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VIA CRUCIS EN COMPAÑÍA DE LOS SANTOS
(Para el Jubileo de los Sacerdotes)
P. Antonio Maria Sicari, o.c.d.
Oración inicial
Señor Jesús, para acompañarte en la Via
Crucis hoy estamos nosotros, tus sacerdotes, los siervos que te has escogido
para construir y guiar tu Iglesia.
Tú has querido servirte de nosotros para
hacer presente tu persona a la comunidad de creyentes.
Cada día Tú nos comprometes en el misterio
de tu Pasión y de tu Resurrección.
Cada día nos entregas tu Palabra y tu
Misericordia para sembrarla en el mundo.
Cada día resuena en nuestro corazón y en
nuestra alma tu invitación dulce y a la vez severa: "Si
alguien quiere venir detrás de mi…coja su cruz y me siga".
Al iniciar esta Via Crucis escuchamos
las palabras que dijiste al apóstol Tomás: "Yo soy la vida" ;
sabemos que debemos caminar por un camino, que eres Tú mismo; un camino
doloroso excavado en tu mismo cuerpo.
También oímos la voz de tu apóstol Pablo
que dice: "Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo"
, y entendemos que aquello que todavía falta es nuestra carne; esta nuestra
existencia que ya te pertenece, pero que todavía no se ha ofrecido enteramente
y que se retrae sobre todo cuando teme el sufrimiento.
Ofrecemos cada día tu Cuerpo sacrificado y tu
Sangre derramada, pero siempre sentimos la tentación de apartarnos cuando
deberíamos ser juntamente contigo granos de trigo triturados y racimos de uva
exprimidos.
Por eso, Señor, para aprender a acompañarte
verdaderamente en este doloroso y glorioso camino, pedimos la ayuda de tus
sacerdotes Santos.
Haz que los misterios de amor y de dolor de tu
pasión queden impresos en nosotros, tus ministros, de la misma manera que
quedaron impresos, al vivo, en su cuerpo y en su alma.
I ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
He pensado y he dicho tantas veces yo, tu
sacerdote, que Tú has sido condenado injustamente.
Judas te ha traicionado por ingratitud, por
avaricia y por el Maligno.
Los Sacerdotes y el Sanedrín te han desechado
porque eran ciegos de tu inesperado resplandor divino.
Los solados te han dado latigazos y se han
reído de ti porque eran inconscientes y brutales.
Pilatos te ha entregado al verdugo por miedo y
escepticismo.
Y la multitud gritaba: "Crucifícale"
porque había sido instigada y había olvidado que "habías pasado
en medio a ellos haciendo el bien" .
Condenado injustamente, condenado siendo
inocente.
Pero ahora pienso, Señor, que he olvidado la
verdad más profunda y misteriosa.
Tú has sido condenado justamente,
porque has querido llevar sobre Ti el peso horrible de todos nuestros pecados,
haciendo tuya la responsabilidad delante de Dios, nuestro Creador y Padre.
Más todavía; por nosotros y en nuestro lugar,
Tú has querido "hacerte pecado por nosotros" y has llegado a
ser – delante del mundo- "como uno delante del que se cubre la cara
por la vergüenza".
"Cordero de Dios que quitas el pecado
del mundo…" , quitas el pecado porque continuas a tomarlos sobre Ti y
a expiarlos uno a uno.
Y para Ti cada día de nuestra historia es un
Viernes Santo.
Pienso en tu sacerdote S. Leopoldo Mandic,
cerrado durante años y años en un confesionario, hundido en los pecados que
los penitentes echaban sobre él. Algunos se burlaban de él porque hacía a
todos inocentes, absolviéndoles con misericordiosa magnanimidad, para después
pasar largas noches en expiación, temblando por miedo del juicio de Dios.
Había despedido a los pecadores más frágiles poniéndose en su lugar: "Haré
penitencia por vosotros, yo haré oración…".
Y rico de misericordia por todos, aceptaba
temblar delante de la justicia de Dios.
II ESTACIÓN
Jesús cargado con la Cruz
Nos hemos quedado casi solos – nosotros, tus sacerdotes
– al decir que el sufrimiento puede redimir, que el dolor puede llenarse de
significado y llegar a ser salvador.
Pero lo decimos tímidamente, como si
quisiéramos pedir perdón al hablar con este extraño lenguaje.
