EXHORTACION APOSTOLICA
POSTSINODAL
VITA CONSECRATA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO Y AL CLERO
A LAS ORDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTOLICA
A LOS INSTITUTOS SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y SU MISION
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
INTRODUCCION
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas
de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del
Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos
de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente
« visibilidad » en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída
hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera
su plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles
a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino
de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso
» (cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los Apóstoles, han dejado
todo para estar con El y ponerse, como El, al servicio de Dios y de los
hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión
de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica
que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también
a renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la Iglesia es tan importante que
decidí convocar un Sínodo para profundizar en su significado y perspectivas,
en vista del ya inminente nuevo milenio. Quise que en la Asamblea sinodal
estuvieran también presentes, junto a los Padres, numerosos consagrados
y consagradas, para que no faltase su aportación a la reflexión común.Todos
somos conscientes de la riqueza que para la comunidad eclesial constituye
el don de la vida consagrada en la variedad de sus carismas y de sus instituciones.
Juntos damos gracias a Dios por las Ordenes e Institutos religiosos
dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado, por las Sociedades
de vida apostólica, por los Institutos seculares y por otros grupos de
consagrados, como también por todos aquellos que, en el secreto de su corazón,
se entregan a Dios con una especial consagración.El Sínodo ha podido comprobar
la difusión universal de la vida consagrada, presente en las Iglesias de
todas las partes de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el desarrollo
de la evangelización en las diversas regiones del mundo, donde no sólo
se acogen con gratitud los Institutos procedentes del exterior, sino que
se constituyen otros nuevos, con gran variedad de formas y de expresiones.De
este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos de vida consagrada
parece que atraviesan un momento de dificultad, en otras prosperan con
sorprendente vigor, mostrando que la opción de total entrega a Dios en
Cristo no es incompatible con la cultura y la historia de cada pueblo.
Además, no florece solamente dentro de la Iglesia católica; en realidad,
se encuentra particularmente viva en el monacato de las Iglesias ortodoxas,
como rasgo esencial de su fisonomía, y está naciendo o resurgiendo en las
Iglesias y Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, como signo de
una gracia común de los discípulos de Cristo. De esta constatación deriva
un impulso al ecumenismo que alimenta el deseo de una comunión siempre
más plena entre los cristianos, « para que el mundo crea » (Jn 17,
21).
La vida consagrada es un don a la Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y el carácter evangélico
de su testimonio muestran con toda evidencia —si es que fuera necesario—
que no es una realidad aislada y marginal, sino que abarca a toda
la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas veces: «
de re nostra agitur », « es algo que nos afecta ».En realidad, la
vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento
decisivo para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la vocación
cristiana »y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con
el único Esposo.En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la
vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y
apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para
el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente
a su vida, a su santidad y a su misión.as dificultades actuales, que no
pocos Institutos encuentran en algunas regiones del mundo, no deben inducir
a suscitar dudas sobre el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos
sea parte integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un
precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica.Podrá haber históricamente
una ulterior variedad de formas, pero no cambiará la sustancia de una opción
que se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor
Jesús y, en El, a cada miembro de la familia humana. Con esta certeza,
que ha animado a innumerables personas a lo largo de los siglos, el
pueblo cristiano continúa contando, consciente de que podrá obtener
de la aportación de estas almas generosas un apoyo valiosísimo en su camino
hacia la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la Asamblea general ordinaria
del Sínodo de los Obispos reunida para reflexionar sobre el tema « La vida
consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo », quiero presentar
en esta Exhortación apostólica los frutos del itinerario sinodaly mostrar
a todos los fieles —Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas
y laicos—, así como a cuantos se pongan a la escucha, las maravillas que
el Señor quiere realizar también hoy por medio de la vida consagrada.Este
Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos y a los presbíteros, completa
el análisis de las peculiaridades que caracterizan los estados de vida
queridos por el Señor Jesús para su Iglesia. En efecto, si en el Concilio
Vaticano II se señaló la gran realidad de la comunión eclesial, en la cual
convergen todos los dones para la edificación del Cuerpo de Cristo y para
la misión de la Iglesia en el mundo, en estos últimos años se ha advertido
la necesidad de explicitar mejor la identidad de los diversos estados
de vida, su vocación y su misión específica en la Iglesia.La comunión
en la Iglesia no es pues uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también
a través de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos
serán tanto más útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el
respeto de su identidad. En efecto, todo don del Espíritu es concedido
con objeto de que fructifique para el Señoren el crecimiento de la fraternidad
y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas formas de vida consagrada
5. ?Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la multitud de formas
históricas de vida consagrada, suscitadas por El y todavía presentes
en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramasque
hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de
la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo,
he sentido la necesidad de señalar este elemento constante en la historia
de la Iglesia: los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas,
que han optado por Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio
fraterno, especialmente de los pobres y abandonados.Precisamente este servicio
evidencia con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter
unitario del mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre
amor a Dios y amor al prójimo.El Sínodo ha recordado esta obra incesante
del Espíritu Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de
la práctica de los consejos evangélicos a través de múltiples carismas,
y que también por esta vía hace presente de modo perenne en la Iglesia
y en el mundo, en el tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas orientales y los representantes
de las otras Iglesias de Oriente han señalado en sus intervenciones los
valores evangélicos de la vida monástica,surgida ya desde los inicios
del cristianismo y floreciente todavía en sus territorios, especialmente
en las Iglesias ortodoxas.Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido
hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de
siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo específico
y radical, en la profesión monástica, las exigencias derivadas de la participación
bautismal en el misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo,
haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han comprometido
a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi), hombres y mujeres
auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente la historia
con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos y
las obras de caridad.Con el propósito de transfigurar el mundo y la vida
en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental
da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción
del corazón, a la búsqueda de la esichia, es decir, de la paz interior,
y a la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual
y al silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la
espera de su venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios
bienes, vivido en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica.ccidente
ha practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica
y ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico
como en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san
Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres
que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a El,
« no anteponiendo nada al amor de Cristo ».Los monjes de hoy también se
esfuerzan en conciliar armónicamente la vida interior y el trabajo
en el compromiso evangélico por la conversión de las costumbres, la obediencia,
la estabilidad y la asidua dedicación a la meditación de la Palabra (lectio
divina), la celebración de la liturgia y la oración. Los monasterios
han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo
elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las
cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio,
de dialogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la
misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas, las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy vuelve a florecer el
antiguo Orden de las vírgenes, testimoniado en las comunidades cristianas
desde los tiempos apostólicos.Consagradas por el Obispo diocesano, asumen
un vínculo especial con la Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo
en el mundo. Solas o asociadas, constituyen una especial imagen escatológica
de la Esposa celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia
viva en plenitud el amor de Cristo esposo.Los eremitas y las eremitas,
pertenecientes a Ordenes antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes
directamente del Obispo, con la separación interior y exterior del mundo
testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el ayuno y
la penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el hombre, sino de la
Palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida « en el desierto » es una
invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no perder
de vista la suprema vocación, que es la de estar siempre con el Señor.Hoy
vuelve a practicarse también la consagración de las viudas,que se
remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1 Tim 5, 5.9-10; 1 Co
7, 8), así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad
perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse
a la oración y al servicio de la Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la contemplación, formados
por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una
fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan
a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia
y anticipan la gloria futura.En la soledad y el silencio, mediante la escucha
de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal,
la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan
toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad
eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen,
con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de
Dios.s justo, por tanto, esperar que las distintas formas de vida contemplativa
experimenten una creciente difusión en las Iglesias jóvenes como
expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre todo en las regiones del
mundo donde están más difundidas otras religiones. Esto permitirá testimoniar
el vigor de las tradiciones ascética y mística cristianas, y favorecer
el mismo diálogo interreligioso.
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo de los siglos otras múltiples
expresiones de vida religiosa, en las que innumerables personas, renunciando
al mundo, se han consagrado a Dios mediante la profesión pública de los
consejos evangélicos según un carisma específico y en una forma estable
de vida común,para un multiforme servicio apostólico al Pueblo de Dios.
Así, las diversas familias de Canónigos regulares, las Ordenes mendicantes,
los Clérigos regulares y, en general, las Congregaciones religiosas masculinas
y femeninas dedicadas a la actividad apostólica y misionera y a las múltiples
obras que la caridad cristiana ha suscitado.Es un testimonio espléndido
y variado, en el que se refleja la multitud de dones otorgados por Dios
a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acción del Espíritu Santo,
han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo
clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco. Siguiendo
sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra
y la acción el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo
la presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia y el Apóstol del
Padre. Los religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando
ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión
de sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de modo que toda su vida
esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté
sostenida por la contemplación.
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la variedad de los carismas,
ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida consagrada,
como queriendo corresponder, según un providencial designio, a las nuevas
necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el mundo.Pienso
en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros quieren
vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión de
los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales,
para ser así levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida
cultural, económica y política. Mediante la síntesis, propia de ellos,
de secularidad y consagración, tratan de introducir en la sociedad las
energías nuevas del Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo
desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas. De este modo, mientras
la total pertenencia a Dios les hace plenamente consagrados a su servicio,
su actividad en las normales condiciones laicales contribuye, bajo la acción
del Espíritu, a la animación evangélica de las realidades seculares. Los
Institutos seculares contribuyen de este modo a asegurar a la Iglesia,
según la índole específica de cada uno, una presencia incisiva en la sociedad.na
valiosa aportación dan también los Institutos seculares clericales,
en los que sacerdotes pertenecientes al presbiterio diocesano, aun cuando
se reconoce a algunos de ellos la incardinación en el propio Instituto,
se consagran a Cristo mediante la práctica de los consejos evangélicos
según un carisma específico. Encuentran en las riquezas espirituales del
Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente la espiritualidad
propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de comunión y de generosidad
apostólica entre los hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades de vida apostólica
o de vida común, masculinas y femeninas, las cuales buscan, con un estilo
propio, un específico fin apostólico o misionero. En muchas de ellas, con
vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen expresamente
los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en este caso la peculiaridad
de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de los
Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la peculiaridad de
esta forma de vida, que en el curso de los últimos siglos ha producido
tantos frutos de santidad y apostolado, especialmente en el campo de la
caridad y en la difusión misionera del Evangelio.
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa manifestándose también
hoy: en los últimos decenios, después del Concilio Ecuménico Vaticano II,
han surgido nuevas o renovadas formas de vida consagrada. En muchos
casos se trata de Institutos semejantes a los ya existentes, pero nacidos
de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su vitalidad debe ser discernida
por la autoridad de la Iglesia, a la que corresponde realizar los necesarios
exámenes tanto para probar la autenticidad de la finalidad que los ha inspirado,
como para evitar la excesiva multiplicación de instituciones análogas entre
sí, con el consiguiente riesgo de una nociva fragmentación en grupos demasiado
pequeños. En otros casos se trata de experiencias originales, que están
buscando una identidad propia en la Iglesia y esperan ser reconocidas oficialmente
por la Sede Apostólica, única autoridad a la que compete el juicio último.
Estas nuevas formas de vida consagrada, que se añaden a las antiguas, manifiestan
el atractivo constante que la entrega total al Señor, el ideal de la comunidad
apostólica y los carismas de fundación continúan teniendo también sobre
la generación actual y son además signo de la complementariedad de los
dones del Espíritu Santo.Además, el Espíritu en la novedad no se contradice.
Prueba de esto es el hecho de que las nuevas formas de vida consagrada
no han suplantado a las precedentes. En tal multiforme variedad se ha podido
conservar la unidad de fondo gracias a la misma llamada a seguir, en la
búsqueda de la caridad perfecta, a Jesús virgen, pobre y obediente. Esta
llamada, tal como se encuentra en todas las formas ya existentes, se pide
del mismo modo en aquellas que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos sinodales, quiero dirigirme
con esta Exhortación apostólica a toda la Iglesia, para ofrecer no sólo
a las personas consagradas, sino también a los Pastores y a los fieles,
los resultados de un encuentro alentador, sobre cuyo desarrollo
no ha dejado de velar el Espíritu Santo con sus dones de verdad y de amor.En
estos años de renovación la vida consagrada ha atravesado, como también
otras formas de vida en la Iglesia, un período delicado y duro. Ha sido
un tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas
a reforzar la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido también
un período no exento de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso
siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados positivos.Las
dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo. Es preciso más
bien comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia necesita la aportación
espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida.
Con la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las comunidades
religiosas y a las personas consagradas con el mismo espíritu que animaba
la carta dirigida por el Concilio de Jerusalén a los cristianos de Antioquía,
y tengo la esperanza de que se repita también hoy la misma experiencia
vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento » (Hch
15, 31). No sólo esto: tengo además la esperanza de aumentar el gozo de
todo el Pueblo de Dios que, conociendo mejor la vida consagrada, podrá
dar gracias más conscientemente al Omnipotente por este gran don.En actitud
de cordial apertura hacia los Padres sinodales, he ido recogiendo las valiosas
aportaciones surgidas durante las intensas asambleas de trabajo, en las
que he querido estar constantemente presente. Durante ese período, he ofrecido
a todo el Pueblo de Dios algunas catequesis sistemáticas sobre la vida
consagrada en la Iglesia. En ellas he presentado de nuevo las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, que ha sido punto de referencia luminoso para
los desarrollos doctrinales posteriores y para la misma reflexión realizada
por el Sínodo durante las semanas de sus trabajos.ientras confío en que
los hijos de la Iglesia, y en particular las personas consagradas, acogerán
con adhesión cordial esta Exhortación, deseo que continúe la reflexión
para profundizar en el gran don de la vida consagrada en su triple dimensión
de la consagración, la comunión y la misión, y que los consagrados y consagradas,
en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio, encuentren así ulteriores
estímulos para afrontar espiritual y apostólicamente los nuevos desafíos.
CAPITULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES CRISTOLOGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en
la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos
de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la
propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa,
dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.Tal existencia
« cristiforme », propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia,
es posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar
del Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal los lleva a
una respuesta radical en el seguimiento de Cristo mediante la adopción
de los consejos evangélicos, el primero y esencial entre ellos es el vínculo
sagrado de la castidad por el Reino de los Cielos.Este especial « seguimiento
de Cristo », en cuyo origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene
pues una connotación esencialmente cristológica y pneumatológica, manifestando
así de modo particularmente vivo el carácter trinitario de la vida
cristiana, de la que anticipa de alguna manera la realización escatológica
a la que tiende toda la Iglesia.n el Evangelio son muchas las palabras
y gestos de Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin
embargo, para captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales,
ayuda singularmente contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio
de la Transfiguración. A este « icono » se refiere toda una antigua tradición
espiritual, cuando relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús
« en el monte ».Además, a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas
dimensiones « activas » de la vida consagrada, ya que la Transfiguración
no es sólo revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación
para afrontar la cruz. Ella implica un « subir al monte » y un « bajar
del monte »: los discípulos que han gozado de la intimidad del Maestro,
envueltos momentáneamente por el esplendor de la vida trinitaria y de la
comunión de los santos, como arrebatados en el horizonte de la eternidad,
vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a « Jesús
solo » en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a descender
para vivir con El las exigencias del designio de Dios y emprender con valor
el camino de la cruz.
« Y se transfiguró delante de ellos... »
15. « Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y
a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró
delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos
se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y
Elías que conversaban con él.Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:"Señor,
bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti,
otra para Moisés y otra para Elías".Todavía estaba hablando, cuando
una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que
decía:"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle".Al
oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo.Mas Jesús,
acercándose a ellos, los tocó y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo".Ellos
alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.Y cuando bajaban
del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión hasta que
el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos" » (Mt
17, 1-9).El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo
en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida
la fe en el corazón de los discípulos, les prepara al drama de la Cruz
y anticipa la gloria de la resurrección. Este misterio es vivido continuamente
por la Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con su
Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia contempla el rostro
transfigurado de Cristo, para confirmarse en la fe y no desfallecer ante
su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso y en otro, ella es la Esposa
ante el Esposo, partícipe de su misterio y envuelta por su luz.Esta luz
llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a seguir a Cristo
poniendo en El el sentido último de la propia vida, hasta poder decir con
el Apóstol: « Para mí la vida es Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia
singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la
que tienen los llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de
los consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para
la comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en ellos
particular resonancia las palabras extasiadas de Pedro: « Bueno es estarnos
aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica
de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia
el carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la
vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos
a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto,
quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con Cristo,
se siente como seducido por su fulgor: El es « el más hermoso de los hijos
de Adán » (Sal 4544, 3), el Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre
a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en El toda confianza, a hacer
de El el centro de la vida. En la palabra que viene de lo alto adquiere
nueva profundidad la invitación con la que Jesús mismo, al inicio de la
vida pública, les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su vida
ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de esta especial
gracia de intimidad surge, en la vida consagrada, la posibilidad y la exigencia
de la entrega total de sí mismo en la profesión de los consejos evangélicos.
Estos, antes que una renuncia, son una específica acogida del misterio
de Cristo, vivida en la Iglesia.En efecto, en la unidad de la vida
cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo,
« que resplandece sobre el rostro de la Iglesia ».Los laicos, en
virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del Verbo
Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor
de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte,
son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el
tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su venida en la gloria.
A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios
hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el
resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza
que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en
la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón,
amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija »
(cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo
y expresarlo con la adhesión « conformadora » con Cristo de toda la
existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible
en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.En
efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada
no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa
de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, « aquella forma de vida
que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo ».Abrazando la virginidad,
hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito,
uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza,
lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en
el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la
propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa
infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad
del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del
que depende en todo.Con tal identificación « conformadora » con el misterio
de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio
Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con
admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando
con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de Dios
17. La contemplación de la gloria del Señor Jesús en el icono de la
Transfiguración revela a las personas consagradas ante todo al Padre, creador
y dador de todo bien, que atrae a sí (cf. Jn 6, 44) una criatura
suya con un amor especial para una misión especial. « Este es mi Hijo amado:
escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta invitación acompañada
de una atracción interior, la persona llamada se confía al amor de Dios
que la quiere a su exclusivo servicio, y se consagra totalmente a El y
a su designio de salvación (cf. 1 Co 7, 32-34).Este es el sentido
de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre
(cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta
de una entrega total y exclusiva.La experiencia de este amor gratuito de
Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que
debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo,
presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo
Tomás, se puede comprender la identidad de la persona consagrada a partir
de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto.
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6), llama
a todos los que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9) a un seguimiento
que orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las personas consagradas—
pide un compromiso total, que comporta el abandono de todas las cosas (cf.
Mt 19, 27) para vivir en intimidad con Ely seguirlo adonde vaya
(cf. Ap 14, 4).En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), «
imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), resplandor de la gloria
del Padre (cf. Hb 1, 3), se percibe la profundidad de un amor eterno
e infinito que toca las raíces del ser.La persona, que se deja seducir
por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20; 2,
14; 10, 21.28). Como Pablo, considera que todo lo demás es « pérdida ante
la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús », ante el cual no duda
en tener todas las cosas « por basura para ganar a Cristo » (Flp
3, 8). Su aspiración es identificarse con El, asumiendo sus sentimientos
y su forma de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor (cf. Lc
18, 28) es un programa válido para todas las personas llamadas y para todos
los tiempos.Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita a algunos
a compartir su experiencia de virgen, pobre y obediente, exigen y manifiestan,
en quien los acoge, el deseo explícito de una total conformación con
El. Viviendo « en obediencia, sin nada propio y en castidad »,los consagrados
confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza la perfección.
