
tanto, para que en el momento oportuno estén en grado no sólo de
identificar el proyecto de Dios sobre ellos, sino de decidir escogerlo como
propia identidad.
c) El servicio de la caridad
Es una de las funciones más típicas de la comunidad eclesial.
Consiste en vivir la experiencia de la libertad en Cristo, en el vértice
supremo que es el servicio. « Quien quiera llegar a ser grande entre
vosotros sea vuestro servidor » (Mt 20,26), « quien quiera ser
el primero sea el servidor de todos » (Mc 9,35). En la Iglesia
primitiva esta lección parece que fue aprendida muy pronto, dado que el
servicio aparece como una de las componentes estructurales de la misma, hasta el
punto de que se instituyen los diáconos precisamente para « el
servicio de las mesas ».
Precisamente porque el creyente vive por don la experiencia de la libertad
en Cristo, está llamado a ser testigo de la libertad y agente de liberación
para los hombres. De la liberación que se logra no con la violencia o el
dominio, sino con el perdón y el amor, con la donación de sí
mismo y el servicio a ejemplo de Cristo Siervo. Es la práctica de la
caridad, cuyas maneras de ejercitarse no tienen límite.
Es, quizá, el camino regio, en un itinerario vocacional, para
discernir la propia vocación, porque la experiencia de servicio,
especialmente donde está bien preparada, orientada y comprendida en su
significado más auténtico, es experiencia de grande humanidad, que
lleva a conocerse mejor a sí mismo y la dignidad de los otros, así
como la grandeza de dedicarse a los otros.
El auténtico servidor de la caridad en la Iglesia es aquél que
ha aprendido a tener como un privilegio lavar los pies de los hermanos más
pobres, es aquél que ha conquistado la libertad de perder el propio
tiempo por las necesidades de los otros. La experiencia del servicio es una
experiencia de gran libertad en Cristo.
Quien sirve al hermano, inevitablemente encuentra a Dios y entra en una
particular sintonía con El. No le será difícil descubrir su
voluntad sobre él y, sobre todo, sentirse impulsado a cumplirla. Que, en
cualquier caso, será una vocación de servicio para la Iglesia y
para el mundo.
Así ha sido para muchísimas vocaciones en estos últimos
decenios. La animación vocacional del post-Concilio ha pasado
gradualmente de la « pastoral de la propaganda » a la « pastoral
del servicio », en especial para con los más necesitados.
Muchos jóvenes han encontrado a Dios y a sí mismos, la
finalidad del vivir y la felicidad verdadera, entregando tiempo y cuidados a los
hermanos, hasta decidir dedicarles no sólo una parte de su vida, sino
toda su existencia. La vocación cristiana es, en efecto, existir para los
otros.
d) El testimonio-anuncio del Evangelio
Este es la proclamación de la cercanía de Dios al hombre a lo
largo de la historia de la salvación, especialmente en Cristo, y, por
tanto, también, de las entrañas misericordiosas del Padre para el
hombre, a fin de que tenga la vida en abundancia. Tal anuncio es el comienzo del
camino de fe de todo creyente. La fe, en efecto, es un don recibido de Dios y
atestiguado por el ejemplo de la comunidad creyente y de tantos hermanos y
hermanas dentro de ella, así como mediante la instrucción catequística
sobre las verdades del Evangelio.
Pero la fe debe ser transmitida, y llega el tiempo en el que todo testimonio
llega a ser donación activa: el don recibido se convierte en don dado
a través del testimonio personal y del personal anuncio.
El testimonio de fe compromete todo el hombre y sólo puede ser dado
con la totalidad de la existencia y de la propia humanidad, con todo el corazón,
con toda la mente, con todas las fuerzas, hasta la entrega, incluso cruenta, de
la vida.
Es interesante este aumento de significados del término; aumento que
en el fondo lo encontramos en el párrafo bíblico que nos está
orientando: ved el testimonio-catequesis de Pedro y de los Apóstoles el día
de Pentecostés, así como la valiente catequesis de Esteban que
culmina en su martirio (Hch 6,8; 7,60), y de los mismos Apóstoles
« contentos por haber sido ultrajados por amor del nombre de Jesús »
(Hch 5,41).
Pero todavía es más interesante descubrir cómo este
testimonio-anuncio evangélico llega a ser específico itinerario
vocacional.
El conocimiento agradecido por haber recibido el don de la fe, debería
traducirse normalmente en deseo y voluntad de transmitir a los otros cuanto se
ha recibido, sea por el ejemplo de la propia vida, sea mediante el ministerio de
la catequesis. Esta, pues, está destinada a iluminar las múltiples
situaciones de la vida enseñando a cada uno a vivir la propia vocación
cristiana en el mundo.(82) Y si el catequista es también ante todo un
testimonio, dicha dimensión vocacional resultará todavía más
evidente.(83)
El Congreso afirmó la importancia de la catequesis en perspectiva
vocacional y señaló la celebración de la Confirmación
como un extraordinario itinerario vocacional para adolescentes y jóvenes.
La edad de la confirmación podría ser precisamente « la edad
de la vocación », adecuada, en los planos teológico y
pedagogico, para el discernimiento, la puesta en práctica y el pedagógico
testimonio del don recibido.
La labor catequística debería favorecer la capacidad de
reconocer y manifestar el don del Espíritu.(84)
El encuentro directo de creyentes que viven con fidelidad y valor su vocación,
de testigos creíbles que ofrecen experiencias concretas de vocaciones
realizadas, puede ser decisivo para ayudar a los confirmandos a descubrir y
acoger la llamada de Dios.
La vocación, en todo caso, tiene siempre su origen en el conocimiento
de un don, y en un conocimiento tan agradecido que encuentra totalmente lógico
poner al servicio de los otros la propia experiencia a fin de responsabilizarse
de su crecimiento en la fe.
Quien vive con cuidado y generosidad el testimonio de la fe, no tardará
en aceptar el designio que Dios tiene sobre él, y emplear todas sus energías
en llevarlo a cabo.
De los itinerarios pastorales a la llamada personal
28. Podríamos decir, en síntesis, que en las dimensiones de la
liturgia, de la comunión eclesial, del servicio de la caridad y del
testimonio del Evangelio se condensa la condición existencial de cada
creyente. Esta es su dignidad y su vocación fundamental, pero también
es la condición para que cada uno descubra su peculiar identidad.
Todo creyente, pues, debe vivir el común evento de la liturgia, de la
comunión fraterna, del servicio caritativo y del anuncio del Evangelio,
porque sólo mediante tal experiencia global podrá identificar su
particular modo de vivir estas mismas dimensiones del ser cristiano. Por
consiguiente estos itinerarios eclesiales deben ser los preferidos; representan
un poco la vía-maestra de la pastoral vocacional, gracias a la cual puede
desvelarse el misterio de la vocación de cada uno.
Por otra parte, son itinerarios clásicos, que pertenecen a la vida
misma de cada comunidad que quiera decirse cristiana y descubren, al mismo
tiempo, la solidez o precariedad de la misma. Precisamente por esto, no sólo
representan un camino obligado, sino que, sobre todo, ofrecen garantía a
la autenticidad de la búsqueda y del discernimiento.
Estas cuatro dimensiones y funciones, en efecto, por un lado, provocan un
compromiso global del sujeto y, por otro, lo llevan a los umbrales de una
experiencia muy personal, de una confrontación urgente, de una llamada
imposible de ignorar, de una decisión que tomar, que no se puede aplazar «
sine die ». Por esto la pastoral vocacional deberá ayudar
expresamente a hacer obra de relevación mediante una experiencia profunda
y globalmente eclesial, que lleve al creyente « al descubrimiento y asunción
de la propia responsabilidad en la Iglesia ».(85) Las vocaciones que no
nacen de esta experiencia y de esta inserción en la acción
comunitaria eclesial, corren el riesgo de estar viciadas en su raíz y
de ser de dudosa autenticidad.
Obviamente tales dimensiones estarán todas presentes, armónicamente
coordinadas por una experiencia que podrá ser decisiva sólo si es
global.
A menudo, en efecto, hay jóvenes que favorecen espontáneamente
(una u otra) de estas funciones (o únicamente comprometidos en el
voluntariado, o demasiado atraídos por la dimensión litúrgica,
o grandes teóricos un tanto idealistas). Será importante, en estos
casos, que el educador vocacional incite en el sentido de un compromiso que no
sea a medida de los gustos del joven, sino según la dimensión
objetiva de la experiencia de fe, la cual, por definición, no puede
ser algo acomodable. Es sólo el respeto a esta dimensión objetiva
el que puede dejar entrever la propia dimensión subjetiva.
La objetividad, en tal sentido, precede a la subjetividad, y el joven debe
aprender a darle la precedencia, si verdaderamente quiere descubrirse a sí
mismo y aquello que está llamado a ser. O sea, debe primeramente
realizarlo que se exige a todos, si quiere ser él mismo.
No sólo, pero lo que es objetivo, regulado sobre la base de una norma
y de una tradición y que mira a un objetivo preciso que trasciende la
subjetividad, tiene una notable fuerza de atracción y arrastre
vocacionales. Naturalmente la experiencia objetiva deberá también
llegar a ser subjetiva, o ser reconocida por el individuo como suya. Siempre,
sin embargo, que se parta de una fuente o de una verdad que no es el sujeto
quien la determina y que se aprovecha de la rica tradición de la fe
cristiana. En definitiva, « la pastoral vocacional tiene las etapas
fundamentales de un itinerario de fe ».(86) Y también esto está
indicando la gradación, así como la convergencia de la pastoral
vocacional.
De los itinerarios a las comunidades cristianas
a) La comunidad parroquial
29. El Congreso europeo se propuso, entre otros, un objetivo: llevar la
pastoral vocacional a lo más vivo de las comunidades cristianas
parroquiales, allí donde la gente vive y donde los jóvenes en
particular están comprometidos más o menos significativamente en
una experiencia de fe.
Se trata de hacer salir la pastoral vocacional del ámbito de los
dedicados a los trabajos para alcanzar los muros periféricos de la
Iglesia particular.
Pero mientras tanto, es ya urgente superar la etapa experimental, actual en
muchas Iglesias de Europa, para pasar a verdaderos caminos pastorales insertos
en el entramado de las comunidades cristianas, valorando lo que ya es
vocacionalmente significativo.
Particular atención ha de prestarse al año litúrgico,
que es una escuela permanente de fe, en el que cada creyente, ayudado por el Espíritu
Santo, es llamado a crecer en Jesús. Desde el Adviento, tiempo de
esperanza, a Pentecostés y al tiempo ordinario, el camino del año
litúrgico recorrido cíclicamente, celebra y presenta un modelo de
hombre llamado a medirse en el misterio de Jesús, « primogénito
entre muchos hermanos » (Rom 8,29).
La antropología que el año litúrgico lleva a indagar es
un proyecto auténticamente vocacional, que apremia al cristiano a
responder siempre más a la llamada, para una precisa y personal misión
en la historia. De aquí la atención que se debe prestar a los
itinerarios diarios en los que toda la comunidad cristiana está
comprometida. La prudencia pastoral pide en especial a los pastores, guías
de las comunidades cristianas, un cuidado diligente y un atento discernimiento
para hacer hablar a los signos litúrgicos, vividos en la experiencia de
fe, porque es por la presencia de Cristo en la vida diaria del hombre, donde
tienen lugar las llamadas vocacionales del Espíritu.
No se debe olvidar que el pastor, sobre todo el presbítero,
responsable de una comunidad cristiana, es el « cultivador directo »
de todas las vocaciones.
