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HOMILÍA DEL CARDENAL DARÍO CASTRILLÓN
HOYOS DURANTE LA CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA BASÍLICA DE SAN PABLO
EXTRAMUROS
Martes, 16 de mayo
¡Alabado sea Jesucristo!
¡Queridísimos concelebrantes, Venerados hermanos en el Episcopado y en el Presbiteriado!
1. Me dirijo nuevamente y sobre todo a vosotros, amados sacerdotes, que con
vuestra peregrinación jubilar a Roma, ofrecéis una alegre y elocuente
expresión de ese especial vínculo de fe y de comunión en la caridad que os
une al Sucesor del apóstol Pedro y al entero Colegio Episcopal, en
continuidad y fidelidad con el mandato apostólico de Cristo. ¡Sed bienvenidos!
En este instante se reavivan en mi corazón los recuerdos de las cuatro
anteriores peregrinaciones internacionales: a Fátima, a Yamassoukro, a
Guadalupe y, el año pasado, a Tierra Santa. Desde esos Santos Lugares benditos
que han marcado las etapas salvadoras de la vida de Jesús y, en particular,
desde el Cenáculo donde ha nacido nuestro sacerdocio, hemos venido, casi
llevados de la mano por la Madre del Redentor, hasta la Iglesia de Roma
"donde la Providencia quiso establecer la sede del sucesor de Pedro"
(Cfr. Juan Pablo II, Bula de indicción del Jubileo, n. 2).
Hemos venido, peregrinos de la esperanza, a la Ciudad del testimonio y del
martirio de los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo; hemos llegado a la
Iglesia de Roma "fundada y construida por los dos gloriosos
apóstoles", como dice san Ireneo (Cfr. Contra las herejías, III,
3) y que "preside la comunión de la caridad" (Cfr. San Ignacio de
Antioquía, Carta a los Romanos) por voluntad divina.
2. "Ha revelado su justicia a las naciones" recita la antífona del
salmo responsorial (cfr. Sal 97) que hemos cantado hace un momento. Y a
continuación repetimos: "Los confines de la tierra han visto la salvación
de nuestro Dios. ¡Aclama a Yahvé, tierra entera, gritad alegres, gozosos,
cantad!" (Sal 97,4-5).
Hoy, con gran alegría, somos convocados por Cristo aquí, junto a los restos
del Apóstol de las gentes (Hch 17,21), para revivir el encuentro antiguo
y siempre nuevo con la fe y la memoria de san Pablo, en este templo sacro que
Constantino erigió sobre la celda sepulcral del apóstol y mártir: él nos
recuerda, sobre todo a nosotros, venerados hermanos en el sacerdocio, que ya no
somos extranjeros, ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares
de Dios, "edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo
la piedra angular Cristo mismo" (Ef 2,20).
El Señor, en esta solemne Concelebración, nos ofrece un especial kairos en
nuestro ministerio pastoral, un tiempo divino de gracia y de misericordia,
transformándonos de errantes en peregrinos del Eterno y Sumo Sacerdote, para
una pausa feliz de contemplación y de asombro ante el hermoso hecho de ser sus
ministros sagrados.
En efecto, somos invitados a descubrir otra vez la verdad sobre nuestra vida
interior que, marcada por el carácter indeleble de la consagración y colmada
de la gracia sacramental de la ordenación, para nosotros es fuente de
inagotable fecundidad en la realización de la misión que hemos recibido:
¡nuestra vida de piedad, que es a la vez vida de oración y de penitencia, es
el agua viva que no solamente aplaca nuestra sed, sino que nos transforma a
nosotros mismos en manantiales de agua que brotan para la vida eterna! (cfr. Jn
15,4-5; 7,37-39). Nuestro "obrar" pastoral nace a partir de nuestro
"ser" sacerdotal.
Pedro y Pablo nos invitan hoy a reflexionar sobre la exigencia de nuestra
específica santidad de vida para ser eficaces servidores de la Palabra viva
(cfr. 1 Cor 4,1) en beneficio de todos los hombres, en el cumplimiento de
los múltiples deberes de nuestro sagrado ministerio.