En efecto, su forma de vida casta, pobre y obediente, aparece como el modo
más radical de vivir el Evangelio en esta tierra, un modo —se puede decir—
divino, porque es abrazado por El, Hombre-Dios, como expresión de
su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el Espíritu Santo. Este
es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha hablado siempre
de la excelencia objetiva de la vida consagrada.No se puede negar,
además, que la práctica de los consejos evangélicos sea un modo particularmente
íntimo y fecundo de participar también en la misión de Cristo, siguiendo
el ejemplo de María de Nazaret, primera discípula, la cual aceptó ponerse
al servicio del plan divino en la donación total de sí misma. Toda misión
comienza con la misma actitud manifestada por María en la anunciación:
« He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc
1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su sombra » (Mt 17, 5).
Una significativa interpretación espiritual de la Transfiguración ve en
esta nube la imagen del Espíritu Santo. Como toda la existencia cristiana,
la llamada a la vida consagrada está también en íntima relación con la
obra del Espíritu Santo. Es El quien, a lo largo de los milenios, acerca
siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opción tan comprometida.
Bajo su acción reviven, en cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías:
« Me has seducido, Señor, y me dejé seducir » (20, 7). Es el Espíritu quien
suscita el deseo de una respuesta plena; es El quien guía el crecimiento
de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo
después su fiel realización; es El quien forma y plasma el ánimo de los
llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos
a acoger como propia su misión. Dejándose guiar por el Espíritu en un incesante
camino de purificación, llegan a ser, día tras día, personas cristiformes,
prolongación en la historia de una especial presencia del Señor resucitado.Con
intuición profunda, los Padres de la Iglesia han calificado este camino
espiritual como filocalia, es decir, amor por la belleza divina,
que es irradiación de la divina bondad. La persona, que por el poder del
Espíritu Santo es conducida progresivamente a la plena configuración con
Cristo, refleja en sí misma un rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar
terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz. De este modo la vida
consagrada es una expresión particularmente profunda de la Iglesia Esposa,
la cual, conducida por el Espíritu a reproducir en sí los rasgos del Esposo,
se presenta ante El resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni
cosa parecida, sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).El Espíritu
mismo, además, lejos de separar de la historia de los hombres las personas
que el Padre ha llamado, las pone al servicio de los hermanos según las
modalidades propias de su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas
particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del mundo,
por medio de los carismas particulares de cada Instituto. De aquí surgen
las múltiples formas de vida consagrada, mediante las cuales la Iglesia
« aparece también adornada con los diversos dones de sus hijos, como una
esposa que se ha arreglado para su esposo (cf. Ap 21, 2) »y es enriquecida
con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de la Santísima
Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio
del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza.
En efecto, « el estado religioso [...] revela de manera especial la superioridad
del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. Muestra también
a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey
y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su
Iglesia ».rimer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles
las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas
llamadas. Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje
elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo.
Al asombro de los hombres responden con el anuncio de los prodigios de
gracia que el Señor realiza en los que ama. En la medida en que la persona
consagrada se deja conducir por el Espíritu hasta la cumbre de la perfección,
puede exclamar: « Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y reflejo
su luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy empujado fuera de
mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio!
Estoy atento, lleno de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de temor,
como si fuera ante ti; no sé qué hacer porque la timidez me domina; no
sé dónde sentarme, a dónde acercarme, dónde reclinar estos miembros que
son tuyos; en qué obras ocupar estas sorprendentes maravillas divinas ».De
este modo, la vida consagrada se convierte en una de las huellas concretas
que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir
el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los consejos
21. La referencia de los consejos evangélicos a la Trinidad santa y
santificante revela su sentido más profundo. En efecto, son expresión del
amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu Santo. Al practicarlos,
la persona consagrada vive con particular intensidad el carácter trinitario
y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.La castidad
de los célibes y de las vírgenes, en cuanto manifestación de la entrega
a Dios con corazón indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34), es el reflejo
del amor infinito que une a las tres Personas divinas en la profundidad
misteriosa de la vida trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado
hasta la entrega de su vida; amor « derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de amor
total hacia Dios y hacia los hermanos.La pobreza manifiesta que
Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo
de Cristo que « siendo rico, se hizo pobre » (2 Co 8, 9), es expresión
de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen
recíprocamente. Es don que brota en la creación y se manifiesta plenamente
en la Encarnación del Verbo y en su muerte redentora.La obediencia,
practicada a imitación de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del
Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta la belleza liberadora de una dependencia
filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por
la confianza recíproca, que es reflejo en la historia de la amorosa
correspondencia propia de las tres Personas divinas.Por tanto, la vida
consagrada está llamada a profundizar continuamente el don de los consejos
evangélicos con un amor cada vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria:
amor a Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo,
que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre, origen
primero y fin supremo de la vida consagrada.De este modo se convierte en
manifestación y signo de la Trinidad, cuyo misterio viene presentado a
la Iglesia como modelo y fuente de cada forma de vida cristiana.La misma
vida fraterna, en virtud de la cual las personas consagradas se
esfuerzan por vivir en Cristo con « un solo corazón y una sola alma » (Hch
4, 32), se propone como elocuente manifestación trinitaria. La vida fraterna
manifiesta al Padre, que quiere hacer de todos los hombres una sola
familia; manifiesta al Hijo encarnado, que reúne a los redimidos
en la unidad, mostrando el camino con su ejemplo, su oración, sus palabras
y, sobre todo, con su muerte, fuente de reconciliación para los hombres
divididos y dispersos; manifiesta al Espíritu Santo como principio
de unidad en la Iglesia, donde no cesa de suscitar familias espirituales
y comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino de Dios
22. La vida consagrada « imita más de cerca y hace presente continuamente
en la Iglesia »,por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús,
supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso
a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20;
Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la consagración de Jesús,
es posible descubrir en la iniciativa del Padre, fuente de toda santidad,
el principio originario de la vida consagrada. En efecto, Jesús mismo es
aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y con poder » (Hch
10, 38), « aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo » (Jn
10, 36). Acogiendo la consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra
a El por la humanidad (cf. Jn 17, 19): su vida de virginidad, obediencia
y pobreza manifiesta su filial y total adhesión al designio del Padre (cf.
Jn 10, 30; 14, 11). Su perfecta oblación confiere un significado
de consagración a todos los acontecimientos de su existencia terrena.El
es el obediente por excelencia, bajado del cielo no para hacer su
voluntad, sino la de Aquel que lo ha enviado (cf. Jn 6, 38; Hb
10, 5.7). El pone su ser y su actuar en las manos del Padre (cf. Lc
2, 49). En obediencia filial, adopta la forma del siervo: « Se despojó
de sí mismo tomando condición de siervo [...], obedeciendo hasta la muerte
y muerte de cruz » (Flp 2, 7-8). En esta actitud de docilidad al
Padre, Cristo, aun aprobando y defendiendo la dignidad y la santidad de
la vida matrimonial, asume la forma de vida virginal y revela así el
valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la virginidad.
Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también en el desapego
de los bienes terrenos: « Siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin
de que os enriquecierais con su pobreza » (2 Co 8, 9). La profundidad
de su pobreza se revela en la perfecta oblación de todo lo suyo al
Padre.Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo
de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre
y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del
Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y LA CULMINACION
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la Transfiguración prepara a aquel
otro dramático, pero no menos luminoso, del Calvario. Pedro, Santiago y
Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y Elías, con los que —según
el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén
» (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en Jesús que piensa en
la Cruz (cf. Lc 9, 43-45). Allí su amor virginal por el Padre y
por todos los hombres alcanzará su máxima expresión; su pobreza llegará
al despojo de todo; su obediencia hasta la entrega de la vida.Los discípulos
y las discípulas son invitados a contemplar a Jesús exaltado en la Cruz,
de la cual « el Verbo salido del silencio »,en su silencio y en su soledad,
afirma proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre todos los
bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada
hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva de la resurrección (cf.
Jn 12, 32; 19, 34.37). En la contemplación de Cristo crucificado
se inspiran todas las vocaciones; en ella tienen su origen, con el don
fundamental del Espíritu, todos los dones y en particular el don de la
vida consagrada.Después de María, Madre de Jesús, Juan, el discípulo que
Jesús amaba, el testigo que junto con María estuvo a los pies de la cruz
(cf. Jn 19, 26-27), recibió este don. Su decisión de consagración
total es fruto del amor divino que lo envuelve, lo sostiene y le llena
el corazón. Juan, al lado de María, está entre los primeros de la larga
serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia hasta el
final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al Cordero
inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap 14, 1-5).
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las diversas formas de vida suscitadas
por el Espíritu a lo largo de la historia, experimenta la verdad de Dios-Amor
de un modo tanto más inmediato y profundo cuanto más se coloca bajo la
Cruz de Cristo. Aquel que en su muerte aparece ante los ojos humanos desfigurado
y sin belleza hasta el punto de mover a los presentes a cubrirse el rostro
(cf. Is 53, 2-3), precisamente en la Cruz manifiesta en plenitud
la belleza y el poder del amor de Dios. San Agustín lo canta así: « Hermoso
siendo Dios, Verbo en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso en
la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso
en los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso
no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola;
hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo
el cántico, y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor
de su hermosura ».a vida consagrada refleja este esplendor del amor, porque
confiesa, con su fidelidad al misterio de la Cruz, creer y vivir del amor
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo contribuye a mantener
viva en la Iglesia la conciencia de que la Cruz es la sobreabundancia
del amor de Dios que se derrama sobre este mundo, el gran signo de
la presencia salvífica de Cristo. Y esto especialmente en las dificultades
y pruebas. Es lo que testimonian continuamente y con un valor digno de
profunda admiración un gran número de personas consagradas, que con frecuencia
viven en situaciones difíciles, incluso de persecución y martirio. Su fidelidad
al único Amor se manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta,
en la aceptación de los sufrimientos para completar lo que en la propia
carne « falta a las tribulaciones de Cristo » (Col 1, 24), en el
sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en la
serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio ascendiente.
De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo, que las personas
consagradas viven no sin sacrificio en la constante intercesión por las
necesidades de los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los
enfermos, en el compartir las dificultades de los demás y en la participación
solícita en las preocupaciones y pruebas de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión, dimensión que
determina toda la vida eclesial. Ella tiene una realización específica
propia en la vida consagrada. En efecto, más allá incluso de los carismas
propios de los Institutos dedicados a la misión ad gentes o empeñados
en una actividad de tipo propiamente apostólica, se puede decir que la
misión está inscrita en el corazón mismo de cada forma de vida consagrada.
En la medida en que el consagrado vive una vida únicamente entregada al
Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf.
Jn 15, 16; Gl 1, 15-16), animada por el Espíritu (cf. Lc
24, 49; Hch 1, 8; 2, 4), coopera eficazmente a la misión del Señor
Jesús (cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma particularmente profunda
a la renovación del mundo.El primer cometido misionero las personas consagradas
lo tienen hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo el propio corazón
a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda a toda la Iglesia
a recordar que en primer lugar está el servicio gratuito a Dios, hecho
posible por la gracia de Cristo, comunicada al creyente mediante el don
del Espíritu. De este modo se anuncia al mundo la paz que desciende del
Padre, la entrega que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del
Espíritu Santo.Las personas consagradas serán misioneras ante todo profundizando
continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas por Dios,
al cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen,
liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta
de amor. De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo
en el mundo. Su estilo de vida debe transparentar también el ideal
que profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque
con frecuencia silenciosa, predicación del Evangelio.Siempre, pero especialmente
en la cultura contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo
sensible al lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer
visible su presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar
una aportación significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas
a dar en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo.Puesto
que el hábito es signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a una
determinada familia religiosa, junto con los Padres del Sínodo recomiendo
vivamente a los religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito,
adaptado oportunamente a las circunstancias de los tiempos y de los lugares.Allí
donde válidas exigencias apostólicas lo requieran, conforme a las normas
del propio Instituto, podrán emplear también un vestido sencillo y decoroso,
con un símbolo adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.Los
Institutos que desde su origen o por disposición de sus constituciones
no prevén un hábito propio, procuren que el vestido de sus miembros responda,
por dignidad y sencillez, a la naturaleza de su vocación.
Dimensión escatológica de la vida consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones apostólicas son cada vez más
urgentes y la dedicación a las cosas de este mundo corre el riesgo de ser
siempre más absorbente, es particularmente oportuno llamar la atención
sobre la naturaleza escatológica de la vida consagrada.« Donde esté
tu tesoro, allí estará también tu corazón » (Mt 6, 21): el tesoro
único del Reino suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio.
En la Iglesia primitiva la espera de la venida del Señor se vivía de un
modo particularmente intenso. A pesar del paso de los siglos la Iglesia
no ha dejado de cultivar esta actitud de esperanza: ha seguido invitando
a los fieles a dirigir la mirada hacia la salvación que va a manifestarse,
« porque la apariencia de este mundo pasa » (1 Co 7, 31; cf. 1
Pt 1, 3-6).n este horizonte es donde mejor se comprende el papel
de signo escatológico propio de la vida consagrada. En efecto, es constante
la doctrina que la presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio
Vaticano II vuelve a proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración
« anuncia ya la resurrección futura y la gloria del reino de los cielos
».Esto lo realiza sobre todo la opción por la virginidad, entendida
siempre por la tradición como una anticipación del mundo definitivo,
que ya desde ahora actúa y transforma al hombre en su totalidad.Las personas
que han dedicado su vida a Cristo viven necesariamente con el deseo de
encontrarlo para estar finalmente y para siempre con El. De aquí la ardiente
espera, el deseo de « sumergirse en el Fuego de amor que arde en ellas
y que no es otro que el Espíritu Santo »,espera y deseo sostenidos por
los dones que el Señor concede libremente a quienes aspiran a las cosas
de arriba (cf. Col 3, 1).Fijos los ojos en el Señor, la persona
consagrada recuerda que « no tenemos aquí ciudad permanente » (Hb
13, 14), porque « somos ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20). Lo único
necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33),
invocando incesantemente la venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20). Esta espera es lo
más opuesto a la inercia: aunque dirigida al Reino futuro, se traduce
en trabajo y misión, para que el Reino se haga presente ya ahora mediante
la instauración del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar
también en la sociedad humana actitudes eficaces de justicia, paz, solidaridad
y perdón.Esto lo ha demostrado ampliamente la historia de la vida consagrada,
que siempre ha producido frutos abundantes también para el mundo. Con sus
carismas las personas consagradas llegan a ser un signo del Espíritu para
un futuro nuevo, iluminado por la fe y por la esperanza cristiana. La
tensión escatológica se convierte en misión, para que el Reino se afirme
de modo creciente aquí y ahora. A la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! », se
une otra invocación: « ¡Venga tu Reino! » (Mt 6, 10).Quien espera
vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo es capaz de infundir
también esperanza entre sus hermanos y hermanas, con frecuencia desconfiados
y pesimistas respecto al futuro. Su esperanza está fundada sobre la promesa
de Dios contenida en la Palabra revelada: la historia de los hombres camina
hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21, 1), en los que
el Señor « enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá
llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado » (Ap
21, 4).La vida consagrada está al servicio de esta definitiva irradiación
de la gloria divina, cuando toda carne verá la salvación de Dios (cf. Lc
3, 6; Is 40, 5). El Oriente cristiano destaca esta dimensión cuando
considera a los monjes como ángeles de Dios sobre la tierra, que
anuncian la renovación del mundo en Cristo. En Occidente el monacato es
celebración de memoria y vigilia: memoria de las maravillas obradas
por Dios, vigilia del cumplimiento último de la esperanza. El mensaje
del monacato y de la vida contemplativa repite incesantemente que la primacía
de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana,
porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta
que descanse en El.
La Virgen María, modelo de consagración y seguimiento
28. María es aquella que, desde su concepción inmaculada, refleja más
perfectamente la belleza divina. « Toda hermosa » es el título con el que
la Iglesia la invoca. « La relación que todo fiel, como consecuencia de
su unión con Cristo, mantiene con María Santísima queda aún más acentuada
en la vida de las personas consagradas [...] En todos (los Institutos de
vida consagrada) existe la convicción de que la presencia de María tiene
una importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma
consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda
la comunidad ».n efecto, María es ejemplo sublime de perfecta consagración,
por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor,
que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los
consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo,
habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne
en ella, María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte
de la criatura humana.Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta
de Nazaret, presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su vida
pública, la Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio
asiduo. En ella, « templo del Espíritu Santo »,brilla de este modo todo
el esplendor de la nueva criatura. La vida consagrada la contempla como
modelo sublime de consagración al Padre, de unión con el Hijo y de docilidad
al Espíritu, sabiendo bien que identificarse con « el tipo de vida en pobreza
y virginidad »de Cristo significa asumir también el tipo de vida de María.La
persona consagrada encuentra, además, en la Virgen una Madre por título
muy especial. En efecto, si la nueva maternidad dada a María en el
Calvario es un don a todos los cristianos, adquiere un valor específico
para quien ha consagrado plenamente la propia vida a Cristo. « Ahí tienes
a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de Jesús al discípulo « a
quien amaba » (Jn 19, 26), asumen una profundidad particular en
la vida de la persona consagrada. En efecto, está llamada con Juan a acoger
consigo a María Santísima (cf. Jn 19, 27), amándola e imitándola
con la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a su vez, una
especial ternura materna. La Virgen le comunica aquel amor que permite
ofrecer cada día la vida por Cristo, cooperando con El en la salvación
del mundo. Por eso, la relación filial con María es el camino privilegiado
para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar
en ella y vivirla en plenitud.
III. EN LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida consagrada en el misterio
de la Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla en nombre de los
demás apóstoles: « Bueno es estarnos aquí » (Mt, 17, 4). La experiencia
de la gloria de Cristo, aunque le extasía la mente y el corazón, no lo
aísla, sino que, por el contrario, lo une más profundamente al « nosotros
» de los discípulos.Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a considerar
el lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la Iglesia.
La reflexión teológica sobre la naturaleza de la vida consagrada ha profundizado
en estos años en las nuevas perspectivas surgidas de la doctrina del Concilio
Vaticano II. A su luz se ha tomado conciencia de que la profesión de los
consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y a la santidad
de la Iglesia.Esto significa que la vida consagrada, presente desde
el comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia como uno de sus elementos
irrenunciables y característicos, como expresión de su misma naturaleza.Esto
resulta evidente ya que la profesión de los consejos evangélicos está íntimamente
relacionada con el misterio de Cristo, teniendo el cometido de hacer de
algún modo presente la forma de vida que El eligió, señalándola como valor
absoluto y escatológico. Jesús mismo, llamando a algunas personas a dejarlo
todo para seguirlo, inauguró este género de vida que, bajo la acción del
Espíritu, se ha desarrollado progresivamente a lo largo de los siglos en
las diversas formas de la vida consagrada. El concepto de una Iglesia formada
únicamente por ministros sagrados y laicos no corresponde, por tanto, a
las intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los Evangelios
y de los demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la profesión religiosa es considerada
como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal
en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada
con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente
expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos.sta
posterior consagración tiene, sin embargo, una peculiaridad propia respecto
a la primera, de la que no es una consecuencia necesaria.En realidad, todo
renacido en Cristo está llamado a vivir, con la fuerza proveniente del
don del Espíritu, la castidad correspondiente a su propio estado de vida,
la obediencia a Dios y a la Iglesia, y un desapego razonable de los bienes
materiales, porque todos son llamados a la santidad, que consiste en la
perfección de la caridad.Pero el Bautismo no implica por sí mismo la llamada
al celibato o a la virginidad, la renuncia a la posesión de bienes y la
obediencia a un superior, en la forma propia de los consejos evangélicos.
Por tanto, su profesión supone un don particular de Dios no concedido a
todos, como Jesús mismo señala en el caso del celibato voluntario (cf.