En verdad, no en todas partes se reconoce la plena titularidad vocacional de
la comunidad parroquial; mientras que son precisamente « los Consejos
Pastorales diocesanos y parroquiales, en relación con los Centros
vocacionales nacionales... los órganos competentes en todas las
comunidades y en todos los sectores de la pastoral ordinaria ».(87)
Se debe, por tanto, favorecer la iniciativa de aquellas parroquias que han
creado grupos propios de responsables de la animación vocacional y de las
varias actividades para resolver « un problema que está en el corazón
mismo de la Iglesia »(88) (grupos de oración, jornadas y semanas
vocacionales, catequesis y testimonios y cuanto pueda mantener viva la
preocupación vocacional).(89)
b)Los « lugares-signos » de la vida-vocación
En este delicado y urgente paso, de una pastoral vocacional de las
experiencias a una pastoral vocacional de los itinerarios, es necesario hacer
hablar no sólo a las llamadas vocaciones provenientes de los itinerarios
que atraviesan la vida ordinaria de la comunidad cristiana, sino que es bueno
hacer eficaces los lugares-signo de la vida como vocación y los
lugares pedagógicos de la fe. Una Iglesia está viva si,
con los dones del Espíritu, sabe comprender y valorar tales lugares.
Los lugares-signo de la vocacionalidad de la existencia en una
Iglesia particular son las comunidades monásticas, testimonio del rostro
orante de la comunidad eclesial, las comunidades religiosas apostólicas,
los institutos seculares y las sociedades de vida consagrada.
En un contexto cultural fuertemente volcado sobre las cosas penúltimas
e inmediatas, y penetrado del viento gélido del individualismo, las
comunidades orantes y apostólicas abren a dimensiones verdaderas de vida
auténticamente cristiana, sobre todo para las últimas generaciones
claramente más atentas a los testimonios que a las palabras.
Signo especial de la vocacionalidad de la vida es la comunidad del seminario
diocesano o interdiocesano. Este vive una singular situación en el
interior de nuestras Iglesias. Por una parte es un signo fuerte, pues
constituye una promesa de futuro. Los jóvenes que viven en él,
hijos de esta generación, serán los sacerdotes del mañana.
No sólo, sino que el seminario está testimoniando concretamente la
vocacionalidad de la vida y la necesidad apremiante del ministerio ordenado para
la existencia de la comunidad cristiana.
Por otra parte, el seminario es un signo débil, pues exige la
constante atención de la Iglesia particular; requiere una seria pastoral
vocacional para recomenzar cada año con candidatos nuevos. También
la solidaridad económica puede ser una circunstancia pedagógica
para formar al pueblode Dios en la oración por todas las vocaciones.
c) Lugares pedagógicos de la fe
Además de los lugares-signos son valiosos los lugares
pedagógicos de la pastoral vocacional, constituidos por los grupos,
por los movimientos, por las asociaciones, y por la escuela misma.
Más allá de la diversa configuración sociólogica
de dichas formas de asociación, sobre todo a nivel juvenil hay que
apreciar su valor pedagógico, como lugares en los que las personas pueden
ser sabiamente ayudadas a alcanzar una verdadera madurez de fe.
Esto puede ser eficazmente promovido, si se tienen en cuenta tres
dimensiones de la experiencia cristiana: la vocación de cada uno, la
comunión de la Iglesia y la misión con la Iglesia.
d) Figuras de formadores y de formadoras
Otra atención pedagógica pastoral viene propuesta con
particular insistencia en este preciso momento histórico: la formación
de concretas figuras educadoras.
En efecto, es sabido, por doquier, la debilidad y la problématica de
los lugares pedagógicos de la fe, puestos a dura prueba por la cultura
del individualismo, de la asociación espontánea, o por las crisis
de las instituciones.
Por otro lado, emerge, sobre todo en los jóvenes, la necesidad de
confrontación, de diálogo, de puntos de referencia. Las señales
al respecto son muchas. Hay, en suma, urgencia de maestros de vida espiritual,
de figuras significativas, capaces de evocar el misterio de Dios y dispuestos a
la escucha para ayudar a las personas a entablar un serio diálogo con el
Señor.
Las personalidades espirituales fuertes no son sólo algunas personas
particularmente dotadas de carisma, sino que son el resultado de una formación
especialmente atenta a la primacía absoluta del espíritu.
En el cuidado de las figuras educadoras de nuestra comunidad hay que tener
presente que, por una parte, se trata de hacer explícita y prudente la
conciencia educadora vocacional en todas aquellas personas que ya trabajan en la
comunidad junto a los adolescentes y a los jóvenes (sacerdotes,
religiososas y laicos). Por otra, se debe formar y animar cuidadosamente la ministerialidad
educadora de la mujer, para que sea sobre todo junto a las jóvenes,
una figura de referencia y una guía prudente. De hecho la mujer está
ampliamente presente en las comunidades cristianas y son más que sabidas
la capacidad intuitiva del « genio femenino » y la amplia experiencia
de la mujer en el campo educativo (familia, escuela, grupos, comunidades).
La aportación de la mujer ha de considerarse como muy importante, por
no decir decisivo, sobre todo en el ámbito juvenil femenino, no
asimilable al masculino, porque necesita de una reflexión más
atenta y específica, especialmente en el aspecto vocacional.
Quizá también esto forma parte de aquel cambio que caracteriza
la pastoral vocacional. Mientras que en el pasado las vocaciones femeninas surgían
de figuras significativas de padres espirituales, aunténticos guías
de personas y comunidades, hoy las vocaciones « a lo femenino » tienen
necesidad de referencias femeninas, personales y comunitarias, capaces de hacer
concreta la propuesta de modelos y de valores.
e) Los organismos de pastoral vocacional
La pastoral vocacional para proponerse como perspectiva unitaria y síntesis
de la pastoral general, debe manifestar, primero en su interior, la síntesis
y la comunión de los carismas y de los ministerios.
Desde tiempo atrás se advertía en la Iglesia la necesidad de
esta coordinación(90) que, gracias a Dios, ha dado ya apreciables frutos:
Organismos parroquiales, Centros vocacionales diocesanos y nacionales que ya
funcionan desde hace tiempo con gran provecho.
No obstante, no sucede así por todas partes. El Congreso lamentó,
en ciertos casos la ausencia, o la escasa incidencia de estas estructuras en
algunas naciones europeas,(91) e hizo votos para que cuanto antes sean
instituidas regularmente o potenciadas adecuadamente.
También se observa en diversas partes que, mientras los Centros
nacionales parecen garantizar una notable aportación de estímulos
constructivos para la pastoral vocacional de conjunto, no todos los Centros
diocesanos parecen animados por la misma voluntad de trabajar y colaborar
verdaderamente por las vocaciones de todos. Existe un cierto proyecto general de
pastoral unitaria que todavía se resiste en llegar a ser praxis de la
Iglesia local, y parece en algún modo embarazarse cuando de las
propuestas generales se pasa a llevarlas en detalle a la realidad diocesana o
parroquial. En ellas, en efecto, no han desaparecido del todo miras y prácticas
particularistas y poco eclesiales.(92)
Por cuanto atañe a los Centros diocesanos y nacionales, más
que reafirmar aquí cuanto ya de manera ejemplar subrayan varios
documentos sobre su función, parece necesario recordar que no se trata
meramente de una cuestión de organización práctica, cuanto
de coherencia con un espíritu nuevo que impregne la pastoral de las
vocaciones en la Iglesia y, en particular, en las Iglesias de Europa. La crisis
vocacional es también crisis de comunión en favorecer y hacer
crecer las vocaciones. No pueden nacer vocaciones allí donde no se vive
un espíritu auténticamente eclesial.
Además de recomendar la reanudación del compromiso en tal
campo y una más estrecha coordinación entre el Centro nacional,
Centros diocesanos y organismos parroquiales, el Congreso y este Documentodesean
que tales organismos tomen muy a pecho dos cuestiones: la promoción de
una auténtica cultura vocacional en la sociedad civil y eclesial,
anteriormente indicada, y la formación de los educadores-formadores
vocacionales, verdadero y propio elemento fundamental y estratégico de la
actual pastoral vocacional.(93)
El Congreso, además, pide que se tome seriamente en consideración
la creación de un organismo o Centro unitario de pastoral vocacional
supranacional, como signo y manifestación concreta de comunión
y coparticipación, de coordinación e intercambio de experiencias y
personas entre cada una de las Iglesias nacionales,(94) salvaguardando la
peculiaridad de cada una de ellas.
CUARTA PARTE
PEDAGOGIA DE LAS VOCACIONES
« ¿No nos ardía nuestro corazón en el pecho?
» (Lc 24,32)
Esta parte pedagógica viene extraída del interior del
evangelio, según el ejemplo de aquel extraordinario animador-educador
vocacional que es Jesús, y en vista de una animación vocacional
destacada por concretas actitudes pedagógicas evangélicas:
sembrar, acompañar, educar, formar, discernir.
Estamos en la última parte, la que, en la lógica del
documento, debería presentar la parte metodólogica-aplicativa. En
efecto, se partió del análisis de la situación concreta,
para después definir los elementos teológicos portadores del tema
de la vocación, y, a continuación, se ha tratado de volver a la
vida de nuestras comunidades creyentes para delinear el sentido y la orientación
de la pastoral de las vocaciones.
Queda tan sólo estudiar la dimensión pedagógica de la
pastoral vocacional.
Crisis vocacional y crisis educativa
30. Muchas veces, en nuestras Iglesias, son claros los objetivos así
como las estrategias de fondo, pero quedan un poco difusos los pasos que dar
para suscitar en nuestros jóvenes la disponibilidad vocacional; y esto
porque, todavía hoy, resulta débil una cierta planificación
educativa, dentro y fuera de la Iglesia, la planificación que debería
ofrecer después, junto a la precisión del objetivo que alcanzar,
los caminos pedagógicos que recorrer para conseguirlo. Lo dice también
con su acostumbrado realismo el Instrumentum laboris: «
Constatamos, en efecto, la debilidad de tantos lugares pedagógicos
(grupo, comunidad, oratorios, escuela y, sobre todo, la familia) ».(95) La
crisis vocacional, es ciertamente también crisis de la propuesta pedagógica
y del camino educativo.
Se tratará de señalar ahora, partiendo siempre de la Palabra
de Dios, precisamente esta convergencia entre fin y método, con la
convicción de que una buena teología se traduce normalmente en la
práctica, llega a ser pedagogía y hace vislumbrar los recorridos,
con el deseo sincero de ofrecer a los diversos agentes pastorales una ayuda y un
instrumento útil para todos.
El Evangelio de la vocación
31. Todo encuentro o diálogo en el Evangelio tiene un significado
vocacional: cuando Jesús recorre los caminos de Galilea es siempre
enviado por el Padre para llamar al hombre a la salvación y revelarle el
designio del Padre mismo. La buena noticia, el Evangelio, es precisamente éste:
el Padre ha llamado al hombre por medio del Hijo en el Espíritu; lo ha
llamado no sólo a la vida, sino a la redención; y no sólo a
una redención merecida por otros, sino a una redención que lo
compromete en primera persona, haciéndolo responsable de la salvación
de otros.
En esta salvación pasiva y activa, recibida y compartida, está
encerrado el sentido de cada vocación; está contenido el sentido
mismo de la Iglesia como comunidad de creyentes, santos y pecadores, todos «
llamados » a participar del mismo don y de la misma responsabilidad. Es
el Evangelio de la vocación.
La pedagogía de la vocación
32. En el interior de este Evangelio buscamos una pedagogía
correlativa, que después resulta que es la de Jesús, auténtica
pedagogía de la vocación. Es la pedagogía que todo
animador vocacional o todo evangelizador debería saber poner en práctica
para conducir a los jóvenes a reconocer al Señor que lo llama y a
responderle.