Asimismo tienen que resonar siempre actuales y vivas en nosotros las
declaraciones del apóstol que expresan de manera total su adhesión
incondicional a Cristo: "y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí"
(Gal 2,20), "para mí la vida es Cristo" (Flp 1,21).
3. "Recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios
y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo
alguno" (Hch 28,30-31).
Con estas palabras que hemos escuchado hace poco en la primera Lectura, san
Lucas traza de forma admirable la obra evangelizadora de san Pablo, que
manifiesta la misión universal de la Iglesia. Jesús había dicho expresamente
a Pablo: "como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo
también en Roma" (Hch 23,11). El camino iniciado hacia Jerusalén
ha alcanzado su meta: la Iglesia apostólica y orante, unida a María, se hace
santa por acción del Espíritu Santo y llega a ser católica en Roma. Mediante
el don de lenguas, el Espíritu de Cristo transforma el castigo de Babilonia, y
hace que los apóstoles hablen ahora en todas las lenguas para llevar a cabo de
esta forma la universalidad de su obra salvadora.
No debe maravillarnos, por tanto, que Pedro junto a los otros apóstoles
afirme: "No podemos dejar de hablar" (Hch 4,20), y que Pablo
precise con fervor: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el
Evangelio!" (1 Cor 9,16). Esta obra de evangelización a la que
nosotros, sacerdotes, hemos sido llamados tiene un nombre: acción sacramental
de Cristo.
Sabemos que el Verbo encarnado se hace presente, de forma sacramental, en los
apóstoles, así como en sus sucesores y en todos sus sacerdotes
"especialmente elegidos, consagrados y enviados para hacer que surja la
contemporaneidad de Cristo, de quien se convierten en auténticos representantes
y mensajeros" (cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el
ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia, 31.1.1994, n.
7). En la misma sagrada Ordenación está ontológicamente presente la
dimensión misionera, que es la misión eterna de Cristo (cfr. Jn 20,21).
Por eso, en la escuela de fe de Pedro y Pablo aprendemos a mantener vivo en
nuestra mente y en nuestro corazón el carácter sobrenatural y sagrado de
nuestro sacerdocio. Sería insensato, además de presuntuoso, querer prescindir
arbitrariamente de los instrumentos de salvación y de gracia que el Señor
mismo ha depositado en nosotros, haciéndonos administradores de sus misterios
divinos; y en este caso específico, también lo sería pretender ofrecer a la
humanidad, sedienta de Dios, nuestros personalismos y nuestras visiones
parciales. Como ya es bien sabido, el sacerdocio ministerial no es un mero
cometido que hay que ejecutar, o el cumplimiento de ciertos procedimientos y
tareas derivados de comisiones o encargos por parte de la comunidad: es en
primer lugar una nueva presencia sacramental, en cada uno de nosotros, de Jesús
Cabeza y Pastor, por la cual nos convertimos en "imagen real, viva y
transparente de Cristo Sacerdote" (cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap.
post-sinodal Pastores dabo vobis, 11).
Por tanto, la identificación con Cristo es don y misterio: gratuidad de Dios
y misterio de unión con la vida de Cristo en su Iglesia; pero también es tarea
y es responsabilidad personal para realizar en cada uno de nosotros nuestro
modelo: el Buen Pastor que reúne el rebaño disperso (cfr. Jn 10,11-18),
y que va en busca de la oveja descarriada (cfr. Mt 18,12-14).
Ello exige una vida de oración, de contemplación y de sacrificio para
revestirnos de los mismos sentimientos de Cristo, y ajustar nuestra voluntad a
la Suya. ¡La fecundidad del ministerio brota de la riqueza de la vida interior!
"Es sencillamente imposible vivir virtuosamente sin el auxilio de la
oración" declara el Crisóstomo (cfr. De praecatione, oratio I).