¡Existe tanto dolor en el mundo! Son tantas
la penas cotidianas y tantas las personas sobre las que gravita la cruz sin
poder evitarla.
Y nosotros debiéramos invitarles a llevarla abrazándola,
como Tú lo haces mientras el leño se hunde en tus espaldas y absorbe tu sangre.
"Yo te saludo, oh Cruz de tanto tiempo
deseada" dijo tu discípulo Andrés. Como también el apóstol Pablo
anunciaba de estar alegremente "crucificado Contigo" y de
querer conocer solamente la "sabiduría de la Cruz" .
Un poeta tuyo ha dicho: "Jesús coge
la Cruz, de la misma manera que nosotros tomamos la Eucaristía" .
Somos nosotros, tus sacerdotes, que tenemos
cada día en nuestras manos tu cuerpo sacrificado y lo presentamos a la
adoración y lo ofrecemos como comida.
Tú no nos pides ser más fuertes en saber
soportar, sino más alegres en saber transubstancionar nuestros pequeños
sufrimientos en tu sufrimiento infinito, y de convertirlo en alimento para la
Iglesia.
San Juan de la Cruz – que compuso los más
bellos poemas de Amor místico, estando en una oscura y penosa cárcel –
enseñaba: "Te baste Cristo crucificado. Sufre con El y descansa en
El" y supo unirse totalmente a Ti en el lecho de muerte, contemplando
las propias llagas ‘devotamente’ porque se asemejaban a las tuyas.
Concédenos, Señor, adorar nuestras pequeñas
cruces – sobre todo aquellas que son propias de nuestro ministerio – como
pedazos de tu Cruz gloriosa.
III ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez bajo el peso de la Cruz
Tú, Señor, "caes por primera vez";
por tres veces caerás y te levantarás con gran cansancio antes de llegar al
Calvario.
Tu cansancio lo he predicado muchas veces a
los fieles a fin de que tomasen ejemplo.
"También Jesús ha caído"
– decía – "hasta el Hijo de Dios ha experimentado la debilidad que
acaba con nuestras pobres fuerzas". Pero en realidad lo decía como si
de Ti se hubiera podido esperar una energía mucho más indómita.
Y he olvidado que tus caídas fueron los
últimos y decisivos pasos de tu Encarnación.
Por nosotros Tu has descendido del cielo; has
bajado a una pobre cueva de Belén; has bajado en medio de una multitud de
pecadores y de enfermos.
Has bajado…, pero esto no sería suficiente
sin aquellos últimos pasos de obediencia, que te aproximan al corazón de la
tierra, a tu sepulcro nuevo.
Así Tú, cayendo, comienzas a pegarte al
suelo con todo tu cuerpo.
Besas la tierra como hace el misionero que
llega a un país extranjero, que será su patria.
Te postras al suelo y lo besas como hemos
hecho nosotros sacerdotes el día de nuestra Ordenación.
Recuerdo las palabras que la madre de S. Juan
Bosco dijo a su hijo, en el día que celebraba la Primera Misa Solemne (era la
fiesta del Corpus Domini): "Eres sacerdote, celebras la Misa, por este
motivo estás más cerca de Jesucristo. Recuerda que empezar a celebrar Misa
quiere decir comenzar a sufrir".
Se comienza inevitablemente a sufrir porque es
necesario llevar a Cristo y la Palabra de Dios a todos los hombres, y el camino
es desigual y muchas veces accidentado.
Pero tú, Señor, concédenos caer solamente
en tu camino.
IV ESTACIÓN
Jesús encuentra a su Madre
Siguiendo el camino, Señor, ciertamente has
encontrado a tu Madre.
Eran más de treinta años que Ella esperaba
el día anunciado en el que "una espada de dolor le habría traspasado
el alma" . De esta manera te acompañaba al calvario cuando ya el
centurión tenía en la mano la lanza, que habría traspasado vuestros corazones.
La tradición ha puesto en la boca de la
Virgen el lamento del profeta: "Oh vosotros que pasáis por el camino,
mirad si existe un dolor semejante al mío…"
Pero todos nos hemos detenido delante del
portal del misterio, atentos solamente al dolor provocado por los insultos y las
heridas.
No hemos contemplado el verdadero y
bienaventurado dolor de tu Virgen Madre, silenciosa, delante del diálogo que
Tú tenías con tu Padre, antes de que El te abandonase.