Si punto de referencia de la pedagogía vocacional es el misterio de
Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en su hacer « vocacional » hay
muchos aspectos y dimensiones significativos.
Ante todo, los Evangelios nos presentan a Jesús mucho más como
formador que como animador, precisamente porque obra siempre en estrechísima
unión con el Padre, que esparce la semilla de la Palabra y educa (sacando
de la nada), y con el Espíritu que acompaña en el camino de la
santificación.
Tales aspectos abren perspectivas importantes a quien trabaja en la pastoral
de las vocaciones y es llamado, por esta razón, a ser no sólo
animador vocacional, sino, primero de todo, sembrador de la buena
semilla de la vocación, y después, acompañador en
el camino que lleva el corazón a « arder », educador en
la fe y a la escucha de Dios que llama, formador de las actitudes
humanas y cristianas de respuesta a la llamada de Dios,(96) y, en fin, discernidor
de la existencia del don que viene de lo alto.
Las palabras en cursiva del párrafo anterior, definen las cinco
características principales del ministerio vocacional, o las
cinco dimensiones del misterio de la llamada que de Dios llega al hombre
a través de la mediación de un hermano o hermana o de una
comunidad.
Sembrar
33. « Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó
junto al camino, y viniendo las aves se la comieron. Otra cayó en terreno
pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida porque la
tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol se agostó, y se
secó porque no tenía raíz. Parte cayó entre cardos,
pero éstos crecieron y la ahogaron. Finalmente otra parte cayó en
tierra buena y dio fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta » (Mt
13, 3-8).
Este párrafo precisa, en cierta manera, el primer paso de un camino
pedagógico, la primera actitud por parte de quien se pone como
mediadorentre Dios que llama y el hombre que es llamado, y que se inspira,
ciertamente, en el hacer de Dios. Es Dios-Padre el sembrador: Iglesia y mundo
son los campos donde continúa esparciendo abundantemente su semilla, con
absoluta libertad y sin exclusiones de ningún tipo; una libertad que
respeta la del terreno donde cae la semilla.
a) Dos libertades en diálogo
La parábola del sembrador manifiesta que la vocación cristiana
es un diálogo entre Dios y la persona humana. El interlocutor principal
es Dios, que llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere « según
su propósito y su gracia » (2 Tim 1,9); que llama a todos a
la salvación, sin dejarse limitar por las disposiciones del receptor.
Pero la libertad de Dios se encuentra con la libertad del hombre, en un diálogo
misterioso y fascinante, hecho de palabras y silencios, de mensajes y acciones,
de miradas y gestos; una libertad perfecta, la de Dios, y otra imperfecta, la
del hombre. La vocación es, por tanto, totalmente acción de Dios,
pero también real actividad del hombre: trabajo y penetración de
Dios en lo profundo de la libertad humana, pero también fatiga y lucha
del hombre libre de acoger el don.
Quien va junto a un hermano en el camino del discernimiento vocacional
penetra en el misterio de la libertad, y sabe que podrá ser de ayuda sólo
si respeta tal misterio. Incluso cuando ello debiera suponer, al menos en
apariencia, un menor resultado. Como ocurre con el sembrador de la parábola.
b) El valor de sembrar por doquier
Precisamente el respeto de ambas libertades significa, ante todo, valor para
sembrar la buena semilla del Evangelio, de la Pascua del Señor, de la fe
y, en fin, del seguimiento. Esta es la condición previa; no se hace
ninguna pastoral vocacional, si no se tiene este valor. No sólo esto;
sino que es necesario sembrar por doquier, en el corazón de cualquiera,
sin ninguna preferencia o excepción. Si todo ser humano es criatura de
Dios, también es portador de un don, de una vocación particular
que espera ser reconocida.
Con frecuencia, se deplora en la Iglesia la escasez de respuestas
vocacionales; y no se repara en que, con igual frecuencia, la propuesta es hecha
dentro de un limitado círculo de personas, y, tal vez, retirada
inmediatamente tras el primer rechazo. Viene bien recordar aquí, el
reclamo de Pablo VI: « Que ninguno, por nuestra culpa, ignore lo que debe
saber, para orientar, en sentido diverso y mejor, la propia vida ».(97) Y,
sin embargo, ¡cuántos jóvenes nunca han oído una
propuesta cristiana acerca de su vida y de su futuro!
Es maravilloso observar al sembrador de la parábola en el gesto
amplio de la mano que siembra « por doquier »; es conmovedor reconocer
en tal imagen el corazón de Dios-Padre. Es la imagen de Dios que siembra
en el corazón de todo viviente un proyecto de salvación; o
si queremos, es la imagen del « derroche » de la generosidad divina,
que se desparrama sobre todos porque quiere salvar a todos y llamarlos a Sí.
Es la misma imagen del Padre que se hace visible en el obrar de Jesús,
el cual llama a Sí a los pecadores, escoge para construir su Iglesia
gente aparentemente inadecuada para esta misión, no conoce límites
ni hace acepción de personas.
Es mirándose en esta imagen como el agente de pastoral, a su vez,
anuncia, propone, sacude con idéntica generosidad; y es precisamente la
seguridad de la semilla depositada por el Padre en el corazón de toda
criatura la que le da fuerza para ir a todas partes y sembrar de cualquier modo
la buena semilla vocacional, para no quedarse encerrado dentro de los espacios
habituales y afrontar ambientes nuevos y para intentar aproximaciones insólitas
y dirigirse a cada persona.
c) La siembra en el tiempo propicio
Forma parte de la sabiduría del sembrador esparcir la buena semilla
de la vocación en el momento propicio. Lo que de ningún modo
significa adelantar los tiempos de la opción o pretender que el
adolescente tenga la misma capacidad de decisión que un joven, sino
comprender y respetar el sentido vocacional de la vida humana.
Cada etapa de la existencia tiene un significado vocacional,
comenzando del momento en el que el muchachoa se abre a la vida y tiene
necesidad de comprender su sentido, e intenta preguntarse sobre cuál es
su papel en ella. No dar respuesta a tal pregunta en el momento adecuado, podría
perjudicar el germinar de la semilla: « la experiencia pastoral demuestra
que la primera señal de la vocación aparece, en la mayor parte de
los casos, en la infancia y en la adolescencia. Por esto parece importante
recuperar o proponer fórmulas que puedan suscitar, sostener y acompañar
esta primera manifestación vocacional ».(98) Sin limitarse
exclusivamente a ellas. Cada persona tiene sus ritmos y sus tiempos de maduración.
Lo importante es que junto a sí tenga un buen sembrador.
d) La más pequeña de todas las semillas
No es ciertamente labor fácil, hoy, « la del sembrador
vocacional ». Por los motivos que sabemos: no existe, propiamente hablando,
una cultura vocacional; el modelo antropológico prevalente parece ser el
del « hombre sin vocación »; el contexto social es éticamente
neutro y carente de esperanza y de modelos prospectivos. Todos los elementos
parecenconcurrir para debilitar la propuesta vocacional y, quizá, nos
permiten aplicarle cuanto Jesús dice a propósito del Reino de Dios
(cfr. Mt 13,31 ss.): la semilla de la vocación es como un granito
de mostaza que cuando se lo siembra, o cuando viene propuesta o indicada como
presente, es la más pequeña de todas las semillas; muy a menudo no
suscita consenso inmediato alguno; al contrario, es negada y desmentida, es como
sofocada por otras expectativas y proyectos, ni tomada en serio; o, más
bien, se la mira con recelo y desconfianza, como si fuese una semilla de
infelicidad.
Y, entonces, el joven, rechaza, dice no interesarle, ha hipotecado ya su
futuro (u otros ya lo han hecho por él); o quizá dice que le
agradaría y le interesa, pero que no está seguro y, además,
es muy difícil y le da miedo...
Nada de extraño y absurdo en esta reacción medrosa y negativa;
en el fondo lo había dicho ya el Señor. La semilla de la vocación
es la más pequeña de todas las semillas, es débil y no se
impone, precisamente porque es manifestación de la libertad de Dios que
quiere respetar hasta el extremo la libertad del hombre.
Y, por lo tanto, también es necesaria la libertad de quien orienta el
camino del hombre: una libertad de espíritu que permita continuar y no
echarse atrás ante el rechazo y desinterés iniciales.
Jesús dice, en la breve parábola del grano de mostaza, que «
una vez crecida, es la más grande de las hortalizas » (Mt 13,32);
por tanto, es una semilla que posee su fuerza, aunque no es evidente y eclosiva
de inmediato, antes bien, necesita muchos cuidados para madurar. Hay una especie
de secreto elemental que forma parte de la sabiduría campesina: para
asegurar cualquier cosecha en la estación justa, es preciso cuidar todo,
desde el terreno hasta la simiente; prestar atención a todo, desde lo que
la hace crecer hasta lo que obstaculiza su desarrollo. Incluso a las
imprevisibles intemperies de las estaciones. En el campo vocacional sucede algo
parecido. La siembra es sólo el primer paso, al que deben seguir otras
atenciones bien precisas para que las dos libertades entren en el misterio del
diálogo vocacional.
Acompañar
34. « El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de
Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí
de todos estos acontecimientos. Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús
se les acercó e iba con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle
» (Lc 24, 1316).
Elegimos, para describir las articulaciones de acompañar, educar y
formar, el episodio de los dos discípulos de Emaús. Es un pasaje
significativo porque, además de la sabiduría del contenido y del método
pedagógico seguido por Jesús, nos parece ver en los discípulos
la imagen de tantos jóvenes de hoy, un tanto tristes y desanimados, que
parecen haber perdido toda ilusión por buscar su vocación.
El primer paso, o el primer cuidado en este camino, es ponerse al lado:
el sembrador o quien ha despertado en el joven la conciencia de la semilla
sembrada en el terreno de su corazón, se convierte ahora en acompañante.
En la teología de la presente reflexión, se indicó como
propio del Espíritu el ministerio del acompañamiento. En efecto,
es el Espíritu del Padre y del Hijo quien permanece junto al hombre para
recordarle la Palabra del Maestro; es también el Espíritu quien
habita en el hombre para suscitar en él la conciencia de ser hijo del
Padre. Es, por tanto, el Espíritu el modelo en el que se debe inspirar
aquel hermano o hermana mayor que acompaña al hermano o hermana menor en
búsqueda.
a) Itinerario vocacional
Definido el itinerario vocacional pastoral, nos preguntamos ahora: ¿qué
es un itinerario vocacional en el plano pedagógico?
El itinerario pedagógico vocacional es un viaje orientado hacia la
madurez de la fe, como una peregrinación hacia el estado
adulto del creyente, llamado a disponer de sí mismo y de la propia
vida con libertad y responsabilidad, según la verdad del
misterioso proyecto pensado por Dios para él. Tal viaje se
realiza por etapas en compañía de un hermano o hermana
mayor en la fe y en el discipulado, que conoce el camino, la voz y los
pasos de Dios, que ayuda a reconocer al Señor que llama y a discernir el
camino que recorrer para llegar a El y responderle.
Un itinerario vocacional es, por tanto, y ante todo, camino con El, el Señor
de la vida, aquel « Jesús en persona », como anota con
precisión Lucas, que se aproxima al camino del hombre, hace el mismo
recorrido y entra en su historia. Pero los ojos de carne, a menudo, no lo saben
reconocer; y, entonces, el caminar humano permanece solitario, y el conversar inútil,
mientras que la búsqueda arriesga perpetuarse en un interminable y a
veces narcisista « hacer experiencias », incluso vocacionales, sin
ningún resultado definitivo. Quizá la primera tarea del acompañante
vocacional es la de indicar la presencia de Otro, o de admitir la
naturaleza relativa de la propia vecindad o del propio acompañamiento,
para ser mediación de tal presencia, o itinerario hacia el descubrimiento
del Dios que llama y se avecina a cada hombre.