"Es la oración la que marca el estilo esencial del sacerdote" nos
recuerda el Santo Padre (cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente,
8.4.1979, n. 10). Hemos nacido al sacerdocio ministerial en la oración
sacerdotal de Cristo "en aquella noche llena de misterio" (cfr. Juan
Pablo II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo 2000, n. 2) en el Aula
santa de Jerusalén: siempre podremos alimentar y reforzar nuestro ministerio en
una oración incesante, más humilde y confiada, recurriendo a la oración del
Mesías.
4. "Pero al instante les habló Jesús diciendo: '¡Ánimo!, soy yo; no
temáis'" (Mt 14,27).
Esta exhortación tranquilizadora del Señor dirigida a los discípulos,
cansados en la barca agitada por la tormenta de la noche y asustados ante su
milagroso caminar sobre las aguas del lago Tiberíades, son más actuales y
pertinentes que nunca.
Sabemos muy bien por experiencia que no son la edad, nuestra energía o la
mera ciencia humana las que hacen que sea eficaz nuestro ministerio sacerdotal,
sino la dynamis Theou la "fuerza de Dios para la salvación de todo
el que cree" (Rm 1,16). Estamos en la barca de Pedro, a veces en la
oscuridad de las dificultades, en medio de la marea de obstáculos, pero sabemos
que en nosotros está Su vida, la exousía, su poder sacro.
Conscientes de nuestros límites y de nuestras miserias, no podemos confiar
en nuestras pocas fuerzas. Gritaremos como Pedro "¡Señor Sálvame!".
Y en seguida Jesús extenderá su mano agarrándonos (cfr. Mt 14,31) y
sentiremos su dulce y fructuoso reproche: "Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?" Agarrados por Cristo. Así debemos permanecer, dejándonos
alcanzar por Él, como hizo el apóstol que dijo: "Cristo Jesús me
alcanzó a mí" (Flp 3,12).
Examinemos, por tanto, si la gracia del Jubileo, que en estos días pasa en
abundancia a través de nosostros como agua viva en un cauce fluvial, puede
extenderse con mayor eficacia a todos los fieles a nosotros confiados en el
ejercicio de nuestro ministerio. Nosotros también somos invitados a acercarnos
a los hombres descarriados de este tercer milenio, como hizo Jesús con los
discípulos en la barca durante la tormenta, y a repetirles "¡Ánimo, soy
Jesús, no temáis!" (cfr. Mt 14,27).
No podemos ser un obstáculo a la acción sacramental de Cristo, como una
máscara que hiciera difícil a los hombres reconocer en nosotros el rostro
amable y misericordioso de Jesús, como un muro que obstaculizara a nuestros
fieles el acceso a la Puerta Santa que es el Verbo encarnado.
odríamos repetir con mayor generosidad los gestos de perdón y de
ofrecimiento de salvación, sobre todo dispensando con renovada fe y un mayor
sentido de la responsabilidad los sacramentos de la Penitencia y de la
Eucaristía.
¡Convertirnos para convertir! (cfr. San Gregorio Nacianceno, Orationes
2,71), siguiendo el ejemplo elocuente de san Pablo, vencido por la sorpresa de
un encuentro sin precedentes con Cristo en el camino hacia Damasco.
Convertirnos, ante todo acercándonos, nosotros mismos, con regularidad al
sacramento del Perdón: nuestra unión con Cristo, Sacerdote y Hostia, nos
llevará a ser, como decía san Ignacio de Antioquía, "trigo de Dios para
ser hecho pan mundo de Cristo" (cfr. Epistola ad Romanos 4,1), por
el bien de los hermanos.
Concluiremos estas reflexiones invocando la materna intercesión y el
constante patrocinio de la Reina de los Apóstoles y de la Madre de la Iglesia:
María, Madre de los Sacerdotes y de las gentes, Estrella en los albores del
tercer milenio, sigue guiándonos a nosotros tus hijos sacerdotes para que, tras
el ejemplo de la fe y del amor de Pedro y de Pablo, sepamos ser auténticos
misioneros de tu Hijo, impregnando cada vez más profundamente el terreno de su
vida interior con el manantial del Sacerdocio Sumo y Eterno de Cristo. Hasta la
efusión de sangre en la coherencia cotidiana de nuestra espléndida identidad.
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