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PALABRAS DEL CARDENAL CASTRILLÓN HOYOS DURANTE
LA VIGILIA DE ORACIÓN EN LA PLAZA DE SAN PEDRO Miércoles
17 de mayo de 2000
Queridísimos sacerdotes:
Nos disponemos para culminar mañana, junto al Santo Padre, la peregrinación
jubilar de los sacerdotes del mundo que hemos preparado a través de los cuatro
encuentros anuales tenidos en Fátima, Costa de Marfil. Guadalupe y Tierra
Santa. Han sido cuatro años de oración, de reflexión y de profundización en
nuestra condición de sacerdotes, llamados por Dios a ser otros Cristos en el
mundo.
Hoy, llegados a Roma de todos los continentes, en el corazón de la Iglesia,
junto al Vicario de Cristo, en el mismo lugar histórico que fue testigo del
martirio del Príncipe de los Apóstoles; renovamos nuestra fe en el Señor de
la historia, en el Dios del amor; en Cristo, Dios hecho hombre, que nos ha
llamado a participar en su obra de salvación.
Renovamos la fe en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, nuevo Pueblo de
Dios nacido de la Alianza de la muerte y resurrección de Jesús y de la ley de
las Bienaventuranzas. Renovamos nuestra fe en el ministerio de Pedro y renovamos
nuestra fe en la vocación sacerdotal, don particular del Señor que recibimos
en vasos de barro; y en nuestra identidad sacerdotal descubriendo en ella la
bondad y la misericordia divina que nos ha elegido de entre los hombres y nos ha
puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y
sacrificios por los pecados (cfr. Hebreos 5,1).
En esta ocasión renovamos también nuestro amor. Amor a Cristo, amor a
Pedro, amor a la Iglesia. Desde nuestra debilidad que nos hace sentir compasión
hacia los ignorantes y extraviados y ofrecer dones y sacrificios por los pecados
propios igual que por los del pueblo (cfr. Hebreos 5 2-3); desde esa debilidad,
renovamos nuestra entrega. No nos desanimemos ante la comprobación continua de
nuestros defectos y pecados, antes bien tomemos una conciencia más clara de
nuestra necesidad de Dios y de nuestro deseo de vivir unidos a Él a través de
la oración y de la vida del espíritu.
Renovamos nuestro amor a la Eucaristía, centro de nuestra vocación,
sacramento de nuestra fe y de nuestra salvación realizada por Cristo en la
cruz, sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación,
presencia real de Cristo entre nosotros, alimento en nuestro camino y signo de
la vida futura. En la Eucaristía encuentra sentido nuestra vocación
sacerdotal; somos los hombres de la Eucaristía. El sacerdote es Eucaristía.
Es. como Cristo, ministro, ofrenda y víctima al mismo tiempo. Sacerdos et
Hostia.
En esta plaza de San Pedro, confluencia de peregrinos que buscan la
conversión, renovamos también nuestro amor a los hombres, nuestros hermanos.
Amor a todos los seres humanos y amor, sobre todo. a esos hombres y mujeres, con
nombres y apellidos, que Dios nos ha encomendado. Esa porción de la grey de
Cristo confiada a nosotros que constituye la razón de ser de nuestra vida, de
nuestros desvelos, de nuestro trabajo continuo. Hoy. aquí, ante la tumba de
Pedro, renovamos nuestra entrega a la misión de intermediarios entre Dios y los
hombres. Somos los brazos de Dios en este mundo, sus manos, sus pies, su
corazón que sigue latiendo en amor a todos los seres humanos, sin distinción
de razas o condiciones sociales.
También hoy renovamos nuestro amor a María, Madre de la Iglesia y Reina de
los Apóstoles, Ella. con su compañía cercana, es nuestra confidente, nuestro
apoyo en las horas de soledad y desolación. Renovemos el amor a nuestra Madre
del Cielo, verdadero regalo de Cristo en el momento sublime de la entrega de su
vida a Dios por amor a los hombres. Renovemos nuestra cercanía a Ella en el
trato sencillo y tierno de los hijos que miran con amor a su Madre.
En esta plaza y en esta noche clara, renovamos nuestro amor a Pedro.
Príncipe de los Apóstoles, Vicario de Cristo, Roca segura de salvación. En
él encontramos la estrella que nos guía y dirige en nuestro ministerio, el
maestro que nos instruye, la voz que nos convoca a una nueva evangelización, el
padre que nos acoge y fortifica.
Renovemos también, en esta ocasión, nuestra esperanza, la confianza que nos
acerca a la misericordia de Dios y que nos da seguridad en nuestro caminar
cotidiano. La esperanza que nos hace entrever la calma en medio de las
tempestades. La esperanza que es la base de nuestra continua conversión al amor
de Dios sabiendo que nuestros pecados serán perdonados. Conversión en la
esperanza: este podría ser el lema de nuestro encuentro en esta tarde romana.
Conversión en la fe, en la esperanza y en el amor. Convertir el corazón hacia
el amor primero que llenó de ilusión y emoción nuestra entrega en la juventud
y nos sostiene cada día hasta el fin de nuestras vidas. Conversión de nuestra
mente a la fe de nuestros padres y a la de aquellos apóstoles que predicaron el
mensaje recibido del Maestro de Nazaret y dieron su vida generosamente para
transmitir la revelación cristiana. Conversión interior al amor generoso y
fiel.
Nuestro recuerdo va ahora a aquellos hermanos nuestros en el sacerdocio
fallecidos durante estos años. Ellos, que nos acompañaron en nuestro caminar,
sosteniendo muchas veces nuestro esfuerzo, interceden ahora por nosotros desde
la casa del Padre. A ellos, nuestro recuerdo agradecido y nuestra oración
confiada.
El contexto no podría ser más sugerente: Pedro, la Iglesia, el Jubileo
Romano del año 2000, aniversario del nacimiento de Cristo, son testigos de este
camino sacerdotal, fin y principio. Fin de una peregrinación hacia Cristo, con
Pedro, e inicio de una renovación interior hacia la integridad de nuestra
misión vivida con convicción y en profundidad. Cristo, Alfa y Omega. único
sacerdote, principio y fin, sea nuestro modelo y el centro de nuestra vida en
este itinerario que ahora comenzamos.
Queridísimos sacerdotes, deseo que su estancia en Roma, produzcan frutos de
renovación personal y apostólica. Que la presencia espiritual de Pedro y
Pablo, en el lugar de su martirio y de sus sepulturas gloriosas, renueve nuestra
fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Esperemos con alegría ahora recibir la
palabra y la bendición del Papa.
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