Como los discípulos de Emaús, o como Samuel durante la noche,
con frecuencia nuestros jóvenes no tienen ojos para ver ni oídos
para oir a Quien camina junto a cada uno y, con insistencia y delicadeza a la
vez, pronuncia su nombre. El hermano que acompaña es el signo de esa
insistencia y delicadeza; su tarea es la de ayudar a reconocer la procedencia de
la voz misteriosa; no habla de sí, sino que anuncia a Otro que, sin
embargo, está ya presente; como Juan Bautista.
El ministerio del acompañamiento vocacional es ministerio humilde, de
la clase de humildad serena e inteligente que proviene de la libertad en el Espíritu,
y que se manifiesta « con el valor de la escucha, del amor y del diálogo
». Gracias a esta libertad resuena con mayor claridad y fuerza incisiva la
voz de Aquél que llama. Y el joven se encuentra ante Dios, descubre con
sorpresa que es el Eterno quien camina en el tiempo junto a él, y lo
llama a una opción definitiva.
b) Los pozos de agua
« Jesús cansado del viaje, se sentó junto al pozo... »
(Jn 4,6): es el arranque de lo que podemos considerar un inédito
coloquio vocacional: el encuentro de Jesús con la samaritana. La mujer,
en efecto, a través de este encuentro, recorre un itinerario hacia el
descubrimiento de sí misma y del Mesías, convirtiéndose
inmediatamente en su anunciadora.
También este pasaje trasluce la soberana libertad de Jesús en
buscar dondequiera y en quienquiera a sus mensajeros; pero, también
es llamativo el cuidado, por parte de Aquél que es el camino del hombre
hacia el Padre, de cruzarse con la criatura a lo largo de sus caminos, o de
esperarla donde más evidente y viva es su espera. Es cuanto se puede
deducir de la imagen simbólica del « pozo ». Los pozos, en la
antigua sociedad judaica, eran fuentes de vida, condición básica
de supervivencia de un pueblo siempre preocupado por la penuria de agua; y es
precisamente en torno a este símbolo, el agua para y de la
vida, donde Jesús construye con delicadísima pedagogía
su aproximación a la mujer.
Acompañar a un joven quiere decir identificar « los pozos »
de hoy: todos los lugares y momentos, los desafíos y expectativas, por
donde antes o después todos los jóvenes deben pasar con sus ánforas
vacías, con sus interrogantes no expresados, con su suficiencia arrogante
pero a menudo sólo aparente, con su deseo profundo e indeleble de
autenticidad y de futuro.
La pastoral vocacional no puede ser « de espera », sino actuación
de quien busca y no se da por vencido hasta que no haya encontrado, y se hace
encontrar en el lugar y en el « pozo » justo, allí donde el
joven da cita a la vida y al futuro.
El acompañante vocacional debe ser « inteligente », desde
este punto de vista, uno que no impone necesariamente sus preguntas, sino que
parte de las del joven mismo, de cualquier tipo que sean; o es capaz -si fuera
preciso- de « suscitar y estimular la cuestión vocacional, que vive
en el corazón de cada joven, pero que espera ser sacada a la luz por
verdaderos formadores vocacionales ».(99)
c) Coparticipación y con-vocación
Realizar acompañamiento vocacional significa ante todo compartir:
el pan de la fe, de la esperanza en Dios, de la fatiga en la búsqueda,
hasta compartir también la vocación: no para imponerla,
evidentemente, sino para atestiguar la grandeza de una vida que se realiza según
un designio de Dios.
El rol comunicativo típico del acompañamiento vocacional no es
ni el didáctico o exhortativo, ni tampoco el de amistad, por un lado, o,
por el otro, el del director espiritual (entendido éste como quien
imprime inmediatamente una dirección precisa a la vida de otro), sino que
es el papel de la confessio fidei.
Quien realiza acompañamiento vocacional testimonia la propia
opción o, mejor, su particular elección por Dios, da a conocer no
necesariamente con palabras su camino vocacional, y, por tanto, da a
conocer también o deja traslucir, la fatiga, la novedad, el riesgo, la
sorpresa, la grandeza.
De esto deriva una catequesis vocacional de persona a persona, de corazón
a corazón, rica de humanidad y originalidad, de ardor y fuerza
convincentes; una animación vocacional sapiencial y experiencial. Un poco
como la experiencia de los primeros discípulos de Jesús que «
fueron y vieron dónde moraba, y permanecieron con El aquel día »
(Jn 1,39); y tanto les debió impresionar aquella experiencia que
Juan, después de muchos años, recuerda que « eran cerca de
las cuatro de la tarde ».
Se hace animación vocacional sólo por contagio, es
decir, por contacto directo, porque el corazón está lleno y la
experiencia de la grandeza continúa cautivando. « Los jóvenes
están muy interesados en el testimonio de vida de las personas que están
ya en un camino espiritual. Sacerdotes y religiosos deben tener el valor de
ofrecer signos concretos en su camino espiritual. Por esto es importante dedicar
tiempo a los jóvenes, caminar a su paso, buscarlos allí donde se
hallan, escucharlos y responder a las preguntas que surgen en el encuentro ».
(100)
Precisamente por esto el acompañante vocacional es también un
entusiasta de su vocación y de la posibilidad de transmitirla a otros; es
testigo, no sólo convencido, sino feliz, y por tanto, convincente y creíble.
Sólo así el mensaje abarca la totalidad espiritual de la
persona, corazónmente-voluntad, proponiendo algo que es
verdadero-grande-bueno.
Es el significado de la con-vocación: nadie puede pasar junto
al anunciante de una tan « buena noticia » sin sentirse atraído,
« totalmente » llamado, en cada nivel de su personalidad, y
continuamente llamado, por Dios, ciertamente, pero también por tantas
personas, ideales, situaciones inéditas, retos diversos, mediaciones
humanas de la llamada divina.
Entonces el signo vocacional puede ser percibido mejor.
Educar
35. « Y les dijo: « ¿Qué discursos son éstos
que vais haciendo entre vosotros mientras camináis? « Ellos se
detuvieron entristecidos, y tomando la palabra uno de ellos, por nombre Cleofás,
le dijo: « ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén
que no conoce los sucesos en ella ocurridos estosdías? ». El les
dijo: « ¿Cuáles? ». Contestáronle: « Lo de Jesús
Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo... ». Y El les dijo: « ¡Oh hombres sin
inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los
profetas! ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en
su gloria? ». Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les
fue declarando cuanto a El se refería en todas las Escrituras. Se
acercaron a la aldea adonde iban, y El fingió seguir adelante. Obligáronle
diciendo: « Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día
ya declina ». Y entró para quedarse con ellos » (Lc 24,17-29).
Tras la siembra, a lo largo del camino del acompañamiento, se trata
de educar al joven. Educar en el sentido etimológico del verbo, es como
un sacar fuera (e-ducere) de él su verdad, la que tiene en su
corazón, incluso lo que no sabe ni conoce de sí mismo: debilidades
y aspiraciones, para favorecer la libertad de la respuesta vocacional.
a) Educar al conocimiento de sí mismo
Jesús se aproxima a los dos y les pregunta de qué hablan. El
lo sabe, pero quiere que ambos se manifiesten a sí mismos, y, señalando
su tristeza y sus esperanzas perdidas, les ayuda a adquirir conciencia de su
problema y del motivo real de su turbación. Así ambos se ven
virtualmente obligados a releer la reciente historia haciendo vislumbrar el
verdadero motivo de su tristeza.
« Nosotros esperábamos... »; pero la historia parece haber
andado en sentido contrario a sus esperanzas. En realidad, primero, ellos han
vivido todas las experiencias significativas con Jesús, « poderoso
en obras y en palabras »; pero es como si este camino de fe, de repente, se
hubiese interrumpido ante un acontecimiento incomprensible como el de la pasión
y muerte de Aquél que habría debido liberar a Israel.
« Nosotros esperábamos, pero... »: ¿cómo no
reconocer en esta frase incompleta la historia de tantos jóvenes que
parecen interesados en el tema vocacional, se dejan provocar y muestran una
buena predisposición, pero que, después, se detienen ante una
decisión que tomar? Jesús, en algún modo, estimula a los
dos a admitir la diferencia entre sus esperanzas y el plan de Dios como se
realizó en Jesús; entre su modo de entender el Mesías y su
muerte de cruz, entre sus esperanzas tan humanas e interesadas y el significado
de una salvación que viene de lo alto.
De igual modo, es importante y decisivo ayudar a los jóvenes a que
echen fuera el equívoco de fondo: una interpretación de la vida
demasiado terrena y centrada en torno al yo que hace difícil o
francamente imposible la opción vocacional, o hace sentir excesivas las
exigencias de la llamada, como si el plan de Dios fuese enemigo de la necesidad
de felicidad del hombre.
Cuántos jóvenes no han acogido la llamada vocacional no por no
ser generosos e indiferentes, sino simplemente porque no se les ha ayudado a
conocerse, a descubrir la raíz ambivalente y pagana de ciertos
esquemas mentales y afectivos; y porque no se les ha ayudado a liberarse
de sus miedos y seguridades, conocidos o ignorados, respecto a la vocación
misma. ¡Cuántos abortos vocacionales a causa de este vacío
educativo!
Educar significa, ante todo, sacar fuera la realidad del yo, tal como es, si
depués se quiere llevarlo a ser como debe ser: la sinceridad es un paso
fundamental para llegar a la verdad, pero en cada caso es necesaria una ayuda
exterior para ver bien el interior. El educador vocacional, por tanto, debe
conocer los entresijos del corazón humano, para acompañar al joven
en la construcción de su verdadero yo.
b) Educar al misterio
Aquí nace la paradoja. Cuando el joven es conducido a las fuentes de
sí mismo, y puede ver cara a cara también sus debilidades y
temores, tiene la impresión de que comprende mejor el motivo de ciertas
actitudes y reacciones suyas y, al mismo tiempo, capta cada vez mejor la
realidad del misterio como clave de la lectura de la vida y de su persona.
Es indispensable que el joven acepte no saber, no poder conocerse
hasta el fondo.
La vida no está enteramente en sus manos, porque la vida es
misterio y, por otra parte, el misterio es vida; o de otra manera,
el misterio es aquella parte del yo que todavía no ha sido descubierta,
ni todavía vivida y que espera ser descifrada y realizada; misterio es
aquella realidad personal que aún debe crecer, rica de vida y de
posibilidades existenciales todavía intactas, es la parte germinativa del
yo.
Y por consiguiente aceptar el misterio es signo de inteligencia, de libertad
interior, de voluntad de futuro y de cambio, de rechazo de una concepción
repetitiva y pasiva, aburrida y trivial de la vida. He aquí por qué
dijimos al inicio de este documento, que la pastoral vocacional debe ser mistagógica,
y, por consiguiente, partir una y otra vez del misterio de Dios para reconducir
al misterio del hombre.
La pérdida del significado del misterio es una de las causas más
importantes de la crisis vocacional.
Al mismo tiempo la categoría del misterio llega a ser categoría
propedéutica a la fe. Es posible y, para ciertos aspectos natural, que
llegados a este punto el joven sienta brotar dentro de sí como una
necesidad de revelación; esto es, el deseo de que el Autor mismo de
la vida le revele su significado y el puesto que en ella ha de ocupar. ¿Qué
otros, además del Padre, pueden realizar tal revelación?
