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HOMILÍA
de Su Eminencia el Cardenal Darío Castrillón
Hoyos
SANTA MISA CON ORDENACIONES DIACONALES
al final del Jubileo de los Diaconos
permanentes
Patriarcal Basílica de San Pedro
Domingo, 20 de Febrero de 2000
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¡Alabado sea Jesucristo!
1. Con la imposición de las manos y con la
oración consagratoria, el Señor mandará el Espíritu Santo sobre estos
acólitos aquí presentes y los consagrará Diáconos. ¡Seréis Diáconos
permanentes de la Iglesia de Dios!
En la Iglesia y en el mundo vosotros seréis
signo e instrumento de Cristo, che no vino "para ser servido sino para
servir".
Vosotros respondéis a una vocación estable y
permanente: ésta imprime un signo, una marca profunda e imborrable, que os hace
conformes para siempre a Cristo Siervo.
Hasta el último momento de vuestra vida
seréis siempre el signo de Cristo Siervo. Obediente hasta la muerte y muerte de
Cruz para la salvación de todos.
Por esto, el momento presente es un momento de
alegría y de esperanza para vuestras Diócesis y para la Iglesia universal que,
desde este altar, habla con profundo significado de la unidad y catolicidad de
la que es garante.
La Iglesia entera, en esta celebración, se
consuela en ver que crece su vitalidad, en ver que se refuerza su fidelidad, en
ver dilatada su capacidad de servir. "Los diáconos – enseña San
Policarpo – son servidores de Dios y de Cristo y no de los hombres: ni
calumnia, ni doblez, ni amor por el dinero; che sean castos en todo, compasivos,
siempre diligentes según la verdad del Señor, que se ha hecho servidor de
todos" (Ad Philipp., V,2).
2. Demos gracias al
Padre que nos llena de sus dones y suscita vocaciones maduras en medio de su
pueblo, que se conformen con Cristo y pongan sus propias fuerzas a disposición
de su Iglesia.
Es una acción de gracias coral y llena de
alegría; esto compromete a todas vuestras Diócesis. Sobre todo a los
responsables de la formación, a los respectivos párrocos, a cuantos han sido
ejemplares puntos de referencia. Como también compromete a las mismas familias
por su preciosa colaboración. Acción de gracias a cuantos, con la oración y
el sacrificio, contribuyen cada día al bien de la Iglesia y al desarrollo de
todas las vocaciones que en ella brillan en un servicio, que sin interrupción
cantan sinfónicamente el poema de la Redención.
3. Si acaso existiera una ambición cristiana,
ésta sería el deseo de poder servir, tanto es así que en el punto más
álgido de la escala jerárquica se encuentra aquel que es el "Servus
servorum Dei", el Siervo de los siervos de Dios.
El diácono ha sido llamado para ejercitar una
triple diaconía: la de Palabra, la de la Eucaristía y aquella de los pobres.
Es competencia del Diácono la proclamación
del Evangelio como también la de ayudar al Sacerdote en la explicación de la
Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación se dice al diácono: "Accipe
Evangelium Christi, cuius praeco effectus es" (De Ordinatione, n.
238).
La Palabra de Dios no es la nuestra. Es el
Verbo que pasa, podemos decir "sacramentalmente", por medio de los
labios del ministro sagrado.
La Palabra de Dios que inquieta la falsa paz
de muchas consciencias, que corta por lo sano cualquiera ambigüedad y sabe
llegar a los corazones más endurecidos. "La Palabra de Dios es viva y
eficaz, más afilada que una espada de doble tallo" (Heb. 4,12) La Palabra
de Dios en el modo en que ha sido siempre proclamada por la Iglesia, no con
interpretaciones personales que miran a halagar los oídos de los que escuchan.
La Palabra de Dios sin reduccionismos, excitaciones, miedos y complejos ante las
culturas dominantes.
No es la Palabra de Dios la que debe ser
domesticada a fin de reducirla a nuestra comodidad: somos nosotros quienes
debemos crecer y ayudar a otros para llegar a desarrollarse según la medida de
la Palabra. No olvidemos nunca que no se trata de una palabra autoritaria,
porque en el fondo es simple palabra; ¡se trata del Verbo! Cuánto respeto,
cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el
interior de aquel, que hace resonar aquella Palabra y que debe explicar su
sentido para la vida de las personas y de la misma sociedad.
4. Ahora comprendemos bien cómo no pueden ser
las culturas actuales quienes se erijan en criterio de lectura y de conocimiento,
sino que sea la Palabra la que tenga la fuerza de juzgar, señalar, perfeccionar
y, ojalá, cambiar la escala de valores de la cultura contemporánea.
Es la verdad aquella que juzga los eventos, no
al contrario, como trágicamente no ocurre a menudo.
El Santo Padre ha dicho a la Iglesia y al mundo que una de las tareas
principales de la Iglesia es la diaconía de la verdad.
