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17.05 - Vigilia de los presbíteros
SALUDO A LOS SACERDOTES - EMMO. CARDENAL DARÍO CASTRILLÓN
HOYOS, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
Queridísimos sacerdotes:
Nos disponemos para culminar mañana, junto al
Santo Padre, la peregrinación jubilar de los sacerdotes del mundo que hemos
preparado a través de los cuatro encuentros anuales tenidos en Fátima, Costa
de Marfil. Guadalupe y Tierra Santa. Han sido cuatro años de oración, de
reflexión y de profundización en nuestra condición de sacerdotes, llamados
por Dios a ser otros Cristos en el mundo.
Hoy, llegados a Roma de todos los continentes,
en el corazón de la Iglesia, junto al Vicario de Cristo, en el mismo lugar
histórico que fue testigo del martirio del Príncipe de los Apóstoles;
renovamos nuestra fe en el Señor de la historia, en el Dios del amor; en Cristo,
Dios hecho hombre, que nos ha llamado a participar en su obra de salvación.
Renovamos la fe en la Iglesia, Cuerpo Místico
de Cristo, nuevo Pueblo de Dios nacido de la Alianza de la muerte y
resurrección de Jesús y de la ley de las Bienaventuranzas. Renovamos nuestra
fe en el ministerio de Pedro y renovamos nuestra fe en la vocación sacerdotal,
don particular del Señor que recibimos en vasos de barro; y en nuestra
identidad sacerdotal descubriendo en ella la bondad y la misericordia divina que
nos ha elegido de entre los hombres y nos ha puesto en favor de los hombres en
lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados
(cfr. Hebreos 5,1).
En esta ocasión renovamos también nuestro
amor. Amor a Cristo, amor a Pedro, amor a la Iglesia. Desde nuestra debilidad
que nos hace sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados y ofrecer
dones y sacrificios por los pecados propios igual que por los del pueblo (cfr.
Hebreos 5 2-3); desde esa debilidad, renovamos nuestra entrega. No nos
desanimemos ante la comprobación continua de nuestros defectos y pecados, antes
bien tomemos una conciencia más clara de nuestra necesidad de Dios y de nuestro
deseo de vivir unidos a Él a través de la oración y de la vida del espíritu.
Renovamos nuestro amor a la Eucaristía,
centro de nuestra vocación, sacramento de nuestra fe y de nuestra salvación
realizada por Cristo en la cruz, sacrificio de alabanza en acción de gracias
por la obra de la creación, presencia real de Cristo entre nosotros, alimento
en nuestro camino y signo de la vida futura. En la Eucaristía encuentra sentido
nuestra vocación sacerdotal; somos los hombres de la Eucaristía. El sacerdote
es Eucaristía. Es. como Cristo, ministro, ofrenda y víctima al mismo tiempo.
Sacerdos et Hostia.
En esta plaza de San Pedro, confluencia de
peregrinos que buscan la conversión, renovamos también nuestro amor a los
hombres, nuestros hermanos. Amor a todos los seres humanos y amor, sobre todo. a
esos hombres y mujeres, con nombres y apellidos, que Dios nos ha encomendado.
Esa porción de la grey de Cristo confiada a nosotros que constituye la razón
de ser de nuestra vida, de nuestros desvelos, de nuestro trabajo continuo. Hoy.
aquí, ante la tumba de Pedro, renovamos nuestra entrega a la misión de
intermediarios entre Dios y los hombres. Somos los brazos de Dios en este mundo,
sus manos, sus pies, su corazón que sigue latiendo en amor a todos los seres
humanos, sin distinción de razas o condiciones sociales.
También hoy renovamos nuestro amor a María,
Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, Ella. con su compañía cercana,
es nuestra confidente, nuestro apoyo en las horas de soledad y desolación.
Renovemos el amor a nuestra Madre del Cielo, verdadero regalo de Cristo en el
momento sublime de la entrega de su vida a Dios por amor a los hombres.
Renovemos nuestra cercanía a Ella en el trato sencillo y tierno de los hijos
que miran con amor a su Madre.
En esta plaza y en esta noche clara, renovamos
nuestro amor a Pedro. Príncipe de los Apóstoles, Vicario de Cristo, Roca
segura de salvación. En él encontramos la estrella que nos guía y dirige en
nuestro ministerio, el maestro que nos instruye, la voz que nos convoca a una
nueva evangelización, el padre que nos acoge y fortifica.
Renovemos también, en esta ocasión, nuestra
esperanza, la confianza que nos acerca a la misericordia de Dios y que nos da
seguridad en nuestro caminar cotidiano. La esperanza que nos hace entrever la
calma en medio de las tempestades. La esperanza que es la base de nuestra
continua conversión al amor de Dios sabiendo que nuestros pecados serán
perdonados. Conversión en la esperanza: este podría ser el lema de nuestro
encuentro en esta tarde romana. Conversión en la fe, en la esperanza y en el
amor. Convertir el corazón hacia el amor primero que llenó de ilusión y
emoción nuestra entrega en la juventud y nos sostiene cada día hasta el fin de
nuestras vidas. Conversión de nuestra mente a la fe de nuestros padres y a la
de aquellos apóstoles que predicaron el mensaje recibido del Maestro de Nazaret
y dieron su vida generosamente para transmitir la revelación cristiana.
Conversión interior al amor generoso y fiel.
Nuestro recuerdo va ahora a aquellos hermanos
nuestros en el sacerdocio fallecidos durante estos años. Ellos, que nos
acompañaron en nuestro caminar, sosteniendo muchas veces nuestro esfuerzo,
interceden ahora por nosotros desde la casa del Padre. A ellos, nuestro recuerdo
agradecido y nuestra oración confiada.
El contexto no podría ser más sugerente:
Pedro, la Iglesia, el Jubileo Romano del año 2000, aniversario del nacimiento
de Cristo, son testigos de este camino sacerdotal, fin y principio. Fin de una
peregrinación hacia Cristo, con Pedro, e inicio de una renovación interior
hacia la integridad de nuestra misión vivida con convicción y en profundidad.
Cristo, Alfa y Omega. único sacerdote, principio y fin, sea nuestro modelo y el
centro de nuestra vida en este itinerario que ahora comenzamos.
Queridísimos sacerdotes, deseo que su estancia en Roma,
produzcan frutos de renovación personal y apostólica. Que la presencia
espiritual de Pedro y Pablo, en el lugar de su martirio y de sus sepulturas
gloriosas, renueve nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Esperemos con
alegría ahora recibir la palabra y la bendición del Papa.
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