CONGREGACION PARA EL CLERO
DIRECTORIO GENERAL PARA LA CATEQUESIS
SIGLAS
I
SAGRADA ESCRITURA
Ab: Abacuc
Abd: Abdías
Ag: Ageo
Am: Amós
Ap: Apocalipsis
Ba: Baruc
1 Co: 1a Corintios
2 Co: 2a Corintios
Col: Colosenses
1 Cro: 1o Crónicas
2 Cro: 2o Crónicas
Ct: Cantar
Dn: Daniel
Dt: Deuteronomio
Fe: Efesios
Esd: Esdras
Est: Ester
Ex: Exodo
Ez: Ezequiel
Flm: Filemón
Flp: Filipenses
Ga: Gálatas
Gn: Génesis
Ha: Habacuc
Hb: Hebreos
Hch: Hechos
Is: Isaías
Jb: Job
Jc: Jueces
Jdt: Judit
Jl: Joel
Jn: Juan
1 Jn: 1a Juan
2 Jn: 2a Juan
3 Jn: 3a Juan
Jon: Jónas
Jos: Josué
Jr: Jeremías
Judas: Judas
Lc: Lucas
Lm: Lamentaciones
Lv: Levítico
1 M: 1o Macabeos
2 M: 2o Macabeos
Mc: Marcos
Mi: Miqueas
Ml: Malaquías
Mt: Mateo
Na: Nahúm
Ne: Nehemías
Nm: Números
Os: Oseas
1 P: 1a Pedro
2 P: 2a Pedro
Pr: Proverbios
Qo: Eclesiastés (Qohelet)
1 R: 1o Reyes
2 R: 2o Reyes
Rm: Romanos
Rt: Rut
1 S: 1o Samuel
2 S: 2o Samuel
Sal: Salmos
Sb: Sabiduría
Si: Eclesiástico (Sirácida)
Sof: Sofonías
St: Santiago
Tb: Tobías
1 Tm: 1a Timoteo
2 Tm: 2a Timoteo
1 Ts: 1a Tesalonicenses
2 Ts: 2a Tesalonicenses
Tt: Tito
Za: Zacarías
II
DOCUMENTOS DE LA IGLESIA
AA: Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam
Actuositatem (18 noviembre 1965)
AG: Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la acción misionera de la
Iglesia Ad Gentes (7 Diciembre 1965)
CA: Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus Annus (1 Mayo
1991): AAS 83 (1991), pp. 793-867
CD: Conc. Ecum. Vat II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos en
la Iglesia Christus Dominus (28 octubre 1965)
CCL: Corpus Christianorum, Series Latina (Turnholti 1953 ss.)
CEC: Catecismo de la Iglesia Católica (11 octubre 1992)
CIC: Codex Iuris Canonici (25 enero 1983)
ChL: Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles
Laici (30 diciembre 1988): AAS 81 (1989), pp. 393-521
COINCAT: Consejo Internacional Para la Catequesis, Orientación La
Catequesis de adultos en la comunidad cristiana, Libreria Editrice Vaticana
1990
CSEL: Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (Wn 1866 ss.)
CT: Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi
Tradendae (16 octubre 1979): AAS 71 (1979), pp. 1277-1340
DCG: (1971) Sagrada Congregación para el Clero, Directorium
Catechisticum Generale Ad normam decreti (11 abril 1971): AAS 64 (1972), pp.
97-176
DH: Conc. Ecum. Vat. II, Declaración sobre la libertad religiosa
Dignitatis Humanae (7 diciembre 1965)
DM: Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in Misericordia (30
noviembre 1980): AAS 72 (1980), pp. 1177-1232
DV: Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática sobre la
divina revelación Dei Verbum (18 noviembre 1965)
DS: H. Denzinger A. Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum
Definitionum et Declarationum de Rebus Fidei et Morum, Edición XXXV
enmendada, Roma 1973
EA: Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia
in Africa (14 setiembre 1995): AAS 88 (1996), pp. 5-82
EN: Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi
(8 diciembre 1975): AAS 58 (1976), pp. 5-76
EV: Juan Pablo II, Carta encíclica Evangelium Vitae (25 marzo
1995): AAS 87 (1995), pp. 401-522
FC: Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Familiaris
Consortio (22 noviembre 1981): AAS 73 (1981), pp. 81-191
FD: Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei
Depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), pp. 113-118
GCM: Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Guía
para los catequistas. Documento de orientación vocacional, de la
formación y de la promoción del catequista en tierras de misión
que dependen de la Congregación para la Evangelización de los
Pueblos (3 diciembre 1993), Ciudad del Vaticano 1993
GE: Conc. Ecum. Vat. II, Declaración cobre la educación Gravissimum
Educationis (28 octubre 1965)
GS: Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et Spes (7 diciembre 1965)
LC: Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción Libertatis
Conscientia (22 marzo 1986): AAS 79 (1987), pp. 554-599
LE: Juan Pablo II, Carta encíclica Laborem Exercens (14
setiembre 1981); AAS 73 (1981), pp. 577-647
LG: Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática sobre la
Iglesia Lumen Gentium (21 noviembre 1964)
MM: Juan XXIII, Carta encíclica Mater et Magistra (15 mayo
1961): AAS 53 (1961), pp. 401-464
MPD: Sínodo de los obispos, Mensaje al Pueblo de Dios Cum iam ad
exitum sobre la catequesis en nuestro tiempo (28 octubre 1977), Typis
Polyglottis Vaticanis 1977
NA: Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la relación de la Iglesia con
las Religiones no cristianas Nostra Aetate (28 octubre 1965)
PB: Juan Pablo II, Constitución apostólica Pastor Bonus
(28 junio 1988): AAS 80 (1988), pp. 841-930
PG: Patrologiae Cursus completus, Series Graeca, ed. Jacques
P. Migne, Parisiis 1857 ss.
PL: Patrologiae Cursus completus, Series Latina, ed. Jacques
P. Migne, Parisiis 1844ss.
PO: Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y la vida sacerdotal
Presbyterorum Ordinis (7 diciembre 1965)
PP: Pablo VI, Carta encíclica Populorum Progressio (26 marzo
1967): AAS 59 (1967), pp. 257-299
RH: Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor Hominis (4
marzo 1979): AAS 71 (1979), pp. 257-324
RICA: Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, ed. Italiana
del Ordo Initiationis Christianae Adultorum, Editio Typica, Typis
Polyglottis Vaticanis 1972
RM: Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Missio (7
diciembre 1990): AAS 83 (1991), pp. 249-340
SC: Conc. Ecum. Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum
Concilium (4 diciembre 1963)
SINODO 1985: Sínodo de los obispos (asamblea extraordinaria del
1985), Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi
celebrans pro salute mundi (7 diciembre 1985), Ciudad del Vaticano, 1985
SCh: Sources Chrétiennes, Collection, Paris 1946ss.
SRS: Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis
(30 diciembre 1987): AAS 80 (1988), pp. 513-586
TMA: Juan pablo II, Exhortación apostólica Tertio
Millennio Adveniente (10 noviembre 1994): AAS 87 (1995), pp. 5-41
UR: Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el Ecumenismo Unitatis
Redintegratio (21 noviembre 1964)
UUS: Juan Pablo II, Carta encíclica Ut Unum Sint (25 mayo
1995): AAS 87 (1995), pp. 921-982
VS: Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis Splendor (6
agosto 1993): AAS 85 (1993), pp. 1133-1228
PREFACIO
1. El Concilio Vaticano II prescribió la redacción de un «
Directorio sobre la formación catequética del pueblo cristiano ».(1)
En cumplimiento de este mandato conciliar, la Congregación para el Clero
se sirvió de una Comisión especial de expertos y consultó a
las Conferencias episcopales del mundo, que remitieron numerosas sugerencias y
observaciones al respecto. El texto preparado fue revisado por una Comisión
teológica ad hoc y por la Congregación para la Doctrina de
la Fe. El 18 de marzo de 1971 fue definitivamente aprobado por Pablo VI y
promulgado el 11 de abril del mismo año, con el título Directorium
Catechisticum Generale
2. Los treinta años transcurridos desde la clausura del Concilio
Vaticano II hasta el umbral del tercer milenio, constituyen sin duda
un tiempo muy rico en orientaciones y promoción de la catequesis. Ha sido
un tiempo que, de algún modo, ha vuelto a hacer presente la vitalidad
evangelizadora de la Iglesia de los orígenes y a impulsar oportunamente
las enseñanzas de los Padres, favoreciendo el retorno actualizado al
Catecumenado antiguo. Desde 1971, el Directorium Catechisticum Generale
ha orientado a las Iglesias particulares en el largo camino de renovación
de la catequesis, proponiéndose como punto de referencia tanto en cuanto
a los contenidos como en cuanto a la pedagogía y los métodos a
emplear.
El camino recorrido por la catequesis en ese período se ha
caracterizado por doquier por la generosa dedicación de muchas personas,
por iniciativas admirables y por frutos muy positivos para la educación y
la maduración de la fe de niños, jóvenes y adultos. Sin
embargo, no han faltado al mismo tiempo crisis, insuficiencias
doctrinales y experiencias que han empobrecido la calidad de la catequesis
debido, en gran parte, a la evolución del contexto cultural mundial y a
cuestiones eclesiales no originadas en la catequesis.
3. El Magisterio de la Iglesia nunca ha dejado, en estos años, de
ejercer con perseverancia su solicitud pastoral en favor de la catequesis.
Numerosos Obispos y Conferencias episcopales, en todos los continentes, han
impulsado de manera notable la catequesis, publicando Catecismos valiosos y
orientaciones pastorales, promoviendo la formación de peritos y
favoreciendo la investigación catequética. Estos esfuerzos han
sido fecundos y han redundado favorablemente sobre la actividad catequética
de las Iglesias particulares. Una aportación particularmente rica para la
renovación catequética fue el Ritual de la iniciación
cristiana de adultos, promulgado el 6 de Enero de 1972 por la Congregación
para el Culto Divino.
Es obligado recordar, de manera especial, el ministerio de Pablo VI, el Pontífice
que guió a la Iglesia durante el primer período posconciliar. A
este propósito, Juan Pablo II se manifiesta así: « Mi
venerado predecesor Pablo VI sirvió a la catequesis de la Iglesia de
manera especialmente ejemplar con sus gestos, su predicación, su
interpretación autorizada del Concilio Vaticano II que él
consideraba como la gran catequesis de los tiempos modernos, con su vida
entera ».(2)
4. Un hito decisivo para la catequesis fue la reflexión realizada por
la Asamblea General del Sínodo de los obispos acerca de la evangelización
del mundo contemporáneo, que se celebró en octubre de 1974. Las
proposiciones de esta Asamblea fueron presentadas al papa Pablo VI, que promulgó
la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, del 8 de
Diciembre de 1975. Este documento presenta, entre otros, un principio de
particular importancia: la catequesis como acción evangelizadora dentro
del ámbito de la misión general de la Iglesia. La actividad catequética,
de ahora en adelante, deberá ser considerada como partícipe
siempre de las urgencias y afanes propios del mandato misionero para nuestro
tiempo.
Además, la última Asamblea sinodal convocada por Pablo VI en
octubre de 1977 escogió la catequesis como tema de análisis y
reflexión episcopal. Este Sínodo vio « en la renovación
catequética un don precioso del Espíritu Santo a la Iglesia de hoy
».(3)
5. Juan Pablo II asumió en 1978 esta herencia y formuló sus
primeras orientaciones en la Exhortación apostólica Catechesi
Tradendae, del 16 de octubre de 1979. Esta Exhortación forma una
unidad totalmente coherente con la Exhortación Evangelii Nuntiandi
y vuelve a situar plenamente a la catequesis en el marco de la evangelización.
A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II ha ofrecido un magisterio
constante de muy alto valor catequético. Entre sus discursos, cartas y
enseñanzas escritas destacan las doce Encíclicas: desde Redemptor
Hominis a Ut Unum Sint. Estas Encíclicas constituyen por sí
mismas un cuerpo de doctrina sintético y orgánico, en orden a la
aplicación de la renovación de la vida eclesial postulada por el
Concilio Vaticano II.
En cuanto al valor catequético de estos documentos del Magisterio de
Juan Pablo II destacan: Redemptor Hominis (4 marzo 1979), Dives in
Misericordia (30 noviembre 1980), Dominum et Vivificantem (18 mayo
1986) y, en razón de la reafirmación de la validez permanente del
mandato misionero, Redemptoris Missio (7 diciembre 1990).
6. Por otra parte, las Asambleas Generales, ordinarias y extraordinarias,
del Sínodo de los Obispos han tenido una particular incidencia en el
campo de la catequesis. Por su particular relieve deben señalarse las
Asambleas Sinodales de 1980 y de 1987, sobre la misión de la familia y
sobre la vocación de los laicos bautizados. A los trabajos sinodales
siguieron las correspondientes Exhortaciones apostólicas de Juan Pablo II
Familiaris Consortio (22 noviembre 1981) y Christifideles Laici
(30 diciembre 1988). El mismo Sínodo extraordinario de 1985 ha influido,
también, de manera decisiva sobre el presente y futuro de la catequesis
de nuestro tiempo. En aquella ocasión se hizo balance de los veinte años
de aplicación del Concilio Vaticano II, y los Padres sinodales
propusieron al Santo Padre la elaboración de un Catecismo universal para
la Iglesia Católica. La propuesta de la Asamblea sinodal extraordinaria
de 1985 fue acogida favorablemente y hecha propia por Juan Pablo II. Culminado
el paciente y complejo proceso de su elaboración, el Catecismo de la
Iglesia Católica fue entregado a los obispos y a las Iglesias
particulares mediante la Constitución apostólica Fidei
Depositum el 11 octubre 1992.
7. Este acontecimiento de tan profunda significación y el conjunto de
hechos y de intervenciones magisteriales anteriormente señalados, imponían
el deber de una revisión del Directorium Catechisticum Generale,
a fin de adaptar este valioso instrumento teológico-pastoral a la nueva
situación y a las nuevas necesidades. Recoger tal herencia y
sistematizarla sintéticamente en orden a la actividad catequética,
siempre en la perspectiva de la presente etapa de la vida de la Iglesia, es un
servicio de la Sede Apostólica a todos.
El trabajo para la reelaboración del Directorio General para la
Catequesis, promovido por la Congregación para el Clero, ha sido
realizado por un grupo de Obispos y de expertos en teología y en
catequesis. Seguidamente, ha sido sometido a consulta de las Conferencias
episcopales, de diversos peritos e Institutos o Centros de estudios catequéticos;
y ha sido en el respeto substancial a la inspiración y contenidos del
texto de 1971.
Evidentemente, la nueva redacción del Directorio General para la
Catequesis ha debido conjugar dos exigencias principales:
por una parte, el encuadramiento de la catequesis en la evangelización,
postulado en particular por las Exhortaciones Evangelii Nuntiandi y Catechesi
Tradendae;
por otra parte, la asunción de los contenidos de la fe
propuestos por el Catecismo de la Iglesia Católica.
8. El Directorio General para la Catequesis, conservando la estructura básica
del texto de 1971, se articula del siguiente modo:
Una Exposición Introductoria, en la que se ofrecen
pautas y orientaciones para la interpretación y la comprensión de
las situaciones humanas y eclesiales, desde la fe y la confianza en la fuerza de
la semilla del Evangelio. Son breves diagnósticos en orden a la misión.
La Primera Parte(4) se articula en tres capítulos y
enraiza de forma más acentuada la catequesis en la Constitución
conciliar Dei Verbum, situándola en el marco de la evangelización
presente en Evangelii Nuntiandi y Catechesi Tradendae. Propone,
asimismo, una clarificación sobre la naturaleza de la catequesis.
La Segunda Parte(5) consta de dos capítulos. En el
primero, bajo el título « Normas y criterios para la presentación
del mensaje evangélico en la catequesis », con nueva articulación
y en una perspectiva enriquecida, se recogen en su totalidad los contenidos del
capítulo correspondiente del texto anterior. El capítulo segundo,
completamente nuevo, está al servicio de la presentación del Catecismo
de la Iglesia Católica, como texto de referencia para la transmisión
de la fe en la catequesis y para la redacción de los Catecismos locales.
El texto ofrece también principios básicos en orden a la elaboración
de los Catecismos por las Iglesias particulares y locales.
La Tercera Parte(6) aparece bastante renovada, formulando
también la substancia de una pedagogía de la fe, inspirada en la
pedagogía divina; cuestión ésta que concierne tanto a la
teología como a las ciencias humanas.
La Cuarta Parte(7) tiene por título « Los
destinatarios de la catequesis ». En cinco breves capítulos, se
atiende a las muy diversas situaciones de las personas a las que se dirige la
catequesis, a los aspectos relativos a la situación socio-religiosa y de
modo especial, a la cuestión de la inculturación.
La Quinta Parte(8) coloca, como centro de gravitación,
la Iglesia particular, que tiene el deber primordial de promover, programar,
supervisar y coordinar toda la actividad catequizadora. Adquiere un particular
relieve la descripción de los respectivos roles de los diversos agentes
(que tienen siempre su referencia en el Pastor de la Iglesia particular) y de
las exigencias formativas en cada caso.
La Conclusión exhorta a una intensificación de
la acción catequética en nuestro tiempo y corona la reflexión
y las directrices con una llamada a la confianza en la acción del Espíritu
Santo y en la eficacia de la Palabra de Dios sembrada en el amor.
9. La finalidad del presente Directorio es, obviamente, la misma que perseguía
el texto de 1971. Se propone, en efecto, indicar « los principios teológico-pastorales
de carácter fundamental tomados del Magisterio de la Iglesia y
particularmente del Concilio Ecuménico Vaticano II por los que
pueda orientarse y regirse más adecuadamente la acción pastoral
del ministerio de la palabra » y, en concreto, de la catequesis.(9) El propósito
fundamental era y es ofrecer reflexiones y principios, más que
aplicaciones inmediatas o directrices prácticas. Tal camino y método
se emplea, sobre todo, por la siguiente razón: únicamente si desde
el principio se entiende con rectitud la naturaleza y los fines de la
catequesis, como también las verdades y valores que deben transmitirse,
podrán evitarse defectos y errores en materia catequética.(10)
Es competencia específica de los Episcopados la aplicación más
concreta de estos principios y enunciados, mediante orientaciones y Directorios
nacionales, regionales o diocesanos, Catecismos y demás medios que
resulten idóneos para promover eficazmente la catequesis.
10. Es evidente que no todas las partes del Directorio tienen la misma
importancia. Lo que se dice de la divina revelación, de la naturaleza de
la catequesis y de los criterios con los que hay que presentar el mensaje
cristiano, tiene valor para todos. En cambio, las partes que se refieren a la
situación presente, a la metodología y a la manera de adaptar la
catequesis a las diferentes situaciones de edad o de contexto cultural, deben más
bien recibirse como sugerencias e indicaciones.(11)
11. Los destinatarios del Directorio son principalmente los Obispos, las
Conferencias episcopales y, en general, cuantos, bajo su mandato y presidencia,
desempeñan una responsabilidad en el campo de la catequesis. Es obvio que
el Directorio puede ser un instrumento válido para la formación de
los candidatos al sacerdocio, para la formación permanente de los presbíteros
y para la formación de los catequistas.
Una finalidad inmediata del Directorio es prestar ayuda para la redacción
de Directorios catequéticos y Catecismos. De acuerdo con las sugerencias
formuladas por muchos Obispos, se incluyen numerosas notas y referencias, que
pueden ser muy útiles para la elaboración de los mencionados
instrumentos.
12. Puesto que el Directorio se dirige a Iglesias particulares, cuyas
situaciones y necesidades pastorales son muy diversas, es evidente que únicamente
las situaciones comunes o intermedias han podido ser tomadas en consideración.
Esto sucede, igualmente, cuando se describe la organización de la
catequesis en los diversos niveles. Al utilizar el Directorio téngase
presente esta observación. Como ya se advertía en el texto de
1971, lo que será insuficiente en aquellas regiones donde la catequesis
ha podido alcanzar un alto nivel de calidad y de medios, quizá parecerá
excesivo en aquellos lugares donde la catequesis no ha podido todavía
experimentar tal progreso.
13. Al publicar este documento, nuevo testimonio de la solicitud de la Sede
Apostólica por el ministerio catequético, se espera que sea
acogido, examinado y estudiado con gran atención, teniendo en cuenta las
necesidades pastorales de cada Iglesia particular; y también que pueda
estimular en el futuro estudios e investigaciones más profundas, que
respondan a las necesidades de la catequesis y a las normas y orientaciones del
Magisterio de la Iglesia.
Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la nueva evangelización,
guíe al conocimiento de Jesucristo, Maestro y Señor.
« Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra de
Dios siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros »
(2 Ts 3,1).
En el Vaticano, 15 de agosto de 1997. Solemnidad de la Asunción
de la B.V. Maria
Darío Castrillón Hoyos
Arzobispo Emérito de Bucaramanga
Pro-Prefecto
Crescenzio Sepe
Arzobispo tit. de Grado
Secretario
EXPOSICIÓN INTRODUCTORIA
El anuncio del evangelio en el
mundo contemporáneo
« Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al
sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la
comieron.Otra parte cayó en pedregal, donde no tenía mucha tierra,
y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió
el sol se agostó, y por no tener raíz se secó. Otra parte
cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio
fruto.Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose,
dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento » (Mc
4,3-8).
14. Esta Exposición Introductoria pretende estimular a los pastores y
a los agentes de la catequesis a tomar conciencia de la necesidad de mirar
siempre el campo de la siembra y a hacerlo desde la fe y la misericordia. La
interpretación del mundo contemporáneo que aquí se presenta
tiene, obviamente, un carácter de provisionalidad, inherente con la
contingencia histórica.
« Una vez salió un sembrador a sembrar » (Mc
4,3)
15. Esta parábola es fuente inspiradora para la evangelización.
« La semilla es la Palabra de Dios » (Lc 8,11). El sembrador
es Jesucristo. Anunció el Evangelio en Palestina hace dos mil años
y envió a sus discípulos a sembrarlo en el mundo. Jesucristo, hoy,
presente en la Iglesia por medio de su Espíritu, sigue sembrando la
Palabra del Padre en el campo del mundo.
La calidad del terreno es siempre muy variada. El Evangelio cae « a lo
largo del camino » (Mc 4,4) cuando no es realmente escuchado; o cae
« en pedregal » (Mc 4,5), sin penetrar a fondo en la tierra; o
« entre abrojos » (Mc 4,7), sofocándose enseguida en el
corazón de muchas personas, distraídas por mil afanes. Pero una
parte cae « en tierra buena » (Mc 4,8), en hombres y mujeres
abiertos a la relación personal con Dios y solidarios con el prójimo,
y da fruto abundante.
Jesús, en la parábola, comunica la buena noticia de que el
Reino de Dios llega a pesar de las dificultades del terreno, las tensiones, los
conflictos y los problemas del mundo. La semilla del Evangelio fecunda la
historia de los hombres y anuncia una cosecha abundante. Jesús hace
asimismo una advertencia: sólo en el corazón bien dispuesto
germina la Palabra de Dios.
Una mirada al mundo desde la fe
16. La Iglesia continúa sembrando el Evangelio de Jesús en el
gran campo de Dios. Los cristianos, insertos en los más variados
contextos sociales, miran al mundo con los mismos ojos con que Jesús
contemplaba la sociedad de su tiempo. El discípulo de Jesucristo, en
efecto, participa desde dentro de « los gozos y esperanzas, de las
tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo »,(12) mira la
historia humana y participa en ella, no sólo con la razón sino con
la fe. A la luz de ésta, el mundo aparece, a un tiempo, « fundado y
conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado y
liberado por Cristo, crucificado y resucitado, una vez que fue quebrantado el
poder del Maligno ».(13)
El cristiano sabe que en toda realidad y acontecimiento humano subyacen al
mismo tiempo:
la acción creadora de Dios, que comunica a todo su bondad;
la fuerza que proviene del pecado, que limita y entorpece al hombre;
el dinamismo que brota de la Pascua de Cristo, como germen de
renovación, que confiere al creyente la esperanza de una « consumación
» definitiva.(14)
Una mirada al mundo, que prescindiese de alguno de estos tres aspectos, no
sería auténticamente cristiana. Es importante, por eso, que la
catequesis sepa iniciar a los catecúmenos y a los catequizandos en una
lectura teológica de los problemas modernos.(15)
EL CAMPO DEL MUNDO
17. Como madre de los hombres, lo primero que ve la Iglesia, con profundo
dolor, es « una multitud ingente de hombres y mujeres: niños,
adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e
irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria ».(16) Ella, por
medio de una catequesis en la que la enseñanza social de la Iglesia ocupe
su puesto,(17) desea suscitar en el corazón de los cristianos « el
compromiso por la justicia »(18) y la « opción o amor
preferencial por los pobres »,(19) de forma que su presencia sea realmente
luz que ilumine y sal que transforme.
Los derechos humanos
18. La Iglesia, al analizar el campo del mundo, es muy sensible a todo lo
que afecta a la dignidad de la persona humana. Ella sabe que de esa dignidad
brotan los derechos humanos,(20) objeto constante de la preocupación y
del compromiso de los cristianos. Por eso su mirada no se interesa sólo
por los indicadores económicos y sociales,(21) sino también por
los culturales y religiosos. Lo que ella busca es el desarrollo integral de las
personas y de los pueblos.(22)
La Iglesia advierte con gozo que « una beneficiosa corriente atraviesa
y penetra ya todos los pueblos de la tierra, cada vez más conscientes de
la dignidad del hombre ».(23) Esta conciencia se expresa en la viva
solicitud por el respeto a los derechos humanos y el más decidido rechazo
a sus violaciones. El derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la
creación de una familia, a la participación en la vida pública,
a la libertad religiosa son, hoy, especialmente reclamados.
19. Sin embargo, en bastantes lugares, y en aparente contradicción
con la sensibilidad por la dignidad de la persona, los derechos humanos son
claramente violados.(24) Y así se generan, en esos lugares, otras formas
de pobreza, que no se sitúan sólo en el plano material: se trata
de una pobreza cultural y religiosa que preocupa, igualmente, a la comunidad
eclesial. La negación o limitación de los derechos humanos, en
efecto, empobrece a la persona y a los pueblos igual o más que la privación
de los bienes materiales.(25)
La obra evangelizadora de la Iglesia tiene, en este vasto campo de los
derechos humanos, una tarea irrenunciable: manifestar la dignidad inviolable de
toda persona humana. En cierto sentido es « la tarea central y unificante
del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados
a prestar a la familia humana ».(26) La catequesis ha de prepararles para
esa tarea.
La cultura y las culturas
20. El sembrador sabe que la semilla penetra en terrenos concretos y que
necesita absorber todos los elementos necesarios para poder fructificar.(27)
Sabe también que, a veces, algunos de esos elementos pueden perjudicar la
germinación y la cosecha.
La Constitución Gaudium et Spes subraya la gran importancia
de la ciencia y de la técnica en la gestación y desarrollo de la
cultura moderna. El espíritu científico que dimana de ellas «
modifica profundamente la tendencia cultural y las maneras de pensar »,(28)
con grandes repercusiones humanas y religiosas. La racionalidad científica
y experimental está profundamente enraizada en el hombre de hoy.
Sin embargo, la conciencia de que ese tipo de racionalidad no puede
explicarlo todo gana hoy cada vez más terreno. Los propios hombres de
ciencia constatan que, junto al rigor de la experimentación, es necesario
otro tipo de sabiduría para poder comprender en profundidad al ser
humano. La reflexión filosófica sobre el lenguaje hace ver, por
ejemplo, que el pensamiento simbólico es una forma de acceso al misterio
de la persona humana, inaccesible de otro modo. Se convierte, así, en
indispensable un tipo de racionalidad que no divida al ser humano, que integre
su afectividad, que lo unifique, dando un sentido más integral a su vida.
21. Junto a esta « forma de cultura más universal »,(29)
hoy se constata también un creciente deseo de revalorizar las culturas
autóctonas. La pregunta del Concilio sigue viva: « ¿De qué
forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva cultura
sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? ».(30)
En muchos lugares se toma conciencia de que las culturas
tradicionales son agredidas, por las influencias exteriores dominantes y por la
imitación alienante de formas de vida importadas. De esta manera, se van
destruyendo gradualmente la identidad y los valores propios de los pueblos.
También se constata la enorme influencia de los medios de
comunicación los cuales, muchas veces, por intereses económicos o
ideológicos, imponen una visión de la vida que no respeta la
fisonomía cultural de los pueblos a los que se dirige.
La evangelización tiene, así, en la inculturación uno
de sus mayores desafíos. La Iglesia, a la luz del Evangelio, ha de asumir
todos los valores positivos de la cultura y de las culturas,(31) y discernir
aquellos elementos que obstaculizan a las personas y a los pueblos el desarrollo
de sus auténticas potencialidades.
La situación religoso-moral
22. Entre los elementos que componen el patrimonio cultural de un pueblo, el
factor religioso-moral tiene para el sembrador una particular relevancia. En la
cultura actual se da una persistente difusión de la indiferencia
religiosa: « Son muchos los que, hoy en día, se desentienden de esta
íntima y vital unión con Dios o la niegan de forma explícita
».(32)
El ateísmo, en cuanto negación de Dios, « es uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo ».(33) Adopta formas
diversas, pero especialmente hoy aparece bajo la forma del secularismo, que
consiste en una visión autónoma del hombre y del mundo « que
se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios ».(34)
En el ámbito específicamente religioso, se dan signos de una «
vuelta a lo sagrado »(35) y de una nueva sed de las cosas trascendentes y
divinas. El mundo actual testifica, de una manera cada vez más amplia y
viva, « el despertar de una búsqueda religiosa ».(36) Este fenómeno,
ciertamente, no carece de ambigüedad.(37) El amplio desarrollo de las
sectas y de los nuevos movimientos religiosos, y el resurgir del «
fundamentalismo »,(38) son datos que interpelan seriamente a la Iglesia y
que se deben analizar con cuidado.
23. La situación moral que hoy se observa está muy relacionada
con la religiosa. En efecto, se detecta un oscurecimiento de la verdad ontológica
de la persona humana. Y esto sucede como si el rechazo de Dios quisiera
significar la ruptura interior de las aspiraciones del ser humano.(39) Se asiste
así, en muchas partes, a un « relativismo ético que quita a
la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral ».(40)
La evangelización encuentra en el terreno religioso-moral un campo
preferente de actuación. La misión primordial de la Iglesia, en
efecto, es anunciar a Dios, ser testimonio de El ante el mundo. Se trata de dar
a conocer el verdadero rostro de Dios y su designio de amor y de salvación
en favor de los hombres, tal como Jesús lo reveló.
Para preparar a tales testigos es necesario que la Iglesia desarrolle una
catequesis que propicie el encuentro con Dios y afiance un vínculo
permanente de comunión con El.
LA IGLESIA EN EL CAMPO DEL MUNDO
La fe de los cristianos
24. Los discípulos de Jesús están inmersos en el mundo
como levadura pero, al igual que en todo tiempo, no quedan inmunes de
experimentar el influjo de las situaciones humanas. Por ello, es necesario
plantearse la situación actual de la fe de los cristianos.
La renovación catequética en la Iglesia, desarrollada durante
los últimos decenios, ha dado ya frutos muy positivos.(41) La catequesis
de niños, de jóvenes y de adultos ha dado origen a un tipo de
cristiano verdaderamente consciente de su fe y coherente con ella en su vida. Ha
favorecido en ellos, en efecto:
una nueva experiencia viva de Dios, como Padre misericordioso;
un redescubrimiento más hondo de Jesucristo, no sólo en
su divinidad, sino también en su verdadera humanidad;
el sentirse, todos, corresponsables de la misión de la Iglesia
en el mundo;
la toma de conciencia de las exigencias sociales de la fe.
25. Sin embargo, ante el panorama religioso actual, se hace necesario que
los hijos de la Iglesia verifiquen: « ¿En qué medida están
también ellos afectados por la atmósfera de secularismo y
relativismo ético? ».(42)
Un primer grupo está constituido por el « gran número de
personas que recibieron el bautismo pero viven al margen de toda vida cristiana
».(43) Se trata, en efecto, de una muchedumbre de cristianos « no
practicantes »,(44) aunque en el fondo del corazón de muchos el
sentimiento religioso no haya desaparecido del todo. Despertarles a la fe es un
verdadero reto para la Iglesia.
Junto a éstos, están también las « gentes
sencillas »,(45) que se expresan a menudo con sentimientos religiosos muy
sinceros y con una « religiosidad popular » (46) muy arraigada. Tienen
una cierta fe, « pero conocen poco los fundamentos de la misma ».(47)
También existen numerosos cristianos, intelectualmente más
cultivados, pero con una formación religiosa recibida sólo en la
infancia, que necesitan replantear y madurar su fe bajo una luz distinta.(48)
26. No falta, tampoco, un cierto número de bautizados que,
lamentablemente, ocultan su identidad cristiana sea por una forma de diálogo
interreligioso mal entendida, sea por una cierta reticencia a dar testimonio de
su fe en Jesucristo en la sociedad contemporánea.
Estas situaciones de la fe de los cristianos reclaman con urgencia del
sembrador el desarrollo de una nueva evangelización,(49) sobre
todo en aquellas Iglesias de tradición cristiana donde el secularismo ha
hecho más mella. En esta nueva situación, necesitada de
evangelización, el anuncio misionero y la catequesis, sobre todo a jóvenes
y adultos, constituyen una clara prioridad.
La vida interna de la comunidad eclesial
27. Es importante considerar también la vida misma de la comunidad
eclesial, su calidad interna. Una primera consideración es descubrir cómo
en la Iglesia se ha acogido y han ido madurando los frutos del Concilio Vaticano
II. Los grandes documentos conciliares no han sido letra muerta: se constatan
sus efectos. Las cuatro constituciones Sacrosanctum Concilium, Lumen
Gentium, Dei Verbum y Gaudium et Spes han fecundado a la
Iglesia. En efecto:
La vida litúrgica es comprendida más profundamente como
fuente y culmen de la vida eclesial.
El Pueblo de Dios ha adquirido una conciencia más viva del «
sacerdocio común »,(50) originado en el Bautismo. Así mismo,
se descubre más y más la vocación universal a la santidad y
un sentido más vivo del servicio a la caridad.
La comunidad eclesial ha adquirido un sentido más vivo de la
Palabra de Dios. La Sagrada Escritura, por ejemplo, es leída, gustada y
meditada de una manera más intensa.
La misión de la Iglesia en el mundo se percibe de una manera
nueva. Sobre la base de una renovación interior, el Concilio ha abierto a
los católicos a la exigencia de una evangelización vinculada
necesariamente con la promoción humana, a la necesidad de diálogo
con el mundo, con las culturas y religiones, y a la urgente búsqueda de
la unidad entre los cristianos.
28. En medio de esta fecundidad se deben reconocer también «
defectos y dificultades en la recepción del Concilio ».(51) A pesar
de una doctrina eclesiológica tan amplia y profunda, se ha debilitado el
sentido de pertenencia eclesial; se constata, con frecuencia, una «
desafección hacia la Iglesia »;(52) se la contempla, muchas veces,
de forma unilateral, como mera institución, privada de su misterio.
En algunas ocasiones, se han dado posiciones parciales y contrapuestas en la
interpretación y aplicación de la renovación pedida a la
Iglesia por el Concilio Vaticano II. Tales ideologías y comportamientos
han conducido a fragmentaciones y a dañar el testimonio de comunión,
indispensable para la evangelización.
La acción evangelizadora de la Iglesia, y en ella la catequesis, debe
buscar más decididamente una sólida cohesión eclesial. Para
ello es urgente promover y ahondar una auténtica eclesiología de
comunión,(53) a fin de generar en los cristianos una sólida
espiritualidad eclesial.
Situación de la catequesis: vitalidad y problemas
29. Muchos son los aspectos positivos de la catequesis en estos últimos
años, que muestran su vitalidad. Entre ellos cabe destacar:
El gran número de sacerdotes, religiosos y laicos que se
consagran con entusiasmo y constancia a la catequesis. Es una de las acciones
eclesiales más relevantes.
También hay que destacar el carácter misionero de la
catequesis actual y su tendencia a asegurar la adhesión a la fe por parte
de los catecúmenos y de los catequizandos, en medio de un mundo donde el
sentido religioso se oscurece. En esta dinámica se toma clara conciencia
de que la catequesis debe adquirir el carácter de la formación
integral, y no reducirse a una mera enseñanza: deberá empeñarse,
en efecto, en suscitar una verdadera conversión.(54)
En sintonía con lo anterior, tiene extraordinaria importancia
el incremento que va adquiriendo la catequesis de adultos (55) en el proyecto de
catequesis de numerosas Iglesias particulares. Esta opción aparece como
prioritaria en los planes pastorales de muchas diócesis. Igualmente, en
algunos movimientos y grupos eclesiales ocupa un lugar central.
Favorecido sin duda por las orientaciones recientes del Magisterio,
el pensamiento catequético ha ganado, en nuestro tiempo, en densidad y
profundidad. En este sentido, muchas Iglesias particulares cuentan ya con
adecuadas y oportunas orientaciones pastorales.
30. Algunos problemas, sin embargo, deben hoy ser examinados con particular
cuidado, tratando de encontrar solución a los mismos:
El primero se refiere a la concepción de la catequesis como
escuela de fe, como aprendizaje y entrenamiento de toda la vida cristiana,
concepción que no ha penetrado plenamente en la conciencia de los
catequistas.
En lo que concierne a la orientación de fondo, el concepto de «
Revelación » impregna ordinariamente la actividad catequética;
sin embargo, el concepto conciliar de « Tradición » tiene un
menor influjo en cuanto elemento realmente inspirador. De hecho, en muchas
catequesis, la referencia a la Sagrada Escritura es casi exclusiva, sin que la
reflexión y la vida dos veces milenaria de la Iglesia(56) la acompañe
de modo suficiente. La naturaleza eclesial de la catequesis aparece, en este
caso, menos clara. La interrelación entre la Sagrada Escritura, la
Sagrada Tradición y el Magisterio, «cada uno a su modo»,(57) no
fecunda aún de modo armonioso la transmisión catequética de
la fe.
Respecto a la finalidad de la catequesis, que trata de propiciar la
comunión con Jesucristo, es necesaria una presentación más
equilibrada de toda la verdad del misterio de Cristo. A veces se insiste sólo
en su humanidad, sin hacer explícita referencia a su divinidad; en otras
ocasiones, menos frecuentes en nuestro tiempo, se acentúa tan
exclusivamente su divinidad que no se pone de relieve la realidad del misterio
de la Encarnación del Verbo.(58)
Acerca del contenido de la catequesis, subsisten varios problemas.
Existen ciertas lagunas doctrinales sobre la verdad de Dios y del hombre, sobre
el pecado y la gracia, y sobre los novísimos. Existe la necesidad de una
más sólida formación moral; se advierte una inadecuada
presentación de la historia de la Iglesia y una escasa relevancia de su
doctrina social. En algunas regiones proliferan catecismos y textos de
iniciativa particular, con tendencias selectivas y acentuaciones tan diversas
que llegan a dañar la necesaria convergencia en la unidad de la fe.(59)
« La catequesis está intrínsecamente unida a toda
la acción litúrgica y sacramental ».(60) A menudo, sin
embargo, la práctica catequética muestra una vinculación débil
y fragmentaria con la liturgia: una limitada atención a los signos y
ritos litúrgicos, una escasa valoración de las fuentes litúrgicas,
itinerarios catequéticos poco o nada conectados con el año litúrgico
y una presencia marginal de celebraciones en los itinerarios de la catequesis.
En lo que concierne a la pedagogía, después de una
acentuación excesiva del valor del método y de las técnicas
por parte de algunos, no se atiende aún debidamente a las exigencias y
originalidad de la pedagogía propia de la fe.(61) Se cae con facilidad en
el dualismo « contenido-método », con reduccionismos en uno u
otro sentido. Respecto a la dimensión pedagógica, no se ha
ejercido siempre el necesario discernimiento teológico.
Por lo que concierne a la diversidad de culturas en relación
al servicio de la fe, está el problema de saber transmitir el Evangelio
en el horizonte cultural de los pueblos a los que se dirige, de modo que pueda
ser percibido realmente como una gran noticia para la vida de las personas y de
la sociedad.(62)
La formación al apostolado y a la misión es una de las
tareas fundamentales de la catequesis. Sin embargo, mientras crece en la
actividad catequética una nueva sensibilidad para formar a los fieles
laicos para el testimonio cristiano, el diálogo interreligioso y el
compromiso en el mundo, la educación en el sentido de la « misión
ad gentes » es aún débil e inadecuada. A menudo, la
catequesis ordinaria concede a las misiones una atención marginal y de
carácter ocasional.
LA SIEMBRA DEL EVANGELIO
31. Analizado el terreno, el sembrador envía a sus operarios a
anunciar el Evangelio por todo el mundo, comunicándoles la fuerza de su
Espíritu. Al mismo tiempo les muestra cómo leer los signos de los
tiempos y les pide una preparación muy cuidada para realizar la siembra.
Cómo leer los signos de los tiempos
32. La voz del Espíritu que Jesús, de parte del Padre, ha
enviado a sus discípulos resuena también en los acontecimientos
mismos de la historia.(63) Tras los datos cambiantes de la situación
actual, y en las motivaciones profundas de los desafíos que se le
presentan a la evangelización, es necesario descubrir « los signos
de la presencia y del designio de Dios ».(64) Se trata de un análisis
que debe hacerse a la luz de la fe, con actitud de comprensión. Valiéndose
de las ciencias humanas,(65) siempre necesarias, la Iglesia trata de descubrir
el sentido de la situación actual dentro de la historia de la salvación.
Sus juicios sobre la realidad son siempre diagnósticos para la misión.
Algunos retos para la catequesis
33. Para poder expresar su vitalidad y eficacia, la catequesis debe asumir,
hoy, los siguientes desafíos y opciones:
ante todo debe ser propuesta como un servicio fundamental, interior a
la evangelización de la Iglesia, y con un acentuado carácter
misionero;
debe dirigirse a sus destinatarios de siempre, que han sido y siguen
siendo los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos, y
debe hacerlo a partir, sobre todo, de estos últimos;
a ejemplo de la catequesis patrística, debe moldear la
personalidad creyente y, en consecuencia, ser una verdadera y propia escuela de
pedagogía cristiana;
debe anunciar los misterios esenciales del cristianismo, promoviendo
la experiencia trinitaria de la vida en Cristo como centro de la vida de fe;
debe considerar, como tarea prioritaria, la preparación y
formación de catequistas dotados de una profunda fe.
PRIMERA PARTE
LA CATEQUESIS EN LA MISION EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA
« Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación
» (Mc 16,15).
« Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado » (Mt 28, 19-20).
« Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra »
(Hch 1,8).
El mandato misionero de Jesús
34. Jesús, después de su resurrección, envió de
parte del Padre al Espíritu Santo para que llevase a cabo desde dentro la
obra de la salvación y animase a los discípulos a continuar su
propia misión en el mundo entero, como él a su vez había
sido enviado por el Padre. Él fue el primero y más grande
evangelizador. Anunció el Reino de Dios,(66) como nueva y definitiva
intervención divina en la historia, y definió este anuncio como
« el Evangelio », es decir, la buena noticia. A él
dedicó toda su existencia terrena: dio a conocer el gozo de pertenecer al
Reino,(67) sus exigencias y su « carta magna »,(68) los misterios que
encierra,(69) la vida fraterna de los que entran en él,(70) y su plenitud
futura.(71)
Significado y finalidad de esta parte
35. Esta primera parte trata de definir el carácter propio de la
catequesis.
El capítulo primero, de fundamentación teológica,
recuerda brevemente el concepto de Revelación expuesto en la Constitución
conciliar Dei Verbum. Dicha concepción determina, de manera específica,
el modo de concebir el ministerio de la Palabra. Los conceptos de Palabra de
Dios, Evangelio, Reino de Dios y Tradición,
presentes en esta Constitución dogmática, fundamentan el
significado de catequesis. Junto a ellos, el concepto de evangelización
es referente obligado para la catequesis. Su dinámica y sus elementos,
son expuestos, con una nueva y profunda precisión, en la Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi.
El capítulo segundo sitúa a la catequesis en el marco de la
evangelización y la pone en relación con las otras formas del
ministerio de la Palabra de Dios. Gracias a esta relación se descubre más
fácilmente el carácter propio de la catequesis.
El capítulo tercero analiza más directamente la catequesis en
sí misma: su naturaleza eclesial, su finalidad vinculativa de comunión
con Jesucristo, sus tareas, y la inspiración catecumenal que la anima.
La concepción que se tenga de la catequesis condiciona profundamente
la selección y organización de sus contenidos (cognoscitivos,
experienciales, comportamentales), precisa sus destinatarios y define la
pedagogía que se requiere para la consecución de sus objetivos.
El término « catequesis » ha experimentado una evolución
semántica durante los veinte siglos de la historia de la Iglesia. En este
Directorio la concepción de catequesis se inspira en los Documentos del
Magisterio Pontificio post-conciliar y, sobre todo, en Evangelii Nuntiandi,
Catechesi Tradendae y Redemptoris Missio.
CAPITULO I
LA REVELACIÓN Y SU TRANSMISIÓN MEDIANTE LA
EVANGELIZACIÓN
« Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos
ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en Cristo,... dándonos
a conocer el misterio de su voluntad, según su designio benevolente, que
en El se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef 1,3-10).
La Revelación del designio benevolente de Dios
36. « Dios, creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece a
los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo ».(72)
El hombre, que por su naturaleza y vocación es « capaz de Dios »,
cuando escucha el mensaje de las criaturas puede alcanzar la certeza de la
existencia de Dios como causa y fin de todo y que El puede revelarse al hombre.
La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II ha
descrito la Revelación como el acto por el cual Dios se manifiesta
personalmente a los hombres. Dios se muestra, en efecto, como quien quiere
comunicarse a Sí mismo, haciendo a la persona humana partícipe de
su naturaleza divina.(73) Es así como realiza su designio de amor.
« Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a Sí
mismo y manifestar el misterio de su voluntad... para invitar a los hombres a la
comunicación consigo y recibirlos en su compañía ».(74)
37. Este designio benevolente(75) del Padre, revelado plenamente en
Jesucristo, se realiza con la fuerza del Espíritu Santo.
Lleva consigo:
la revelación de Dios, de su « verdad íntima »,(76)
de su « secreto »,(77) así como de la verdadera vocación
y dignidad de la persona humana;(78)
el ofrecimiento de la salvación a todos los hombres, como don
de la gracia y de la misericordia de Dios,(79) que implica la liberación
del mal, del pecado y de la muerte;(80)
la definitiva llamada para reunir a todos los hijos dispersos en la
familia de Dios, realizando así entre los hombres la unión
fraterna.(81)
La Revelación: hechos y palabras
38. Dios, en su inmensidad, para revelarse a la persona humana, utiliza una
pedagogía:(82) se sirve de acontecimientos y palabras humanas para
comunicar su designio; y lo hace progresivamente, por etapas,(83) para mejor
acercarse a los hombres. Dios, en efecto, obra de tal manera que los hombres
llegan al conocimiento de su plan salvador mediante los acontecimientos de la
historia de la salvación y las palabras divinamente inspiradas que los
acompañan y explican.
« Este plan de la Revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas, de forma que
las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras
significan;
a su vez, las palabras proclaman las obras y esclarecen el misterio
contenido en ellas ».(84)
39. También la evangelización, que transmite al mundo la
Revelación, se realiza con obras y palabras. Es, a un tiempo, testimonio
y anuncio, palabra y sacramento, enseñanza y compromiso.
La catequesis, por su parte, transmite los hechos y las palabras de la
Revelación: debe proclamarlos y narrarlos y, al mismo tiempo, esclarecer
los profundos misterios que contienen. Aún más, por ser la
Revelación fuente de luz para la persona humana, la catequesis no sólo
recuerda las maravillas de Dios hechas en el pasado sino que, a la luz de la
misma Revelación, interpreta los signos de los tiempos y la vida de los
hombres y mujeres, ya que en ellos se realiza el designio de Dios para la
salvación del mundo.(85)
Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación
40. Dios se reveló progresivamente a los hombres, por medio de los
profetas y de los acontecimientos salvíficos, hasta que culminó su
revelación enviando a su propio Hijo:(86)
« Jesucristo, con su presencia y manifestación, con sus palabras
y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección,
y con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la
revelación ».(87)
Jesucristo no sólo es el mayor de los profetas sino que es el Hijo
eterno de Dios hecho hombre. El es, por tanto, el acontecimiento último
hacia el que convergen todos los acontecimientos de la historia de la salvación.(88)
El es, en efecto, « la Palabra única, perfecta y definitiva del
Padre ».(89)
41. El ministerio de la Palabra debe destacar esta admirable característica,
propia de la economía de la Revelación: el Hijo de Dios entra en
la historia de los hombres, asume la vida y la muerte humanas y realiza la
alianza nueva y definitiva entre Dios y los hombres. Es tarea propia de la
catequesis mostrar quién es Jesucristo: su vida y su misterio, y
presentar la fe cristiana como seguimiento de su persona.(90) Para ello, ha de
apoyarse continuamente en los evangelios, que « son el corazón de
toda la Escritura, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la
Palabra hecha carne, nuestro Salvador ».(91)
El hecho de que Jesucristo sea la plenitud de la Revelación es el
fundamento del « cristocentrismo »(92) de la catequesis: el misterio
de Cristo, en el mensaje revelado, no es un elemento más junto a otros,
sino el centro a partir del cual los restantes elementos se jerarquizan y se
iluminan.
La transmisión de la Revelación por medio de la
Iglesia, obra del Espíritu Santo
42. La Revelación de Dios, culminada en Jesucristo, está
destinada a toda la humanidad: « Dios quiere que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento de la verdad » (1 Tm 2,4). En
virtud de esta voluntad salvífica universal, Dios ha dispuesto que la
Revelación se transmitiera a todos los pueblos, a todas las generaciones,
y permaneciese íntegra para siempre.(93)
43. Para cumplir este designio divino, Jesucristo instituyó la
Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles y, enviándoles de
parte del Padre el Espíritu Santo, les mandó predicar el Evangelio
por todo el mundo. Los Apóstoles, con palabras, obras y escritos,
cumplieron fielmente este mandato.(94)
Esta Tradición apostólica se perpetúa en la Iglesia y
por la Iglesia. Toda ella, pastores y fieles, vela por su conservación y
transmisión. El Evangelio, en efecto, se conserva íntegro y vivo
en la Iglesia: los discípulos de Jesucristo lo contemplan y meditan sin
cesar, lo viven en su existencia diaria y lo anuncian en la misión. El
Espíritu Santo fecunda constantemente la Iglesia en esta vivencia del
Evangelio, la hace crecer continuamente en la inteligencia del mismo, y la
impulsa y sostiene en la tarea de anunciarlo por todos los confines del
mundo.(95)
44. La conservación íntegra de la Revelación, Palabra
de Dios contenida en la Tradición y en la Escritura, así como su
continua transmisión, están garantizadas en su autenticidad. El
Magisterio de la Iglesia, sostenido por el Espíritu Santo y dotado del «
carisma de la verdad », ejerce la función de « interpretar auténticamente
la Palabra de Dios ».(96)
45. La Iglesia, « sacramento universal de salvación »,(97)
movida por el Espíritu Santo, transmite la Revelación mediante la
evangelización: anuncia la buena nueva del designio salvífico del
Padre y, en los sacramentos, comunica los dones divinos.
A Dios que se revela se le debe la obediencia de la fe, por la cual el
hombre se adhiere libremente al « Evangelio de la gracia de Dios » (Hch
20,24), con asentimiento pleno de la inteligencia y de la voluntad. Guiado
por la fe, don del Espíritu, el hombre llega a contemplar y gustar al
Dios del amor, que en Cristo ha revelado las riquezas de su gloria.(98)
La evangelización(99)
46. La Iglesia « existe para evangelizar », (100) esto es, para «
llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo,
transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad ». (101)
El mandato misionero de Jesús comporta varios aspectos, íntimamente
unidos entre sí: « anunciad » (Mc 16,15), « haced
discípulos y enseñad », (102) « sed mis testigos »,
(103) « bautizad », (104) « haced esto en memoria mía »
(Lc 22,19), « amaos unos a otros » (Jn 15,12).
Anuncio, testimonio, enseñanza, sacramentos, amor al prójimo,
hacer discípulos: todos estos aspectos son vías y medios para la
transmisión del único Evangelio y constituyen los elementos de la
evangelización.