Mt 19, 10-12).A esta llamada corresponde, por otra parte, un
don específico del Espíritu Santo, de modo que la persona consagrada
pueda responder a su vocación y a su misión. Por eso, como se refleja en
las liturgias de Oriente y Occidente, en el rito de la profesión monástica
o religiosa y en la consagración de las vírgenes, la Iglesia invoca sobre
las personas elegidas el don del Espíritu Santo y asocia su oblación al
sacrificio de Cristo.a profesión de los consejos evangélicos es también
un desarrollo de la gracia del sacramento de la Confirmación, pero
va más allá de las exigencias normales de la consagración crismal en virtud
de un don particular del Espíritu, que abre a nuevas posibilidades y frutos
de santidad y de apostolado, como demuestra la historia de la vida consagrada.En
cuanto a los sacerdotes que profesan los consejos evangélicos, la experiencia
misma muestra que el sacramento del Orden encuentra una fecundidad peculiar
en esta consagración, puesto que presenta y favorece la exigencia de
una pertenencia más estrecha al Señor. El sacerdote que profesa los consejos
evangélicos encuentra una ayuda particular para vivir en sí mismo la plenitud
del misterio de Cristo, gracias también a la espiritualidad peculiar de
su Instituto y a la dimensión apostólica del correspondiente carisma. En
efecto, en el presbítero la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada
convergen en profunda y dinámica unidad.De valor inconmensurable es también
la aportación dada a la vida de la Iglesia por los religiosos sacerdotes
dedicados íntegramente a la contemplación. Especialmente en la celebración
eucarística realizan una acción de la Iglesia y para la Iglesia, a la que
unen el ofrecimiento de sí mismos, en comunión con Cristo que se ofrece
al Padre para la salvación del mundo entero.
Las relaciones entre los diversos estados de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las que, según el designio del Señor
Jesús, se articula la vida eclesial presentan relaciones recíprocas sobre
las que interesa detenerse.Todos los fieles, en virtud de su regeneración
en Cristo, participan de una dignidad común; todos son llamados a la santidad;
todos cooperan a la edificación del único Cuerpo de Cristo, cada uno según
su propia vocación y el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38).La
igual dignidad de todos los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu;
está fundada en el Bautismo y la Confirmación y corroborada por la Eucaristía.
Sin embargo, también es obra del Espíritu la variedad de formas. El constituye
la Iglesia como una comunión orgánica en la diversidad de vocaciones, carismas
y ministerios.as vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y
a la vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas, dado que todas
las vocaciones particulares, bajo uno u otro aspecto, se refieren o se
reconducen a ellas, consideradas separadamente o en conjunto, según la
riqueza del don de Dios. Además, están al servicio unas de otras para el
crecimiento del Cuerpo de Cristo en la historia y para su misión en el
mundo. Todos en la Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la Confirmación,
pero el ministerio ordenado y la vida consagrada suponen una vocación distinta
y una forma específica de consagración, en razón de una misión peculiar.La
consagración bautismal y crismal, común a todos los miembros del Pueblo
de Dios, es fundamento adecuado de la misión de los laicos, de los
que es propio « el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios ».Los ministros ordenados,
además de esta consagración fundamental, reciben la consagración en la
Ordenación para continuar en el tiempo el ministerio apostólico. Las personas
consagradas, que abrazan los consejos evangélicos, reciben una nueva
y especial consagración que, sin ser sacramental, las compromete a abrazar
—en el celibato, la pobreza y la obediencia— la forma de vida practicada
personalmente por Jesús y propuesta por El a los discípulos. Aunque estas
diversas categorías son manifestaciones del único misterio de Cristo, los
laicos tienen como aspecto peculiar, si bien no exclusivo, el carácter
secular, los pastores el carácter ministerial y los consagrados la especial
conformación con Cristo virgen, pobre y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada uno de los
estados de vida fundamentales la misión de manifestar, en su propia categoría,
una u otra de las dimensiones del único misterio de Cristo. Si la vida
laical tiene la misión particular de anunciar el Evangelio en medio
de las realidades temporales, en el ámbito de la comunión eclesial desarrollan
un ministerio insustituible los que han recibido el Orden sagrado,
especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de apacentar el Pueblo
de Dios con la enseñanza de la Palabra, la administración de los Sacramentos
y el ejercicio de la potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial,
que es comunión orgánica, ordenada jerárquicamente.omo expresión de la
santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a
la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente
por esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes
evangélicos y una realización más completa del fin de la Iglesia que es
la santificación de la humanidad. La vida consagrada anuncia y, en cierto
sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando, alcanzada la plenitud del Reino
de los cielos presente ya en germen y en el misterio,los hijos de la resurrección
no tomarán mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios (cf. Mt
22, 30).En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino,considerada
con razón la « puerta » de toda la vida consagrada,es objeto de la constante
enseñanza de la Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran estima
por la vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges « testigos y colaboradores
de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel
amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella ».n este horizonte
común a toda la vida consagrada, se articulan vías distintas entre sí,
pero complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados íntegramente
a la contemplación son en modo especial imagen de Cristo en oración
en el monte.Las personas consagradas de vida activa lo manifiestan
« anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados,
convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños y
haciendo el bien a todos ».Las personas consagradas en los Institutos
seculares realizan un servicio particular para la venida del Reino
de Dios, uniendo en una síntesis específica el valor de la consagración
y el de la secularidad. Viviendo su consagración en el mundo y a partir
del mundo,« se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu
evangélico, para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo ».Participan,
para ello, en la obra evangelizadora de la Iglesia mediante el testimonio
personal de vida cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades
temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad eclesial, de
acuerdo con el estilo de vida secular que les es propio.
Testimoniar el Evangelio de las Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada es mantener viva en los
bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio,
dando « un testimonio magnífico y extraordinario de que sin el espíritu
de las Bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo
a Dios ».De este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia
del Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida
al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm
5, 5), reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por
Dios en el Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar
de la santidad comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida
cotidiana. La vida consagrada, con su misma presencia en la Iglesia, se
pone al servicio de la consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.Por
otra parte, no se debe olvidar que los consagrados reciben también del
testimonio propio de las demás vocaciones una ayuda para vivir íntegramente
la adhesión al misterio de Cristo y de la Iglesia en sus múltiples dimensiones.
En virtud de este enriquecimiento recíproco, se hace más elocuente y eficaz
la misión de la vida consagrada: señalar como meta a los demás hermanos
y hermanas, fijando la mirada en la paz futura, la felicidad definitiva
que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el significado esponsal de la vida
consagrada, que hace referencia a la exigencia de la Iglesia de vivir en
la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual recibe todo bien. En
esta dimensión esponsal, propia de toda la vida consagrada, es sobre todo
la mujer la que se ve singularmente reflejada, como descubriendo la índole
especial de su relación con el Señor.A este respecto, es sugestiva la página
neotestamentaria que presenta a María con los Apóstoles en el Cenáculo
en espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí se
puede ver una imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las señales del
Esposo y preparada para acoger su don. En Pedro y en los demás Apóstoles
emerge sobre todo la dimensión de la fecundidad, como se manifiesta en
el ministerio eclesial, que se hace instrumento del Espíritu para la generación
de nuevos hijos mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de los
Sacramentos y la atención pastoral. En María está particularmente viva
la dimensión de la acogida esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar
en sí misma la vida divina a través de su amor total de virgen.La vida
consagrada ha sido siempre vista prevalentemente en María, la Virgen esposa.
De ese amor virginal procede una fecundidad particular, que contribuye
al nacimiento y crecimiento de la vida divina en los corazones.La persona
consagrada, siguiendo las huellas de María, nueva Eva, manifiesta su fecundidad
espiritual acogiendo la Palabra, para colaborar en la formación de la nueva
humanidad con su dedicación incondicional y su testimonio. Así la Iglesia
manifiesta plenamente su maternidad tanto por la comunicación de la acción
divina confiada a Pedro, como por la acogida responsable del don divino,
típica de María.Por su parte, el pueblo cristiano encuentra en el ministerio
ordenado los medios de la salvación, y en la vida consagrada el impulso
para una respuesta de amor plena en todas las diversas formas de diaconía.
IV. GUIADOS POR EL ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de
miedo » (Mt 17, 6). Los sinópticos ponen de relieve en el episodio
de la Transfiguración, con matices diversos, el temor de los discípulos.
El atractivo del rostro transfigurado de Cristo no impide que se sientan
atemorizados ante la Majestad divina que los envuelve. Siempre que el hombre
experimenta la gloria de Dios se da cuenta también de su pequeñez y de
aquí surge una sensación de miedo. Este temor es saludable. Recuerda al
hombre la perfección divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada
urgente a la « santidad ».Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el
Padre a « escuchar » a Cristo, deben sentir una profunda exigencia de
conversión y de santidad. Pero, como se ha puesto de relieve en el
Sínodo, esta exigencia se refiere en primer lugar a la vida consagrada.
En efecto, la vocación de las personas consagradas a buscar ante todo el
Reino de Dios es, principalmente, una llamada a la plena conversión, en
la renuncia de sí mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios
sea todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar
el rostro « transfigurado » de Cristo, son llamados también a una existencia
transfigurada.A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación
final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo: « Los santos y santas
han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más
difíciles a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos
fuertemente pedir con asiduidad a Dios santos. Los Institutos de vida consagrada,
por la profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes de su misión
especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos animarlos en esa misión
».De estas consideraciones se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea
sinodal, afirmando: « La vida consagrada ha sido a través de la historia
de la Iglesia una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un espacio
privilegiado de amor absoluto a Dios y al prójimo, testimonio del proyecto
divino de hacer de toda la humanidad, dentro de la civilización del amor,
la gran familia de los hijos de Dios ».a Iglesia ha visto siempre en la
profesión de los consejos evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad.
Las mismas expresiones con las que la define —escuela del servicio del
Señor, escuela de amor y santidad, camino o estado de perfección— indican
tanto la eficacia y riqueza de los medios propios de esta forma de vida
evangélica, como el empeño particular de quienes la abrazan.No es casual
que a lo largo de los siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios
elocuentes de santidad y hayan realizado empresas de evangelización y de
servicio particularmente generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el amor hacia su persona hay algunos
puntos sobre el crecimiento de la santidad en la vida consagrada que merecen
ser hoy especialmente evidenciados.Ante todo se pide la fidelidad al
carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual de cada
Instituto. Precisamente en esta fidelidad a la inspiración de los fundadores
y fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más fácilmente y se
reviven con más fervor los elementos esenciales de la vida consagrada.En
efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple orientación: hacia
el Padre, sobre todo en el deseo de buscar filialmente su voluntad
mediante un proceso de conversión continua, en el que la obediencia es
fuente de verdadera libertad, la castidad manifiesta la tensión de un corazón
insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre y
la sed de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6). En esta
perspectiva el carisma de cada Instituto animará a la persona consagrada
a ser toda de Dios, a hablar con Dios o de Dios, como se dice de santo
Domingo,para gustar qué bueno es el Señor (cf. Sal 3334, 9) en todas
las situaciones.Los carismas de vida consagrada implican también una orientación
hacia el Hijo, llevando a cultivar con El una comunión de vida íntima
y gozosa, en la escuela de su servicio generoso de Dios y de los hermanos.
De este modo, « la mirada progresivamente cristificada, aprende a alejarse
de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide
al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por el Espíritu
»,y posibilita así ir a la misión con Cristo, trabajando y sufriendo con
El en la difusión de su Reino.Por último, cada carisma comporta una orientación
hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse conducir
y sostener por El, tanto en el propio camino espiritual como en la vida
de comunión y en la acción apostólica, para vivir en aquella actitud de
servicio que debe inspirar toda decisión del cristiano auténtico.En efecto,
esta triple relación emerge siempre, a pesar de las características específicas
de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho
mismo de que en ellos domina « una profunda preocupación por configurarse
con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su misterio »,aspecto
específico llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradición más genuina
de cada Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos.
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia,
la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta
a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.Esta invitación
es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a través
de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana.
Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo y
a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas,
cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades,
en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial.
Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación
que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de
la conformación cada vez más plena con el Señor.n este espíritu, vuelve
a ser hoy urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia
renovada a la Regla, porque en ella y en las Constituciones se contiene
un itinerario de seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido
por la Iglesia. Una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas
consagradas un criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio
capaces de responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración
inicial.
Oración y ascesis: el combate espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y puede ser cultivada sólo en
el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios:
« Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio cargado
de presencia adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia
alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de
que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que
obligue a cubrirlo con un velo (cf. Ex 34, 33) [...]; el compromiso,
para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón [...]. Todos,
tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita
al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa
palabra ».Esto comporta en concreto una gran fidelidad a la oración litúrgica
y personal, a los tiempos dedicados a la oración mental y a la contemplación,
a la adoración eucarística, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales.Es
necesario también tener presentes los medios ascéticos típicos de
la tradición espiritual de la Iglesia y del propio Instituto. Ellos han
sido y son aún una ayuda poderosa para un auténtico camino de santidad.
La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza
humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona
consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por
el camino de la Cruz.Es necesario también reconocer y superar algunas tentaciones
que a veces, por insidia del Diablo, se presentan bajo la apariencia de
bien. Así, por ejemplo, la legítima exigencia de conocer la sociedad moderna
para responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las modas del momento,
con disminución del fervor espiritual o con actitudes de desánimo. La posibilidad
de una formación espiritual más elevada podría empujar a las personas consagradas
a un cierto sentimiento de superioridad respecto a los demás fieles, mientras
que la urgencia de una cualificación legítima y necesaria puede transformarse
en una búsqueda excesiva de eficacia, como si el servicio apostólico dependiera
prevalentemente de los medios humanos, más que de Dios. El deseo loable
de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, creyentes y no
creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción de un estilo de vida
secularizado o a una promoción de los valores humanos en sentido puramente
horizontal. El compartir las aspiraciones legítimas de la propia nación
o cultura podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a asumir prácticas
que tienen, por el contrario, necesidad de ser purificadas y elevadas a
la luz del Evangelio.El camino que conduce a la santidad conlleva, pues,
la aceptación del combate espiritual. Se trata de un dato exigente
al que hoy no siempre se dedica la atención necesaria. La tradición ha
visto con frecuencia representado el combate espiritual en la lucha de
Jacob con el misterio de Dios, que él afronta para acceder a su bendición
y a su visión (cf. Gn 32, 23-31). En esta narración de los principios
de la historia bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo del
empeño ascético necesario para dilatar el corazón y abrirlo a la acogida
del Señor y de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad
por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener el esfuerzo
de todo cristiano por la perfección. « Es necesario suscitar en cada
fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de
renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria
acogida del prójimo, especialmente del más necesitado ».Las personas consagradas,
en la medida en que profundizan su propia amistad con Dios, se hacen capaces
de ayudar a los hermanos y hermanas mediante iniciativas espirituales válidas,
como escuelas de oración, ejercicios y retiros espirituales, jornadas de
soledad, escucha y dirección espiritual. De este modo se favorece el progreso
en la oración de personas que podrán después realizar un mejor discernimiento
de la voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones valientes, a veces
heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas consagradas « a través
de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta
de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la
que dan testimonio ».El hecho de que todos sean llamados a la santidad
debe animar más aún a quienes, por su misma opción de vida, tienen la misión
de recordarlo a los demás.
« Levantaos, no tengáis miedo »: una confianza renovada
40. « Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: ?Levantaos, no tengáis
miedo' » (Mt 17, 7). Como los tres apóstoles en el episodio de la
Transfiguración, las personas consagradas saben por experiencia que no
siempre su vida es iluminada por aquel fervor sensible que hace exclamar:
« Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Sin embargo, es siempre una
vida « tocada » por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida
por su gracia.« Levantaos, no tengáis miedo ». Esta invitación del Maestro
se dirige obviamente a cada cristiano. Pero con mayor motivo a quien ha
sido llamado a « dejarlo todo » y, por consiguiente, a « arriesgarlo todo
» por Cristo. De modo especial es válida siempre que, con el Maestro, se
baja del « monte » para tomar el camino que lleva del Tabor al Calvario.Al
decir que Moisés y Elías hablaban con Cristo sobre su misterio pascual,
Lucas emplea significativamente el término « partida » (éxodos):
« Hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén » (Lc
9, 31). « Exodo »: término fundamental de la revelación, al que se refiere
toda la historia de la salvación, y que expresa el sentido profundo del
misterio pascual. Tema particularmente vinculado a la espiritualidad de
la vida consagrada y que manifiesta bien su significado. En él se contiene
inevitablemente lo que pertenece al mysterium Crucis. Sin embargo,
este comprometido « camino de éxodo », visto desde la perspectiva del Tabor,
aparece como un camino entre dos luces: la luz anticipadora de la Transfiguración
y la definitiva de la Resurrección.La vocación a la vida consagrada —en
el horizonte de toda la vida cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus
pruebas, y más aún gracias a ellas, es camino « de luz », sobre
el que vela la mirada del Redentor: « Levantaos, no tengáis miedo ».
CAPITULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA SIGNO
DE COMUNION EN LA IGLESIA
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes El quiso, para tenerlos
junto a sí y para enseñarles a vivir según su ejemplo, para el Padre y
para la misión que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15).
Inauguraba de este modo una nueva familia de la cual habrían de formar
parte a través de los siglos todos aquellos que estuvieran dispuestos a
« cumplir la voluntad de Dios » (cf. Mc 3, 32-35). Después de la
Ascensión, gracias al don del Espíritu, se constituyó en torno a los Apóstoles
una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios y en una concreta experiencia
de comunión (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-35). La vida de esta comunidad
y, sobre todo, la experiencia de la plena participación en el misterio
de Cristo vivida por los Doce, han sido el modelo en el que la Iglesia
se ha inspirado siempre que ha querido revivir el fervor de los orígenes
y reanudar su camino en la historia con un renovado vigor evangélico.En
realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, « muchedumbre
reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo ».La vida
fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose
como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la
historia los dones de la comunión que son propios de las tres Personas
divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la comunión
fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee ciertamente
el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia
la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante
promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada
pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede
transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad.
Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la comunión
fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas
consagradas, en efecto, viven « para » Dios y « de » Dios. Por eso precisamente
pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las
fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones
sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor, es
un signo elocuente de la comunión eclesial. Es cultivada con especial esmero
por los Institutos religiosos y las Sociedades de vida apostólica, en los
que la vida de comunidad adquiere un peculiar significado.Pero la dimensión
de la comunión fraterna no falta ni en los Institutos seculares ni en las
mismas formas individuales de vida consagrada. Los eremitas, en lo recóndito
de su soledad, no se apartan de la comunión eclesial, sino que la sirven
con su propio y específico carisma contemplativo; las vírgenes consagradas
en el mundo realizan su consagración en una especial relación de comunión
con la Iglesia particular y universal, como lo hacen, de un modo similar,
las viudas y viudos consagrados.Todas estas personas, queriendo poner en
práctica la condición evangélica de discípulos, se comprometen a vivir
el « mandamiento nuevo » del Señor, amándose unos a otros como El nos ha
amado (cf. Jn 13, 34). El amor llevó a Cristo a la entrega de sí
mismo hasta el sacrificio supremo de la Cruz. De modo parecido, entre sus
discípulos no hay unidad verdadera sin este amor recíproco incondicional,
que exige disponibilidad para el servicio sin reservas, prontitud para
acoger al otro tal como es sin « juzgarlo » (cf. Mt 7, 1-2), capacidad
de perdonar hasta « setenta veces siete » (Mt 18, 22). Para las
personas consagradas, que se han hecho « un corazón solo y una sola alma
» (Hch 4, 32) por el don del Espíritu Santo derramado en los corazones
(cf. Rm 5, 5), resulta una exigencia interior el poner todo en
común: bienes materiales y experiencias espirituales, talentos e inspiraciones,
ideales apostólicos y servicios de caridad. « En la vida comunitaria, la
energía del Espíritu que hay en uno pasa contemporáneamente a todos. Aquí
no solamente se disfruta del propio don, sino que se multiplica al hacer
a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro
como si fuera del propio ».n la vida de comunidad, además, debe hacerse
tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento
para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede
experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18,
20).Esto sucede merced al amor recíproco de cuantos forman la comunidad,
un amor alimentado por la Palabra y la Eucaristía, purificado en el Sacramento
de la Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad, don especial
del Espíritu para aquellos que se ponen a la escucha obediente del Evangelio.
