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CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
BEATO JUAN PABLO II, PAPA
Carlos José Wojtyla nació en Wadowic, Polonia, el año 1920. Ordenado presbítero y realizados sus estudios de teología en Roma, regresó a su
patria donde desempeñó diversas tareas pastorales y universitarias. Nombrado
Obispo auxiliar de Cracovia, pasó a ser Arzobispo de esa sede en 1964; participó
en el Concilio Vaticano II. Elegido Papa el 16 de octubre de 1978, tomó el
nombre de Juan Pablo II, se distinguió por su extraordinaria actividad
apostólica, especialmente hacia las familias, los jóvenes y los enfermos, y
realizó innumerables visitas pastorales en todo el mundo. Los frutos más
significativos que ha dejado en herencia a la Iglesia son, entre otros, su
riquísimo magisterio, la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica y los
Códigos de Derecho Canónico para la Iglesia Latina y para las Iglesias
Orientales. Murió piadosamente en Roma, el 2 de abril del 2005, vigilia del
Domingo II de Pascua, o de la Divina Misericordia.
Del Común de pastores: para un papa.
Oficio de lectura
Segunda lectura
De la Homilía del beato Juan Pablo II, papa, en el inicio de su pontificado
(22 de octubre 1978: AAS 70 [1978] 945-947)
¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!
¡Pedro vino a Roma! ¿Qué fue lo que le guió y condujo a esta Urbe, corazón del
Imperio Romano, sino la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Es
posible que este pescador de Galilea no hubiera querido venir hasta aquí; que
hubiera preferido quedarse allá, a orillas del Lago de Genesaret, con su barca,
con sus redes. Pero guiado por el Señor, obediente a su inspiración, llegó hasta
aquí.
Según una antigua tradición durante la persecución de Nerón, Pedro quería
abandonar Roma. Pero el Señor intervino, le salió al encuentro. Pedro se dirigió
a El preguntándole: «Quo vadis, Domine?: ¿Dónde vas, Señor?». Y el Señor le
respondió enseguida: «Voy a Roma para ser crucificado por segunda vez». Pedro
volvió a Roma y permaneció aquí hasta su crucifixión.
Nuestro tiempo nos invita, nos impulsa y nos obliga a mirar al Señor y a
sumergirnos en una meditación humilde y devota sobre el misterio de la suprema
potestad del mismo Cristo.
El que nació de María Virgen, el Hijo del carpintero – como se le consideraba –,
el Hijo del Dios vivo, como confesó Pedro, vino para hacer de todos nosotros «un
reino de sacerdotes».
El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho
de que la misión de Cristo –Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey– continúa en la
Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios participa de esta triple misión. Y quizás
en el pasado se colocaba sobre la cabeza del Papa la tiara, esa triple corona,
para expresar, por medio de tal símbolo, el designio del Señor sobre su Iglesia,
es decir, que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, toda su "sagrada
potestad" ejercitada en ella no es otra cosa que el servicio, servicio que tiene
un objetivo único: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de
Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del Señor, la cual tiene su origen
no en los poderes de este mundo, sino en el Padre celestial y en el misterio de
la cruz y de la resurrección.
La potestad absoluta y también dulce y suave del Señor responde a lo más
profundo del hombre, a sus más elevadas aspiraciones de la inteligencia, de la
voluntad y del corazón. Esta potestad no habla con un lenguaje de fuerza, sino
que se expresa en la caridad y en la verdad.
El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una oración fervorosa,
humilde y confiada: ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en servidor, y lo sea,
de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad
que no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más aún, siervo de tus siervos.
¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su
potestad!
¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de
Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!
¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas
económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la
civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay
dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!
Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de
su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su
vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en
desesperación. Permitid, pues, – os lo ruego, os lo imploro con humildad y con
confianza – permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras de
vida, sí, de vida eterna!
Responsorio
R/. No tengáis miedo: el Redentor del hombre ha revelado el poder de la cruz y ha
dado la vida por nosotros. * Abrid de par en par las puertas a Cristo.
V/. Somos llamados en la Iglesia a participar de su potestad. * Abrid.
Oración
Oh Dios, rico en misericordia, que has querido que el beato Juan Pablo II, papa,
guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos
concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo,
único redentor del hombre. Él, que vive y reina.
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