Algunos de estos elementos revisten una importancia tan grande que, a veces,
se tiende a identificarlos con la acción evangelizadora. Sin embargo, «
ninguna definición parcial y fragmentaria refleja la realidad rica,
compleja y dinámica que comporta la evangelización ».(105) Se
corre el riesgo de empobrecerla e, incluso, de mutilarla. Al contrario, ella
debe desplegar « toda su integridad »(106) e incorporar sus intrínsecas
bipolaridades: testimonio y anuncio,(107) palabra y sacramento,(108) cambio
interior y transformación social.(109) Los agentes de la evangelización
han de saber operar con una « visión global »(110) de la misma
e identificarla con el conjunto de la misión de la Iglesia.(111)
El proceso de la evangelización
47. La Iglesia, aun conteniendo en sí permanentemente la plenitud de
los medios de salvación, obra de modo gradual.(112) El decreto conciliar
Ad Gentes ha clarificado bien la dinámica del proceso
evangelizador: testimonio cristiano, diálogo y presencia de la caridad
(nn. 11-12), anuncio del Evangelio y llamada a la conversión (n. 13),
catecumenado e iniciación cristiana (n. 14), formación de la
comunidad cristiana, por medio de los sacramentos, con sus ministerios (nn.
15-18). 113 Este es el dinamismo de la implantación y edificación
de la Iglesia.
48. Según esto, hemos de concebir la evangelización como el
proceso, por el que la Iglesia, movida por el Espíritu, anuncia y difunde
el Evangelio en todo el mundo, de tal modo que ella:
Impulsada por la caridad, impregna y transforma todo el orden
temporal, asumiendo y renovando las culturas; (114)
da testimonio (115) entre los pueblos de la nueva manera de
ser y de vivir que caracteriza a los cristianos;
y proclama explícitamente el Evangelio, mediante el «primer
anuncio », (116) llamando a la conversión.(117)
Inicia en la fe y vida cristiana, mediante la « catequesis »
(118) y los « sacramentos de iniciación », (119) a los
que se convierten a Jesucristo, o a los que reemprenden el camino de su
seguimiento, incorporando a unos y reconduciendo a otros a la comunidad
cristiana.(120)
Alimenta constantemente el don de la comunión (121) en
los fieles mediante la educación permanente de la fe (homilía,
otras formas del ministerio de la Palabra), los sacramentos y el ejercicio de la
caridad;
y suscita continuamente la misión, (122) al enviar a
todos los discípulos de Cristo a anunciar el Evangelio, con palabras y
obras, por todo el mundo.
49. El proceso evangelizador, (123) por consiguiente, está
estructurado en etapas o « momentos esenciales »: (124) la acción
misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia
religiosa; la acción catequético-iniciatoria para los que
optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su
iniciación; y la acción pastoral para los fieles
cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. (125) Estos
momentos, sin embargo, no son etapas cerradas: se reiteran siempre que sea
necesario, ya que tratan de dar el alimento evangélico más
adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad.
El ministerio de la Palabra de Dios en la evangelización
50. El ministerio de la Palabra (126) es elemento fundamental de la
evangelización. La presencia cristiana en medio de los diferentes grupos
humanos y el testimonio de vida necesitan ser esclarecidos y justificados por el
anuncio explícito de Jesucristo, el Señor. « No hay
evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina,
la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de
Dios ». (127) También quienes son ya discípulos de Cristo
necesitan ser alimentados constantemente con la Palabra de Dios para crecer en
su vida cristiana. (128)
El ministerio de la Palabra, al interior de la evangelización,
transmite la Revelación por medio de la Iglesia, valiéndose de «
palabras » humanas. Pero éstas siempre están referidas a las «
obras »: a las que Dios realizó y sigue realizando, especialmente en
la liturgia; al testimonio de vida de los cristianos; a la acción
transformadora que éstos, unidos a tantos hombres de buena voluntad,
realizan en el mundo. Esta palabra humana de la Iglesia es el medio de que se
sirve el Espíritu Santo para continuar el diálogo con la
humanidad. El es, efectivamente, el agente principal del ministerio de la
Palabra y por quien « la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y
por ella en el mundo ».(129)
El ministerio de la Palabra se ejerce « de forma múltiple ».(130)
La Iglesia, desde la época apostólica, (131) en su deseo de
ofrecer la Palabra de Dios de la manera más conveniente, ha realizado
este ministerio a través de formas muy variadas. (132) Todas ellas sirven
para canalizar aquellas funciones básicas que el ministerio de la Palabra
está llamado a desplegar.
Funciones y formas del ministerio de la Palabra de Dios
51. Las principales funciones del ministerio de la Palabra son las
siguientes:
Convocatoria y llamada a la fe
Es la función que más inmediatamente se desprende del mandato
misionero de Jesús. Se realiza mediante el «primer anuncio»,
dirigido a los no creyentes: aquellos que han hecho una opción de
increencia, los bautizados que viven al margen de la vida cristiana, los que
pertenecen a otras religiones...(133) El despertar religioso de los niños,
en las familias cristianas, es también una forma eminente de esta función.
La función de iniciación
Aquel que, movido por la gracia, decide seguir a Jesucristo es «
introducido en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de
Dios ».(134) La Iglesia realiza esta función, fundamentalmente, por
medio de la catequesis, en íntima relación con los sacramentos de
la iniciación, tanto si van a ser recibidos como si ya se han recibido.
Formas importantes son: la catequesis de adultos no bautizados, en el
catecumenado; la catequesis de adultos bautizados que desean volver a la fe, o
de los que necesitan completar su iniciación; la catequesis de niños
y jóvenes, que tiene de por sí un carácter iniciatorio.
También la educación cristiana familiar y la enseñanza
religiosa escolar ejercen una función de iniciación.
La educación permanente de la fe
En diversas regiones es llamada también « catequesis permanente ».(135)
Se dirige a los cristianos iniciados en los elementos básicos, que
necesitan alimentar y madurar constantemente su fe a lo largo de toda la vida.
Es una función que se realiza a través de formas muy variadas: «
sistemáticas y ocasionales, individuales y comunitarias, organizadas y
espontáneas, etc. ».(136)
La función litúrgica
El ministerio de la Palabra tiene, asímismo, una función litúrgica,
ya que cuando se realiza al interior de una acción sagrada es parte
integrante de la misma.(137) Este ministerio se expresa de modo eminente a través
de la homilía. Otras formas, son las intervenciones y exhortaciones
durante las celebraciones de la palabra. Hay que referirse también a la
preparación inmediata a los diversos sacramentos y a las celebraciones
sacramentales, sobre todo a la participación de los fieles en la Eucaristía,
que es la forma frontal de la educación de la fe.
La función teológica
Trata de desarrollar la inteligencia de la fe, situándose en la dinámica
de la « fides quaerens intellectum », es decir, de la fe que busca
entender.(138) La teología, para cumplir esta función, necesita
confrontarse o dialogar con las formas filosóficas del pensamiento, con
los humanismos que configuran la cultura y con las ciencias del hombre. Se
canaliza a través de formas que promueven « la enseñanza
sistemática y la investigación científica de las verdades
de la fe ».(139)
52. Formas importantes del ministerio de la Palabra son: el primer anuncio o
predicación misionera, la catequesis pre y post bautismal, la forma litúrgica
y la forma teológica. Ocurre, a menudo, que tales formas por
circunstancias pastorales deben asumir más de una función.
La catequesis, por ejemplo, junto a su función de iniciación, debe
asumir frecuentemente tareas misioneras. La misma homilía, según
las circunstancias, convendrá que asuma las funciones de convocatoria y
de iniciación orgánica.
La conversión y la fe
53. La evangelización, al anunciar al mundo la Buena Nueva de la
Revelación, invita a hombres y mujeres a la conversión y a la
fe.(140) La llamada de Jesús, « convertíos y creed el
Evangelio » (Mc 1,15), sigue resonando, hoy, mediante la
evangelización de la Iglesia.
La fe cristiana es, ante todo, conversión a Jesucristo, (141) adhesión
plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su
seguimiento.(142) La fe es un encuentro personal con Jesucristo, es hacerse discípulo
suyo. Esto exige el compromiso permanente de pensar como El, de juzgar como El y
de vivir como El lo hizo.(143) Así, el creyente se une a la comunidad de
los discípulos y hace suya la fe de la Iglesia.(144)
54. Este « sí » a Jesucristo, plenitud de la Revelación
del Padre, encierra en sí una doble dimensión: la entrega confiada
a Dios y el asentimiento cordial a todo lo que El nos ha revelado. Esto sólo
es posible por la acción del Espíritu Santo.(145)
« Por la fe,
el hombre se entrega entera y libremente a Dios
y le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad,
asintiendo libremente a lo que Dios ha revelado ». (146)
« Creer entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la
verdad; a la verdad por confianza en la persona que lo atestigua ».(147)
55. La fe lleva consigo un cambio de vida, una « metanoia », (148)
es decir, una transformación profunda de la mente y del corazón:
hace así que el creyente viva esa « nueva manera de ser, de vivir,
de vivir juntos, que inaugura el Evangelio ».(149) Y este cambio de vida se
manifiesta en todos los niveles de la existencia del cristiano: en su vida
interior de adoración y acogida de la voluntad divina; en su participación
activa en la misión de la Iglesia; en su vida matrimonial y familiar; en
el ejercicio de la vida profesional; en el desempeño de las actividades
económicas y sociales.
La fe y la conversión brotan del corazón, es decir, de
lo más profundo de la persona humana, afectándola por entero. Al
encontrar a Jesucristo, y al adherirse a El, el ser humano ve colmadas sus
aspiraciones más hondas: encuentra lo que siempre buscó y además
de manera sobreabundante.(150) La fe responde a esa « espera », (151)
a menudo no consciente y siempre limitada, por conocer la verdad sobre Dios,
sobre el hombre mismo y sobre el destino que le espera. Es como un agua pura
(152) que reaviva el camino del ser humano, peregrino en busca de su hogar.
La fe es un don de Dios. Sólo puede nacer en el fondo del corazón
humano como fruto de « la gracia que previene y ayuda », (153) y como
respuesta, enteramente libre, a la moción del Espíritu Santo, que
mueve el corazón y lo convierte a Dios, « dándole la dulzura
en el asentir y creer a la verdad ».(154)
La Virgen María vivió de la manera más perfecta estas
dimensiones de la fe. La Iglesia venera en ella « la realización más
pura de la fe ».(155)
El proceso de conversión permanente
56. La fe es un don destinado a crecer en el corazón de los
creyentes. (156) La adhesión a Jesucristo, en efecto, da origen a un
proceso de conversión permanente que dura toda la vida. (157) Quien
accede a la fe es como un niño recién nacido (158) que, poco a
poco, crecerá y se convertirá en un ser adulto, que tiende al «
estado de hombre perfecto », (159) a la madurez de la plenitud de Cristo.
En el proceso de la fe y de la conversión se pueden destacar, desde
el punto de vista teológico, varios momentos importantes:
a) El interés por el Evangelio. El primer momento se produce
cuando en el corazón del no creyente, del indiferente o del que pertenece
a otra religión, brota, como consecuencia del primer anuncio, un interés
por el Evangelio, sin ser todavía una decisión firme. Ese primer
movimiento del espíritu humano en dirección a la fe, que ya es
fruto de la gracia, recibe varios nombres: « atracción a la fe »,
(160) « preparación evangélica », (161) inclinación
a creer, « búsqueda religiosa ». (162) La Iglesia denomina «
simpatizantes » (163) a los que muestran esta inquietud.
b) La conversión. Este primer interés por el Evangelio
necesita un tiempo de búsqueda (164) para poder llegar a ser una opción
firme. La decisión por la fe debe ser sopesada y madurada. Esa búsqueda,
impulsada por la acción del Espíritu Santo y el anuncio del
kerigma, prepara la conversión, que será ciertamente «
inicial », (165) pero que lleva consigo la adhesión a Jesucristo y
la voluntad de caminar en su seguimiento. Sobre esta « opción
fundamental » descansa toda la vida cristiana del discípulo del Señor.(166)
c) La profesión de fe. La entrega a Jesucristo genera en los
creyentes el deseo de conocerle más profundamente y de identificarse con
El. La catequesis les inicia en el conocimiento de la fe y en el aprendizaje de
la vida cristiana, favoreciendo un camino espiritual que provoca un «
cambio progresivo de actitudes y costumbres », (167) hecho de renuncias y
de luchas, y también de gozos que Dios concede sin medida. El discípulo
de Jesucristo es ya apto, entonces, para realizar una viva, explícita y
operante profesión de fe. (168)
d) El camino hacia la perfección. Esa madurez básica,
de la que brota la profesión de fe, no es el punto final en el proceso
permanente de la conversión. La profesión de fe bautismal se sitúa
en los cimientos de un edificio espiritual destinado a crecer. El bautizado,
impulsado siempre por el Espíritu, alimentado por los sacramentos, la
oración y el ejercicio de la caridad, y ayudado por las múltiples
formas de educación permanente de la fe, busca hacer suyo el deseo de
Cristo: « Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto ».(169)
Es la llamada a la plenitud que se dirige a todo bautizado.
57. El ministerio de la Palabra está al servicio de este proceso de
conversión plena. El primer anuncio tiene el carácter de llamar a
la fe; la catequesis el de fundamentar la conversión, estructurando básicamente
la vida cristiana; y la educación permanente de la fe, en la que destaca
la homilía, el carácter de ser el alimento constante que todo
organismo adulto necesita para vivir. (170)
Diferentes situaciones socio-religiosas ante la evangelización
58. La evangelización del mundo se encuentra ante un panorama
religioso muy diversificado y cambiante, en el que se pueden distinguir,
fundamentalmente, « tres situaciones » (171) que piden respuestas
adecuadas y diferenciadas.
a) La situación de aquellos « pueblos, grupos humanos,
contextos socio-culturales, donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o
donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder
encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos ».(172)
Esta situación reclama la misión ad gentes,(173) con una
acción evangelizadora centrada, preferentemente, en los jóvenes y
en los adultos. Su peculiaridad consiste en el hecho de dirigirse a los no
cristianos invitándoles a la conversión. La catequesis, en esta
situación, se desarrolla ordinariamente en el interior del catecumenado
bautismal.
b) Hay, además, situaciones en que, en un contexto
socio-cultural determinado, están presentes de manera muy significativa «
comunidades cristianas dotadas de estructuras eclesiales adecuadas y sólidas,
que tienen un gran fervor de fe y de vida; que irradian el testimonio del
Evangelio en su ambiente, y sienten el compromiso de la misión universal ».
(174) Estas comunidades necesitan una intensa acción pastoral de la
Iglesia, puesto que son personas y familias con un hondo sentido cristiano.
En tal situación, es necesario que la catequesis de niños,
adolescentes y jóvenes desarrolle verdaderos procesos de iniciación
cristiana, bien articulados, que les permitan acceder a la edad adulta con una
fe madura, y que de evangelizados se conviertan en evangelizadores. También
en estas situaciones, los adultos son destinatarios de modalidades diversas de
formación cristiana.
c) En muchos países de tradición cristiana, y a veces
también en las Iglesias más jóvenes, se da una «situación
intermedia», (175) ya que en ella « grupos enteros de bautizados han
perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de
la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio».(176)
Esta situación requiere una nueva evangelización. Su peculiaridad
consiste en que la acción misionera se dirige a bautizados de toda edad,
que viven en un contexto religioso de referencias cristianas, percibidas sólo
exteriormente. En esta situación, el primer anuncio y una catequesis
fundante constituyen la opción prioritaria.
Mutua conexión entre las acciones evangelizadoras
correspondientes a estas situaciones
59. Estas situaciones socio-religiosas son, obviamente, diferentes y no es
justo equipararlas. Tal diversidad, que siempre se ha dado en la misión
de la Iglesia, adquiere hoy, en este mundo cambiante, una novedad. En efecto,
frecuentemente conviven juntas en un mismo territorio. En muchas grandes
ciudades, por ejemplo, la situación que reclama una « misión
ad gentes » y la que pide una « nueva evangelización »
coexisten simultáneamente. Junto a ellas, están dinámicamente
presentes comunidades cristianas misioneras, alimentadas por una « acción
pastoral » adecuada. Hoy es frecuente, que en el territorio de una Iglesia
particular, haya que atender al conjunto de estas situaciones. « No es fácil
definir los confines entre atención pastoral a los fieles, nueva
evangelización y acción misionera específica, y no es
pensable crear entre ellos barreras o compartimentos estancos ». 177 De
hecho, « cada una influye en la otra, la estimula y la ayuda ». (178)
Por eso, en orden al mutuo enriquecimiento de unas acciones evangelizadoras
que conviven juntas, conviene tener presente que:
La « misión ad gentes », sea cual sea la zona o el ámbito
en que se realice, es la responsabilidad más específicamente
misionera que Jesús ha confiado a su Iglesia y, por tanto, es el
paradigma del conjunto de la acción misionera de la Iglesia. La «
nueva evangelización » no puede suplantar o sustituir a la «
misión ad gentes », que sigue siendo la actividad misionera específica
y tarea primaria. (179)
« El modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal, que
es formación específica que conduce al adulto convertido a la
profesión de su fe bautismal en la noche pascual ».(180) Esta
formación catecumenal ha de inspirar, en sus objetivos y en su dinamismo,
a las otras formas de catequesis.
« La catequesis de adultos, al ir dirigida a personas capaces de
una adhesión plenamente responsable, debe ser considerada como la forma
principal de catequesis, a la que todas las demás, siempre ciertamente
necesarias, de alguna manera se ordenan ». (181) Esto implica que la
catequesis de las otras edades debe tenerla como punto de referencia, y
articularse con ella en un proyecto catequético coherente de pastoral
diocesana.
De este modo, la catequesis, situada en el interior de la misión
evangelizadora de la Iglesia como « momento » esencial de la misma,
recibe de la evangelización un dinamismo misionero que la fecunda
interiormente y la configura en su identidad. El ministerio de la catequesis
aparece, así, como un servicio eclesial fundamental en la realización
del mandato misionero de Jesús.
CAPITULO II
LA CATEQUESIS EN EL PROCESO DE LA EVANGELIZACIÓN
« Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron
no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura
generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que
realizó » (Sal 78,3-4).
« Apolo había sido catequizado en el camino del
Señor y, con fervor de espíritu, hablaba y enseñaba con
todo esmero lo referente a Jesús » (Hch 18,25).
60. En este capítulo se muestra la relación de la catequesis
con los otros elementos de la evangelización, de la que es parte
integrante.
En este sentido se describe, en primer lugar, la relación de la
catequesis con el primer anuncio, que se realiza en la misión. Se
muestra, después, la íntima conexión entre la catequesis y
los sacramentos de la iniciación cristiana. A continuación
se hace ver el papel fundamental de la catequesis en la vida ordinaria de la
Iglesia en su tarea de educar permanentemente en la fe.
Hay que dar una consideración especial a la relación de la
catequesis con la enseñanza religiosa escolar, ya que ambas
acciones están profundamente relacionadas y, junto a la educación
cristiana familiar, son fundamentales para la formación de la infancia y
de la juventud.
Primer anuncio y catequesis
61. El primer anuncio se dirige a los no creyentes y a los que, de hecho,
viven en la indiferencia religiosa. Asume la función de anunciar el
Evangelio y llamar a la conversión. La catequesis, « distinta del
primer anuncio del Evangelio », (182) promueve y hace madurar esta conversión
inicial, educando en la fe al convertido e incorporándolo a la comunidad
cristiana. La relación entre ambas formas del ministerio de la Palabra
es, por tanto, una relación de distinción en la complementariedad.
El primer anuncio, que todo cristiano está llamado a realizar,
participa del « id » (183) que Jesús propuso a sus discípulos:
implica, por tanto, salir, adelantarse, proponer. La catequesis, en cambio,
parte de la condición que el mismo Jesús indicó, « el
que crea », (184) el que se convierta, el que se decida. Las dos acciones
son esenciales y se reclaman mutuamente: ir y acoger, anunciar y educar, llamar
e incorporar.
62. En la práctica pastoral, sin embargo, las fronteras entre ambas
acciones no son fácilmente delimitables. Frecuentemente, las personas que
acceden a la catequesis necesitan, de hecho, una verdadera conversión.
Por eso, la Iglesia desea que, ordinariamente, una primera etapa del proceso
catequizador esté dedicada a asegurar la conversión. (185) En la «
misión ad gentes », esta tarea se realiza en el «
precatecumenado ». (186) En la situación que requiere la «
nueva evangelización » se realiza por medio de la « catequesis
kerigmática », que algunos llaman « precatequesis », (187)
porque, inspirada en el precatecumenado, es una propuesta de la Buena Nueva en
orden a una opción sólida de fe. Sólo a partir de la
conversión, y contando con la actitud interior de « el que crea »,
la catequesis propiamente dicha podrá desarrollar su tarea específica
de educación de la fe. (188)
El hecho de que la catequesis, en un primer momento, asuma estas tareas
misioneras, no dispensa a una Iglesia particular de promover una intervención
institucionalizada del primer anuncio, como la actuación más
directa del mandato misionero de Jesús. La renovación catequética
debe cimentarse sobre esta evangelización misionera previa.
LA CATEQUESIS AL SERVICIO DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
La catequesis, « momento » esencial del proceso de la
evangelización
63. La Exhortación apostólica Catechesi Tradendae,
cuando sitúa a la catequesis dentro de la misión de la Iglesia,
recuerda que la evangelización es una realidad rica, compleja y dinámica,
que comprende « momentos » esenciales y diferentes entre sí. Y
añade: « La catequesis es uno de esos momentos y cuán
señalado en el proceso total de la evangelización ».
(189) Esto quiere decir que hay acciones que « preparan » (190) a la
catequesis y acciones que « emanan » (191) de ella.
El « momento » de la catequesis es el que corresponde al período
en que se estructura la conversión a Jesucristo, dando una fundamentación
a esa primera adhesión. Los convertidos, mediante « una enseñanza
y aprendizaje convenientemente prolongado de toda la vida cristiana »,
(192) son iniciados en el misterio de la salvación y en el estilo de vida
propio del Evangelio. Se trata, en efecto, « de iniciarlos en la plenitud
de la vida cristiana ».(193)
64. La catequesis, al realizar con diferentes formas esta función de
iniciación del ministerio de la Palabra, lo que hace es poner los
cimientos del edificio de la fe. (194) Otras funciones de ese mismo ministerio
irán construyendo, después, las diversas plantas de ese mismo
edificio.
La catequesis de iniciación es, así, el eslabón
necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción
pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana. No es, por
tanto, una acción facultativa, sino una acción básica y
fundamental en la construcción tanto de la personalidad del discípulo
como de la comunidad. Sin ella la acción misionera no tendría
continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no
tendría raíces y sería superficial y confusa: cualquier
tormenta desmoronaría todo el edificio. (195)
En verdad, « el crecimiento interior de la Iglesia, su correspondencia
con el designio divino, dependen esencialmente de ella ». (196) En este
sentido, la catequesis debe ser considerada momento prioritario en la
evangelización.
La catequesis al servicio de la iniciación cristiana
65. La fe, por la que el hombre responde al anuncio del Evangelio, reclama
el Bautismo. La íntima relación entre las dos realidades tiene su
raíz en la voluntad del mismo Cristo, que mandó a sus apóstoles
a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas. « La misión
de bautizar, por tanto, la misión sacramental, está comprendida en
la misión de evangelizar ». (197)
Los que se han convertido a Jesucristo y han sido educados en la fe por la
catequesis, al recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, el
Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, « son liberados
del poder de las tinieblas; muertos, sepultados y resucitados con Cristo;
reciben el Espíritu de hijos de adopción; y celebran con todo el
Pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor ».
(198)
66. La catequesis es, así, elemento fundamental de la iniciación
cristiana y está estrechamente vinculada a los sacramentos de la iniciación,
especialmente al Bautismo, « sacramento de la fe ». (199) El eslabón
que une la catequesis con el Bautismo es la profesión de fe, que es, a un
tiempo, elemento interior de este sacramento y meta de la catequesis. La
finalidad de la acción catequética consiste precisamente en esto:
propiciar una viva, explícita y operante profesión de fe. (200)
Para lograrlo, la Iglesia transmite a los catecúmenos y a los
catequizandos la experiencia viva que ella misma tiene del Evangelio, su fe,
para que aquéllos la hagan suya al profesarla. Por eso, « la auténtica
catequesis es siempre una iniciación ordenada y sistemática a la
revelación que Dios mismo ha hecho al hombre en Jesucristo, revelación
conservada en la memoria profunda de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras y
comunicada constantemente, mediante una 'traditio' viva y activa, de generación
en generación ». (201)
Características fundamentales de la catequesis de iniciación
67. El hecho de ser « momento esencial » del proceso
evangelizador, al servicio de la iniciación cristiana, confiere a la
catequesis algunas características: (202)
La catequesis es una formación orgánica y sistemática
de la fe. El Sínodo de 1977 subrayó la necesidad de una catequesis
« orgánica y bien ordenada », (203) ya que esa indagación
vital y orgánica en el misterio de Cristo es lo que, principalmente,
distingue a la catequesis de todas las demás formas de presentar la
Palabra de Dios.
Esta formación orgánica es más que una enseñanza:
es un aprendizaje de toda la vida cristiana, « una iniciación
cristiana integral », (204) que propicia un auténtico seguimiento de
Jesucristo, centrado en su Persona. Se trata, en efecto, de educar en el
conocimiento y en la vida de fe, de forma que el hombre entero, en sus
experiencias más profundas, se vea fecundado por la Palabra de Dios. Se
ayudará así al discípulo de Jesucristo a transformar el
hombre viejo, a asumir sus compromisos bautismales y a profesar la fe desde el «
corazón ». (205)
La catequesis es una formación básica, esencial, (206)
centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana, en las certezas más básicas
de la fe y en los valores evangélicos más fundamentales. La
catequesis pone los cimientos del edificio espiritual del cristiano, alimenta
las raíces de su vida de fe, capacitándole para recibir el
posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la comunidad cristiana.
68. En síntesis, la catequesis de iniciación, por ser orgánica
y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional;
(207) por ser formación para la vida cristiana, desborda incluyéndola
a la mera enseñanza; (208) por ser esencial, se centra en lo « común
» para el cristiano, sin entrar en cuestiones disputadas ni convertirse en
investigación teológica. En fin, por ser iniciación,
incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce, por
tanto, al mismo tiempo, tareas de iniciación, de educación y de
instrucción. (209) Esta riqueza, inherente al catecumenado de adultos no
bautizados, ha de inspirar a las demás formas de catequesis.
LA CATEQUESIS AL SERVICIO DE LA EDUCACIÓN PERMANENTE DE LA FE
La educación permanente de la fe en la comunidad cristiana
69. La educación permanente de la fe es posterior a su educación
básica y la supone. Ambas actualizan dos funciones del ministerio de la
Palabra, distintas y complementarias, al servicio del proceso permanente de
conversión.
La catequesis de iniciación pone las bases de la vida cristiana en
los seguidores de Jesús. El proceso permanente de conversión va más
allá de lo que proporciona la catequesis de base o fundante. Para
favorecer tal proceso, se necesita una comunidad cristiana que acoja a los
iniciados para sostenerlos y formarlos en la fe. « La catequesis corre el
riesgo de esterilizarse si una comunidad de fe y de vida cristiana no acoge al
catecúmeno en cierta fase de su catequesis ». (210) El acompañamiento
que ejerce la comunidad en favor del que se inicia, se transforma en plena
integración del mismo en la comunidad.
70. En la comunidad cristiana, los discípulos de Jesucristo se
alimentan en una doble mesa: « la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo de
Cristo ». (211) El Evangelio y la Eucaristía son su constante
alimento en el peregrinar hacia la casa del Padre. La acción del Espíritu
Santo hace que el don de la « comunión » y el compromiso de la «
misión » se ahonden y se vivan de manera cada vez más
profunda.
La educación permanente de la fe se dirige no sólo a cada
cristiano, para acompañarle en su camino hacia la santidad, sino también
a la comunidad cristiana como tal, para que vaya madurando tanto en su vida
interna de amor a Dios y de amor fraterno, cuanto en su apertura al mundo como
comunidad misionera. El deseo y la oración de Jesús ante el Padre
son una llamada incesante: « Que todos sean uno. Como tú, Padre, en
mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el
mundo crea que tú me has enviado ». (212) Acercarse paulatinamente a
este ideal requiere, en la comunidad, una fidelidad grande a la acción
del Espíritu Santo, un constante alimentarse del Cuerpo y de la Sangre
del Señor y una permanente educación de la fe, en la escucha de la
Palabra.
En esta mesa de la Palabra de Dios, la homilía tiene un lugar
privilegiado, ya que « vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por
la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural; al mismo tiempo
impulsa a los discípulos del Señor a emprender cada día su
itinerario espiritual en la verdad, la adoración y la acción de
gracias ». (213)
Formas múltiples de catequesis permanente
71. Para la educación permanente de la fe, el ministerio de la
Palabra cuenta con muchas formas de catequesis. Entre otras, se pueden destacar
las siguientes:
El estudio y profundización de la Sagrada Escritura leída
no solo en la Iglesia, sino con la Iglesia y su fe siempre viva. Esto ayuda a
descubrir la verdad divina, de forma que suscite una respuesta de fe. La
denominada «lectio divina» es forma eminente de este estudio vital de
las Escrituras. (214)
La lectura cristiana de los acontecimientos, que viene exigida por la
vocación misionera de la comunidad cristiana. Para hacer esta lectura, el
estudio de la doctrina social de la Iglesia es indispensable, ya que « su
objetivo principal es interpretar esas realidades (las complejas realidades de
la existencia del hombre en la sociedad y en el contexto internacional),
examinando su conformidad o disconformidad con lo que el Evangelio enseña
». (215)
La catequesis litúrgica, que prepara a los sacramentos y
favorece una comprensión y vivencia más profundas de la liturgia.
Esta catequesis explica los contenidos de la oración, el sentido de los
gestos y de los signos, educa para la participación activa, para la
contemplación y el silencio. Debe ser considerada como « una forma
eminente de catequesis ». (216)
La catequesis ocasional que, ante determinadas circunstancias de la
vida personal, familiar, eclesial y social, trata de ayudar a interpretarlas y
vivirlas desde la fe. (217)
La iniciativas de formación espiritual, que fortalecen las
convicciones, descubren nuevas perspectivas y hacen perseverar en la oración
y en los compromisos del seguimiento de Cristo.
La profundización sistemática del mensaje cristiano,
por medio de una enseñanza teológica que eduque realmente en la
fe, haga crecer en la inteligencia de la misma y capacite al cristiano para dar
razón de su esperanza en el mundo actual. (218) En cierto sentido, es
adecuado denominar « catequesis perfectiva » a esta enseñanza.
72. Es fundamental que la catequesis de iniciación de adultos,
bautizados o no, la catequesis de iniciación de niños y jóvenes
y la catequesis permanente estén bien trabadas en el proyecto catequético
de la comunidad cristiana, para que la Iglesia particular crezca armónicamente,
y su actividad evangelizadora mane de auténticas fuentes. « Es
importante que la catequesis de niños y jóvenes, la catequesis
permanente y la catequesis de adultos no sean compartimentos estancos e
incomunicados... Es menester propiciar su perfecta complementariedad ».
(219)
CATEQUESIS Y ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR
El carácter propio de la enseñanza religiosa escolar
73. Una consideración especial merece, dentro del ministerio de la
Palabra, el carácter propio de la enseñanza religiosa escolar y su
relación con la catequesis de niños y jóvenes.
La relación entre enseñanza religiosa escolar y catequesis es
una relación de distinción y de complementariedad: «Hay un
nexo indisoluble y una clara distinción entre enseñanza de la
religión y catequesis». (220)
Lo que confiere a la enseñanza religiosa escolar su característica
propia es el hecho de estar llamada a penetrar en el ámbito de la cultura
y de relacionarse con los demás saberes. Como forma original del
ministerio de la Palabra, en efecto, la enseñanza religiosa escolar hace
presente el Evangelio en el proceso personal de asimilación, sistemática
y crítica, de la cultura. (221)
En el universo cultural, que interiorizan los alumnos y que está
definido por los saberes y valores que ofrecen las demás disciplinas
escolares, la enseñanza religiosa escolar deposita el fermento
dinamizador del Evangelio y trata de «alcanzar verdaderamente los demás
elementos del saber y de la educación, a fin de que el Evangelio impregne
la mente de los alumnos en el terreno de su formación y que la armonización
de su cultura se logre a la luz de la fe». (222)
Para ello es necesario que la enseñanza religiosa escolar aparezca
como disciplina escolar, con la misma exigencia de sistematicidad y rigor que
las demás materias. Ha de presentar el mensaje y acontecimiento cristiano
con la misma seriedad y profundidad con que las demás disciplinas
presentan sus saberes. No se sitúa, sin embargo, junto a ellas como algo
accesorio, sino en un necesario diálogo interdisciplinar. Este diálogo
ha de establecerse, ante todo, en aquel nivel en que cada disciplina configura
la personalidad del alumno. Así, la presentación del mensaje
cristiano incidirá en el modo de concibir, desde el Evangelio, el origen
del mundo y el sentido de la historia, el fundamento de los valores éticos,
la función de las religiones en la cultura, el destino del hombre, la
relación con la naturaleza... La enseñanza religiosa escolar,
mediante este diálogo interdisciplinar, funda, potencia, desarrolla y
completa la acción educadora de la escuela. (223)
El contexto escolar y los destinatarios de la enseñanza
religiosa escolar
74. La enseñanza religiosa escolar se desarrolla en contextos
escolares diversos, lo que hace que, manteniendo su carácter propio,
adquiera también acentos diversos. Estos acentos dependen de las
condiciones legales y organizativas, de la concepción didáctica,
de los presupuestos personales de los educadores y de los alumnos, y de la
relación de la enseñanza religiosa escolar con la catequesis
familiar y parroquial.
No es posible reducir a una única forma todas las modalidades de enseñanza
religiosa escolar que se han desarrollado en la historia como consecuencia de
los Acuerdos con los Estados y de las decisiones tomadas por diferentes
Conferencias episcopales. Es, sin embargo, necesario que, de conformidad con las
correspondientes situaciones y circunstancias, la orientación que se dé
a la enseñanza religiosa escolar, responda a su finalidad y a sus
peculiares características. (224)
Los alumnos « tienen el derecho de aprender, con verdad y certeza, la
religión a la que pertenecen. Este derecho a conocer más a fondo
la persona de Cristo y la integridad del anuncio salvífico que El
propone, no puede ser desatendido. El carácter confesional de la enseñanza
religiosa escolar, desarrollada por la Iglesia según las modalidades y
formas establecidas en cada país, es por tanto una garantía
indispensable ofrecida a las familias y a los alumnos que eligen tal enseñanza
». (225)
Para la Escuela católica, la enseñanza religiosa escolar así
identificada y complementada con otras formas del ministerio de la Palabra
(catequesis, celebraciones litúrgicas...), es parte indispensable de su
tarea educativa y fundamento de su propia existencia. (226)
La enseñanza religiosa escolar, en el marco de la Escuela estatal y
en el de la no confesional, donde la Autoridad civil u otras circunstancias
impongan una enseñanza religiosa común a católicos y no católicos,
(227) tendrá un carácter más ecuménico y de
conocimiento interreligioso común.
En otras ocasiones, la enseñanza religiosa escolar podrá tener
un carácter más bien cultural, dirigida al conocimiento de las
religiones, y presentando con el debido relieve la religión católica.
(228) También en este caso, sobre todo si es impartida por un profesor
sinceramente respetuoso, la enseñanza religiosa mantiene una dimensión
de verdadera « preparación evangélica ».
75. La situación de vida y de fe de los alumnos que asisten a la enseñanza
religiosa escolar se caracteriza por una inestabilidad notable y continua. La
enseñanza religiosa escolar ha de tener en cuenta esta realidad cambiante
para poder alcanzar su finalidad.
La enseñanza religiosa escolar ayuda a los alumnos creyentes a
comprender mejor el mensaje cristiano en relación con los problemas
existenciales comunes a las religiones y característicos de todo ser
humano, con las concepciones de la vida más presentes en la cultura, y
con los problemas morales fundamentales en los que, hoy, la humanidad se ve
envuelta.
Por otra parte, los alumnos que se encuentran en una situación de búsqueda,
o afectados por dudas religiosas, podrán descubrir gracias a la enseñanza
religiosa escolar qué es exactamente la fe en Jesucristo, cuáles
son las respuestas de la Iglesia a sus interrogantes, proporcionándoles
así la oportunidad de reflexionar mejor sobre la decisión a tomar.
Finalmente, cuando los alumnos no son creyentes, la enseñanza
religiosa escolar asume las características de un anuncio misionero del
Evangelio, en orden a una decisión de fe, que la catequesis, por su
parte, en un contexto comunitario, ayudará después a crecer y a
madurar.
Educación cristiana familiar, catequesis y enseñanza
religiosa escolar al servicio de la educación en la fe
76. La educación cristiana familiar, la catequesis y la enseñanza
religiosa escolar, cada una desde su carácter propio, están íntimamente
relacionadas dentro del servicio de la educación cristiana de niños,
adolescentes y jóvenes. En la práctica, sin embargo, deben tenerse
en cuenta, diferentes elementos variables, que puntualmente se presentan, a fin
de proceder con realismo y prudencia pastoral en la aplicación de las
orientaciones generales.
Por tanto, corresponde a cada diócesis o región pastoral
discernir las diversas circunstancias que concurren, bien en cuanto a la
existencia o no de una iniciación cristiana en el ámbito de las
familias para sus propios hijos, bien en cuanto a los cometidos formativos que
en la tradición o situación local ejercen las parroquias, las
escuelas, etc.
En consecuencia, las Iglesias particulares y la Conferencia Episcopal
establecerán las orientaciones propias para los diversos ámbitos,
fomentando unas actividades que son distintas y se complementan.
CAPITULO III
NATURALEZA, FINALIDAD Y TAREA DE LA CATEQUESIS
« Que toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor
para gloria de Dios Padre » (Fil 2,11).
77. Clarificado el lugar que ocupa la catequesis dentro de la misión
evangelizadora de la Iglesia, así como sus relaciones con los demás
elementos de la evangelización y con otras formas del ministerio de la
Palabra, en este capítulo se trata de reflexionar de manera específica
sobre:
la naturaleza eclesial de la catequesis, es decir, el sujeto agente
de la catequesis, la Iglesia animada por el Espíritu;
la finalidad fundamental que ella busca al catequizar;
las tareas mediante las cuales procura esta finalidad, y que
constituyen sus objetivos más inmediatos;
la gradualidad interna del proceso catequético y la inspiración
catecumenal que lo anima.
De esta manera, en este el último capítulo, se profundiza más
en el carácter propio de la catequesis, ya descrito en el capítulo
anterior, al analizar las relaciones que establece con las otras acciones
eclesiales.
La catequesis: acción de naturaleza eclesial
78. La catequesis es una acción esencialmente eclesial. (229) El
verdadero sujeto de la catequesis es la Iglesia que, como continuadora de la
misión de Jesucristo Maestro y animada por el Espíritu, ha sido
enviada para ser maestra de la fe. Por ello, la Iglesia, imitando a la Madre del
Señor, conserva fielmente el Evangelio en su corazón, (230) lo
anuncia, lo celebra, lo vive y lo transmite en la catequesis a todos aquellos
que han decidido seguir a Jesucristo.
Esta transmisión del Evangelio es un acto vivo de tradición
eclesial: (231)
La Iglesia, en efecto, transmite la fe que ella misma vive: su
comprensión del misterio de Dios y de su designio de salvación; su
visión de la altísima vocación del hombre; el estilo de
vida evangélico que comunica la dicha del Reino; la esperanza que la
invade; el amor que siente por la humanidad y por todas las criaturas de Dios.
La Iglesia transmite la fe de forma activa, la siembra en el corazón
de los catecúmenos y catequizandos para que fecunde sus experiencias más
hondas. (232) La profesión de fe recibida de la Iglesia (traditio),
al germinar y crecer a lo largo del proceso catequético, es devuelta (redditio)
enriquecida con los valores de las diferentes culturas. (233) El catecumenado se
convierte, así, en foco fundamental de incremento de la catolicidad y
fermento de renovación eclesial.
79. La Iglesia, al transmitir en la iniciación cristiana
la fe y la vida nueva actúa como madre de los hombres, que engendra a
unos hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios.
(234) Precisamente, « porque es madre es también la educadora de
nuestra fe »; (235) es madre y maestra, al mismo tiempo. Por la catequesis
alimenta a sus hijos con su propia fe y los inserta, como miembros, a la familia
eclesial. Como buena madre, les ofrece el Evangelio en toda su autenticidad y
pureza, que les es dado, al mismo tiempo, como alimento adaptado, culturalmente
enriquecido y como respuesta a las aspiraciones más profundas del corazón
humano.
Finalidad de la catequesis: la comunión con Jesucristo
80. « El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo
en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo ». (236)
Toda la acción evangelizadora busca favorecer la comunión con
Jesucristo. A partir de la conversión « inicial » (237) de una
persona al Señor, suscitada por el Espíritu Santo mediante el
primer anuncio, la catequesis se propone fundamentar y hacer madurar esta
primera adhesión. Se trata, entonces, de ayudar al recién
convertido a « conocer mejor a ese Jesús en cuyas manos se ha
puesto: conocer su 'misterio', el Reino de Dios que anuncia, las exigencias y
las promesas contenidas en su mensaje evangélico, los senderos que El ha
trazado a quien quiera seguirle ». (238) El Bautismo, sacramento por el que
« nos configuramos con Cristo », (239) sostiene con su gracia este
trabajo de la catequesis.
81. La comunión con Jesucristo, por su propia dinámica,
impulsa al discípulo a unirse con todo aquello con lo que el propio
Jesucristo estaba profundamente unido: con Dios, su Padre, que le había
enviado al mundo y con el Espíritu Santo, que le impulsaba a la misión;
con la Iglesia, su Cuerpo, por la cual se entregó; con los hombres, sus
hermanos, cuya suerte quiso compartir.
La finalidad de la catequesis se expresa en la profesión de fe en
el único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo
82. La catequesis es esa forma particular del ministerio de la Palabra que
hace madurar la conversión inicial hasta hacer de ella una viva, explícita
y operativa confesión de fe: « La catequesis tiene su origen en la
confesión de fe y conduce a la confesión de fe ». (240)
La profesión de fe, interior al Bautismo, (241) es eminentemente
trinitaria. La Iglesia bautiza « en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo » (Mt 28,19), (242) Dios uno y trino, a quien el cristiano
confía su vida. La catequesis de iniciación prepara antes o
después de recibir el Bautismo para esta decisiva entrega. La
catequesis permanente ayudará a madurar esa profesión de fe
continuamente, a proclamarla en la Eucaristía y a renovar los compromisos
que implica. Es importante que la catequesis sepa vincular bien la confesión
de fe cristológica, « Jesús es Señor »,
con la confesión trinitaria, « Creo en el Padre, en el Hijo y en
el Espíritu Santo », ya que no son más que dos
modalidades de expresar la misma fe cristiana. El que, por el primer anuncio se
convierte a Jesucristo y le reconoce como Señor, inicia un proceso,
ayudado por la catequesis, que desemboca necesariamente en la confesión
explícita de la Trinidad.
Con la profesión de fe en el Dios único, el cristiano renuncia
a servir a cualquier absoluto humano: poder, placer, raza, antepasado, Estado,
dinero..., (243) liberándose de cualquier ídolo que lo esclavice.
Es la proclamación de su voluntad de querer servir a Dios y a los hombres
sin ataduras. Y al proclamar la fe en la Trinidad, que es comunión de
personas, el discípulo de Jesucristo manifiesta al mismo tiempo que el
amor a Dios y al prójimo es el principio que informa su ser y su obrar.
83. La profesión de fe sólo es plena si es referida a la
Iglesia. Todo bautizado proclama en singular el Credo, pues ninguna acción
es más personal que ésta. Pero lo recita en la Iglesia y a través
de ella, puesto que lo hace como miembro suyo. El « creo » y el «
creemos » se implican mutuamente. (244) Al fundir su confesión con
la de la Iglesia, el cristiano se incorpora a la misión de ésta:
ser « sacramento universal de salvación » para la vida del
mundo. El que proclama la profesión de fe asume compromisos que, no pocas
veces, atraerán persecución. En la historia cristiana son los mártires
los anunciadores y los testigos por excelencia. (245)
Las tareas de la catequesis realizan su finalidad
84. La finalidad de la catequesis se realiza a través de diversas
tareas, mutuamente implicadas. (246) Para actualizarlas, la catequesis se
inspirará ciertamente en el modo en que Jesús formaba a sus discípulos:
les daba a conocer las diferentes dimensiones del Reino de Dios (« a
vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los cielos » [Mt
13,11]), (247) les enseñaba a orar (« cuando oréis,
decid: Padre... » [Lc 11,2]), (248) les inculcaba las actitudes
evangélicas (« aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón » [Mt 11,29], les iniciaba en la misión («
les envió de dos en dos... » [Lc 10,1]). (249)
Las tareas de la catequesis corresponden a la educación de las
diferentes dimensiones de la fe, ya que la catequesis es una formación
cristiana integral, « abierta a todas las esferas de la vida cristiana ».
(250) En virtud de su misma dinámica interna, la fe pide ser conocida,
celebrada, vivida y hecha oración. La catequesis debe cultivar cada una
de estas dimensiones. Pero la fe se vive en la comunidad cristiana y se anuncia
en la misión: es una fe compartida y anunciada. Y estas dimensiones deben
ser, también, cultivadas por la catequesis.
El Concilio Vaticano II expresó así estas tareas: « La
formación catequética ilumina y robustece la fe, alimenta la vida
según el espíritu de Cristo, lleva a una consciente y activa
participación del misterio litúrgico y alienta a la acción
apostólica ». (251)
Tareas fundamentales de la catequesis: ayudar a conocer, celebrar, vivir
y contemplar el misterio de Cristo
85. Las tareas fundamentales de la catequesis son:
Propiciar el conocimiento de la fe
El que se ha encontrado con Cristo desea conocerle lo más posible y
conocer el designio del Padre que él reveló. El conocimiento de
los contenidos de la fe (fides quae) viene pedido por la adhesión
a la fe (fides qua). (252) Ya en el orden humano, el amor a una persona
lleva a conocerla cada vez más. La catequesis debe conducir, por tanto, a
« la comprensión paulatina de toda la verdad del designio divino »,
(253) introduciendo a los discípulos de Jesucristo en el conocimiento de
la Tradición y de la Escritura, que es la « ciencia eminente de
Cristo » (Flp 3,8). (254) Este profundizar en el conocimiento de la
fe ilumina cristianamente la existencia humana, alimenta la vida de fe y
capacita también para dar razón de ella en el mundo. La «entrega
del Símbolo », compendio de la Escritura y de la fe de la
Iglesia, expresa la realización de esta tarea.
La educación litúrgica
En efecto, « Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre
todo en la acción litúrgica ». (255) La comunión con
Jesucristo conduce a celebrar su presencia salvífica en los sacramentos
y, particularmente, en la Eucaristía. LaIglesia desea ardientemente que
se lleve a todos los fieles cristianos a aquella participación plena,
consciente y activa que exige la naturaleza de la liturgia misma y la dignidad
de su sacerdocio bautismal. (256) Para ello, la catequesis, además de
propiciar el conocimiento del significado de la liturgia y de los sacramentos,
ha de educar a los discípulos de Jesucristo « para la oración,
la acción de gracias, la penitencia, la plegaria confiada, el sentido
comunitario, la captación recta del significado de los símbolos...
»; (257) ya que todo ello es necesario para que exista una verdadera vida
litúrgica.
La formación moral
La conversión a Jesucristo implica caminar en su seguimiento. La
catequesis debe, por tanto, inculcar en los discípulos las actitudes
propias del Maestro. Los discípulos emprenden, así, un camino de
transformación interior en el que, participando del misterio pascual del
Señor, « pasan del hombre viejo al hombre nuevo en Cristo ».
(258) El sermón del Monte, en el que Jesús, asumiendo el decálogo,
le imprime el espíritu de las bienaventuranzas, (259) es una referencia
indispensable en esta formación moral, hoy tan necesaria. La evangelización,
« que comporta el anuncio y la propuesta moral », (260) difunde toda
su fuerza interpeladora cuando, junto a la palabra anunciada, sabe ofrecer también
la palabra vivida. Este testimonio moral, al que prepara la catequesis, ha de
saber mostrar las consecuencias sociales de las exigencias evangélicas.
(261)
Enseñar a orar
La comunión con Jesucristo lleva a los discípulos a asumir el
carácter orante y contemplativo que tuvo el Maestro. Aprender a orar con
Jesús es orar con los mismos sentimientos con que se dirigía al
Padre: adoración, alabanza, acción de gracias, confianza filial, súplica,
admiración por su gloria. Estos sentimientos quedan reflejados en el
Padre Nuestro, la oración que Jesús enseñó a sus
discípulos y que es modelo de toda oración cristiana. La «entrega
del Padre Nuestro », (262) resumen de todo el Evangelio, (263) es, por
ello, verdadera expresión de la realización de esta tarea. Cuando
la catequesis está penetrada por un clima de oración, el
aprendizaje de la vida cristiana cobra toda su profundidad. Este clima se hace
particularmente necesario cuando los catecúmenos y los catequizandos se
enfrentan a los aspectos más exigentes del Evangelio y se sienten débiles,
o cuando descubren maravillados la acción de Dios en sus
vidas.
Otras tareas relevantes de la catequesis: iniciación y educación
para la vida comunitaria y para la misión
86. La catequesis capacita al cristiano para vivir en comunidad y para
participar activamente en la vida y misión de la Iglesia. El Concilio
Vaticano II señala a los pastores la necesidad de « cultivar
debidamente el espíritu de comunidad » (264) y a los catecúmenos
la de « aprender a cooperar eficazmente en la evangelización y
edificación de la Iglesia ». (265)
La educación para la vida comunitaria
a) La vida cristiana en comunidad no se improvisa y hay que educarla
con cuidado. Para este aprendizaje, la enseñanza de Jesús sobre la
vida comunitaria, recogida en el evangelio de Mateo, reclama algunas actitudes
que la catequesis deberá fomentar: el espíritu de sencillez y
humildad (« si no os hacéis como niños... » [Mt 18,3]);
la solicitud por los más pequeños (« el que escandalice a uno
de estos pequeños... » [Mt 18,16]); la atención
preferente a los que se han alejado (« ir en busca de la oveja perdida... »
[Mt 18,12]); la corrección fraterna (« amonéstale a
solas tú con él... » [Mt 18,15]); la oración
en común (« si dos se ponen de acuerdo para pedir algo... » [Mt
18,19]); el perdón mutuo (« hasta setenta veces siete... »
[Mt 18,22]). El amor fraterno aglutina todas estas actitudes («
amaos unos a otros como yo os he amado » [Jn 13,34]).
b) En la educación de este sentido comunitario, la catequesis
cuidará también la dimensión ecuménica y estimulará
actitudes fraternales hacia los miembros de otras iglesias y comunidades
eclesiales. Por ello, la catequesis, al proponerse esta meta, expondrá
con claridad toda la doctrina de la Iglesia católica, evitando
expresiones o exposiciones que puedan inducir a error. Favorecerá, además,
« un adecuado conocimiento de las otras confesiones », (266) con las
que existen bienes comunes como: « la Palabra de Dios escrita, la vida de
la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del Espíritu
Santo ». (267) La catequesis tendrá una dimensión ecuménica
en la medida en que sepa suscitar y alimentar el « verdadero deseo de
unidad », (268) hecho no en orden a un fácil irenismo, sino a la
unidad perfecta, cuando el Señor lo disponga y por las vías que El
quiera.
La iniciación a la misión
a) La catequesis está abierta, igualmente, al dinamismo
misionero. (269) Se trata de capacitar a los discípulos de Jesucristo
para estar presentes, en cuanto cristianos, en la sociedad, en la vida
profesional, cultural y social. Se les preparará, igualmente, para
cooperar en los diferentes servicios eclesiales, según la vocación
de cada uno. Este compromiso evangelizador brota, para los fieles laicos, de los
sacramentos de la iniciación cristiana y del carácter secular de
su vocación. (270) También es importante poner todos los medios
para suscitar vocaciones sacerdotales y de especial consagración a Dios
en las diferentes formas de vida religiosa y apostólica, y para suscitar
en el corazón de cada uno la específica vocación misionera.
Las actitudes evangélicas que Jesús sugirió a sus discípulos,
cuando les inició en la misión, son las que la catequesis debe
alimentar: buscar la oveja perdida; anunciar y sanar al mismo tiempo;
presentarse pobres, sin oro ni alforja; saber asumir el rechazo y la persecución;
poner la confianza en el Padre y en el apoyo del Espíritu Santo; no
esperar otro premio que la dicha de trabajar por el Reino. (271)
b) En la educación de este sentido misionero, la catequesis
preparará para el diálogo interreligioso, que capacite a los
fieles para una comunicación fecunda con hombres y mujeres de otras
religiones. (272) La catequesis hará ver cómo el vínculo de
la Iglesia con las religiones no cristianas es, en primer lugar, el del origen
común y el del fin común del género humano, así como
el de las múltiples « semillas de la Palabra » que Dios ha
depositado en esas religiones. La catequesis ayudará también a
saber conciliar y, al mismo tiempo, distinguir el « anuncio de Cristo »
y el « diálogo interreligioso ». Ambos elementos, manteniendo
su íntima relación, no deben ser confundidos ni ser considerados
equivalentes. (273) En efecto, « el diálogo intereligoso no dispensa
de la evangelización ». (274)
Algunas consideraciones sobre el conjunto de estas tareas
87. Las tareas de la catequesis constituyen, en consecuencia, un conjunto
rico y variado de aspectos. Sobre este conjunto conviene hacer varias
consideraciones:
Todas las tareas son necesarias. Así como para la vitalidad de
un organismo humano es necesario que funcionen todos sus órganos, para la
maduración de la vida cristiana hay que cultivar todas sus dimensiones:
el conocimiento de la fe, la vida litúrgica, la formación moral,
la oración, la pertenencia comunitaria, el espíritu misionero. Si
la catequesis descuidara alguna de ellas, la fe cristiana no alcanzaría
todo su crecimiento.