Es precisamente El, el Espíritu, quien introduce el alma en la comunión
con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1, 3), comunión
en la que está la fuente de la vida fraterna. El Espíritu es quien guía
las comunidades de vida consagrada en el cumplimiento de su misión de servicio
a la Iglesia y a la humanidad entera, según la propia inspiración.En esta
perspectiva tienen particular importancia los « Capítulos » (o reuniones
análogas), sean particulares o generales, en los que cada Instituto debe
elegir los Superiores o Superioras según las normas establecidas en las
propias Constituciones, y discernir a la luz del Espíritu el modo adecuado
de mantener y actualizar el propio carisma y el propio patrimonio espiritual
en las diversas situaciones históricas y culturales.
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran importancia la
función de los Superiores y de las Superioras, incluidos los locales,
tanto para la vida espiritual como para la misión. En estos años de búsqueda
y de transformaciones, se ha sentido a veces la necesidad de revisar este
cargo. Pero es preciso reconocer que quien ejerce la autoridad no puede
abdicar de su cometido de primer responsable de la comunidad, como
guía de los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico.En
ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no resulta fácil
reconocer y acoger la función que la autoridad desempeña para provecho
de todos. Pero se debe reafirmar la importancia de este cargo, que se revela
necesario precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que
no sea vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que la autoridad
debe ser ante todo fraterna y espiritual, y que quien la detenta debe consecuentemente
saber involucrar mediante el diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso
de decisión, conviene recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde
a la autoridad, a la cual compete también hacer respetar las decisiones
tomadas.
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el cuidado de los
ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como éste, en el
que en ciertas regiones del mundo aumenta el número de las personas consagradas
ya entradas en años. Los cuidados solícitos que merecen no se basan únicamente
en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan también
la convicción de que su testimonio es de gran ayuda a la Iglesia y a los
Institutos, y de que su misión continúa siendo válida y meritoria, aun
cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a
dejar sus propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar
en sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a
ellos con atención y capacidad de escucha.En realidad la misión apostólica,
antes que en la acción, consiste en el testimonio de la propia entrega
plena a la voluntad salvífica del Señor, entrega que se alimenta en la
oración y la penitencia. Los ancianos, pues, están llamados a vivir su
vocación de muchas maneras: la oración asidua, la aceptación paciente de
su propia condición, la disponibilidad para el servicio de la dirección
espiritual, la confesión y la guía en la oración.
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel fundamental en el camino espiritual
de las personas consagradas, sea para su renovación constante, sea para
el cumplimiento de su misión en el mundo. Esto se deduce de las motivaciones
teológicas que la fundamentan, y la misma experiencia lo confirma con creces.
Exhorto por tanto a los consagrados y consagradas a cultivarla con tesón,
siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén, que eran
asiduos en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles, en la oración
común, en la participación en la Eucaristía, y en el compartir los bienes
de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47). Exhorto sobre
todo a los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las Sociedades
de vida apostólica, a vivir sin reservas el amor mutuo y a manifestarlo
de la manera más adecuada a la naturaleza del proprio Instituto, para que
cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, «
morada de Dios con los hombres » (Ap 21, 3).En efecto, toda la Iglesia
espera mucho del testimonio de comunidades ricas « de gozo y del Espíritu
Santo » (Hch 13, 52). Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades
en las que la atención recíproca ayuda a superar la soledad, y la comunicación
contribuye a que todos se sientan corresponsables; en las que el perdón
cicatriza las heridas, reforzando en cada uno el propósito de la comunión.
En comunidades de este tipo la naturaleza del carisma encauza las energías,
sostiene la fidelidad y orienta el trabajo apostólico de todos hacia la
única misión. Para presentar a la humanidad de hoy su verdadero rostro,
la Iglesia tiene urgente necesidad de semejantes comunidades fraternas.
Su misma existencia representa una contribución a la nueva evangelización,
puesto que muestran de manera fehaciente y concreta los frutos del « mandamiento
nuevo ».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a
la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta con tanto énfasis
por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas consagradas que sean
verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidadcomo
« testigos y artífices de aquel ?proyecto de comunión' que constituye la
cima de la historia del hombre según Dios ».El sentido de la comunión eclesial,
al desarrollarse como una espiritualidad de comunión, promueve un
modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y
en extensión. La vida de comunión « será así un signo para el mundo
y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo [...]. De este
modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión
». Más aun, « la comunión genera comunión y se configura esencialmente
como comunión misionera ».n los fundadores y fundadoras aparece
siempre vivo el sentido de la Iglesia, que se manifiesta en su plena
participación en la vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente
obediencia a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este contexto
de amor a la Santa Iglesia, « columna y fundamento de la verdad » (1
Tm 3, 15), se comprenden bien la devoción de Francisco de Asís por
« el Señor Papa »,el filial atrevimiento de Catalina de Siena hacia quien
ella llama « dulce Cristo en la tierra »,la obediencia apostólica y el
sentire cum Ecclesiade Ignacio de Loyola, la gozosa profesión de
fe de Teresa de Jesús: « Soy hija de la Iglesia »;como también el anhelo
de Teresa de Lisieux: « En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré
el amor ».Semejantes testimonios son representativos de la plena comunión
eclesial en la que han participado santos y santas, fundadores y fundadoras,
en épocas muy diversas de la historia y en circunstancias a veces harto
difíciles. Son ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas
consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y disgregadoras, particularmente
activas en nuestros días.Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial
es la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos, que
ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo
de Dios por parte de todas las personas consagradas, especialmente por
aquellas comprometidas en la investigación teológica, en la enseñanza,
en publicaciones, en la catequesis y en el uso de los medios de comunicación
social.Puesto que las personas consagradas ocupan un lugar especial en
la Iglesia, su actitud a este respecto adquiere un particular relieve ante
todo el Pueblo de Dios. Su testimonio de amor filial confiere fuerza e
incisividad a su acción apostólica, la cual, en el marco de la misión profética
de todos los bautizados, se caracteriza normalmente por cometidos que implican
una especial colaboración con la jerarquía.De este modo, con la riqueza
de sus carismas, las personas consagradas brindan una específica aportación
a la Iglesia para que ésta profundice cada vez más en su propio ser, como
sacramento « de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano ».
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están llamadas a ser fermento de comunión
misionera en la Iglesia universal por el hecho mismo de que los múltiples
carismas de los respectivos Institutos son otorgados por el Espíritu para
el bien de todo el Cuerpo místico, a cuya edificación deben servir (cf.
1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol, el
« camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más grande de todos,
es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual armoniza todas las diversidades
e infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo en la acción apostólica. A
esto tiende precisamente el peculiar vínculo de comunión, que las
varias formas de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen
con el Sucesor de Pedro en su ministerio de unidad y de universalidad misionera.
La historia de la espiritualidad ilustra profusamente esta vinculación,
poniendo de manifiesto su función providencial como garantía tanto de la
identidad propia de la vida consagrada, como de la expansión misionera
del Evangelio. Sin la contribución de tantos Institutos de vida consagrada
y Sociedades de vida apostólica —como han hecho notar los Padres sinodales—,
sería impensable la vigorosa difusión del anuncio evangélico, el firme
enraizamiento de la Iglesia en tantas regiones del mundo, y la primavera
cristiana que hoy se constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han mantenido
firme a través de los siglos la comunión con los Sucesores de Pedro, los
cuales, a su vez, han encontrado en estos Institutos una actitud pronta
y generosa para dedicarse a la misión, con una disponibilidad que, llegado
el caso, ha alcanzado el verdadero heroísmo.Emerge de este modo el carácter
de universalidad y de comunión que es peculiar de los Institutos de
vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación con el ministerio
petrino, ellos están también al servicio de la colaboración entre las diversas
Iglesias particulares,en las cuales pueden promover eficazmente el « intercambio
de dones », contribuyendo así a una inculturación del Evangelio que asume,
purifica y valora la riqueza de las culturas de todos los pueblos.El florecer
de vocaciones a la vida consagrada en las Iglesias jóvenes sigue manifestando
hoy la capacidad que ésta tiene de expresar, en la unidad católica, las
exigencias de los diversos pueblos y culturas.
La vida consagrada y la Iglesia particular
48. Las personas consagradas tienen también un papel significativo dentro
de las Iglesias particulares. Este es un aspecto que, a partir de la
doctrina conciliar sobre la Iglesia como comunión y misterio, y sobre las
Iglesias particulares como porción del Pueblo de Dios, en las que « está
verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica
y apostólica »,ha sido desarrollado y regulado por varios documentos sucesivos.
A la luz de estos textos aparece con toda evidencia la importancia que
reviste la colaboración de las personas consagradas con los Obispos para
el desarrollo armonioso de la pastoral diocesana. Los carismas de la vida
consagrada pueden contribuir poderosamente a la edificación de la caridad
en la Iglesia particular.Las diversas formas de vivir los consejos evangélicos
son, en efecto, expresión y fruto de los dones espirituales recibidos por
fundadores y fundadoras y, en cuanto tales, constituyen una « experiencia
del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos
vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne ».La índole propia de cada
Instituto comporta un estilo particular de santificación y de apostolado,
que tiende a consolidarse en una determinada tradición caracterizada por
elementos objetivos.Por eso la Iglesia procura que los Institutos crezcan
y se desarrollen según el espíritu de los fundadores y de las fundadoras,
y de sus sanas tradiciones.or consiguiente, se reconoce a cada uno de los
Institutos una justa autonomía, gracias a la cual pueden tener su
propia disciplina y conservar íntegro su patrimonio espiritual y apostólico.
Cometido del Ordinario del lugar es conservar y tutelar esta autonomía.Se
pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen los carismas de la vida
consagrada, reservándoles un espacio en los proyectos de la pastoral diocesana.
Deben tener especial solicitud con los Institutos de derecho diocesano,
que están confiados de modo particular al cuidado del Obispo del lugar.
Una diócesis que quedara sin vida consagrada, además de perder tantos dones
espirituales, ambientes apropiados para la búsqueda de Dios, actividades
apostólicas y metodologías pastorales específicas, correría el riesgo de
ver muy debilitado su espíritu misionero, que es una característica de
la mayoría de los Institutos.Se debe por tanto corresponder al don de la
vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo
con generosidad y con sentimientos de gratitud al Señor.
Una fecunda y ordenada comunión eclesial
49. El Obispo es padre y pastor de toda la Iglesia particular. A él
compete reconocer y respetar cada uno de los carismas, promoverlos y coordinarlos.
En su caridad pastoral debe acoger, por tanto, el carisma de la vida consagrada
como una gracia que no concierne sólo a un Instituto, sino que incumbe
y beneficia a toda la Iglesia. Procurará, pues, sustentar y prestar ayuda
a las personas consagradas, a fin de que, en comunión con la Iglesia y
fieles a la inspiración fundacional, se abran a perspectivas espirituales
y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro tiempo. Las personas
consagradas, por su parte, no dejarán de ofrecer su generosa colaboración
a la Iglesia particular según las propias fuerzas y respetando el propio
carisma, actuando en plena comunión con el Obispo en el ámbito de
la evangelización, de la catequesis y de la vida de las parroquias.Es útil
recordar que, a la hora de coordinar el servicio que se presta a la Iglesia
universal y a la Iglesia particular, los Institutos no pueden invocar la
justa autonomía o incluso la exención de que gozan muchos de ellos,con
el fin de justificar decisiones que, de hecho, contrastan con las exigencias
de una comunión orgánica, requerida por una sana vida eclesial. Es preciso,
por el contrario, que las iniciativas pastorales de las personas consagradas
sean decididas y actuadas en el contexto de un diálogo abierto y cordial
entre Obispos y Superiores de los diversos Institutos. La especial atención
por parte de los Obispos a la vocación y misión de los distintos Institutos,
y el respeto por parte de éstos del ministerio de los Obispos con una acogida
solícita de sus concretas indicaciones pastorales para la vida diocesana,
representan dos formas, íntimamente relacionadas entre sí, de una única
caridad eclesial, que compromete a todos en el servicio de la comunión
orgánica —carismática y al mismo tiempo jerárquicamente estructurada— de
todo el Pueblo de Dios.
Un diálogo constante animado por la caridad
50. Para promover el conocimiento recíproco, que es requisito obligado
de una eficaz cooperación, sobre todo en el ámbito pastoral, es siempre
oportuno un constante diálogo de los Superiores y Superioras de
los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica
con los Obispos. Gracias a estos contactos habituales, los Superiores y
Superioras podrán informar a los Obispos sobre las iniciativas apostólicas
que desean emprender en sus diócesis, para llegar con ellos a los necesarios
acuerdos operativos. Del mismo modo, conviene que sean invitadas a asistir
a las asambleas de las Conferencias de Obispos personas delegadas de las
Conferencias de Superiores y Superioras mayores, y que, viceversa, delegados
de las Conferencias episcopales sean invitados a las Conferencias de Superiores
y Superioras mayores, según las modalidades que se determinen. En esta
perspectiva será de gran utilidad que, allí donde aún no existan, se constituyan
y sean operativas a nivel nacional comisiones mixtas de Obispos y Superiores
y Superioras mayores,que examinen juntos los problemas de interés común.
Contribuirá también a un mejor conocimiento recíproco la inserción de la
teología y de la espiritualidad de la vida consagrada en el plan de estudios
teológicos de los presbíteros diocesanos, así como la previsión en la formación
de las personas consagradas de un adecuado estudio de la teología de la
Iglesia particular y de la espiritualidad del clero diocesano.inalmente,
es consolador el recuerdo de cómo, en el Sínodo, no sólo han tenido lugar
numerosas intervenciones sobre la doctrina de la comunión, sino que se
ha vivido una satisfactoria experiencia de diálogo, en un clima de recíproca
apertura y confianza entre los Obispos y los religiosos y las religiosas
presentes. Esto ha suscitado el deseo de que « tal experiencia espiritual
de comunión y de colaboración se extienda a toda la Iglesia » incluso después
del Sínodo.Es un auspicio que hago mío, para que aumente en todos la mentalidad
y la espiritualidad de comunión.
La fraternidad en un mundo dividido e injusto
51. La Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular
tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en
su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de
sus confines, entablando o restableciendo constantemente el diálogo de
la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el
odio étnico o las locuras homicidas. Situadas en las diversas sociedades
de nuestro mundo —frecuentemente laceradas por pasiones e intereses contrapuestos,
deseosas de unidad pero indecisas sobre la vías a seguir—, las comunidades
de vida consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas personas
de diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como signo de
un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía
las diversidades.Las comunidades de vida consagrada son enviadas a anunciar
con el testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad cristiana
y la fuerza transformadora de la Buena Nueva,que hace reconocer a todos
como hijos de Dios e incita al amor oblativo hacia todos, y especialmente
hacia los últimos. Estas comunidades son lugares de esperanza y de descubrimiento
de las Bienaventuranzas; lugares en los que el amor, nutrido de la oración
y principio de comunión, está llamado a convertirse en lógica de vida y
fuente de alegría.Particularmente los Institutos internacionales, en esta
época caracterizada por la dimensión mundial de los problemas y, al mismo
tiempo, por el retorno de los ídolos del nacionalismo, tienen el cometido
de dar testimonio y de mantener siempre vivo el sentido de la comunión
entre los pueblos, las razas y las culturas. En un clima de fraternidad,
la apertura a la dimensión mundial de los problemas no ahogará la riqueza
de los dones particulares, y la afirmación de una característica particular
no creará contrastes con las otras, ni atentará a la unidad. Los Institutos
internacionales pueden hacer esto con eficacia, al tener ellos mismos que
enfrentarse creativamente al reto de la inculturación y conservar al mismo
tiempo su propia identidad.
Comunión entre los diversos Institutos
52. El sentido eclesial de comunión alimenta y sustenta también la fraterna
relación espiritual y la mutua colaboración entre los diversos Institutos
de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Personas que están
unidas entre sí por el compromiso común del seguimiento de Cristo y animadas
por el mismo Espíritu, no pueden dejar de hacer visible, como ramas de
una única Vid, la plenitud del Evangelio del amor. Permaneciendo siempre
fieles a su propio carisma, pero teniendo presente la amistad espiritual
que frecuentemente ha unido en la tierra diversos fundadores y fundadoras,
estas personas están llamadas a manifestar una fraternidad ejemplar, que
sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el compromiso cotidiano
de dar testimonio del Evangelio.Resultan siempre actuales las palabras
de san Bernardo a propósito de las diversas Ordenes religiosas: « Yo las
admiro todas. Pertenezco a una de ellas con la observancia, pero a todas
en la caridad. Todos tenemos necesidad los unos de los otros: el bien espiritual
que yo no poseo, lo recibo de los otros [...]. En este exilio la Iglesia
está aún en camino y, si puedo decirlo así, es plural: una pluralidad múltiple
y una unidad plural. Y todas nuestras diversidades, que manifiestan la
riqueza de los dones de Dios, subsistirán en la única casa del Padre que
contiene tantas mansiones. Ahora hay división de gracias, entonces habrá
una distinción de glorias. La unidad, tanto aquí como allá, consiste en
una misma caridad ».
Organismos de coordinación
53. Las Conferencias de Superiores y de Superioras mayores y las Conferencias
de los Institutos seculares pueden dar una notable contribución a la comunión.
Estimulados y regulados por el Concilio Vaticano IIy por documentos posteriores,estos
organismos tienen como principal objetivo la promoción de la vida consagrada,
engarzada en la trama de la misión eclesial.A través de ellos los Institutos
expresan la comunión entre sí y buscan los medios para reforzarla, con
respeto y aprecio por el valor específico de cada uno de los carismas,
en los que se refleja el misterio de la Iglesia y la multiforme sabiduría
de Dios.Aliento, pues, a los Institutos de vida consagrada a que se presten
asistencia mutua, especialmente en aquellos países en los que, debido a
particulares dificultades, la tentación de replegarse sobre sí puede ser
fuerte, con perjuicio de la vida consagrada misma y de la Iglesia. Es preciso,
por el contrario, que se ayuden recíprocamente en su intento de comprender
el designio de Dios en los actuales avatares de la historia, para así responder
mejor con iniciativas apostólicas adecuadas.En este horizonte de comunión,
abierto a los desafíos de nuestro tiempo, los Superiores y las Superioras
« actuando en sintonía con el episcopado », procuren aprovecharse « del
trabajo de los mejores colaboradores de cada Instituto y ofrecer servicios
que no sólo ayuden a superar eventuales límites, sino que también creen
un estilo válido de formación a la vida religiosa ».xhorto a las Conferencias
de los Superiores y de las Superioras mayores y a las Conferencias de los
Institutos seculares a que mantengan contactos frecuentes y regulares con
la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de
vida apostólica, como expresión de su comunión con la Santa Sede. También
debe tenerse una relación activa y confiada con las Conferencias Episcopales
de cada país. Según el espíritu del documento Mutuae relationes,
es conveniente que dicha relación adquiera una forma estable, para hacer
así posible una coordinación tempestiva y duradera de las iniciativas que
vayan surgiendo. Si todo esto se lleva a la práctica con perseverancia
y espíritu de adhesión fiel a las directrices del Magisterio, los organismos
de conexión y de comunión se revelarán sumamente útiles para encontrar
soluciones que eviten incomprensiones, tanto en el terreno teórico como
en el práctico;de este modo serán un soporte válido no sólo para promover
la comunión entre los Institutos de vida consagrada y los Obispos, sino
para contribuir también al desempeño de la misión misma de la Iglesia particular.
Comunión y colaboración con los laicos
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en
estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros
pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio
de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión eclesial.