Por otra parte, no es importante que el joven descubra de repente (o que el
guía intuya inmediatamente) el camino que ha de seguir: lo que importa es
que descubra y decida en cada caso situar fuera de sí, en
DiosPadre, la búsqueda del fundamento de su existencia. ¡Un auténtico
camino vocacional lleva siempre y de cualquier modo al descubrimiento de la
paternidad y maternidad de Dios!.
c) Educar a leer la vida
En el Evangelio Jesús invita a los dos de Emaús, en cierto
modo, a volver a la vida, a los sucesos que habían causado su tristeza,
mediante un sabio método de lectura, capaz no sólo de recomponer
entre ellos los acontecimientos en torno a un significado central, sino de
descubrir, en el entramado misterioso de la vida humana, la hebra de un proyecto
divino. Es el método que podríamos llamar genético-histórico,
el cual hace buscar y encontrar en la propia biografía las actuaciones y
las huellas del paso de Dios y, por tanto, también, su voz que llama. Tal
método:
es a la vez tiempo deductivo e inductivo, o histórico-bíblico:
parte, en efecto, de la verdad revelada y al mismo tiempo de la realidad histórica,
y así favorece el diálogo ininterrumpido entre el vivir subjetivo
(los datos citados por los dos discípulos) y referencia a la Palabra («
Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando
cuanto a El se refería en todas las Escrituras », Lc 24,27).
indica en la normatividad de la palabra y en la centralidad del
misterio de Cristo muerto y resucitado, un preciso punto de interpretación
de los acontecimientos existenciales, sin rechazar suceso alguno, en especial
los más difíciles y dolorosos. (« ¿No era preciso
que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? », Lc
24,26).
La lectura de la vida llega a ser así una acción altamente
espiritual, y no sólo sicológica, porque lleva a reconocer en ella
la presencia luminosa y misteriosa de Dios y de su Palabra. (101) Y, en el
interior de este misterio, permite descubrir poco a poco, la semilla de la
vocación que el mismo Padre-sembrador ha depositado en los surcos de la
vida. Aquella semilla que, aunque pequeña, ahora comienza a brotar y a
crecer.
d) Educar a in-vocar
Si la lectura de la vida es acción espiritual, ella obliga
necesariamente a la persona no sólo a reconocer su necesidad de revelación,
sino a celebrarla, con la oración de in-vocación.
Educar quiere decir e-vocar la verdad del yo. Dicha evocación nace
precisamente de la in-vocación orante, de una oración que es más
oración de confianza que de petición, oración como admiración
y gratitud; pero también como lucha y tensión, como «
vaciado » de las propias ambiciones para acoger esperanzas, peticiones,
deseos del Otro: del Padre que en el Hijo puede indicar al que busca el camino a
seguir.
Pero, entonces, la oración se convierte en lugar del
discernimiento vocacional, de la educación a la escucha de Dios
que llama, porque cualquier vocación tiene su origen en los momentos
de una oración suplicante, paciente y confiada; sostenida no por la
exigencia de una respuesta inmediata, sino por la certeza o por la confianza de
que la invocación será escuchada, y permitirá descubrir, a
su tiempo, a quien invoca, su vocación.
En el episodio de Emaús todo esto es puesto en evidencia en una frase
esencial, quizá la más bella oración jamás salida de
corazón humano: « Quédate con nosotros porque se hace tarde y
el día ya declina » (Lc 24,29). Es la súplica de
quien sabe que sin el Señor se hace rápidamente noche en la vida,
que sin su palabra brota la obscuridad de la incomprensión o de la
confusión de identidad; la vida aparece sin sentido y sin vocación.
Es el ruego de quien, quizá, todavía no ha descubierto su camino,
pero intuye que estando con El se encuentra a sí mismo, porque sólo
El tiene « palabras de vida eterna » (Jn 6,68).
Este tipo de oración in-vocante no se aprende espontáneamente,
sino que tiene necesidad de un largo aprendizaje; y no se aprende solo, sino con
la ayuda de quien ha aprendido a escuchar los silencios de Dios. Ni cualquiera
puede enseñar tal oración, sino sólo aquél que es
fiel a su vocación.
Y, por consiguiente, si la oración es el camino natural de la búsqueda
vocacional, hoy como ayer, o mejor, como siempre, son necesarios educadores
vocacionales los que recen, enseñen a rezar, eduquen a la invocación.
Formar
36. « Sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo
partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y
desapareció de su presencia. Se dijeron uno a otro: « ¿No ardían
nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos
declaraba las Escrituras? » (Lc 24,30-32).
La formación es, en algún modo, el momento culminante del
proceso pedagógico, ya que es el momento en que se propone al joven una
forma, un modo de ser, en la que él mismo reconoce su
identidad, su vocación, su norma.
Es el Hijo, impronta del Padre, el formador de los hombres, pues es el
modelo según el cual el Padre creó al hombre. Por esto El invita a
los que llama a tener sus mismos sentimientos y a compartir su vida, a tener su
« forma ». El es, al mismo tiempo, el formador y la forma.
El formador vocacional es tal en cuanto es mediador de esta acción
divina, y se coloca junto al joven para ayudarlo a « reconocer » en
ella su llamada y a dejarse formar por ella.
a) Reconocimiento de Jesús
El momento decisivo del episodio de Emaús es, sin duda, aquél
en el que Jesús toma el pan, lo parte y lo da a cada uno de ellos: «
Entonces se abrieron sus ojos y lo reconocieron ». Se dan aquí una
serie de « reconocimientos » que se relacionan entre sí.
Ante todo, los dos reconocen a Jesús, descubren la verdadera
identidad del caminante que se les ha juntado, precisamente porque aquel gesto
lo podía hacer sólo El, como bien sabían los dos.
En perspectiva vocacional esto quiere decir la importancia que tiene llevar
a cabo gestos fuertes, signos inconfundibles, propuestas grandes, proyectos de
seguimiento radical. (102)
El joven necesita ser estimulado por ideales grandes, por algo que le supera
y que está por encima de sus posibilidades, por algo por lo que vale la
pena dar la propia vida. Lo dice, incluso, el análisis sicológico:
pedir a un joven algo que esté por debajo de sus posibilidades, significa
ofender su dignidad e impedir su plena realización; dicho de manera
positiva, al joven hay que proponerle el máximo de lo que puede dar para
que llegue a ser y sea él mismo.
Y si Jesús es reconocido « en el partir del pan », la
dimensión eucarística debería estar en el fondo de todo
camino vocacional: como « lugar » típico del apremio
vocacional, como misterio que explica el sentido general de la vida humana, como
objetivo final de cualquier pastoral vocacional que quiera ser cristiana.
b) Reconocimiento de la verdad de la vida
Pero en este momento, en un auténtico proceso de formación a
la opción vocacional, surge otro « reconocimiento »: el reconocimiento-
descubrimiento, dentro del misterio eucarístico, del significado de la
vida. Si la Eucaristía es el sacrificio de Cristo que salva a la
humanidad, y si dicho sacrificio es cuerpo roto y sangre derramada por la
salvación de la humanidad, también la vida del creyente está
llamada a modelarse sobre la misma correlación de significados: también
la vida es bien recibido que tiende, por su naturaleza, a convertirse en
bien dado, como la vida del Verbo. Es la verdad de la vida, de toda vida.
Las consecuencias en plano vocacional son evidentes. Si hay un don al
comienzo de la vida del hombre, que lo constituye en ser, entonces la vida tiene
el camino trazado: si es don, será plenamente él mismo sólo
si se realiza en la perspectiva del darse; será feliz a condición
de respetar esta naturaleza suya. Podrá hacer la opción que
quiera, pero siempre en la lógica del don, de otra manera se convertirá
en un ser en contraste consigo mismo, una realidad « monstruosa »; será
libre de elegir la orientación específica que quiera, pero no
será libre de pensarse fuera de la lógica del don.
Toda la pastoral vocacional está construida sobre esta catequesis
fundamental del significado de la vida. Si se admite esta verdad antropológica,
entonces se puede hacer cualquier propuesta vocacional. También,
entonces, la vocación al ministerio ordenado o a la consagración
religiosa o secular, con toda su carga de misterio y mortificación, llega
a ser la plena realización de lo humano y del don que cada hombre tiene
y es en lo más profundo de su ser.
c) La vocación como reconocimiento-gratitud
Pero si es en el gesto eucarístico en el que los dos de Emaús «
reconocen » al Señor, y cada creyente el sentido de la vida,
entonces la vocación nace del « reconocimiento ». Nace
sobre el terreno de la gratitud, porque la vocación es respuesta, no
iniciativa personal de cada uno: es ser escogido, no escoger.
Precisamente a esta disposición interior de gratitud debería
llevar la lectura de toda la vida pasada. El descubrimiento de haber recibido de
modo inmerecido y con abundancia, debería « impulsar » sicológicamente
al joven a concebir el ofrecimiento de sí, en la opción
vocacional, como una consecuencia inevitable, como un acto verdaderamente libre,
porque está determinado por el amor; pero en cierto sentido también
debido, porque frente al amor recibido de Dios, él siente no
poder hacer otra cosa que darse. Es bello y del todo lógico que sea así;
de por sí tampoco es cosa extraordinaria.
La pastoral vocacional busca formar en esta lógica del
reconocimiento-gratitud, mucho más recta y convincente, en el plano
humano, y más teológicamente fundamentada que la llamada « lógica
del héroe », de quien no ha madurado bastante el conocimiento de
haber recibido, y se siente a sí mismo autor del don y de la elección.
Tal lógica tiene muy poco arraigo en la sensibilidad juvenil actual,
porque subvierte la verdad de la vida como bien recibido que tiende naturalmente
a convertirse en bien dado.
Es la sabiduría evangélica del « gratuitamente habéis
recibido, gratuitamente dad » (Mt 10,8), (103) enseñada por
Jesús a los discípulos-anunciadores de su palabra, que dice la
verdad de todo ser humano: nadie podría no reconocerse en ella.
Es de esta verdad de donde la vida toma la forma que después
es llamada a asumir, o es de esta figura única de la fe desde la que
nacen después las diversas figuras vocacionales de la fe misma.
Entonces llega a ser posible también pedir opciones tan fuertes y
radicales, como una llamada de especial consagración, al sacerdocio y a
la vida consagrada. Por esto la propuesta de Dios, por difícil y rara que
pueda parecer (lo es en realidad), se convierte también en una promoción
imprevista de las auténticas aspiraciones humanas y garantiza el máximo
de felicidad. La felicidad, llena de gratitud, que María canta en el «
Magnificat ».
d) Reconocimiento de Jesús y auto-reconocimiento del discípulo
Los ojos de los discípulos de Emaús se abren ante el gesto
eucarístico de Jesús.
Es ante este gesto ante el que Cleofás y su compañero
comprenden también el significado de su camino como un viaje, no sólo
al reconocimiento de Jesús, sino también al del propio
reconocimiento: « ¿No ardían nuestros corazones dentro de
nosotros mientras en el camino hablaba con nosotros y nos explicaba las
Escrituras? » (Lc 24,32).
No es simplemente una mera conmoción en los dos peregrinos que
escuchan las explicaciones del Maestro, sino la sensación de que la vida,
la Eucaristía, la Pascua, el misterio de El, serán cada vez más
su misma vida, eucaristía, pascua y misterio.
En el corazón que arde está el descubrimiento de la vocación
y la historia de cada vocación. Unida siempre a una experiencia de Dios,
en quien la persona se descubre también a sí misma y su propia
identidad.