Cada una de estas tareas realiza, a su modo, la finalidad de la
catequesis. La formación moral, por ejemplo, es esencialmente cristológica
y trinitaria, llena de sentido eclesial y abierta a su dimensión social.
Lo mismo ocurre con la educación litúrgica, esencialmente
religiosa y eclesial, pero también muy exigente en su compromiso
evangelizador en favor del mundo.
Las tareas se implican mutuamente y se desarrollan conjuntamente.
Cada gran tema catequético, por ejemplo la catequesis sobre Dios Padre,
tiene una dimensión cognoscitiva e implicaciones morales, se interioriza
en la oración y se asume en el testimonio. Una tarea llama a la otra: el
conocimiento de la fe capacita para la misión; la vida sacramental da
fuerzas para la transformación moral.
Para realizar sus tareas, la catequesis se vale de dos grandes
medios: la transmisión del mensaje evangélico y la experiencia de
la vida cristiana. (275) La educación litúrgica, por ejemplo,
necesita explicar qué es la liturgia cristiana y qué son los
sacramentos, pero también debe hacer experimentar los diferentes tipos de
celebración, descubrir y hacer amar los símbolos, el sentido de
los gestos corporales, etc... La formación moral no sólo transmite
el contenido de la moral cristiana, sino que cultiva activamente las actitudes
evangélicas y los valores cristianos.
Las diferentes dimensiones de la fe son objeto de educación
tanto en su aspecto de « don » como en su aspecto de « compromiso
». El conocimiento de la fe, la vida litúrgica, el seguimiento de
Cristo son, cada uno de ellos, un don del Espíritu que se acoge en la
oración y, al mismo tiempo, un compromiso de estudio, espiritual, moral,
testimonial. Ambas facetas deben ser cultivadas. (276)
Cada dimensión de la fe, como la fe en su conjunto, debe ser
enraizada en la experiencia humana, sin que permanezca en la persona como un añadido
o un aparte. El conocimiento de la fe es significativo, ilumina toda la
existencia y dialoga con la cultura; en la liturgia, toda la vida personal es
ofrenda espiritual; la moral evangélica asume y eleva los valores
humanos; la oración está abierta a todos los problemas personales
y sociales. (277)
Como indicaba el Directorio de 1971, « interesa en gran manera que la
catequesis conserve esta riqueza de aspectos diversos, con tal de que un aspecto
no se separe de los demás, con detrimento de ellos ». (278)
El catecumenado bautismal: estructura y gradualidad
88. La fe, impulsada por la gracia divina y cultivada por la acción
de la Iglesia, experimenta un proceso de maduración. La catequesis, al
servicio de ese crecimiento, es una acción gradual. La catequesis
apropiada está dispuesta por grados. (279)
En el catecumenado bautismal, la formación se desarrolla en cuatro
etapas:
el precatecumenado, (280) caracterizado porque en él
tiene lugar la primera evangelización en orden a la conversión y
se explícita el kerigma del primer anuncio;
el catecumenado, (281) propiamente dicho, destinado a la
catequesis integral y en cuyo comienzo se realiza la « entrega de los
Evangelios »; (282)
el tiempo de purificación e iluminación, (283)
que proporciona una preparación más intensa a los sacramentos de
la iniciación, y en el que tiene lugar la « entrega del Símbolo
» (284) y la « entrega de la Oración del Señor »;
(285)
el tiempo de la mystagogia, (286) caracterizado por la
experiencia de los sacramentos y la entrada en la comunidad.
89. Estas etapas, llenas de la sabiduría de la gran tradición
catecumenal, inspiran la gradualidad de la catequesis. (287) En la época
de los Padres de la Iglesia, en efecto, la formación propiamente
catecumenal se realizaba mediante una catequesis bíblica,
centrada en la narración de la Historia de la salvación; la
preparación inmediata al Bautismo, por medio de una catequesis
doctrinal, que explicaba el Símbolo y el Padre nuestro, recién
entregados, con sus implicaciones morales; y la etapa que seguía a los
sacramentos de la iniciación, mediante una catequesis mystagógica,
que ayudaba a interiorizarlos y a incorporarse en la comunidad. Esta concepción
patrística sigue siendo un foco de luz para el catecumenado actual y para
la misma catequesis de iniciación.
Ésta, por ser acompañamiento del proceso de conversión,
es esencialmente gradual; y, por estar al servicio del que ha decidido seguir a
Jesucristo, es eminentemente cristocéntrica.
El catecumenado bautismal, inspirador de la catequesis en la Iglesia
90. Dado que la « misión ad gentes » es el paradigma de
toda la acción misionera de la Iglesia, el catecumenado bautismal a ella
inherente es el modelo inspirador de su acción catequizadora. (288) Por
ello, es conveniente subrayar los elementos del catecumenado que deben inspirar
la catequesis actual y el significado de esta inspiración.
Antes hay que decir, sin embargo, que entre los catequizandos (289) y los
catecúmenos y entre la catequesis posbautismal y la catequesis
prebautismal, respectivamente, hay una diferencia fundamental. Esta
diferencia proviene de los sacramentos de iniciación recibidos por los
primeros, los cuales « han sido ya introducidos en la Iglesia y hechos
hijos de Dios por el Bautismo. Por tanto su conversión se funda en el
Bautismo recibido, cuya virtud deben desarrollar después ». (290)
91. Supuesta esta diferencia esencial, se consideran ahora algunos elementos
del catecumenado bautismal, que deben ser fuente de inspiración para la
catequesis posbautismal:
El catecumenado bautismal recuerda constantemente a toda la Iglesia
la importancia fundamental de la función de iniciación,
con los factores básicos que la constituyen: la catequesis y los
sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía.
La pastoral de la iniciación cristiana es vital en toda la Iglesia
particular.
El catecumenado bautismal es responsabilidad de toda la comunidad
cristiana. En efecto, « esta iniciación cristiana no deben
procurarla solamente los catequistas y los sacerdotes, sino toda la comunidad de
los fieles, y de modo especial los padrinos ». (291) La institución
catecumenal acrecienta, así, en la Iglesia la conciencia de la maternidad
espiritual que ejerce en toda forma de educación de la fe. (292)
El catecumenado bautismal está impregnado por el misterio de
la Pascua de Cristo. Por eso, « conviene que toda la iniciación
se caracterice por su índole pascual ». (293) La Vigilia pascual,
centro de la liturgia cristiana, y su espiritualidad bautismal, son inspiración
para toda la catequesis.
El catecumenado bautismal es, también, lugar inicial de inculturación.
Siguiendo el ejemplo de la Encarnación del Hijo de Dios, hecho hombre en
un momento histórico concreto, la Iglesia acoge a los catecúmenos
integralmente, con sus vínculos culturales. Toda la acción
catequizadora participa de esta función de incorporar a la catolicidad de
la Iglesia las auténticas « semillas de la Palabra » esparcidas
en individuos y pueblos. (294)
Finalmente, la concepción del catecumenado bautismal como proceso
formativo y verdadera escuela de fe, proporciona a la catequesis
posbautismal una dinámica y unas características configuradoras:
la intensidad e integridad de la formación; su carácter gradual,
con etapas definidas; su vinculación a ritos, símbolos y signos,
especialmente bíblicos y litúrgicos; su constante referencia a la
comunidad cristiana...
La catequesis postbautismal, sin tener que reproducir miméticamente
la configuración del catecumenado bautismal, y reconociendo el carácter
de bautizados que tienen los catequizandos, hará bien en inspirarse en
esta « escuela preparatoria de la vida cristiana », (295) dejándose
fecundar por sus principales elementos configuradores.
SECUNDA PARTE
EL MENSAJE EVANGELICO
« Padre, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo » (Jn 17, 3). « Jesús
proclamaba la Buena Nueva de Dios: 'El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios
está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc
1,14-15). « Os recuerdo el Evangelio que os proclamé... Lo
primero que os transmití, como lo había recibido, fue esto: Que
Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue
sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras
» (1 Co 15, 1-4).
Significado y finalidad de esta parte
92. La fe cristiana, por la que una persona da el « sí » a
Jesucristo, puede ser considerada en un doble aspecto:
Como adhesión a Dios que se revela, hecha bajo el influjo de
la gracia. En este caso la fe consiste en entregarse a la Palabra de Dios y
confiarse a ella (fides qua).
Como contenido de la Revelación y del mensaje evangélico.
La fe, en este sentido, significa el empeño por conocer cada vez mejor el
sentido profundo de esa Palabra (fides quae).
Estos dos aspectos, por su propia naturaleza, no pueden separarse. La
maduración y crecimiento de la fe exigen que ambas dimensiones progresen
orgánica y coherentemente. Sin embargo, por razones metodológicas,
ambos pueden considerarse separadamente. (296)
93. En esta segunda parte se trata del contenido del mensaje evangélico
(fides quae).
En el capítulo primero se indican las normas y criterios que
debe seguir la catequesis para fundamentar, formular y exponer su propio
contenido. Cada forma del ministerio de la Palabra, en efecto, ordena y presenta
el mensaje evangélico con arreglo a su carácter propio.
El capítulo segundo se refiere al contenido de la fe tal como
se expone en el Catecismo de la Iglesia Católica, que es texto de
referencia doctrinal para la catequesis. Se ofrecen por ello algunas
indicaciones que puedan ayudar a asimilar e interiorizar el Catecismo, así
como a situarlo dentro de la acción catequizadora de la Iglesia.
Igualmente, se presentan algunos criterios para que, en referencia al Catecismo
de la Iglesia Católica, se elaboren en las Iglesias particulares
Catecismos locales que, guardando la unidad de la fe, tengan debidamente en
cuenta las diversas situaciones y culturas.
CAPITULO I
Normas y criterios para la presentación del
mensaje evangélico en la catequesis
« Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno.
Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el
alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu
memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando
en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca
como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás
en las jambas de tu casa y en tus portales » (Dt 6,4-9). «
Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (Jn
1,14).
La Palabra de Dios, fuente de la catequesis
94. La fuente de donde la catequesis toma su mensaje es la misma Palabra de
Dios:
« La catequesis extraerá siempre su contenido de la fuente
viva de la Palabra de Dios, transmitida mediante la Tradición y la
Escritura, dado que la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
constituyen el único depósito sagrado de la Palabra de Dios
confiado a la Iglesia ». (297)
Este « depósito de la fe » (298) es como el arca del padre
de la casa, que ha sido confiado a la Iglesia, la familia de Dios, y de donde
ella saca continuamente lo viejo y lo nuevo. (299) Todos los hijos del Padre,
animados por su Espíritu, se nutren de este tesoro de la Palabra. Ellos
saben que la Palabra de Dios es Jesucristo, el Verbo hecho hombre y que su voz
sigue resonando por medio del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo.
La Palabra de Dios, por admirable « condescendencia » (300)
divina, se dirige y llega a nosotros a través de « obras y palabras »
humanas, « a la manera como un día el Verbo del Padre eterno, al
tomar la carne de la flaqueza humana, se hizo semejante a los hombres ».
(301) Sin dejar de ser Palabra de Dios, se expresa en palabra humana. Cercana,
permanece sin embargo velada, en estado « kenótico ». Por eso
la Iglesia, guiada por el Espíritu, necesita interpretarla continuamente
y, al tiempo que la contempla con profundo espíritu de fe, « la
escucha piadosamente, la custodia santamente y la anuncia fielmente ».
(302)
La fuente y « las fuentes » del mensaje de la catequesis
(303)
95. La Palabra de Dios contenida en la Sagrada Tradición y en
la Sagrada Escritura:
es meditada y comprendida cada vez más profundamente por el
sentido de la fe de todo el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio,
que la enseña con autoridad;
se celebra en la liturgia, donde constantemente es proclamada,
escuchada, interiorizada y comentada;
resplandece en la vida de la Iglesia, en su historia bimilenaria,
sobre todo en el testimonio de los cristianos, particularmente de los santos;
es profundizada en la investigación teológica, que
ayuda a los creyentes a avanzar en la inteligencia vital de los misterios de la
fe;
se manifiesta en los genuinos valores religiosos y morales que, como
semillas de la Palabra, están esparcidos en la sociedad humana y en las
diversas culturas.
96. Todas éstas son las fuentes, principales o subsidiarias, de la
catequesis, las cuales de ninguna manera deben ser tomadas en un sentido unívoco.
(304) La Sagrada Escritura « es Palabra de Dios en cuanto que, por
inspiración del Espíritu Santo, se consigna por escrito »;
(305) y la Sagrada Tradición « transmite íntegramente a los
sucesores de los apóstoles la Palabra de Dios que fue a éstos
confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo ». (306) El
Magisterio tiene la función de « interpretar auténticamente
la Palabra de Dios », (307) realizando en nombre de Jesucristo
un servicio eclesial fundamental. Tradición, Escritura y Magisterio, íntimamente
entrelazados y unidos, son, « cada uno a su modo », (308) fuentes
principales de la catequesis.
Las « fuentes » de la catequesis tienen cada una su propio
lenguaje, que queda plasmado en una rica variedad de « documentos de la fe ».
La catequesis es tradición viva de esos documentos: (309) perícopas
bíblicas, textos litúrgicos, escritos de los Padres de la Iglesia,
formulaciones del Magisterio, símbolos de fe, testimonios de santos,
reflexiones teológicas.
La fuente viva de la Palabra de Dios y las « fuentes » que de ella
derivan y en las que ella se expresa, proporcionan a la catequesis los criterios
para transmitir su mensaje a todos aquellos que han tomado la decisión de
seguir a Jesucristo.
Los criterios para la presentación del mensaje
97. Los criterios para presentar el mensaje evangélico en la
catequesis están íntimamente relacionados entre sí, pues
brotan de una única fuente.
El mensaje, centrado en la persona de Jesucristo (cristocentrismo),
por su propia dinámica interna, introduce en la dimensión trinitaria
del mismo mensaje.
El anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, centrado en el don
de la salvación, implica un mensaje de liberación.
El carácter eclesial del mensaje remite a su carácter
histórico, pues la catequesis como el conjunto de la
evangelización se realiza en el « tiempo de la Iglesia ».
El mensaje evangélico, por ser Buena Nueva destinada a todos
los pueblos, busca la inculturación, la cual se logrará en
profundidad sólo si el mensaje se presenta en toda su integridad y
pureza.
El mensaje evangélico es necesariamente un mensaje orgánico,
con su jerarquía de verdades. Es esta visión armónica del
Evangelio la que convierte en acontecimiento profundamente significativo
para la persona humana.
Aunque estos criterios son válidos para todo el ministerio de la
Palabra, aquí se presentan referidos en relación a la catequesis.
El cristocentrismo del mensaje evangélico
98. Jesucristo no sólo transmite la Palabra de Dios: El es la
Palabra de Dios. Por eso, la catequesis toda ella está
referida a El.
En este sentido, lo que caracteriza al mensaje que transmite la catequesis
es, ante todo, el « cristocentrismo », (310) que debe entenderse en
varios sentidos:
En primer lugar, significa que « en el centro de la catequesis
encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito
del Padre, lleno de gracia y de verdad ». (311) En realidad, la tarea
fundamental de la catequesis es mostrar a Cristo: todo lo demás, en
referencia a El. Lo que, en definitiva, busca es propiciar el seguimiento de
Jesucristo, la comunión con El: cada elemento del mensaje tiende a ello.
El cristocentrismo, en segundo lugar, significa que Cristo está
« en el centro de la historia de la salvación », (312) que la
catequesis presenta. El es, en efecto, el acontecimiento último hacia el
que converge toda la historia salvífica. El, venido en « la plenitud
de los tiempos » (Ga 4,4), es « la clave, el centro y el fin
de toda la historia humana ». (313) El mensaje catequético ayuda al
cristiano a situarse en la historia, y a insertarse activamente en ella, al
mostrar cómo Cristo es el sentido último de esta historia.
El cristocentrismo significa, igualmente, que el mensaje evangélico
no proviene del hombre sino que es Palabra de Dios. La Iglesia, y en su nombre
todo catequista, puede decir con verdad: « Mi doctrina no es mía,
sino del que me ha enviado » (Jn 7,16). Por eso, lo que transmite
la catequesis es « la enseñanza de Jesucristo, la verdad que El
comunica o, más exactamente, la Verdad que El es ». (314) El
cristocentrismo obliga a la catequesis a transmitir lo que Jesús enseña
acerca de Dios, del hombre, de la felicidad, de la vida moral, de la muerte...
sin permitirse cambiar en nada su pensamiento. (315)
Los evangelios, que narran la vida de Jesús, están en el
centro del mensaje catequético. Dotados ellos mismos de una «
estructura catequética », (316) manifiestan la enseñanza que
se proponía a las primitivas comunidades cristianas y que transmitía
la vida de Jesús, su mensaje y sus acciones salvadoras. En la catequesis,
« los cuatro evangelios ocupan un lugar central, pues su centro es Cristo
Jesús ». (317)
El cristocentrismo trinitario del mensaje evangélico
99. La Palabra de Dios, encarnada en Jesús de Nazaret, Hijo de María
Virgen, es la Palabra del Padre, que habla al mundo por medio de su Espíritu.
Jesús remite constantemente al Padre, del que se sabe Hijo Único,
y al Espíritu Santo, por el que se sabe Ungido. El es el « camino »
que introduce en el misterio íntimo de Dios. (318)
El cristocentrismo de la catequesis, en virtud de su propia dinámica
interna, conduce a la confesión de la fe en Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Es un cristocentrismo esencialmente trinitario. Los cristianos, en el
Bautismo, quedan configurados con Cristo, « Uno de la Trinidad »,
(319) y esta configuración sitúa a los bautizados, « hijos en
el Hijo », en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo.
Por eso su fe es radicalmente trinitaria. « El misterio de la Santísima
Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana ». (320)
100. El cristocentrismo trinitario del mensaje evangélico impulsa a
la catequesis a cuidar, entre otros, los siguientes aspectos:
La estructura interna de la catequesis, en cualquier modalidad de
presentación, será siempre cristocéntrico-trinitaria: «
Por Cristo al Padre en el Espíritu ». (321) Una catequesis que
omitiese una de estas dimensiones o desconociese su orgánica unión,
correría el riesgo de traicionar la originalidad del mensaje cristiano.
(322)
Siguiendo la misma pedagogía de Jesús, en su revelación
del Padre, de sí mismo como Hijo y del Espíritu Santo, la
catequesis mostrará la vida íntima de Dios, a partir de sus obras
salvíficas en favor de la humanidad. (323) Las obras de Dios revelan quién
es Él en sí mismo y, a la vez, el misterio de su ser íntimo
ilumina la inteligencia de todas sus obras. Sucede así, analógicamente,
en las relaciones humanas: las personas se revelan en su obrar y, a medida que
las conocemos mejor, comprendemos mejor su conducta. (324)
La presentación del ser íntimo de Dios revelado por Jesús,
uno en esencia y trino en personas, mostrará las implicaciones vitales
para la vida de los seres humanos. Confesar a un Dios único significa que
« el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún
poder terrenal ». (325) Significa, también, que la humanidad, creada
a imagen de un Dios que es « comunión de personas », está
llamada a ser una sociedad fraterna, compuesta por hijos de un mismo Padre,
iguales en dignidad personal. Las implicaciones humanas y sociales de la
concepción cristiana de Dios son inmensas. (326) La Iglesia, al profesar
su fe en la Trinidad y anunciarla al mundo, se comprende a sí misma como «
una muchedumbre reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo ». (327)
Un mensaje que anuncia la salvación
101. El mensaje de Jesús sobre Dios es una buena noticia para la
humanidad. Jesús, en efecto, anunció el Reino de Dios: (328) una
nueva y definitiva intervención divina, con un poder transformador tan
grande, y aún mayor, que el que utilizó en la creación del
mundo. (329) En este sentido, « como núcleo y centro de la Buena
Nueva, Cristo anuncia la salvación: ese gran don de Dios que es liberación
de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del
pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser
conocido por El, de verlo, de entregarse a El ». (330)
La catequesis transmite este mensaje del Reino, central en la predicación
de Jesús. Y al hacerlo, este mensaje « se profundiza poco a poco y
se desarrolla en sus corolarios implícitos », (331) mostrando las
grandes repercusiones que tiene para las personas y para el mundo.
102. En esta explicitación del kerigma evangélico de Jesús,
la catequesis subraya los siguientes aspectos fundamentales:
Jesús, con la llegada del Reino, anuncia y revela que Dios no
es un ser distante e inaccesible, « no es un poder anónimo y lejano »,
(332) sino que es el Padre, que está en medio de sus criaturas actuando
con su amor y poder. Este testimonio acerca de Dios como Padre, ofrecido de una
manera sencilla y directa, es fundamental en la catequesis.
Jesús indica, al mismo tiempo, que Dios con su reinado ofrece
el don de la salvación integral: libera del pecado, introduce en la
comunión con el Padre, otorga la filiación divina y promete la
vida eterna, venciendo a la muerte. (333) Esta salvación integral es, a
un tiempo, inmanente y escatológica, ya que « comienza ciertamente
en esta vida, pero tiene su cumplimiento en la eternidad ». (334)
Jesús, al anunciar el Reino, anuncia la justicia de Dios:
proclama el juicio divino y nuestra responsabilidad. El anuncio del juicio de
Dios, con su poder de formación de las conciencias, es contenido central
del Evangelio y buena noticia para el mundo. Lo es para el que sufre la falta de
justicia y para todo el que lucha por implantarla; lo es, también, para
el que no ha sabido amar y ser solidario, porque es posible la penitencia y el
perdón, ya que en la cruz de Cristo se nos gana la redención del
pecado. La llamada a la conversión y a creer en el Evangelio del Reino,
que es reino de justicia, amor y paz, y a cuya luz seremos juzgados, es
fundamental para la catequesis.
Jesús declara que el Reino de Dios se inaugura con él,
en su propia persona. (335) Revela, en efecto, que él mismo, constituido
Señor, asume la realización de ese Reino hasta que lo entregue,
consumado plenamente, al Padre, cuando venga de nuevo en su gloria. (336) «
El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga
el Señor se consumará su perfección ». (337) Jesús
indica, así mismo, que la comunidad de sus discípulos, su Iglesia,
"constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra » (338)
y que, como fermento en la masa, lo que ella desea es que el Reino de Dios
crezca en el mundo como un árbol frondoso, incorporando a todos los
pueblos y a todas las culturas. « La Iglesia está efectiva y
concretamente al servicio del Reino ». (339)
Jesús manifiesta, finalmente, que la historia de la humanidad
no camina hacia la nada sino que, con sus aspectos de gracia y pecado, es en
El asumida por Dios para ser transformada. Ella, en su actual peregrinar
hacia la casa del Padre, ofrece ya un bosquejo del mundo futuro donde, asumida y
purificada, quedará consumada. « La evangelización no puede
menos de incluir el anuncio profético de un más allá,
vocación profunda y definitiva del hombre, en continuidad y
discontinuidad a la vez con la situación presente ». (340)
Un mensaje de liberación
103. La Buena Nueva del Reino de Dios, que anuncia la salvación,
incluye un mensaje de liberación. (341) Al anunciar este Reino, Jesús
se dirigía de una manera muy particular a los pobres: « Dichosos los
pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que tenéis
hambre ahora, porque seréis saciados. Dichosos los que lloráis
ahora, porque reiréis » (Lc 6,20-21). Estas bienaventuranzas
de Jesús, dirigidas a los que sufren, son un anuncio escatológico
de la salvación que el Reino trae consigo. Ellas apuntan a esa
experiencia tan lacerante a la que el Evangelio es tan sensible: la pobreza, el
hambre y el sufrimiento de la humanidad.
La comunidad de los discípulos de Jesús, la Iglesia, participa
hoy de la misma sensibilidad que tuvo su Maestro. Con profundo dolor se fija en
esos « pueblos empeñados con todas sus energías en el
esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que les condena a quedar al
margen de la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo,
depauperación, injusticia en las relaciones internacionales, ...
situaciones de neocolonialismo económico y cultural ». (342) Todas
las formas de pobreza, « no sólo económica sino también
cultural y religiosa », (343) preocupan a la Iglesia.
Como dimensión importante de su misión, la Iglesia «
tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos
entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta
liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total ».
(344)
104. Para preparar a los cristianos a esta tarea, la catequesis cuidará,
entre otros, los siguientes aspectos:
Situará el mensaje de liberación en la perspectiva de «
la finalidad específicamente religiosa de la evangelización »,
(345) ya que ésta perdería su razón de ser « si se
desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el Reino de Dios, en su
sentido plenamente teológico ». (346) Por eso, el mensaje de la
liberación « no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión
económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al
hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que
es Dios ». (347)
La catequesis, en la tarea de la educación moral, presentará
la moral social cristiana como una exigencia y una consecuencia de « la
liberación radical obrada por Cristo ». (348) Esta es, en efecto, la
Buena Nueva que los cristianos profesan, con el corazón lleno de
esperanza: Cristo ha liberado al mundo y continúa liberándolo. Aquí
se genera la praxis cristiana, que es el cumplimiento del gran mandamiento del
amor.
Igualmente, en la tarea de la iniciación a la misión,
la catequesis suscitará en los catecúmenos y en los catequizandos «
la opción preferencial por los pobres » (349) que, « lejos de
ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del
ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva »,
(350) sino que lleva consigo « el compromiso por la justicia según
la función, vocación y circunstancias de cada uno ». (351)
La eclesialidad del mensaje evangélico
105. La naturaleza eclesial de la catequesis confiere al mensaje evangélico
que transmite un intrínseco carácter eclesial. La catequesis tiene
su origen en la confesión de fe de la Iglesia y conduce a la confesión
de fe del catecúmeno y del catequizando. La primera palabra oficial que
la Iglesia dirige al bautizando adulto, después de interesarse por su
nombre, es preguntarle: « 'Qué pides a la Iglesia de Dios? ». «
La fe », es la respuesta del candidato. (352) El catecúmeno sabe, en
efecto, que el Evangelio que ha descubierto y desea conocer, está vivo en
el corazón de los creyentes. La catequesis no es otra cosa que el proceso
de transmisión del Evangelio tal como la comunidad cristiana lo ha
recibido, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica de múltiples
formas.
Por eso, cuando la catequesis transmite el misterio de Cristo, en su mensaje
resuena la fe de todo el Pueblo de Dios a lo largo de la historia: la de los apóstoles,
que la recibieron del mismo Cristo y de la acción del Espíritu
Santo; la de los mártires, que la confesaron y la confiesan con su
sangre; la de los santos, que la vivieron y viven en profundidad; la de los
Padres y doctores de la Iglesia, que la enseñaron luminosamente; la de
los misioneros, que la anuncian sin cesar; la de los teólogos, que ayudan
a comprenderla mejor; la de los pastores, en fin, que la custodian con celo y
amor y la enseñan e interpretan auténticamente. En verdad, en la
catequesis está presente la fe de todos los que creen y se dejan conducir
por el Espíritu Santo.
106. Esta fe, transmitida por la comunidad eclesial, es una sola. Aunque los
discípulos de Jesucristo forman una comunidad dispersa por todo el mundo
y aunque la catequesis transmite la fe en lenguajes culturales muy diferentes,
el Evangelio que se entrega es sólo uno, la confesión de fe es única
y uno sólo el Bautismo: « un solo Señor, una sola fe, un solo
Bautismo, un solo Dios y Padre de todos » (Ef 4,5).
La catequesis es, así, en la Iglesia, el servicio que introduce a los
catecúmenos y catequizandos en la unidad de la confesión de fe.
(353) Por su propia naturaleza alimenta el vínculo de la unidad, (354)
creando la conciencia de pertenecer a una gran comunidad que ni el espacio ni el
tiempo pueden limitar: « Desde el justo Abel hasta el último
elegido; hasta los extremos de la tierra; hasta la consumación del mundo ».
(355)
Carácter histórico del misterio de la salvación
107. La confesión de fe de los discípulos de Jesucristo brota
de una Iglesia peregrina, enviada en misión. No es aún la
proclamación gloriosa del final del camino, sino la que corresponde al
« tiempo de la Iglesia ». (356) La « economía de
la salvación » tiene un carácter histórico, pues se
realiza en el tiempo: « empezó en el pasado, se desarrolló y
alcanzó su cumbre en Cristo; despliega su poder en el presente; y espera
su consumación en el futuro ». (357)
Por eso la Iglesia, al transmitir hoy el mensaje cristiano desde la viva
conciencia que tiene de él, guarda constante « memoria » de los
acontecimientos salvíficos del pasado, narrándolos de generación
en generación. A su luz, interpreta los acontecimientos actuales de la
historia humana, donde el Espíritu de Dios renueva la faz de la tierra y
permanece en una espera confiada de la venida del Señor. En la catequesis
patrística, la narración (narratio) de las maravillas
obradas por Dios y la espera (expectatio) del retorno de Cristo acompañaban
siempre la exposición (explanatio) de los misterios de la fe.
(358)
108. El carácter histórico del mensaje cristiano obliga a la
catequesis a cuidar estos aspectos:
Presentar la historia de la salvación por medio de una
catequesis bíblica que dé a conocer las « obras y
palabras » con las que Dios se ha revelado a la humanidad: las grandes
etapas del Antiguo Testamento, con las que preparó el camino del
Evangelio; (359) la vida de Jesús, Hijo de Dios, encarnado en el seno de
María que con sus hechos y enseñanzas llevó a plenitud la
Revelación; (360) y la historia de la Iglesia, transmisora de esa
Revelación. Esta historia, leída desde la fe, es también
parte fundamental del contenido de la catequesis.
Al explicar el Símbolo de la fe y el contenido de la moral
cristiana por medio de una catequesis doctrinal, el mensaje evangélico ha
de iluminar el « hoy » de la historia de la salvación.
En efecto, « el ministerio de la Palabra no sólo recuerda la
revelación de las maravillas de Dios hechas en el pasado... sino que, al
mismo tiempo, interpreta, a la luz de esta revelación, la vida de los
hombres de nuestra época, los signos de los tiempos y las realidades de
este mundo, ya que en ellos se realiza el designio de Dios para la salvación
de los hombres ». (361)
Situar los sacramentos dentro de la historia de la salvación
por medio de una catequesis mistagógica, que « relee y revive los
acontecimientos de la historia de la salvación en el « hoy » de
la liturgia ». (362) Esta referencia al « hoy » histórico-salvífico
es esencial en esta catequesis. Se ayuda, así, a catecúmenos y
catequizandos « a abrirse a la inteligencia « espiritual » de la
economía de la salvación ». (363)
Las « obras y palabras » de la Revelación remiten al
« misterio contenido en ellas ». (364) La catequesis ayudará a
hacer el paso del signo al misterio. Llevará a descubrir, tras la
humanidad de Jesús, su condición de Hijo de Dios; tras la historia
de la Iglesia, su misterio como « sacramento de salvación »;
tras los « signos de los tiempos », las huellas de la presencia y de
los planes de Dios. La catequesis mostrará, así, el conocimiento
propio de la fe, « que es un conocimiento por medio de signos ». (365)
La inculturación del mensaje evangélico (366)
109. La Palabra de Dios se hizo hombre, hombre concreto, situado en el
tiempo y en el espacio, enraizado en una cultura determinada: « Cristo, por
su encarnación, se unió a las concretas condiciones sociales y
culturales de los hombres con quienes convivió ». (367) Esta es la
originaria « inculturación » de la Palabra de Dios y el modelo
referencial para toda la evangelización de la Iglesia, « llamada a
llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas
». (368)
La « inculturación » (369) de la fe, por la que se «
asumen en admirable intercambio todas las riquezas de las naciones dadas a
Cristo en herencia », (370) es un proceso profundo y global y un camino
lento. (371) No es una mera adaptación externa que, para hacer más
atrayente el mensaje cristiano, se limitase a cubrirlo de manera decorativa con
un barniz superficial. Se trata, por el contrario, de la penetración del
Evangelio en los niveles más profundos de las personas y de los pueblos,
afectándoles « de una manera vital, en profundidad y hasta las
mismas raíces » (372) de sus culturas.
En este trabajo de inculturación, sin embargo, las comunidades
cristianas deberán hacer un discernimiento: se trata de « asumir »,
(373) por una parte, aquellas riquezas culturales que sean compatibles con la
fe; pero se trata también, por otra parte, de ayudar a « sanar »
(374) y « transformar » (375) aquellos criterios, líneas de
pensamiento o estilos de vida que estén en contraste con el Reino de
Dios. Este discernimiento se rige por dos principios básicos: « la
compatibilidad con el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión
con la Iglesia universal ». (376) Todo el pueblo de Dios debe implicarse en
este proceso, que « necesita una gradualidad para que sea verdaderamente
expresión de la experiencia cristiana de la comunidad ». (377)
110. En esta inculturación de la fe, a la catequesis, se le presentan
en concreto diversas tareas. Entre ellas cabe destacar:
Considerar a la comunidad eclesial como principal factor de
inculturación. Una expresión, y al mismo tiempo un instrumento
eficaz de esta tarea, es el catequista que, junto a un sentido religioso
profundo, debe poseer una viva sensibilidad social y estar bien enraizado en su
ambiente cultural. (378)
Elaborar unos Catecismos locales que respondan « a las
exigencias que dimanan de las diferentes culturas », (379) presentando el
Evangelio en relación a las aspiraciones, interrogantes y problemas que
en esas culturas aparecen.
Realizar una oportuna inculturación en el Catecumenado y en
las instituciones catequéticas, incorporando con discernimiento el
lenguaje, los símbolos y los valores de la cultura en que están
enraizados los catecúmenos y catequizandos.
Presentar el mensaje cristiano de modo que capacite para « dar
razón de la esperanza » (1 P 3,15) a los que han de anunciar
el Evangelio en medio de unas culturas a menudo ajenas a lo religioso, y a veces
postcristianas. Una apologética acertada, que ayude al diálogo «
fe-cultura », se hace imprescindible.
La integridad del mensaje evangélico
111. En la tarea de la inculturación de la fe, la catequesis debe
transmitir el mensaje evangélico en toda su integridad y pureza. Jesús
anuncia el Evangelio íntegramente: « Todo lo que he oído a mi
Padre os lo he dado a conocer » (Jn 15,15). Y esta misma integridad
la exige Cristo de sus discípulos, al enviarles a la misión: «
Enseñadles a guardar todo lo que yo os he mandado » (Mt 28,19).
Por eso, un criterio fundamental de la catequesis es el de salvaguardar la
integridad del mensaje, evitando presentaciones parciales o deformadas del
mismo: « A fin de que la "oblación de su fe" sea perfecta,
el que se hace discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la "palabra
de la fe" no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral,
en todo su rigor y su vigor ». (380)
112. Dos dimensiones íntimamente unidas subyacen a este criterio. Se
trata, en efecto de:
Presentar el mensaje evangélico íntegro, sin
silenciar ningún aspecto fundamental o realizar una selección en
el depósito de la fe. (381) La catequesis, al contrario, « debe
procurar diligentemente proponer con fidelidad el tesoro íntegro del
mensaje cristiano ». (382) Esto debe hacerse, sin embargo, gradualmente,
siguiendo el ejemplo de la pedagogía divina, con la que Dios se ha ido
revelando de manera progresiva y gradual. La integridad debe compaginarse con la
adaptación.
La catequesis, en consecuencia, parte de una sencilla proposición de
la estructura íntegra del mensaje cristiano, y la expone de manera
adaptada a la capacidad de los destinatarios. Sin limitarse a esta exposición
inicial, la catequesis, gradualmente, propondrá el mensaje de manera cada
vez más amplia y explícita, según la capacidad del
catequizando y el carácter propio de la catequesis. (383) Estos dos
niveles de exposición íntegra del mensaje son denominados «
integridad intensiva » e « integridad extensiva ».
Presentar el mensaje evangélico auténtico, en
toda su pureza, sin reducir sus exigencias, por temor al rechazo; y sin imponer
cargas pesadas que él no incluye, pues el yugo de Jesús es suave.
(384)
Este criterio acerca de la autenticidad está íntimamente
vinculado al de la inculturación, porque ésta tiene la función
de « traducir » (385) lo esencial del mensaje a un determinado
lenguaje cultural. En esta necesaria tarea, se da siempre una tensión: «
la evangelización pierde mucho de su fuerza si no toma en consideración
al pueblo concreto al que se dirige », pero también « corre el
riesgo de perder su alma y desvanecerse si se vacía o desvirtúa su
contenido, bajo el pretexto de traducirlo ». (386)
113. En esta compleja relación entre inculturación e
integridad del mensaje cristiano, el criterio que debe seguirse es el de una
actitud evangélica de « apertura misionera para la salvación
integral del mundo ». (387) Esta actitud debe saber conjugar la aceptación
de los valores verdaderamente humanos y religiosos, por encima de cerrazones
inmovilistas, con el compromiso misionero de anunciar toda la verdad del
evangelio, por encima de fáciles acomodaciones que llevarían a
desvirtuar el Evangelio y a secularizar la Iglesia. La autenticidad evangélica
excluye ambas actitudes, contrarias al verdadero sentido de la misión.
Un mensaje orgánico y jerarquizado
114. El mensaje que transmite la catequesis tiene « un carácter
orgánico y jerarquizado », (388) constituyendo una síntesis
coherente y vital de la fe. Se organiza en torno al misterio de la Santísima
Trinidad, en una perspectiva cristocéntrica, ya que este misterio es «
la fuente de todos los otros misterios de la fe y la luz que los ilumina ».
(389) A partir de él, la armonía del conjunto del mensaje requiere
una « jerarquía de verdades », (390) por ser diversa la conexión
de cada una de ellas con el fundamento de la fe cristiana. Ahora bien «
esta jerarquía no significa que algunas verdades pertenezcan a la fe
menos que otras, sino que algunas verdades se apoyan en otras como más
principales y son iluminadas por ellas ». (391)
115. Todos los aspectos y dimensiones del mensaje cristiano participan de
esta organicidad jerarquizada:
La historia de la salvación, al narrar las "maravillas de
Dios" (mirabilia Dei), las que hizo, hace y hará por
nosotros, se organiza en torno a Jesucristo, « centro de la historia de la
salvación ». (392) La preparación al Evangelio, en el Antiguo
Testamento, la plenitud de la Revelación en Jesucristo, y el tiempo de la
Iglesia, estructuran toda la historia salvífica, de la que la creación
y la escatología son su principio y su fin.
El Símbolo apostólico muestra cómo la Iglesia ha
querido siempre presentar el misterio cristiano en una síntesis vital.
Este símbolo es el resumen y la clave de lectura de toda la Escritura y
de toda la doctrina de la Iglesia, que se ordena jerárquicamente en torno
a él. (393)
Los sacramentos son, también, un todo orgánico, que
como fuerzas regeneradoras brotan del misterio pascual de Jesucristo, «
formando un organismo en el que cada sacramento particular tiene su lugar vital
». (394) La Eucaristía ocupa en este cuerpo orgánico un
puesto único, hacia el que los demás sacramentos están
ordenados: se presenta como « sacramento de los sacramentos ». (395)
El doble mandamiento del amor, a Dios y al prójimo, es en
el mensaje moral la jerarquía de valores que el propio Jesús
estableció: « De estos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas
» (Mt 22, 40). El amor a Dios y al prójimo, que resumen el
decálogo, si son vividos con el espíritu de las bienaventuranzas
evangélicas, constituyen la carta magna de la vida cristiana que
Jesús proclamó en el sermón del Monte. (396)
El Padre nuestro, condensando la esencia del Evangelio, sintetiza y
jerarquiza las inmensas riquezas de oración contenidas en la Sagrada
Escritura y en toda la vida de la Iglesia. Esta oración, propuesta a sus
discípulos por el propio Jesús, trasluce la confianza filial y los
deseos más profundos con que una persona puede dirigirse a Dios. (397)
Un mensaje significativo para la persona humana
116. La Palabra de Dios, al hacerse hombre, asume la naturaleza humana en
todo menos en el pecado. De este modo, Jesucristo que es « imagen de Dios
invisible » (Col 1,15), es también el hombre perfecto. De ahí
que « en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado ». (398)
La catequesis, al presentar el mensaje cristiano, no sólo muestra quién
es Dios y cuál es su designio salvífico, sino que, como hizo el
propio Jesús, muestra también plenamente quién es el hombre
al propio hombre y cuál es su altísima vocación. (399) La
revelación, en efecto, « no está aislada de la vida, ni
yuxtapuesta artificialmente a ella. Se refiere al sentido último de la
existencia y la ilumina, ya para inspirarla ya para juzgarla, a la luz del
Evangelio ». (400)
La relación del mensaje cristiano con la experiencia humana no es
puramente metodológica, sino que brota de la finalidad misma de la
catequesis, que busca la comunión de la persona humana con Jesucristo.
Jesús, en su vida terrena, vivió plenamente su humanidad: «
trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró
con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre ». (401)
Pues bien, « todo lo que Cristo vivió, hace que podamos vivirlo en
El y que El lo viva en nosotros ». (402) La catequesis actúa sobre
esta identidad de experiencia humana entre Jesús, Maestro, y el discípulo,
y enseña a pensar como El, obrar como El, amar como El. (403) Vivir la
comunión con Cristo es hacer la experiencia de la vida nueva de la
gracia. (404)
117. Por esta razón, eminentemente cristológica, la
catequesis, al presentar el mensaje cristiano, « debe preocuparse por
orientar la atención de los hombres hacia sus experiencias de mayor
importancia, tanto personales como sociales, siendo tarea suya plantear, a la
luz del Evangelio, los interrogantes que brotan de ellas, de modo que se
estimule el justo deseo de transformar la propia conducta ». (405) En este
sentido:
En la primera evangelización, propia del precatecumenado o de
la precatequesis, el anuncio del Evangelio se hará siempre en íntima
conexión con la naturaleza humana y sus aspiraciones, mostrando cómo
satisface plenamente al corazón humano. (406)
En la catequesis bíblica, se ayudará a interpretar la
vida humana actual a la luz de las experiencias vividas por el pueblo de Israel,
por Jesucristo y por la comunidad eclesial, en la cual el Espíritu de
Cristo resucitado vive y opera continuamente.
En la explicitación del Símbolo, la catequesis mostrará
cómo los grandes temas de la fe (creación, pecado original,
Encarnación, Pascua, Pentecostés, escatología...) son
siempre fuente de vida y de luz para el ser humano.
La catequesis moral, al presentar en qué consiste la vida
digna del Evangelio (407) y promover las bienaventuranzas evangélicas
como espíritu que impregna al decálogo, las enraizará en
las virtudes humanas, presentes en el corazón del hombre. (408)
En la catequesis litúrgica, deberá ser constante la
referencia a las grandes experiencia humanas, significadas por los signos y los
símbolos de la acción litúrgica a partir de la cultura judía
y cristiana. (409)
Principio metodológico para la presentación del mensaje
(410)
118. Las normas y criterios señalados en este capítulo y «
que pertenecen a la exposición del contenido de la catequesis, deben ser
aplicadas en las diferentes formas de catequesis: es decir, en la catequesis bíblica
y litúrgica, en el resumen doctrinal, en la interpretación de las
situaciones de la existencia humana, etc. ». (411)
De estos criterios y normas, sin embargo, no puede deducirse el orden que
hay que guardar en la exposición del contenido. En efecto, « es
posible que en la situación actual de la catequesis, razones de método
o de pedagogía aconsejen organizar la comunicación de las riquezas
del contenido de la catequesis de un modo más bien que de otro ».
(412) Se puede partir de Dios para llegar a Cristo, y al contrario; igualmente,
se puede partir del hombre para llegar a Dios, y al contrario. La adopción
de un orden determinado en la presentación del mensaje debe condicionarse
a las circunstancias y a la situación de fe del que recibe la catequesis.
Hay que escoger el itinerario pedagógico más adaptado a las
circunstancias por las que atraviesa la comunidad eclesial o los destinatarios
concretos a los que se dirige la catequesis. De aquí la necesidad de
investigar cuidadosamente y de encontrar los caminos y los modos que mejor
respondan a las diversas situaciones.
Corresponde a los Obispos dar normas más precisas en esta materia y
aplicarlas mediante Directorios catequéticos, Catecismos para diferentes
edades y situaciones culturales, y con otros medios que parezcan oportunos.
(413)
CAPITULO II
« Esta es nuestra fe, ésta es la fe
de la Iglesia »
« Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar,
para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el
hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena »
(2 Tm 3,16). « Mantenéos firmes y conservad las
tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta »
preparado para toda obra buena » (2 Ts 2,15).
119. Este capítulo reflexiona sobre el contenido de la catequesis tal
como la Iglesia lo expone en las síntesis de fe que oficialmente elabora
y propone en sus Catecismos.
La Iglesia ha dispuesto siempre de formulaciones de la fe que, en forma
breve, condensan lo esencial de lo que Ella cree y vive: textos
neotestamentarios, símbolos o credos, fórmulas litúrgicas,
plegarias eucarísticas. Más tarde ha considerado también
conveniente explicitar de modo más amplio la fe, a manera de una síntesis
orgánica, por medio de los Catecismos que, en numerosas Iglesias locales,
se han ido elaborando en estos últimos siglos. En dos momentos históricos,
con ocasión del concilio de Trento y en nuestros días, se ha
considerado oportuno ofrecer una exposición orgánica de la fe
mediante un Catecismo de carácter universal, como punto de referencia
para la catequesis en toda la Iglesia. Así, en efecto, ha procedido Juan
Pablo II, al promulgar el Catecismo de la Iglesia Católica el 11
de octubre de 1992.
El presente capítulo trata de situar estos instrumentos oficiales de
la Iglesia, como son los Catecismos, en relación a la actividad o práctica
catequética.
En primer lugar reflexionará sobre el Catecismo de la Iglesia Católica,
procurando clarificar el papel que le corresponde desempeñar en el
conjunto de la catequesis eclesial. Se analiza, después, la necesidad de
los Catecismos locales, que tienen por objeto adaptar el contenido de la fe a
las diferentes situaciones y culturas y se ofrecerán algunas
orientaciones para facilitar su elaboración. La Iglesia, al contemplar la
riqueza del contenido de la fe expuesta en estos instrumentos que los propios
Obispos proponen al Pueblo de Dios y que, a modo de « sinfonía »
(414) expresan lo que Ella cree, celebra, vive y proclama: « Esta es
nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia ».
El Catecismo de la Iglesia Católica y el Directorio General para
la Catequesis
120. El Catecismo de la Iglesia Católica y el Directorio General para
la Catequesis son dos instrumentos distintos y complementarios, al servicio de
la acción catequizadora de la Iglesia:
El Catecismo de la Iglesia Católica es « una exposición
de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e
iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el
Magisterio de la Iglesia ». (415)
El Directorio General para la Catequesis es la proposición de «
unos principios teológico-pastorales de carácter fundamental,
tomados del Magisterio de la Iglesia y particularmente del Concilio Ecuménico
Vaticano II, por los que pueda orientarse y regirse más adecuadamente »
(416) la actividad catequética de la Iglesia.
Ambos instrumentos, cada uno en su género y desde su específica
autoridad, se complementan mutuamente:
El Catecismo de la Iglesia Católica es un acto del Magisterio
del Papa por el que, en nuestro tiempo, sintetiza normativamente, en virtud de
la Autoridad apostólica, la totalidad de la fe católica y la
ofrece, ante todo a las Iglesias particulares, como punto de referencia para la
exposición auténtica del contenido de la fe.
El Directorio General para la Catequesis, por su parte, tiene el
valor que la Santa Sede ordinariamente otorga a estos instrumentos de orientación,
al aprobarlos y confirmarlos. Es un instrumento oficial para la transmisión
del mensaje evangélico y para el conjunto del acto de catequizar.
El carácter de complementariedad de ambos instrumentos
justifica, como se indica en el Prefacio, que el presente Directorio General
para la Catequesis no tenga que dedicar un capítulo a la exposición
de los contenidos de la fe, como lo hacía el Directorio de 1971 bajo el título:
« Principales elementos del mensaje cristiano ». (417) Por eso, en lo
concerniente al contenido del mensaje, el Directorio General para la Catequesis
remite al Catecismo de la Iglesia Católica, del cual quiere ser el
instrumento metodológico para su aplicación concreta.
La presentación del Catecismo de la Iglesia Católica, que
seguidamente se hace, no ha sido elaborada ni para resumir ni para justificar
dicho instrumento del Magisterio, sino para procurar una mejor comprensión
y recepción del Catecismo en la actividad catequética.
El Catecismo de la iglesia católica
Finalidad y naturaleza del Catecismo de la Iglesia Católica
121. El propio Catecismo de la Iglesia Católica indica, en su prólogo,
el fin que persigue: « Este catecismo tiene por fin presentar una exposición
orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales
de la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz
del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia ».
(418)
El Magisterio de la Iglesia con el Catecismo de la Iglesia Católica
ha querido ofrecer un servicio eclesial para nuestro tiempo, reconociéndolo:
« Instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión
eclesial ». (419) Desea fomentar el vínculo de unidad al
facilitar en los discípulos de Jesucristo « la profesión de
una misma fe recibida de los apóstoles ». (420)
« Norma segura para la enseñanza de la fe ».
(421) Ante el legítimo derecho de todo bautizado de conocer lo que la
Iglesia ha recibido y cree, el Catecismo de la Iglesia Católica ofrece
una respuesta clara. Es, por ello, referente fundamental para la catequesis y
para las demás formas del ministerio de la Palabra.
« Punto de referencia para los catecismos o compendios
que se redacten en las diversas regiones ». (422) El Catecismo de la
Iglesia Católica, en efecto, no está destinado a sustituir a los
catecismos locales, (423) sino a « alentar y facilitar la redacción
de nuevos catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y
culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la
doctrina católica ». (424)
La naturaleza o carácter propio de este documento del Magisterio
consiste en el hecho de que se presenta como síntesis orgánica de
la fe de valor universal. En esto difiere de otros documentos del Magisterio,
que no pretenden ofrecer dicha síntesis. Es diferente también de
los Catecismos locales, los cuales, aunque elaborados en la comunión
eclesial, se destinan, sin embargo, al servicio de una porción
determinada del Pueblo de Dios.
La articulación del Catecismo de la Iglesia Católica
122. El Catecismo de la Iglesia Católica se articula en torno a
cuatro dimensiones fundamentales de la vida cristiana: la profesión de
fe, la celebración litúrgica, la moral evangélica y la
oración. Las cuatro brotan de un mismo núcleo, el misterio
cristiano, que:
« es el objeto de la fe (primera parte);
es celebrado y comunicado en las acciones litúrgicas (segunda
parte);
está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en
su obrar (tercera parte);
es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión
privilegiada es el « Padre nuestro », y que constituye el objeto de
nuestra petición, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta
parte) ». (425)
Esta articulación cuatripartita desarrolla los aspectos esenciales de
la fe:
creer en Dios creador, Uno y Trino, y en su designio salvífico;
ser santificado por El en la vida sacramental;
amarle con todo el corazón y amar al prójimo como a sí
mismo;
orar esperando la venida de su Reino y el encuentro cara a cara con
El.
El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere así a la fe creída,
celebrada, vivida y hecha oración y constituye una llamada a una educación
cristiana integral.
La articulación del Catecismo de la Iglesia Católica remite a
la unidad profunda de la vida cristiana. En él se hace explícita
la interrelación entre « lex orandi », « lex
credendi » y « lex vivendi ». « La Liturgia es,
por sí misma, oración; la confesión de fe tiene su justo
lugar en la celebración del culto. La gracia, fruto de los sacramentos,
es la condición insustituible del obrar cristiano, igual que la
participación en la liturgia requiere la fe. Si la fe no se concreta en
obras permanece muerta y no puede dar frutos de vida eterna ». (426)
Con esta articulación tradicional en torno a los cuatro pilares que
sostienen la transmisión de la fe (símbolo, sacramentos, decálogo,
Padre nuestro), (427) el Catecismo de la Iglesia Católica se ofrece
como referente doctrinal en la educación de las cuatro tareas básicas
de la catequesis (428) y para la elaboración de Catecismos locales, pero
no pretende imponer ni a aquélla ni a éstos una configuración
determinada. El modo más adecuado de ordenar los elementos del contenido
de la catequesis debe responder a las respectivas circunstancias concretas y no
se debe establecer a través del Catecismo común. (429) La
exquisita fidelidad a la doctrina católica es compatible con una rica
diversidad en el modo de presentarla.