De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y completa
de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los grandes
retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes dones.En
el caso de los Institutos monásticos y contemplativos, las relaciones con
los laicos se caracterizan principalmente por una vinculación espiritual,
mientras que, en aquellos Institutos comprometidos en la dimensión apostólica,
se traducen en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos
seculares, laicos o clérigos, por su parte, entran en contacto con los
otros fieles en las formas ordinarias de la vida cotidiana. Debido a las
nuevas situaciones, no pocos Institutos han llegado a la convicción de
que su carisma puede ser compartido con los laicos. Estos son invitados
por tanto a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en
la misión del Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas
de las diversas Ordenes seculares o Terceras Ordenes, se puede decir que
se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de
las relaciones entre las personas consagradas y el laicado.
Para un renovado dinamismo espiritual y apostólico
55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados
por diversos motivos. En efecto, de ello se podrá derivar ante todo una
irradiación activa de la espiritualidad más allá de las fronteras del Instituto,
que contará con nuevas energías, asegurando así a la Iglesia la continuidad
de algunas de sus formas más típicas de servicio. Otra consecuencia positiva
podrá consistir también en el aunar esfuerzos entre personas consagradas
y laicos en orden a la misión: movidos por el ejemplo de santidad de las
personas consagradas, los laicos serán introducidos en la experiencia directa
del espíritu de los consejos evangélicos y animados a vivir y testimoniar
el espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo según el
corazón de Dios.o es raro que la participación de los laicos lleve a descubrir
inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos del carisma, suscitando
una interpretación más espiritual, e impulsando a encontrar válidas indicaciones
para nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la actividad o el
ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán por tanto su
deber de ser ante todo guías expertas de vida espiritual, y cultivarán
en esta perspectiva « el talento más precioso: el espíritu ».A su vez,
los laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica aportación de su
secularidad y de su servicio específico.
Laicos voluntarios y asociados
56. Una manifestación significativa de participación laical en la riqueza
de la vida consagrada es la adhesión de fieles laicos a los varios Institutos
bajo la fórmula de los llamados miembros asociados o, según las exigencias
de algunos ambientes culturales, de personas que comparten, durante un
cierto tiempo, la vida comunitaria y la particular entrega a la contemplación
o al apostolado del Instituto, siempre que, obviamente, no sufra daño alguno
la identidad del Instituto en su vida interna.s justo tener en gran estima
el voluntariado que se nutre de las riquezas de la vida consagrada; pero
es preciso cuidar su formación, con el fin de que los voluntarios tengan
siempre, además de competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en
su propósito y un vivo sentido comunitario y eclesial en sus proyectos.Debe
tenerse presente también que, para que sean consideradas como obras de
un determinado Instituto, aquellas iniciativas en las que los laicos están
implicados con capacidad de decisión, deben perseguir los fines propios
del Instituto y ser realizadas bajo su responsabilidad. Por tanto, si los
laicos se hacen cargo de la dirección, éstos responderán de la misma a
los Superiores y Superioras competentes. Es conveniente que todo esto sea
considerado y regulado por normas específicas de cada Instituto, aprobadas
por la Autoridad Superior, en las cuales se prevean las competencias respectivas
del Instituto mismo, de las comunidades y de los miembros asociados o de
los voluntarios.Las personas consagradas, enviadas por sus Superiores o
Superioras y permaneciendo bajo su dependencia, pueden participar con formas
específicas de colaboración en iniciativas laicales, particularmente
en organismos e instituciones que se ocupan de los marginados y que tienen
como finalidad aliviar el sufrimiento humano. Esta colaboración, si está
sustentada y animada por una fuerte y clara identidad cristiana, y respeta
el carácter propio de la vida consagrada, puede hacer brillar la fuerza
iluminadora del Evangelio en las situaciones más oscuras de la existencia
humana.En estos años no pocas personas consagradas han entrado a formar
parte de alguno de los movimientos eclesiales surgidos en nuestro
tiempo. Con frecuencia los interesados se benefician especialmente en lo
que se refiere a la renovación espiritual. Sin embargo, no se puede negar
que en algunos casos esto crea malestar y desorientación a nivel personal
y comunitario, sobre todo cuando tales experiencias entran en conflicto
con las exigencias de la vida comunitaria y de la espiritualidad del propio
Instituto. Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que la adhesión
a los movimientos eclesiales se efectúe siempre respetando el carisma y
la disciplina del propio Instituto,con el consentimiento de los Superiores
y de las Superioras, y con disponibilidad para aceptar sus decisiones.
La dignidad y el papel de la mujer consagrada
57. La Iglesia revela plenamente su multiforme riqueza espiritual cuando,
superada toda discriminación, acoge como una auténtica bendición los dones
derramados por Dios tanto en los hombres como en las mujeres, estimándolos
en su igual dignidad. Las mujeres consagradas están llamadas a ser de una
manera muy especial, y a través de su dedicación vivida con plenitud y
con alegría, un signo de la ternura de Dios hacia el género humano
y un testimonio singular del misterio de la Iglesia, la cual es virgen,
esposa y madre.Esta misión se ha dejado ver en el Sínodo, en el cual varias
de ellas han participado y en el que han tenido ocasión de hacer oír su
voz, por todos escuchada y apreciada. Gracias a sus aportaciones han surgido
algunas indicaciones útiles para la vida de la Iglesia y para su misión
evangelizadora. Ciertamente no es posible desconocer lo fundado de muchas
de las reivindicaciones que se refieren a la posición de la mujer en los
diversos ámbitos sociales y eclesiales. Es obligado reconocer igualmente
que la nueva conciencia femenina ayuda también a los hombres a revisar
sus esquemas mentales, su manera de autocomprenderse, de situarse en la
historia e interpretarla, y de organizar la vida social, política, económica,
religiosa y eclesial.La Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de
liberación, tiene la misión de difundirlo proféticamente, promoviendo una
mentalidad y una conducta conformes a las intenciones del Señor. En este
contexto la mujer consagrada, a partir de su experiencia de Iglesia y de
mujer en la Iglesia, puede contribuir a eliminar ciertas visiones unilaterales,
que no se ajustan al pleno reconocimiento de su dignidad, de su aportación
específica a la vida y a la acción pastoral y misionera de la Iglesia.
Por ello es legítimo que la mujer consagrada aspire a ver reconocida más
claramente su identidad, su capacidad, su misión y su responsabilidad,
tanto en la conciencia eclesial como en la vida cotidiana.También el futuro
de la nueva evangelización, como de las otras formas de acción misionera,
es impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente
de las mujeres consagradas.
Nuevas perspectivas de presencia y de acción
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando por abrir
espacios de participación a las mujeres en diversos sectores y a
todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que se elaboran las decisiones,
especialmente en los asuntos que las conciernen más directamente.Es necesario
también que la formación de las mujeres consagradas, no menos que la de
los hombres, sea adecuada a las nuevas urgencias, y prevea el tiempo suficiente
y las oportunidades institucionales necesarias para una educación sistemática,
que abarque todos los campos, desde el aspecto teológico-pastoral hasta
el profesional. La formación pastoral y catequética, siempre importante,
adquiere un interés especial de cara a la nueva evangelización, que exige
también de las mujeres nuevas formas de participación.Se puede pensar que
una formación más profunda, a la vez que ayudará a la mujer consagrada
a comprender mejor los propios dones, será un estímulo para la necesaria
reciprocidad en el seno de la Iglesia. Se espera mucho del genio de la
mujer también en el campo de la reflexión teológica, cultural y espiritual,
no sólo en lo que se refiere a lo específico de la vida consagrada femenina,
sino también en la inteligencia de la fe en todas sus manifestaciones.
A este respecto, ¡cuánto debe la historia de la espiritualidad a santas
como Teresa de Jesús y Catalina de Siena, las dos primeras mujeres honradas
con el título de Doctoras de la Iglesia, y a tantas otras místicas, que
han sabido sondear el misterio de Dios y analizar su acción en el creyente!
La Iglesia confía mucho en las mujeres consagradas, de las que espera una
aportación original para promover la doctrina y las costumbres de la vida
familiar y social, especialmente en lo que se refiere a la dignidad de
la mujer y al respeto de la vida humana.De hecho, « las mujeres
tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante:
les corresponde ser promotoras de un "nuevo feminismo" que, sin
caer en la tentación de seguir modelos "machistas", sepa reconocer
y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones
de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma
de discriminación, de violencia y de explotación ».ay motivos para esperar
que un reconocimiento más hondo de la misión de la mujer provocará cada
vez más en la vida consagrada femenina una mayor conciencia del propio
papel, y una creciente dedicación a la causa del Reino de Dios. Esto podrá
traducirse en numerosas actividades, como el compromiso por la evangelización,
la misión educativa, la participación en la formación de los futuros sacerdotes
y de las personas consagradas, la animación de las comunidades cristianas,
el acompañamiento espiritual y la promoción de los bienes fundamentales
de la vida y de la paz. Reitero de nuevo a las mujeres consagradas y a
su extraordinaria capacidad de entrega, la admiración y el reconocimiento
de toda la Iglesia, que las sostiene para que vivan en plenitud y con alegría
su vocación, y se sientan interpeladas por la insigne tarea de ayudar a
formar la mujer de hoy.
II. CONTINUIDAD EN LA OBRA DEL ESPIRITU:FIDELIDAD EN LA NOVEDAD
Las monjas de clausura
59. Una atención particular merecen la vida monástica femenina y la
clausura de las monjas, por la gran estima que la comunidad cristiana siente
hacia este género de vida, que es signo de la unión exclusiva de la
Iglesia-Esposa con su Señor, profundamente amado. En efecto, la vida
de las monjas de clausura, ocupadas principalmente en la oración, en la
ascesis y en el progreso ferviente de la vida espiritual, « no es otra
cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de la Iglesia
escatológica, abismada en la posesión y contemplación de Dios ».A la luz
de esta vocación y misión eclesial, la clausura responde a la exigencia,
sentida como prioritaria, de estar con el Señor. Al elegir un espacio
circunscrito como lugar de vida, las claustrales participan en el anonadamiento
de Cristo mediante una pobreza radical que se manifiesta en la renuncia
no sólo de las cosas, sino también del « espacio », de los contactos externos,
de tantos bienes de la creación. Este modo singular de ofrecer el « cuerpo
» las introduce de manera más sensible en el misterio eucarístico. Se ofrecen
con Jesús por la salvación del mundo. Su ofrecimiento, además del aspecto
de sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión de la acción de gracias
al Padre, participando de la acción de gracias del Hijo predilecto.Radicada
en esta orientación espiritual, la clausura no es sólo un medio ascético
de inmenso valor, sino también un modo de vivir la Pascua de Cristo.De
experiencia de « muerte », se convierte en sobreabundancia de vida, constituyéndose
como anuncio gozoso y anticipación profética de la posibilidad, ofrecida
a cada persona y a la humanidad entera, de vivir únicamente para Dios,
en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 11). La clausura evoca por tanto aquella
celda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la unión
con el Señor. Acogida como don y elegida como libre respuesta de amor,
la clausura es el lugar de la comunión espiritual con Dios y con los hermanos
y hermanas, donde la limitación del espacio y de las relaciones con el
mundo exterior favorecen la interiorización de los valores evangélicos
(cf. Jn 13, 34; Mt 5, 3.8).Las comunidades claustrales, puestas
como ciudades sobre el monte y luces en el candelero (cf. Mt 5,
14-15), a pesar de la sencillez de vida, prefiguran visiblemente la meta
hacia la cual camina la entera comunidad eclesial que, « entregada a la
acción y dada a la contemplación »,se encamina por las sendas del tiempo
con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, cuando
la Iglesia « se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col 3, 1-4)
»,y Cristo « entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido
todo Principado, Dominación y Potestad [...], para que Dios sea todo en
todo » (1 Co 15, 24.28).A estas queridísimas Hermanas, pues, expreso
mi reconocimiento, a la vez que las aliento a mantenerse fieles a la vida
claustral según el propio carisma. Gracias a su ejemplo, este género de
vida continúa teniendo numerosas vocaciones, atraídas por la radicalidad
de una existencia « esponsal », dedicada totalmente a Dios en la contemplación.
Como expresión del puro amor, que vale más que cualquier obra, la vida
contemplativa tiene también una extraordinaria eficacia apostólica y misionera.os
Padres sinodales han manifestado un gran aprecio por los valores de la
clausura, tomando en consideración al mismo tiempo diversas peticiones
sobre su disciplina concreta manifestadas desde varias partes. Las indicaciones
del Sínodo sobre este tema y, en particular, el propósito de otorgar una
mayor responsabilidad a las Superioras mayores en lo concerniente a la
dispensa de la clausura por causas justas y graves,serán objeto de consideración
orgánica, en la línea del camino de renovación ya actuado a partir del
Concilio Vaticano II.De este modo la clausura en sus varias formas y grados
—de la clausura papal y constitucional a la clausura monástica— se corresponderá
mejor con la variedad de los Institutos contemplativos y con las tradiciones
de los monasterios.Como el mismo Sínodo ha subrayado, se han de favorecer
también las Asociaciones y Federaciones entre monasterios, recomendadas
ya por Pío XII y por el Concilio Ecuménico Vaticano II,especialmente allí
donde no existan otras formas eficaces de coordinación y de asistencia,
para custodiar y promover los valores de la vida contemplativa. En efecto,
tales agrupaciones, salvando siempre la legítima autonomía de los monasterios,
pueden ofrecer una ayuda válida para resolver adecuadamente problemas comunes,
como la oportuna renovación, la formación tanto inicial como permanente,
la mutua ayuda económica y la reorganización de los mismos monasterios.
Los religiosos hermanos
60. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la vida consagrada,
por su naturaleza, no es ni laical ni clerical,y por consiguiente
la « consagración laical », tanto de varones como de mujeres, es un estado
de profesión de los consejos evangélicos completo en sí mismo.Dicha consagración
laical, por lo tanto, tiene un valor propio, independientemente del ministerio
sagrado, tanto para la persona misma como para la Iglesia.Siguiendo las
enseñanzas del Concilio Vaticano II,el Sínodo ha manifestado un gran aprecio
por este tipo de vida consagrada, en la que los religiosos hermanos desempeñan
múltiples y valiosos servicios dentro y fuera de la comunidad, participando
así en la misión de proclamar el Evangelio y de dar testimonio de él con
la caridad en la vida de cada día. Efectivamente, algunos de estos servicios
se pueden considerar ministerios eclesiales confiados por la legítima
autoridad. Ello exige una formación apropiada e integral: humana, espiritual,
teológica, pastoral y profesional.Según la terminología vigente, los Institutos
que, por determinación del fundador o por legítima tradición tienen características
y finalidades que no comportan el ejercicio del Orden sagrado, son llamados
« Institutos laicales ».En el Sínodo se ha hecho notar, no obstante, que
esta terminología no expresa adecuadamente la índole peculiar de la vocación
de los miembros de tales Institutos religiosos. En efecto, aunque desempeñan
muchos servicios que son comunes también a los fieles laicos, ellos los
realizan con su identidad de consagrados, manifestando de este modo el
espíritu de entrega total a Cristo y a la Iglesia según su carisma específico.Por
este motivo los Padres sinodales, con el fin de evitar cualquier ambigüedad
y confusión con la índole secular de los fieles laicos,han querido proponer
el término de Institutos religiosos de Hermanos.La propuesta es
significativa, sobre todo si se tiene en cuenta que el término hermano
encierra una rica espiritualidad. « Estos religiosos están llamados a ser
hermanos de Cristo, profundamente unidos a El, primogénito entre muchos
hermanos (Rm 8, 29); hermanos entre sí por el amor mutuo y la cooperación
al servicio del bien de la Iglesia; hermanos de todo hombre por el testimonio
de la caridad de Cristo hacia todos, especialmente hacia los más pequeños,
los más necesitados; hermanos para hacer que reine mayor fraternidad en
la Iglesia ».Viviendo de una manera especial este aspecto de la vida a
la vez cristiana y consagrada, los « religiosos hermanos » recuerdan de
modo fehaciente a los mismos religiosos sacerdotes la dimensión fundamental
de la fraternidad en Cristo, que han de vivir entre ellos y con cada hombre
y mujer, proclamando a todos la palabra del Señor: « Y vosotros sois todos
hermanos » (Mt 23, 8).No existen impedimentos para que en estos
Institutos religiosos de Hermanos, cuando el Capítulo general así lo disponga,
algunos miembros reciban las Ordenes sagradas para el servicio sacerdotal
de la comunidad religiosa.No obstante, el Concilio Vaticano II no incita
explícitamente a seguir esta praxis, precisamente porque desea que los
Institutos de Hermanos permanezcan fieles a su vocación y misión. Esto
vale también por lo que se refiere a la condición de quien accede al cargo
de Superior, considerando que éste refleja de manera especial la naturaleza
del Instituto mismo.Diversa es la vocación de los hermanos en aquellos
Institutos que son llamados « clericales » porque, según el proyecto del
fundador o por tradición legítima, prevén el ejercicio del Orden sagrado,
son regidos por clérigos y, como tales, son reconocidos por la autoridad
de la Iglesia.En estos Institutos el ministerio sagrado es parte integrante
del carisma y determina su índole específica, el fin y el espíritu. La
presencia de hermanos representa una participación diferenciada en la misión
del Instituto, con servicios que se prestan en colaboración con aquellos
que ejercen el ministerio sacerdotal, sea dentro de la comunidad o en las
obras apostólicas.
Institutos mixtos
61. Algunos Institutos religiosos, que en el proyecto original del fundador
se presentaban como fraternidades, en las que todos los miembros —sacerdotes
y no sacerdotes— eran considerados iguales entre sí, con el pasar del tiempo
han adquirido una fisonomía diversa. Es menester que estos Institutos llamados
« mixtos », evalúen, mediante una profundización del propio carisma fundacional,
si resulta oportuno y posible volver hoy a la inspiración de origen.Los
Padres sinodales han manifestado el deseo de que en tales Institutos se
reconozca a todos los religiosos igualdad de derechos y de obligaciones,
exceptuados los que derivan del Orden sagrado.Para examinar y resolver
los problemas conexos con esta materia se ha instituido una comisión especial,
y conviene esperar sus conclusiones para después tomar las oportunas decisiones,
según lo que se disponga de manera autorizada.