Formar a la opción vocacional quiere decir mostrar siempre más
el nexo entre experiencia de Dios y descubrimiento del yo, entre teofanía
y autoidentidad. Es muy cierto cuanto afirma el Instrumentum laboris: «
El reconocimiento de El como Señor de la vida y de la historia conlleva
el reconocerse uno a sí mismo como discípulo ». (104) Y
cuando el acto de fe logra conjugar el « reconocimiento cristológico
» con el « auto-reconocimiento antropológico », la semilla
de la vocación está ya madura, mejor todavía, está
ya floreciendo.
Discernir
37. « En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén
y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que les dijeron: El
Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Pedro. Y ellos contaron
lo que les había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la
fracción del pan » (Lc 24,33.35).
Para que el camino de Emaús llegue a ser itinerario vocacional se
requiere un paso decisivo tras la serie de « reconocimientos » y «
autoreconocimientos »: la opción efectiva por parte del
joven, a la que corresponde, por parte de quien lo ha acompañado a lo
largo del camino vocacional, el proceso de discernimiento. Un
discernimiento que ciertamente no concluirá con el tiempo de orientación
vocacional, sino que deberá proseguir después hasta la maduración
de una decisión definitiva, « para toda la vida ». (105)
a) La opción efectiva del llamado
Capacidad de decisión
En el relato evangélico que ha trazado el camino de nuestra reflexión,
la opción viene claramente manifestada en el versículo 33: «
Y al instante se volvieron... ».
La anotación temporal (« al instante ») proclama con fuerza
la decisión de los dos, provocada por la palabra y por la persona de Jesús,
por el encuentro con El, y se pone valientemente en práctica por una opción
que supone ruptura con lo que eran o hacían anteriormente, e indica
cambio de vida.
Es precisamente esta decisión la que falta a menudo en los jóvenes
de hoy.
Por tal motivo, y con el fin de « ayudar a los jóvenes a superar
la indecisión ante los compromisos definitivos, parece útil
prepararlos gradualmente a asumir responsabilidades personales, (...),
confiarles tareas adecuadas a sus posibilidades y a su edad, (...), favorecer
una educación progresiva a las pequeñas opciones de cada día
ante los valores (gratuidad, constancia, sobriedad, honradez...) ». (106)
Por otro lado, se recuerda que con mucha frecuencia estos y otros miedos e
indecisiones denotan una débil planificación no sólo sicológica
de la persona, sino también de la experiencia espiritual y, en
particular, de la experiencia de la vocación como elección que
viene de Dios.
Cuando es pobre esta certeza, el sujeto confía inevitablemente en sí
mismo y en sus propios recursos; y cuando constata su precariedad, no es nada
extraño que se deje dominar por el miedo ante una opción
definitiva que tomar.
La incapacidad de decisión no es necesariamente característica
de la actual generación juvenil; no es raro que sea consecuencia de un
acompañamiento vocacional que no ha subrayado bastante la primacía
de Dios en la elección, o que no ha sido formado a dejarse a elegir por
El. (107)
« Vuelta a casa »
La opción vocacional indica cambio de vida, pero en realidad también
es signo de una recuperación de la propia identidad, como una «
vuelta a casa », a las raíces del yo. En el pasaje de Emaús,
dicha « vuelta » la simboliza la expresión: « ...y
volvieron a Jerusalén ».
Es muy importante, en la formación a la opción vocacional,
afirmar la idea de que ella representa la condición para ser uno mismo y
para realizarse según el único proyecto que puede dar felicidad.
Muchos jóvenes piensan todavía lo contrario sobre la vocación
cristiana, la miran con desconfianza y temen que no pueda hacerles felices; pero
terminan después siendo infelices, como el joven del Evangelio (cfr. Mc
10,22).
¡Cuántas veces las mismas actitudes de los adultos, incluidos
los padres, han contribuido a crear una imagen negativa de la vocación,
en particular al sacerdocio y a la vida consagrada, poniendo toda clase de obstáculos
a su seguimiento y desanimando a quien se sentía llamado a ellas! (108)
Por otra parte, no se resuelve este problema con una banal propaganda a
favor de la vocación que acentuase los aspectos positivos y gratificantes
de la vocación misma, sino subrayando, sobre todo, la idea de que la
vocación es el proyecto de Dios sobre la criatura, es el nombre dado por
El a la persona.
Descubrir y responder a la vocación como creyentes quiere decir
encontrar aquella piedra sobre la que está escrito el propio nombre (cfr.
Ap 2,17-18), o volver a las fuentes del yo.
Testimonio personal
En Jerusalén los dos « encontraron reunidos a los once y a sus
compañeros, que les dijeron: « El Señor en verdad ha
resucitado y se ha aparecido a Simón ». Y ellos contaron lo que les
había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la fracción
del pan » (Lc 24,33-35).
El dato más significativo de este fragmento, respecto a la opción
vocacional, es el testimonio de los dos, un testimonio particular, porque sucede
en un contexto comunitario y tiene un preciso sentido vocacional.
En efecto, cuando llegan los dos, la asamblea está proclamando su fe
con una fórmula (« En verdad el Señor ha resucitado y se ha
aparecido a Simón ») que sabemos figura entre los testimonios más
antiguos de fe objetiva. Cleofás y el compañero añaden, en
algún modo, su experiencia subjetiva, que confirma cuanto la comunidad
estaba proclamando, y ratifica también su particular camino creyente y
vocacional.
Es como si aquel testimonio fuese el primer fruto de la vocación
descubierta y reencontrada, que viene puesta prontamente, como es propio de la
vocación cristiana, al servicio de la comunidad eclesial.
Viene a la mente, por tanto, cuanto ya se ha dicho acerca de la relación
entre itinerarios eclesiales objetivos e itinerario personal subjetivo, en una
relación de sinergia y complementaridad: el testimonio individual ayuda y
hace crecer la fe de la Iglesia, la fe y el testimonio de la Iglesia estimula y
anima la opción vocacional de cada persona.
b) El discernimiento por parte del guía
En la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores dabo
vobis Juan Pablo II afirma: « El conocimiento de la naturaleza y misión
del sacerdocio ministerial es el presupuesto irrenunciable, y al mismo tiempo la
guía más segura y el estímulo más incisivo, para
desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y
discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los
llamados al ministerio ordenado ». (109)
Y por analogía se podría decir lo mismo cuando se trata del
discernimiento de cualquier vocación a la vida consagrada. Presupuesto
irrenunciable para discernir tales vocaciones es, ante todo, tener presente la
naturaleza y misión de ese estado de vida en la Iglesia. (110)
Dicho presupuesto deriva directamente de la certeza de que Dios es quien
llama, y por tanto de la búsqueda de aquellas señales que
certifican la llamada divina.
Se indican ahora algunos criterios de discernimiento, divididos en cuatro epígrafes:
La apertura al misterio
Si cerrarse al misterio, característica de cierta mentalidad moderna,
inhibe cualquier disponibilidad vocacional, su contrario, o sea la apertura
al misterio, es no sólo condición positiva para el
descubrimiento de la propia vocación, sino que es indicador de una recta
opción vocacional.
a) La auténtica certeza subjetiva vocacional es la que deja
espacio al misterio y a la sensación de que la propia decisión,
aunque firme, deberá permanecer abierta a una continua investigación
del misterio.
Por el contrario, la certeza no auténtica es no sólo la débil
e incapaz de hacer tomar una decisión, sino también su contraria,
que es, la pretensión de haber comprendido todo, de haber agotado todas
las profundidades del misterio personal, pretensión que no puede sino
crear intransigencias, y una certeza no pocas veces desmentida por el devenir de
la vida.
b) La actitud típicamente vocacional es manifestación
de la virtud de la prudencia, más que ostentosa capacidad
personal. Precisamente por esto, la seguridad de esta lectura del propio futuro
es la de la esperanza y la confianza que nace de la fe depositada en
Otro, de quien uno se puede fiar; no es deducida de la garantía que dan
los propios talentos entendidos como algo exigido por el rol que se ha elegido.
c) Son, también, buen indicador vocacional las capacidades de
acoger e integrar aquellas polaridades contrapuestas que constituyen la
dialéctica natural del yo y de la vida humana. Por ejemplo: posee tal
capacidad el joven que es suficientemente consciente de sus inclinaciones
positivas y negativas, de sus ideales y sus contradicciones, de la parte sana y
de la no tanto de su mismo proyecto vocacional, y que no presume ni desespera
ante lo negativo que hay en él.
d) Está bien familiarizado con el misterio de la vida como
lugar en el que percibir una presencia y una llamada, el joven que descubre las
señales de una llamada por parte de Dios, no sólo en los sucesos
extraordinarios, sino en su historia; en los sucesos que ha aprendido a
leer como creyente en sus interrogantes, ansias y aspiraciones.
e) Pertenece a esta categoría de la apertura al misterio otra
característica fundamental del verdaderamente llamado: la de la gratitud.
La vocación nace en el terreno fecundo de la gratitud, y se manifiesta
con impulsos de generosidad y radicalidad, precisamente porque nace del
conocimiento del amor recibido.
La identidad en la vocación
El segundo orden de criterios gira en torno al concepto de « identidad ».
En efecto, la opción vocacional muestra y contiene verdaderamente la
definición de la propia identidad; es opción y realización
del yo ideal, más que del yo real, y debería llevar a la persona a
tener un sentido substancialmente positivo y estable del propio yo.
a) La primera condición es que la persona manifieste estar en
grado de separarse de la lógica de la identificación a los niveles
corporal (=el cuerpo es fuente de identidad positiva) y síquico
(=las propias dotes como única y preeminente garantía de
autoestima), y descubra, en cambio, la propia positividad radical unida
firmemente al ser, recibido como don de Dios (es el nivel ontológico),
y no a la precariedad del tener o del parecer. La vocación cristiana es
la que lleva a término tal positividad realizando al máximo grado
las posibilidades del sujeto, pero según un proyecto que normalmente lo
supera, porque es pensado por Dios.
b) « Vocación » quiere decir fundamentalmente «
llamada »: es, por tanto, un sujeto externo, una llamada objetiva,
y una disponibilidad interior a dejarse llamar, a reconocerse en un
modelo no diseñado por el llamado.
c) Sobre la motivación o la modalidad de la opción
vocacional, el criterio fundamental es el de la totalidad (o ley de la
totalidad); esto es, que la decisión sea manifestación de una
implicación total de las funciones síquicas (corazón-mente-voluntad),
y sea al mismo tiempo decisión mentalética-emotiva.
d) Más en concreto, hay madurez vocacional, cuando la vocación
se vive e interpreta como un don, pero también como una llamada exigente:
a vivir para los otros y no sólo para la propia perfección, y con
los otros, en la Iglesia madre de todas las vocaciones, en un específico «
seguimiento de Cristo ».
Un proyecto vocacional rico de recuerdo creyente
La tercera área sobre la que iría centrada la atención
de quien discierne una vocación, es la referente a la relación
entre pasado y presente, entre recuerdo y proyecto.
a) Ante todo es importante que el joven esté substancialmente
reconciliado con su pasado, con lo inevitable negativo, de todo género,
que forma parte de él, y también, con lo positivo, que debería
estar en grado de reconocer con gratitud; reconciliado, además, con los
modelos significativos de su pasado, con sus cualidades y debilidades.
b) Se considera ahora, con atención, el tipo de recuerdo
que el joven tiene de su propia historia, qué interpretación
hace de su propia vida: ¿en clave de gracia o de queja? ¿Se siente
consciente o inconscientemente como acreedor, y por consiguiente, todavía
en espera de recibir, o abierto a dar?
c) Particularmente significativa es la actitud del joven frente a
los traumas de la vida pasada, más o menos graves. Proyectar consagrarse
a Dios quiere decir siempre re-apropiarse de la vida que se quiere dar,
en todos sus aspectos; tender a integrar las componentes menos positivas,
reconociéndolas con realismo y adoptando una actitud responsable, y no
simplemente auto-conmiserativa, ante ellas. Joven « responsable » es
aquél que se empeña en adoptar una actitud activa y creativa
en la constatación del suceso negativo, o trata de aprovechar de
modo inteligente su experiencia personal negativa.