La inspiración del Catecismo de la Iglesia Católica: el
cristocentrismo trinitario y la sublimidad de la vocación de la persona
humana
123. El eje central de la articulación del Catecismo de la Iglesia
Católica es Jesucristo, « camino, verdad y vida » (Jn 14,6).
El Catecismo de la Iglesia Católica, centrado en Jesucristo, se abre
en dos direcciones: hacia Dios y hacia la persona humana.
El misterio de Dios, Uno y Trino, y su economía salvífica,
inspira y jerarquiza desde dentro al Catecismo de la Iglesia Católica en
su conjunto, así como a cada una de sus partes. La profesión de
fe, la liturgia, la moral evangélica y la oración tienen, en el
Catecismo de la Iglesia Católica, una inspiración trinitaria, que
atraviesa toda la obra como hilo conductor. (430) Este elemento central
inspirador contribuye a dar al texto un profundo carácter religioso.
El misterio de la persona humana es presentado por el Catecismo de la
Iglesia Católica a lo largo de sus páginas y, sobre todo, en
algunos capítulos especialmente significativos: « El hombre es capaz
de Dios », « La creación del hombre », « El Hijo de
Dios se hizo hombre », « La vocación del hombre: la vida en el
Espíritu »... y otros más. (431) Esta doctrina, contemplada a
la luz de la naturaleza humana de Jesús, hombre perfecto, muestra la altísima
vocación y el ideal de perfección a la que toda persona humana es
llamada.
En verdad, toda la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica
queda sintetizada en este pensamiento conciliar: « Jesucristo, en la misma
revelación del Padre y de su amor, manifiesta plenamente lo que es el
hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».
(432)
El género literario del Catecismo de la Iglesia Católica
124. Es importante descubrir el género literario del Catecismo de la
Iglesia Católica para respetar la función que la autoridad de la
Iglesia le atribuye en el ejercicio y renovación de la actividad catequética
en nuestro tiempo.
Los rasgos principales que definen el género literario del Catecismo
de la Iglesia Católica son:
El Catecismo de la Iglesia Católica es, ante todo, un
catecismo; es decir, un texto oficial del Magisterio de la Iglesia que, con
autoridad, recoge de forma precisa, a modo de síntesis orgánica,
los acontecimientos y verdades salvíficas fundamentales, que expresan la
fe común del pueblo de Dios, y que constituyen la referencia básica
e indispensable para la catequesis.
Por ser un catecismo, el Catecismo de la Iglesia Católica
recoge lo que es básico y común en la vida cristiana, sin proponer
como doctrina de fe interpretaciones particulares, que no son sino opiniones
privadas o pareceres de alguna escuela teológica. (433)
El Catecismo de la Iglesia Católica es, por otra parte, un
catecismo de carácter universal, ofrecido a toda la Iglesia. En él
se presenta una síntesis actualizada de la fe, que incorpora la doctrina
del Concilio Vaticano II y los interrogantes religiosos y morales de nuestra época.
Pero, « por su misma finalidad, este catecismo no se propone dar una
respuesta adaptada, tanto en el contenido como en el método, a las
exigencias que dimanan de las diferentes culturas, de las edades, de la vida
espiritual y de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se
dirige la catequesis. Estas indispensables adaptaciones corresponden a
catecismos propios de cada lugar, y más aún a aquellos que toman a
su cargo instruir a los fieles ». (434)
El depósito de la fe y el Catecismo de la Iglesia Católica
125. El Concilio Vaticano II se propuso como tarea principal la de custodiar
y explicar mejor el depósito precioso de la doctrina cristiana, con el
fin de hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los hombres
de buena voluntad.
El contenido de este depósito es la Palabra de Dios, custodiada en la
Iglesia. El Magisterio de la Iglesia, habiéndose propuesto elaborar un
texto de referencia para la enseñanza de la fe, ha elegido de este
precioso tesoro las cosas nuevas y antiguas que ha considerado más
convenientes para el fin pretendido. El Catecismo de la Iglesia Católica
se presenta así como un servicio fundamental: ayudar a que el anuncio del
Evangelio y la enseñanza de la fe, que toman su mensaje del depóstio
de la Tradición y de la Sagrada Escritura confiado a la Iglesia se
realicen con total autenticidad. El Catecismo de la Iglesia Católica no
es la única fuente de la catequesis, ya que, como acto del Magisterio, no
está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Pero es un
acto, especialmente relevante, de interpretación auténtica de esa
Palabra, con el propósito de ayudar a que el Evangelio sea anunciado y
transmitido en toda su verdad y pureza.
126. A la luz de esta relación del Catecismo de la Iglesia Católica
respecto al depósito de la fe conviene esclarecer dos cuestiones de vital
importancia para la catequesis:
la relación de la Sagrada Escritura y el Catecismo de la
Iglesia Católica como puntos de referencia para el contenido de la
catequesis;
la relación entre la tradición catequética de
los Padres de la Iglesia, con su riqueza de contenidos y comprensión del
proceso catequético, y el Catecismo de la Iglesia Católica.
La Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica y la
catequesis
127. La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II,
subraya la importancia fundamental de la Sagrada Escritura en la vida de la
Iglesia. La Sagrada Escritura es presentada, juntamente con la Sagrada Tradición,
« como regla suprema de la fe », ya que transmite «
inmutablemente la palabra del mismo Dios y, en las palabras de los Apóstoles
y los Profetas, hace resonar la voz del Espíritu Santo ». (435) Por
eso la Iglesia quiere que, en todo el ministerio de la Palabra, la Sagrada
Escritura tenga un puesto preeminente. La catequesis, en concreto, debe ser «
una auténtica introducción a la 'lectio divina', es decir, a la
lectura de la Sagrada Escritura, hecha según el Espíritu que
habita en la Iglesia ». (436)
En este sentido, « hablar de la Tradición y de la Escritura como
fuentes de la catequesis es subrayar que ésta ha de estar totalmente
impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas
y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los mismos
textos; y es también recordar que la catequesis será tanto más
rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón
de la Iglesia ». (437) En esta lectura eclesial de la Escritura, hecha a la
luz de la Tradición, el Catecismo de la Iglesia Católica desempeña
un papel muy importante.
128. La Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica se
presentan como dos puntos de referencia para inspirar toda la acción
catequizadora de la Iglesia en nuestro tiempo:
En efecto, la Sagrada Escritura, como « Palabra de Dios escrita
bajo la inspiración del Espíritu Santo » (438) y el Catecismo
de la Iglesia Católica, como expresión relevante actual de la
Tradición viva de la Iglesia y norma segura para la enseñanza de
la fe, están llamados, cada uno a su modo y según su específica
autoridad, a fecundar la catequesis en la Iglesia contemporánea.
La catequesis transmite el contenido de la Palabra de Dios según
las dos modalidades con que la Iglesia lo posee, lo interioriza y lo vive: como
narración de la Historia de la Salvación y como explicitación
del Símbolo de la fe. La Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia
Católica han de inspirar tanto la catequesis bíblica como la
catequesis doctrinal, que canalizan ese contenido de la Palabra de Dios.
Es importante que, en el desarrollo ordinario de la catequesis, los
catecúmenos y catequizandos puedan apoyarse tanto en la Sagrada Escritura
como en el Catecismo local. La catequesis, en definitiva, no es otra cosa que la
transmisión, vital y significativa, de estos documentos de la fe. (439)
La tradición catequética de los Santos Padres y el
Catecismo de la Iglesia Católica
129. En el « depósito de la fe », junto con la Escritura,
está contenida toda la Tradición de la Iglesia. « Los dichos
de los Santos Padres atestiguan la presencia vivificante de esta Tradición,
cuyas riquezas se infunden en la práctica y la vida de la Iglesia
creyente y orante ». (440)
En referencia a tanta riqueza doctrinal y pastoral, algunos aspectos merecen
destacarse:
La importancia decisiva que los Padres atribuyen al Catecumenado
bautismal en la configuración de las Iglesias particulares.
La concepción gradual y progresiva de la formación
cristiana, estructurada en etapas. (441) Los Padres configuran el catecumenado
inspirándose en la pedagogía divina. En el proceso catecumenal, el
catecúmeno, como el pueblo de Israel, recorre un camino para llegar a la
tierra de la promesa: la identificación bautismal con Cristo. (442)
La estructuración del contenido de la catequesis según
las etapas de ese proceso. En la catequesis patrística, la « narración
» de la historia de la salvación era lo primero. Después,
avanzada la Cuaresma, se hacían las entregas del Símbolo y del
Padre nuestro y se procedía a su « explicación », con
todas sus implicaciones morales. La catequesis mistagógica, una vez
celebrados los sacramentos de la iniciación, ayudaba a interiorizarlos y
gustarlos.
130. El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, aporta a la
catequesis la gran tradición de los catecismos. (443) De la gran riqueza
de esta tradición, también aquí algunos aspectos merecen
destacarse:
La dimensión cognoscitiva o veritativa de la fe. Esta no es sólo
adhesión vital a Dios sino también asentimiento intelectual y de
la voluntad a la verdad revelada. Los catecismos recuerdan constantemente a la
Iglesia la necesidad de que los fieles, aunque sea de modo sencillo, tengan un
conocimiento orgánico de la fe.
La educación de la fe, enraizada en todas las fuentes de las
que brota, abarca diferentes dimensiones: una fe profesada, celebrada, vivida y
hecha oración.
La riqueza de la tradición patrística y la de los catecismos
confluye en la catequesis actual de la Iglesia, enriqueciéndola tanto en
su misma concepción como en sus contenidos. Recuerdan a la catequesis los
siete elementos básicos que la configuran: las tres etapas de la narración
de la Historia de la salvación: el Antiguo Testamento, la vida de
Jesucristo y la historia de la Iglesia; y los cuatro pilares de la exposición:
el Símbolo, los Sacramentos, el Decálogo y el Padre nuestro. Con
estas siete piezas maestras, base tanto del proceso de la catequesis de
iniciación como del proceso permanente de maduración cristiana,
pueden construirse edificios de diversa arquitectura o articulación, según
los destinatarios o las diferentes situaciones culturales.
Los Catecismos en las iglesias locales
Los Catecismos locales: su necesidad (444)
131. El Catecismo de la Iglesia Católica se ofrece a todos los fieles
y a todo hombre que quiera conocer lo que la Iglesia cree; (445) y, de modo muy
particular, « se destina a alentar y facilitar la redacción de
nuevos catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y
culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la
doctrina católica ». (446)
Los Catecismos locales, en efecto, elaborados o aprobados por Obispos
diocesanos o por Conferencias Episcopales, (447) son instrumentos inapreciables
para la catequesis, « llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón
de la cultura y de las culturas ». (448) Por esta razón, Juan Pablo
II ha dirigido un cálido llamamiento a las Conferencias episcopales de
todo el mundo, diciéndoles:
« Emprendan, con paciencia, pero también con firme resolución,
el imponente trabajo a realizar de acuerdo con la Sede Apostólica, para
lograr catecismos fieles a los contenidos esenciales de la Revelación, y
puestos al día en lo que se refiere al método, capaces de educar
en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos ».
(449)
Por medio de los Catecismos locales, la Iglesia actualiza la « pedagogía
divina » (450) que Dios utilizó en la Revelación, al adaptar
su lenguaje a nuestra naturaleza con su providencia solícita. (451) En
los Catecismos locales, la Iglesia comunica el Evangelio de una manera muy
accesible a la persona humana, para que ésta pueda realmente percibirlo
como buena noticia de salvación. Los Catecismos locales se
convierten, así, en expresión palpable de la admirable «
condescendencia » (452) de Dios y de su « amor inefable » (453)
al mundo.
El género literario de un Catecismo local
132. Tres rasgos principales caracterizan a todo catecismo, asumido como
propio de una Iglesia local: su carácter oficial, la síntesis orgánica
y básica de la fe que ofrece y el hecho de ser ofrecido, junto a la
Sagrada Escritura, como punto de referencia para la catequesis.
El Catecismo local, en efecto, es texto oficial de la Iglesia. De
alguna forma visibiliza la « entrega del Símbolo » y la «
entrega del Padre nuestro » a los catecúmenos y a los que van a ser
bautizados. Es la expresión, por tanto, de un acto de tradición.
El carácter oficial del Catecismo local establece una distinción
cualitativa respecto a los demás instrumentos de trabajo, útiles
en la pedagogía catequética (textos didácticos, catecismos
no oficiales, guías del catequista...).
Todo catecismo es, además, un texto de base y de carácter
sintético, en el que se presentan, de manera orgánica y atendiendo
a la « jerarquía de verdades », los acontecimientos y verdades
fundamentales del misterio cristiano.
El Catecismo local presenta, en su organicidad, un compendio de los «
documentos de la Revelación y de la tradición cristiana »,
(454) que son ofrecidos en la rica diversidad de « lenguajes » en que
se expresa la Palabra de Dios.
El Catecismo local se ofrece, finalmente, como punto de referencia
inspirador de la catequesis. La Sagrada Escritura y el Catecismo son los dos
documentos doctrinales de base en el proceso de catequización, para tener
siempre a mano. Siendo uno y otro los instrumentos primordiales, no son los únicos:
se requieren otros instrumentos de trabajo más inmediatos. (455) Por
tanto, es legítimo preguntarse si un Catecismo oficial debe incluir
elementos pedagógicos o, por el contrario, debe limitarse a ser una síntesis
doctrinal, ofreciendo sólo las fuentes.
En cualquier caso, al ser el catecismo un instrumento para el acto catequético,
que es acto de comunicación, responde siempre a una clara inspiración
pedagógica, y siempre debe transparentar, dentro de su género, la
pedagogía divina. Las cuestiones más claramente metodológicas
son, ordinariamente, más propias de otros instrumentos.
Los aspectos de la adaptación en un Catecismo local(456)
133. El Catecismo de la Iglesia Católica indica cuáles son los
aspectos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de adaptar o contextualizar
la síntesis orgánica de la fe que todo Catecismo local debe
ofrecer. Esta síntesis de fe debe responder a las exigencias que dimanan
de « las diferentes culturas, de las edades, de la vida espiritual, de las
situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis
». (457) También el Concilio Vaticano II afirma con énfasis
la necesidad de adaptar el mensaje evangélico: « Esta predicación
acomodada de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda evangelización
». (458) Según esto:
Un Catecismo local ha de presentar la síntesis de fe en
referencia a la cultura concreta en que viven inmersos los catecúmenos y
catequizandos. Incorporará, por tanto, todas aquellas « expresiones
originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos »,
(459) surgidas de la propia tradición cultural y que son fruto del
trabajo y de la inculturación de la Iglesia local.
Un Catecismo local, « fiel al mensaje y fiel a la persona humana
», (460) presenta el misterio cristiano de modo significativo y cercano a
la psicología y mentalidad de la edad del destinatario concreto y, en
consecuencia, en clara referencia a las experiencias nucleares de su vida. (461)
También se debe cuidar, de manera muy especial, la forma
concreta de vivir el hecho religioso en una sociedad determinada. No es lo mismo
ofrecer un Catecismo en un ambiente de marcada indiferencia religiosa que en un
contexto de honda religiosidad. (462) El tratamiento, en concreto, de la relación
« fe-ciencia » ha de estar muy cuidado en todo catecismo.
La problemática social circundante, al menos en sus elementos
estructurantes más profundos (económicos, políticos,
familiares...), es un factor importante para contextualizar el Catecismo. Inspirándose
en la doctrina social de la Iglesia, el Catecismo sabrá ofrecer
criterios, motivaciones y pautas de acción que iluminen la presencia
cristiana en medio de esa problemática. (463)
Finalmente, la situación eclesial concreta que vive la Iglesia
particular es, sobre todo, el contexto obligado al que referir el Catecismo.
Obviamente, no las situaciones coyunturales, a las que se atiende mediante otros
escritos magisteriales, sino la situación más permanente que
reclama una evangelización con acentos más específicos y
determinados. (464)
La creatividad de las Iglesias locales respecto a la elaboración
de Catecismos
134. Las Iglesias locales, en la tarea de adaptar, contextualizar e
inculturar el mensaje evangélico a las diferentes edades, situaciones y
culturas, por medio de los Catecismos, necesitan una certera y madura
creatividad. Del depositum fidei, confiado a la Iglesia, las Iglesias
locales han de seleccionar, estructurar y expresar, bajo la guía del Espíritu
Santo, Maestro interior, todos aquellos elementos con los que transmitir, en una
situación determinada, el Evangelio en toda su autenticidad.
En esta difícil tarea, el Catecismo de la Iglesia Católica es «
punto de referencia » para garantizar la unidad de la fe. El presente
Directorio General para la Catequesis, por su parte, ofrece los criterios básicos
que deben orientar la presentación del mensaje cristiano.
135. En la elaboración de los Catecismos locales conviene recordar lo
siguiente:
Se trata, ante todo, de elaborar verdaderos Catecismos adaptados e
inculturados. En este sentido conviene distinguir entre lo que es un Catecismo,
que actualiza el mensaje cristiano a las distintas edades, situaciones y
culturas, y lo que es una mera síntesis del Catecismo de la Iglesia Católica,
como instrumento de introducción al estudio del mismo. Son dos géneros
diferentes. (465)
Los Catecismos locales pueden tener un carácter diocesano,
regional o nacional. (466)
Atendiendo a la estructuración de los contenidos, los
diferentes Episcopados publican, de hecho, Catecismos con diversas
articulaciones o configuraciones. Como ya se ha indicado, el Catecismo de la
Iglesia Católica es propuesto como referente doctrinal, pero no quiere
imponerse con él, para toda la Iglesia, una configuración
determinada de catecismo. Hay, así, Catecismos con una configuración
trinitaria, otros se estructuran según las etapas de la historia de la
salvación, otros siguiendo un tema bíblico o teológico de
gran densidad (Alianza, Reino de Dios, etc.), otros lo hacen según las
dimensiones de la fe, otros siguiendo el año litúrgico.
Atendiendo a la manera de expresar el mensaje evangélico, la
creatividad de un Catecismo incide, también, en la misma formulación
del contenido. (467) Evidentemente, un catecismo debe ser fiel al depósito
de la fe en el modo de expresar la sustancia doctrinal del mensaje cristiano: «
Las Iglesias particulares profundamente compenetradas no sólo con las
personas, sino con las aspiraciones, las riquezas y límites, las maneras
de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo que distinguen a tal o cual
conjunto humano, tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje
evangélico, de traducirlo, sin la menor traición a su verdad
esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden y de anunciarlo después
en ese mismo lenguaje ». (468)
El principio a seguir en esta delicada tarea es el indicado por el Concilio
Vaticano II: « buscar siempre el modo más apropiado de comunicar la
doctrina a los hombres de nuestra época, porque una cosa es el depósito
mismo de la fe, o sea sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas,
conservando el mismo sentido y el mismo significado ». (469)
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales: la «
sinfonía » de la fe
136. El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales,
naturalmente con la específica autoridad de cada uno, forman una unidad.
Son la expresión concreta de la « unidad en la misma fe apostólica
» (470) y, al mismo tiempo, de la rica diversidad de la formulación
de esa misma fe.
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales juntos,
al contemplar su armonía, muestran la sinfonía de la fe: una
sinfonía, ante todo, interna al mismo Catecismo de la Iglesia Católica,
elaborado con la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica;
y una sinfonía derivada de él y manifestada en los Catecismos
locales. Esta « sinfonía », este « coro de voces de la
Iglesia universal », (471) manifestada en los Catecismos locales, fieles al
Catecismo de la Iglesia Católica, tiene un significado teológico
importante:
Expresa, ante todo, la catolicidad de la Iglesia. Las riquezas
culturales de los pueblos se incorporan a la expresión de la fe de la única
Iglesia.
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales
manifiestan también la comunión eclesial de la que la «
profesión de una sóla fe » (472) es uno de sus vínculos
visibles. Las Iglesias particulares, « en las cuales y partir de las cuales
existe la Iglesia católica, una y única », (473) forman con
el todo, con la Iglesia universal, « una peculiar relación de mutua
interioridad ». (474) La unidad entre el Catecismo de la Iglesia Católica
y los Catecismos locales visibiliza esa comunión.
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales
expresan, igualmente, de forma palpable, la realidad de la colegialidad
episcopal. Los obispos, cada uno en su diócesis, y juntos como colegio,
en comunión con el sucesor de Pedro, tienen la máxima
responsabilidad de la catequesis en la Iglesia. (475)
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales, por su
unidad profunda y su rica diversidad, están llamados a ser fermento
renovador de la catequesis en la Iglesia. Al contemplarlos con una mirada católica
y universal, la Iglesia, es decir, la entera comunidad de discípulos de
Cristo puede decir en verdad: « ¡Esta es nuestra fe, ésta es la
fe de la Iglesia! ».
TERCERA PARTE
LA PEDAGOGIA DE LA FE
« Yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole
por los brazos... Con lazos humanos los atraía, con lazos de amor, y era
para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba
hacia él y le daba de comer » (Os 11,3-4). «
Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le
preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: A vosotros se os ha dado el
misterio del Reino de Dios. A sus propios discípulos se lo explicaba todo
en privado » (Mc 4,10-11.34).
« Uno solo es vuestro Maestro, Cristo » (Mt 23,10)
137. Jesús cuidó atentamente la formación de los discípulos
que envió en misión. Se presentó a ellos como el único
Maestro y al mismo tiempo amigo paciente y fiel; (476) su vida entera fue una
continua enseñanza; (477) estimulándoles con acertadas preguntas
(478) les explicó de una manera más profunda cuanto anunciaba a
las gentes; (479) les inició en la oración; (480) les envió
de dos en dos a prepararse para la misión; (481) les prometió
primero y envió después el Espíritu del Padre para que les
guiara a la verdad plena (482) y les sostuviera en los inevitables momentos de
dificultad. (483) Jesucristo es « el Maestro que revela a Dios a los
hombres y al hombre a sí mismo; el Maestro que salva, santifica y guía,
que está vivo, que habla, exige, que conmueve, que endereza, juzga,
perdona, camina diariamente con nosotros en la historia; el Maestro que viene y
que vendrá en la gloria ». (484) En Jesucristo, Señor y
Maestro, la Iglesia encuentra la gracia transcendente, la inspiración
permanente, el modelo convincente para toda comunicación de la fe.
Significado y finalidad de esta parte
138. En la escuela de Jesús Maestro, el catequista une estrechamente
su acción de persona responsable con la acción misteriosa de la
gracia de Dios. La catequesis es, por esto, ejercicio de una « pedagogía
original de la fe ». (485)
La transmisión del Evangelio por medio de la Iglesia es, ante todo y
siempre, obra del Espíritu Santo y tiene en la revelación el
fundamento y la norma básica, tal como se expone en el primer capítulo
de esta parte.
Pero el Espíritu se vale de personas que reciben la misión de
anunciar el Evangelio y cuyas capacidades y experiencias humanas entran a formar
parte de la pedagogía de la fe.
Brotan de aquí una serie de cuestiones ampliamente tratadas a lo
largo de la historia de la catequesis, referentes al acto catequético, a
las fuentes, a los métodos, a los destinatarios y al proceso de
inculturación.
En el capítulo segundo no se pretende hacer un tratamiento exhaustivo
de ellas, sino que se exponen sólo aquellos puntos que tienen hoy
particular importancia para toda la Iglesia. Corresponderá a los
directorios y a otros instrumentos de trabajo de las distintas Iglesias
particulares considerar de manera apropiada los problemas específicos.
CAPITULO I
La pedagogía de Dios, fuente y modelo de
la pedagogía de la fe (486)
La pedagogía de Dios
139. « Como a hijos os trata Dios; y ¿qué hijo hay a quien
su padre no corrige? » (Hb 12,7). La salvación de la
persona, que es el fin de la revelación, se manifiesta también
como fruto de una original y eficaz « pedagogía de Dios » a lo
largo de la historia. En analogía con las costumbres humanas y según
las categorías culturales de cada tiempo, la Sagrada Escritura nos
presenta a Dios como un padre misericordioso, un maestro, un sabio (487) que
toma a su cargo a la persona individuo y comunidad en las
condiciones en que se encuentra, la libera de los vínculos del mal, la
atrae hacia sí con lazos de amor, la hace crecer progresiva y
pacientemente hacia la madurez de hijo libre, fiel y obediente a su palabra. A
este fin, como educador genial y previsor, Dios transforma los acontecimientos
de la vida de su pueblo en lecciones de sabiduría (488) adaptándose
a las diversas edades y situaciones de vida. A través de la instrucción
y de la catequesis pone en sus manos un mensaje que se va transmitiendo de
generación en generación, (489) lo corrige recordándole el
premio y el castigo, convierte en formativas las mismas pruebas y sufrimientos.
(490) En realidad, favorecer el encuentro de una persona con Dios, que es tarea
del catequista, significa poner en el centro y hacer propia la relación
que Dios tiene con la persona y dejarse guiar por El.
La pedagogía de Cristo
140. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a la humanidad a
su Hijo, Jesucristo. El entregó al mundo el don supremo de la salvación,
realizando su misión redentora a través de un proceso que
continuaba la « pedagogía de Dios », con la perfección y
la eficacia inherente a la novedad de su persona. Con las palabras, signos,
obras de Jesús, a lo largo de toda su breve pero intensa vida, los discípulos
tuvieron la experiencia directa de los rasgos fundamentales de la « pedagogía
de Jesús », consignándolos después en los evangelios:
la acogida del otro, en especial del pobre, del pequeño, del pecador como
persona amada y buscada por Dios; el anuncio genuino del Reino de Dios como
buena noticia de la verdad y de la misericordia del Padre; un estilo de amor
tierno y fuerte que libera del mal y promueve la vida; la invitación
apremiante a un modo de vivir sostenido por la fe en Dios, la esperanza en el
Reino y la caridad hacia el prójimo; el empleo de todos los recursos
propios de la comunicación interpersonal, como la palabra, el silencio,
la metáfora, la imagen, el ejemplo, y otros tantos signos, como era
habitual en los profetas bíblicos. Invitando a los discípulos a
seguirle totalmente y sin condiciones, (491) Cristo les enseña la pedagogía
de la fe en la medida en que comparten plenamente su misión y su destino.
La pedagogía de la Iglesia
141. Desde sus comienzos la Iglesia, que es « en Cristo como un
sacramento », (492) vive su misión en continuidad visible y actual
con la pedagogía del Padre y del Hijo. Ella, « siendo nuestra Madre
es también educadora de nuestra fe ». (493)
Estas son las razones profundas por las que la comunidad cristiana es en sí
misma catequesis viviente. Siendo lo que es, anuncia, celebra, vive y permanece
siempre como el espacio vital indispensable y primario de la catequesis.
La Iglesia ha generado a lo largo de los siglos un incomparable patrimonio
de pedagogía de la fe: sobre todo el testimonio de las catequistas y de
los catequistas santos; una variedad de vías y formas originales de
comunicación religiosa como el catecumenado, los catecismos, los
itinerarios de vida cristiana; un valioso tesoro de enseñanzas catequéticas,
de expresiones culturales de la fe, de instituciones y servicios de la
catequesis. Todos estos aspectos constituyen la historia de la catequesis y
entran con derecho propio en la memoria de la comunidad y en el quehacer del
catequista.
La pedagogía divina, acción del Espíritu Santo en
todo cristiano
142. « Dichoso el hombre a quien corriges tú, Yahvéh, a
quien instruyes con tu ley ».(9 Sal 94,12) En la escuela de la
Palabra de Dios acogida en la Iglesia, gracias al don del Espíritu Santo
enviado por Cristo, el discípulo crece como su Maestro en « sabiduría,
edad y gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2,52) y es ayudado
para que se desarrolle en él la « educación divina »
recibida, mediante la catequesis y las aportaciones de la ciencia y de la
experiencia. (494) De este modo, conociendo cada vez más el misterio de
la salvación, aprendiendo a adorar a Dios Padre y « siendo sinceros
en el amor », trata de « crecer en todo hacia Aquel que es la cabeza,
Cristo » (Ef 4,15).
Se puede decir que la pedagogía de Dios alcanza su meta cuando el
discípulo llega « al estado de hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud de Cristo » (Ef 4,13). Por eso no se puede ser maestro y
pedagogo de la fe de otros, sino se es discípulo convencido y fiel de
Cristo en su Iglesia.
Pedagogía divina y catequesis
143. La catequesis, en cuanto comunicación de la Revelación
divina, se inspira radicalmente en la pedagogía de Dios tal como se
realiza en Cristo y en la Iglesia, toma de ella sus líneas constitutivas
y, bajo la guía del Espíritu Santo, desarrolla una sabia síntesis
de esa pedagogía, favoreciendo así una verdadera experiencia de fe
y un encuentro filial con Dios. De este modo la catequesis:
es una pedagogía que se inserta y sirve al « diálogo
de la salvación » entre Dios y la persona, poniendo de relieve
debidamente el destino universal de esa salvación; en lo que concierne a
Dios, subraya la iniciativa divina, la motivación amorosa, la gratuidad,
el respeto de la libertad; en lo que se refiere al hombre, pone en evidencia la
dignidad del don recibido y la exigencia de crecer constantemente en El; (495)
acepta el principio del carácter progresivo de la Revelación,
de la transcendencia y carácter misterioso de la Palabra de Dios, así
como su adaptación a las diversas personas y culturas;
reconoce la centralidad de Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne,
que determina a la catequesis como « pedagogía de la encarnación«
, por la que el Evangelio se ha de proponer siempre para la vida y en la vida de
las personas;
reconoce el valor de la experiencia comunitaria de la fe, como propia
del Pueblo de Dios, de la Iglesia;
se enraíza en la relación interpersonal y hace suyo el
proceso del diálogo;
se hace pedagogía de signos, en la que se entrecruzan hechos y
palabras, enseñanza y experiencia; (496)
encuentra tanto su fuerza de verdad como su compromiso permanente de
dar testimonio en el inagotable amor divino, que es el Espíritu Santo, ya
que ese amor de Dios es la razón última de su revelación.
(497)
La catequesis se configura de este modo como proceso, o itinerario, o camino
del seguimiento del Cristo del Evangelio en el Espíritu hacia el Padre,
emprendido con vistas a alcanzar la madurez en la fe « según la
medida del don de Cristo » (Ef 4,4) y las posibilidades y
necesidades de cada uno.
Pedagogía original de la fe (498)
144. La catequesis, que es por tanto pedagogía en acto de la fe, al
realizar sus tareas no puede dejarse inspirar por consideraciones ideológicas
o por intereses meramente humanos; (499) no confunde la acción salvífica
de Dios, que es pura gracia, con la acción pedagógica del hombre,
pero tampoco las contrapone y separa. El diálogo que Dios mantiene
amorosamente con cada persona se convierte en su inspiración y norma; de
ese diálogo la catequesis es « eco » incansable, buscando
constantemente el diálogo con las personas, según las indicaciones
fundamentales que ofrece el Magisterio de la Iglesia. (500)
He aquí unos objetivos concretos que inspiran sus opciones metodológicas:
promover una progresiva y coherente síntesis entre la adhesión
plena del hombre a Dios (fides qua) y los contenidos del mensaje
cristiano (fides quae);
desarrollar todas las dimensiones de la fe, por las cuales ésta
llega a ser una fe conocida, celebrada, vivida, hecha oración; (501)
impulsar a la persona a confiarse « por entero y libremente a
Dios »: (502) inteligencia, voluntad, corazón y memoria;
ayudar a la persona a discernir la vocación a la que el Señor
la llama.
La catequesis desarrolla así una acción que es, al mismo
tiempo, de iniciación, de educación y de enseñanza.
Fidelidad a Dios y fidelidad a la persona (503)
145. Jesucristo constituye la viva y perfecta relación de Dios con el
hombre y del hombre con Dios. De El recibe la pedagogía de la fe «
una ley fundamental para toda la vida de la Iglesia (y por tanto para la
catequesis): la fidelidad a Dios y al hombre, en una misma actitud de amor ».
(504)
Por eso, será auténtica aquella catequesis que ayude a
percibir la acción de Dios a lo largo de todo el camino educativo,
favoreciendo un clima de escucha, de acción de gracias y de oración,
(505) y que a la vez propicie la respuesta libre de las personas, promoviendo la
participación activa de los catequizandos.
La « condescendencia » (506) de Dios, escuela para la
persona
146. Queriendo hablar a los hombres como a amigos, (507) Dios manifiesta de
modo particular su pedagogía adaptando con solícita providencia su
modo de hablar a nuestra condición terrena. (508)
Eso comporta para la catequesis la tarea nunca acabada de encontrar un
lenguaje capaz de comunicar la Palabra de Dios y el Credo de la Iglesia, que es
el desarrollo de esa Palabra, a las distintas condiciones de los oyentes; (509)
y a la vez manteniendo la certeza de que, por la gracia de Dios, esto es
posible, y de que el Espíritu Santo otorga el gozo de llevarlo a cabo.
Por eso son indicaciones pedagógicas válidas para la
catequesis aquellas que permiten comunicar en su totalidad la Palabra de Dios en
el corazón mismo de la existencia de las personas. (510)
Evangelizar educando y educar evangelizando (511)
147. Inspirándose continuamente en la pedagogía de la fe, el
catequista configura un servicio a modo de un itinerario educativo cualificado;
es decir, por una parte, ayuda a la persona a abrirse a la dimensión
religiosa de la vida, y por otra le propone el Evangelio de tal manera que
penetre y transforme los procesos de comprensión, de conciencia, de
libertad y de acción, de modo que haga de la existencia una entrega de sí
a ejemplo de Jesucristo.
A este fin, el catequista conoce y se sirve, desde una perspectiva
cristiana, de los resultados de las ciencias de la educación.
CAPITULO II
Elementos de metodología
La diversidad de métodos en la catequesis (512)
148. En la transmisión de la fe, la Iglesia no tiene de por sí
un método propio ni único, sino que, a la luz de la pedagogía
de Dios, discierne los métodos de cada época, asume con libertad
de espíritu « todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de
puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio »
(Flp 4,8), en síntesis, todos los elementos que no son contrarios
al Evangelio, y los pone a su servicio. Esto lo confirma de modo admirable la
historia de la Iglesia, en la que numerosos carismas de servicio a la Palabra de
Dios han dado origen a muy diversos métodos. De este modo, « la
variedad en los métodos es un signo de vida y una riqueza », y a la
vez una muestra de respeto a los destinatarios. Tal variedad viene pedida por «
la edad y el desarrollo intelectual de los cristianos, su grado de madurez
eclesial y espiritual y muchas otras circunstancias personales ». (513)
La metodología de la catequesis tiene por objeto unitario la educación
de la fe; se sirve de las ciencias pedagógicas y de la comunicación
aplicadas a la catequesis; tiene en cuenta las muchas y notables adquisiciones
de la catequética contemporánea.
La relación contenido-método en la catequesis (514)
149. El principio de la « fidelidad a Dios y fidelidad al hombre »
lleva a evitar toda contraposición, separación artificial o
presunta neutralidad entre método y contenido, afirmando más bien
su necesaria correlación e interacción. El catequista reconoce que
el método está al servicio de la revelación y de la
conversión, (515) y por eso ha de servirse de él. Por otra parte,
el catequista sabe que el contenido de la catequesis no es indiferente a
cualquier método, sino que exige un proceso de transmisión
adecuado a la naturaleza del mensaje, a sus fuentes y lenguajes, a las
circunstancias concretas de la comunidad eclesial, a la condición de cada
uno de los fieles a los que se dirige la catequesis.
Por su importancia para la catequesis tanto en el pasado como en el presente
merecen ser recordados el método de iniciación a la Biblia; (516)
el método o « pedagogía del documento », del Símbolo
en particular, en cuanto que « la catequesis es transmisión de los
documentos de la fe »; (517) el método de los signos litúrgicos
y eclesiales; el método propio de la comunicación a través
de los « mass-media ».
Un buen método de catequesis es garantía de fidelidad al
contenido.
Método inductivo y deductivo (518)
150. La comunicación de la fe en la catequesis es un acontecimiento
de gracia, realizado por el encuentro de la Palabra de Dios con la experiencia
de la persona, que se expresa a través de signos sensibles y finalmente
abre al misterio. Puede acontecer por diversas vías que no siempre
conocemos del todo.
Atendiendo a la historia de la catequesis, hoy se habla habitualmente de vía
inductiva y deductiva. El método inductivo consiste en la presentación
de hechos (acontecimientos bíblicos, actos litúrgicos, hechos de
la vida de la Iglesia y de la vida cotidiana...) a fin de descubrir en ellos el
significado que pueden tener en la Revelación divina. Es una vía
que ofrece grandes ventajas, ya que es conforme a la economía de la
Revelación; corresponde a una instancia profunda del espíritu
humano, la de llegar al conocimiento de las cosas inteligibles a través
de las cosas visibles; y es también conforme a las características
propias del conocimiento de fe, que consiste en conocer a través de
signos.
El método inductivo no excluye, más bien exige el método
deductivo, que explica y describe los hechos procediendo desde sus causas. Pero
la síntesis deductiva tendrá pleno valor sólo cuando se ha
hecho el proceso inductivo. (519)
151. Por otra parte, cuando se hace referencia a los itinerarios operativos,
cabe dar otro sentido: uno es llamado también « kerigmático »
(o descendente), que parte del anuncio del mensaje, expresado en los principales
documentos de la fe (Biblia, liturgia, doctrina...) y los aplica a la vida; el
otro, llamado « existencial » (o ascendente), que arranca de problemas
y situaciones humanas y los ilumina con la luz de la Palabra de Dios. De por sí
son modos de acceso legítimos si se respetan todos los factores en juego,
el misterio de la gracia y el hecho humano, la comprensión de fe y el
proceso de racionalidad.
La experiencia humana en la catequesis (520)
152. La experiencia ejerce diversas funciones en la catequesis, a la luz de
las cuales la existencia misma debe ser siempre debidamente valorada.
a) Hace que nazcan en el hombre intereses, interrogantes, esperanzas
e inquietudes, reflexiones y juicios, que confluyen en un cierto deseo de
transformar la existencia. Es tarea de la catequesis procurar que las personas
estén atentas a sus experiencias más importantes, ayudarlas a
juzgar a la luz del Evangelio las preguntas y necesidades que de estas
experiencias brotan, educar al hombre a vivir la vida de un modo nuevo. De esta
forma la persona será capaz de comportarse de modo activo y responsable
ante el don de Dios.
b) La experiencia ayuda a hacer inteligible el mensaje cristiano.
Esto se ajusta al modo de obrar de Jesús, que se sirvió de
experiencias y situaciones humanas para anunciar realidades escatológicas
y transcendentes e indicar a la vez la actitud ante ellas. En este aspecto, la
experiencia es mediación necesaria para explorar y asimilar las verdades
que constituyen el contenido objetivo de la Revelación.
c) Estas funciones indican que la experiencia asumida por la fe
viene a ser en cierto modo ámbito en el que se manifiesta y realiza la
salvación, en la que Dios, de acuerdo con la pedagogía de la
encarnación, se acerca al hombre con su gracia y lo salva. El catequista
debe ayudar a la persona a leer de este modo lo que está viviendo, para
descubrir la invitación del Espíritu Santo a la conversión,
al compromiso, a la esperanza, y así descubrir cada vez más el
proyecto de Dios en su propia vida.
153. La iluminación y la interpretación de la experiencia a la
luz de la fe se convierte en una tarea permanente de la pedagogía catequética,
no exenta de dificultades, pero que no puede descuidarse, so pena de caer en
yuxtaposiciones artificiosas o en comprensiones reducionistas de la verdad.
Esta tarea hace posible una correcta aplicación de la correlación
o interacción entre las experiencias humanas profundas (521) y el mensaje
revelado. Lo testifican ampliamente el anuncio de los profetas, la predicación
de Cristo y las enseñanzas de los apóstoles, que por eso
constituyen el criterio básico y normativo para todo encuentro entre fe y
experiencia humana en el tiempo de la Iglesia.
La memorización en la catequesis (522)
154. La catequesis está vinculada a la « Memoria » de la
Iglesia que mantiene viva entre nosotros la presencia del Señor. (523) El
ejercicio de la memoria es, por tanto, un elemento constitutivo de la pedagogía
de la fe, desde los comienzos del cristianismo. Para superar los riesgos de una
memorización mecánica, el ejercicio de la memoria ha de integrarse
armónicamente entre las diversas funciones del aprendizaje, tales como la
espontaneidad y la reflexión, los momentos de diálogo y de
silencio, la relación oral y el trabajo escrito. (524)
En particular, se han de considerar oportunamente como objeto de memoria las
principales fórmulas de la fe, ya que aseguran una exposición más
precisa de la misma y garantizan un rico patrimonio común doctrinal,
cultural y lingüístico. El conocimiento y asimilación de los
lenguajes de la fe es condición indispensable para vivir esa misma fe.
Es necesario, sin embargo, que tales fórmulas, propuestas como síntesis
después de una previa explicación, sean fieles al mensaje
cristiano. Entran ahí algunas fórmulas y textos mayores de la
Biblia, del dogma, de la liturgia, y las oraciones bien conocidas de la tradición
cristiana (Símbolo apostólico, Padre Nuestro, Ave María...).
(525)
« Estas flores, por así decir, de la fe y de la piedad no brotan
en los espacios desérticos de una catequesis sin memoria. Lo esencial es
que esos textos memorizados sean interiorizados y entendidos progresivamente en
su profundidad, para que sean fuente de vida cristiana personal y comunitaria ».
(526)
155. Con mayor profundidad aún, el aprendizaje de las fórmulas
de la fe y su profesión creyente se han de comprender en el cauce del
ejercicio tradicional y válido de la « traditio » y
« redditio », gracias al cual, a la entrega de la fe en la
catequesis (traditio) corresponde la respuesta del hombre a lo largo del
camino catequético y después en la vida (redditio). (527)
Este proceso favorece una mejor participación en la verdad recibida.
Es cabal y madura la respuesta personal que respeta plenamente el sentido
genuino del mensaje de la fe y da muestras de haber comprendido el lenguaje
empleado para transmitirlo (bíblico, litúrgico, doctrinal...).
Función del catequista (528)
156. Ningún método, por experimentado que sea, exime al
catequista del trabajo personal en ninguna de las fases del proceso de la
catequesis.
El carisma recibido del Espíritu, una sólida espiritualidad, y
un testimonio transparente de vida cristiana en el catequista constituyen el
alma de todo método; y sus cualidades humanas y cristianas son
indispensables para garantizar el uso correcto de los textos y de otros
instrumentos de trabajo.
El catequista es intrínsecamente un mediador que facilita la
comunicación entre las personas y el misterio de Dios, así como la
de los hombres entre sí y con la comunidad. Por ello ha de esforzarse
para que su formación cultural, su condición social y su estilo de
vida no sean obstáculo al camino de la fe, aún más, ha de
ser capaz de crear condiciones favorables para que el mensaje cristiano sea
buscado, acogido y profundizado.
El catequista no debe olvidar que la adhesión de fe de los
catequizandos es fruto de la gracia y de la libertad, y por eso procura que su
actividad catequética esté siempre sostenida por la fe en el Espíritu
Santo y por la oración.
Finalmente, tiene una importancia esencial la relación personal del
catequista con el catecúmeno y el catequizando. Esa relación se
nutre de ardor educativo, de aguda creatividad, de adaptación, así
como de respeto máximo a la libertad y a la maduración de las
personas.
Gracias a una labor de sabio acompañamiento, el catequista realiza un
servicio de los más valiosos a la catequesis: ayudar a los catequizandos
a discernir la vocación a la que Dios los llama.
La actividad y creatividad de los catequizados (529)
157. La participación activa en el proceso formativo de los
catequizandos está en plena conformidad, no sólo con una
comunicación humana verdadera, sino especialmente con la economía
de la revelación y la salvación. De hecho, en la vida cristiana
ordinaria, los creyentes están llamados a dar respuesta activa,
personalmente y en grupo, al don de Dios por medio de la oración, la
participación en los sacramentos y en las demás acciones litúrgicas,
el compromiso eclesial y social, el ejercicio de la caridad, la promoción
de los grandes valores humanos, como la libertad, la justicia, la paz, y la
salvaguardia de la creación.
En la catequesis, por tanto, los catequizandos asumen el compromiso de
ejercitarse en la actividad de la fe, de la esperanza y de la caridad, de
adquirir la capacidad y la rectitud de juicio, de fortalecer su decisión
personal de conversión y de práctica de la vida cristiana.
Los catequizandos, sobre todo cuando son adultos, pueden contribuir con
eficacia al desarrollo de la catequesis, indicando los diversos modos para
comprender y expresar eficazmente el mensaje, tales como: « aprender
haciendo », hacer uso del estudio y del diálogo, intercambiar y
confrontar los diversos puntos de vista.
Comunidad, persona y catequesis (530)
158. La pedagogía catequética es eficaz en la medida en que la
comunidad cristiana se convierte en referencia concreta y ejemplar para el
itinerario de fe de cada uno. Esto sucede si la comunidad se concibe como
fuente, lugar y meta de la catequesis. En concreto, la comunidad viene a ser
lugar visible del testimonio de la fe, cuida la formación de sus
miembros, les acoge como familia de Dios, constituyéndose en ambiente
vital y permanente del crecimiento de la fe. (531)
Junto al anuncio del Evangelio de forma pública y colectiva, será
siempre indispensable la relación de persona a persona, a ejemplo de Jesús
y de los Apóstoles. De ese modo la conciencia personal se implica más
fácilmente; el don de la fe, como es propio de la acción del Espíritu
Santo, llega de viviente a viviente, y la fuerza de persuasión se hace más
incisiva. (532)
La importancia del grupo (533)
159. El grupo tiene una función importante en los procesos de
desarrollo de la persona. Esto vale también para la catequesis, en la de
los pequeños porque favorece una buena socialización; en la de los
jóvenes para quienes el grupo es casi una necesidad vital en la formación
de su personalidad; y en la de los adultos porque promueve un estilo de diálogo,
de cooperación y de corresponsabilidad cristiana.
El catequista, que participa en la vida del grupo y advierte y valora su dinámica,
reconoce y ejerce como cometido primario y específico el de ser, en
nombre de la Iglesia, testigo del Evangelio, capaz de comunicar a los demás
los frutos de su fe madura y de alentar con inteligencia la búsqueda común.
Además de ser un elemento de aprendizaje, el grupo cristiano está
llamado a ser una experiencia de comunidad y una forma de participación
en la vida eclesial, encontrando en la más amplia comunidad eucarística
su plena manifestación y su meta. Dice Jesús: « Donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos ».
(534)
La comunicación social (535)
160. « El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad... Los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el
principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración
para los comportamientos individuales, familiares y sociales ». (536) Por
eso, junto a los numerosos medios tradicionales en vigor, « la utilización
de los mass media ha llegado a ser esencial para la evangelización y la
catequesis ». (537) En efecto, « la Iglesia se sentiría
culpable ante su Señor si no emplease esos poderosos medios, que la
inteligencia humana perfecciona cada vez más....en ellos la Iglesia
encuentra una versión moderna y eficaz del púlpito. Gracias a
ellos puede hablar a las masas ». (538)
Entre otros pueden considerarse, si bien a título diferente: televisión,
radio, prensa, discos, grabaciones, vídeos y audios, es decir, toda la
gama de los medios audiovisuales. (539) Cada medio realiza su propio servicio y
cada uno exige un uso específico; en cada uno se han de respetar sus
exigencias y valorar su importancia. (540) Por ello, tales subsidios no pueden
faltar en una catequesis bien programada. Fomentar la ayuda recíproca
entre las Iglesias particulares, a fin de subvenir a los altos costos de compra
y uso de estos medios, es un buen servicio a la causa del Evangelio.
161. La utilización correcta de estos medios exige en los catequistas
un serio esfuerzo de conocimiento, de competencia y de actualización
cualificada. Pero sobre todo, dada la gran influencia que esos medios ejercen en
la cultura, no se debe olvidar que « no basta usarlos para difundir el
mensaje cristiano y el magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el
mensaje mismo en esta nueva cultura creada por la comunicación
moderna.... con nuevos lenguajes, nuevas técnicas y nuevos
comportamientos psicológicos ». (541) Sólo así, con la
gracia de Dios, el mensaje evangélico tiene la capacidad de penetrar en
la conciencia de cada uno y de obtener « en favor suyo una adhesión
y un compromiso verdaderamente personales ». (542)
162. Todas las personas relacionadas con estos medios de comunicación,
profesionales y usuarios, han de poder recibir la gracia del Evangelio. Esto
debe alentar a los catequistas a considerar diversas posibilidades según
las distintas personas: los profesionales de los medios, a quienes mostrar el
Evangelio como horizonte de verdad, de responsabilidad, de inspiración;
las familias tan expuestas al influjo de los medios de comunicación
para protegerlas y, sobre todo, ayudarlas a adquirir mayor capacidad crítica
y educativa; (543) las generaciones jóvenes, en cuanto usuarios y
protagonistas de la comunicación de los mass-media. A todos hay que
recordar que « en el uso y recepción de los instrumentos de
comunicación urge tanto una labor educativa del sentido crítico,
animado por la pasión por la verdad, como una labor de defensa de la
libertad, del respeto a la dignidad de la persona, de la elevación de la
auténtica cultura de los pueblos ». (544)
CUARTA PARTE
LOS DESTINATARIOS DE LA CATEQUESIS
Los destinatarios de la catequesis
« Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación
alcance hasta los confines de la tierra » (Is 49,6). «
Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre,
entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó
para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y
desarollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu
del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres
la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y
la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año
de gracia del Señor. Enrrollando el volumen lo devolvió al
ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.
Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura que acabáis de oír,
se ha cumplido hoy » (Lc 4,16-21).
« El Reino interesa a todos » (545)
163. Al comienzo de su ministerio, Jesús proclama que ha sido enviado
a anunciar a los pobres la buena noticia, (546) dando a entender, y confirmándolo
después con su vida, que el Reino de Dios está destinado a todos
los hombres, primordialmente a los más necesitados. De hecho El se hace
catequista del Reino de Dios para toda clase de personas, mayores y
pequeños, ricos y pobres, sanos y enfermos, próximos y lejanos,
judíos y paganos, hombres y mujeres, justos y pecadores, pueblo y
autoridades, individuos y grupos... Se muestra disponible a cada persona y se
interesa por las necesidades de cada uno: las del alma y las del cuerpo, sanando
y perdonando, corrigiendo y animando, con palabras y con hechos.
Jesús concluye su vida terrena invitando a sus discípulos a
hacer lo mismo, a predicar el Evangelio a toda criatura, (547) a « todas
las gentes » (Mt 28,19; Lc 24,47), « hasta los
confines de la tierra » (Hch 1,8), y para siempre, « hasta el
fin del mundo » (Mt 28,20).
164. Esta es la misión que la Iglesia lleva a cabo desde hace dos mil
años, con una inmensa variedad de modalidades de anuncio y catequesis,
urgida continuamente por el Espíritu de Pentecostés para llegar
con el Evangelio « a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a
los ignorantes » (Rm 1,14).
Se configuran así los rasgos de una pedagogía de la fe, en la
que se conjugan estrechamente la apertura universal de la catequesis y su
ejemplar encarnación en el mundo de los destinatarios.
Significado y finalidad de esta parte
165. La necesaria atención a las distintas y variadas situaciones de
las personas (548) impulsa a la catequesis a recorrer múltiples caminos
para salir a su encuentro y adaptar el mensaje cristiano y la pedagogía
de la fe a sus diversas necesidades. (549)
Así, si se considera la condición inicial de la fe, se abre el
camino a la iniciación de catecúmenos y neófitos; si se
atiende al desarrollo de la fe de los bautizados, se habla de catequesis de
profundización o de fundamentación para quienes todavía
necesitan orientaciones esenciales. Si se considera la evolución física
y psíquica de los catequizandos, se trata de la catequesis por edades. Si
se tiene en cuenta, en cambio, los contextos socio-culturales, se presenta una
catequesis según categorías...
166. No pudiendo tratar de forma detallada cada uno de los tipos posibles de
catequesis, se consideran en esta parte sólo algunos aspectos relevantes
para cualquier situación:
aspectos generales de la adaptación de la catequesis (capítulo
1);
catequesis por edades (capítulo 2);
catequesis para quienes viven en situaciones especiales (capítulo
3);
catequesis según contextos (capítulos 4 y 5).
Se aborda también en términos operativos el problema de la
inculturación, en referencia a los contenidos de la fe, a las personas y
al contexto cultural. Corresponderá a las Iglesias particulares, en sus
directorios catequéticos nacionales y regionales, dar normas específicas
y precisas según las condiciones y necesidades concretas de cada lugar.