Nuevas formas de vida evangélica
62. El Espíritu, que en diversos momentos de la historia ha suscitado
numerosas formas de vida consagrada, no cesa de asistir a la Iglesia, bien
alentando en los Institutos ya existentes el compromiso de la renovación
en fidelidad al carisma original, bien distribuyendo nuevos carismas a
hombres y mujeres de nuestro tiempo, para que den vida a instituciones
que respondan a los retos del presente. Un signo de esta intervención divina
son las llamadas nuevas Fundaciones, con características en cierto
modo originales respecto a las tradicionales.La originalidad de las nuevas
comunidades consiste frecuentemente en el hecho de que se trata de grupos
compuestos de hombres y mujeres, de clérigos y laicos, de casados y célibes,
que siguen un estilo particular de vida, a veces inspirado en una u otra
forma tradicional, o adaptado a las exigencias de la sociedad de hoy. También
su compromiso de vida evangélica se expresa de varias maneras, si bien
se manifiesta, como una orientación general, una aspiración intensa a la
vida comunitaria, a la pobreza y a la oración. En el gobierno participan,
en función de su competencia, clérigos y laicos, y el fin apostólico se
abre a las exigencias de la nueva evangelización.Si de una parte hay que
alegrarse por la acción del Espíritu, por otra es necesario proceder con
el debido discernimiento de los carismas. El principio fundamental
para que se pueda hablar de vida consagrada es que los rasgos específicos
de las nuevas comunidades y formas de vida estén fundados en los elementos
esenciales, teológicos y canónicos, que son característicos de la vida
consagrada.Este discernimiento es necesario tanto a nivel local como universal,
con el fin de prestar una común obediencia al único Espíritu. En las diócesis,
el Obispo ha de examinar el testimonio de vida y la ortodoxia de los fundadores
y fundadoras de tales comunidades, su espiritualidad, la sensibilidad eclesial
en el cumplimiento de su misión, los métodos de formación y los modos de
incorporación a la comunidad; evalúe con prudencia eventuales puntos débiles,
sabiendo esperar con paciencia la confirmación de los frutos (cf. Mt
7, 16), para poder reconocer la autenticidad del carisma.Se le pide sobre
todo que ponga especial cuidado en verificar, a la luz de criterios claros,
la idoneidad de quienes solicitan el acceso a las Ordenes sagradas.n virtud
de este mismo principio de discernimiento, no pueden ser comprendidas en
la categoría específica de vida consagrada aquellas formas de compromiso,
por otro lado loables, que algunos cónyuges cristianos asumen en asociaciones
o movimientos eclesiales cuando, deseando llevar a la perfección de la
caridad su amor « como consagrado » ya en el sacramento del matrimonio,confirman
con un voto el deber de la castidad propia de la vida conyugal y, sin descuidar
sus deberes para con los hijos, profesan la pobreza y la obediencia.Esta
obligada puntualización acerca de la naturaleza de tales experiencias,
no pretende infravalorar dicho camino de santificación, al cual no es ajena
ciertamente la acción del Espíritu Santo, infinitamente rico en sus dones
e inspiraciones.Ante tanta riqueza de dones y de impulsos innovadores,
parece conveniente crear una Comisión para las cuestiones relativas
a las nuevas formas de vida consagrada, con el fin de establecer criterios
de autenticidad, que sirvan de ayuda a la hora de discernir y de tomar
las oportunas decisiones.Entre otras tareas, tal Comisión deberá valorar,
a la luz de la experiencia de estos últimos decenios, cuáles son las formas
nuevas de consagración que la autoridad eclesiástica, con prudencia pastoral
y para el bien común, pueda reconocer oficialmente y proponer a los fieles
deseosos de una vida cristiana más perfecta.Estas nuevas asociaciones de
vida evangélica no son alternativas a las precedentes instituciones,
las cuales continúan ocupando el lugar insigne que la tradición les ha
reservado. Las nuevas formas son también un don del Espíritu, para que
la Iglesia siga a su Señor en una perenne dinámica de generosidad, atenta
a las llamadas de Dios que se manifiestan a través de los signos de los
tiempos. De esta manera se presenta ante el mundo con variedad de formas
de santidad y de servicio, como « señal e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano ».Los antiguos Institutos,
muchos de los cuales han pasado en el transcurso de los siglos por el crisol
de pruebas durísimas que han afrontado con fortaleza, pueden enriquecerse
entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las fundaciones que
ven la luz en este tiempo nuestro.De este modo el vigor de las diversas
instituciones de vida consagrada, desde las más antiguas a las más recientes,
así como la vivacidad de las nuevas comunidades, alimentarán la fidelidad
al Espíritu Santo, que es principio de comunión y de perenne novedad de
vida.
III. MIRANDO HACIA EL FUTURO
Dificultades y perspectivas
63. En algunas regiones del mundo, los cambios sociales y la disminución
del número de vocaciones está haciendo mella en la vida consagrada. Las
obras apostólicas de muchos Institutos y su misma presencia en ciertas
Iglesias locales están en peligro. Como ya ha ocurrido otras veces en la
historia, hay Institutos que corren incluso el riesgo de desaparecer. La
Iglesia universal les está sumamente agradecida por la gran contribución
que han dado a su edificación con el testimonio y el servicio.La preocupación
de hoy no anula sus méritos ni los frutos que han madurado gracias a sus
esfuerzos.En otros Institutos se plantea más bien el problema de la reorganización
de sus obras. Esta tarea, nada fácil y no pocas veces dolorosa, requiere
estudio y discernimiento a la luz de algunos criterios. Es preciso, por
ejemplo, salvaguardar el sentido del propio carisma, promover la vida fraterna,
estar atentos a las necesidades de la Iglesia tanto universal como particular,
ocuparse de aquello que el mundo descuida, responder generosamente y con
audacia, aunque sea con intervenciones obligadamente exiguas, a las nuevas
pobrezas, sobre todo en los lugares más abandonados.as dificultades provenientes
de la disminución de personal y de iniciativas, no deben en modo alguno
hacer perder la confianza en la fuerza evangélica de la vida consagrada,
la cual será siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque cada Instituto
no posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada, sin embargo,
continuará alimentando entre los fieles la respuesta de amor a Dios y a
los hermanos. Por eso es necesario distinguir entre las vicisitudes
históricas de un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada,
y la misión eclesial de la vida consagrada como tal. Las primeras
pueden cambiar con el mudar de las situaciones, la segunda no puede faltar.Esto
es verdad tanto para la vida consagrada de tipo contemplativo, como para
la dedicada a las obras de apostolado. En su conjunto, bajo la acción siempre
nueva del Espíritu, está destinada a continuar como testimonio luminoso
de la unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo, como memoria viviente
de la fecundidad, incluso humana y social, del amor de Dios. Las nuevas
situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con la serenidad
de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el
compromiso de la fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente es
la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución
numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la
propia vocación y misión. Por el contrario, perseverando fielmente en ella,
se confiesa, y con gran eficacia incluso ante el mundo, la propia y firme
confianza en el Señor de la historia, en cuyas manos están los tiempos
y los destinos de las personas, de las instituciones, de los pueblos y,
por tanto, también la actuación histórica de sus dones. Los dolorosos momentos
de crisis representan un apremio a las personas consagradas para que proclamen
con fortaleza la fe en la muerte y resurrección de Cristo, haciéndose así
signo visible del paso de la muerte a la vida.
Nuevo impulso de la pastoral vocacional
64. La misión de la vida consagrada y la vitalidad de los Institutos
dependen indudablemente de la fidelidad con la que los consagrados responden
a su vocación, pero tienen futuro en la medida en que otros hombres
y mujeres acogen generosamente la llamada del Señor. El problema de
las vocaciones es un auténtico desafío que interpela directamente a los
Institutos, pero que concierne a toda la Iglesia. En el campo de la pastoral
vocacional se invierten muchas energías espirituales y materiales, aunque
los resultados no siempre se corresponden a las expectativas y a los esfuerzos
realizados. Sucede que, mientras las vocaciones a la vida consagrada florecen
en las Iglesias jóvenes y en aquellas que han sufrido persecuciones por
parte de regímenes totalitarios, escasean en otros países tradicionalmente
ricos en vocaciones y en misioneros.Esta situación de dificultad pone a
prueba a las personas consagradas, que a veces se interrogan sobre su efectiva
capacidad de atraer nuevas vocaciones. Es necesario tener confianza en
el Señor Jesús, que continúa llamando a seguir sus pasos, y encomendarse
al Espíritu Santo, autor e inspirador de los carismas de la vida consagrada.
Así pues, a la vez que nos alegramos por la acción del Espíritu que rejuvenece
a la Esposa de Cristo haciendo florecer la vida consagrada en muchas naciones,
debemos dirigir una constante plegaria al Dueño de la mies para que envíe
obreros a su Iglesia, para hacer frente a las exigencias de la nueva evangelización
(cf. Mt 9, 37-38). Además de promover la oración por las vocaciones,
es urgente esforzarse, mediante el anuncio explícito y una catequesis adecuada,
por favorecer en los llamados a la vida consagrada la respuesta libre,
pero pronta y generosa, que hace operante la gracia de la vocación.La invitación
de Jesús: « Venid y veréis » (Jn 1, 39) sigue siendo aún hoy la
regla de oro de la pastoral vocacional. Con ella se pretende presentar,
a ejemplo de los fundadores y fundadoras, el atractivo de la persona
del Señor Jesús y la belleza de la entrega total de sí mismo a la causa
del Evangelio. Por tanto, la primera tarea de todos los consagrados y consagradas
consiste en proponer valerosamente, con la palabra y con el ejemplo, el
ideal del seguimiento de Cristo, alimentando y manteniendo posteriormente
en los llamados la respuesta a los impulsos que el Espíritu inspira en
su corazón.Al entusiasmo del primer encuentro con Cristo debe seguir, como
es obvio, el esfuerzo paciente de saber corresponder cada día a la gracia
recibida, haciendo de la vocación una historia de amistad con el Señor.
Para ello, la pastoral vocacional utilizará los recursos apropiados, como
la dirección espiritual, para alimentar aquella respuesta de amor
personal al Señor que es condición indispensable para convertirse en discípulos
y apóstoles de su Reino. Por otra parte, si la abundancia vocacional que
se manifiesta en varias partes del mundo justifica el optimismo y la esperanza,
la escasez en otras regiones no debe inducir al desánimo ni a la tentación
de un fácil y precipitado reclutamiento. Es preciso que la tarea de promover
las vocaciones se desarrolle de manera que aparezca cada vez más como un
compromiso coral de toda la Iglesia.Se requiere, por tanto, la colaboración
activa de pastores, religiosos, familias y educadores, como es propio de
un servicio que forma parte integrante de la pastoral de conjunto de cada
Iglesia particular. Que en cada diócesis exista, pues, este servicio
común, que coordine y multiplique las fuerzas, pero sin prejuzgar e
incluso favoreciendo la actividad vocacional de cada Instituto.sta colaboración
activa de todo el Pueblo de Dios, sostenida por la Providencia, suscitará
sin duda la abundancia de los dones divinos. La solidaridad cristiana está
llamada a solventar las necesidades de la formación vocacional en los países
económicamente más pobres. La promoción de vocaciones en estos países por
parte de los diversos Institutos ha de hacerse en plena armonía con las
Iglesias del lugar, a partir de una activa y prolongada inserción en su
actividad pastoral.El modo más auténtico para secundar la acción del Espíritu
será el invertir las mejores energías en la actividad vocacional, especialmente
con una adecuada dedicación a la pastoral juvenil.
Las exigencias de la formación inicial
65. La Asamblea sinodal ha reservado una atención especial a la formación
de quienes aspiran a consagrarse al Señor,reconociendo su decisiva importancia.
El objetivo central del proceso de formación es la preparación de
la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento
de Cristo, al servicio de la misión. Decir « sí » a la llamada del Señor,
asumiendo en primera persona el dinamismo del crecimiento vocacional, es
responsabilidad inalienable de cada llamado, el cual debe abrir toda su
vida a la acción del Espíritu Santo; es recorrer con generosidad el camino
formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor y la Iglesia le ofrecen.a
formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda
actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia
a Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias
de la vida cotidiana.Desde el momento que el fin de la vida consagrada
consiste en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación,a
esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario
de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre.Siendo
éste el objetivo de la vida consagrada, el método para prepararse a ella
deberá contener y expresar la característica de la totalidad. Deberá
ser formación de toda la persona,en cada aspecto de su individualidad,
en las intenciones y en los gestos exteriores. Precisamente por su propósito
de transformar toda la persona, la exigencia de la formación no acaba
nunca. En efecto, es necesario que a las personas consagradas se les
proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer en la adhesión al carisma
y a la misión del propio Instituto.Para que sea total, la formación debe
abarcar todos los ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada.
Se ha de prever, por tanto, una preparación humana, cultural, espiritual
y pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración armónica
de los diferentes aspectos. A la formación inicial, entendida como un proceso
evolutivo que pasa por los diversos grados de la maduración personal —desde
el psicológico y espiritual al teológico y pastoral—, se debe reservar
un amplio espacio de tiempo. En el caso de las vocaciones al presbiterado,
viene a coincidir y a armonizarse con un programa específico de estudios,
como parte de un itinerario formativo más extenso.
El papel de los formadores y formadoras
66. Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del Espíritu, es el formador
por excelencia de quien se consagra a El. Pero en esta obra El se sirve
de la mediación humana, poniendo al lado de los que El llama algunos hermanos
y hermanas mayores. La formación es pues una participación en la acción
del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón de los jóvenes
y de las jóvenes los sentimientos del Hijo. Los formadores y las formadoras
deben ser, por tanto, personas expertas en los caminos que llevan a Dios,
para poder ser así capaces de acompañar a otros en este recorrido. Atentos
a la acción de la gracia, deben indicar aquellos obstáculos que a veces
no resultan con tanta evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la belleza
del seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste se concretiza.
A las luces de la sabiduría espiritual añadirán también aquellas que provienen
de los instrumentos humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo auténticamente libre.
El principal instrumento de formación es el coloquio personal, que ha de
tenerse con regularidad y cierta frecuencia, y que constituye una práctica
de comprobada e insustituible eficacia.De cara a tareas tan delicadas,
resulta verdaderamente importante la preparación de formadores idóneos,
que aseguren en su servicio una gran sintonía con el camino seguido por
toda la Iglesia. Será conveniente crear estructuras adecuadas para la formación
de los formadores, posiblemente en lugares que permitan el contacto
con la cultura en la que será ejercido después el propio servicio pastoral.
En esta obra formativa, los Institutos más arraigados ayuden a los de fundación
más reciente, mediante la aportación de algunos de sus mejores miembros.
Una formación comunitaria y apostólica
67. Puesto que la formación debe ser también comunitaria, su
lugar privilegiado, para los Institutos de vida religiosa y las Sociedades
de vida apostólica, es la comunidad. En ella se realiza la iniciación en
la fatiga y en el gozo de la convivencia. En la fraternidad cada uno aprende
a vivir con quien Dios ha puesto a su lado, aceptando tanto sus cualidades
positivas como sus diversidades y sus límites. Aprende especialmente a
compartir los dones recibidos para la edificación de todos, puesto que
« a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho
común » (1 Co 12, 7).Al mismo tiempo, la vida comunitaria, ya desde
la primera formación, debe mostrar la dimensión intrínsecamente misionera
de la consagración. Por ello, en los Institutos de vida consagrada, será
útil introducir durante el periodo de formación inicial, y con el prudente
acompañamiento del formador o formadora, experiencias concretas que permitan
ejercitar, en diálogo con la cultura circundante, las aptitudes apostólicas,
la capacidad de adaptación y el espíritu de iniciativa.Si de una parte
es importante que la persona consagrada se forme de modo progresivo una
conciencia evangélicamente crítica respecto a los valores y antivalores
de la cultura, tanto de la suya propia como de la que encontrará en el
futuro campo de trabajo, de otra debe ejercitarse en el difícil arte de
la unidad de vida, de la mutua compenetración de la caridad hacia Dios
y hacia los hermanos y hermanas, haciendo propia la experiencia de que
la oración es el alma del apostolado, pero también de que el apostolado
vivifica y estimula la oración.
Necesidad de una ratio completa y actualizada
68. Se recomienda también a los Institutos femeninos y a los masculinos,
por lo que se refiere a los religiosos hermanos, un periodo explícitamente
formativo, que se prolongue hasta la profesión perpetua. Esto vale substancialmente
también para las comunidades claustrales, que han de elaborar un programa
adecuado para lograr una auténtica formación para la vida contemplativa
y su peculiar misión en la Iglesia.Los Padres sinodales han invitado vivamente
a todos los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica
a elaborar cuanto antes una ratio institutionis, es decir, un proyecto
de formación inspirado en el carisma institucional, en el cual se presente
de manera clara y dinámica el camino a seguir para asimilar plenamente
la espiritualidad del propio Instituto. La ratio responde hoy a
una verdadera urgencia: de un lado indica el modo de transmitir el espíritu
del Instituto, para que sea vivido en su autenticidad por las nuevas generaciones,
en la diversidad de las culturas y de las situaciones geográficas; de otro,
muestra a las personas consagradas los medios para vivir el mismo espíritu
en las varias fases de la existencia, progresando hacia la plena madurez
de la fe en Cristo.Si bien es cierto que la renovación de la vida consagrada
depende principalmente de la formación, también es verdad que ésta, a su
vez, está unida a la capacidad de proponer un método rico de sabiduría
espiritual y pedagógica, que conduzca de manera progresiva a quienes desean
consagrarse a asumir los sentimientos de Cristo, el Señor. La formación
es un proceso vital a través del cual la persona se convierte al Verbo
de Dios desde lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el
arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo. En una época
de creciente marginación de los valores religiosos por parte de la cultura,
este aspecto de la formación resulta doblemente importante: gracias a él
la persona consagrada no sólo puede continuar a « ver » con los ojos de
la fe a Dios en un mundo que ignora su presencia, sino que consigue incluso
hacer « sensible » en cierto modo su presencia mediante el testimonio del
propio carisma.
La formación permanente
69. La formación permanente, tanto para los Institutos de vida apostólica
como para los de vida contemplativa, es una exigencia intrínseca de la
consagración religiosa. El proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce
a la fase inicial, puesto que, por la limitación humana, la persona consagrada
no podrá jamás suponer que ha completado la gestación de aquel hombre nuevo
que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la
vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial, por
tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando en el
sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su
vida.s muy importante, por tanto, que cada Instituto incluya, como parte
de la ratio institutionis, la definición de un proyecto de formación
permanente lo más preciso y sistemático posible, cuyo objetivo primario
sea el de acompañar a cada persona consagrada con un programa que abarque
toda su existencia. Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento
humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar
su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser considerada
tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida
y poder de este modo tener mayores garantías de perseverancia en la fidelidad,
ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa
madurez de la persona.
En un dinamismo de fidelidad
70. Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo y que tiene
que ver con el hecho de que el individuo busca y encuentra en cada ciclo
vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir
y de amar.n la vida consagrada, los primeros años de plena inserción
en la actividad apostólica representan una fase por sí misma crítica,
marcada por el paso de una vida guiada y tutelada a una situación de plena
responsabilidad operativa. Es importante que las personas consagradas
jóvenes sean alentadas y acompañadas por un hermano o una hermana que les
ayuden a vivir con plenitud la juventud de su amor y de su entusiasmo por
Cristo.La fase sucesiva puede presentar el riesgo de la rutina y
la consiguiente tentación de la desilusión por la escasez de los resultados.
Es necesario, pues, ayudar a las personas consagradas de media edad a revisar,
a luz del Evangelio y de la inspiración carismática, su opción originaria,
y a no confundir la totalidad de la entrega con la totalidad del resultado.
Esto permitirá dar nuevo empuje y nuevas motivaciones a la decisión tomada
en su día. Es la época de la búsqueda de lo esencial.En la fase de la
edad madura, junto con el crecimiento personal, puede presentarse el
peligro de un cierto individualismo, acompañado a veces del temor de
no estar adecuados a los tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerrazón,
o de relajación. La formación permanente tiene en este caso la función
de ayudar no sólo a recuperar un tono más alto de vida espiritual y apostólica,
sino también a descubrir la peculiaridad de esta fase existencial. En efecto,
en ella, una vez purificados algunos aspectos de la personalidad, el ofrecimiento
de sí se eleva a Dios con mayor pureza y generosidad, y revierte en los
hermanos y hermanas de manera más sosegada y discreta, a la vez que más
transparente y rica de gracia. Es el don y la experiencia de la paternidad
y maternidad espiritual.La edad avanzada presenta problemas nuevos,
que se han de afrontar previamente con un esmerado programa de apoyo espiritual.
El progresivo alejamiento de la actividad, la enfermedad en algunos casos
o la inactividad forzosa, son una experiencia que puede ser altamente formativa.