Ciertamente María recordaba las palabras del
ángel: "darás a luz un Hijo…, será grande…, y su reino no tendrá
fin…" .
Así había sido la promesa, sin embargo el
Padre "mandaba al Hijo por amor del mundo" : "no
lo ahorraba" .
Y a Ella todavía se le pedía que consintiera,
que repitiera el Fiat, que abandonara al Hijo en el momento de la muerte
y que en cambio recibiera al discípulo...
Pero cómo no podía Ella no consentir si
había sido llamada – Ella en primer lugar – a contemplar "el precio
del rescate" ; no sólo nuestro rescate de hijos pecadores, sino
todavía más: su rescate de Señora Inmaculada, anticipadamente redimida
por el sacrificio del Hijo.
María acompañaba a Jesús al monte, allí
donde habría comprendido, en misterioso temblor, que era la primera "Hija
de su Hijo" .
A los pies de la Cruz, viéndose totalmente
desde siempre dentro de un mar de gracia, Ella se convierte para nosotros en
Madre de misericordia.
En esta estación aprendemos solamente de
Ella, la Toda Santa.
V ESTACIÓN
El cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz
Un hombre, que por casualidad pasaba por allí
volviendo de su terreno, fue obligado a llevar tu Cruz para darte un poco de
alivio. No sabemos nada de él, pero sabemos que sus hijos, Alejandro y Rufo,
fueron cristianos. Y conmueve pensar que quizás fue la improvisa y
misericordiosa manera en que fue comprometido el padre, en aquel camino de
pasión, aquello que los engendró en Cristo.
Pienso de nuevo en tantas meditaciones blandas
en las que se pide a los cristianos que lleven "un poco de Cruz"
juntamente a Jesús.
En verdad, Tú estabas muy cansado, Señor, y
era lógico tu continuar penoso detrás del Cirineo, que llevaba encima
tu cruz.
Sin embargo el evangelista nota que "le
pusieron encima la Cruz, para que la llevase detrás de Jesús, y lo
seguía una gran multitud del pueblo" .
Llevando tu Cruz el Cirineo aprendió a
seguirte y, juntamente contigo, llegó a ser un guía para el pueblo.
Nosotros sacerdotes no debemos llevar
solamente nuestras cruces cotidianas, debemos llevar propiamente la Tuya, para
poder pedir a nuestro pueblo que te siga.
El Santo Cura de Ars tentó muchas veces de
huir de la parroquia; no porque no quería sufrir sino por el constante
pensamiento de ser indigno de representarte; demasiado miserable para poder ser
tu imagen de misericordia. Y siempre – por Ti y por el pueblo – se le
volvía a llevar a aquel confesionario donde le esperaban multitud de peregrinos.
Entonces pedía humildemente excusa diciendo "He hecho el niño",
y de nuevo recomenzaba a llevar contigo la Cruz y se consolaba diciendo: "¿Qué
sería de tantos pecadores si no fuera así?".
VI ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Es éste el único episodio inventado por la piedad
popular con el fin de dar a todos y a cada uno un sitio en la Via Crucis;
el sitio de amor y de ternura que toca a la Esposa.
Entre la Verónica y Jesús – entre nosotros
y el Crucificado – un velo; un velo para enjugar el rostro atormentado del
Esposo para devolverle su forma y su belleza.
La Verónica representa y describe el destino
feminino-esponsal de toda la Humanidad; la íntima naturaleza de la Iglesia
nacida del costado de Cristo y unida irrevocablemente a El; la vocación y la
misión para la cual viene escogida cada alma cristiana .
Verónica es la mujer del Cantar de los
Cantares, cuya pasión de amor es llegar a ser con-pasión, un
verdadero sufrir junto al Amado.
Verónica es aquella que guarda dentro de sí
la imagen del Amado a fin de poderlo encontrar siempre.
Verónica son nuestras comunidades cristianas
cuando buscan entre la multitud la presencia del Amado, y lo descubren en el
rostro de los más humillados y se dan prisa para limpiarles con infinita
dulzura.