Es preciso prestar mucha atención a las vocaciones que nacen como
consecuencia de enfermedades, desilusiones o accidentes varios todavía no
bien curados. En tal caso se requiere un más atento discernimiento,
incluso recurriendo a consultas especializadas para no cargar pesos imposibles
sobre hombros débiles.
La « docibilitas » vocacional
La última fase del itinerario vocacional es la de la decisión.
En referencia a tal fase los criterios de madurez vocacional parecen ser estos:
a) el requisito fundamental es el grado de « docibilitas
» de la persona, o sea, la libertad interior de dejarse guiar por un
hermano o hermana mayor; en especial en las fases estratégicas de la
reelaboración y reapropiación del propio pasado, en particular el
más problemático, y la consiguiente libertad de aprender y de
saber cambiar.
b) En la base del requisito de la « docibilitas »
está la condición de ser joven, no tanto como cualidad anagráfica,
cuanto como actitud global existencial. Es importante que quien solicita entrar
en el seminario o en la vida consagrada sea verdaderamente « joven »,
con las virtudes y vulnerabilidad típicas de esta etapa de la vida, con
la voluntad de dar el máximo de sí, capaz de socializar y de
apreciar la belleza de la vida, consciente de las propias limitaciones y de las
propias aptitudes, consciente del don de haber sido elegido.
c) Una área particularmente digna de atención, hoy más
que ayer, es la afectivo-sexual. (111) Es importante que el joven
demuestre que puede adquirir dos certezas que hacen a la persona libre
afectivamente, o sea, la certeza que viene de la experiencia de haber
sido ya amado y la certeza, siempre por la experiencia, de saber amar. En
concreto, el joven debería mostrar el equilibrio humano que le permite
saber estar en pie por sí mismo, debería poseer la seguridad y
autonomía que le facilitan la relación social y la amistad
cordial, y el sentido de responsabilidad que le permite vivir como adulto la
misma relación social, libre de dar y de recibir.
d) Por cuanto atañe a las inconsistencias, siempre en
el área afectivo-sexual, un prudente discernimiento debería tener
en cuenta la centralidad de esta área en la evolución general del
joven y en la cultura (o subcultura) actual. No es, pues, extraño o raro
que el joven muestre específicas debilidades en este sector.
¿Con qué condiciones se puede prudentemente acoger la solicitud
vocacional de jóvenes con este tipo de problemas? La condición es,
que se den juntos estos tres requisitos:
1° Que el joven sea consciente de la raíz de su problema,
que muy a menudo no es sexual en su origen.
2° La segunda condición es que el joven sienta su debilidad como
un cuerpo extraño a la propia personalidad, algo que no querría y
que choca con su ideal, y contra el que lucha con todas sus fuerzas.
3° En fin, es importante comprobar si el sujeto está en grado de
controlar
estas debilidades, con vistas a una superación, sea porque, de hecho,
cada vez cae menos, sea porque tales inclinaciones turban siempre menos su vida
(incluso la síquica) y le permiten desarrollar sus deberes normales sin
crearle tensión excesiva ni distraer indebidamente su atención.
(112) Estos tres criterios deber ser tenidos en cuenta para realizar un
discernimiento positivo.
e) La madurez vocacional, en fin, es decidida por un elemento
esencial que da verdaderamente sentido a todo: el acto de fe. La auténtica
opción vocacional es a todos los efectos manifestación de la
adhesión creyente, y es tanto más genuina cuanto más es
parte y epílogo de un camino de formación a la madurez de la fe.
El acto de fe, en el interior de una lógica que deja espacio al misterio,
es precisamente el punto central que permite mantener juntos los extremos,
contrapuestos a veces, de la vida, perennemente tendido entre la certeza de la
llamada y la conciencia de la propia ineptitud, entre la sensación del
perderse y del encontrarse, entre la grandeza de las aspiraciones y la pesantez
de los propios límites, entre la gracia y la naturaleza, entre Dios que
llama y el hombre que responde. El joven auténticamente llamado debería
demostrar la solidez del acto creyente, manteniendo juntos estos extremos.
CONCLUSION
Hacia el Jubileo
38. Este documento se dirige a todas la Iglesias de Europa en el momento en
el que el pueblo de Dios se está preparando a celebrar un tiempo de
gracia y misericordia, de conversión y renovación en el Jubileo
del año 2000. También el Congreso vocacional es parte de este
camino de preparación y, en algún modo, contribuye a orientarlo.
En dos direcciones.
La primera es una invitación a la conversión. La
crisis vocacional que hemos vivido, y estamos viviendo todavía, no puede
sino hacernos reflexionar también sobre nuestras responsabilidades, en
cuanto creyentes y llamados a difundir el don de la fe y a favorecer en cada
hermano la disponibilidad a la llamada.
Todos, en modo diverso, debemos admitir el no haber respondido plenamente a
esta llamada, el haber hecho a la Iglesia, las Iglesias de nuestras familias y
de los ambientes de trabajo, de nuestras parroquias y diócesis, de
nuestras congregaciones religiosas e institutos seculares, menos fieles al deber
de mediar la voz de Dios que llama a seguir al Hijo en el Espíritu.
Saldremos de la crisis vocacional en la medida en que este proceso de conversión
sea sincero y dé frutos de cambios de vida.
La segunda dirección que este documento querría contribuir a
imprimir en la peregrinación de la Iglesia hacia el Jubileo, es una
invitación a la esperanza. Invitación que emerge de todo el
Congreso y que quisiéramos ahora afirmar con toda la fuerza de nuestra
fe. Quizá no exista sector en la vida de la Iglesia que tenga tanta
necesidad de abrirse a la esperanza como la pastoral vocacional, especialmente
allí donde más hiriente se hace sentir la crisis.
Por esto nosotros reafirmamos, al término de esta reflexión,
nuestra confianza en que el Señor de la mies no dejará que falten
a la Iglesia trabajadores para su mies. Antes bien, si la esperanza está
fundada no sobre nuestras previsiones y nuestros cálculos, que a menudo
la historia pasada no se ha preocupado en desmentir, sino « sobre tu
palabra », entonces podemos y queremos creer en una renovada floración
vocacional para las Iglesias de Europa.
Este documento quiere ser como un himno al optimismo de la fe llena de
esperanza, para despertarlo en los niños, adolescentes y jóvenes,
en los padres y en los educadores, en los pastores y en los sacerdotes, en los
consagrados y consagradas, en todos aquellos que dan la vida junto a las nuevas
generaciones, en todo el pueblo de Dios que está en Europa.
Rogamos al dueño de la mies
39. Nuestro documento, que se abrió con la acción de gracias
al SeñorDios, no puede cerrarse sin una oración a la Santísima
Trinidad, fuente y fin de toda vocación.
« Dios Padre, fuente de amor, que desde toda la eternidad
llamas a la vida y la das en abundancia, vuelve tu mirada sobre esta tierra de
Europa. Sigue llamándola todavía, como la has llamado en todo
tiempo; pero haz, sobre todo, que sea consciente de tu llamada, de sus raíces
cristianas, de su responsabilidad derivada de ello. Hazla consciente de su
vocación a promover una cultura de la vida, el respeto por la existencia
de todo hombre en todas sus formas y en cada instante de ella, la unidad entre
los pueblos, la acogida al extranjero, la promoción civil y democrática
de la vida civil, para que siempre sea más una Europa unida en la paz y
en la fraternidad.
Verbo Eterno, que desde toda la eternidad acoges el amor del Padre y
respondes a su llamada, abre el corazón y la mente de los jóvenes
de esta tierra para que aprendan a dejarse amar por Aquél que los ha
pensado a imagen de su Hijo y, dejándose amar, tengan el valor de
realizar esta imagen, que es la tuya. Hazles fuertes y generosos, capaces de
arriesgar sobre tu palabra, libres de volar alto, fascinados por la grandeza de
tu seguimiento. Suscita entre ellos anunciadores de tu Evangelio: presbíteros,
consagrados y consagradas, religiosos y laicos, misioneros y misioneras, monjes
y monjas, que con su vida sepan a su vez llamar y proponer el seguimiento de
Cristo Salvador.
Espíritu Santo, amor siempre joven de Dios, voz del Eterno
que no cesa de resonar y llamar, libra al viejo continente de todo espíritu
de suficiencia, de la cultura del « hombre sin vocación », del
temor que impide arriesgar y hace la vida anodina y sin gusto, del minimalismo
que crea hábito a la mediocridad y mata cualquier impulso interior y el
auténtico espíritu juvenil en la Iglesia. Haz descubrir a nuestros
jóvenes el sentido pleno del seguimiento como llamada a ser plenamente
ellos mismos, plenamente y por siempre jóvenes, cada uno según un
proyecto pensado exclusivamente para él, único-singular-irrepetible.
En una Europa que corre el peligro de ser siempre más vieja esparce el
don de nuevas vocaciones que sepan testimoniar la « juventud » de Dios
y de la Iglesia, universal y local, del Este y del Oeste, y sepan promover
proyectos de nueva santidad, para el nacimiento de una nueva Europa.
Virgen santa, joven hija de Israel, que el Padre escogió como
esposa del Espíritu para engendrar al Hijo en la tierra, engendra en los
jóvenes de Europa tu mismo valor denodado; el valor que un día te
hizo libre para creer en un proyecto más grande que tú, libre para
esperar que Dios lograría realizarlo en ti. A ti que eres la madre del
Sacerdote Eterno confiamos los jóvenes llamados al sacerdocio; a
ti que eres la primera consagrada del Padre, confiamos a los jóvenes y a
las jóvenes que eligen pertenecer totalmente al Señor, único
tesoro y bien sumamente amado, en la vida religiosa y consagrada; a ti
que viviste como ninguna otra criatura la soledad de la intimidad más
plena con el Señor Jesús, confiamos a quien deja el mundo para
dedicar toda su vida a la oración en la vida monástica; a
ti que engendraste y asististe con maternal amor a la Iglesia naciente,
confiamos todas las vocaciones de esta Iglesia, para que anuncien, hoy
como entonces, a todas las gentes que Cristo Jesús es el Señor, en
el Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre. Amén ».
Roma, 6 de enero de 1998, Solemnidad de la Epifanía del Señor.
Pío Card. Laghi
Prefecto
José Saraiva Martins
Arzobispo tit. de Tubúrnica
Vicepresidente
(1) Al Congreso asistieron 253 delegados provenientes de 37 naciones
europeas y representantes de los diversos sectores vocacionales (laicos,
consagrados, sacerdotes, obispos), con la presencia también de algunos
representantes de las Iglesias hermanas (Protestantes, Ortodoxos y Anglicanos).
(2) Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiásticas, La
pastoral de las vocaciones en las Iglesias particulares de Europa. Documento de
trabajo del Congreso sobre las vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada
en Europa, Roma 1996, n. 88. Dicho documento se citará con las siglas
IL (Instrumentum laboris).
(3) Ibidem, 15.
(4) Consultar, entre otros, Desarrollo del cuidado pastoral de las
vocaciones en las Iglesias particulares, experiencias del pasado y programas
para el futuro. Documento conclusivo del II Congreso Internacional de Obispos y
otros responsables de las vocaciones eclesiásticas (preparado por las
Congregaciones para las Iglesias Orientales, para los Religiosos y los
Institutos Seculares, para la Evangelización de los Pueblos, para la
Educación Católica), Roma, 10-16V1981; Obra Pontificia para las
Vocaciones Eclesiásticas, Desarrollo de la pastoral de las vocaciones
en las Iglesias particulares (preparado por las Congregaciones para la
Educación Católica y para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica), Roma 1992; Declaración final
del I Congreso Continental latinoamericano sobre las Vocaciones, Itaicí
1994 (publicada en « Seminarium », 19943, pp. 643-645).