Aunque sea un momento frecuentemente doloroso, ofrece sin embargo a la
persona consagrada anciana la oportunidad de dejarse plasmar por la experiencia
pascual,conformándose a Cristo crucificado que cumple en todo la voluntad
del Padre y se abandona en sus manos hasta encomendarle el espíritu. Este
es un nuevo modo de vivir la consagración, que no está vinculado a la eficiencia
propia de una tarea de gobierno o de un trabajo apostólico.Cuando al fin
llega el momento de unirse a la hora suprema de la pasión del Señor,
la persona consagrada sabe que el Padre está llevando a cumplimiento en
ella el misterioso proceso de formación iniciado tiempo atrás. La muerte
será entonces esperada y preparada como acto de amor supremo y de entrega
total de sí mismo.Es necesario añadir que, independientemente de las varias
etapas de la vida, cada edad puede pasar por situaciones críticas bien
a causa de diversos factores externos —cambio de lugar o de oficio, dificultad
en el trabajo o fracaso apostólico, incomprensión, marginación, etc.—,
bien por motivos más estrictamente personales, como la enfermedad física
o psíquica, la aridez espiritual, lutos, problemas de relaciones interpersonales,
fuertes tentaciones, crisis de fe o de identidad, sensación de insignificancia,
u otros semejantes. Cuando la fidelidad resulta más difícil, es preciso
ofrecer a la persona el auxilio de una mayor confianza y un amor más grande,
tanto a nivel personal como comunitario. Se hace necesaria, sobre todo
en estos momentos, la cercanía afectuosa del Superior; mucho consuelo y
aliento viene también de la ayuda cualificada de un hermano o hermana,
cuya disponibilidad y premura facilitarán un redescubrimiento del sentido
de la alianza que Dios ha sido el primero en establecer y que no dejará
de cumplir. La persona que se encuentra en un momento de prueba logrará
de este modo acoger la purificación y el anonadamiento como aspectos esenciales
del seguimiento de Cristo crucificado. La prueba misma se revelará como
un instrumento providencial de formación en las manos del Padre, como lucha
no sólo psicológica, entablada por el yo en relación consigo mismo
y sus debilidades, sino también religiosa, marcada cada día por
la presencia de Dios y por la fuerza poderosa de la Cruz.
Dimensiones de la formación permanente
71. Puesto que el sujeto de la formación es la persona en cada fase
de la vida, el término de la formación es la totalidad del ser humano,
llamado a buscar y amar a Dios « con todo el corazón, con toda el alma
y con todas las fuerzas » (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo
(cf. Lv 19, 18; Mt 22, 37-39). El amor a Dios y a los hermanos
es un dinamismo vigoroso que puede inspirar constantemente el camino de
crecimiento y de fidelidad.La vida en el Espíritu tiene obviamente
la primacía: en ella la persona consagrada encuentra su identidad y experimenta
una serenidad profunda, crece en la atención a las insinuaciones cotidianas
de la Palabra de Dios, y se deja guiar por la inspiración originaria del
propio Instituto. Bajo la acción del Espíritu se defienden con denuedo
los tiempos de oración, de silencio, de soledad, y se implora de lo Alto
el don de la sabiduría en las fatigas diarias (cf. Sb 9, 10).La
dimensión humana y fraterna exige el conocimiento de sí mismo y de
los propios límites, para obtener el estímulo necesario y el apoyo en el
camino hacia la plena liberación. En el contexto actual revisten una particular
importancia la libertad interior de la persona consagrada, su integración
afectiva, la capacidad de comunicarse con todos, especialmente en la propia
comunidad, la serenidad de espíritu y la sensibilidad hacia aquellos que
sufren, el amor por la verdad y la coherencia efectiva entre el decir y
el hacer.La dimensión apostólica abre la mente y el corazón de la
persona consagrada, disponiéndola para el esfuerzo continuo de la acción,
como signo del amor de Cristo que la apremia (cf. 2 Co 5, 14). Esto
significa, en la práctica, la actualización de los métodos y de los objetivos
de las actividades apostólicas, en fidelidad al espíritu y al fin pretendido
por el fundador o fundadora, y a las tradiciones maduradas sucesivamente,
teniendo en cuenta las condiciones cambiantes de la historia y la cultura,
general o local, y del ambiente en que se actúa.La dimensión cultural
y profesional, fundada en una sólida formación teológica que capacite
al discernimiento, implica una actualización continua y una particular
atención a los diversos campos a los que se orienta cada uno de los carismas.
Es necesario por tanto mantener una mentalidad lo más flexible y abierta
posible, para que el servicio sea comprendido y desempeñado según las exigencias
del propio tiempo, sirviéndose de los instrumentos ofrecidos por el progreso
cultural.En la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos
los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una reflexión continua
sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica,
como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo
del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su misión,
con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria.
CAPITULO III
SERVITIUM CARITATIS
LA VIDA CONSAGRADA
EPIFANIA DEL AMOR DE DIOS EN EL MUNDO
Consagrados para la misión
. A imagen de Jesús, el Hijo predilecto « a quien el Padre ha santificado
y enviado al mundo » (Jn 10, 36), también aquellos a quienes Dios
llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para imitar
su ejemplo y continuar su misión. Esto vale fundamentalmente para todo
discípulo. Pero es válido en especial para cuantos son llamados a seguir
a Cristo « más de cerca » en la forma característica de la vida consagrada,
haciendo de El el « todo » de su existencia. En su llamada está incluida
por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún,
la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la
fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como lo ha sido
la vida entera de Jesús. La profesión de los consejos evangélicos, al hacer
a la persona totalmente libre para la causa del Evangelio, muestra también
la trascendencia que tiene para la misión. Se debe pues afirmar que la
misión es esencial para cada Instituto, no solamente en los de vida
apostólica activa, sino también en los de vida contemplativa.
En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo
en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal.
¡Este es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada!
Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante
en el mundo para la salvación de los hombres.Se puede decir por tanto que
la persona consagrada está « en misión » en virtud de su misma consagración,
manifestada según el proyecto del propio Instituto. Es obvio que, cuando
el carisma fundacional contempla actividades pastorales, el testimonio
de vida y las obras de apostolado o de promoción humana son igualmente
necesarias: ambas representan a Cristo, que es al mismo tiempo el consagrado
a la gloria del Padre y el enviado al mundo para la salvación de los hermanos
y hermanas.a vida religiosa, además, participa en la misión de Cristo con
otro elemento particular y propio: la vida fraterna en comunidad para
la misión. La vida religiosa será, pues, tanto más apostólica, cuanto
más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria
y más ardiente el compromiso en la misión específica del Instituto.
Al servicio de Dios y del hombre
73. La vida consagrada tiene la misión profética de recordar y servir
el designio de Dios sobre los hombres, tal como ha sido anunciado por
las Escrituras, y como se desprende de una atenta lectura de los signos
de la acción providencial de Dios en la historia. Es el proyecto de una
humanidad salvada y reconciliada (cf. Col 2, 20-22). Para realizar
adecuadamente este servicio, las personas consagradas han de poseer una
profunda experiencia de Dios y tomar conciencia de los retos del propio
tiempo, captando su sentido teológico profundo mediante el discernimiento
efectuado con la ayuda del Espíritu Santo. En realidad, tras los acontecimientos
de la historia se esconde frecuentemente la llamada de Dios a trabajar
según sus planes, con una inserción activa y fecunda en los acontecimientos
de nuestro tiempo.l discernimiento de los signos de los tiempos, como dice
el Concilio, ha de hacerse a la luz del Evangelio, de tal modo que se «
pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres sobre el sentido
de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas ».Es
necesario, pues, estar abiertos a la voz interior del Espíritu que invita
a acoger en lo más hondo los designios de la Providencia. El llama a la
vida consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas
del mundo de hoy. Son un reclamo divino del que sólo las almas habituadas
a buscar en todo la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir
después con valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original,
como con las exigencias de la situación histórica concreta.Ante los numerosos
problemas y urgencias que en ocasiones parecen comprometer y avasallar
incluso la vida consagrada, los llamados sienten la exigencia de llevar
en el corazón y en la oración las muchas necesidades del mundo entero,
actuando con audacia en los campos respectivos del propio carisma fundacional.
Su entrega deberá ser, obviamente, guiada por el discernimiento sobrenatural,
que sabe distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que le es contrario
(cf. Ga 5, 16-17.22; 1 Jn 4, 6). Mediante la fidelidad a
la Regla y a las Constituciones, conservan la plena comunión con la Iglesia.e
este modo la vida consagrada no se limitará a leer los signos de los tiempos,
sino que contribuirá también a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos
de evangelización para las situaciones actuales. Todo esto con la certeza,
basada en la fe, de que el Espíritu sabe dar las respuestas más apropiadas
incluso a las más espinosas cuestiones. Será bueno a este respecto recordar
algo que han enseñado siempre los grandes protagonistas del apostolado:
hay que confiar en Dios como si todo dependiese de El y, al mismo tiempo,
empeñarse con toda generosidad como si todo dependiera de nosotros.
Colaboración eclesial y espiritualidad apostólica
74. Se ha de hacer todo en comunión y en diálogo con las otras
instancias eclesiales. Los retos de la misión son de tal envergadura que
no pueden ser acometidos eficazmente sin la colaboración, tanto en el discernimiento
como en la acción, de todos los miembros de la Iglesia. Difícilmente los
individuos aislados tienen una respuesta completa: ésta puede surgir normalmente
de la confrontación y del diálogo. En particular, la comunión operativa
entre los diversos carismas asegurará, además de un enriquecimiento recíproco,
una eficacia más incisiva en la misión. La experiencia de estos años confirma
sobradamente que « el diálogo es el nuevo nombre de la caridad »,especialmente
de la caridad eclesial; el diálogo ayuda a ver los problemas en sus dimensiones
reales y permite abordarlos con mayores esperanzas de éxito. La vida consagrada,
por el hecho de cultivar el valor de la vida fraterna, representa una privilegiada
experiencia de diálogo. Por eso puede contribuir a crear un clima de aceptación
recíproca, en el que los diversos sujetos eclesiales, al sentirse valorizados
por lo que son, confluyan con mayor convencimiento en la comunión eclesial,
encaminada a la gran misión universal.Los Institutos comprometidos en una
u otra modalidad de servicio apostólico han de cultivar, en fin, una
sólida espiritualidad de la acción, viendo a Dios en todas las cosas,
y todas las cosas en Dios. En efecto, « se ha de saber que, como el buen
orden de la vida consiste en tender de la vida activa a la contemplativa,
también por lo general el alma vuelve útilmente de la vida contemplativa
a la activa para realizar con mayor perfección la vida activa, por lo mismo
que la vida contemplativa enfervoriza a la activa ».Jesús mismo nos ha
dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la comunión con el Padre y
una vida intensamente activa. Sin la tensión continua hacia esta unidad,
se corre el riesgo de un colapso interior, de desorientación y de desánimo.
La íntima unión entre contemplación y acción permitirá, hoy como ayer,
acometer las misiones más difíciles.
I. EL AMOR HASTA EL EXTREMO
Amar con el corazón de Cristo
75. « Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo. Durante la cena [...] se levanta de la mesa [...] se puso a
lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba
ceñido » (Jn 13, 1-2.4-5).En el gesto de lavar los pies a sus discípulos,
Jesús revela la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en El, Dios
mismo se pone al servicio de los hombres! El revela al mismo tiempo el
sentido de la vida cristiana y, con mayor motivo, de la vida consagrada,
que es vida de amor oblativo, de concreto y generoso servicio. Siguiendo
los pasos del Hijo del hombre, que « no ha venido a ser servido, sino a
servir » (Mt 20, 28), la vida consagrada, al menos en los mejores
períodos de su larga historia, se ha caracterizado por este « lavar los
pies », es decir, por el servicio, especialmente a los más pobres y necesitados.
Ella, por una parte, contempla el misterio sublime del Verbo en el seno
del Padre (cf. Jn 1, 1), mientras que, por otra, sigue al mismo
Verbo que se hace carne (cf. Jn 1, 14), se abaja, se humilla para
servir a los hombres. Las personas que siguen a Cristo en la vía de los
consejos evangélicos desean, también hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer
lo que El hizo.El llama continuamente a nuevos discípulos, hombres y mujeres,
para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu (cf. Rm 5, 5),
el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos a servir a los demás
en la entrega humilde de sí mismos, lejos de cualquier cálculo interesado.
A Pedro que, extasiado ante la luz de la Transfiguración, exclama: « Señor,
bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4), le invita a volver a los caminos
del mundo para continuar sirviendo el Reino de Dios: « Desciende, Pedro;
tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la Palabra,
insiste a tiempo y a destiempo, arguye y exhorta, increpa con toda longanimidad
y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos a fin de llegar, por
el brillo y hermosura de las obras hechas en caridad, a poseer eso que
simbolizan los blancos vestidos del Señor ».La mirada fija en el rostro
del Señor no atenúa en el apóstol el compromiso por el hombre; más bien
lo potencia, capacitándole para incidir mejor en la historia y liberarla
de todo lo que la desfigura.La búsqueda de la belleza divina mueve a las
personas consagradas a velar por la imagen divina deformada en los rostros
de tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre, rostros
desilusionados por promesas políticas; rostros humillados de quien ve despreciada
su propia cultura; rostros aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada;
rostros angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y humilladas;
rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida; rostros
de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna.La vida consagrada
muestra de este modo, con la elocuencia de las obras, que la caridad divina
es fundamento y estímulo del amor gratuito y operante. Bien convencido
de ello estaba san Vicente de Paúl cuando indicaba como programa de vida
a la Hijas de la Caridad el « entregarse a Dios para amar a Nuestro Señor
y servirlo material y espiritualmente en la persona de los pobres, en sus
casas o en otros sitios, para instruir a las jóvenes menesterosas, a los
niños y, en general, a todos aquellos que os manda la divina Providencia
».ntre los posibles ámbitos de la caridad, el que sin duda manifiesta en
nuestros días y por un título especial el amor al mundo « hasta el extremo
», es el anuncio apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo conocen,
a quienes lo han olvidado y, de manera preferencial, a los pobres.
Aportación específica de la vida consagrada a la evangelización
76. La aportación específica que los consagrados y consagradas ofrecen
a la evangelización está, ante todo, en el testimonio de una vida totalmente
entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador que, por amor
del hombre, se hizo siervo. En la obra de la salvación, en efecto, todo
proviene de la participación en el ágape divino. Las personas consagradas
hacen visible, en su consagración y total entrega, la presencia amorosa
y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión.Ellas,
dejándose conquistar por El (cf. Flp 3, 12), se disponen para convertirse,
en cierto modo, en una prolongación de su humanidad.La vida consagrada
es una prueba elocuente de que, cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor
se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la
misión y aceptando los mayores riesgos.
La primera evangelización: anunciar a Cristo a las gentes
77. Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a sus semejantes,
en los que reconoce otros tantos hermanos y hermanas. Precisamente por
eso no puede permanecer indiferente ante el hecho de que muchos de ellos
no conocen la plena manifestación del amor de Dios en Cristo. De aquí nace
principalmente, obedeciendo el mandato de Cristo, el impulso misionero
ad gentes, que todo cristiano consciente comparte con la Iglesia,
misionera por su misma naturaleza. Es un impulso sentido sobre todo por
los miembros de los Institutos, sean de vida contemplativa o activa.Las
personas consagradas, en efecto, tienen la tarea de hacer presente también
entre los no cristianosa Cristo casto, pobre, obediente, orante y misionero.En
virtud de su más íntima consagración a Dios,y permaneciendo dinámicamente
fieles a su carisma, no pueden dejar de sentirse implicadas en una singular
colaboración con la actividad misionera de la Iglesia. El deseo tantas
veces repetido de Teresa de Lisieux, « amarte y hacerte amar »; el anhelo
ardiente de san Francisco Javier: « Así como van estudiando en letras,
si estudiasen en la cuenta de que Dios, nuestro Señor, les demandará de
ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando
medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas
la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones,
diciendo: ?Aquí estoy, Señor, ?qué debo hacer? Envíame a donde quieras'
»;así como otros testimonios parecidos de innumerables almas santas, manifiestan
la irrenunciable tensión misionera que distingue y caracteriza la vida
consagrada.
Presentes en todos los rincones de la tierra
78. « El amor de Cristo nos apremia » (2 Co 5, 14): los miembros
de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser
tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar
y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas
partes, hasta las regiones más lejanas.De hecho, la historia misionera
testimonia la gran aportación que han dado a la evangelización de los pueblos:
desde las antiguas Familias monásticas hasta las más recientes Fundaciones
dedicadas de manera exclusiva a la misión ad gentes, desde los Institutos
de vida activa a los de vida contemplativa,innumerables personas han gastado
sus energías en esta « actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca
concluida »,puesto que se dirige a la multitud creciente de aquellos que
no conocen a Cristo.Este deber continúa urgiendo hoy a los Institutos de
vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica: el anuncio del Evangelio
de Cristo espera de ellos la máxima aportación posible. También los Institutos
que surgen y que operan en las Iglesias jóvenes están invitados a abrirse
a la misión entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A pesar
de las comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar,
conviene recordar a todos que, así como « la fe se fortalece dándola »,también
la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo
y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la actividad
misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de vida
consagrada.La misión ad gentes ofrece especiales y extraordinarias
oportunidades a las mujeres consagradas, a los religiosos hermanos y a
los miembros de Institutos seculares, para una acción apostólica particularmente
incisiva. Estos últimos, además, con su presencia en los diversos ámbitos
típicos de la vida laical, pueden desarrollar una preciosa labor de evangelización
de los ambientes, de las estructuras y de las mismas leyes que regulan
la convivencia. Ellos pueden también testimoniar los valores evangélicos
estando al lado de personas que no conocen aún a Jesús, contribuyendo de
este modo específico a la misión.Se ha de subrayar que en los países donde
tienen amplia raigambre religiones no cristianas, la presencia de la vida
consagrada adquiere una gran importancia, tanto con actividades educativas,
caritativas y culturales, como con el signo de la vida contemplativa. Por
esto se debe alentar de manera especial la fundación en la nuevas Iglesias
de comunidades entregadas a la contemplación, dado que « la vida contemplativa
pertenece a la plenitud de la presencia de la Iglesia ».Es preciso, además,
promover con medios adecuados una distribución equitativa de la vida consagrada
en sus varias formas, para suscitar un nuevo impulso evangelizador, bien
con el envío de misioneros y misioneras, bien con la debida ayuda de los
Institutos de vida consagrada a las diócesis más pobres.
Anuncio de Cristo e inculturación
79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad permanente en la misión
de la Iglesiay tiende a la conversión, esto es, a la adhesión plena y sincera
a Cristo y a su Evangelio.Forman parte también de la actividad misionera
el proceso de inculturación y el diálogo interreligioso. El reto de la
inculturación ha de ser asumido por las personas consagradas como una llamada
a colaborar con la gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas.
Esto supone una seria preparación personal, dotes de maduro discernimiento,
adhesión fiel a los indispensables criterios de ortodoxia doctrinal, de
autenticidad y de comunión eclesial.Apoyados en el carisma de los fundadores
y fundadoras, muchas personas consagradas han sabido acercarse a las diversas
culturas con la actitud de Jesús que « se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo » (Flp 2, 7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo,
han establecido provechosos contactos con las gentes más diversas, anunciando
a todos el camino de la salvación. Cuántas de ellas saben buscar y son
capaces de encontrar en la historia de las personas y de los pueblos huellas
de la presencia de Dios, que guía a la humanidad entera hacia el discernimiento
de los signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es ventajosa para
las mismas personas consagradas: en efecto, los valores descubiertos en
las diversas civilizaciones pueden animarlas a incrementar su compromiso
de contemplación y de oración, a practicar más intensamente el compartir
comunitario y la hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el interés
por la persona y el respeto por la naturaleza.Para una auténtica inculturación
es necesaria una actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y vino
con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida consagrada
prepara a las personas para hacer frente a la compleja y ardua tarea de
la inculturación, porque las habitúa al desprendimiento de las cosas, incluidos
muchos aspectos de la propia cultura. Aplicándose con estas actitudes al
estudio y a la comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir
mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden ser acogidos
y perfeccionados, con ayuda del propio carisma.De todos modos, no se ha
de olvidar que en muchas culturas antiguas la expresión religiosa está
de tal modo integrada en ellas, que la religión representa frecuentemente
la dimensión trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera
inculturación comporta necesariamente un serio y abierto diálogo interreligioso,
que « no está en contraposición con la misión ad gentes: y que no
dispensa de la evangelización ».