CAPITULO I
La adaptación al destinatario: aspectos
generales
Necesidad y derecho de todo creyente a ser catequizado (550)
167. Todo bautizado, por estar llamado por Dios a la madurez de la fe, tiene
necesidad y, por lo mismo, derecho a una catequesis adecuada. Por ello, la
Iglesia tiene el deber primario de darle respuesta de forma conveniente y
satisfactoria. En este sentido hay que recordar, ante todo, que el destinatario
del Evangelio es « el hombre concreto, histórico »,
(551) enraizado en una situación dada e influido por unas determinadas
condiciones psicológicos, sociales, culturales y religiosos, sea
consciente o no de ello. (552)
En el proceso de la catequesis, el destinatario ha de tener la posibilidad
de manifestarse activa, consciente y corresponsablemente y no como simple
receptor silencioso y pasivo. (553)
Necesidad y derecho de la comunidad (554)
168. La atención a cada una de las personas no debe hacer olvidar,
sin embargo, que la catequesis tiene como destinatario a la comunidad cristiana
en cuanto tal y a cada uno de sus miembros en particular. Si, en realidad, la
catequesis recibe legitimidad y fuerza de la vida de la Iglesia, es también
verdad que « el crecimiento interior de la Iglesia, su correspondencia con
el designio de Dios, dependen esencialmente de la catequesis ». (555)
Por tanto, la necesaria adaptación del Evangelio afecta y atañe
también a la comunidad como tal.
La adaptación pide que el contenido de la catequesis sea como un
alimento sano y adecuado (556)
169. La « predicación acomodada de la Palabra revelada debe
mantenerse como ley de toda evangelización ». (557) Esta norma tiene
su intrínseca motivación teológica en el misterio de la
encarnación, corresponde a una exigencia pedagógica elemental de
una sana comunicación humana, y refleja la práctica de la Iglesia
a lo largo de los siglos.
Tal acomodación se entiende como acción exquisitamente
maternal de la Iglesia, que ve a las personas como « campo de Dios » (1
Co 3,9), no para condenarlas, sino para cultivarlas en la esperanza. Va al
encuentro de cada una de ellas, tiene en cuenta seriamente la variedad de
situaciones y culturas y mantiene la comunión de tantas personas en la única
Palabra que salva. De este modo el Evangelio se transmite de modo auténtico
y significativo, como alimento saludable y a la vez adecuado. Este criterio ha
de inspirar todas las iniciativas particulares, y a su servicio han de ponerse
la creatividad y originalidad del catequista.
La adaptación tiene en cuenta las diversas circunstancias
170. La adaptación se realiza de acuerdo con las diversas
circunstancias en que se transmite la Palabra de Dios. 558 Responde a « las
exigencias que dimanan de las diferentes culturas, de edades, de la vida
espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquéllos a quienes se
dirige la catequesis ». (559) A ellas deberá prestarse una atenta
consideración.
Se ha de recordar también que, en la diversidad de situaciones, la
adaptación ha de tener siempre presente a la persona en su totalidad y en
su unidad esencial, conforme a la visión que de ella tiene la Iglesia.
Por eso, la catequesis no se queda sólo en la consideración de los
elementos exteriores de una situación concreta, sino que tiene presente
también el mundo interior de las personas, la verdad sobre el ser humano,
« camino primero y fundamental de la Iglesia ». (560) Esto determina
un proceso de adaptación que será tanto más pertinente
cuanto más se tengan en cuenta los interrogantes, las aspiraciones y las
necesidades de la persona en su mundo interior.
CAPITULO II
La catequesis por edades
Observaciones generales
171. La catequesis según las diferentes edades es una exigencia
esencial para la comunidad cristiana. Por una parte, en efecto, la fe está
presente en el desarrollo de la persona; por otra, cada etapa de la vida está
expuesta al desafío de la descristianización y, sobre todo, debe
construirse con las tareas siempre nuevas de la vocación cristiana.
Existen, pues, con pleno derecho catequesis diversificadas y complementarias
por edades, que vienen pedidas por las necesidades y capacidades de los
catequizandos. (561)
Por esto es indispensable tener en cuenta todos los aspectos tanto los
antropológico-evolutivos como los teológico-pastorales, que entran
en juego sirviéndose también de las aportaciones actuales de las
ciencias humanas y pedagógicas en lo que conciernen a cada una de las
edades.
Asimismo habrá que procurar que se integren con acierto las diversas
etapas del camino de la fe, procurando de modo particular que la catequesis de
infancia encuentre armónico complemento en las etapas posteriores.
También, por la misma razón, es pedagógicamente eficaz
hacer referencia a la catequesis de adultos y, a su luz, orientar la catequesis
de las otras etapas de la vida.
Aquí se indicarán sólo algunos elementos generales y a
modo de ejemplo, dejando especificaciones ulteriores a los Directorios de
catequesis de las Iglesias particulares y de las Conferencias Episcopales.
La catequesis de los adultos (562)
Los adultos a los que se dirige la catequesis (563)
172. La transmisión del mensaje de la fe a los adultos ha de tener
muy en cuenta las experiencias vividas, los condicionamientos y los desafíos
que tales adultos encuentran, así como sus múltiples interrogantes
y necesidades respecto a la fe. (564)
En consecuencia cabe distinguir entre:
adultos creyentes, que viven con coherencia su opción de fe y
desean sinceramente profundizar en ella;
adultos bautizados que no recibieron una catequesis adecuada; o que
no han culminado realmente la iniciación cristiana; o que se han alejado
de la fe, hasta el punto de que han de ser considerados « cuasicatemúmenos
»; (565)
adultos no bautizados, que necesitan, en sentido propio, un verdadero
catecumenado. (566)
También debe hacerse mención de aquellos adultos que provienen
de confesiones cristianas no en plena comunión con la Iglesia católica.
Elementos y criterios propios de la catequesis de adultos (567)
173. La catequesis de adultos se dirige a personas que tienen el derecho y
el deber de hacer madurar el germen de la fe que Dios les ha dado, (568) tanto más
cuando estas personas están llamadas a desempeñar
responsabilidades sociales de diverso género y están sometidas a
cambios y crisis a veces muy profundos. Por esta razón, la fe del adulto
tiene que ser constantemente iluminada, desarrollada y protegida, para que
adquiera esa sabiduría cristiana que da sentido, unidad y esperanza a las
múltiples experiencias de su vida personal, social y espiritual. La
catequesis de adultos debe identificar claramente los rasgos propios del
cristiano adulto en la fe, traducir estos rasgos en objetivos y contenidos,
determinar algunas constantes en la exposición, establecer las
indicaciones metodológicas más eficaces, y escoger formas y
modelos. Merece atención especial la figura y la identidad del catequista
de adultos y su formación; como también la atención a
quienes ejercen las responsabilidades de la catequesis de adultos en la
comunidad. (569)
174. Entre los criterios que aseguran de modo eficaz una catequesis de
adultos, auténtica y eficaz, hay que recordar: (570)
la atención a los destinatarios en cuanto adultos, como
hombres y como mujeres, teniendo en cuenta por tanto sus problemas y
experiencias, sus capacidades espirituales y culturales, con pleno respeto a las
diferencias;
la atención a la condición laical de los adultos, que
por el Bautismo tienen la misión de « buscar el Reino de Dios ocupándose
de las realidades temporales y ordenándolas según Dios »,
(571) y asimismo que están llamados a la santidad; (572)
la atención por despertar el interés de la comunidad,
para que sea lugar de acogida y ayuda de los adultos;
la atención a un proyecto orgánico de pastoral de los
adultos en el que la catequesis se integra con la formación litúrgica
y con el servicio de la caridad.
Cometidos generales y particulares de la catequesis de adultos (573)
175. Para que la catequesis de adultos pueda responder a las necesidades más
profundas de nuestro tiempo, debe proponer la fe cristiana en su integridad,
autenticidad y sistematicidad, de acuerdo con la comprensión que de ella
tiene la Iglesia, poniendo en un primer plano el anuncio de la salvación;
iluminando con su luz las dificultades, obscuridades, falsas interpretaciones,
prejuicios y objeciones hoy presentes; mostrando las implicaciones y exigencias
morales y espirituales del mensaje; introduciendo a la lectura creyente de la
Sagrada Escritura y a la práctica de la oración. El Catecismo de
la Iglesia Católica presta un servicio fundamental a la catequesis de
adultos y en relación a él los Catecismos de adultos
de cada Iglesia particular.
Más en particular tareas de la catequesis de adultos son:
Promover la formación y la maduración de la vida en
el Espíritu de Cristo Resucitado, con medios adecuados como son la
pedagogía sacramental, los retiros, la dirección espiritual...
Educar para juzgar con objetividad los cambios socio-culturales
de nuestra sociedad a la luz de la fe. De este modo el pueblo cristiano es
ayudado a discernir los valores auténticos, los riesgos de nuestra
civilización, y a asumir los comportamientos adecuados.
Dar respuesta a los interrogantes religiosos y morales de hoy,
es decir, aquellas cuestiones que se plantean los hombres de nuestro tiempo,
como por ejemplo a propósito de la moral pública e individual, o
las relacionadas con las cuestiones sociales, o las que se refieren a la educación
de las nuevas generaciones.
Esclarecer las relaciones existentes entre acción temporal
y acción eclesial, manifestando las mutuas distinciones, recíprocas
implicaciones y, por consiguiente, la debida interacción. A este fin, la
doctrina social de la Iglesia es parte integrante de la formación de los
adultos.
Desarrollar los fundamentos racionales de la fe. La
catequesis debe demostrar que la recta inteligencia de la fe y de las verdades
que hay que creer están conforme con las exigencias de la razón
humana y que el Evangelio es siempre actual y oportuno. Es, pues, necesario
promover eficazmente una pastoral del pensamiento y de la cultura cristiana.
Esto permitirá superar ciertas formas de integrismo y de fundamentalismo,
como también de interpretaciones arbitrarias y subjetivas.
Formar para asumir responsabilidades en la misión de la
Iglesia y para saber dar testimonio cristiano en la sociedad. Se ha de
ayudar al adulto a descubrir, valorar y vivir todo lo que ha recibido de la
naturaleza y de la gracia, tanto en la comunidad eclesial como en la comunidad
humana. De este modo podrá también superar los riesgos de la
masificación y del anonimato, particularmente frecuentes en algunas
sociedades de hoy, que llevan a la pérdida de identidad y a la
desconfianza en las propias posibilidades.
Formas particulares de la catequesis de adultos (574)
176. Hay situaciones y circunstancias que exigen particulares formas de
catequesis:
la catequesis de la iniciación cristiana o el catecumenado de
adultos que es regulado expresamente por el Ritual de Iniciación
Cristiana de Adultos;
la catequesis al pueblo de Dios en las formas tradicionales
debidamente adaptadas, a lo largo del año litúrgico, o en la forma
extraordinaria de las misiones populares;
la catequesis perfectiva dirigida a quienes tienen una tarea de
formación en la comunidad: los catequistas y todos los que están
comprometidos en el apostolado de los laicos;
la catequesis que hay que realizar con ocasión de los
principales acontecimientos de la vida, como son el matrimonio, el bautismo de
los hijos y los otros sacramentos de la iniciación cristiana, en los
momentos críticos del crecimiento de los jóvenes, en la
enfermedad, etc. Son circunstancias en las que las personas se sienten más
movidos que nunca a preguntarse por el verdadero sentido de la vida;
la catequesis en ocasión de situaciones particulares, como la
entrada en el mundo del trabajo, el servicio militar, la emigración...
Son cambios que pueden generar enriquecimientos interiores, pero también
confusión y pérdida de orientación, por lo que se necesita
la luz y la ayuda de la Palabra de Dios;
la catequesis referida al uso cristiano del tiempo libre, sobre todo
con ocasión de vacaciones y viajes de turismo;
la catequesis que hay que hacer con ocasión de acontecimientos
particulares que afectan a la vida de la Iglesia y de la sociedad.
Estas y otras formas particulares de catequesis no disminuyen en manera
alguna la necesidad de instituir para todos los adultos procesos sistemáticos,
orgánicos y permanentes de catequesis que toda comunidad eclesial debe
garantizar.
La catequesis de la infancia y de la niñez (575)
Situación e importancia de la infancia y de la niñez
(576)
177. Esta etapa de la vida, en la que tradicionalmente se distingue la
primera infancia o edad preescolar de la niñez, se caracteriza, a los
ojos de la fe y de la misma razón, por tener la gracia de una vida que
comienza, « de la cual brotan admirables posibilidades para la edificación
de la Iglesia y humanización de la sociedad », (577) y al mismo
tiempo grandes necesidades a las que hacer frente. El niño, hijo de Dios
por el don del Bautismo, es considerado por Cristo miembro privilegiado del
Reino de Dios. (578)
Por diversas razones, hoy, tal vez más que en otro tiempo, el niño
necesita pleno respeto y ayuda para su crecimiento humano y espiritual; también
está necesitado de la catequesis, que nunca debe faltar a los niños
cristianos. En efecto, quienes les han dado la vida, enriqueciéndola con
el don del Bautismo, tienen el deber de seguir alimentándola
continuamente.
Características de esta catequesis (579)
178. La catequesis de los pequeños está necesariamente ligada
a su situación y condición de vida y es fruto de la intervención
de distintos educadores, entre sí complementarios.
Se pueden indicar algunas características de especial importancia de
valor universal:
La infancia y la niñez, comprendidas y tratadas ambas según
sus rasgos peculiares, representan el tiempo de la llamada primera socialización
y de la educación humana y cristiana en la familia, en la escuela y en la
comunidad cristiana, y por eso hay que considerarlas como un momento decisivo
para el futuro de la fe.
De acuerdo con una tradición ya consolidada, es en esta etapa,
de ordinario, en la que tiene lugar la iniciación cristiana comenzada con
el Bautismo. Con la recepción de los sacramentos, se inicia la primera
formación orgánica de la fe del niño y su incorporación
en la vida de la Iglesia. (580)
Por eso el proceso catequético en el tiempo de la infancia será
eminentemente educativo, atento a desarrollar las capacidades y aptitudes
humanas, base antropológica de la vida de fe, como el sentido de la
confianza, de la gratuidad, del don de sí, de la invocación, de la
gozosa participación... La educación a la oración y la
iniciación a la Sagrada Escritura son aspectos centrales de la formación
cristiana de los pequeños. (581)
Finalmente, hay que tener en cuenta la importancia de dos ámbitos
educativos: la familia y la escuela. La catequesis familiar es, en cierto modo,
insustituíble, sobre todo por el ambiente positivo y acogedor, por el
atrayente ejemplo de los adultos, por la primera y explícita
sensibilización de la fe y por la práctica de la misma.
179. El ingreso en la escuela significa para el niño entrar a formar
parte de una sociedad más amplia que la familia, con la posibilidad de
desarrollar mucho más sus capacidades intelectuales, afectivas, y de
comportamiento. En la escuela misma, frecuentemente, se imparte una específica
enseñanza religiosa.
Todo esto requiere que la catequesis y los catequistas lleven a cabo una
colaboración constante con los padres y también con los maestros,
de acuerdo con las posibilidades de cada lugar. (582) Recuerden los pastores
que, cuando ayudan a padres y educadores a cumplir bien su misión, se está
edificando la Iglesia. Este trabajo, por otra parte, ofrece una gran oportunidad
para la catequesis de adultos. (583)
Niños sin apoyo religioso familiar o que no frecuentan la escuela
(584)
180. Existen también, y en no pequeña medida, niños con
graves carencias, en la medida en que les falta un apoyo religioso familiar
adecuado, o por no tener una verdadera familia, o por no frecuentar la escuela,
o por condiciones de inestabilidad social o de inadaptación, o por otras
causas ambientales. Muchos no están siquiera bautizados; otros no
realizan el camino de iniciación. Corresponde a la comunidad cristiana
suplir, con generosidad, competencia y de modo realista estas carencias,
tratando de dialogar con las familias, proponiendo formas apropiadas de educación
escolar y llevando a cabo una catequesis proporcionada a las posibilidades y
necesidades concretas de esos niños.
La catequesis de los jóvenes (585)
Preadolescencia, adolescencia y juventud (586)
181. En términos generales, se ha de observar que la crisis
espiritual y cultural, que está afectando al mundo, (587) tiene en las
generaciones jóvenes sus primeras víctimas. También es
verdad que el esfuerzo por construir una sociedad mejor encuentra en los jóvenes
sus mejores esperanzas. Esto debe estimular cada vez más a la Iglesia a
realizar con decisión y creatividad el anuncio del Evangelio al mundo
juvenil.
A ese respecto, la experiencia muestra que es útil para la catequesis
distinguir en esas edades entre preadolescencia, adolescencia y juventud, sirviéndose
oportunamente de los resultados de la investigación científica y
de las condiciones de vida en los distintos países.
En las regiones, consideradas como desarrolladas, se plantea de modo
especial el problema de la preadolescencia: no se tienen en cuenta
suficientemente las dificultades, necesidades y capacidades humanas y
espirituales de los preadolescentes, hasta el punto de poder afirmar en relación
a ella que es una etapa ignorada.
Actualmente, con frecuencia los catequizandos de esta edad, al recibir el
sacramento de la Confirmación, concluyen también el proceso de
iniciación sacramental, pero a la vez tiene lugar su alejamiento casi
total de la práctica de la fe. Es necesario tomar en cuenta con seriedad
esta hecho y llevar a cabo una atención pastoral específica,
utilizando los medios formativos que proporciona el propio camino de iniciación
cristiana.
Respecto a las otras dos categorías, es necesario distinguir la
adolescencia de la juventud, aun sabiendo la dificultad de definir de modo claro
su significado. De modo global, hablamos aquí de aquella etapa de la vida
que precede a la asunción de las responsabilidades propias del adulto.
También la catequesis de jóvenes ha de ser revisada y
potenciada profundamente.
La importancia de la juventud para la sociedad y para la Iglesia (588)
182. La Iglesia, que ve a los jóvenes como « la esperanza »,
los contempla hoy como « un gran desafío para el futuro de la
Iglesia ». (589)
El rápido y tumultuoso cambio cultural y social, el crecimiento numérico
de jóvenes, el alargamiento de la etapa de la juventud antes de entrar a
tomar parte en las responsabilidades de los adultos, la falta de trabajo y en
ciertos países las condiciones permanentes de subdesarrollo, las
presiones de la sociedad de consumo..., todo ayuda a perfilar el mundo de los jóvenes
como el tiempo de espera, a veces de desencanto y de insatisfacción,
incluso de angustia y de marginación. El alejamiento de la Iglesia, o al
menos la desconfianza hacia ella, está presente en muchos como actitud de
fondo. A la vez, en los jóvenes se refleja a menudo la falta de apoyo
espiritual y moral de las familias y la precariedad de la catequesis recibida.
Por otro lado, en numerosos jóvenes se descubre una fuerte e
impetuosa tendencia a la búsqueda de sentido de la vida, a la
solidaridad, al compromiso social, e incluso a la misma experiencia religiosa...
183. De aquí se desprenden algunas consecuencias para la catequesis.
Ante todo, el servicio de la fe tiene que estar atento a las luces y las
sombras de la condición de la vida de los jóvenes, tal como se dan
en las distintas regiones y ambientes.
La propuesta explícita de Cristo al joven del Evangelio (590) es el
corazón de la catequesis; propuesta dirigida a todos los jóvenes y
a su medida, en la comprensión atenta de sus problemas. En el Evangelio,
los jóvenes aparecen de hecho como interlocutores directos de Jesucristo
que les revela su « singular riqueza », y que a la vez les compromete
en un proyecto de crecimiento personal y comunitario de valor decisivo para la
sociedad y la Iglesia. (591)
Por eso no debe verse a los jóvenes sólo como objeto de la
catequesis, sino como « sujetos activos, protagonistas de la evangelización
y artífices de la renovación social ». (592)
Características de la catequesis para jóvenes (593)
184. Por la amplitud de la tarea, corresponde ciertamente a los Directorios
catequéticos de las Iglesias particulares y de las Conferencias
Episcopales nacionales y regionales especificar, teniendo en cuenta las
circunstancias, lo que conviene en cada lugar.
Sin embargo, cabe indicar unas líneas generales comunes:
Se ha de tener presente las diferentes situaciones religiosas: jóvenes
no bautizados; jóvenes bautizados que no han realizado el proceso catequético
ni completado la iniciación cristiana; jóvenes que atraviesan
crisis de fe a veces graves; otros con posibilidades de hacer una opción
de fe o que la han hecho y esperan ser ayudados.
No se puede olvidar que resulta provechosa aquella catequesis que se
puede llevar a cabo al interior de una pastoral más amplia de
preadolescentes, adolescentes y jóvenes orientada al conjunto de
problemas que afectan a sus vidas. A este fin la catequesis debe integrar
aspectos tales como el análisis de la situación, la atención
a las ciencias humanas y de la educación y la colaboración de los
laicos y de los mismos jóvenes.
Y son mediaciones útiles para una catequesis eficaz: Una acción
de grupo bien orientada, una pertenencia a asociaciones juveniles de carácter
educativo, (594) y un acompañamiento personal del joven, en el que
destaca la dirección espiritual.
185. Entre las diversas formas de catequesis de jóvenes, hay que
prever, teniendo en cuenta las situaciones, un catecumenado juvenil en edad
escolar; una catequesis que complete y culmine la iniciación cristiana;
una catequesis sobre cuestiones específicas; así como encuentros más
o menos ocasionales e informales.
En general se ha de proponer a los jóvenes una catequesis con
itinerarios nuevos, abiertos a la sensibilidad y a los problemas de esta edad,
que son de orden teológico, ético, histórico, social... En
particular, deben ocupar un puesto adecuado, la educación para la verdad
y la libertad según el Evangelio, la formación de la conciencia,
la educación para el amor, el planteamiento vocacional, el compromiso
cristiano en la sociedad y la responsabilidad misionera en el mundo. (595) Con
todo hay que poner de relieve, que la evangelización contemporánea
de los jóvenes debe adoptar con frecuencia un carácter misionero más
que el estrictamente catecumenal. En realidad, la situación exige a
menudo que la acción apostólica con los jóvenes sea de índole
humanizadora y misionera, como primer paso necesario para que
maduren unas disposiciones más favorables a la acción
estrictamente catequética. Por tanto, muchas veces en la realidad, será
oportuno intensificar la acción precatecumenal al interior de procesos
educativos globales.
Una de las dificultades mayores a las que hay que enfrentarte y dar
respuesta se refiere a la diferencia de lenguaje (mentalidad, sensibilidad,
gustos, estilo, vocabulario...) entre los jóvenes y la Iglesia (catequesis
y catequistas). Vale la pena por eso insistir en la necesidad de una
adaptación de la catequesis a los jóvenes, sabiendo traducir a su
lenguaje « con paciencia y buen sentido, sin traicionarlo, el mensaje de
Jesucristo ». (596)
Catequesis de los ancianos (597)
La tercera edad, don de Dios a la Iglesia
186. El número creciente de personas ancianas representa en diversos
países del mundo una nueva y específica tarea pastoral de la
Iglesia. Las personas de esta edad, a veces considerados como objeto pasivo, más
o menos molesto, es necesario, sin embargo, verlas a la luz de la fe, como un
don de Dios a la Iglesia y a la sociedad, a las que hay que dedicarles también
el cuidado de una catequesis adecuada. Tienen a ella el mismo derecho y deber
que los demás cristianos.
Se ha de tener en cuenta la diversidad de situaciones personales,
familiares, sociales, en particular, la situación de soledad y el riesgo
de marginación.
La familia cumple una función primaria, porque en ella el anuncio de
la fe puede darse en un clima de acogida y de amor que confirman, mejor que
ninguna otra cosa, el valor de la Palabra.
En todo caso, la catequesis de los ancianos ha de asociar al contenido de la
fe la presencia cordial del catequista y de la comunidad creyente. Por lo que es
deseable que los ancianos participen plenamente en el itinerario catequético
de la comunidad.
Catequesis de la plenitud y de la esperanza
187. La catequesis de los ancianos debe estar atenta a los aspectos
particulares de su situación de fe. El anciano puede haber llegado a esta
edad con una fe sólida y rica: entonces la catequesis ayudará a
seguir recorriendo el camino en actitud de acción de gracias y de espera
confiada; otros viven una fe más o menos oscurecida y una débil práctica
cristiana: entonces la catequesis aportará una luz y experiencia
religiosa nuevas; a veces el anciano llega a su edad con profundas heridas en el
alma y en el cuerpo: la catequesis le ayudará a vivir su situación
en actitud de invocación, de perdón, de paz interior.
En cualquier caso, la condición del anciano reclama una catequesis de
la esperanza que proviene de la certeza del encuentro definitivo con Dios.
Es siempre beneficioso para él y enriquecedor para la comunidad el
hecho de que el anciano creyente de testimonio de una fe que resplandece aún
más a medida que se va acercando al gran momento del encuentro con el Señor.
Sabiduría y diálogo (598)
188. La Biblia presenta al anciano creyente como el símbolo de la
persona rica en sabiduría y temor de Dios, y, en consecuencia, como el
depositario de una intensa experiencia de vida, lo que en cierto modo lo
convierte en « catequista » natural de la comunidad. El es de hecho
testigo de la tradición de fe, maestro de vida y ejemplo de caridad. La
catequesis valora esta gracia, ayudando a la persona anciana a descubrir de
nuevo las ricas posibilidades que tiene dentro de sí; ayudándola
también a asumir funciones catequéticas en relación con el
mundo de los pequeños para quienes, a menudo, son abuelos queridos y
estimados, y en relación con los jóvenes y los adultos. De este
modo se favorece un rico diálogo entre generaciones dentro de la familia
y de la comunidad.
CAPITULO III
Catequesis para situaciones especiales, mentalidades
y ambientes
La catequesis de discapacitados e inadaptados(1)
189. Toda comunidad cristiana considera como predilectos del Señor a
aquellos que, particularmente entre los más pequeños, sufren
alguna deficiencia física o mental u otra forma de privación.
Actualmente, a causa de una mayor conciencia social y eclesial, y también
debido a los innegables progresos de la pedagogía especial, se ha
conseguido que la familia y otros ámbitos educativos puedan ofrecer hoy a
estas personas una catequesis apropiada, a la que por otra parte tienen derecho
como bautizados, y si no están bautizados, como llamados a la salvación.
El amor del Padre hacia sus hijos más débiles y la continua
presencia de Jesús con su Espíritu dan fe de que toda persona, por
limitada que sea, es capaz de crecer en santidad.
La educación de la fe, que corresponde ante todo a la familia,
requiere itinerarios adecuados y personalizados, tiene en cuenta las
aportaciones de las ciencias pedagógicas y ha de llevarse a cabo en el
contexto de una educación global de la persona. Por otra parte, se debe
evitar el riesgo de que esta catequesis tan especializada acabe situándose
al margen de la pastoral comunitaria. Para que eso no ocurra, es necesario que
la comunidad se interese y se comprometa de modo permanente con esta tarea. Las
características peculiares de esta catequesis, exigen de parte de los
catequistas una preparación específica, y hacen que su servicio
sea aún más meritorio.
La catequesis de los marginados
190. En la misma perspectiva hay que considerar la catequesis para personas
que viven, en situación marginada, o próximas a ella, o ya sumidos
en la marginación, como son los emigrantes, los exilados, los nómadas,
las personas sin hogar, los enfermos crónicos, los tóxico-dependientes,
los encarcelados y los prisioneros.
La garantía de que se actúa acertadamente cuando se catequiza
en estos ámbitos no fáciles nos viene de la palabra solemne de Jesús,
quien reconoce como hecho a Sí mismo el bien que se hace a « estos
pequeños hermanos ». Signos permanentes de la vitalidad de la
catequesis son la capacidad para distinguir la diversidad de las situaciones;
captar las necesidades y demandas de cada persona; valorar los encuentros
personales, dedicándoles una atención generosa y paciente;
proceder con confianza y realismo, recurriendo a menudo a formas de catequesis
indirectas y ocasionales. La comunidad debe apoyar fraternalmente a los
catequistas dedicados a este servicio.
La catequesis para grupos diferenciados
191. La catequesis se encuentra hoy ante personas que, por su profesión
específica y, más ampliamente por su situación cultural,
requieren itinerarios especiales. Tal es el caso de la catequesis del mundo
obrero, de las profesiones liberales, de los artistas, de los hombres de
ciencia, de la juventud universitaria... Es sumamente conveniente que existan
estos itinerarios dentro del servicio catequético de la comunidad
cristiana.
Todos estos sectores necesitan lenguaje adaptado a los destinatarios,
manteniendo una plena fidelidad al mensaje que se quiere transmitir.(2)
La catequesis según ambientes
192. La educación de la fe hoy ha de tener muy en consideración
los ambientes o contextos de vida, porque es en ellos donde cada persona vive su
existencia, de ellos recibe gran influencia y en ellos a su vez ejerce la suya,
y en ellos desarrolla sus propias responsabilidades.
En general y a modo de ejemplo, conviene recordar dos ambientes de la mayor
importancia, el rural y el urbano, que exigen formas diferenciadas de
catequesis.
La catequesis en el medio rural ha de reflejar las necesidades del mismo ámbito,
necesidades que con frecuencia están unidas a la pobreza y a la miseria,
y a veces a miedos y supersticiones; pero también el ambiente rural es
rico en experiencias de sencillez, de confianza en la vida, de sentido de la
solidaridad, de fe en Dios y fidelidad a las tradiciones religiosas.
La catequesis en el medio urbano ha de tener en cuenta una amplia variedad
de situaciones, que van desde las de bienestar a las de pobreza y marginación.
El ritmo propio de vida de la ciudad es a menudo fuente de estrés, de
gran movilidad, de sugestivas llamadas a la evasión y al desinterés,
donde es frecuente la situación de anonimato y de soledad...
Para cada uno de estos ambientes habrá que pensar en un servicio
específico de educación de la fe, estimulando a catequistas
preparados, creando instrumentos y materiales, y usando de los recursos que
proporcionan los medios de comunicación...
CAPITULO IV
Catequesis según el contexto socio-religioso
La catequesis en una situación de pluralismo y de complejidad(3)
193. Muchas comunidades e individuos están llamados a vivir hoy en un
mundo pluralista y secularizado,(4) en el que se dan formas de incredulidad e
indiferencia religiosa, pero también formas vivas de pluralismo cultural
y religioso; en muchas personas se da hoy con fuerza la búsqueda de
certezas y de valores, pero a la vez existen no pocas formas falsas de
religiosidad y de adhesión incierta a la fe. Ante estas complejas
situaciones, algunos cristianos pueden encontrarse confusos y desorientados, sin
saber hacer frente a tales situaciones, ni discernir los mensajes que
transmiten, y esto les lleva a abandonar una práctica religiosa regular,
terminando por vivir como si Dios no existiera, recurriendo a menudo a sucedáneos
pseudoreligiosos. Su fe, sometida a prueba y amenazada, corre el riesgo de
apagarse y morir, si no se la alimenta y sostiene constantemente.
194. Se hace indispensable una catequesis evangelizadora, es decir, «
una catequesis llena de savia evangélica y con un lenguaje adaptado a los
tiempos y a las personas ».(5) Ésta tiene por objetivo educar a los
cristianos en el sentido de su identidad de bautizados, de creyentes y de
miembros de la Iglesia, abiertos y en diálogo con el mundo. Les vuelve a
proponer los elementos fundamentales de la fe, los impulsa a una conversión
auténtica, los ayuda a profundizar en la verdad y el valor del mensaje
cristiano ante las objeciones teóricas y prácticas, los anima a
discernir y a vivir el Evangelio en lo cotidiano, los capacita para dar razón
de la esperanza que hay en ellos,(6) los fortalece en su vocación
misionera con el testimonio, el diálogo y el anuncio.
La catequesis en relación a la religiosidad popular(7)
195. En las comunidades cristianas existen, como dimensión vital de
la realidad católica, expresiones particulares de búsqueda de Dios
y de vida religiosa, cargadas de fervor y de pureza de intenciones a veces
conmovedoras, que bien cabe llamar « piedad popular ». Esta piedad
popular « refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos
pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo,
cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos
profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y
constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el
mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz
en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción
».(8) Es una realidad rica y a la vez muy expuesta a deformaciones, en la
que la fe, que es su fundamento, necesita purificación y rebustecimiento.
Se requiere, pues, una catequesis que, asumiendo tal riqueza religiosa, sea
capaz de percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables, ayudándola
a superar los riesgos de fanatismo, de superstición, de sincretismo y de
ignorancia religiosa. « Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser
cada vez más, para nuestras masas populares, un verdadero encuentro con
Dios en Jesucristo ».(9)
196. También la veneración de los fieles a la Madre de Dios ha
asumido formas múltiples, según las circunstancias de lugar y de
tiempo, la diversa sensibilidad de los pueblos y sus diferentes tradiciones
culturales. Las formas en las que esta piedad mariana se ha expresado, sujetas
al desgaste del tiempo, se muestran necesitadas de una catequesis renovada que
permita que los elementos caducos sean sustituidos, que se subrayen los valores
perennes y que se incorporen aquellos datos doctrinales que son fruto de la
reflexión teológica y son enseñados por el Magisterio de la
Iglesia.
Tal catequesis es sumamente necesaria. Y se caracterizará claramente
por su dimensión trinitaria, cristológica y eclesial, intrínseca
a la mariología. Además, en el discernimiento sobre los ejercicios
de piedad mariana, como en la creación de nuevas prácticas, habrá
que tener presentes las orientaciones eclesiales de tipo bíblico, litúrgico,
ecuménico y antropológico.(10)
La catequesis en un contexto ecuménico(11)
197. Toda comunidad cristiana, por el hecho de serlo, es movida por el Espíritu
Santo a reconocer su vocación ecuménica en la situación
concreta en que se encuentra, participando en el diálogo ecuménico
y en las iniciativas destinadas a realizar la unidad de los cristianos. Por
ello, la catequesis está llamada a asumir siempre y en todas partes una «
dimensión ecuménica ».(12) Ésta se lleva a cabo, en
primer lugar, mediante la exposición de toda la Revelación, cuyo
depósito custodia la Iglesia Católica, respetando la jerarquía
de las verdades;(13) en segundo lugar, la catequesis ha de poner de manifiesto
la unidad de fe que existe entre los cristianos y, al mismo tiempo, explicar las
divisiones que aún perduran y los pasos a dar para superarlas;(14) además,
la catequesis ha de suscitar y alimentar un deseo sincero de unidad, en
particular mediante el amor a la Sagrada Escritura; finalmente se ha de esforzar
en preparar a niños, jóvenes y adultos, a vivir en contacto con
hermanos y hermanas de otras confesiones, cultivando la propia identidad católica
en el respeto a la fe de los demás.
198. En una situación de presencia de diferentes confesiones
cristianas, los Obispos pueden juzgar oportunas, y hasta necesarias,
determinadas actividades de colaboración en el campo de enseñanza
religiosa. En cualquier caso debe asegurarse a los católicos, por otras vías
y con el máximo cuidado, una catequesis específicamente católica.(15)
También la enseñanza de la religión impartida en
escuelas en las que hay miembros de diversas confesiones cristianas, reviste un
valor ecuménico, cuando se presenta de modo auténtico la doctrina
cristiana. De hecho, esto ofrece ocasiones para el diálogo, gracias al
cual se pueden superar desconocimientos y prejuicios y abrirse a un mejor
entendimiento mutuo.
La catequesis en relación con el hebraismo
199. Atención especial ha de darse a la catequesis en relación
con la religión hebraica.(16)
En efecto, « la Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al
escrutar su propio misterio, descubre su vinculación con el pueblo judío
a quien Dios ha hablado primero »,(17) antes que a otros pueblos.
« La enseñanza religiosa, la catequesis y la predicación
han de formar no sólo para la objetividad, la justicia y la tolerancia,
sino también para la comprensión y el diálogo. Nuestras dos
tradiciones están demasiado emparentadas como para ignorarse. Es
necesario fomentar un conocimiento recíproco en todos los niveles ».(18)
En particular, un objetivo de la catequesis ha de ser la superación de
toda forma de antisemitismo.(19)
La catequesis en el contexto de otras religiones(20)
200. Los cristianos viven hoy con frecuencia en contextos multireligiosos y
no pocos están en ellos en minoría. En tal situación,
especialmente en relación con el Islam, la catequesis reviste una
importancia particular, y está llamada a asumir una delicada
responsabilidad que requiere diversas tareas.
Ante todo, la catequesis ha de ayudar a profundizar y robustecer la
identidad de los bautizados, en especial donde están en minoría,
mediante una adaptación o inculturación conveniente, en una
confrontación necesaria entre el Evangelio de Jesucristo y el mensaje de
las otras religiones. Para esta tarea son indispensables comunidades cristianas
sólidas y fervorosas, y catequistas oriundos bien preparados.
En segundo lugar, la catequesis ha de ayudar a tomar conciencia de la
presencia de otras religiones. A la vez de capacitar a los fieles a discernir en
ellas los elementos que entran en confrontación con el mensaje cristiano,
la catequesis ha de educar también para descubrir las semillas del
Evangelio (semina Verbi) que hay en estas religiones y que pueden
constituir una auténtica « preparación evangélica »
al mismo.
En tercer lugar, la catequesis ha de promover en todos los creyentes un vivo
sentido misionero. Éste se manifiesta en el testimonio diáfano de
la fe, en la actitud de respeto y de comprensión mutuas, en el diálogo
y la colaboración en defensa de los derechos de la persona y en favor de
los pobres y, donde es posible, con el anuncio explícito del Evangelio.
La catequesis en relación con los « nuevos movimientos
religiosos »(21)
201. En un clima de relativismo religioso y cultural, y a veces también
a causa de la conducta no recta de los cristianos, proliferan hoy « nuevos
movimientos religiosos », llamados también sectas o cultos, con
multitud de nombres y de tendencias, difíciles de clasificar de modo orgánico
y preciso. En la medida que es posible, cabe distinguir movimientos de matriz
cristiana, otros derivados de religiones orientales y otros vinculados a
tradiciones esotéricas. La razón de la preocupación estriba
en que sus doctrinas y prácticas de vida se alejan de los contenidos de
la fe cristiana.
Por ello sigue siendo necesario promover, en favor de los cristianos cuya fe
está en peligro, el « esfuerzo de una evangelización y una
catequesis integral y sistemática, a las que ha de acompañar el
testimonio ».(22) Se trata, en efecto, de superar el grave peligro de la
ignorancia y del prejuicio, de ayudar a los fieles a encontrarse de modo
correcto con la Escritura, suscitando en ellos la experiencia viva de la oración,
defendiéndoles de los sembradores de errores; educándolos en la
responsabilidad de la fe recibida, saliendo al paso, con las armas del amor
evangélico, de las dolorosas situaciones de soledad, pobreza,
sufrimiento. Por el anhelo religioso que esos movimientos pueden expresar,
merecen ser considerados como un « areópago de evangelización
», en el que los problemas más importantes pueden encontrar
respuesta. En realidad, « la Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual
que ofrecer a la humanidad: Cristo, que se proclama "el camino, la verdad y
la vida" (Jn 14,61) ».(23)
CAPITULO V
Catequesis según el contexto socio-cultural(24)
Catequesis y cultura contemporánea(25)
202. « De la catequesis, como de la evangelización en general,
podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón
de la cultura y de las culturas ».(26) Con anterioridad han sido expuestos
los criterios referidos a la adaptación e inculturación catequética.(27)
Baste ahora afirmar de nuevo que la catequesis tiene como guía necesaria
y eminente la « regla de la fe », ilustrada por el Magisterio y
profundizada por la teología. Por otra parte, no hay que olvidar que la
historia de la catequesis, especialmente en el tiempo de los Santos Padres es,
en muchos aspectos, historia de la inculturación de la fe y como tal
merece ser estudiada y meditada; historia, además, que nunca se para y
que exige períodos amplios de continua asimilación del Evangelio.
En este capítulo se presentan algunas indicaciones metodológicas
en relación con una tarea que es tan necesaria como exigente, en modo
alguno fácil y expuesta a los riesgos de sincretismo y de otros malos
entendidos. Se puede decir que sobre este tema, hoy tan importante, se hace
necesaria una mayor reflexión programada y universal para bien de la
catequesis.
Tareas de la catequesis respecto a la inculturación de la fe(28)
203. Forman un conjunto orgánico y son en síntesis los
siguientes:
conocer en profundidad la cultura de las personas y el grado de
penetración en su vida;
reconocer la presencia de la dimensión cultural en el mismo
Evangelio; afirmando por una parte que éste no es fruto de ningún
humus cultural humano, pero admitiendo, por otra parte, que el Evangelio
no puede aislarse de las culturas en las que se inscribió al principio y
en las que después se ha expresado a lo largo de los siglos;
anunciar el cambio profundo, la conversión, que el Evangelio,
como fuerza « transformadora y regeneradora »,(29) opera en las
culturas;
dar testimonio de que el Evangelio transciende toda cultura y no se
agota en ella y, a la vez, discernir las semillas del Evangelio que pueden estar
presentes en cada una de las culturas;
promover al interior de cada una de las culturas a evangelizar una
nueva expresión del Evangelio, procurando un lenguaje de la fe que sea
patrimonio común de los fieles, y por tanto factor fundamental de comunión.
mantener íntegros los contenidos de la fe de la Iglesia; y
procurar que la explicación y la clarificación de las fórmulas
doctrinales de la Tradición sean presentadas teniendo en cuenta las
situaciones culturales e históricas de los destinatarios y evitando, en
todo caso, mutilar o falsificar los contenidos.
Proceso metodológico
204. La catequesis, a la vez que debe evitar todo tipo de manipulación
de una cultura, no puede limitarse a la simple yuxtaposición del
Evangelio a ésta y « como con un barniz superficial », sino que
debe proponer el Evangelio« de manera vital, en profundidad y hasta las
mismas raíces de la cultura y de las culturas ».(30)
Esto determina un proceso dinámico integrado por diversos momentos,
relacionados entre sí: esforzarse por escuchar, en la cultura de los
hombres, el eco (presagio, invocación, señal...) de la Palabra de
Dios; discernir cuanto hay de valor evangélico o al menos abierto a él;
purificar lo que está bajo el signo del pecado (pasiones, estructuras del
mal...) o de la fragilidad humana; suscitar en los catequizandos actitudes de
conversión radical a Dios, de diálogo con los demás y de
paciente maduración interior.
Necesidad y criterios de valoración
205. Cuando llega el momento de evaluar, tarea tanto más necesaria
cuanto más se está en fase inicial o experimental, se ha de
procurar verificar si en el proceso de la catequesis se han infiltrado elementos
de sincretismo. En tal caso las iniciativas de inculturación serían
peligrosas y erróneas y deben ser rectificadas.
Sin embargo, ha de ser considerada como correcta aquella catequesis que no sólo
logra la asimilación intelectual del contenido de la fe, sino que alcanza
al corazón y transforma la conducta. Si es así, la catequesis
genera un modo de vida dinámico y unificado por la fe, establece la unión
entre la fe y la vida, entre el mensaje cristiano y el contexto cultural, y
produce frutos de santidad.
Responsables del proceso de inculturación
206. « La inculturación debe implicar a todo el pueblo de Dios,
no sólo a algunos expertos, ya que se sabe que el pueblo reflexiona sobre
el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación
debe ser dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar reacciones
negativas en los cristianos: debe ser expresión de la vida comunitaria,
es decir, debe madurar en el seno de la comunidad y no ser fruto exclusivo de
investigaciones eruditas ».(31) Ese esfuerzo por la encarnación del
Evangelio, tarea específica de la inculturación exige la
participación en la catequesis de todos aquéllos que viven en el
mismo contexto cultural: pastores, catequistas y laicos.
Formas y vías privilegiadas
207. La catequesis de jóvenes y la de adultos, por las posibilidades
que tiene de interrelacionar de manera más incisiva la fe y la vida, es
una de las formas más aptas para la inculturación; sin embargo, no
puede desatenderse la inculturación de la fe en la iniciación
cristiana de los niños, precisamente por el notable influjo de orden
cultural que este proceso lleva consigo: la adquisición de nuevas
motivaciones para la vida, la educación de la conciencia, el aprendizaje
del lenguaje bíblico y sacramental, así como el conocimiento de la
dimensión histórica del cristianismo.
Una vía privilegiada es la catequesis litúrgica, por la
riqueza de signos con que se expresa el mensaje y porque a ella tiene acceso una
gran parte del pueblo de Dios; también hay que revalorizar los contenidos
de los Leccionarios, la estructura del Año litúrgico, la homilía
dominical y otras actividades catequéticas de carácter ocasional
particularmente significativas (matrimonios, funerales, visitas a enfermos,
fiestas patronales, etc.); sigue siendo central el cuidado a la familia, agente
primario de una transmisión inculturada de la fe; peculiar interés
tiene la catequesis en situaciones pluriétnicas y pluriculturales, ya que
ayuda a descubrir y a tomar en consideración, con mayor atención aún,
las riquezas de los diversos grupos en la acogida y en la expresión
renovada de la fe.
El lenguaje(32)
208. La inculturación de la fe es, en ciertos aspectos, obra de
lenguaje. Esto conlleva que la catequesis respete y valore el lenguaje propio
del mensaje, sobre todo el bíblico, pero también el histórico-tradicional
de la Iglesia (Símbolo, liturgia), y el así llamado lenguaje
doctrinal (fórmulas dogmáticas); es preciso, además, que la
catequesis entre en comunicación con formas y términos propios de
la cultura de las personas a las que se dirige; hace falta, finalmente, que la
catequesis fomente nuevas expresiones del Evangelio en la cultura en la que se
implanta.
En concreto, en el proceso de inculturación del Evangelio, la
catequesis no ha de tener miedo a emplear fórmulas tradicionales y términos
técnicos del lenguaje de la fe, si bien ha de ofrecer el significado que
tienen y mostrar su relevancia existencial; por otra parte, la catequesis «
tiene el deber imperioso de encontrar el lenguaje adaptado a los niños y
a los jóvenes de nuestro tiempo en general, y a otras muchas categorías
de personas: lenguaje de los estudiantes, de los intelectuales, de los hombres
de ciencia; lenguaje de los analfabetos y de las personas de cultura elemental;
lenguaje de los minusválidos, etc. ».(33)
Los medios de comunicación
209. Íntimamente vinculados al lenguaje están los distintos
modos de comunicación, uno de los más eficaces y persuasivos es el
de los « mass-media ». « La evangelización misma de la
cultura moderna depende en gran parte de su influjo ».(34)
Teniendo en cuenta lo que se ha dicho de los medios de comunicación
en otro lugar,(35) conviene recordar algunos indicadores relacionados con la
inculturación: una mayor valoración de los medios de acuerdo con
su específica capacidad comunicativa, sabiendo equilibrar bien el
lenguaje de la imagen con el de la palabra; la salvaguardia del genuino sentido
religioso en las formas más importantes de expresión; la promoción
de la madurez crítica de los usuarios y el estímulo a la
profundización personal de lo que reciben de esos medios; la elaboración
de materiales catequéticos en relación con los « mass-media »;
la colaboración provechosa entre los agentes pastorales.(36)
210. El catecismo es un instrumento primordial en el proceso de inculturación.
Sobre todo lo es el Catecismo de la Iglesia Católica, del que es
necesario saber « poner en evidencia la vasta gama de servicios... también
para los objetivos de la inculturación, que, para ser eficaz, nunca puede
dejar de ser verdadera ».(37) El Catecismo de la Iglesia Católica
pide expresamente la redacción de catecismos locales apropiados, en los
que se pueden realizar las adaptaciones debidas « a las exigencias que
dimanan de las diferentes culturas, de edades, de la vida espiritual, de
situaciones sociales y eclesiales de aquéllos a quienes se dirige la
catequesis ».(38)
Ámbitos antropológicos y tendencias culturales
211. El Evangelio reclama una catequesis abierta, generosa y decidida a
acercarse a las personas allá donde viven, en particular saliendo a su
encuentro en aquellos lugares principales donde tienen lugar los cambios
culturales elementales y fundamentales como la familia, la escuela, el ámbito
del trabajo y el tiempo libre.
Así mismo es importante para la catequesis saber discernir y estar
presente en aquellos ámbitos antropológicos en los que las
tendencias culturales generan o difunden modelos de vida y pautas de
comportamiento, como la cultura urbana, el turismo y las migraciones, el mundo
juvenil y otros fenómenos de relieve social...
Finalmente hay « otros sectores que han de ser iluminados con la luz
del Evangelio »,(39) como las llamadas áreas culturales « areópagos
modernos », tales como el área de la comunicación; el área
del compromiso por la paz, el desarrollo, la liberación de los pueblos y
la salvaguardia de la creación; el área de la defensa de los
derechos humanos, sobre todo los de las minorías, de la mujer y del niño;
el área de la investigación científica y de las relaciones
internacionales...
Actuación ante las situaciones concretas
212. El proceso de inculturación realizado por la catequesis está
llamado a confrontarse continuamente con múltiples y diferentes
situaciones concretas. Entre las más relevantes y frecuentes se pueden señalar:
En primer lugar, hay que distinguir la inculturación en países
en que la presencia cristiana es reciente y donde el primer anuncio misionero aún
debe consolidarse, y la inculturación en países de larga tradición
cristiana, necesitados de nueva evangelización.
Se han de tener en cuenta también aquellas situaciones de
tensión y de conflicto, ocasionadas por factores como el pluralismo étnico,
el pluralismo religioso, las grandes diferencias de desarrollo, las condiciones
de vida urbana y extraurbana, los modelos de referencia dominantes en unos países
profundamente influidos por la secularización masiva y, en otros, por una
fuerte religiosidad.
Por fin, se deberá tener presente las tendencias culturalmente
significativas del propio lugar, representadas por ciertos grupos sociales y
profesionales, como los hombres de ciencia y de cultura, el mundo obrero, los jóvenes,los
marginados, los extranjeros, los discapacitados...
En términos más generales, « la formación de los
cristianos tendrá en cuenta en grado máximo la cultura humana del
lugar, que contribuye a la misma formación, y que ayudará a juzgar
tanto el valor que se encierra en la cultura tradicional como aquel otro
propuesto en la cultura moderna. Préstese también la debida atención
a las diversas culturas que pueden coexistir en un mismo pueblo y en una misma
nación ».(40)
Tareas de las Iglesias locales(41)
213. Las Iglesias particulares tienen una competencia propia en la
inculturación, y se refiere a todos los ámbitos de la vida
cristiana. La catequesis es un aspecto y sector en esta tarea. Precisamente por
la propia naturaleza de la inculturación, que tiene lugar en situaciones
concretas y específicas, la « legítima atención a las
Iglesias particulares no puede menos de enriquecer a la Iglesia. Es
indispensable y urgente ».(42)
A tal fin, de modo oportuno y un poco por todas partes, las distintas
Conferencias Episcopales van elaborando Directorios de catequesis (e
instrumentos análogos), catecismos, materiales catequéticos, y
establecen centros de estudio y escuelas de formación. A la luz de cuanto
se expone en el presente Directorio, es preciso hacer una revisión y una
puesta al día de estas orientaciones y directrices locales, estimulando
la colaboración de los centros de estudio, recogiendo las experiencia de
los catequistas y favoreciendo la participación del pueblo de Dios.
Iniciativas bajo la guía de los pastores
214. La importancia de cuanto se ha dicho y la indispensable fase de
investigación y experimentación exigen que los legítimos
pastores tomen iniciativas a este efecto y las orienten. Estas iniciativas
pueden consistir en:
Promover una catequesis amplia y capilar que ayude a superar el grave
obstáculo de toda inculturación que es la ignorancia o la
desinformación. Así se hace posible el diálogo y la
participación activa de las personas, que señalan mejor vías
eficaces para el anuncio.
Llevar a cabo experiencias-piloto de inculturación de la fe al
interior de un programa establecido por la Iglesia. Un papel importante en
particular, asume la práctica del catecumenado de adultos conforme a lo
establecido en el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos.
Disponer, si en el mismo territorio eclesial existieran diversos
grupos étnico-lingüísticos, de guías y directorios
traducidos a las diversas lenguas, promoviendo un servicio catequético
homogéneo a todos los grupos a través de centros apropiados.
Establecer relaciones de reciprocidad y comunión entre las
Iglesias locales, y entre éstas y la Santa Sede. Eso permitirá
valorar las experiencias, criterios, itinerarios e instrumentos de trabajo más
valiosos y actualizados en orden a la inculturación.
QUINTA PARTE
LA CATEQUESIS EN LA IGLESIA PARTICULAR
La catequesis en la Iglesia particular
« Subió al monte y llamó a los que él quiso; y
vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él
y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios » (Mc
3, 13-15). « Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás,
porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está
en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia » (Mt 16,17-18). La
Iglesia de Pentecostés, impulsada por el Espíritu Santo, va
engendrando las Iglesias:« Iglesia de Jerusalén » (Hch
8,1); «La Iglesia de Dios que está en Corinto » (1 Co
1,2); « Las Iglesias de Asia » (1 Co 16,19); «
Las Iglesias de Judea » (Ga 1,22); « Las siete
Iglesias: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea
» (cf Ap 1,20-3,14).
Significado y finalidad de esta parte
215. De cuanto queda expuesto en las partes precedentes acerca de la
naturaleza de la catequesis, su contenido, su pedagogía y sus
destinatarios, nace la pastoral catequética que, de hecho, se realiza en
la Iglesia particular.
Esta quinta parte expone los elementos más importantes.
216. El primer capítulo trata del ministerio catequético y sus
agentes. La catequesis es una responsabilidad común pero diferenciada.
Los obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y fieles laicos actúan
en ella según su respectiva responsabilidad y carismas.