Verónica son también tus santos sacerdotes
cada vez que se llenan de ternura, cuando encuentran tu rostro desfigurado y lo
honran con una caridad sin límites y con genial trato…
A menudo se veía a San Camilo de Lelis
arrodillado junto a la cama de los enfermos, con la seguridad de estar delante "de
su amado Señor Jesucristo", y algunas veces llegaba a una confusión
tal que descubría a ellos sus pecados, convencido de que lo hacía directamente
al Crucificado. Y su biógrafo añade: "cuando cogía a uno de ellos
entre sus brazos a fin de poder cambiar las sábanas, lo hacía con tanto afecto
y diligencia que parecía que lo estaba haciendo a la misma persona de Jesús".
Y fueron esta "mirada" y esta "ternura"
la que permitió renovar, de arriba abajo, la asistencia sanitaria de su tiempo.
VII ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
A mitad del recorrido tú, Jesús, caes
todavía, como si el camino se abriese y se derrumbase por ambos lados.
Y ésta es todavía una caída más humillante
porque la Cruz está sobre las espaldas del Cirineo. Pensaban que Tu podías
resistir…
Pero Tu caes porque tienes encima el
inmensurable peso de la miseria humana, y ésta es una carga invisible a los
ojos.
Caes porque eres un Creador que se ha hecho
criatura, y las criaturas te han cogido con la trampa como si tu fueses una
alimaña.
Caes porque tu puesto es el de esclavo
golpeado a sangre y que inútilmente se lamenta con un canto.
Caes porque eres igual a una bestia de carga,
que cae en tierra y el peso le viene encima.
Y mientras caes nos concedes de no distraernos
al contemplar tu pobre cuerpo abatido; ayúdanos a no apartar la mirada de tu
rostro entumecido entre piedras.
Señor, haz que aceptemos voluntariamente de caer
junto a Ti, todas las veces que tú deseas que nos levantemos renovados.
Tu sacerdote S. José Benito Cotolengo vivió
su sacerdocio durante largos años, recorriendo un camino rico de halagos y
honores, hasta el momento en que Tú le hiciste "caer" delante
del camastro ensangrentado de una pobre partera, a quien todos habían rechazado
la asistencia…
Solamente tuvo tiempo de dar la Extrema
Unción a la madre y el Bautismo a la niña antes de que murieran. Pero se
levantó movido por la gracia. Había llegado a ser – como le gustará
llamarse – "el peón de la Divina Providencia".
VIII ESTACIÓN
Unas madres lloran por Jesús
Unas madres lloran por el Hijo de María,
humillado y conducido a la muerte, aunque si todavía es un leño verde.
Pero es Jesús quien se conmueve por ellas;
quisiera que fueran las madres quienes llorasen por ellas mismas por haber
generado y dado la leche a hijos que – sin El – serían destinados a arder
como leña seca , en el incendio de un mundo sin salvación.
Jesús conoce el dolor de las madres de cada
tiempo; aquellas que no se consuelan delante de la crueldad de Herodes (un
Herodes de las mil caras) que roba sus hijos de entre sus brazos , y el de
aquellas que se acusan de no haber sabido o querido protegerlos.
Jesús conoce también el lloro de los hijos
de generación en generación. Niños que las mismas madres han rechazado cuando
todavía estaban en su vientre; niños que sus padres los han desechado; niños
sin casa, sin cuidados, sin pan, sin juegos; niños vendidos por el placer de la
ganancia.
Conoce también el dolor sordo de los
contactos llenos de desilusión; padres que no han sabido llegar a ser tales y
jóvenes que no han sabido comportarse como hijos.
Estos sufrimientos, Señor, que tú conoces
porque eres Hijo, porque están muy cerca – más que otra pena – del
mismo misterio de tu Persona.
Concede a nosotros Sacerdotes el saber ver
solamente hijos tuyos a nuestro alrededor.
Danos la mirada de S. Vicente de Paul cuando
encargó a sus monjas – ya muy llenas de trabajo – la "Obra de los
niños abandonados", explicando con entusiasmo: "Seréis
como la Señora, porque seréis madres y vírgenes. ¿Os dais cuenta de aquello
que hace el Señor por vosotras? Desde toda la eternidad ha establecido este
tiempo para inspiraros el deseo de cuidar estos pequeños que El considera suyos:
desde la eternidad ha elegido a vosotras, hijas mías, para servirle. ¡Qué
honor para vosotras servir a los hijos de Dios!