No hay que temer que sea la Palabra de Dios
aquella que condicione la plena realización del hombre. Al contrario, es la
Palabra de Dios la que es capaz de derribar los ídolos, las falsedades mundanas
y librar al hombre de la diversas formas de pecado.
El diácono es el heraldo del Evangelio; es el
administrador de la salvación eterna, no de metas meramente terrestres; es el
profeta de un mundo nuevo, no del viejo y egoísta; es el portador de un mensaje
que arroja la propia luz sobre los problemas impelentes de la tierra, pero que
no se cierra en los pobres horizontes de ella.
5. El Diácono es también el primer
colaborador del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía,
del gran "misterio de la fe". Tiene también el honor y el profundo
gozo de ser el servidor del "Mysterium".
A vosotros se os entrega el Cuerpo y la Sangre
del Salvador para que se nutran y lo reciban los fieles. Que podáis tratar
siempre los santos misterios con aquella íntima adoración de inteligencia y
afectos, con aquella recogida y humilde gravedad exterior, con devoción del
espíritu que, en definitiva, son la expresión de un alma que cree y permanece
siempre segura de la alta dignidad de su tarea.
Debéis recordar que aquello que es más
necesario pastoralmente, no es la asimilación de los gestos litúrgicos a
aquellos usuales de la vida de cada día, sino el mantener viva en la
celebración litúrgica la radical "diferencia" de las acciones
sagradas y del banquete sacrifical de la Eucaristía – en el que nos
encontramos vital y personalmente con nuestro Redentor – de todas aquellas
otras formas de convivencia y de amistad humana.
6. Al Diácono se le
confía en modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra al
origen de la institución de la diaconía.
Cuando la Eucaristía – como debe ser – se
la pone decididamente en el centro de la comunidad, ésta no sólo plasma los
corazones de los creyentes para el encuentro de comunión con Cristo, sino que
también da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos.
Atender a las necesidades de los otros, tener
en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, la capacidad de darse a los
hermanos: estos son los signos distintivos del discípulo del Señor, que se
alimenta con el Pan Eucarístico.
El amor al prójimo no se debe solamente
proclamar, se debe practicar. El Diácono deberá ser compasivo, solidario,
acogedor, benigno. Deberá dedicar a los otros su interés, su tiempo, el
trabajo de su vida como modo actual de aquello che era el llamado servicio de
las mesas. El Diácono, colaborador del Obispo y de los Presbíteros, debe ser
juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de la Iglesia,
que simultáneamente es el pan para el hambriento, luz de cooperación para el
desarrollo y el progreso social, palabra y acción para la justicia. El Diácono
es el vehículo privilegiado de la doctrina social de la Iglesia.
7. Queridísimos, para ser fieles a esta
triple diaconía meted vuestras raíces en lo más profundo del misterio
eclesial, en el corazón del Cuerpo Místico, de la comunión de los Santos;
sumergidos en la plegaria de modo que vuestro cotidiano trabajo esté lleno de
oración. En vuestra vida de cada día, debéis estar intelectualmente apoyados
por una estructura vitalmente metafísica y haced referencia a todo lo
trascendente. Los aspectos sociales – aunque importantes – de vuestra tarea
no los podéis vivir como si vosotros fueseis los empresarios del sector.
Vosotros debéis vivir en tales ámbitos como diáconos, en una dimensión unida
al "Mysterium", en aquella dimensión que lleva la sabia y el
dinamismo de todo lo que es sacramental y mira al fin último, a la eclesial
obra global de instaurarlo todo en Cristo.
8. Vosotros, como Diáconos, nacéis del
Altar en el corazón del Sacrificio eucarístico, nacéis de la oración.
Por eso me permito recomendar, en un modo muy
particular, la fidelidad a la celebración de la Liturgia de las Horas. Es la
oración incesante de la Iglesia, que en modo directo está encomendada a los
sagrados Ministros. Vosotros mantened vivo, intenso y afectuoso el diálogo con
el Padre orando por vosotros mismos y por el mundo entero.
El esfuerzo por fijar en Dios la mirada y el
corazón – que a esto llamamos oración – sea el acto más alto y más lleno
del espíritu; el acto que se deberá establecer cada día y deberá mantener la
jerarquía de todas vuestras actividades.
La oración os ayuda cada día a subir más
arriba de todo aquello que es el rumor de la ciudad y de las prisas de la
jornada, y así purificar vuestra mirada y vuestro corazón: la mirada para ver
el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos con el
corazón de Dios.
9. Dentro de pocos momentos suplicaré al
Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre los hermanos ordenandos, con
el fin de que los "fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan
fielmente la obra del ministerio".
Esta oración es también para vosotros,
Diáconos que celebráis vuestro Jubileo.
La Virgen María, esclava del Señor, con su
omnipotencia suplicante obtenga para todos una nueva efusión del Espíritu
Santo a fin de que la obra de la nueva evangelización nazca impetuosa dentro de
vosotros, en sintonía con aquel "ignem veni mittere", che señala el
ardiente deseo del Redentor.
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