(5) Cfr. IL, 18.
(6) Cfr. Proposiciones conclusivas del Congreso Europeo sobre las
vocaciones al sacerdocio y a la Vida Consagrada, n. 8. Dicho texto será
citada como Proposiciones.
(7) IL, 32.
(8) Proposiciones, 7.
(9) Proposiciones, 3.
(10) Proposiciones, 4.
(11) Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 2. También, Juan Pablo
II, Christifideles laici, 33-34, y Redemptoris missio, 33-34.
(12) Proposiciones, 19.
(13) Lumen gentium, 32; 39-42 (cap. V).
(14) IL, 6.
(15) Proposiciones, 16.
(16) Proposiciones, 19.
(17) La « cultura vocacional » fue el tema del Mensaje
Pontificio para la XXX Jornada Mundial de Oración por las vocaciones,
celebrada el 2V1993 (cfr. « L'Osservatore Romano », 18XII1992; cfr.
también, Congregación para la Educación Católica
P.O.V.E., Messaggi Pontifici per la Giornata mondiale di preghiera per le
vocazioni, Roma 1994, pp. 241-245).
(18) Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso sobre las
vocaciones en Europa, en « L'Osservatore Romano », 11V1997, 4.
(19) Ibidem.
(20) Proposiciones, 12.
(21) IL, 6.
(22) Discurso del Santo Padre, en « L'Osservatore Romano »,
11V1997.
(23) Cfr. Proposiciones, 20.
(24) Cfr. Juan Pablo II, Vita consecrata, 64.
(25) IL, 85.
(26) Una expresión análoga usa el Documento conclusivo del II
Congreso Internacional de Obispos y otros responsables de las vocaciones eclesiásticas,
cfr. Desarrollo, 3. Será citado con las siglas DC (documento
conclusivo).
(27) Proposiciones, 3.
(28) Pablo VI, Populorum progressio, 15.
(29) Gaudium et spes, 22.
(30) Al respecto se expresa así una tesis final del Congreso: «
En el contexto europeo es importante hacer emerger el primer momento vocacional,
el del nacimiento. La aceptación de la vida demuestra que se cree en
aquel Dios que "ve" y "llama" desde el seno materno »
(Proposiciones, 34).
(31) Juan Pablo II, Familiaris consortio, 11.
(32) Por esto, como recuerda una tesis del Congreso, « sólo en
el contacto vivo con Jesucristo Salvador, los jóvenes pueden desarrollar
la capacidad de comunión, madurar la propia personalidad y decidirse por
El » (Proposiciones, 13).
(33) IL, 55.
(34) Sacrosanctum Concilium, 10.
(35) Cfr. Veritatis splendor, 23-24.
(36) Cfr. Lumen gentium, cap. V.
(37) Cfr. Proposiciones, 16.
(38) Rito de la Confirmación.
(39) Cfr. Proposiciones, 35.
(40) Lumen gentium, 1.
(41) Cfr. Proposiciones, 21.
(42) II Epiclesi.
(43) DC, 18.
(44) DC, 13.
(45) Proposiciones, 28.
(46) Esto forma parte de la enseñanza insistentemente reclamada por
Juan Pablo II en las Cartas Encíclicas, Slavorum Apostoli (1995),
y Ut unum sint (1995), así como en la Exhortación Apostólica
Orientale lumen (1995).
(47) IL, 58.
(48) Juan Pablo II, Christifideles laici, 55.
(49) Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 15.
(50) « En la pastoral específica de las vocaciones se debe
reservar un puesto a la vocación al diaconado permanente. Los diáconos
permanentes son ya una realidad valiosa en diversas parroquias y no sería
bueno que no se les incluyese como nuevas vocaciones de la nueva Europa » (Proposiciones,
18).
(51) Sacrosanctum Concilium, 10.
(52) « In laudibus Virginis Matris », Homilia II, 4: Sancti
Bernardi opera, Romæ, Editiones Cistercenses, 1966, p. 23.
(53) « In Iohannis Evangelium Tractatus VIII, 9: CCL, 36, p. 87.
(54) Discurso de Juan Pablo II a los participantes al Congreso sobre
el tema « Nuevas vocaciones para una nueva Europa », en «
L'Osservatore Romano », 11V1997, n. 107.
(55) DC, 5.
(56) La expresión está en la Exhortación Apostólica
de Juan Pablo II Pastores dabo vobis, n. 34. El mismo documento delinea
claramente los motivos fundamentales que unen intrínsecamente la pastoral
vocacional a la Iglesia.
(57) Ibidem.
(58) Ibidem.
(59) IL, 58.
(60) La expresión « comunidad cristiana » designa,
por sí misma, tanto una Iglesia particular o local, como una parroquia.
La forma un grupo de cristianos que viven en un lugar y representa a la Iglesia
de manera actual, cuando se reúne para rezar y servir, para dar
testimonio del amor de Cristo en medio de ellos. La expresión « comunidad
eclesial », en cambio, tiene un significado más concreto, porque
manifiesta los elementos que constituyen la Iglesia, a partir de la centralidad
del misterio eucarístico; propiamente se aplica a la diócesis y a
las parroquias que son comunidades eclesiales eucarísticas gracias a la
presencia del ministerio ordenado; las otras son por extensión del
significado. cfr. al respecto DC, 13-16.
(61) Juan Pablo II, Discorso al VI Simposio delle Conferenze Episcopali
Europee, 11X1985.
(62) Pastores dabo vobis, 34.
(63) Ibidem, 35.
(64) Ibidem, 41.
(65) Cfr. Ibidem, 41.
(66) Ibidem, 64.
(67) Vita consecrata, 64.
(68) Ibidem.
(69) IL, 59.
(70) Cfr. Declaración, 26.
(71) Cfr. Proposiciones, 25.
(72) Vita consecrata, 70.
(73) Proposiciones, 4.
(74) Proposiciones, 13.
(75) Proposiciones, 10.
(76) Cfr. Proposiciones, 10.
(77) « La liturgia es por sí misma una llamada. Ella es el
momento privilegiado donde todo el pueblo de Dios se encuentra y se realiza el
misterio de la fe » (Proposiciones, 13).
(78) Dei Verbum, 25.
(79) « El primer lugar de testimonio es la vida de una Iglesia que se
descubre « comunión » y donde las parroquias y las diversas
asociaciones son vividas como comunión de comunidad » (Proposiciones,
14).
(80) Proposiciones, 21.
(81) Vita consecrata, 64.
(82) Cfr. Lumen gentium, 12; 35; 40-42.
(83) Catechesi tradendæ, 186.
(84) Proposiciones, 35, donde se recuerda una vez más a los
Obispos la gran oportunidad que les ofrece la celebración de la
Confirmación para « llamar » a los jóvenes que reciben
dicho sacramento.
(85) Proposiciones, 10.
(86) Proposiciones, 11.
(87) Proposiciones, 10.
(88) Pastores dabo vobis, 41.
(89) Cfr. indicaciones sobre el tema en el Documento conclusivo del
II Congreso Internacional de 1981, DC, 40.
(90) Optatam totius, 2; DC, 57-59; cfr. también en Desarrollo
de la pastoral, 89-91.
(91) Cfr. Proposiciones, 10.
(92) « A veces, se dijo en el Congreso se observa cierta
dificultad en la relación entre Iglesia y vida religiosa. Es importante
salir de una lectura funcional de la vida religiosa misma, aunque ya se
vislumbran signos de nuevas orientaciones tras el Sínodo sobre la vida
consagrada. Lo mismo vale para los Institutos Seculares » (Proposiciones,
16).
(93) « En una situación religiosa que cambia rápidamente,
llega a ser indispensable formar a los animadores de base: catequistas, párrocos,
diáconos, consagrados, obispos..., y cuidar su formación
permanente » (Proposiciones, 17).
(94) Cfr. Proposiciones, 29, donde, hablando de este Centro
vocacional europeo se expresa el deseo de que el mismo, como gesto de caridad y
de intercambio de dones, « constituya incluso un "banco" de
personas cualificadas para colaborar en la formación de los formadores ».
Sobre la creación de tal organismo hay una petición en el Instrumentum
laboris, 83 y 90h. Una experiencia positiva ya es realidad desde hace
algunos años en América Latina. En Bogotá (Colombia), en la
sede del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), trabaja de manera permanente
el «
Departamento de Vocaciones y Ministerios » (DEVYM). Este organismo
fue el punto de referencia para la preparación y celebración del I
Congreso Continental, celebrado para la América Latina en Itaicí
(San Pablo del Brasil) del 23-27V1994.
(95) IL, 86.
(96) Cfr. Proposiciones, 9.
(97) Pablo VI, Guardate a Cristo e alla Chiesa, Mensaje para la XV
Jornada mundial de oración por las vocaciones (16IV1978), en Insegnamenti
di Paolo VI, XVI 1978, pp. 256-260 (cfr. también, Congregación
para la Educación Católica, P.O.V.E., Messaggi Pontifici,
127).
(98) Proposiciones, 15.
(99) Proposiciones, 9.
(100) Proposiciones, 22. Y también, « el renacer del
interés por el Evangelio y por una vida entregada radicalmente a él
en la consagración, depende en gran parte del testimonio personal de los
sacerdotes y religiosos contentos de su vocación. La mayoría de
los candidatos a la vida consagrada y al sacerdocio atribuye su propia vocación
a un encuentro con un sacerdote o consagrado » (ibidem, 11).
(101) Proposiciones, 12.
(102) Así, la Proposición 23: « Es importante
subrayar que los jóvenes están abiertos a los retos y a las
propuestas fuertes (que sean "superiores a la media", esto es, que
sean algo "de más" ».
(103) Que vuelve bajo forma de provocación en las palabras de Pablo a
los corintios: « ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? »
(1 Cor 4,7).
(104) IL, 55.
(105) Proposiciones, 27.
(106) Proposiciones, 25.
(107) Cfr. Proposiciones, 25.
(108) Cfr. Proposiciones, 14.
(109) Pastores dabo vobis, 11.
(110) Cfr. Jurado, Il discernimento, p. 262; Cfr. también
L.R. Moran, « Orientaciones doctrinales para una pastoral eclesial de las
vocaciones », en Seminarium, 19914, pp. 697-725.
(111) Hablamos de una madurez afectiva-sexual fundamental, como condición
previa para la admisión a los votos religiosos y al ministerio ordenado,
según las dos vías de las Iglesias católicas de Europa: al
ministerio como célibe (Iglesia occidental) y al ministerio como casados
(Iglesias orientales). Es importante que desde la pastoral vocacional a la
formación verdadera y propia, los programas pedagógicos sean
coherentes y cuidados, para que la preparación al ministerio ordenado sea
adecuada en ambos casos, especialmente en el plano de la madurez afectiva, y el
ejercicio del ministerio mismo pueda así alcanzar el objetivo del anuncio
del amor de Dios como origen y fin del amor humano.
(112) Ver en tal sentido la recomendación del Potissimum
Institutioni, sobre la homosexualidad, a descartar no a quienes tienen tales
tendencias, sino « a quienes no lograrán dominarlas » (39),
también si tal « dominio » se entiende creemos en
sentido pleno, no sólo como un esfuerzo de la voluntad, sino como
libertad gradual en las confrontaciones de las tendencias mismas, en el corazón
y en la mente, en la voluntad y en los deseos.
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