IX ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Es la tercera vez que caes, Señor, y según
la iconografía tradicional te obligan a levantarte con la furia de los
latigazos, como si te faltase un "de más" de sufrimientos para darte
la fuerza de padecer todavía.
Pero tú conoces la verdad escondida.
Antes de ser levantado entre el cielo y la
tierra, antes de poder volver "a la derecha del Padre" debes,
por última vez, manifestar tu completa entrega a nuestra tierra, al polvo del
cual hemos sido hechos.
Caes porque quieres abrazar a todos
cogiéndonos entre tus brazos mientras nosotros caemos.
Caes por tercera vez, como tres veces has sido
tentado por Satanás que quería quitarte tu verdadera "encarnación".
Caes por tres veces, como tres veces ha caído
el primero de tus apóstoles cuando te ha renegado.
Caes por tres veces, porque la tercera vez es
aquella definitiva y si te levantas de nuevo es porque el Padre es "más
fuerte de todos" y te hará resucitar "después de tres días"
de tu caída mortal.
Danos Señor el modo de comprender que ciertas
caídas son solamente el presagio de resurrección.
Así tu Beato siervo Daniel Comboni – que
había soñado abrazar misionariamente toda el África – al final de su vida
se encontró aplastado por la calumnia y vio aproximarse la destrucción de toda
su obra.
Murió a los cincuenta años, cansado de la
vigilias y de las fatigas apostólicas, pero fiel a aquello que había
inicialmente prometido a sus amadísimos africanos: "El día más feliz
de mi vida será aquel en que podré dar mi vida por vosotros".
X ESTACIÓN
Jesús es desnudado de sus vestidos
Mientras los soldados se dividen los vestidos y echan a
suertes la túnica inconsutil , tu cuerpo desnudo resplandece de humillación y
de gloria.
Detenerme en esta décima estación, Señor,
ha sido siempre para mi la cosa más difícil, y nunca me ha sido fácil estar
con los fieles para ayudarles a contemplarte.
No por tu dolorosa y tremenda desnudez, sino
por los misterios que intuyo y que exigirían una sensibilidad mística, aquella
de innumerables Santas y Santos que te han adorado como su "Esposo
Crucificado".
Pensándolo bien, Jesús mío, en toda la Via
Crucis está escondido un drama nupcial; de una parte se encuentra la
humanidad perdida que te rechaza como Esposo y te traiciona, de la otra está tu
Humanidad que acepta el rechazo y la traición, y lo transforma en comunión
esponsal.
Así ha sucedido en tu último encuentro con
Judas al que has verdaderamente abrazado y besado.
Así ha sucedido cuando te han revestido de
púrpura y te han coronado, como se corona al Esposo en el momento de la boda.
Así ha sucedido cuando te han "presentado"
delante a la multitud de los enviados: "He aquí el hombre", he
aquí el Elegido, el Amado.
Así sucede ahora que los soldados te ayudan a
desnudarte y Tu te ofreces a la Esposa en alegre e inocente desnudez (aquella
del nuevo Adán, que no tiene por qué avergonzarse).
Así sucederá dentro de poco cuando te
extenderás sobre la cama de la Cruz para un verdadero matrimonio con la Señora
Pobreza.
Así amaba contemplarte tu santo Diácono
Francisco de Asís que contó al mundo aquellas bodas sublimes, al punto de
querer él mismo renovarlas en la Iglesia, amando la pobreza como "su
mujer más querida"
XI ESTACIÓN
Jesús es clavado a la Cruz
En la oración que Jesús recitaba sobre la
cruz – en el salmo que empieza "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?" – estaban también estas palabras: "Han
horadado mis manos y mis pies / se pueden contar todos mis huesos". Y
la oración continuaba de esta manera: "Anunciaré tu Nombre a mis
hermanos / te alabaré en medio de la asamblea" .
La Cruz era el púlpito que el Padre te daba,
oh Jesús, para revelarnos su nombre y para alabarlo juntamente con nosotros,
tus pobres crucificadores.
Perdóname, si pienso ahora al ministerio que
me has entregado y al anuncio que me pides repetir cada día "a mis
hermanos".
Ciertamente te debo obediencia, pero pocas
veces he pensado a tu absoluta obediencia, aquella manera tuya de estar
irremediablemente "clavado" a la cruz .