La formación de los catequistas, analizada en el segundo capítulo,
es elemento decisivo en la acción catequizadora. Si es importante dotar a
la catequesis de buenos instrumentos de trabajo, más importante es aún
preparar buenos catequistas.
En el tercer capítulo se estudian los 'lugares' donde, de hecho, se
realiza la catequesis.
En el cuarto capítulo se analizan los aspectos más
directamente organizativos de la catequesis: los organismos responsables, la
coordinación de la catequesis y algunas tareas propias del servicio
catequético.
Las indicaciones y sugerencias aquí propuestas no pueden llevarse a
cabo de modo inmediato y a la vez en todos los lugares de la Iglesia. En las
naciones o regiones donde la acción catequética no ha podido
alcanzar un suficiente nivel de desarrollo, estas orientaciones y sugerencias señalan
una serie de metas a alcanzar gradualmente.
CAPITULO I
El ministerio de la catequesis en la Iglesia
particular y sus agentes
La Iglesia particular(43)
217. El anuncio, la transmisión y la vivencia del Evangelio se
realizan en el seno de una Iglesia particular(44) o diócesis.(45) La
Iglesia particular está constituida por la comunidad de los discípulos
de Jesucristo(46) que viven en un espacio socio-cultural determinado. En cada
Iglesia particular « se hace presente la Iglesia universal con todos sus
elementos esenciales ».(47) Realmente, la Iglesia universal, fecundada como
primera célula el día de Pentecostés por el Espíritu
Santo, « da a luz a las Iglesias particulares como hijas y se expresa en
ellas ».(48) La Iglesia universal, como Cuerpo de Cristo, se manifiesta así
como « Cuerpo de las Iglesias ».(49)
218. El anuncio del Evangelio y la Eucaristía son los dos pilares
sobre los que se edifica y en torno a los cuales se congrega la Iglesia
particular. Al igual que la Iglesia universal, también « ella existe
para evangelizar ».(50)
La catequesis es una acción evangelizadora básica de toda
Iglesia particular. Mediante ella, la diócesis ofrece a todos sus
miembros y a todos los que se acercan con el deseo de entregarse a Jesucristo,
un proceso formativo que les permita conocer, celebrar, vivir y anunciar el
Evangelio dentro de su propio horizonte cultural. De esta manera, la confesión
de fe, meta de la catequesis, puede ser proclamada por los discípulos de
Cristo « en su propia lengua ».(51) Como en Pentecostés, hoy
también la Iglesia de Cristo, « presente y operante »(52) en
las Iglesias particulares, « habla todas las lenguas »,(53) ya que,
cual árbol que crece, echa sus raíces en todas las culturas.
El ministerio de la catequesis en la Iglesia particular
219. En el conjunto de ministerios y servicios, con los que la Iglesia
particular realiza su misión evangelizadora, ocupa un lugar destacado el
ministerio de la catequesis.(54) En él cabe señalar los
rasgos siguientes:
a) En la Diócesis la catequesis es un servicio único,(55)
realizado de modo conjunto por presbíteros, diáconos, religiosos y
laicos, en comunión con el obispo. Toda la comunidad cristiana debe
sentirse responsable de este servicio. Aunque los sacerdotes, religiosos y
laicos realizan en común la catequesis, lo hacen de manera diferenciada,
cada uno según su particular condición en la Iglesia (ministros
sagrados, personas consagradas, fieles cristianos).(56) A través de
ellos, en la diversidad de sus funciones, el ministerio catequético
ofrece de modo pleno la palabra y el testimonio completos de la realidad
eclesial. Si faltase alguna de estas formas de presencia la catequesis perdería
parte de su riqueza y significación.
b) Se trata, por otra parte, un servicio eclesial, indispensable
para el crecimiento de la Iglesia. No es una acción que pueda realizarse
en la comunidad a título privado o por iniciativa puramente personal. Se
actúa en nombre de la Iglesia, en virtud de la misión confiada por
ella.
c) El ministerio catequético tiene, en el conjunto de los
ministerios y servicios eclesiales, un carácter propio, que deriva de la
especificidad de la acción catequética dentro del proceso de la
evangelización. La tarea del catequista, como educador de la fe, difiere
de la de otros agentes de la pastoral (litúrgica, caritativa, social...)
aunque, obviamente, ha de actuar en coordinación con ellos.
d) Para que el ministerio catequético en una Diócesis
sea fructífero, necesita contar con otros agentes, no necesariamente
catequistas directos, que apoyen y respalden la actividad catequética
realizando tareas que son imprescindibles, como: la formación de
catequistas, la elaboración de materiales, la reflexión, la
organización y planificación. Estos agentes, junto con los
catequistas, están al servicio de un único ministerio catequético
diocesano, aunque no todos realicen las mismas funciones, ni por el mismo título.
La comunidad cristiana y la responsabilidad de catequizar
220. La catequesis es una responsabilidad de toda la comunidad cristiana. La
iniciación cristiana, en efecto, « no deben procurarla solamente los
catequistas o los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles ».(57)
La misma educación permanente de la fe es un asunto que atañe a
toda la comunidad. La catequesis es, por tanto, una acción educativa
realizada a partir de la responsabilidad peculiar de cada miembro de la
comunidad, en un contexto o clima comunitario rico en relaciones, para que los
catecúmenos y catequizandos se incorporen activamente a la vida de dicha
comunidad.
De hecho, la comunidad cristiana sigue el desarrollo de los procesos catequéticos,
ya sea con niños, con jóvenes o con adultos, como un hecho que le
concierne y compromete directamente.(58) Más aún, la comunidad
cristiana al final del proceso catequético acoge a los catequizados en un
ambiente fraterno « donde puedan vivir, con la mayor plenitud posible, lo
que han aprendido ».(59)
221. Pero la comunidad cristiana no sólo da mucho al grupo de los
catequizandos, sino que también recibe mucho de él. Los nuevos
convertidos, sobre todo los jóvenes y adultos, al convertirse a
Jesucristo, aportan a la comunidad que los acoge una nueva riqueza humana y
religiosa. Así, la comunidad crece y se desarrolla, ya que la catequesis
no sólo conduce a la madurez de la fe a los catequizandos, sino a la
madurez de la misma comunidad como tal.
Aunque toda la comunidad cristiana es responsable de la catequesis, y aunque
todos sus miembros han de dar testimonio de la fe, no todos reciben la misión
de ser catequistas. Junto a la misión originaria que tienen los padres
respecto a sus hijos, la Iglesia confía oficialmente a determinados
miembros del Pueblo de Dios, especialmente llamados, la delicada tarea de
transmitir orgánicamente la fe en el seno de la comunidad.(60)
El Obispo, primer responsable de la catequesis en la Iglesia particular
222. El Concilio Vaticano II pone de relieve la importancia eminente que, en
el ministerio episcopal, tiene el anuncio y la transmisión del Evangelio:
« Entre las principales tareas de los obispos destaca la predicación
del Evangelio ».(61) En la realización de esta tarea los obispos
son, ante todo, « pregoneros de la fe »,(62) tratando de ganar nuevos
discípulos para Cristo y son, al mismo tiempo, « maestros auténticos
»,(63) transmitiendo al pueblo que se les ha encomendado la fe que ha de
profesar y vivir. En el ministerio profético de los obispos, el anuncio
misionero y la catequesis son dos aspectos íntimamente unidos. Para
desempeñar esta función los obispos reciben « el carisma
cierto de la verdad ».(64)
Los obispos son « los primeros responsables de la catequesis, los
catequistas por excelencia ».(65) En la historia de la Iglesia es patente
el papel preponderante de grandes y santos obispos que marcan, con sus
iniciativas y sus escritos, el período más floreciente de la
institución catecumenal. Concebían a la catequesis como una de las
tareas básicas de su ministerio.(66)
223. Esta preocupación por la actividad catequética llevará
al obispo a asumir « la alta dirección de la catequesis »(67)
en la Iglesia particular, lo que implica entre otras cosas:
Asegurar en su Iglesia la prioridad efectiva de una catequesis activa
y eficaz, « promoviendo la participación de las personas, de los
medios e instrumentos, así como de los recursos económicos
necesarios ».(68)
Ejercer la solicitud por la catequesis con una intervención
directa en la transmisión del Evangelio a los fieles, velando al mismo
tiempo por la autenticidad de la confesión de fe y por la calidad de los
textos e instrumentos que deban utilizarse.(69)
« Suscitar y mantener una verdadera mística de la
catequesis, pero una mística que se encarne en una organización
adecuada y eficaz »,(70) actuando con el convencimiento profundo de la
importancia de la catequesis para la vida cristiana de una Diócesis.
Cuidar de que « los catequistas se preparen de la forma debida
para su función, de suerte que conozcan con claridad la doctrina de la
Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las leyes psicológicas
y las disciplinas pedagógicas ».(71)
Establecer en la diócesis un proyecto global de catequesis,
articulado y coherente, que responda a las verdaderas necesidades de los fieles
y que esté convenientemente ubicado en los planes pastorales diocesanos.
Tal proyecto ha de estar coordinado, igualmente, en su desarrollo, con los
planes de la Conferencia episcopal.
Los presbíteros, pastores y educadores de la comunidad cristiana
224. La función propia del presbítero en la tarea
catequizadora brota del sacramento del Orden que ha recibido. « Por el
sacramento del Orden, los presbíteros se configuran con Cristo sacerdote,
como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo que es la
Iglesia, como cooperadores del orden episcopal ».(72) Por esta ontológica
configuración con Cristo, el ministerio de los presbíteros es un
servicio configurador de la comunidad, que coordina y potencia los demás
servicios y carismas.
En relación con la catequesis, el sacramento del Orden constituye a
los presbíteros en « educadores en la fe ».(73) Tratan, por
ello, de que los fieles de la comunidad se formen adecuadamente y alcancen la
madurez cristiana.(74) Sabiendo, por otra parte, que su « sacerdocio
ministerial »(75) está al servicio del « sacerdocio común
de los fieles »,(76) los presbíteros fomentan la vocación y
la tarea de los catequistas, ayudándoles a realizar una función
que brota del Bautismo y se ejerce en virtud de una misión que la Iglesia
les confía. Los presbíteros llevan a cabo, de esta manera, la
recomendación del Concilio Vaticano II, cuando les pide que «
reconozcan y promuevan la dignidad de los laicos y la parte que les corresponde
en la misión de la Iglesia ».(77)
225. Más en concreto, destacan como tareas propias del presbítero
en la catequesis, y particularmente del párroco, las siguientes:(78)
suscitar en la comunidad cristiana el sentido de la común
responsabilidad hacia la catequesis, como tarea que a todos atañe, así
como el reconocimiento y aprecio hacia los catequistas y su misión;
cuidar la orientación de fondo de la catequesis y su adecuada
programación, contando con la participación activa de los propios
catequistas, y tratando de que esté « bien estructurada y bien
orientada »;(79)
fomentar y discernir vocaciones para el servicio catequético
y, como catequista de catequistas, cuidar la formación de éstos,
dedicando a esta tarea sus mejores desvelos;
integrar la acción catequética en el proyecto
evangelizador de la comunidad y cuidar, en particular, el vínculo entre
catequesis, sacramentos y liturgia;
garantizar la vinculación de la catequesis de su comunidad con
los planes pastorales diocesanos, ayudando a los catequistas a ser cooperadores
activos de un proyecto diocesano común.
La experiencia atestigua que la calidad de la catequesis de una comunidad
depende, en grandísima parte, de la presencia y acción del
sacerdote.
Los padres de familia, primeros educadores de la fe de sus hijos(80)
226. El testimonio de vida cristiana, ofrecido por los padres en el seno de
la familia, llega a los niños envuelto en el cariño y el respeto
materno y paterno. Los hijos perciben y viven gozosamente la cercanía de
Dios y de Jesús que los padres manifiestan, hasta tal punto, que esta
primera experiencia cristiana deja frecuentemente en ellos una huella decisiva
que dura toda la vida. Este despertar religioso infantil en el ambiente familiar
tiene, por ello, un carácter « insustituible ».(81)
Esta primera iniciación se consolida cuando, con ocasión de
ciertos acontecimientos familiares o en fiestas señaladas, « se
procura explicitar en familia el contenido cristiano o religioso de esos
acontecimientos ».(82) Esta iniciación se ahonda aún más
si los padres comentan y ayudan a interiorizar la catequesis más sistemática
que sus hijos, ya más crecidos, reciben en la comunidad cristiana. En
efecto, « la catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda
otra forma de catequesis ».(83)
227. Los padres reciben en el sacramento del matrimonio la gracia y la
responsabilidad de la educación cristiana de sus hijos,(84) a los que
testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Esta acción
educativa, a un tiempo humana y religiosa, es un « verdadero ministerio »(85)
por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio hasta el punto de que la
misma vida de familia se hace itinerario de fe y escuela de vida cristiana.
Incluso, a medida que los hijos van creciendo, el intercambio es mutuo y, «
en un diálogo catequético de este tipo, cada uno recibe y da ».(86)
Por ello es preciso que la comunidad cristiana preste una atención
especialísima a los padres. Mediante contactos personales, encuentros,
cursos e, incluso, mediante una catequesis de adultos dirigida a los padres, ha
de ayudarles a asumir la tarea, hoy especialmente delicada, de educar en la fe a
sus hijos. Esto es aún más urgente en los lugares en los que la
legislación civil no permite o hace difícil una libre educación
en la fe.(87) En estos casos, la « iglesia doméstica »(88) es,
prácticamente, el único ámbito donde los niños y los
jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis.
Los religiosos en la catequesis
228. La Iglesia convoca particularmente a las personas de vida consagrada a
la actividad catequética y desea « que las comunidades religiosas
dediquen el máximo de sus capacidades y de sus posibilidades a la obra
específica de la catequesis ».(89)
La aportación peculiar de los religiosos, de las religiosas y de los
miembros de sociedades de vida apostólica a la catequesis brota de su
condición específica. La profesión de los consejos evangélicos,
que caracteriza a la vida religiosa, constituye un don para toda la comunidad
cristiana. En la acción catequética diocesana, su aportación
original y específica nunca podrá ser suplida por la de los
sacerdotes y laicos. Esta contribución original brota del testimonio público
de su consagración, que les convierte en signo viviente de la realidad
del Reino: « La profesión de estos consejos en un estado de vida
estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la vida consagrada a
Dios ».(90) Aunque los valores evangélicos deben ser vividos por
todo cristiano, las personas de vida consagrada « encarnan la Iglesia
deseosa de entregarse a la radicalidad de las bienaventuranzas ».(91) El
testimonio de los religiosos, unido al testimonio de los laicos, muestra el
rostro total de la Iglesia que es, toda ella, signo del Reino de Dios.(92)
229. « Muchas familias religiosas, masculinas y femeninas, nacieron
para la educación cristiana de los niños y de los jóvenes,
particularmente los más abandonados ».(93) Ese mismo carisma de los
fundadores hace que muchos religiosos y religiosas colaboren hoy en la
catequesis diocesana de adultos. En el curso de la historia siempre « se
han encontrado muy comprometidos en la acción catequética de la
Iglesia ».(94)
Los carismas fundacionales(95) no quedan al margen cuando los religiosos
participan en la tarea catequética. Manteniendo intacto el carácter
propio de la catequesis, los carismas de las diversas comunidades religiosas
enriquecen una tarea común con unos acentos propios, muchas veces de gran
hondura religiosa, social y pedagógica. La historia de la catequesis
demuestra la vitalidad que estos carismas han proporcionado a la acción
educativa de la Iglesia.
Los catequistas laicos
230. La acción catequética de los fieles laicos tiene, también,
un carácter peculiar debido a su particular condición en la
Iglesia: « el carácter secular es propio de los laicos ».(96)
Los laicos ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo,
compartiendo todo tipo de tareas con los demás hombres y mujeres,
aportando a la transmisión del Evangelio una sensibilidad y unas
connotaciones específicas: « esta evangelización... adquiere
una nota específica por el hecho de que se realiza dentro de las comunes
condiciones de la vida en el mundo ».(97)
En efecto, al vivir la misma forma de vida que aquellos a quienes
catequizan, los catequistas laicos tienen una especial sensibilidad para
encarnar el Evangelio en la vida concreta de los seres humanos. Los propios
catecúmenos y catequizandos pueden encontrar en ellos un modelo cristiano
cercano en el que proyectar su futuro como creyentes.
231. La vocación del laico para la catequesis brota del sacramento
del Bautismo, es robustecida por el sacramento de la Confirmación,
gracias a los cuales participa de la « misión sacerdotal, profética
y real de Cristo ».(98) Además de la vocación común al
apostolado, algunos laicos se sienten llamados interiormente por Dios para
asumir la tarea de ser catequistas. La Iglesia suscita y discierne esta llamada
divina y les confiere la misión de catequizar. El Señor Jesús
invita así, de una forma especial, a hombres y mujeres, a seguirle
precisamente en cuanto maestro y formador de discípulos. Esta llamada
personal de Jesucristo, y la relación con El, son el verdadero motor de
la acción del catequista. « De este conocimiento amoroso de Cristo
es de donde brota el deseo de anunciarlo, de evangelizar, y de llevar a otros al
"sí" de la fe en Jesucristo ».(99)
Sentirse llamado a ser catequista y recibir de la Iglesia la misión
para ello, puede adquirir, de hecho, grados diversos de dedicación, según
las características de cada uno. A veces, el catequista sólo puede
ejercer este servicio de la catequesis durante un período limitado de su
vida, o incluso de modo meramente ocasional, aunque siempre como un servicio y
una colaboración preciosa. No obstante, la importancia del ministerio de
la catequesis aconseja que en la diócesis exista, ordinariamente, un
cierto número de religiosos y laicos, estable y generosamente dedicados a
la catequesis, reconocidos públicamente por la Iglesia, y que en
comunión con los sacerdotes y el Obispo contribuyan a dar a este
servicio diocesano la configuración eclesial que le es propia. (100)
Diversos tipos de catequista, hoy especialmente necesarios
232. El tipo o figura del catequista en la Iglesia presenta modalidades
diversas, ya que las necesidades de la catequesis son variadas.
« Los catequistas de tierras de misión », (101) a
quienes se aplica por excelencia el título de catequista: « sin
ellos no se habrían edificado Iglesias hoy día florecientes ».
(102) Los hay que tienen « la función específica de la
catequesis » (103) y los hay también que « cooperan en las
distintas formas de apostolado ». (104)
En algunas Iglesias de antigua cristiandad, con gran escasez de
clero, se deja sentir la necesidad de una figura en cierto modo análoga a
la del catequista de tierras de misión. Se trata, en efecto, de hacer
frente a necesidades imperiosas: la animación comunitaria de pequeñas
poblaciones rurales, carentes de la presencia asidua del sacerdote; la
conveniencia de una presencia y penetración misioneras « en las
barriadas de las grandes metrópolis ». (105)
En aquellas situaciones de países de tradición
cristiana que reclaman una « nueva evangelización », (106) la
figura del catequista de jóvenes y la del catequista de adultos se hacen
imprescindibles para animar procesos de catequesis de iniciación. Estos
catequistas deben atender también a la catequesis permanente. En estos
menesteres el papel del sacerdote será, igualmente, fundamental.
Sigue siendo básica la figura del catequista de niños y
adolescentes, con la delicada misión de inculcar « las primeras
nociones de catequesis y preparar para los sacramentos de la Reconciliación,
primera Comunión y Confirmación ». (107) Esta tarea se hace
hoy aún más imperiosa cuando esos niños y adolescentes «
no reciben en sus hogares una formación religiosa conveniente ».
(108)
Un tipo de catequista que conviene promover es el del catequista para
encuentros presacramentales, (109) destinado al mundo de los adultos, con ocasión
del Bautismo o de la primera Comunión de los hijos, o con motivo del
sacramento del Matrimonio. Es una tarea con una originalidad propia en la que
con frecuencia pueden confluir la acogida, el primer anuncio y la posibilidad de
un primer acompañamiento en la búsqueda de la fe.
Sectores humanos de especial sensibilidad necesitan urgentemente de
otros tipos de catequista. Dichos sectores son: las denominadas personas de la
tercera edad, (110) que necesitan una presentación del Evangelio adaptada
a sus condiciones; las personas desadaptadas y discapacitadas, que necesitan una
pedagogía catequética especial, junto a su plena integración
en la comunidad; (111) los emigrantes y las personas marginadas por la evolución
moderna. (112)
Otras figuras de catequista pueden ser igualmente aconsejables. Cada Iglesia
particular, al analizar su situación cultural y religiosa, descubrirá
sus propias necesidades y perfilará, con realismo, los tipos de
catequista que necesita. Es una tarea fundamental a la hora de orientar y
organizar la formación de los catequistas.
CAPITULO II
La formación para el servicio de la
catequesis
La pastoral de catequistas en la Iglesia particular
233. Para el buen funcionamiento del ministerio catequético en la
Iglesia particular es preciso contar, ante todo, con una adecuada pastoral de
los catequistas. En ella varios aspectos deben ser tenidos en cuenta. Se ha de
tratar, en efecto, de:
Suscitar en las parroquias y comunidades cristianas vocaciones para
la catequesis. En los tiempos actuales, en los que las necesidades de
catequización son cada vez más diferenciadas, hay que promover
diferentes tipos de catequistas. « Se requerirán, por tanto,
catequistas especializados ». (113) Conviene determinar los criterios de
elección.
Promover un cierto número de « catequistas a tiempo pleno
», que puedan dedicarse a la catequesis de manera más intensa y
estable, (114) junto a la promoción de « catequistas de tiempo
parcial », que ordinariamente serán los más numerosos.
Establecer una distribución más equilibrada de los
catequistas entre los sectores de destinatarios que necesitan catequesis. La
toma de conciencia de la necesidad de una catequesis de jóvenes y
adultos, por ejemplo, obligará a establecer un mayor equilibrio respecto
al número de catequistas que se dedican a la infancia y adolescencia.
Promover animadores responsables de la acción catequética,
que asuman responsabilidades en el nivel diocesano, zonal o parroquial. (115)
Organizar adecuadamente la formación de los catequistas, tanto
en lo que concierne a la formación básica inicial como a la
formación permanente.
Cuidar la atención personal y espiritual de los catequistas y
del grupo de catequistas como tal. Esta acción compete, principal y
fundamentalmente, a los sacerdotes de las respectivas comunidades cristianas.
Coordinar a los catequistas con los demás agentes de pastoral
en las comunidades cristianas, a fin de que la acción evangelizadora
global sea coherente y el grupo de catequistas no quede aislado de la vida de la
comunidad.
Importancia de la formación de los catequistas
234. Todos estos quehaceres nacen de la convicción de que cualquier
actividad pastoral que no cuente para su realización con personas
verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. Los
instrumentos de trabajo no pueden ser verdaderamente eficaces si no son
utilizados por catequistas bien formados. Por tanto, la adecuada formación
de los catequistas no puede ser descuidada en favor de la renovación
de los textos y de una mejor organización de la catequesis. (116)
En consecuencia, la pastoral catequética diocesana debe dar absoluta
prioridad a la formación de los catequistas laicos. Junto a ello,
y como elemento realmente decisivo, se deberá cuidar al máximo la
formación catequética de los presbíteros, tanto en los
planes de estudio de los seminarios como en la formación permanente. Se
recomienda encarecidamente a los Obispos que esta formación sea
exquisitamente cuidada.
Finalidad y naturaleza de la formación de los catequistas
235. La formación trata de capacitar a los catequistas para
transmitir el Evangelio a los que desean seguir a Jesucristo. La finalidad de la
formación busca, por tanto, que el catequista sea lo más apto
posible para realizar un acto de comunicación: « La cima y el centro
de la formación de catequistas es la aptitud y habilidad de comunicar el
mensaje evangélico ». (117)
La finalidad cristocéntrica de la catequesis, que busca propiciar la
comunión con Jesucristo en el convertido, impregna toda la formación
de los catequistas. (118) Lo que ésta persigue, en efecto, no es otra
cosa que lograr que el catequista pueda animar eficazmente un itinerario catequético
en el que, mediante las necesarias etapas: anuncie a Jesucristo; dé a
conocer su vida, enmarcándola en el conjunto de la Historia de la salvación;
explique su misterio de Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros; y ayude,
finalmente, al catecúmeno o al catequizando a identificarse con
Jesucristo en los sacramentos de iniciación. (119) En la catequesis
permanente, el catequista no hace sino ahondar en estos aspectos básicos.
Esta perspectiva cristológica incide directamente en la identidad del
catequista y en su preparación. « La unidad y armonía del
catequista se deben leer desde esta perspectiva cristocéntrica, y han de
construirse en base a una familiaridad profunda con Cristo y con el Padre en el
Espíritu ». (120)
236. El hecho de que la formación busque capacitar al catequista para
transmitir el Evangelio en nombre de la Iglesia confiere a toda la formación
una naturaleza eclesial. La formación de los catequistas no es otra cosa
que un ayudar a éstos a sumergirse en la conciencia viva que la Iglesia
tiene hoy del Evangelio, capacitándoles así para transmitirlo en
su nombre.
Más en concreto, el catequista en su formación
entra en comunión con esa aspiración de la Iglesia que, como
esposa, « conserva pura e íntegramente la fe prometida al Esposo »
(121) y, como « madre y maestra », quiere transmitir el Evangelio en
toda su autenticidad, adaptándolo a todas las culturas, edades y
situaciones. Esta eclesialidad de la transmisión del Evangelio impregna
toda la formación de los catequistas, confiriéndole su verdadera
naturaleza.
Criterios inspiradores de la formación de los catequistas
237. Para concebir de manera adecuada la formación de los catequistas
hay que tener en cuenta, previamente, una serie de criterios inspiradores que
configuran con diferentes acentos dicha formación:
Se trata, ante todo, de formar catequistas para las necesidades
evangelizadoras de este momento histórico con sus valores, sus desafíos
y sus sombras. Para responder a él se necesitan catequistas dotados de
una fe profunda, (122) de una clara identidad cristiana y eclesial (123) y de
una honda sensibilidad social. (124) Todo plan formativo ha de tener en cuenta
estos aspectos.
La formación tendrá presente, también, el
concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia. Se trata de formar a los
catequistas para que puedan impartir no sólo una enseñanza sino
una formación cristiana integral, desarrollando tareas de « iniciación,
de educación y de enseñanza ». (125) Se necesitan catequistas
que sean, a un tiempo, maestros, educadores y testigos.
El momento catequético que vive la Iglesia invita, también,
a preparar catequistas integradores, que sepan superar « tendencias
unilaterales divergentes » (126) y ofrecer una catequesis plena y completa.
Han de saber conjugar la dimensión veritativa y significativa de la fe,
la ortodoxia y la ortopraxis, el sentido social y eclesial. La formación
ha de ayudar a que los polos de estas tensiones se fecunden mutuamente.
La formación de los catequistas laicos no puede ignorar el carácter
propio del laico en la Iglesia y no debe ser concebida como mera síntesis
de la formación propia de los sacerdotes o de los religiosos. Al
contrario, se tendrá muy en cuenta que « su formación recibe
una característica especial por su misma índole secular, propia
del laicado, y por el carácter propio de su espiritualidad ».
Finalmente, la pedagogía utilizada en esta formación
tiene una importancia fundamental. Como criterio general hay que decir que debe
existir una coherencia entre la pedagogía global de la formación
del catequista y la pedagogía propia de un proceso catequético. Al
catequista le sería muy difícil improvisar, en su acción
catequética, un estilo y una sensibilidad en los que no hubiera sido
iniciado durante su formación.
Las dimensiones de la formación: el ser, el saber, el saber hacer
238. La formación de los catequistas comprende varias dimensiones. La
más profunda hace referencia al ser del catequista, a su dimensión
humana y cristiana. La formación, en efecto, le ha de ayudar a madurar,
ante todo, como persona, como creyente y como apóstol. Después está
lo que el catequista debe saber para desempeñar bien su tarea.
Esta dimensión, penetrada de la doble fidelidad al mensaje y a la persona
humana, requiere que el catequista conozca bien el mensaje que transmite y, al
mismo tiempo, al destinatario que lo recibe y al contexto social en que vive.
Finalmente, está la dimensión del saber hacer, ya que la
catequesis es un acto de comunicación. La formación tiende a hacer
del catequista un educador del hombre y de la vida del hombre. (127)
Madurez humana, cristiana y apostólica de los catequistas
239. Apoyado en una madurez humana inicial, (128) el ejercicio de la
catequesis, constantemente discernido y evaluado, permitirá al catequista
crecer en equilibrio afectivo, en sentido crítico, en unidad interior, en
capacidad de relación y de diálogo, en espíritu
constructivo y en trabajo de equipo. (129) Se procurará, sobre todo,
hacerle crecer en el respeto y amor hacia los catecúmenos y
catequizandos: « ¿De qué amor se trata? Mucho más que el
de un pedagogo; es el amor de un padre: más aún, el de una madre.
Tal es el amor que el Señor espera de cada anunciador del Evangelio, de
cada constructor de la Iglesia ». (130)
La formación cuidará, al mismo tiempo, que el ejercicio de la
catequesis alimente y nutra la fe del catequista, haciéndole crecer como
creyente. Por eso, la verdadera formación alimenta, ante todo, la espiritualidad
del propio catequista, (131) de modo que su acción brote, en verdad, del
testimonio de su vida. Cada tema catequético que se imparte debe nutrir,
en primer lugar, la fe del propio catequista. En verdad, uno catequiza a los demás
catequizándose antes a sí mismo.
La formación, también, alimentará constantemente la
conciencia apostólica del catequista, su sentido evangelizador.
Para ello ha de conocer y vivir el proyecto de evangelización concreto de
su Iglesia diocesana y el de su parroquia, a fin de sintonizar con la conciencia
que la Iglesia particular tiene de su propia misión. La mejor forma de
alimentar esta conciencia apostólica es identificarse con la figura de
Jesucristo, maestro y formador de discípulos, tratando de hacer suyo el
celo por el Reino que Jesús manifestó. A partir del ejercicio de
la catequesis, la vocación apostólica del catequista, alimentada
con una formación permanente, irá constantemente madurando.
La formación bíblico-teológica del catequista
240. Además de testigo, el catequista debe ser maestro que enseña
la fe. Una formación bíblico-teológica adecuada le
proporcionará un conocimiento orgánico del mensaje cristiano,
articulado en torno al misterio central de la fe que es Jesucristo.
El contenido de esta formación doctrinal viene pedido por los
elementos inherentes a todo proceso orgánico de catequesis:
las tres grandes etapas de la Historia de la salvación:
Antiguo Testamento, vida de Jesucristo e historia de la Iglesia;
los grandes núcleos del mensaje cristiano: Símbolo,
liturgia, moral y oración.
En el nivel propio de una enseñanza teológica, el contenido
doctrinal de la formación de un catequista es el mismo que el que la
catequesis debe transmitir. Por otra parte, la Sagrada Escritura deberá
ser « como el alma de toda esta formación ». (132) El Catecismo
de la Iglesia Católica, será referencia doctrinal fundamental de
toda la formación, juntamente con el Catecismo de la propia Iglesia
particular o local.
241. Esta formación bíblico-teológica debe reunir
algunas cualidades:
a) En primer lugar, es preciso que sea una formación de carácter
sintético, que corresponda al anuncio que se ha de transmitir, y donde
los diferentes elementos de la fe cristiana aparezcan, trabados y unidos, en una
visión orgánica que respete la « jerarquía de verdades
».
b) Esta síntesis de fe ha de ser tal que ayude al catequista
a madurar en su propia fe, al tiempo que le capacite para dar razón de la
esperanza en un tiempo de misión: « Se revela hoy cada vez más
urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por
el natural dinamismo de la profundización de su fe, sino también
por la exigencia de dar razón de la esperanza que hay en ellos, frente al
mundo y sus graves y complejos problemas ». (133)
c) Debe ser una formación teológica muy cercana a la
experiencia humana, capaz de relacionar los diferentes aspectos del mensaje
cristiano con la vida concreta de los hombres y mujeres, « ya sea para
inspirarla, ya para juzgarla, a la luz del Evangelio ». (134) De alguna
forma, y manteniéndose como enseñanza teológica, debe
adoptar un talante catequético.
d) Finalmente ha de ser tal que el catequista « pueda no sólo
transmitir con exactitud el mensaje evangélico, sino también
capacitar a los mismos catequizandos para recibir ese mensaje de manera activa y
poder discernir lo que, en su vida espiritual, es conforme a la fe ». (135)
Las ciencias humanas en la formación de los catequistas
242. El catequista adquiere el conocimiento del hombre y de la realidad en
la que vive por medio de las ciencias humanas, que han alcanzado en nuestros días
un incremento extraordinario. « Hay que conocer y emplear suficientemente
en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos sino
también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en
psicología y sociología, llevando así a los fieles a una más
pura y madura vida de fe ». (136)
Es necesario que el catequista entre en contacto al menos con algunos
elementos fundamentales de la psicología: los dinamismos psicológicos
que mueven al hombre, la estructura de la personalidad, las necesidades y
aspiraciones más hondas del corazón humano, la psicología
evolutiva y las etapas del ciclo vital humano, la psicología religiosa y
las experiencias que abren al hombre al misterio de lo sagrado...
Las ciencias sociales proporcionan el conocimiento del contexto
socio-cultural en que vive el hombre y que afecta decisivamente a su vida. Por
eso es necesario que en la formación de los catequistas se haga « un
análisis de las condiciones sociológicas, culturales y económicas,
en tanto que estos datos de la vida colectiva pueden tener una gran influencia
en el proceso de la evangelización ». (137)
Junto a estas ciencias recomendadas explícitamente por el Concilio
Vaticano II, otras ciencias han de estar presentes, de un modo u otro, en la
formación de los catequistas, especialmente las ciencias de la educación
y ciencias de la comunicación.
Criterios que pueden inspirar el empleo de las ciencias humanas en la
formación de los catequistas
243. Estos son:
a) El respeto a la autonomía de las ciencias: « La
Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana y
especialmente la de las ciencias ». (138)
b) El discernimiento evangélico de las diferentes tendencias
o escuelas psicológicas, sociológicas y pedagógicas: sus
valores y sus límites.
c) El estudio de las ciencias humanas en la formación
de los catequistas no es un fin en sí mismo. La toma de conciencia
de la situación existencial, psicológica, cultural y social del
hombre, se hace con vistas a la fe en que se le quiere educar. (139)
d) La teología y las ciencias humanas, en la formación
de catequistas, deben fecundarse mutuamente. En consecuencia hay que evitar que
estas ciencias se conviertan en la única norma para la pedagogía
de la fe, prescindiendo de los criterios teológicos que dimanan de la
misma pedagogía divina. Son disciplinas fundamentales y necesarias, pero
siempre al servicio de una acción evangelizadora que no es sólo
humana. (140)
La formación pedagógica
244. Junto a las dimensiones que conciernen al ser y al saber, la formación
de los catequistas, ha de cultivar también la del saber hacer. El
catequista es un educador que facilita la maduración de la fe que el
catecúmeno o el catequizando realiza con la ayuda del Espíritu
Santo. (141)
Lo primero que hay que tener en cuenta en este decisivo aspecto de la
formación es respetar la pedagogía original de la fe. En efecto,
el catequista se prepara para facilitar el crecimiento de una experiencia de fe
de la que él no es dueño. Ha sido depositada por Dios en el corazón
del hombre y de la mujer. La tarea del catequista es solo cultivar ese don,
ofrecerlo, alimentarlo y ayudarlo a crecer. (142)
La formación tratará de que madure en el catequista la
capacidad educativa, que implica: la facultad de atención a las personas,
la habilidad para interpretar y responder a la demanda educativa, la iniciativa
de activar procesos de aprendizaje y el arte de conducir a un grupo humano hacia
la madurez. Como en todo arte, lo más importante es que el catequista
adquiera su estilo propio de dar catequesis, acomodando a su propia personalidad
los principios generales de la pedagogía catequética. (143)
245. Más en concreto: el catequista, particularmente el dedicado de
modo más pleno a la catequesis, habrá de capacitarse para saber
programar -en el grupo de catequistas- la acción educativa, ponderando
las circunstancias, elaborando un plan realista y, después de realizarlo,
evaluándolo críticamente. (144) También ha de ser capaz de
animar un grupo, sabiendo utilizar con discernimiento las técnicas de
animación grupal que ofrece la psicología.
Esta capacidad educativa y este saber hacer, con los conocimientos,
actitudes y técnicas que lleva consigo, « pueden adquirirse mejor,
si se imparten al mismo tiempo que se realizan, por ejemplo durante las
reuniones tenidas para preparar y revisar las sesiones de catequesis ».
(145)
El fin y la meta ideal es procurar que los catequistas se conviertan en
protagonistas de su propio aprendizaje, situando la formación bajo el
signo de la creatividad y no de una mera asimilación de pautas externas.
Por eso debe ser una formación muy cercana a la práctica: hay que
partir de ella para volver a ella. (146)
La formación de los catequistas dentro de las comunidades
cristianas
246. Entre los cauces de formación de los catequistas destaca, ante
todo, la propia comunidad cristiana. Es en ella donde el catequista experimenta
su vocación y donde alimenta constantemente su sentido apostólico.
En la tarea de asegurar su maduración progresiva como creyente y testigo,
la figura del sacerdote es fundamental. (147)
247. Una comunidad cristiana puede realizar varios tipos de acciones
formativas en favor de sus catequistas:
a) Una de ellas consiste en alimentar constantemente la vocación
eclesial de los catequistas, fomentando en ellos la conciencia de ser enviados
por la Iglesia.
b) También es muy importante procurar la maduración de
la fe de los propios catequistas, a través del cauce normal con el que la
comunidad educa en la fe a sus agentes de pastoral y a los laicos más
comprometidos. (148)
Cuando la fe de los catequistas no es todavía madura, es aconsejable
que participen en un proceso de tipo catecumenal para jóvenes y adultos.
Puede ser el proceso ordinario de la propia comunidad o uno creado expresamente
para ellos.
c) La preparación inmediata de la catequesis, realizada con
el grupo de catequistas, es un medio formativo excelente, sobre todo si va
seguida de una evaluación de todo lo experimentado en las sesiones de
catequesis.
d) También pueden realizarse, dentro del marco de la
comunidad, otras actividades formativas: cursos de sensibilización a la
catequesis, por ejemplo a comienzo del año pastoral; retiros y
convivencias en los tiempos fuertes del año litúrgico (149);
cursos monográficos sobre temas que parezcan necesarios o urgentes; una
formación doctrinal más sistemática, por ejemplo estudiando
el Catecismo de la Iglesia Católica... Son actividades de formación
permanente que, junto al trabajo personal del catequista, aparecen como muy
convenientes. (150)
Escuelas de catequistas y Centros superiores para peritos en catequesis
248. La asistencia a una Escuela de catequistas (151) es un momento
particularmente importante, dentro del proceso formativo de un catequista. En
muchos lugares tales escuelas funcionan a un doble nivel: para «
catequistas de base » (152) y para « responsables de catequesis ».
Escuelas de catequistas de base
249. Estas escuelas tienen la finalidad de proporcionar una formación
catequética, orgánica y sistemática, de carácter básico
y fundamental. Durante un tiempo suficientemente prolongado, se cultivan las
dimensiones más específicamente catequéticas de la formación:
el mensaje cristiano, el conocimiento del hombre y del contexto sociocultural y
la pedagogía de la fe.
Las ventajas de esta formación orgánica son grandes y
conciernen a:
su sistematicidad, al tratarse de una formación menos
absorbida por lo inmediato de la acción;
su calidad, al contar con formadores especializados;
su integración con catequistas de diferentes comunidades,
que fomentan la comunión eclesial.
Escuelas para responsables
250. A fin de favorecer la preparación de los responsables de la
catequesis en parroquias o zonas, así como para aquellos catequistas que
se van a dedicar más estable y plenamente a la catequesis, (153) es
conveniente a nivel diocesano o interdiocesano promover escuelas para
responsables.
El nivel de estas escuelas será, obviamente, más exigente.
Es frecuente que en ellas, junto a un tronco formativo común, se cultivarán
aquellas especializaciones catequéticas que la diócesis juzgue
particularmente necesarias en su circunstancia.
Puede ser también oportuno, por economía de medios y
posibilidades, que la orientación de estas escuelas esté dirigida,
más ampliamente, a los responsables de las diversas acciones pastorales,
convirtiéndose en Centros de formación de agentes de pastoral.
Sobre una base formativa común (doctrinal y antropológica), las
especializaciones vendrán pedidas por las diferentes acciones pastorales
o apostólicas que se van a encomendar a tales agentes.
Centros superiores para peritos en catequesis
251. Una formación catequética de nivel superior, a la que
puedan acceder también sacerdotes, religiosos y laicos, es de una
importancia vital para la catequesis. Por ello, se renueva el deseo de «
fomentar o crear Institutos superiores de pastoral catequética con objeto
de preparar catequistas idóneos para dirigir la catequesis a nivel
diocesano o dentro de las actividades a las que se dedican las congregaciones
religiosas. Estos institutos superiores podrán ser nacionales o incluso
internacionales. Deben asemejarse a los estudios universitarios en lo tocante al
plan de estudios, duración de los cursos y condiciones de admisión
». (154)
Aparte de formar a los que van a asumir responsabilidades directivas en la
catequesis, estos Institutos prepararán también a los profesores
de catequética para seminarios, casas de formación o escuelas de
catequistas. Tales institutos se dedicarán, igualmente, a promover la
correspondiente investigación catequética.
252. Este nivel de formación es muy apto para una fecunda
colaboración entre las Iglesias: « Aquí es donde podrá
manifestar su mayor eficacia la ayuda material ofrecida por las Iglesias más
acomodadas a sus hermanas más pobres. En efecto, ¿puede una Iglesia
hacer algo mejor en favor de otra que ayudarla a crecer por sí misma como
Iglesia? ». (155) Obviamente, esta colaboración debe inspirarse en
un delicado respeto por las peculiaridades de las Iglesias más pobres y
por su propia responsabilidad.
Es muy conveniente, en el campo diocesano o interdiocesano, tomar
conciencia de la necesidad de formar personas en este nivel superior, como se
procura hacer para otras actividades eclesiales o para la enseñanza de
otras disciplinas.
CAPITULO III
Lugares y vías de catequesis
La comunidad cristiana como hogar de catequesis (156)
253. La comunidad cristiana es la realización histórica del
don de la « comunión » (koinonia), (157) que es un fruto del
Espíritu Santo.
La « comunión » expresa el núcleo profundo de la
Iglesia universal y de las Iglesias particulares, que constituyen la comunidad
cristiana referencial. Esta se hace cercana y se visibiliza en la rica variedad
de las comunidades cristianas inmediatas, en las que los cristianos nacen a la
fe, se educan en ella y la viven: la familia, la parroquia, la escuela católica,
las asociaciones y movimientos cristianos, las comunidades eclesiales de base...
Ellas son los « lugares » de la catequesis, es decir, los espacios
comunitarios donde la catequesis de inspiración catecumenal y la
catequesis permanente se realizan. (158)
254. La comunidad cristiana es el origen, lugar y meta de la catequesis. De
la comunidad cristiana nace siempre el anuncio del Evangelio, invitando a los
hombres y mujeres a convertirse y a seguir a Jesucristo. Y es esa misma
comunidad la que acoge a los que desean conocer al Señor y adentrarse en
una vida nueva. Ella acompaña a los catecúmenos y catequizandos en
su itinerario catequético y, con solicitud maternal, les hace partícipes
de su propia experiencia de fe y les incorpora a su seno. (159)
La catequesis siempre es la misma. Pero estos « lugares » (160) de
catequización la colorean, cada uno con caracteres originales. Es
importante saber cuál es la función de cada uno de ellos en orden
a la catequesis.
La familia como ámbito o medio de crecimiento en la fe
255. Los padres de familia son los primeros educadores en la fe. Junto a los
padres, sobre todo en determinadas culturas, todos los componentes de la familia
tienen una intervención activa en orden a la educación de los
miembros más jóvenes. Conviene determinar, de modo más
concreto, en qué sentido la comunidad cristiana familiar es « lugar »
de catequesis.
La familia ha sido definida como una « Iglesia doméstica »,
(161) lo que significa que en cada familia cristiana deben reflejarse los
diversos aspectos o funciones de la vida de la Iglesia entera: misión,
catequesis, testimonio, oración... La familia, en efecto, al igual que la
Iglesia, « es un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste
se irradia ». (162)
La familia como « lugar » de catequesis tiene un carácter único:
transmite el Evangelio enraizándolo en el contexto de profundos valores
humanos. (163) Sobre esta base humana es más honda la iniciación
en la vida cristiana: el despertar al sentido de Dios, los primeros pasos en la
oración, la educación de la conciencia moral y la formación
en el sentido cristiano del amor humano, concebido como reflejo del amor de Dios
Creador y Padre. Se trata, en suma, de una educación cristiana más
testimonial que de la instrucción, más ocasional que sistemática,
más permanente y cotidiana que estructurada en períodos. En esta
catequesis familiar resulta siempre muy importante la aportación de los
abuelos. Su sabiduría y su sentido religioso son, muchas veces, decisivos
para favorecer un clima verdaderamente cristiano.
El catecumenado bautismal de adultos (164)
256. El catecumenado bautismal es un lugar típico de
catequización, institucionalizado por la Iglesia para preparar a los
adultos que desean ser cristianos a recibir los sacramentos de la iniciación.
(165) En el catecumenado se realiza, en efecto, « esa formación
específica que conduce al adulto convertido a la profesión de su
fe bautismal en la noche pascual ». (166)
La catequesis que se realiza en el catecumenado bautismal está
estrechamente vinculada a la comunidad cristiana. (167) Desde el momento de su
ingreso en el catecumenado, la Iglesia abraza a los catecúmenos «
con cuidado y amor maternal, por estar vinculados a ella: son ya de la casa de
Cristo ». (168) Por eso, la comunidad cristiana « debe ayudar a los
candidatos y a los catecúmenos durante todo el período de la
iniciación: en el precatecumenado, en el catecumenado y en el tiempo de
la mistagogia ». (169)
Esta presencia continua de la comunidad cristiana se expresa de varias
maneras descritas apropiadamente en el Ritual de Iniciación Cristiana
de Adultos. (170)
La parroquia como ámbito de catequesis
257. La parroquia es, sin duda, el lugar más significativo en que se
forma y manifiesta la comunidad cristiana. Ella está llamada a ser una
casa de familia, fraternal y acogedora, donde los cristianos se hacen
conscientes de ser Pueblo de Dios. (171) La parroquia, en efecto, congrega en la
unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran y las inserta en
la universalidad de la Iglesia. (172) Ella es, por otra parte, el ámbito
ordinario donde se nace y se crece en la fe. Constituye, por ello, un espacio
comunitario muy adecuado para que el ministerio de la Palabra ejercido en ella
sea, al mismo tiempo, enseñanza, educación y experiencia vital.
La parroquia está experimentando hoy, en muchos países, hondas
transformaciones. Profundos cambios sociales la están afectando. En las
grandes ciudades, « ha sido sacudida por el fenómeno de la
urbanización ». (173) No obstante, « la parroquia sigue siendo
una referencia importante para el pueblo cristiano, incluso para los no
practicantes ». (174) Ella debe continuar siendo todavía la
animadora de la catequesis y « su lugar privilegiado », (175) sin
dejar por eso de reconocer que, en ciertas ocasiones, la parroquia no puede ser
el centro de gravitación de toda la función eclesial de
catequizar, y que tiene necesidad de complementarse con otras instituciones.
258. Para que la catequesis alcance toda su eficacia dentro de la misión
evangelizadora de la parroquia se requieren algunas condiciones:
a) La catequesis de adultos debe asumir siempre una importancia prioritaria.
(176) Se trata de impulsar « una catequesis posbautismal, a modo de
catecumenado, que vuelva a proponer algunos elementos del Ritual de Iniciación
Cristiana de Adultos, destinados a hacer captar y vivir las inmensas
riquezas del bautismo recibido ». (177)
b) Hay que plantearse, con valentía renovada, el anuncio a
los alejados y a los que viven en situación de indiferencia religiosa.
(178) En este empeño, los encuentros presacramentales (preparación
al Matrimonio, al Bautismo y a la primera Comunión de los hijos...)
pueden resultar fundamentales. (179)
c) Como referente sólido para la catequesis parroquial se
requiere la existencia de un núcleo comunitario compuesto por cristianos
maduros, ya iniciados en la fe, a los que se les dispense un tratamiento
pastoral adecuado y diferenciado. Este objetivo se podrá alcanzar más
fácilmente si se promueve en las parroquias la formación de pequeñas
comunidades eclesiales. (180)
d) Si se cumplen en la parroquia las anteriores condiciones, que se
refieren principalmente a los adultos, la catequesis destinada a niños,
adolescentes y jóvenes, que sigue siendo siempre imprescindible, se
beneficiará grandemente.
La escuela católica
259. La escuela católica (181) es un lugar muy relevante para
la formación humana y cristiana. La declaración Gravissimum
Educationis del Concilio Vaticano II « marca un cambio decisivo en la
historia de la escuela católica: el paso de la escuela-institución
al de la escuela-comunidad ». (182)
La escuela católica busca, en no menor grado que las demás
escuelas, los fines culturales y la formación humana de la juventud. Su
nota distintiva es:
« crear un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu
evangélico de libertad y caridad,
ayudar a los adolescentes para que, en el desarrollo de la propia
persona, crezcan a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos
por el bautismo,
y ordenar últimamente toda la cultura humana según el
mensaje de la salvación ». (183)
El proyecto educativo de la escuela católica tiene que elaborarse en
base a esta concepción propuesta por el Concilio Vaticano II.
Este proyecto educativo se realiza en la comunidad educativa escolar, de la
que forman parte todos los que están directamente comprometidos en ella: «
profesores, personal directivo, administrativo y auxiliar; los padres, figura
central en cuanto naturales e insustituibles educadores de sus hijos; y los
alumnos, copartícipes y responsables como verdaderos protagonistas y
sujetos activos del proceso educativo ». (184)
260. Cuando los alumnos de la escuela católica pertenecen
mayoritariamente a familias que se vinculan a esta escuela en razón del
carácter católico de la misma, el ministerio de la Palabra puede
ejercerse allí de múltiples formas: primer anuncio, enseñanza
religiosa escolar, catequesis, homilía. Dos de estas formas tienen, sin
embargo, en la escuela católica, un particular relieve: la enseñanza
religiosa escolar y la catequesis, cuyo respectivo carácter propio ya ha
quedado indicado. (185)
Cuando los alumnos y sus familias acuden a la escuela católica por la
calidad educativa de la misma, o por otras eventuales circunstancias, la
actividad catequética queda necesariamente limitada y la propia enseñanza
religiosa cuando es posible realizarla se ve obligada a acentuar su
carácter cultural. La aportación de este tipo de escuela subsiste
siempre: como un « servicio de gran valor a los hombres », (186) y
como un elemento interno a la propia evangelización de la Iglesia.
Dada la pluralidad de circunstancias socioculturales y religiosas en que
ejerce su labor la escuela católica a través de las naciones,
resultará oportuno que los Obispos y las Conferencias Episcopales
precisen la modalidad de actividad catequética que corresponde realizar a
la escuela católica en los respectivos contextos.
Asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles
261. Las diversas « asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles »
(187) que se promueven en la Iglesia particular, tienen como finalidad ayudar a
los discípulos de Jesucristo a realizar su misión laical en el
mundo y en la misma Iglesia. En estos ámbitos los cristianos se dedican «
a la práctica de la vida espiritual, al apostolado, a la caridad y a la
asistencia, y a la presencia cristiana en las realidades temporales ».
(188)
En todas estas asociaciones y movimientos, para cultivar con hondura estas
dimensiones básicas de la vida cristiana, se imparte, de un modo u otro,
una necesaria formación: « cada uno con sus propios métodos
tiene la posibilidad de ofrecer una formación profundamente injertada en
la misma experiencia de vida apostólica, como también la
oportunidad de completar, concretar y especificar la formación que sus
miembros reciben de otras personas y comunidades ». (189)
La catequesis es siempre una dimensión fundamental en la formación
de todo laico. Por eso, estas asociaciones y movimientos tienen ordinariamente «
unos tiempos catequéticos ». (190) La catequesis, en efecto, no es
una alternativa a la formación cristiana que en ellos se imparte sino una
dimensión esencial de la misma.
