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AÑO SANTO 2000 – JUBILEO DE LOS SACERDOTES
Roma, 14-18 mayo 2000
HOMILÍA DEL SANTO PADRE,
DURANTE LA CONCELEBRACIÓN CON MÁS DE SEIS MIL
SACERDOTES,
JUEVES 18 DE MAYO
ELEVEMOS A DIOS UNA ACCIÓN DE GRACIAS COMÚN
POR EL EXTRAORDINARIO DON DEL SACERDOCIO
1. "Ecce Sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo".
El gran Sacerdote, más bien el sumo Sacerdote, es Jesucristo.
Como afirma la carta a los Hebreos, él con su propia sangre penetró una vez
para siempre en el santuario, consiguiéndonos una redención eterna (cf. Hb 9,
12). Cristo, sacerdote y víctima, "es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb
13, 8). Nos reunimos esta mañana para reflexionar en su sacerdocio nosotros que,
como presbíteros, hemos sido llamados a participar en él de modo específico.
¡El sacerdocio ministerial! De él nos habla la liturgia de
este día, haciéndonos volver espiritualmente al Cenáculo, a la última Cena,
cuando Cristo lavó los pies a los Apóstoles. El evangelista san Juan narra la
escena. Pero también san Lucas, en el pasaje que acabamos de proclamar, nos
ofrece la justa interpretación de ese gesto simbólico de Cristo, que dice de
sí mismo: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,
27). El Maestro deja a sus amigos el mandamiento de amarse como él los ha amado,
poniéndose los unos al servicio de los otros (cf. Jn 13, 14): "Os he dado
ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros"
(Jn 13, 15).
2. ¡El sacerdocio ministerial! A él nos remite sobre todo
la Eucaristía, en la que Cristo instituyó el nuevo rito de la Pascua cristiana,
introduciendo, al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal en la Iglesia.
Durante la última Cena, Cristo tomó el pan en sus manos, lo
partió y lo dio a los Apóstoles, diciendo: "Esto es mi Cuerpo, que será
entregado por vosotros" (Rito de la misa; cf. Lc 22, 19). Del mismo modo,
tomó el cáliz lleno de vino y lo dio a los Apóstoles, diciendo: "Este es
el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada
por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto
en conmemoración mía" (ib.).
Cada vez que repetís este rito, explica el apóstol san
Pablo, "anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Co 11,
26).
Amadísimos sacerdotes, de este modo Cristo ha puesto en
nuestras manos, bajo las especies del pan y del vino, el memorial vivo del
sacrificio que él ofreció al Padre en la cruz. Lo ha confiado a su Iglesia
para que lo celebre hasta el fin del mundo. Sabemos que por medio de nosotros,
por medio de los ministros ordenados, él mismo actúa en la Iglesia, a lo largo
de los siglos, como sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza.
"Haced esto en conmemoración mía": cada vez que
lo hagáis, anunciaréis mi muerte hasta mi última venida.
3. ¡El sacerdocio ministerial! Todos nosotros participamos
en él, y hoy queremos elevar a Dios una acción de gracias común por este
extraordinario don. Don para todos los tiempos y para los hombres de todas las
razas y culturas. Don que se renueva en la Iglesia gracias a la inmutable
misericordia divina y a la respuesta generosa y fiel de gran número de hombres
frágiles. Don que no deja de maravillar a quien lo recibe.
Después de más de cincuenta años de vida sacerdotal,
siento una profunda necesidad de alabar y dar gracias a Dios por su inmensa
bondad. Mi pensamiento vuelve, en este momento, al Cenáculo de Jerusalén,
donde, durante mi reciente peregrinación a Tierra Santa, pude celebrar la santa
misa. En ese lugar nació mi sacerdocio, y el vuestro, de la mente y del
corazón de Cristo. Por eso precisamente, desde aquella "sala del piso
superior" quise dirigir la Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves
santo, que hoy os vuelvo a proponer idealmente.
En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús quiso
hacernos partícipes de la vocación y misión que el Padre celestial le había
confiado, es decir, introducir a los hombres en su misterio universal de
salvación.
4. Os abrazo con gran afecto, queridos sacerdotes de todo el
mundo. Es un abrazo que no tiene confines y se extiende a los presbíteros de
toda Iglesia particular, llegando especialmente a vosotros, queridos sacerdotes
enfermos, solos o probados por diversas dificultades.
Pienso también en los sacerdotes que, por diferentes
circunstancias, ya no ejercen el sagrado ministerio, aun llevando en sí la
especial configuración a Cristo ínsita en el carácter indeleble del orden
sagrado. Oro mucho también por ellos, e invito a todos a recordarlos en la
oración, para que, también gracias a la dispensa obtenida regularmente,
mantengan vivo el compromiso de la coherencia cristiana y de la comunión
eclesial.
5. Queridos presbíteros de todos los países y de todas las
culturas, esta es una jornada dedicada completamente a nuestro sacerdocio, al
sacerdocio ministerial.
Con gran afecto saludo y doy las gracias al cardenal Darío
Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el clero, que, al comienzo
de la celebración, me ha dirigido, también en vuestro nombre, unas cordiales
palabras de felicitación en este día para mí muy significativo. Saludo a los
señores cardenales, a los arzobispos y a los obispos presentes. Os saludo a
todos vosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, que habéis querido estar
hoy aquí conmigo; algunos habéis venido incluso de lejos, a costa de grandes
sacrificios. Os estrecho a todos contra mi corazón.
Hemos sido consagrados en la Iglesia para este ministerio
específico. Estamos llamados a contribuir, de varios modos, donde la
Providencia nos pone, en la formación de la comunidad del pueblo de Dios. El
apóstol san Pablo nos ha recordado que nuestra tarea consiste en apacentar la
grey de Dios que se nos ha confiado, no por la fuerza, sino voluntariamente, no
tiranizando, sino dando un testimonio ejemplar (cf. 1 P 5, 2-3); un testimonio
que puede llegar, si fuera necesario, al derramamiento de la sangre, como ha
sucedido con muchos de nuestros hermanos durante el siglo que acaba de terminar.
Este es para nosotros el camino de la santidad, que lleva al
encuentro definitivo con el "pastor supremo", en cuyas manos está
"la corona de gloria" (1 P 5, 4). Esta es nuestra misión al servicio
del pueblo cristiano. Que nos ayude María, Madre de nuestro sacerdocio, y nos
ayuden los numerosos santos presbíteros que nos han precedido en esta misión
sublime y llena de responsabilidad.
También tú, querido pueblo cristiano, que hoy te reúnes en torno a
nosotros en la fe y en la alegría, ora por nosotros. Eres pueblo real, linaje
sacerdotal, asamblea santa. Eres el pueblo de Dios que, en todos los rincones de
la tierra, participa en el sacerdocio de Cristo. Acepta el don que hoy renovamos
al servicio de tu singular dignidad. Tú, pueblo sacerdotal, da gracias con
nosotros a Dios por nuestro ministerio y canta con nosotros a tu Señor y
nuestro: ¡gloria a ti, oh Cristo, por el don del sacerdocio! Haz que la Iglesia
del nuevo milenio cuente con la obra generosa de numerosos y santos sacerdotes.
Amén.
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