Un antiguo texto medieval ofrecía a los
monjes estos "tus" consejos: "Como
un crucifijo no puede mover los miembros según su proprio capricho, ni puede
girarse, sino que debe permanecer inmóvil allí donde lo ha clavado, así es
necesario que tu estés en tu cruz y renuncies a ti mismo, sin poder cambiar la
voluntad detrás de las fantasías o al placer de un instante, sino aplicándola
totalmente allí donde mi voluntad te ha destinado" .
Concede también a nosotros, tus Ministros, de
permanecer crucificados con alegría – en pobre y desnuda obediencia – al
ministerio que nos has entregado.
Así permaneció cotidianamente pegado a tu
cruz – por más de cuarenta años – el Beato P. Pío de Pietrelcina,
llevando en su cuerpo tus llagas.
Los estigmas mostraron evidentemente el
milagro del sacerdocio cristiano; haciendo ver el "caro precio" de
sangre escondido en cada sacrificio eucarístico, en cada absolución
sacramental, en cada intercesión de gracias y en cada conflicto con el Maligno;
como también el precio escondido en la humilde y constante sumisión a tu
Iglesia.
XII ESTACIÓN
Jesús muere en Cruz
Después de haber perdonado la obtusa maldad de los
hombres, después de haber escuchado de parte de un ladrón arrepentido una
dulce oración ("Jesús, acuérdate de mi" ), después de haber
gritado "Tengo sed" - casi un último testamento para nosotros
– Jesús muere.
Señor, los místicos medievales decían que
deberíamos meditar tu muerte en cruz "insatiabiliter" sin
cansarnos nunca de entrar en la profundidad de tu "muy grande amor"
.
El discípulo Juan – el único de los Doce
que te ha visto morir – ha observado el momento de tu muerte y ha conservado
para nosotros un recuerdo precioso: "Jesús, después de haber reclinado
la cabeza, entregó el espíritu" .
A cada moribundo el ultimo respiro escapa de
los labios y acto seguido la cabeza cae sobre el pecho.
Sin embargo, Tú has inclinado antes la cabeza
y después has "entregado el Espíritu": de esta manera tu
último respiro descendió sobre la pequeña Iglesia ya reunida a los pies de la
Cruz.
Aquel último suspiro de moribundo era como el
hálito del Creador sobre el primer hombre; era como el Espíritu enviado a la
Virgen en el momento de tu Encarnación, que ya anunciaba aquel respiro de vida
nueva que infundiste sobre los discípulos la tarde de la Pascua y el día de
Pentecostés.
Estoy viendo de nuevo a tu mártir S.
Maximiliano Kolbe, que está allí delante de un montón de cadáveres, que ha
debido transportar al horno crematorio de Auschwitz con una carretilla. Antes de
alejarse murmura calladamente: "Et Verbum caro factum est… Santa
María, ruega por nosotros".
También sobre el patíbulo de un lager, aquel
último suspiro de un mártir – un respiro de fe en Ti y de caridad en favor
de otras víctimas – fue la anticipación de la "victoria mediante la
fe y el amor"
XIII ESTACIÓN
Jesús es puesto en los brazos de su Madre
Antes de los últimos pasos que te llevarán al sepulcro,
oh Jesús, descansas unos momentos en paz, en los brazos de tu Madre, como un
hijo fatigado después de una larga jornada.
Ha sido la "jornada" que el
Padre te ha señalado – una buena andadura de trabajo – y El está dispuesto
a llevarte junto a Sí.
Como María, también el Padre celeste te
recoge en su seno y te susurra: "Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado"
.
Con fe, esperanza y caridad, la Virgen Madre
retiene silenciosamente entre sus brazos tu cuerpo ya muerto.
En Ella vemos la imagen y el modelo de la
Iglesia que – con alegría y con sufrimiento – engendra continuamente a los
hijos de Dios y espera su resurrección.
A nosotros, tus ministros, concede, Señor,
tener "piedad"; piedad por tu eterno sacrificio que debemos
renovar cotidianamente, teniéndote entre las manos; piedad por todos
aquellos que debemos engendrar como hijos tuyos, acompañándoles en la pasión
y preparándoles a la vida resucitada.
El Beato P. Tito Brandsma , en el campo de
Dachau, a la enfermera, odiada y despreciada por todos los presos y que debía
inyectarle el ácido fénico, regaló su pobre rosario.