262. Cuando la catequesis se realiza dentro de estas asociaciones y
movimientos, deben ser tenidos en cuenta fundamentalmente algunos aspectos. En
particular:
a) Se debe respetar la « naturaleza propia » (191) de la
catequesis, tratando de desarrollar toda la riqueza de su concepto, mediante la
triple dimensión de palabra, memoria y testimonio (doctrina, celebración
y compromiso en la vida). (192) La catequesis, sea cual sea el « lugar »
donde se realice, es, ante todo, formación orgánica y básica
de la fe. Ha de incluir, por tanto, « un verdadero estudio de la doctrina
cristiana » (193) y constituir una seria formación religiosa, «
abierta a todas las esferas de la vida cristiana ». (194)
b) Esto no es óbice para que la finalidad propia de cada una
de estas asociaciones y movimientos, a partir de propios carismas, pueda
expresar, con determinados acentos, una catequesis que deberá permanecer
siempre fiel a su carácter propio. La educación en la
espiritualidad particular de una asociación o movimiento, de una gran
riqueza para la Iglesia, siempre será más propia de un momento
posterior al de la formación básica cristiana, que inicia es común
a todo cristiano. Antes hay que educar en lo que es común a los miembros
de la Iglesia que en lo peculiar o diferenciador.
c) Igualmente hay que afirmar que los movimientos y las
asociaciones, por lo que se refiere a la catequesis, no son una alternativa
ordinaria a la parroquia, en la medida que ésta es comunidad educativa de
referencia propiamente tal. (195)
Las comunidades eclesiales de base
263. Las comunidades eclesiales de base se han difundido grandemente en las últimas
décadas. (196) Son grupos cristianos que « nacen de la necesidad de
vivir todavía con más intensidad la vida de la Iglesia; o del
deseo y búsqueda de una dimensión más humana, que difícilmente
pueden ofrecer las comunidades eclesiales más grandes... ». (197)
Las comunidades eclesiales de base son « un signo de vitalidad de la
Iglesia ». (198) En ellas los discípulos de Cristo se reúnen
para una atenta escucha de la Palabra de Dios, para la búsqueda de unas
relaciones más fraternas, para celebrar desde la propia vida los
misterios cristianos y para asumir el compromiso de transformar la sociedad.
Junto a estas dimensiones específicamente cristianas, emergen también
importantes valores humanos: la amistad y el reconocimiento personal, el espíritu
de corresponsabilidad, la creatividad, la respuesta vocacional, el interés
por los problemas del mundo y de la Iglesia. Puede resultar de ello una
enriquecedora experiencia comunitaria, « verdadera expresión de
comunión e instrumento para edificar una comunión más
profunda ». (199)
Para ser auténtica « cada comunidad debe vivir unida a la
Iglesia particular y universal, en sincera comunión con los pastores y el
magisterio, comprometida en la irradiación misionera y evitando toda
forma de cerrazón y de instrumentalización ideológica ».
(200)
264. En las comunidades eclesiales de base puede desarrollarse una
catequesis muy fecunda:
El clima fraterno de que se ven dotadas es lugar adecuado para una
acción catequizadora integral, siempre que se sepa respetar la naturaleza
y el carácter propio de la catequesis.
Por otra parte, la catequesis da hondura a la vida comunitaria, ya
que asegura los fundamentos de la vida cristiana de los fieles. Sin ella las
comunidades eclesiales de base difícilmente tendrán solidez.
Finalmente, la pequeña comunidad es meta adecuada para acoger
a los que han terminado un proceso de catequización.
CAPITULO IV
La organización de la pastoral catequética en
la Iglesia particular
Organización y ejercicio de las responsabilidades
El servicio diocesano de la catequesis
265. La organización de la pastoral catequética tiene como
punto de referencia el obispo y la diócesis. El Secretariado diocesano de
catequesis (Officium Catecheticum) es « un instrumento que emplea
el obispo, cabeza de la comunidad y maestro de la doctrina, para dirigir y
orientar todas las actividades catequéticas de la diócesis ».
(201)
266. Las tareas principales del Secretariado diocesano de catequesis son las
siguientes:
a) Hacer un análisis de la situación (202) diocesana a
cerca de la educación de la fe. En él se deberán precisar,
entre otras cosas, las necesidades reales de la diócesis en orden a la
actividad catequética.
b) Elaborar un programa de acción (203) que señale
objetivos claros, proponga orientaciones e indique acciones concretas.
c) Promover y formar a los catequistas. A este propósito se
crearán los Centros que se juzguen más oportunos. (204)
d) Elaborar o, al menos, señalar a las parroquias y
catequistas los instrumentos que sean necesarios para el trabajo catequético:
catecismos, directorios, programas para las diversas edades, guías para
catequistas, materiales para uso de los catequizandos, medios audiovisuales...
(205)
e) Impulsar y promover las instituciones específicamente
catequéticas de la diócesis (catecumenado bautismal, catequesis
parroquial, equipo de responsables de catequesis...) que son como « las células
fundamentales » (206) de la acción catequética.
f) Cuidar especialmente de la mejora de los recursos personales y
materiales tanto en el nivel diocesano como en el nivel arciprestal o
parroquial. (207)
g) Colaborar con el Secretariado para la Liturgia, considerando la
especial relevancia de esta para la catequesis, en particular, en lo que
concierne a la iniciación y al catecumenado.
267. Para realizar estas tareas el Secretariado de catequesis debe contar
con « un grupo de personas dotadas de competencia específica. La
amplitud y variedad de las cuestiones que tratar postulan la distribución
de responsabilidades entre varias personas verdaderamente especialistas ».
(208) Conviene que este servicio diocesano esté integrado,
ordinariamente, por sacerdotes, religiosos y laicos.
La catequesis es una acción tan fundamental en la vida de una Iglesia
particular que « ninguna diócesis puede carecer de Secretariado de
catequesis propio ». (209)
Servicios de colaboración interdiocesana
268. En nuestro tiempo, esta colaboración es extraordinariamente
fecunda. Razones no sólo de proximidad geográfica sino de
homogeneidad cultural hacen aconsejable un trabajo catequético en común.
« Conviene que varias diócesis unan su acción, aportando para
el provecho común las experiencias y los proyectos, los servicios y los
recursos, de modo que las diócesis mejor dotadas ayuden a las demás
y aparezca un programa de acción común que llegue a toda la región
». (210)
El servicio de la Conferencia Episcopal
269. « En el seno de la Conferencia episcopal puede constituirse un
Secretariado o Centro catequético (Officium Catecheticum), cuya tarea
principal será la de ayudar a cada diócesis en materia de
catequesis ». (211)
De hecho esta posibilidad que establece el Código de Derecho Canónico
es una realidad en la mayor parte de las Conferencias episcopales. Este
Secretariado o Centro Nacional de Catequesis de la Conferencia episcopal se
propone una doble función: (212)
Servir a las necesidades catequéticas que afectan a todas las
diócesis del territorio. Le conciernen las publicaciones que tengan
importancia nacional, los congresos nacionales, las relaciones con los «
mass media » y, en general, todos aquellos trabajos y tareas que exceden
las posibilidades de cada diócesis o región.
Estar al servicio de las diócesis y regiones para difundir las
informaciones y proyectos catequéticos, coordinar la acción y
ayudar a las diócesis menos promocionadas en materia de catequesis.
Si el Episcopado correspondiente lo considera oportuno, compete además
al Secretariado o Centro nacional la coordinación de su propia actividad
con la de otros Secretariados nacionales del Episcopado y otras instituciones de
catequesis; al mismo tiempo, la colaboración con las actividades catequéticas
de ámbito internacional. Todo esto siempre como organismo de ayuda a los
Obispos de la Conferencia episcopal.
El servicio de la Santa Sede
270. « El mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a toda criatura se
refiere ante todo e inmediatamente a los Obispos con Pedro y bajo la guía
de Pedro ». (213) En este encargo colegial de Jesús, en orden a
anunciar y transmitir el Evangelio, el ministerio del Sucesor de Pedro desempeña
un papel fundamental. Este ministerio, en efecto, se debe ver « no sólo
como un servicio global que alcanza a toda la Iglesia desde fuera,
sino como perteneciente a la esencia de cada Iglesia particular desde dentro
». (214)
El ministerio de Pedro en la catequesis lo ejerce el Papa de modo eminente a
través de sus enseñanzas; él actúa en lo que
concierne a la catequesis, de modo directo y particular por medio de la
Congregación para el Clero, la cual « ayuda al Romano Pontífice
en el ejercicio de su suprema misión pastoral ». (215)
271. « De acuerdo con sus funciones, la Congregación para el
Clero:
se ocupa de promover la formación religiosa de los fieles
cristianos de toda edad y condición;
da las normas oportunas para que la enseñanza de la catequesis
se imparta de modo conveniente;
vigila para que la formación catequética se realice
correctamente;
concede la aprobación de la Santa Sede prescrita para los
Catecismos y los otros escritos relativos a la formación catequética,
con el acuerdo de la Congregación para la Doctrina de la Fe; (216)
asiste a los secretariados de catequesis y sigue las iniciativas
referentes a la formación religiosa que tengan carácter
internacional, coordina su actividad y les ofrece su ayuda, si fuere necesario ».
(217)
La coordinación de la catequesis
Importancia de una efectiva coordinación de la catequesis
272. La coordinación de la catequesis es una tarea importante
en una Iglesia particular. En esa coordinación se pueden considerar dos
vertientes:
una interior a la catequesis misma, entre las diversas formas de
catequesis dirigidas a las diferentes edades y ambientes sociales;
y otra referida a la vinculación de la catequesis con otras
formas del ministerio de la Palabra y con otras acciones evangelizadoras.
La coordinación de la catequesis no es un asunto meramente estratégico,
en orden a una mayor eficacia de la acción evangelizadora, sino que tiene
una dimensión teológica de fondo. La acción evangelizadora
debe estar bien coordinada porque toda ella apunta a la unidad de la fe
que sostiene todas las acciones de la Iglesia.
273. En este apartado se considera:
la coordinación interna de la catequesis, con vistas a que la
Iglesia particular ofrezca un servicio de catequesis unitario y coherente;
la vinculación entre la acción misionera y la acción
catecumenal, que se implican mutuamente, en el contexto de la « misión
ad gentes » (218) o de una « nueva evangelización »; (219)
la necesidad de una pastoral educativa bien coordinada, dada la
multiplicidad de agentes educativos que inciden en unos mismos destinatarios,
fundamentalmente niños y adolescentes.
El propio Concilio Vaticano II ha recomendado vivamente la coordinación
de toda la acción pastoral para que resplandezca mejor la unidad de la
Iglesia particular. (220)
Un Proyecto diocesano de catequesis articulado y coherente
274. El Proyecto diocesano de catequesis es la oferta catequética
global de una Iglesia particular que integra, de manera articulada, coherente y
coordinada los diferentes procesos catequéticos ofrecidos por la diócesis
a los destinatarios de las diferentes edades de la vida. (221)
En este sentido, toda Iglesia particular, en orden ante todo a la iniciación
cristiana, debe ofrecer, al menos, un doble servicio:
a) Un proceso de iniciación cristiana, unitario y coherente,
para niños, adolescentes y jóvenes, en íntima
conexión con los sacramentos de la iniciación ya recibidos o por
recibir y en relación con la pastoral educativa.
b) Un proceso catequesis para adultos, ofrecido a aquellos
cristianos que necesiten fundamentar su fe, realizando o completando la iniciación
cristiana inaugurada o a inaugurar con el Bautismo.
En no pocas naciones, se presenta hoy la necesidad de un proceso de
catequesis para ancianos, ofrecido a aquellos cristianos que, al abrirse
a una tercera y definitiva fase de la vida humana, desean, acaso por primera
vez, poner sólidos fundamentos a su fe.
275. Estos diversos procesos de catequesis cada uno con posibles variantes
socio-culturales, no deben organizarse por separado, como si fueran «
comportamientos estancos e incomunicados entre sí ». (222) Es
necesario que la oferta catequética de la Iglesia particular esté
bien coordinada. Entre estas diversas formas de catequesis « es menester
propiciar su perfecta complementariedad ». (223)
Como ya ha quedado indicado, el principio organizador, que da coherencia a
los distintos procesos de catequesis que ofrece una Iglesia particular, es la
atención a la catequesis de adultos. Ella es el eje en torno al cual gira
y se inspira la catequesis de las primeras edades y la de la tercera edad.(224)
El hecho de ofrecer los diferentes procesos de catequesis en un único
Proyecto diocesano de catequesis no quiere decir que el mismo destinatario haya
de recorrerlos uno tras otro. Si un joven llega al umbral de la edad adulta con
una fe bien fundamentada, en rigor no necesita una catequesis de iniciación
de adultos, sino otros alimentos más sólidos que le ayuden en su
permanente maduración en la fe. En el mismo caso se encuentran los que
acceden a la tercera edad con una fe bien enraizada. (225)
Junto a esta oferta, absolutamente imprescindible, de procesos de iniciación,
la Iglesia particular debe ofrecer también procesos diferenciados de
catequesis permanente para cristianos adultos.
La actividad catequética en el contexto de la nueva evangelización
276. Al definir la catequesis como momento del proceso total de la
evangelización, se plantea necesariamente el problema de la coordinación
de la acción catequética con la acción misionera que la
precede, y con la acción pastoral que la continúa. Hay, en efecto,
elementos « que preparan a la catequesis o emanan de ella ». (226)
En este sentido, la vinculación entre el anuncio misionero, que trata
de suscitar la fe, y la catequesis de iniciación, que busca
fundamentarla, es decisiva en la evangelización.
De algún modo, esta coordinación es más clara en la
situación de la « misión ad gentes ». (227) Los adultos
convertidos por el primer anuncio ingresan en el catecumenado, donde son
catequizados.
En la situación que requiere una « nueva evangelización »,
la coordinación se hace más compleja, puesto que, a veces, se
pretende impartir una catequesis ordinaria a jóvenes y adultos que
necesitan, antes, un tiempo de anuncio en orden a despertar su adhesión a
Jesucristo. Problemas similares se presentan en relación a la catequesis
de los niños y a la formación de sus padres. (228) Otras veces se
ofrecen formas de catequesis permanente a adultos que necesitan, más
bien, un verdadera catequesis de iniciación.
277. La situación actual de la evangelización postula que las
dos acciones, el anuncio misionero y la catequesis de iniciación, se
conciban coordinadamente y se ofrezcan, en la Iglesia particular, mediante un
proyecto evangelizador misionero y catecumenal unitario. Hoy la
catequesis debe ser vista, ante todo, como la consecuencia de un anuncio
misionero eficaz. La referencia del decreto Ad Gentes, que sitúa
al catecumenado en el contexto de la acción misionera de la Iglesia, es
un criterio de referencia muy válido para toda la catequesis. (229)
La catequesis en la Pastoral educativa
278. La pastoral educativa en la Iglesia particular debe establecer
la necesaria coordinación entre los diferentes « lugares »
donde se realiza la educación en la fe. Es muy conveniente que todos
estos canales catequéticos « converjan realmente hacia una misma
confesión de fe, hacia una misma pertenencia a la Iglesia y hacia unos
compromisos en la sociedad vividos en el mismo espíritu evangélico
». (230)
La coordinación educativa se plantea, fundamentalmente, en relación
con los niños, adolescentes y jóvenes. Conviene que la Iglesia
particular integre en un único proyecto de pastoral educativa los
diversos cauces y medios que tienen a su cargo la educación cristiana de
la juventud. Todos estos cauces se complementan mutuamente, sin que ninguno de
ellos, aisladamente, pueda realizar la totalidad de la educación
cristiana.
Siendo la misma y única persona del niño o del joven la que
recibe estas diversas acciones educativas, es importante que las diferentes
influencias tengan la misma inspiración de fondo. Cualquier contradicción
en esas acciones es nociva, dado que cada una de ellas tiene su propia
especificidad e importancia.
En este sentido, es de suma importancia para una Iglesia particular contar
con un proyecto de iniciación cristiana que integre las diversas tareas
educativas y tenga en cuenta las exigencias de la nueva evangelización.
Algunas tareas propias del servicio catequético
Análisis de la situación y de las necesidades
279. La Iglesia particular, al tratar de organizar la acción catequética,
debe partir de un análisis de la situación. « El
objeto de esta investigación es múltiple, pues abarca el examen de
la acción pastoral y el análisis de la situación religiosa,
así como de las condiciones sociológicas, culturales y económicas,
en tanto que estos datos de la vida colectiva pueden tener una gran influencia
en el proceso de la evangelización ». (231) Se trata de una toma de
conciencia de la realidad, en relación a la catequesis y a sus
necesidades.
Más en concreto:
Se debe tener clara conciencia, dentro del examen de la acción
pastoral, del estado de la catequesis: cómo está ubicada, de
hecho, en el proceso evangelizador; el equilibrio y la articulación entre
los diferentes sectores catequéticos (niños, adolescentes, jóvenes,
adultos...); la coordinación de la catequesis con la educación
cristiana familiar, con la educación escolar, con la enseñanza
religiosa escolar, y con las otras formas de educación de la fe; la
calidad interna; los contenidos que se están impartiendo y la metodología
que se utiliza; las características de los catequistas y su formación.
El análisis de la situación religiosa está
referido, sobre todo, a tres niveles muy relacionados entre sí: el
sentido de lo sagrado, es decir, aquellas experiencias humanas que, por su
hondura, tienden a abrir al misterio; el sentido religioso, o sea, las maneras
concretas de concebir y de relacionarse con Dios en un pueblo determinado; y las
situaciones de fe, con la diversa tipología de creyentes. Y en conexión
con estos niveles, la situación moral que se vive, con los valores que
emergen y las sombras o contravalores más extendidos.
El análisis socio-cultural de que se ha hablado a propósito
de las ciencias humanas en la formación de los catequistas (232) es,
igualmente, necesario. Hay que preparar a los catecúmenos y catequizandos
para una presencia cristiana en la sociedad.
280. El análisis de la situación, en todos estos niveles, «
debe convencer a quienes ejercen el ministerio de la Palabra, de que las
situaciones humanas son ambiguas en lo que respecta a la acción pastoral.
Es necesario, por tanto, que los operarios del Evangelio aprendan a descubrir
las posibilidades abiertas a su acción en una situación nueva y
diversa... Siempre es posible un proceso de transformación que permita
abrir un camino a la fe ». (233)
Este análisis de la situación es un primer instrumento de
trabajo, de carácter referencial, que el servicio catequético
ofrece a pastores y catequistas.
Programa de acción y orientaciones catequéticas
281. Una vez examinada cuidadosamente la situación, es necesario
proceder a la elaboración de un programa de acción. Este
programa determina los objetivos, los medios de la pastoral catequética y
las normas que la orientan, de suerte que respondan perfectamente a las
necesidades locales, y estén en plena armonía con los objetivos y
normas de la Iglesia universal.
El programa o plan de acción debe ser operativo, ya que se propone
orientar la acción catequética diocesana o interdiocesana. Por su
propia naturaleza se suele concebir para un período de tiempo
determinado, al cabo del cual se renueva con nuevos acentos, nuevos objetivos y
nuevos medios.
La experiencia indica que el programa de acción es de una gran
utilidad para la catequesis, ya que, al marcar unos objetivos comunes, colabora
a unir esfuerzos y a trabajar en una perspectiva de conjunto. Para ello, su
primera condición debe ser el realismo, la sencillez, la concisión
y claridad.
282. Junto al programa de acción, más centrado en las opciones
operativas, diversos Episcopados elaboran, a nivel nacional, instrumentos de carácter
más reflexivo y orientador, que proporcionan los criterios para una idónea
y adecuada catequesis. Son llamados de varias maneras: Directorio catequético,
Orientaciones catequéticas, Documento de base, Texto de referencia...
Destinados preferentemente a dirigentes y catequistas, tratan de clarificar en
qué consiste la catequesis: su naturaleza, finalidad, tareas, contenidos,
destinatarios, método. Estos Directorios, o textos de orientaciones
generales establecidos por las Conferencias episcopales o emanados bajos su
autoridad, han de seguir el mismo proceso de elaboración y de aprobación
previstos para los Catecismos. Antes de ser promulgados deben ser sometidos a la
aprobación de la Santa Sede. (234)
Estas directrices u orientaciones catequéticas suelen ser un elemento
realmente inspirador de la catequesis en las Iglesias locales y su elaboración
es recomendada y conveniente porque, entre otras cosas, constituye un punto de
referencia importante para la formación de los catequistas. Este tipo de
instrumento se vincula, íntima y directamente a la responsabilidad
episcopal.
Elaboración de instrumentos y medios didácticos para el
acto catequético
283. Junto a los instrumentos dedicados a orientar y planificar el conjunto
de la acción catequética (análisis de situación,
programa de acción y Directorio catequético) están los
instrumentos de trabajo de uso inmediato, que se utilizan dentro del mismo acto
catequético. En primer lugar están los textos didácticos
(235) que se ponen directamente en manos de los catecúmenos y
catequizandos. Y junto a ellos están también las guías
para los catequistas y, tratándose de catequesis de niños, para
los padres. (236) Asimismo son importantes los medios audiovisuales que
se utilizan en catequesis y sobre los que se debe ejercer el oportuno
discernimiento. (237)
El criterio inspirador de estos instrumentos de trabajo ha de ser el de la
doble fidelidad a Dios y a la persona humana, que es una ley fundamental para
toda la vida de la Iglesia. Se trata, en efecto, de saber conjugar una exquisita
fidelidad doctrinal con una profunda adaptación al hombre, teniendo en
cuenta la psicología de la edad y el contexto socio-cultural en que vive.
Brevemente, hay que decir que estos instrumentos catequéticos han de
ser tales:
« que conecten con la vida concreta de la generación a la
que se dirigen, teniendo bien presentes sus inquietudes y sus interrogantes, sus
luchas y sus esperanzas »; (238)
« que encuentren el lenguaje comprensible a esta generación
». (239)
« que tiendan realmente a producir en sus usuarios un
conocimiento mayor de los misterios de Cristo, en orden a una verdadera conversión
y a una vida más conforme con el querer de Dios ». (240)
La elaboración de Catecismos locales: responsabilidad inmediata
del ministerio episcopal
284. Dentro del conjunto de instrumentos para la catequesis sobresalen los
Catecismos. (241) Su importancia deriva del hecho de que el mensaje que
transmiten es reconocido como auténtico y propio por los pastores de la
Iglesia.
Si el conjunto de la acción catequética ha de estar siempre
vinculada al Obispo, la publicación de los Catecismos es una
responsabilidad que atañe muy directamente al ministerio episcopal. Los
Catecismos nacionales, regionales o diocesanos, elaborados con la participación
de los agentes de la catequesis, son responsabilidad última de los
obispos, catequistas por excelencia en las Iglesias particulares.
En la redacción de un catecismo conviene tener en cuenta, sobre todo
estos dos criterios:
La perfecta sintonía con el Catecismo de la Iglesia Católica,
« texto de referencia seguro y auténtico... para la composición
de los catecismo locales ». (242)
La atenta consideración de las normas y criterios para la
presentación del mensaje evangélico que ofrece el Directorio
General para la Catequesis, y que es también « norma de referencia »
(243) para la catequesis.
285. La « previa aprobación de la Sede Apostólica »
(244) que se requiere para los Catecismos emanados de las Conferencias
episcopales se entiende, puesto que son documentos mediante los cuales la
Iglesia universal, en los diferentes espacios socio-culturales a los que es
enviada, anuncia y transmite el Evangelio y da a luz a las Iglesias
particulares, expresándose en ellas. (245) La aprobación de un
Catecismo es el reconocimiento del hecho de que es un texto de la Iglesia
universal para una situación y una cultura determinadas.
CONCLUSION
286. En la formulación de las presentes orientaciones y directrices
no se ha ahorrado esfuerzo a fin de que toda la reflexión se origine y
fundamente en las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de las
posteriores y principales intervenciones magisteriales de la Iglesia. Asimismo
se ha prestado especial atención a las experiencias de vida eclesial de
los diversos pueblos habidas en este período. A la luz de la fidelidad al
Espíritu de Dios se ha realizado el necesario discernimiento, siempre en
orden a la renovación de la Iglesia y al mejor servicio de la
evangelización.
287. El nuevo Directorio General para la Catequesis es propuesto a todos los
pastores de la Iglesia, a sus colaboradores y catequistas, con la esperanza de
que sea un aliento en el servicio que la Iglesia y el Espíritu les
encomienda: favorecer el crecimiento de la fe en aquellos que han creído.
Las orientaciones aquí presentes no solamente quieren indicar y
aclarar la naturaleza de la catequesis y las normas y criterios que rigen este
ministerio evangelizador de la Iglesia, sino que también pretenden
alimentar la esperanza, con la fuerza de la Palabra y el trabajo interior del
Espíritu, en quienes se esfuerzan en este campo privilegiado de la
actividad eclesial.
288. La eficacia de la catequesis es y será siempre un don de Dios,
mediante la obra del Espíritu del Padre y del Hijo.
Esta total dependencia de la catequesis respecto de la intervención
de Dios la enseña el Apóstol Pablo a los corintos cuando les
recuerda: « Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el
crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios
que hace crecer » (1 Co 3, 6-7).
No hay catequesis posible, como no hay evangelización, sin la acción
de Dios por medio de su Espíritu. (246) En la práctica catequética,
ni las técnicas pedagógicas más avanzadas, ni siquiera un
catequista con la personalidad humana más atrayente, pueden reemplazar la
acción silenciosa y discreta del Espíritu Santo. (247) « El
es, en verdad, el protagonista de toda la misión eclesial »; (248)
El es el principal catequista; El es el « maestro interior » de los
que crecen hacia el Señor. (249) En efecto, El es el « principio
inspirador de toda obra catequética y de los que la realizan ».
(250)
289. Por ello, en la entraña misma de la espiritualidad del
catequista están la paciencia y la confianza en que es Dios mismo quien
hace que la semilla de la Palabra de Dios que ha sido sembrada en tierra buena y
labrada con amor, nazca, crezca y de fruto. El evangelista Marcos es el único
en recoger una parábola en la que Jesús muestra, una tras otra,
las etapas del desarrollo gradual y constante de la semilla sembrada: « El
Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra: duerma o se
levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él
sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba,
luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo
admite, en seguida se le mete la hoz porque ha llegado la siega » (Mc
4, 26-29).
290. La Iglesia, que tiene la responsabilidad de catequizar a los que creen,
invoca al Espíritu del Padre y del Hijo, suplicándole que haga
fructificar y fortalezca interiormente tantos trabajos que, por todas partes, se
llevan a cabo en favor del crecimiento de la fe y del seguimiento de Jesucristo
Salvador.
291. A la Virgen María, que vio a su Hijo Jesús « crecer
en sabiduría, edad y gracia » (Lc 2,52) acuden también
hoy, confiando en su intercesión, los operarios de la catequesis. En María
encuentran éstos el modelo espiritual para impulsar o consolidar la
renovación de la catequesis contemporánea desde la fe, la
esperanza y la caridad. Que por intercesión de la « Virgen de
Pentecostés », (251) brote en la Iglesia una fuerza nueva para
engendrar hijos e hijas en la fe y educarlos hacia la plenitud en Cristo.
Su Santidad el Papa Juan Pablo II, el 25 de agosto de 1997, ha aprobado
el presente Directorio General para la Catequesis y ha autorizado la publicación.
+ Darío Castrillón Hoyos Arzobispo emérito
de Bucaramanga Pro-Prefecto
+ Crescenzio Sepe Arzobispo tit. de Grado Secretario
INDICE GENERAL
Siglas del documento
Prefacio
Exposición introductoria
El anuncio del evangelio en el mundo contemporáneo
« Una vez salió un sembrador a sembrar »
Una mirada al mundo desde la fe
El campo del mundo
Los derechos humanos
La cultura y las culturas
La situación religioso-moral
La iglesia en el campo del mundo
La fe de los cristianos
La vida interna de la comunidad eclesial
Situación de la catequesis: vitalidad y problemas
La siembra del Evangelio
Cómo leer los signos de los tiempos
Algunos retos para la catequesis
Primera parte
LA CATEQUESIS EN LA MISIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA
El mandato misionero de Jesús
Significado y finalidad de esta parte
Capítulo I
La Revelación y su transmisión mediante la evangelización
La Revelación del designio benevolente de Dios
La Revelación: hechos y palabras
Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación
La transmisión de la Revelación por medio de la Iglesia, obra
del Espíritu Santo
La evangelización
El proceso de la evangelización
El ministerio de la Palabra de Dios en la evangelización
Funciones y formas del ministerio de la Palabra de Dios
La conversión y la fe
El proceso de conversión permanente
Diferentes situaciones socio-religiosas ante la evangelización
Mutua conexión entre las acciones evangelizadoras correspondientes a
estas situaciones
Capítulo II
La catequesis en el proceso de la evangelización
Primer anuncio y catequesis
La catequesis al servicio de la iniciación cristiana
La catequesis, « momento » esencial del proceso de la evangelización
La catequesis al servicio de la iniciación cristiana
Características fundamentales de la catequesis de iniciación
La catequesis al servicio de la educación permanente de la fe
La educación permanente de la fe en la comunidad cristiana
Formas múltiples de catequesis permanente
Catequesis y enseñanza religiosa escolar
El carácter propio de la enseñanza religiosa escolar
El contexto escolar y los destinatarios de la enseñanza religiosa
escolar
Educación cristiana familiar, catequesis y enseñanza religiosa
escolar al servicio de la educación en la fe
Capítulo III
Naturaleza, finalidad y tareas de la catequesis
La catequesis: acción de naturaleza eclesial
Finalidad de la catequesis: la comunión con Jesucristo
La finalidad de la catequesis se expresa en la profesión de fe en el único
Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo
Las tareas de la catequesis realizan su finalidad
Tareas fundamentales de la catequesis: ayudar a conocer, celebrar, vivir y
contemplar el misterio de Cristo
Otras tareas relevantes de la catequesis: iniciación y educación
para la vida comunitaria y para la misión
Algunas consideraciones sobre el conjunto de estas tareas
El catecumenado bautismal: estructura y gradualidad
El catecumenado bautismal, inspirador de la catequesis en la Iglesia
Secunda parte
EL MENSAJE EVANGÉLICO
Significado y finalidad de esta parte
Capítulo I
Normas y criterios para la presentación del mensaje evangélico
en la catequesis
La Palabra de Dios, fuente de la catequesis
La fuente y « las fuentes » del mensaje de la catequesis
Los criterios para la presentación del mensaje
El cristocentrismo del mensaje evangélico
El cristocentrismo trinitario del mensaje evangélico
Un mensaje que anuncia la salvación
Un mensaje de liberación
La eclesialidad del mensaje evangélico
Carácter histórico del misterio de la salvación
La inculturación del mensaje evangélico
La integridad del mensaje evangélico
Un mensaje orgánico y jerarquizado
Un mensaje significativo para la persona humana
Principio metodológico para la presentación del mensaje
Capítulo II
« Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia »
El Catecismo de la Iglesia Católica y el Directorio General para la
Catequesis
El Catecismo de la iglesia católica
Finalidad y naturaleza del Catecismo de la Iglesia Católica
La articulación del Catecismo de la Iglesia Católica
La inspiración del Catecismo de la Iglesia Católica: el
cristocentrismo trinitario y la sublimidad de la vocación de la persona
humana
El género literario del Catecismo de la Iglesia Católica
El depósito de la fe y el Catecismo de la Iglesia Católica
La Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica y la
catequesis
La tradición catequética de los Santos Padres y el Catecismo
de la Iglesia Católica
Los Catecismos en las iglesias locales
Los Catecismos locales: su necesidad
El género literario de un Catecismo local
Los aspectos de la adaptación en un Catecismo local
La creatividad de las Iglesias locales respecto a la elaboración de
Catecismos
El Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos locales: la «
sinfonía » de la fe
Tercera parte
LA PEDAGOGÍA DE LA FE
« Uno sólo es vuestro Maestro, Cristo » (Mt 23,10)
Significado y finalidad de esta parte
Capítulo I
La pedagogía de Dios, fuente y modelo de la pedagogía de la
fe
La pedagogía de Dios
La pedagogía de Cristo
La pedagogía de la Iglesia
La pedagogía divina, acción del Espíritu Santo en todo
cristiano
Pedagogía divina y catequesis
Pedagogía original de la fe
Fidelidad a Dios y fidelidad a la persona
La « condescendencia » de Dios, escuela para la persona
Evangelizar educando y educar evangelizando
Capítulo II
Elementos de metodología
La diversidad de métodos en la catequesis
La relación contenido-método en la catequesis
Método inductivo y deductivo
La experiencia humana en la catequesis
La memorización en la catequesis
Funcion del catequista
La actividad y creatividad de los catequizados
Comunidad, persona y catequesis
La importancia del grupo
La comunicación social
Cuarta parte
Los destinatarios de la catequesis
« El Reino interesa a todos »
Significado y finalidad de esta parte
Capítulo I
La adaptación al destinatario: aspectos generales
Necesidad y derecho de todo creyente a ser catequizado
Necesidad y derecho de la comunidad
La adaptación pide que el contenido de la catequesis sea como un
alimento sano y adecuado
La adaptación tiene en cuenta las diversas circunstancias
Capítulo II
La catequesis por edades
Observaciones generales
La catequesis de los adultos
Los adultos a los que se dirige la catequesis
Elementos y criterios propios de la catequesis de adultos
Cometidos generales y particulares de la catequesis de adultos
Formas particulares de la catequesis de adultos
La catequesis de la infancia y de la niñez
Situación e importancia de la infancia y de la niñez
Características de esta catequesis
Niños sin apoyo religioso familiar o que no frecuentan la escuela
La catequesis de los jóvenes
Preadolescencia, adolescencia y juventud
La importancia de la juventud para la sociedad y para la Iglesia
Características de la catequesis para jóvenes
Catequesis de los ancianos
La tercera edad, don de Dios a la Iglesia
Catequesis de la plenitud y de la esperanza
Sabiduría y diálogo
Capítulo III
Catequesis para situaciones especiales, mentalidades y ambientes
La catequesis de discapacitados e inadaptados
La catequesis de los marginados
La catequesis para grupos diferenciados
La catequesis según ambientes
Capítulo IV
Catequesis según el contexto socio-religioso
La catequesis en una situación de pluralismo y de complejidad
La catequesis en relación a la de religiosidad popular
La catequesis en un contexto ecuménico
La catequesis en relación con el hebraísmo
La catequesis en el contexto de otras religiones
La catequesis en relación con los « nuevos movimientos
religiosos »
Capítulo V
Catequesis según el contexto socio-cultural
Catequesis y cultura contemporánea
Tareas de la catequesis respecto a la inculturación de la fe
Proceso metodológico
Necesidad y criterios de valoración
Responsables del proceso de inculturación
Formas y vías privilegiadas
El lenguaje
Los medios de comunicación
Ámbitos antropológicos y tendencias culturales
Actuación ante las situaciones concretas
Tareas de las Iglesias locales
Iniciativas bajo la guía de los pastores
Quinta parte
LA CATEQUESIS EN LA IGLESIA PARTICULAR
Significado y finalidad de esta parte
Capítulo I
El ministerio de la catequesis en la Iglesia particular y sus agentes
La Iglesia particular
El ministerio de la catequesis en la Iglesia particular
La comunidad cristiana y la responsabilidad de catequizar
El Obispo, primer responsable de la catequesis en la Iglesia particular
Los presbíteros, pastores y educadores de la comunidad cristiana
Los padres de familia, primeros educadores de la fe de sus hijos
Los religiosos en la catequesis
Los catequistas laicos
Diversos tipos de catequista, hoy especialmente necesarios
Capítulo II
La formación para el servicio de la catequesis
La pastoral de catequistas en la Iglesia particular
Importancia de la formación de los catequistas
Finalidad y naturaleza de la formación de los catequistas
Criterios inspiradores de la formación de los catequistas
Las dimensiones de la formación: el ser, el saber, el saber hacer
Madurez humana, cristiana y apostólica de los catequistas
La formación bíblico-teológica del catequista
Las ciencias humanas en la formación de los catequistas
Criterios que pueden inspirar el empleo de las ciencias humanas en la
formación de los catequistas
La formación pedagógica
La formación de los catequistas dentro de las comunidades cristianas
Escuelas de catequistas y Centros superiores para peritos en catequesis
Capítulo III
Lugares y vías de catequesis
La comunidad cristiana como hogar de catequesis
La familia como ámbito o medio de crecimiento en la fe
El catecumenado bautismal de adultos
La parroquia como ámbito de catequesis
La escuela católica
Asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles
Las comunidades eclesiales de base
Capítulo IV
La organización de la pastoral catequética en la Iglesia
particular
Organización y ejercicio de las responsabilidades
El servicio diocesano de la catequesis
Servicios de colaboración interdiocesana
El servicio de la Conferencia Episcopal
El servicio de la Santa Sede
La coordinación de la catequesis
Importancia de una efectiva coordinación de la catequesis
Un Proyecto diocesano de catequesis articulado y coherente
La actividad catequética en el contexto de la nueva evangelización
La catequesis en la Pastoral educativa
Algunas tareas propias del servicio catequético
Análisis de la situación y de las necesidades
Programa de acción y orientaciones catequéticas
Elaboración de instrumentos y medios didácticos para el acto
catequético
La elaboración de Catecismos locales: responsabilidad inmediata del
ministerio episcopal
Conclusión
(1) CD 44.
(2) CT 2.
(3) CT 3.
(4) Corresponde a la Segunda Parte del DCG (1971).
(5) Tiene los mismos objetivos de la Tercera Parte del DCG (1971).
(6) Corresponde a la Cuarta Parte del DCG (1971).
(7) Corresponde a la Quinta Parte del DCG (1971). Aunque algunos, con
importantes razones, aconsejaban situar esta parte antes que la correspondiente
a la de la pedagogía, se ha preferido, dado el nuevo enfoque de la
Tercera Parte, mantener el mismo orden que en el texto de 1971. Se quiere
subrayar con ello que la atención al destinatario es una participación
y consecuencia de la misma pedagogía divina, de esa «
condescendencia » (DV 13) de Dios en la historia de la salvación, al
adaptarse en su Revelación a la condición humana.
(8) Recoge todos los elementos de la Sexta Parte del DCG (1971).
(9) Cf DCG 1971, Introducción.
(10) Ibidem.
(11) Cf Ibidem.
(12) GS 1.
(13) GS 2.
(14) GS 2.
(15) Cf SRS 35.
(16) SRS 13b; cf EN 30.
(17) Cf CT 29.
(18) SRS 41; cf Documento del Sínodo de Obispos, II: De Iustitia
in mundo (30 noviembre 1971), III « La educación para la
justicia »: AAS 63 (1971), pp. 935-937; LC 77.
(19) SRS 42; cf ChL 42; CEC 2444-2448; TMA 51.
(20) Juan XXIII, Carta encíclica Pacem in Terris (11 abril
1963), 9-27; AAS 55 (1963), pp. 261-270. Aquí se señalan cuáles
son para la Iglesia los derechos humanos más fundamentales. En los nn.
28-34 (AAS 55 $[1963]$
(21) Cf SRS 15a.
(22) Cf PP 14; CA 29.
(23) ChL 5d; cf SRS 26b; VS 31c.
(24) Cf ChL 5a; Sínodo 1985, II, D, 1.
(25) Cf SRS 15e; CEC 2444; CA 57b.
(26) ChL 37a; cf CA 47c.
(27) Cf AG 22a.
(28) GS 5.
(29) GS 54.
(30) GS 56c.
(31) Cf EN 20; CT 53.
(32) GS 19.
(33) Ibidem.
(34) EN 55; cf GS 19; LC 41.
(35) Sínodo 1985, II,A,1.
(36) ChL 4.
(37) Cf RM 38.
(38) CA 29 ad c; CA 46a.
(39) Cf GS 36; Juan Pablo II, en la Carta encíclica Dominum et
vivificantem (18 mayo 1986), 38: AAS 78 (1986), pp. 851-852, establece también
esta conexión: « La ideología de la "muerte de Dios"
en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y práctico,
la ideología de la "muerte del hombre" ».
(40) VS 101; cf EV 19-20.
(41) Cf CT 3; MP,D 4.
(42) TMA 36b; cf GS 19c.
(43) EN 52; cf CT 19 y 42.
(44) EN 56.
(45) EN 52.
(46) EN 48; cf CT 54; ChL 34b; DCG (1971) 6; Sínodo 1985, II,A,4.
(47) EN 52.
(48) Cf EN 52; CT 44.
(49) Cf ChL 34b; RM 33d.
(50) LG 10.
(51) Sínodo 1985, I, 3.
(52) Ibidem.
(53) Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta Communionis
notio (28 mayo 1992) 1: AAS 85 (1993), p. 838; cf 36e.
(54) Cf CT 19b.
(55) Cf CT 43.
(56) Cf CT 27b.
(57) DV 10c.
(58) Cf CT 29b.
(59) Cf CT 30.
(60) CT 23.
(61) Cf CT 58.
(62) Cf EN 63.
(63) Cf FC 4b; cf ChL 3e.
(64) GS 11; cf GS 4.
(65) Cf GS 62e; FC 5c.
(66) Cf Mc 1,15 y paralelos; RM 12-20; CEC 541-560.
(67) Cf Mt 5,3-12.
(68) Cf Mt 5,1-7.29.
(69) Cf Mt 13,11.
(70) Cf Mt 18,1-35.
(71) Cf Mt 24,1-25.46.
(72) DV 3.
(73) Cf 2 P 1,4; CEC 51-52.
(74) DV 2.
(75) Cf Ef 1,9.
(76) DV 2.
(77) EN 11.
(78) Cf GS 22a.
(79) Cf Ef 2,8; EN 27.
(80) Cf EN 9.
(81) Cf Jn 11,52; AG 2b y 3a.
(82) Cf DV 15; CT 58; ChL 61; CEC 53.122; cf S. Ireneo de lyón, Adversus
haereses III,20,2; SCh 211,389-393.; Veáse en la Tercera Parte, cap.
1 del presente Directorio.
(83) CEC 54-64.
(84) DV 2.
(85) Cf DCG (1971) 11 b.
(86) Cf Heb 1,1-2.
(87) DV 4.
(88) Cf Lc 24,27.
(89) CEC 65; S. Juan de la Cruz se expresa así: « Todo nos lo
habló junto y de una vez en esta sola Palabra » (Subida al Monte
Carmelo 2,22); cf Liturgia de las Horas, I, Oficio de lecturas del lunes de
la segunda semana de Adviento.
(90) Cf CT 5; CEC 520 y 2053.
(91) CEC 125, haciendo referencia a DV 18.
(92) CT 5. El tema del cristocentrismo se afronta, con más
detalle, en: « Finalidad de la catequesis: la comunión con
Jesucristo » (Primera Parte, cap. 3) y « El cristocentrismo del
mensaje evangélico » (Segunda Parte, cap. 1).
(93) Cf DV 7.
(94) Cf DV 7 a.
(95) Cf DV 8 y CEC 75-79.
(96) DV 10b; cf CEC 85-87.
(97) LG 48; AG 1; GS 45; cf CEC 774-776.
(98) Cf Col 1,26.
(99) En la Constitución Dei Verbum (nn. 2-5) y en el Catecismo
de la Iglesia Católica (nn. 50-175) se habla de la fe como respuesta
a la Revelación. Por razones catequético-pastorales, el presente
Directorio prefiere vincular la fe más a la evangelización que a
la Revelación, en cuanto que ésta última, de hecho, llega
al hombre ordinariamente a través de la misión evangelizadora de
la Iglesia.
(100) EN 14.
(101) EN 18.
(102) Cf Mt 28,19-20.
(103) Cf Hch 1,8.
(104) Cf Mt 28,19.
(105) EN 17.
(106) EN 28.
(107) Cf EN 22a.
(108) Cf EN 47b.
(109) Cf EN 18.
(110) EN 24d.
(111) Cf EN 14.
(112) Cf AG 6b.
(113) En el dinamismo de la evangelización hay que distinguir lo que
son las « situaciones iniciales » (initia), los « desarrollos
graduales » (gradus) y la situación de madurez: « a cada
circunstancia o estado deben corresponder actividades apropiadas o medios
adecuados » (AG 6).
(114) Cf EN 18-20 y RM 52-54; AG 11-12 y 22.
(115) Cf EN 21 y 41; RM 42-43; AG 11.
(116) EN 51.52.53; cf CT 18.19.21.25; RM 44.
(117) Cf AG 13; EN 10 y 23; CT 19; RM 46.
(118) EN 22; CT 18; cf AG 14 y RM 47.
(119) AG 14; CEC 1212; cf CEC 1229-1233.
(120) Cf EN 23; CT 24; RM 48-49; AG 15.
(121) Cf ChL 18.
(122) Cf ChL 32, que muestra la íntima conexión entre «
comunión » y « misión ».
(123) Cf EN 24.
(124) CT 18.
(125) Cf AG 6f; RM 33 y 48.
(126) Cf Hch 6,4. El ministerio de la Palabra divina, es
ejercido en la Iglesia por parte: de los ministerios ordenados (cf
CIC 756-757); de los miembros de los institutos de vida consagrada,
en virtud de su consagración a Dios (cf CIC 758); de los
fieles laicos, en virtud de su bautismo y de la confirmación (cf CIC
759). En relación con el término ministerio
(servitium), es preciso señalar que sólo la constante referencia
al único y fontal ministerio de Cristo permite, en cierta medida,
aplicar también a los fieles no ordenados sin ambigüedad, el término
ministerio... En su sentido originario, este término expresa el
trabajo con que algunos miembros de la Iglesia prolongan, en su interior y para
el mundo, la misión de Cristo. Por el contrario, cuando el término
se diferencia en la relación y en la confrontación entre los
diversos munera y officia, entonces es preciso advertir con
claridad que sólo en virtud de la sagrada ordenación este
término obtiene aquella plenitud y univocidad del significado que la
Tradición siempre le ha atribuido (cf Juan Pablo II, Alocución
al Simposio sobre « La participación de los fieles laicos en el
Ministerio », n. 4: L'Osservatore Romano, 23 abril 1994, p. 4).
(127) EN 22; cf EN 51-53.
(128) Cf EN 42-45. 54. 57.
(129) DV 8c.
(130) PO 4b; cf CD 13c.
(131) En el Nuevo Testamento aparecen formas muy diversas de este único
ministerio: « anuncio », « enseñanza », «
exhortación »... La riqueza de expresiones es grande.
(132) Las modalidades por las que se canaliza el único
ministerio de la Palabra no son, en realidad, intrínsecas al mensaje
cristiano. Son, más bien, acentuaciones, tonalidades, desarrollos más
o menos explicitados, adoptados a la situación de fe de cada persona y de
cada grupo humano en sus circunstancias.
(133) Cf EN 51-53.
(134) AG 14.
(135) Hay razones de diversa índole que legitiman las expresiones
« educación permanente de la fe » o «catequesis
permanente », a condición de que no se relativice el carácter
prioritario, fundante, estructurante y específico de la catequesis en
cuanto iniciación básica. La expresión « educación
permanente de la fe » se generalizó, en la actividad catequética,
a partir del Concilio Vaticano II, para indicar solamente un segundo grado de
catequesis, posterior a la catequesis de iniciación, y no como la
totalidad de la acción catequizadora. Véase cómo esta
distinción entre formación básica y formación
permanente es asumida, referida a la preparación de los presbíteros,
en: Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis
(25 marzo 1992), cap. V y VI, especialmente el n. 71: AAS 84 (1992),
pp. 729 ss.; 778 ss.; 782-873.
(136) DCG (1971) 19d.
(137) Cf SC 35; CEC 1154.
(138) Cf Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción
Donum veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo (24
mayo 1990), 6: AAS 82 (1990) p. 1552.
(139) DCG (1971) 17; cf GS 62g.
(140) Cf Rm 10,17; LG 16; AG 7; CEC 846-848.
(141) Cf AG 13a.
(142) Cf CT 5b.
(143) Cf CT 20b.
(144) Cf CEC 166-167.
(145) Cf CEC 150.153.176.
(146) DV 5.
(147) CEC 177.
(148) Cf EN 10; AG 13b; CEC 1430-1431.
(149) EN 23.
(150) Cf AG 13.
(151) Cf RM 45c.
(152) Cf RM 46d.
(153) DV 5; cf CEC 153.
(154) DV 5; cf CEC 163 y 184.
(155) CEC 149.
(156) Cf CT 20a: « Se trata de hacer crecer, a nivel de conocimiento y
de vida, el germen de fe sembrado por el Espíritu Santo con el
primer anuncio ».
(157) Cf RM 46b.
(158) Cf 1 P 2,2; Hb 5,13.
(159) Ef 4,13.
(160) Rica 12.
(161) Eusebio de Cesarea, Praeparatio evangelica I,1; SCh 206,6; cf
LG 16; AG 3a
(162) ChL 4c.
(163) Rica 12 y 111.
(164) Cf Rica 6 y 7.
(165) AG 13b.
(166) Cf AG 13; EN 10; RM 46; VS 66; Rica 10.
(167) AG 13b.
(168) Cf MPD 8; CEC 187-189.
(169) Mt 5,48; cf LG 11c. 40b. 42e.
(170) Cf DV 24; EN 45.
(171) Cf RM 33.
(172) RM 33b.
(173) RM 33b. Es importante tomar conciencia de los « ámbitos
» (fines) que Redemptoris Missio asigna a la « misión
ad gentes ». No se trata sólo de « ámbitos territoriales
» (RM 37 ad a), sino también de « agrupaciones humanas y fenómenos
sociales nuevos » (RM 37 ad b), como son las grandes ciudades, el mundo de
la juventud, las migraciones,... y de « áreas culturales o areópagos
modernos » (RM 37 ad c), como son el mundo de la comunicación, de la
ciencia, de la ecología,... Según esto, una Iglesia particular, ya
implantada en un territorio, realiza la « misión ad gentes » no
sólo « ad extra », sino también « ad intra »
de sus confines.
(174) RM 33c.
(175) RM 33d.
(176) Ibidem.
(177) RM 34b.
(178) RM 34c. El texto habla, en concreto, del mutuo enriquecimiento entre
la misión ad intra y la misión ad extra. En RM 59c, en el
mismo sentido, se muestra cómo la « misión ad gentes »
alienta a los pueblos a su desarrollo, mientras la « nueva evangelización
» en países más desarrollados crea una clara conciencia de
solidaridad respecto a los otros.
(179) Cf RM 31 y 34.
(180) MPD 8.
(181) DCG (1971) 20; cf CT 43; Cuarta Parte, cap. 2.
(182) CT 19.
(183) Mc 16,15 y Mt 28,19.
(184) Mc 16,16.
(185) Cf CT 19; DCG (1971) 18.
(186) Cf RICA 9-13; CIC 788.
(187) En el presente Directorio, se supone que ordinariamente el
destinatario de la « catequesis kerigmática » o «precatequesis
» tiene un interés o una inquietud hacia el Evangelio. Si no lo
tiene en absoluto, la acción que se requiere es el
« primer anuncio ».
(188) Cf RICA 9. 10. 50; CT 19.
(189) Cf CT 18; CT 20c.
(190) Cf CT 18.
(191) Ibidem.
(192) AG 14.
(193) CT 18.
(194) S. Cirilo de Jerusalen, Catecheses illuminandorum I, 11; PG
33, 351-352.
(195) Cf Mt 7,24-27.
(196) CT 13; Cf CT 15.
(197) CEC 1122.
(198) AG 14; Cf CEC 1212.1229.
(199) CEC 1253. En el catecumenado bautismal de adultos, propio de la «
misión ad gentes », la catequesis precede al Bautismo. En la
catequesis con bautizados (niños, jóvenes o adultos) la formación
es posterior. Pero también en este caso lo que pretende la catequesis es
hacer descubrir y vivir las inmensas riquezas del Bautismo ya recibido. El
Catecismo de la Iglesia Católica utiliza la expresión catecumenado
postbautismal (n. 1231). La Exhortación apostólica Christifideles
Laici la llama catequesis postbautismal (n. 61).
(200) Cf CD 14.
(201) CT 22; Cf CT 18d. 21b.
(202) Cf CT 21.
(203) CT 21. Dos razones merecen destacarse en esta aportación
sinodal, asumida por Catechesi Tradendae: su preocupación por
atender a un problema pastoral (« insisto en la necesidad de una
enseñanza cristiana orgánica y sistemática, dado que desde
distintos sitios se intenta minimizar su importancia »); y el hecho de
considerar la organicidad de la catequesis como la característica
principal que la caracteriza.
(204) CT 21.
(205) Cf CT 20; S. Agustin, De catechizandis rudibus, IV, 8: CCL 46,
128-129.
(206) Cf CT 21b.
(207) Cf CT 21c.
(208) Cf AG 14; CT 33; CEC 1231.
(209) Cf DCG (1971) 31.
(210) CT 24.
(211) DV 21.
(212) Jn 17,21.
(213) CT 48; Cf SC 52; DV 24; DCG (1971) 17; Missale Romanum, Ordo
Lectionum Missae, 24, Editio Typica Altera, Roma 1981.
(214) Cf DV 21-25; Pontificia Comision Biblica, Documento La
interpretación de la Biblia en la Iglesia (21 setiembre 1993), IV, C,
2-3, Ciudad del Vaticano 1993.
(215) SRS 41; Cf CA 5. 53-62; DCG (1971) 26; Congregación para la
Educación Católica, Documento Orientaciones para el estudio y
enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de
los sacerdotes (30 diciembre 1988), Roma 1988.
(216) CT 23; Cf SC 35 ad 3; CIC 777, ad 1 y 2.
(217) Cf CT 21c y 47; DCG (1971) 96 ad c, d, e y f.
(218) Cf 1 P 3,15; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instrucción Donum veritatis 6b: l.c. 1552. Ver lo indicado en CT
61, acerca de la correlación existente entre catequesis y teología.