- "No sé rezar"
– fue
la respuesta irritada de aquella mujer. Le respondió con mansedumbre:
- "No es necesario que tu digas toda el Avemaría
;
di solamente "Ruega por nosotros pecadores".
Y ella nunca pudo olvidar el rostro de aquel
anciano sacerdote a quien había asesinado. Más tarde dirá: "El tenía
compasión de mi". Le había dado la muerte, pero él la había hecho
nacer a la gracia.
XIV ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro
En María, la Iglesia te ha acogido para
siempre entre sus brazos y espera el milagro.
En la tumba obscura tu cuerpo yace vigilado
por la Trinidad y en gran silencio llega el diálogo de la Resurrección.
El corazón del Padre ha quedado herido por tu
oración, cuando le has pedido "con grandes gritos y lágrimas de verte
liberado de la muerte" , y el Padre – que "siempre te escucha"
- no puede dejar "que su Santo vea la corrupción" .
De esta manera, en la noche de la sepultura,
como ya había hecho en la oscuridad de la cueva de Belén, con la fuerza del
Espíritu Santo, el Padre te engendra nuevamente : "…luz de luz, Dios
verdadero de Dios verdadero".
Ni la gran piedra sellada ni los guardianes,
que vigilaban la tumba , pudieron impedir la transubstanciación de tu cadáver
en cuerpo resucitado.
Desde entonces todos tus fieles aceptarán, en
el Bautismo, el estar "sepultados contigo" con el fin de poder
resucitar contigo.
Ayúdanos, Señor, a no tener miedo de los
sepulcros de esta tierra y ayúdanos a descender en ellos seguros de estar entre
las manos de tu Padre.
De este modo el Beato P. Damián de Veuster
fue al leprosario de Molokai – considerado en aquel entonces como "el
cementerio y el infierno de los vivos" – y desde su primera
predicación abrazó a todos aquellos infelices diciendo simplemente: "Nosotros,
los leprosos". Y al primer enfermo que le dijo: "Atención,
Padre, que os podéis contagiar con mi mal", respondió: "Hijo
mío, si la enfermedad se lleva consigo mi cuerpo, Dios me dará otro".
Haz, Señor, que podamos permanecer delante de
tu sepulcro en adoración de espera, como hizo Santa María de Betania, la mujer
que te había ungido anticipadamente con "el aceite perfumado para la
sepultura" y que tu escogiste como primer testigo de tu Resurrección.
ORACIÓN AL TERMINAR
EL VIA CRUCIS
Señor Jesús:
Te hemos acompañado en el duro "camino
de la Cruz" con fe, amor y esperanza.
Hemos entendido cuanto te ha costado ofrecerte
a nosotros como Camino para hacernos llegar al Padre; cuanto te ha
costado caer en el precipicio a fin de permanecer entre nosotros y el Infierno,
para abrazarnos en nuestra pérdida y darnos tu misma vida.
En tu Sumo Sacerdocio hemos contemplado
nuestro sacerdocio ministerial.
En tu santo Sacrificio hemos contemplado
el sacrificio que nos pides ofrecer con nuestras manos y con nuestra vida: la Eucaristía
total que debemos y queremos presentar a tu Padre.
En tu obediencia hasta la muerte de Cruz hemos
contemplado la obediencia que hemos prometido a Ti y a tu Iglesia.
En la pasión de tu Amor absoluto hemos contemplado
la ofrenda pura de todo nuestro yo – en el cuerpo y en el alma – porque
está destinado a trasmitir tu amor.
Haz que esta contemplación repetida
llegue a ser acción humilde y cotidiana, servicio fiel e
indómito.
En esta Via Crucis nos ha acompañado
el vivo recuerdo de la Santa Virgen de los Dolores – Madre de nuestro
sacerdocio – y nos ha ayudado el ejemplo generoso de Santos Sacerdotes.
Por su intercesión, Señor, concédenos saber
"dar la vida" por nuestra grey, como el buen pastor que nunca
huye, sino que custodia y protege a sus ovejas.
Danos tu Santo Espíritu que nos hace
santos, y renueva en nosotros la conciencia feliz de ser "hijos"
de tu Padre celestial; hijos en tu Hijo, enviados al mundo "para
reconciliar a todos los hijos dispersos de Dios".
Amen.
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