(219) CT 45c.
(220) Congregación para la Educación Católica, Dimensión
religiosa de la educación en la Escuela católica (7 abril
1978), n. 68, Roma 1988; Cf Juan Pablo II, Alocución a los
sacerdotes de Roma (5 marzo 1981): Insegnamenti Giovanni Paolo II, IV1,
p. 629-630; CD 13c; CIC 761.
(221) Cf Congregación para la Educación católica,
Documento La Escuela católica (19 marzo 1977) n. 26, Roma 1977.
(222) CT 69. Nótese cómo, para CT 69, la originalidad de la
ERE no consiste sólo en posibilitar el diálogo con la cultura en
general, ya que esto concierne a todas las formas del ministerio de la Palabra.
En la ERE se trata, de modo más directo, de promover este diálogo
en el proceso personal de iniciación, sistemática y crítica,
y de encuentro con el patrimonio cultural, que promueve la escuela.
(223) Cf Congregación para la Eeducación Católica,
Dimensión religiosa de la educación en la Escuela católica,
n. 70, l.c.
(224) Cf Juan Pablo II, Alocución al Simposio del Consejo de
las Conferencias Episcopales de Europa sobre la Enseñanza de la Religión
Católica en la escuela pública (15 abril 1991): Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, XIV1, pp. 780s.
(225) Ibidem.
(226) Cf CT 69; Congregación para la Educación Católica,
Dimensión religiosa de la educación en la Escuela católica,
n. 66: l.c.
(227) Cf CT 33.
(228) Cf CT 34.
(229) Ver lo indicado en el cap. 1o de esta Parte en: « La transmisión
de la Revelación por medio de la Iglesia, obra del Espíritu Santo »,
y en la Segunda Parte cap. 1o: « La eclesialidad del mensaje evangélico
». cf EN 60, que habla de la eclesialidad de todo acto de
evangelización.
(230) Cf LG 64; DV 10a.
(231) Cf DCG (1971) 13.
(232) Cf AG 22a.
(233) Cf CT 28; RICA 25 y 183-187. La traditio-redditio Symboli
(entrega y devolución del Símbolo) ha sido y es un elemento
importante del Catecumenado bautismal. La bipolaridad de este gesto expresa la
doble dimensión de la fe: don recibido (traditio) y respuesta
personal e inculturada (redditio). cf CT 28 en orden a "una
utilización acomodada a nuestro tiempo de este rito tan expresivo".
(234) Cf LG 64.
(235) CEC 169. La relación entre la maternidad de la Iglesia
y su función educadora ha sido expresada bellamente por
S.Gregorio Magno: "Después de haber sido fecundada, concibiendo a
sus hijos por el ministerio de la predicación, la Iglesia les hace crecer
en su seno con sus enseñanzas » (Moralia in Iob, XIX
12; CCL 143a, 970).
(236) CT 5; Cf CEC 426; AG 14a. En relación con esta finalidad
cristológica de la catequesis ver lo indicado en la Primera Parte, cap.
1: « Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación »; y lo
que se dice en la Segunda Parte, cap. 1: « El cristocentrismo del mensaje
evangélico ».
(237) AG 13b.
(238) CT 20c.
(239) LG 7b.
(240) MPD 8; cf CEC 185-197.
(241) Cf CEC 189.
(242) Cf CEC 180-190 y 197.
(243) Cf CEC 2113.
(244) Cf CEC 166-167; 196.
(245) Cf RM 45.
(246) También el DCG (1971) 21-29 distingue entre la finalidad
(finis) y las tareas (munera) de la catequesis. Estas vienen a ser los
objetivos específicos en los que se concreta la finalidad.
(247) Cf Mc 4,10-12.
(248) Cf Mt 6,5-6.
(249) Cf Mt 10,5-15.
(250) CT 21b.
(251) GE 4; Cf RICA 19; CIC 788,2.
(252) Cf DCG (1971) 36a.
(253) DCG (1971) 24.
(254) DV 25a.
(255) SC 7.
(256) Cf SC 14.
(257) DCG (1971) 25b.
(258) AG 13.
(259) Cf LC 62; CEC 1965-1986. El Catecismo de la Iglesia Católica
precisa con detalle las características que la catequesis debe asumir en
esta formación moral (n. 1697).
(260) VS 107.
(261) Cf CT 29f.
(262) RICA 25 y 188-191.
(263) Cf CEC 2761.
(264) PO 6d.
(265) AG 14d.
(266) DCG (1971) 27.
(267) UR 3b.
(268) CT 32; Cf CEC 821; CT 32-34.
(269) Cf CT 24c; DCG (1971) 28.
(270) Cf LG 31b; ChL 15; CEC 898-900.
(271) Cf Mt 10,5-42; Lc 10,1-20.
(272) Cf EN 53; RM 55-57.
(273) Cf RM 55b; Pontificio Consejo para el Dialogo Interreligioso y
Congregación para la evangelización de los pueblos, InstrucciónDiálogo
y anuncio. Reflexiones y Orientaciones sobre el anuncio del
Evangelio y el Diálogo interreligioso (19 mayo 1991) 14-54: AAS 84 (1992)
pp. 419-432. CEC, 839-845; en la Cuarta parte, cap. 4°, al hablar de los
destinatarios de la catequesis, se vuelve sobre el tema de « La catequesis
en el contexto de otras religiones ».
(274) RM 55a.
(275) Cf CIC 773; 778.2.
(276) Cf DCG (1971) 22 y 23.
(277) Cf DCG (1971) 26.
(278) DCG (1971) 31b.
(279) Cf RICA 19.
(280) RICA 9-13.
(281) RICA 14-20; 68-72; 98-105.
(282) RICA 93; Cf MPD 8c.
(283) RICA 21-26; 133-142; 152-159.
(284) RICA 25 y 183-187.
(285) RICA 25 y 188-192.
(286) RICA 37-40; 235-239.
(287) Esta gradualidad aparece también en los nombres que la
Iglesia utiliza para designar a los que se encuentran en las diferentes etapas
del Catecumenado bautismal: "simpatizante" (RICA 12), que,
aunque todavía no crea plenamente, está ya inclinado a la fe; «
catecúmeno » (RICA 17-18), firmemente decidido a seguir a
Jesús; « elegido » o « competente »
(RICA 24), llamado para recibir el Bautismo; « neófito »
(RICA 33-36), recién nacido a la luz por el Bautismo; y « fiel
cristiano » (RICA 39), maduro en la fe y miembro activo de la comunidad
cristiana.
(288) Cf MPD 8; EN 44; ChL 61.
(289) En el presente Directorio General para la Catequesis se utilizan, como
distintas, las expresiones « catecúmenos » y «
catequizandos », a fin de señalar esta diferencia. Por su parte el
CIC, c. 204-206, recuerda el distinto modo de unión con la Iglesia que
tienen « catecúmenos » y « fieles cristianos ».
(290) RICA 295. El propio Ritual de la iniciación cristiana de
adultos, cap. IV, contempla el caso de los adultos bautizados necesitados de
una catequesis de iniciación. Catechesi Tradendae, 44 precisa las
diversas circunstancias en que esta catequesis de iniciación con adultos
se hace necesaria.
(291) AG 14d.
(292) Metodio de Olimpia, por ejemplo, apunta a esta acción maternal
de la comunidad cristiana cuando dice: « Respecto a lo que son todavía
imperfectos (en la vida cristiana), son los más maduros los que les
forman y les dan a luz como en una acción maternal » Metodio de
Olimpia, Symposium, III, 8: SCh 95, 111. Ver, en el mismo sentido, S.
Gregorio Magno, Homiliarum in Evangelia, I, III, 2: PL 76, 1086 D).
(293) RICA 8.
(294) Cf CT 53.
(295) DCG (1971) 130. Tal número se abre con la siguiente afirmación:
« El Catecumenado de adultos, que es a la vez catequesis, participación
litúrgica y vida comunitaria, es el ejemplo típico de una
institución nacida de la colaboración de varias tareas pastorales »
(ibídem).
(296) Cf DCG (1971) 36a.
(297) CT 27.
(298) DV 10a y b; cf 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,14.
(299) Cf Mt 13,52.
(300) DV 13.
(301) Ibidem.
(302) DV 10.
(303) Como se ve, se emplean ambas expresiones: la fuente y las fuentes
de la catequesis. Se habla de « la » fuente de la catequesis para
subrayar la unicidad de la Palabra de Dios, recordando la concepción de
la Revelación en Dei Verbum. Se ha seguido a CT 27, que habla
también de la fuente de la catequesis. Se ha mantenido, no
obstante, la expresión las fuentes, siguiendo el ordinario uso
catequético de la expresión, para indicar los lugares concretos de
donde la catequesis extrae su mensaje; cf DCG (1971) 45.
(304) Cf DCG (1971) 45b.
(305) DV 9.
(306) Ibidem.
(307) DV 10b.
(308) DV 10c.
(309) Cf MPD 9.
(310) Cf CEC 426-429; CT 5-6; DCG (1971) 40.
(311) CT 5.
(312) DCG (1971) 41a. 39. 40. 44.
(313) GS 10.
(314) CT 6.
(315) Cf 1 Co 15,1-4; EN 15e.f.
(316) CT 11b.
(317) CEC 139.
(318) Cf Jn 14,6.
(319) La expresión « Uno de la Trinidad » fue utilizada por
el V Concilio ecuménico en Constantinopla (a. 553): cf
Constantinopolitano II, Sesión VIII, can. 4: Dz 424. Ha sido recordada en
CEC 468.
(320) CEC 234; cf CEC 2157.
(321) DCG (1971) 41; cf Ef 2,18.
(322) Cf DCG (1971) 41.
(323) Cf CEC 258. 236 y 259.
(324) Cf CEC 236.
(325) CEC 450.
(326) Cf CEC 1702.1878. Sollicitudo Rei Socialis (n. 40) utiliza la
expresión « modelo de unidad », al referirse a este
tema. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2845), habla de la comunión
de la Stma. Trinidad como « la fuente y el criterio de verdad en toda
relación ».
(327) LG 4b, que cita textualmente a S. Cipriano, De dominica oratione
23: CCL 3A2, 105.
(328) Cf EN 11-14; RM 12-20; CEC 541-556.
(329) La liturgia de la Iglesia lo expresa así en la Vigilia pascual:
« ... ilumina a tus hijos por tí redimidos para que comprendan cómo
la creación del mundo, en el comienzo de los siglos, no fue obra
de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo Señor en la
plenitud de los tiempos » (Misal Romano, Vigilia Pascual,
Oración después de la Primera Lectura).
(330) EN 9.
(331) CT 25.
(332) EN 26.
(333) Este don salvífico confiere « la justificación
por la gracia de la fe y de los sacramentos de la Iglesia. Esta gracia libera
del pecado e introduce en la comunión con Dios » (LC 52).
(334) EN 27.
(335) Cf LG 3 y 5.
(336) Cf RM 16.
(337) GS 39.
(338) LG 5.
(339) RM 20.
(340) EN 28.
(341) Cf EN 30-35.
(342) EN 30.
(343) CA 57; cf CEC 2444.
(344) EN 30.
(345) EN 32; cf SRS 41 y RM 58.
(346) EN 32.
(347) EN 33; cf LC: Esta Instrucción constituye una referencia
obligada para la catequesis.
(348) LC 71.
(349) CA 57; LC 68; cf SRS 42; CEC 2443-2449.
(350) LC 68.
(351) SRS 41; cf LC 77. Por su parte, el Sínodo de 1971 abordó
un tema de fundamental importancia para la catequesis: « La educación
para la justicia »: cf Documentos del Sinodo de los Obispos, II: De
Iustititia in mundo, III: l.c. 835-937.
(352) RICA 75; cf CEC 1253.
(353) Cf CEC 172-175 donde, inspirándose en S. Ireneo de Lyon, se
analiza toda la riqueza implicada en la realidad del « una sola fe ».
(354) CEC 815: « La unidad de la Iglesia peregrina está
asegurada por vínculos visibles de comunión: la profesión
de una misma fe recibida de los Apóstoles; la celebración común
del culto divino, sobre todo de los sacramentos; la sucesión apostólica
por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de
Dios ».
(355) EN 61, recogiendo los testimonios de S. Gregorio Magno y de la
Didache.
(356) CEC 1076.
(357) DCG (1971) 44.
(358) Al fundamentar el contenido de la catequesis en la narración de
los acontecimientos salvadores, los Santos Padres querían enraizar el
cristianismo en el tiempo, mostrando que era historia salvífica y no mera
filosofía religiosa; y que Cristo era el centro de esa historia.
(359) CEC 54-64. En estos textos del Catecismo de la Iglesia Católica,
que son referencia fundamental para la catequesis bíblica, se indican las
etapas más importantes de la Revelación, en las cuales el
tema de la Alianza es clave. Cf CEC 1081 y 1093.
(360) Cf DV 4.
(361) DCG (1971) 11.
(362) CEC 1095; cf CEC 1075. 1116. 129-130. 1093-1094.
(363) CEC 1095. El Catecismo de la Iglesia Católica en el n.1075
indica el carácter inductivo de esta « catequesis mistagógica
» pues « procede » de lo visible a lo invisible, del signo al
significado, de los ?sacramentos' a los "misterios" ».
(364) DV 2.
(365) DCG (1971) 72; cf CEC 39-43.
(366) Cf Cuarta Parte, cap. 5.
(367) AG 10; cf AG 22a.
(368) CT 53 cf EN 20.
(369) El término « inculturación » ha sido asumido
por diversos documentos del Magisterio: cf CT 53 y RM 52-54. El concepto de «
cultura », tanto en su sentido más general, como en su sentido «
sociológico y etnológico » ha sido aclarado en GS 53; cf ChL
44a.
(370) AG 22a; cf LG 13 y 17; GS 53-62; DCG (1971) 37.
(371) Cf RM 52b que habla del « largo tiempo » que requiere la
inculturación.
(372) EN 20; cf EN 63; RM 52.
(373) LG 13 utiliza la expresión: « favorece y asume (fovet
et assumit) ».
(374) LG 17 se expresa de este modo: « sanar, elevar y perfeccionar
(sanare, elevare et consummare) ».
(375) EN 19 afirma: « alcanzar y transformar ».
(376) RM 54a.
(377) RM 54b.
(378) Cf GCM 12.
(379) Cf CEC 24.
(380) CT 30.
(381) Ibidem.
(382) DCG (1971) 38a.
(383) Cf DCG (1971) 38b.
(384) Cf Mt 11,30.
(385) EN 63, que utiliza las expresiones « transferre » y «
translatio »; cf RM 53b.
(386) EN 63c; cf CT 53c y 31.
(387) Sínodo 1985, II,D,3; cf EN 65.
(388) CT 31 que, asímismo, trata la integridad del mensaje; cf DCG
(1971) 39 y 43.
(389) CEC 234.
(390) UR 11.
(391) DCG (1971) 43.
(392) DCG (1971) 41.
(393) Acerca del símbolo de la fe, S. Cirilo de Jerusalén
dice: « Esta síntesis de fe no ha sido hecha según las
opiniones humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en
ella de más importante, para dar en su integridad la única enseñanza
de la fe » (Catecheses illuminandorum 5,12: PG 33, 521). El texto
ha sido recogido en CEC 186; cf CEC 194.
(394) CEC 1211.
(395) CEC 1211.
(396) S. Agustin presenta el sermón del Monte como « la carta
perfecta de la vida cristiana... que contiene todos los preceptos propios para
guiarla » (De sermone Domini in monte 1,1; CCL 35, 1; cf EN 8.
(397) El Padre nuestro es, en verdad, « el resumen de todo el Evangelio
» (Tertuliano, De oratione, 1: CSEL 20, 181) « Recorred todas
las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar
algo que no esté incluído en la oración del Señor »
(S. Agustín, Epístola 130, c.12: PL 33, 502): cf CEC 2761.
(398) GS 22a.
(399) Cf Ibidem.
(400) CT 22c; cf EN 29.
(401) GS 22b.
(402) CEC 521; cf CEC 519-521.
(403) Cf CT 20b.
(404) Cf Rom 6,4.
(405) DCG (1971) 74; cf CT 29.
(406) Cf AG 8a.
(407) Cf Fil 1,27.
(408) Cf CEC 1697.
(409) Cf CEC 1145-1152.
(410) Cf Tercera Parte, cap. 2.
(411) DCG (1971) 46.
(412) CT 31.
(413) Cf CIC 775, 1-3.
(414) Cf FD 2d.
(415) FD 4a.
(416) DCG (1971) Introducción.
(417) DCG (1971), Tercera parte, cap. 2.
(418) CEC 11.
(419) FD 4c; FD 4b.
(420) CEC 815.
(421) FD 4a; cf FD 4c.
(422) FD 1f; cf FD 4c.
(423) FD 4d.
(424) Ibidem.
(425) FD 3d.
(426) FD 3e.
(427) Cf CEC 13.
(428) Cf Primera parte, cap. 3 del presente Directorio.
(429) Cf Card. J. Ratzinger, Introducción al Catecismo de la
Iglesia Católica, en J. Ratzinger y C. Schönborn, Introducción
al Catecismo de la Iglesia Católica, Madrid 1994, pp. 29-30.
(430) Cf CEC 189-190; 1077-1109; 1693-1695; 2564; etc.
(431) Cf CEC 27-49; 355-379; 456-478; 1699-1756; etc.
(432) GS 22a.
(433) DCG (1971) 119.
(434) CEC 24.
(435) DV 21.
(436) MPD, 9c; cf Pontificia Comisión bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C,3.
(437) CT 27; cf Sínodo 1985, II,B,a,1.
(438) DV 9.
(439) Cf MPD 9.
(440) DV 8c.
(441) Cuando el Concilio Vaticano II solicitó la restauración
del catecumenado de adultos subrayó su necesaria gradualidad: «
Restáurese el catecumenado de adultos, dividido en distintas etapas »
(SC 64).
(442) Es significativo, a título de ejemplo, el testimonio de Orígenes:
« Cuando abandonas las tinieblas de la idolatría y deseas llegar al
conocimiento de la ley divina, entonces empiezas tu salida de Egipto. Cuando has
sido agregado a la multitud de los catecúmenos y has comenzado a obedecer
a los mandamientos de la Iglesia, entonces has atravesado el mar Rojo. En las
paradas del desierto, cada día, te aplicas a escuchar la ley de Dios y a
contemplar el rostro de Moisés que te descubre la gloria del Señor.
Pero cuando llegues a la fuente bautismal, habiendo atravesado el Jordán,
entrarás en la tierra de la promesa » (Origenes, Homiliae in
Iesu Nave, IV, 1: SCR 71, 149).
(443) Cf CEC 13.
(444) El presente apartado se refiere exclusivamente a los Catecismos
oficiales, es decir, a aquéllos que el Obispo diocesano (CIC 775, 1) o la
Conferencia episcopal (CIC 775, 2) asumen como propios. Los catecismos no
oficiales (CIC 827,1) y otros instrumentos de trabajo para la catequesis (DCG
1971, 116) serán considerados en la Quinta Parte, cap. 4.
(445) FD 4c.
(446) FD 4d.
(447) Cf CIC 775.
(448) CT 53a.
(449) CT 50.
(450) DV 15.
(451) Cf DV 13.
(452) DV 13.
(453) Cf DV 13. "Benignidad inefable", "providencia y
cuidado", "condescendencia" son expresiones que definen la
pedagogía divina en la Revelación. Muestran el deseo de Dios de «
adaptarse » (synkatabasis) a los seres humanos. Este mismo espíritu
es el que ha de guiar la elaboración de los Catecismos locales.
(454) DCG (1971) 119.
(455) En la catequesis, junto a los instrumentos, intervienen otros factores
decisivos: la persona del catequista, el método de transmisión, la
relación que se establece entre catequista y catequizando, el respeto al
ritmo interior de recepción por parte del destinatario, el clima de amor
y de fe en la comunicación, el compromiso activo de la comunidad
cristiana, etc.
(456) Cf Cuarta Parte, cap. 1.
(457) CEC 24.
(458) GS 44.
(459) CT 53a.
(460) Cf CT 55c; MPD 7; DCG (1971) 34.
(461) Cf CT 36-45.
(462) En los Catecismos locales debe prestarse atención al
tratamiento y orientación de la religiosidad popular (cf EN 48; CT 54 ;
CEC 1674-1676), así como a lo concerniente al diálogo ecuménico
(cf CT 32-34; CEC 817-822) y al diálogo interreligioso (cf EN 53; RM
55-57; CEC 839-845).
(463) LC 72 distingue entre « principios de reflexión », «
criterios de juicio » y « directrices de acción », que la
Iglesia ofrece en su doctrina social. Un Catecismo sabrá distinguir estos
niveles.
(464) Se hace refiencia aquí, fundamentalmente a las «
diferentes situaciones socio-religiosas » ante la evangelización. Se
trata de ellas en la Primera Parte, cap. 1.
(465) Acerca de esta distinción entre Catecismos locales y obras de síntesis
del CEC ver lo indicado en Congregación para la Doctrina de la Fe
Congregación para el Clero, Carta a los Presidentes de las Conferencias
Episcopales Orientaciones acerca de las « obras de síntesis »
del Catecismo de la Iglesia Católica (Prot. n. 94004378 del 20
diciembre 1994), Permisas 1-5. Entre otras cosas dice: « Las obras de síntesis
del CEC pueden, erróneamente, ser entendidas como sustitutivas de los
Catecismos locales, al punto de desalentar de hecho la preparación de éstos,
mientras carecen, por su parte, de las adaptaciones a las particulares
situaciones de los destinatarios, que requiere la catequesis » (n. 4).
(466) Cf CIC 775, 1-2.
(467) La cuestión del lenguaje, tanto en los Catecismos locales como
en el acto catequético, es de suma importanica. Cf CT 59.
(468) EN 63. En esta delicada tarea de « asimilar-traducir »,
indicada en este texto, es muy importante tener en cuenta la observación
hecha por la Congregaciòn para la Doctrina de la Fe y la Congregación
para el Clero en Orientaciones acerca de las ?obras de síntesis' del
Catecismo de la Iglesia Católica, Premisas 3: « La elaboración
de Catecismos locales, que tengan al CEC como ?texto de referencia válido
y auterizado' (FD 4), permanece como objetivo importante para los Episcopados.
Pero las previsibles dificultades que se encontrarán en tal empresa sólo
podrán ser superadas si, mediante un adecuado y quizá incluso
prolongado tiempo de asimilación del CEC, se prepara el terreno teológico,
catequético y lingüístico para una real obra de inculturación
de los contenidos del Catecismo ».
(469) GS 62b.
(470) FD 4b.
(471) RM 54b.
(472) CEC 815.
(473) LG 23a.
(474) Congregación para la Doctrina de la Fe, « Communionis
notio », n. 9: l.c. 843.
(475) Cf CT 63b.
(476) Cf Jn 15,15; Mc 9,33-37; Mc 10,41-45.
(477) Cf CT 9a.
(478) Cf Mc 8,14-21.27.
(479) Cf Mc 4,34; Lc 12,41.
(480) Cf Lc 11,1-2.
(481) Cf Lc 10,1-20.
(482) Cf Jn 16-13.
(483) Cf Mt 10,20; Jn 15,26; Hch 4, 31.
(484) Cf CT 9.
(485) CT 58.
(486) DV 15; DCG (1971) 33; CT 58; CHL 61; CEC 53. 122. 684. 708. 1145.
1950. 1964.
(487) Cf Dt 8,5; Os 11,3-4; Pr 3,11-12.
(488) Cf Dt 4,36-40; 11, 2-7.
(489) Cf Ex 12,25-27; Dt 6,4-8; 6, 20-25; 31, 12-13; Jos
4,20.
(490) Cf Am 4,6; Os 7,19; Jr 2,30; Pr 3,
11-12; Hb 12, 4-11; Ap 3,19.
(491) Cf Mc 8, 34-38; Mt 8,18-22.
(492) LG 1.
(493) CEC 169; cf GE 3c.
(494) Cf GE 4.
(495) Cf Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), III:
AAS 56 (1964), pp. 637-659.
(496) Cf DV 2.
(497) Cf RM 15; CEC 24b-25; DCG (1971)10.
(498) Cf MPD 11; CT 58.
(499) Cf CT 52.
(500) Cf Pablo VI, Carta Encíclica Ecclesiam Suam: l.c.
609-659.
(501) Cf MPD 7-11; CEC 3; 13; DCG (1971) 36.
(502) DV 5.
(503) Cf MPD 7; CT 55; DCG (1971) 4.
(504) CT 55.
(505) Cf DCG (1971) 10 y 22.
(506) DV 13; cf CEC 684.
(507) Cf DV 2.
(508) Cf DV 13.
(509) Cf EN 63; CT 59.
(510) Cf CT 31.
(511) Cf GE 1-4; CT 58.
(512) Cf CT 51.
(513) Ibidem.
(514) Cf CT 31. 52. 59.
(515) Cf CT 52.
(516) Cf Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación
de la Biblia en la Iglesia, 1993.
(517) Cf MPD 9.
(518) Cf DCG (1971) 72.
(519) Cf DCG (1971) 72.
(520) Cf Primera Parte, cap. 3; DCG (1971) 74; CT 22.
(521) Entendemos aquí las experiencias vinculadas a las «
grandes preguntas » de la vida y de la realidad, en concreto, de las
personas: la existencia de Dios, el destino de las personas, el origen y el fin
de la historia, la verdad sobre el bien y sobre el mal, el sentido del
sufrimiento, del amor, del futuro...; cf EN 53; CT 22 y 39.
(522) Cf Primera Parte, cap. 3; DCG (1971) 71; CT 55.
(523) Cf MPD 9.
(524) Cf CT 55.
(525) Cf CEC 22.
(526) CT 55.
(527) Cf Primera Parte, cap. 3, en « El catecumenado bautismal:
estructura y gradualidad ».
(528) Cf DCG (1971) 71; Quinta Parte, caps. 1 y 2.
(529) Cf n. 298.
(530) Cf DCG (1971) 75.
(531) Cf AG 14; DCG (1971) 35; CT 24.
(532) Cf EN 46.
(533) Cf DCG (1971) 76.
(534) Mt 18,20.
(535) Cf DCG (1971) 122-123; EN 45; CT 46; FC 76; ChL 44; RM 37; AN 440; EA
71; 122-124.
(536) Cf RM 37.
(537) Cf AN 440.
(538) EN 45b.
(539) Cf CT 46.
(540) Cf DCG (1971) 122.
(541) RM 371.
(542) EN 45.
(543) Cf FC 76.
(544) ChL 44f.
(545) RM 15; cf EN 49-50; CT 35s; RM 14; 23.
(546) Cf Lc 4,18.
(547) Cf Mc 16,15.
(548) Cf Exposición introducctoria.
(549) Cf DCG (1971) 77.
(550) EN 49-50; CT 14; 35s.
(551) RH 13; cf EN 31.
(552) Cf RH 13-14; CEC 24.
(553) Cf DCG (1971) 75.
(554) Cf DCG (1971) 21.
(555) CT 13.
(556) Cf GS 44; EN 63; CT 31; CEC 24-25.
(557) GS 44. En esta Cuarta Parte se usan, porque los emplea el Magisterio y
por utilidad práctica, los dos términos de adaptación
e inculturación, dando preferentemente al primero el sentido de
atención a las personas y al segundo el sentido de atención a los
contextos culturales.
(558) Cf RM 33.
(559) CEC 24.
(560) RH 14.
(561) Cf CT 45.
(562) Cf DCG (1971) 20; 92-97; CT 43-44; Coincat, La catequesis de
adultos en la comunidad cristiana, 1990.
(563) Cf DCG (1971) 20; CT 19. 44; Coincat 10-18.
(564) Cf Coincat 10-18.
(565) Cf CT 44.
(566) Cf CT 19.
(567) Cf DCG (1971) 92-94; CT 43; Coincat 20-25; 26-30; 33-84.
(568) Cf 1Co 13,11; Ef 4,13.
(569) Cf Coincat 33-84.
(570) Cf Coincat 26-30.
(571) LG 31; cf EN 70; ChL 23.
(572) Cf ChL 57-59.
(573) Cf DCG (1971) 97.
(574) Cf Primera Parte, cap. 2; DCG (1971) 96.
(575) Cf DCG (1971) 78-81; CT 36-37.
(576) Cf DCG (1971) 78-79; ChL 47.
(577) Cf ChL 47.
(578) Cf Mc 10,14.
(579) Cf DCG (1971) 78-79; CT 37.
(580) Cf CT 37.
(581) Cf Sagrada Congregación para el Culto Divino, Directorio
para la misa con niños (1 noviembre 1973): AAS 66 (1974), pp. 30-46.
(582) Cf DCG (1971) 79.
(583) Cf DCG (1971) 78. 79.
(584) Cf DCG (1971) 80-81; CT 42.
(585) Cf DCG (1971) 82-91; EN 72; CT 38-42.
(586) Cf DCG (1971) 83.
(587) Cf Exposición introducctoria, 23-24.
(588) Cf DCG (1971) 82; EN 72; MDP 3; CT 38-39; ChL 46; TMA 58.
(589) GE 2; ChL 46.
(590) Cf Mt 19,16-22; Juan Pablo II, Carta apostólica A
los jóvenes del mundo, (Parati semper) (31 marzo 1985): AAS 77
(1985), pp. 579-628.
(591) Cf Juan Pablo II, A los jóvenes del mundo, cit. n. 3.
(598 ChL 46; cf DCG (1971) 89.
(593) Cf DCG (1971) 84-89; CT 38-40.
(594) Cf DCG (1971) 87.
(595) Otros temas significativos: relación entre fe y razón;
la existencia y el sentido de Dios; el problema del mal; la persona de Cristo;
la Iglesia; el orden ético en relación con la subjetividad
personal; el encuentro de hombre y mujer; la doctrina social de la Iglesia...
(596) CT 40.
(597) Cf DCG (1971) 95; ChL 48.
(598) Cf ChL 48.
(1) Cf DCG (1971) 91; CT 41.
(2) Cf CT 59.
(3) Cf EN 51-56; MPD 15.
(4) Cf Exposición introducctoria, 23-24.
(5) EN 54.
(6) Cf 1 P 3,15.
(7) Cf DCG (1971) 6; EN 48; CT 54.
(8) EN 48.
(9) EN 48.
(10) Cf Pablo VI, Exho. apos. Marialis cultus (2 febrero 1974)
24.25.29: AAS 66 (1974), pp. 134-136.141.
(11) Cf DCG (1971) 27; MPD 15; EN 54; CT 32-34; Pontificio consejo para la
promoción de la unidad de los cristianos, Directorio para la aplicación
de los principios y de las normas sobre el ecumenismo (25 marzo 1993) 61:
AAS 85 (1993), pp. 1063-1064; TMA 34; Juan Pablo II, Carta encíclica Ut
unum sint (25 mayo 1995) 18: AAS 87 (1995), p. 932.
(12) CT 32.
(13) Cf UR 11.
(14) Cf Directorio para el ecumenismo, n. 190, l.c., p. 1107.
(15) Cf CT 33.
(16) Cf NA 4; Secretariado para la Unión de los Cristianos (Comisión
para las relaciones religiosas con el hebraísmo), Hebreos y hebraísmo
en la predicación y en la catequesis católica (24 junio 1985).
(17) CEC 839.
(18) Hebreos y hebraísmo, cit., VII.
(19) Cf NA 4.
(20) Cf EN 53; MPD 15; ChL 35; RM 55-57; CEC 839-845; TMA 53; Pontificio
Consejo para el Diálogo Interreligioso y Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, Inst. Diálogo y anuncio (19
mayo 991): AAS 84 (1992), pp. 414-446; 1263.
(21) Cf Secretariado para la Unión de los Cristianos
Secretariado para los no Cristianos Secretariado para los no Creyentes
Pontificio Consejo para la Cultura, El fenómeno de las sectas o
nuevos movimientos religiosos: desafío pastoral: « L'Osservatore
Romano » del 7 mayo 1986.
(22) El fenómeno de las sectas o nuevos movimentos religiosos:
desafío pastoral, cit. 5.4.
(23) RM 38.
(24) Cf Segunda Parte, cap. 1; DGC (1971) 8; EN 20. 63; CT 53; RM 52-54;
Juan pablo II, Discurso a los miembros del Consejo Internacional para la
Catequesis: « L'Osservatore Romano » del 27 septiembre 1992;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Instrucción La liturgia romana y la inculturación, (25
enero 1995): AAS 87 (1995), pp. 288-319; Comisión Teológica
Inernacional Documento Commissio Theologica sobre Fe e inculturación
(3-8 octubre 1988); Juan Pablo II, Exhor. apos., Iglesia en África,
l.c.; Alocuciones con ocasión de sus viajes pastorales.
(25) Cf EN 20. 63; CT 53; RM 52-54; CEC 172-175.
(26) CT 53.
(27) Cf Segunda Parte, cap. 1.
(28) Cf CT 53.
(29) CT 53.
(30) EN 20.
(31) RM 54.
(32) Cf CT 59.
(33) CT 59.
(34) RM 37.
(35) Cf Tercera Parte, cap. 2.
(36) Cf DGC (1971) 123.
(37) Juan Pablo II, Alocución a los miembros del Coincat, l.c.
(38) CEC 24; cf FD 4.
(39) RM 37.
(40) ChL 63.
(41) Cf Quinta Parte, cap. 4.
(42) EN 63.
(43) En esta Quinta Parte, como en el resto del presente documento, la
expresión Iglesia particular se refiere a la diócesis y a
las circunscripciones eclesiásticas asimiladas (CIC 368). La expresión
Iglesia local se refiere a la agrupación de Iglesias
particulares, bien establecidas en una región o nación, o bien en
un conjunto de naciones vinculadas entre sí por lazos particulares. cf
Primera Parte, cap 3: « La catequesis: acción de naturaleza eclesial
» y Segunda Parte, cap 1: « La eclesialidad del mensaje evangélico
».
(44) Como indica Lumen Gentium 26a, las legítimas
congregaciones de fieles reciben el nombre de « Iglesias » en el Nuevo
Testamento; cf los textos bíblicos con que se abre esta parte.
(45) Cf CD 11.
(46) La Iglesia particular, en CD 11, se describe, antes que nada, como «
porción del Pueblo de Dios » (Populi Dei portio).
(47) Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis Notio
7 (AAS 851993, 838-850).
(48) Communionis notio 9b.
(49) LG 23b recoge el testimonio de S. Hilario Poitiers In Ps 14,3
(PL 9, 206) y de S. Gregorio Magno Moral IV, 7. 12 (PL, 75, 643).
(50) EN 14.
(51) Hch 2,11.
(52) Communionis Notio 7 l.c. 842.
(53) Communionis Notio 9b l.c., p. 843; cf AG 4.
(54) La expresión « ministerio de la catequesis » es
utilizada en CT 13.
(55) Es importante subrayar el carácter de servicio único
que tiene la catequesis en la Iglesia particular. El « sujeto » de las
grandes acciones evangelizadoras es la Iglesia particular. Es ella la que
anuncia, la que transmite el Evangelio, la que celebra,... Los agentes «
sirven » a ese ministerio y actúan « en nombre de la Iglesia ».
Las implicaciones teológicas, espirituales y pastorales de esta «
eclesialidad » de la catequesis son grandes.
(56) CT 16: « Es una responsabilidad diferenciada pero común
». Cf también la nota 55, del n. 50, como clarificación del término
« ministerio de la Palabra ».
(57) AG 14. En este mismo sentido se expresa CT 16: « La catequesis ha
sido siempre y seguirá siendo una obra de la que la Iglesia entera debe
sentirse y querer ser responsable ». Cf también en MPD 12; RICA 12;
CIC 774.1.
(58) « La catequesis debe apoyarse en el testimonio de la comunidad
eclesial » (DCG 1971, 35); cf Cuarta Parte, cap. 2.
(59) CT 24.
(60) « Además del apostolado que incumbe absolutamente a todos
los fieles, los laicos pueden también ser llamados a una cooperación
más inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos
hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización,
trabajando mucho en el Señor » (LG 33). Esta doctrina conciliar ha
sido recogida por CIC 228 y 759.
(61) LG 25; cf CD 12a; EN 68c.
(62) LG 25.
(63) Ibidem.
(64) DV 8.
(65) CT 63b.
(66) Cf CT 12a.
(67) CT 63c.
(68) CT 63c; CIC 775.1.
(69) Cf CT 63c; CIC 823.1.
(70) CT 63c.
(71) CD 14b; CIC 780.
(72) PO 12a; cf PO 2. 6; Juan Pablo II, Exhrtación apostólica
post-sinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), n. 12: l.c. 675-677.
(73) PO 6b.
(74) Cf CIC 773.
(75) LG 10.
(76) LG 10. Sobre los « dos modos de participar en el único
sacerdocio de Cristo » cf CEC 1546-1547.
(77) PO 9b.
(78) Cf CIC 776-777.
(79) CT 64. Respecto a esta orientación de fondo que los presbíteros
han de dar a la catequesis, el Concilio Vaticano II indica dos exigencias
fundamentales: « no enseñar la propia sabiduría sino la
Palabra de Dios » (PO 4) y « exponer la Palabra de Dios no de modo genérico
y abstracto sino aplicándola a las circunstancias concretas de la vida »
(ibidem).
(80) Cf en el capítulo 3 de esta Parte el número dedicado a «
La familia como ámbito o medio de crecimiento en la fe », donde se
analizan las características de la catequesis familiar. Este número
se ha centrado más en la consideración de los padres como agentes
de catequesis; cf CIC 774.2.
(81) CT 68.
(82) CT 68.
(83) Ibidem.
(84) ChL 62; cf FC 38.
(85) FC 38; CT 68.
(86) CT 68; cf EN 71b.
(87) Cf CT 68.
(88) LG 11; cf FC 36b.
(89) CT 65; CIC 778.
(90) CEC 915; LG 44.
(91) EN 69; cf VC 33.
(92) Cf VC 31 acerca de « las relaciones entre los diversos estados de
vida del cristiano »; cf CEC 932.
(93) CT 65; cf RM 69.
(94) CT 65.
(95) Cf 1 Co 12,4; LG 12b.
(96) LG 31. En ChL 15 se analiza con detalle este « carácter
secular ».
(97) LG 35.
(98) AA 2b; cf Rituale Romanum, Ordo Baptismi Parvulorum, n. 62,
Editio Typica, 1969; RICA 224.
(99) CEC 429.
(100) El Código de Derecho Canónico establece que la autoridad
de la Iglesia puede encomendar un oficio o servicio eclesial a los laicos,
prescindiendo de si ese servicio es o no un « ministerio » no ordenado
formalmente instituido como tal: « Los laicos que sean considerados idóneos
tienen capacidad de ser llamados por los sagrados Pastores para aquellos oficios
eclesiales y encargos (officia ecclesiastica et munera), que puedan cumplir según
las prescripciones del derecho » (CIC 228.1); cf EN 73; ChL 23.
(101) CT 66b; cf GCM.
(102) CT 66b.
(103) GCM 4.
(104) Ibidem.
(105) CT 45; cf RM 37 ad b, 2o.
(106) RM 33.
(107) CT 66a.
(108) CT 66a; cf CT 42.
(109) Cf DCG (1971) 96 ad c.
(110) Cf CT 45; DCG (1971) 95.
(111) Cf DCG (1971) 91; CT 41.
(112) CT 45a; cf CT 45 a.
(113) GCM 5.
(114) El Concilio Vaticano II distingue dos tipos de catequistas: los «catequistas
con plena dedicación » y los « catequistas auxiliares »
(cf AG 17). Esta distinción es retomada en GCM 4, con la terminología
de « catequistas a tiempo pleno » y « catequistas a tiempo
parcial ».
(115) Cf GCM 5.
(116) Cf DCG (1971) 108a.
(117) DCG (1971) 111.
(118) Cf CT 5. Este texto define la finalidad cristocéntrica de la
catequesis. Este hecho determina el cristocentrismo del contenido de la
catequesis, el cristocentrismo de la respuesta del destinatario, el sí
a Jesucristo y el cristocentrismo de la espiritualidad del catequista y de su
formación.
(119) Se señalan aquí las cuatro etapas del catecumenado
bautismal con una perspectiva cristocéntrica.
(120) GCM 20.
(121) LG 64.
(122) DCG (1971) 114.
(123) Cf GCM 7.
(124) Cf GCM 13.
(125) DCG (1971) 31.
(126) CT 52; cf CT 22.
(127) Cf CT 22d.
(128) Cf GCM 21.
(129) Las cualidades humanas que sugiere GCM son las siguientes: facilidad
de relaciones humanas y de diálogo, idoneidad para la comunicación,
disponibilidad para colaborar, función de guía, serenidad de
juicio, comprensión y realismo, capacidad para consolar y hacer recobrar
la esperanza... (cf 21).
(130) EN 79.
(131) Cf ChL 60.
(132) DCG (1971) 112. GCM 23 subraya la importancia primordial de la Sagrada
Escritura en la formación de los catequistas: « La Sagrada Escritura
deberá seguir siendo la materia principal de la enseñanza y
constituir el alma de todo el estudio teológico. Esta ha de
intensificarse cuanto sea necesario » (23).
(133) ChL 60c.
(134) CT 22.
(135) DCG (1971) 112.
(136) GS 62b.
(137) DCG (1971) 100.
(138) GS 59.
(139) « La enseñanza de las ciencias humanas plantea difíciles
cuestiones respecto a su selección y método, dado el número
y diversidad de estas disciplinas. Puesto que se trata de formar catequistas y
no especialistas en psicología, la norma a seguir es distinguir y
seleccionar lo que les puede ayudar directamente a adquirir la capacidad de
comunicar » (DCG, 1971, 112).
(140) Un texto fundamental para la utilización de las ciencias
humanas en la formación de los catequistas sigue siendo esta recomendación
del concilio Vaticano II en GS 62: « Los fieles deben vivir estrechamente
unidos a los otros hombres de su tiempo y procurar comprender perfectamente su
forma de pensar y sentir que se expresan por medio de la cultura. Deben
armonizar los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más
recientes descubrimientos con la moral cristiana y la enseñanza de la
doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu
avancen en ellos al mismo paso que el conocimiento de las ciencias y los avances
diarios de la técnica, y así ellos mismos sean capaces de examinar
e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano »
(141) La importancia de la pedagogía ha sido subrayada por CT 58: «
Entre las numerosas y prestigiosas ciencias del hombre que han progresado
enormemente en nuestros días, la pedagogía es ciertamente una de
las más importantes... La ciencia de la educación y el arte de
enseñar son objeto de continuos replanteamientos con miras a una mejor
adaptación o a una mayor eficacia ».
(142) Cf CT 58.
(143) Cf DCG (1971) 113.
(144) Ibidem..
(145) DCG (1971) 112.
(146) Cf GCM 28.
(147) « Los sacerdotes y los religiosos deben ayudar a los fieles
laicos en su formación. En este sentido, los Padres del Sínodo han
invitado a los presbíteros y a los candidatos a las sagradas órdenes
a prepararse cuidadosamente para ser capaces de favorecer la vocación y
misión de los laicos » (ChL 61).
(148) Cf ChL 61.
(149) « Se recomiendan, asimismo, las iniciativas parroquiales... que
tienen por objeto la formación interior de los catequistas, como las
escuelas de oración, las convivencias fraternas y de coparticipación
espiritual y los retiros espirituales. Estas iniciativas no aíslan a los
catequistas, sino que les ayudan a crecer en la espiritualidad propia y en la
comunión entre ellos » (GCM 22).
(150) Cf DCG (1971) 110.
(151) Cf para lo que se refiere a escuelas de catequistas en tierras de misión:
AG 17c; RM 73; CIC 785 y GCM 30. Para la Iglesia en general ver DCG (1971) 109.
(152) La expresión « catequista de base » es utilizada en
DCG (1971) 112C.
(153) Cf DCG (1971) 109b.
(154) DCG (1971) 109a.
(155) CT 71a.
(156) Ver Quinta Parte, cap. 1: « La comunidad cristiana y la
responsabilidad de catequizar », donde se habla de la comunidad como
responsable de la catequesis. Aquí se contempla como « lugar »
de catequización.
(157) Cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis
notio, 1: l.c. 838.
(158) Cf MPD 13.
(159) Cf CT 24.
(160) CT 67a. Se trata de una expresión clásica en catequesis.
La Exhortación apostólica habla de los « lugares » de la
catequesis: (« de locis catecheseos »).
(161) LG 11; cf AA 11; FC 49.
(162) EN 71.
(163) Cf GS 52; FC 37a.
(164) Ver la Primera Parte, cap. 3: « El catecumenado bautismal:
estructura y gradualidad ». Aquí se contempla el catecumenado
bautismal como « lugar » de catequesis y en relación a la
continua presencia de la comunidad en él.
(165) Cf DCG (1971) 130 donde se describe la finalidad del catecumenado
bautismal. Cf RICA 4, indica la conexión del catecumenado bautismal con
la comunidad cristiana.
(166) MPD 8c.
(167) Cf RICA 4. 41.
(168) RICA 18.
(169) RICA 41.
(170) Cf RICA 41.
(171) Cf CT 67c.
(172) Cf AA 10.
(173) CT 67b.
(174) Ibidem.
(175) Ibidem.
(176) La importancia de la catequesis de adultos ha sido subrayada en CT 43
y en el DCG (1971) 20.
(177) ChL 61.
(178) Cf EN 52.
(179) Cf DCG (1971) 96c.
(180) Es importante constatar cómo Juan Pablo II, en ChL 61, recalca
la conveniencia de las pequeñas comunidades eclesiales en el marco de las
parroquias, y no como un movimiento paralelo que absorba sus mejores miembros: «
Dentro de las parroquias... las pequeñas comunidades eclesiales presentes
pueden ser una ayuda notable en la formación de los cristianos, pudiendo
hacer más capilar e incisiva la conciencia y la experiencia de la comunión
y de la misión eclesial ».
(181) Cf Congregación para la Educación católica, La
Escuela Católica: l.c.
(182) Cf Congregación para la Educación católica, Dimensión
religiosa de la educación en la Escuela católica, n. 31: l.c.
(183) GE 8.
(184) Congregación para la Educación Católica, Dimensión
religiosa de la educación..., n. 32: l.c.
(185) « El carácter propio y la razón profunda de la
escuela católica, el motivo por el cual deberían preferirla los
padres católicos, es precisamente la calidad de la enseñanza
religiosa integrada en la educación de los alumnos » (CT 69); cf
Primera parte, cap. 2 nn. 73-76.
(186) AG 12b.
(187) Cf CT 70.
(188) CT 70. Se contempla aquí aquellas asociaciones, movimientos o
grupos de fieles, en que se atienden aspectos catequéticos en sus
objetivos formativos, pero que no nacen propiamente para constituirse en ámbitos
de catequización.
(189) ChL 62.
(190) CT 67.
(191) CT 47b.
(192) Cf CT 47b.
(193) CT 47. En este texto Juan Pablo II se refiere a los diversos grupos de
jóvenes: grupos de acción católica, grupos caritativos,
grupos de oración, grupos de reflexión cristiana... Pide que no
falte en ellos « un verdadero estudio de la doctrina cristiana ». La
catequesis es una dimensión que debe siempre darse en la vida apostólica
del laicado.
(194) Ct 21.
(195) Cf CT 67 b-c.
(196) Cf EN 58 que indica cómo las comunidades eclesiales de base «
florecen un poco por todas partes en la Iglesia ». RM 51 afirma que se
trata de « un fenómeno de rápida expansión ».
(197) EN 58c.
(198) RM 51a; cf EN 58f; lc 69.
(199) RM 51c.
(200) Ibidem; cf EN 58; LC 69.
(201) DCG (1971) 126. El Secretariado diocesano de catequesis (officium
catecheticum) fue mandado instituir en todas las diócesis por el
decreto Provido Sane: cf Sagrada Congregación del Concilio,
Decreto Provido sane (12 enero 1935): AAS 27 (1935) p. 151; ver también
CIC 775,1.
(202) Cf DCG (1971) 100. Ver las pistas sugeridas en la Exposición
Introductoria y Quinta Parte, cap. 9: « Análisis de la situación
y de las necesidades ».
(203) Cf DGC (1971) 103. Ver en este capítulo el epígrafe
titulado: « Programa de acción y orientaciones catequéticas ».
(204) Cf DCG (1971) 108-109. Ver en esta Quinta Parte, cap. 2: « La
pastoral de catequistas en la Iglesia particular » y « Escuelas de
catequistas y Centros Superiores para peritos en catequesis ».
(205) Cf DCG (1971) 116-124.
(206) DCG (1971) 126.
(207) Cf CT 63. El propio Juan Pablo II recomienda dotar a la catequesis de «
una organización adecuada y eficaz, haciendo uso de las personas, de los
medios e instrumentos, así como de los recursos económicos
necesarios ».
(208) DCG (1971) 126.
(209) Ibidem.
(210) DCG (1971) 127.
(211) CIC 775.3.
(212) Cf DCG (1971) 129.
(213) AG 38a; cf CIC 756.1-2.
(214) Juan Pablo II, Alocución A los Obispos de Estados
Unidos de América (16 Septiembre 1987) 4: Insegnamenti di Giovanni Paolo
II, X, 3 (1987) 556. La expresión ha sido recogida por la Congregación
para la Doctrina de la Fe, Communionis Notio 13: l.c. 846.
(215) Constitución apostólica Pastor Bonus, art. 1.
Esta Constitución (28 junio 1988) trata de la reforma de la Curia Romana
que fue pedida por el Concilio: cf CD 9. Una primera reforma fue promulgada con
la Constitución apostólica de Pablo VI Regimini Ecclesiae
universae (18 agosto 1967): AAS 59 (1967) pp. 885-928.
(216) Ver los nn. 282-285 del presente capítulo.
(217) PB 94.
(218) RM 33.
(219) Ibidem.
(220) CD 17a: « Las diversas formas de apostolado han de estar
oportunamente coordinadas e íntimamente unidas entre sí, bajo la
dirección del Obispo, de modo que todas las iniciativas y actividades de
carácter catequético, misionero, caritativo, social, familiar,
escolar y de cualquier otro trabajo con fines pastorales, sean conducidas a una
acción concorde por la que resplandezca más claramente la unidad
de toda la diócesis ».
(221) Cf Cuarta Parte, cap. 2: « La catequesis por edades ».
(222) CT 45b.
(223) Ibidem.
(224) Cf DCG (1971) 20, donde se indica cómo las demás formas
de catequesis « se ordenan » (ordinantur) a la catequesis de adultos.
(225) CT 18d.
(226) RM 33.
(227) Ibidem.
(228) CT 19. 42.
(229) Cf AG 11-15. El concepto de evangelización como un proceso
estructurado en etapas ha sido analizado en la Primera Parte, cap. 1: « El
proceso de la evangelización ».
(230) CT 67b.
(231) DCG (1971) 100.
(232) Cf Quinta Parte, cap. 5.
(233) DCG (1971) 102; cf Exposición introductoria 16.
(234) Cf DCG (1971) 117 y 134; PB 94.
(235) Acerca de este conjunto de libros catequéticos, Catechesi
Tradendae dice: « Uno de los aspectos más interesantes del
florecimiento actual de la catequesis consiste en la renovación y
multiplicación de los libros catequéticos que en la Iglesia se ha
verificado un poco por doquier. Han visto la luz obras numerosas y muy logradas,
y constituyen una verdadera riqueza al servicio de la enseñanza catequética
» (CT 49). DCG (1971) 120 define los « Textos didácticos »
del siguiente modo: « Los textos didácticos son medios
complementarios ofrecidos a la comunidad cristiana, a la cual incumbe la
catequesis. Ningún texto puede sustituir la comunicación viva del
mensaje cristiano. Sin embargo, los textos tienen gran importancia, porque
sirven para una más amplia explicación de los documentos de la
tradición cristiana y de los elementos, que favorecen la actividad catequética
».
(236) Respecto a las guías, DCG (1971) 121 indica lo que
deben contener: « La explicación del mensaje de la salvación
(con una constante referencia a las fuentes y con una clara distinción
entre lo que pertenece a la fe y a la doctrina que se ha de creer, y lo que son
meras opiniones de los teólogos); consejos psicológicos y pedagógicos
y sugerencias relativas al método ».
(237) Cf Tercera Parte, cap. 2 La comunicación social; DCG
(1971) 122.
(238) CT 49b.
(239) Ibidem.
(240) Ibidem.
(241) La cuestión de los Catecismos locales ha sido tratada en la
Segunda Parte, cap. 2: « Los Catecismos en las Iglesias locales ». Aquí
se dan solamente algunos criterios para su elaboración. Con la denominación
« Catecismos locales », el presente documento se refiere a los
Catecismos propuestos por las Iglesias particulares o por las Conferencias
episcopales.
(242) FD 4c.
(243) CT 50.
(244) DCG (1971) 119, 134; CIC 775, 2; PB 94.
(245) Cf Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis
Notio 9: l.c. 843.
(246) Cf EN, 75a.
(247) Cf EN, 75d.
(248) RM, 21.
(249) Cf CT, 72.
(250) CT 72a.
(251) CT 73.
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