Inculturación de la vida consagrada
80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí portadora de valores
evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con autenticidad,
puede ofrecer una aportación original a los retos de la inculturación.
En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida
consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la conciencia
de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su propia fuerza profética
se convierte, en el entramado de una cultura, en fermento evangélico capaz
de purificarla y hacerla evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos
santos y santas que, en épocas diversas, han sabido vivir en el propio
tiempo sin dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su generación.
El estilo de vida evangélico es una fuente importante para proponer un
nuevo modelo cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de
ciertas exigencias de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun
con las limitaciones que ellos mismos han reconocido, se ha convertido
en una propuesta cultural innovadora.Las comunidades de los Institutos
religiosos y de las Sociedades de vida apostólica pueden plantear perspectivas
culturales concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico
de vivir la acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio de la autoridad,
la común participación en los bienes materiales y espirituales, la internacionalidad,
la colaboración intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres
de nuestro tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue
a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura
de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia
que sólo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A su vez, una auténtica
inculturación ayudará a las personas consagradas a vivir el radicalismo
evangélico según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del
pueblo con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación surgirán
estilos de vida y métodos pastorales que pueden ser una riqueza para todo
el Instituto, si se demuestran coherentes con el carisma fundacional y
con la acción unificadora del Espíritu Santo. En este proceso, hecho de
discernimiento y de audacia, de diálogo y de provocación evangélica, la
Santa Sede es una garantía para seguir el recto camino, y a ella compete
la función de animar la evangelización de las culturas, de autentificar
su desarrollo, y de sancionar los logros en orden a la inculturación,tarea
ésta « difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia
al Evangelio y a la tradición apostólica en la evolución constante de las
culturas ».
La nueva evangelización
81. Para hacer frente de manera adecuada a los grandes desafíos que
la historia actual pone a la nueva evangelización, se requiere que la vida
consagrada se deje interpelar continuamente por la Palabra revelada y por
los signos de los tiempos.El recuerdo de las grandes evangelizadoras y
de los grandes evangelizadores, que fueron antes grandes evangelizados,
pone de manifiesto cómo, para afrontar el mundo de hoy hacen falta personas
entregadas amorosamente al Señor y a su Evangelio. « Las personas consagradas,
en virtud de su vocación específica, están llamadas a manifestar la unidad
entre autoevangelización y testimonio, entre renovación interior y apostólica,
entre ser y actuar, poniendo de relieve que el dinamismo deriva siempre
del primer elemento del binomio ».La nueva evangelización, como la de siempre,
será eficaz si sabe proclamar desde los tejados lo que ha vivido en la
intimidad con el Señor. Para ello se requieren personalidades sólidas,
animadas por el fervor de los santos. La nueva evangelización exige de
los consagrados y consagradas una plena conciencia del sentido teológico
de los retos de nuestro tiempo. Estos retos han de ser examinados con
cuidadoso y común discernimiento, para lograr una renovación de la misión.
La audacia con que se anuncia al Señor Jesús debe estar acompañada de la
confianza en la acción de la Providencia, que actúa en el mundo y que «
hace que todas las cosas, incluso los fracasos del hombre, contribuyan
al bien de la Iglesia ».ara una provechosa inserción de los Institutos
en el proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad al
carisma fundacional, la comunión con todos aquellos que en la Iglesia están
comprometidos en la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la
cooperación con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un serio
discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto,
tanto en aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos
inmediatos, como en otras zonas donde se percibe un rebrote esperanzador.
Las personas consagradas han de ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús
en todo tiempo y lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica
a los interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón humano y
de sus necesidades más urgentes.
Predilección por los pobres y promoción de la justicia
82. En los comienzos de su ministerio, Jesús proclama, en la sinagoga
de Nazaret, que el Espíritu lo ha consagrado para llevar a los pobres la
Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos, restituir la vista
a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos, y predicar un año de gracia
del Señor (cf. Lc 4, 16-19). Haciendo propia la misión del Señor,
la Iglesia anuncia el Evangelio a todos los hombres y mujeres, para su
salvación integral. Pero se dirige con una atención especial, con una auténtica
« opción preferencial », a quienes se encuentran en una situación de
mayor debilidad y, por tanto, de más grave necesidad. « Pobres », en
las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados,
los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados
como los « últimos » en la sociedad.La opción por los pobres es inherente
a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados
todos los discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir
al Señor más de cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados
en ella de una manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta
al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres y abrazar la causa de
los pobres. Esto comporta para cada Instituto, según su carisma específico,
la adopción de un estilo de vida humilde y austero, tanto personal
como comunitariamente. Las personas consagradas, cimentadas en este testimonio
de vida, estarán en condiciones de denunciar, de la manera más adecuada
a su propia opción y permaneciendo libres de ideologías políticas, las
injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas de Dios, y de comprometerse
en la promoción de la justicia en el ambiente social en el que actúan.De
este modo, incluso en las actuales situaciones será renovada, a través
del testimonio de innumerables personas consagradas, la entrega que caracterizó
a fundadores y fundadoras que gastaron su vida para servir al Señor presente
en los pobres. En efecto, Cristo « es indigente aquí en la persona de sus
pobres [...]. En cuanto Dios, rico; en cuanto hombre pobre. Cierto ese
Hombre subió ya rico al cielo donde se halla sentado a la derecha del Padre;
mas aquí, entre nosotros, todavía padece hambre, sed y desnudez ».l Evangelio
se hace operante mediante la caridad, que es gloria de la Iglesia y signo
de su fidelidad al Señor. Lo demuestra toda la historia de la vida consagrada,
que se puede considerar como una exégesis viviente de la palabra de Jesús:
« Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis » (Mt 25, 40). Muchos Institutos, especialmente en la
época moderna, han surgido precisamente para atender a una u otra necesidad
de los pobres. Pero aun en los casos en que ésta no haya sido la finalidad
determinante, la atención y la solicitud por los necesitados, manifestada
a través de la oración, la acogida y la hospitalidad, han acompañado naturalmente
las diversas formas de vida consagrada, incluidas las de vida contemplativa.
?Cómo podría ser de otro modo, desde el momento en que el Cristo descubierto
en la contemplación es el mismo que vive y sufre en los pobres? En este
sentido la historia de la vida consagrada es rica de maravillosos ejemplos,
a veces geniales. San Paulino de Nola, después de haber distribuido sus
bienes para consagrarse enteramente a Dios, hizo levantar las celdas de
su monasterio sobre un hospicio destinado precisamente a los menesterosos.
El gozaba al pensar en este singular « intercambio de dones »: los pobres
que él socorría afianzaban con sus plegarias los « fundamentos » mismos
de su casa, entregada totalmente a la alabanza de Dios.A san Vicente de
Paúl, por su parte, le gustaba decir que, cuando se está obligado a dejar
la oración para atender a un pobre en necesidad, en realidad la oración
no se interrumpe, porque « se deja a Dios por Dios ».ervir a los pobres
es un acto de evangelización y, al mismo tiempo, signo de autenticidad
evangélica y estímulo de conversión permanente para la vida consagrada,
puesto que, como dice san Gregorio Magno, « cuando uno se abaja a lo más
bajo de sus prójimos, entonces se eleva admirablemente a la más alta caridad,
ya que si con benignidad desciende a lo inferior, valerosamente retorna
a lo superior ».
El cuidado de los enfermos
83. Siguiendo una gloriosa tradición, un gran número de personas consagradas,
sobre todo mujeres, ejercen su apostolado en el sector de la sanidad según
el carisma del propio Instituto. Muchas son las personas consagradas que
han sacrificado su vida a lo largo de los siglos en el servicio
a las víctimas de enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega
hasta el heroísmo pertenece a la índole profética de la vida consagrada.La
Iglesia admira y agradece a las personas consagradas que, asistiendo a
los enfermos y a los que sufren, contribuyen de manera significativa a
su misión. Prolongan el ministerio de misericordia de Cristo, que pasó
« haciendo el bien y curando a todos » (Hch 10, 38). Que, siguiendo
las huellas de Cristo, divino Samaritano, médico del cuerpo y del alma,y
a ejemplo de los respectivos fundadores y fundadoras, las personas consagradas
que se dedican a estos menesteres en virtud del carisma del propio Instituto,
perseveren en su testimonio de amor hacia los enfermos, dedicándose a ellos
con profunda comprensión y participación. Que en sus decisiones otorguen
un lugar privilegiado a los enfermos más pobres y abandonados, así como
a los ancianos, incapacitados, marginados, enfermos terminales y víctimas
de la droga y de las nuevas enfermedades contagiosas. Han de fomentar que
los enfermos ofrezcan su dolor en comunión con Cristo crucificado y glorificado
para la salvación de todosy, más aún, que alimenten en ellos la conciencia
de ser, con la palabra y con las obras, sujetos activos de pastoral
a través del peculiar carisma de la cruz.a Iglesia también recuerda a los
consagrados y consagradas que es parte de su misión el evangelizar los
ambientes sanitarios en que trabajan, tratando de iluminar, a través
de la comunicación de los valores evangélicos, el modo de vivir, sufrir
y morir de los hombres de nuestro tiempo. Es tarea propia dedicarse a la
humanización de la medicina y a la profundización de la bioética, al servicio
del Evangelio de la vida. Que promuevan por tanto, ante todo, el respeto
de la persona y de la vida humana desde la concepción hasta su término
natural, en plena conformidad con las enseñanzas morales de la Iglesia,instituyendo
también para ello centros de formacióny colaborando fraternalmente con
los organismos eclesiales de la pastoral sanitaria.
II. UN TESTIMONIO PROFETICO ANTE LOS GRANDES RETOS
El profetismo de la vida consagrada
84. Los Padres sinodales han destacado el carácter profético de la vida
consagrada, como una forma de especial participación en la función profética
de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios.
Es un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto tal, por el radical
seguimiento de Jesús y la consiguiente entrega a la misión que la caracteriza.
La función de signo, que el Concilio Vaticano II reconoce a la vida consagrada,se
manifiesta en el testimonio profético de la primacía de Dios y de los valores
evangélicos en la vida cristiana. En virtud de esta primacía no se puede
anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que
El vive.a tradición patrística ha visto una figura de la vida religiosa
monástica en Elías, profeta audaz y amigo de Dios.Vivía en su presencia
y contemplaba en silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba
con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía en
defensa de los pobres contra los poderosos del mundo (cf. 1 Re 18-19).
En la historia de la Iglesia, junto con otros cristianos, no han faltado
hombres y mujeres consagrados a Dios que, por un singular don del Espíritu,
han ejercido un auténtico ministerio profético, hablando a todos en nombre
de Dios, incluso a los Pastores de la Iglesia. La verdadera profecía
nace de Dios, de la amistad con El, de la escucha atenta de su Palabra
en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder
en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la
palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios
y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el
pecado. El testimonio profético exige la búsqueda apasionada y constante
de la voluntad de Dios, la generosa e imprescindible comunión eclesial,
el ejercicio del discernimiento espiritual y el amor por la verdad. También
se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad
de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para
la construcción del Reino de Dios.
Su importancia para el mundo contemporáneo
85. En nuestro mundo, en el que parece haberse perdido el rastro de
Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte de las personas
consagradas. Un testimonio ante todo de la afirmación de la primacía
de Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento
y de la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado
a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas. La misma vida
fraterna es un acto profético, en una sociedad en la que se esconde, a
veces sin darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras.
La fidelidad al propio carisma conduce a las personas consagradas a dar
por doquier un testimonio cualificado, con la lealtad del profeta que no
teme arriesgar incluso la propia vida.Una especial fuerza persuasiva de
la profecía deriva de la coherencia entre el anuncio y la vida.
Las personas consagradas serán fieles a su misión en la Iglesia y en el
mundo en la medida que sean capaces de hacer un examen continuo de sí mismas
a la luz de la Palabra de Dios.De este modo podrán enriquecer a los demás
fieles con los bienes carismáticos recibidos, dejándose interpelar a su
vez por las voces proféticas provenientes de los otros miembros eclesiales.
En este intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía con
el Magisterio y la disciplina de la Iglesia, brillará la acción del
Espíritu Santo que « la une en la comunión y el servicio, la construye
y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos ».
Fidelidad hasta el martirio
86. En este siglo, como en otras épocas de la historia, hombres y mujeres
consagrados han dado testimonio de Cristo, el Señor, con la entrega
de la propia vida. Son miles los que obligados a vivir en clandestinidad
por regímenes totalitarios o grupos violentos, obstaculizados en las actividades
misioneras, en la ayuda a los pobres, en la asistencia a los enfermos y
marginados, han vivido y viven su consagración con largos y heroicos padecimientos,
llegando frecuentemente a dar su sangre, en perfecta conformación con Cristo
crucificado. La Iglesia ha reconocido ya oficialmente la santidad de algunos
de ellos y los honra como mártires de Cristo, que nos iluminan con su ejemplo,
interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la gloria.Es de desear
vivamente que permanezca en la conciencia de la Iglesia la memoria de tantos
testigos de la fe, como incentivo para su celebración y su imitación. Los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica han de
contribuir a esta tarea recogiendo los nombres y los testimonios
de las personas consagradas que puedan ser inscritas en el Martirologio
del siglo XX.
Los grandes retos de la vida consagrada
87. El cometido profético de la vida consagrada surge de tres desafíos
principales dirigidos a la Iglesia misma: son desafíos de siempre,
que la sociedad contemporánea, al menos en algunas partes del mundo, lanza
con formas nuevas y tal vez más radicales. Atañen directamente a los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y alientan a la Iglesia
y especialmente a las personas consagradas a clarificar y dar testimonio
de su profundo significado antropológico. En efecto, la elección
de estos consejos lejos de ser un empobrecimiento de los valores auténticamente
humanos, se presenta más bien como una transfiguración de los mismos. Los
consejos evangélicos no han de ser considerados como una negación de los
valores inherentes a la sexualidad, al legítimo deseo de disponer de los
bienes materiales y de decidir autónomamente de sí mismo. Estas inclinaciones,
en cuanto fundadas en la naturaleza, son buenas en sí mismas. La criatura
humana, no obstante, al estar debilitada por el pecado original, corre
el peligro de secundarlas de manera desordenada. La profesión de castidad,
pobreza y obediencia supone una voz de alerta para no infravalorar las
heridas producidas por el pecado original, al mismo tiempo que, aun afirmando
el valor de los bienes creados, los relativiza, presentando a Dios
como el bien absoluto. Así, aquellos que siguen los consejos evangélicos,
al mismo tiempo que buscan la propia santificación, proponen, por así decirlo,
una « terapia espiritual » para la humanidad, puesto que rechazan la idolatría
de las criaturas y hacen visible de algún modo al Dios viviente. La vida
consagrada, especialmente en los momentos de dificultad, es una bendición
para la vida humana y para la misma vida eclesial.
El reto de la castidad consagrada
88. La primera provocación proviene de una cultura edonística
que deslinda la sexualidad de cualquier norma moral objetiva, reduciéndola
frecuentemente a mero juego y objeto de consumo, transigiendo, con la complicidad
de los medios de comunicación social, con una especie de idolatría del
instinto. Sus consecuencias están a la vista de todos: prevaricaciones
de todo tipo, a las que siguen innumerables daños psíquicos y morales para
los individuos y las familias. La respuesta de la vida consagrada
consiste ante todo en la práctica gozosa de la castidad perfecta,
como testimonio de la fuerza del amor de Dios en la fragilidad de la condición
humana. La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible
es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús. Sí,
¡en Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndolo por encima
de cualquier otro amor, y amar así con la libertad de Dios a todas las
criaturas! Este testimonio es necesario hoy más que nunca, precisamente
porque es algo casi incomprensible en nuestro mundo. Es un testimonio que
se ofrece a cada persona —a los jóvenes, a los novios, a los esposos y
a las familias cristianas— para manifestar que la fuerza del amor de
Dios puede obrar grandes cosas precisamente en las vicisitudes del
amor humano, que trata de satisfacer una creciente necesidad de trasparencia
interior en las relaciones humanas.Es necesario que la vida consagrada
presente al mundo de hoy ejemplos de una castidad vivida por hombres y
mujeres que demuestren equilibrio, dominio de sí mismos, iniciativa, madurez
psicológica y afectiva.Gracias a este testimonio se ofrece al amor humano
un punto de referencia seguro, que la persona consagrada encuentra en la
contemplación del amor trinitario, que nos ha sido revelado en Cristo.
Precisamente porque está inmersa en este misterio, la persona consagrada
se siente capaz de un amor radical y universal, que le da la fuerza del
autodominio y de la disciplina necesarios para no caer en la esclavitud
de los sentidos y de los instintos. La castidad consagrada aparece de este
modo como una experiencia de alegría y de libertad. Iluminada por la fe
en el Señor resucitado y por la esperanza en los nuevos cielos y la nueva
tierra (cf. Ap 21, 1), ofrece también estímulos valiosos para la
educación en la castidad propia de otros estados de vida.
El reto de la pobreza
89. Otra provocación está hoy representada por un materialismo
ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos
de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio
de los recursos de la naturaleza. La respuesta de la vida consagrada
está en la profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras
diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción
de la solidaridad y de la caridad.¡Cuántos Institutos se dedican a la educación,
a la instrucción y formación profesional, preparando a los jóvenes y a
los no tan jóvenes para ser protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas
consagradas se desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los últimos
de la tierra! ¡Cuántas se afanan en formar a los futuros educadores y responsables
de la vida social, de tal modo que éstos se comprometan en la supresión
de las estructuras opresivas y a promover proyectos de solidaridad en favor
de los pobres! Estas personas consagradas luchan para vencer el hambre
y sus causas, animando las actividades del voluntariado y de las organizaciones
humanitarias, y sensibilizando a los organismos públicos y privados para
propiciar así una equitativa distribución de las ayudas internacionales.
Mucho deben las naciones a estos agentes emprendedores de la caridad que,
con su incansable generosidad, han dado y siguen dando una significativa
aportación a la humanización del mundo.
La pobreza evangélica al servicio de los pobres
90. En realidad, antes aún de ser un servicio a los pobres, la pobreza
evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las
Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre.Su primer significado,
en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza
del corazón humano. Pero justamente por esto, la pobreza evangélica contesta
enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz profética
en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el
peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo
de las cosas. Por este motivo, hoy más que en otros tiempos, esta voz atrae
la atención de aquellos que, conscientes de los limitados recursos de nuestro
planeta, propugnan el respeto y la defensa de la naturaleza creada mediante
la reducción del consumo, la sobriedad y una obligada moderación de los
propios apetitos.Se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo y decidido
testimonio evangélico de abnegación y de sobriedad, un estilo de vida fraterna
inspirado en criterios de sencillez y de hospitalidad, para que sean así
un ejemplo también para todos los que permanecen indiferentes ante las
necesidades del prójimo. Este testimonio acompañará naturalmente el amor
preferencial por los pobres, y se manifestará de manera especial en
el compartir las condiciones de vida de los más desheredados. No son pocas
las comunidades que viven y trabajan entre los pobres y los marginados,
compartiendo su condición y participando de sus sufrimientos, problemas
y peligros.Páginas importantes de la historia de la solidaridad evangélica
y de la entrega heroica han sido escritas por personas consagradas en estos
años de cambios profundos y de grandes injusticias, de esperanzas y desilusiones,
de importantes conquistas y de amargas derrotas. Otras páginas no menos
significativas han sido y están siendo escritas aún hoy por innumerables
personas consagradas que viven plenamente su vida « oculta con Cristo en
Dios » (Col 3, 3) para la salvación del mundo, bajo el signo de
la gratuidad, de la entrega de la propia vida a causas poco reconocidas
y aún menos vitoreadas. A través de estas formas, diversas y complementarias,
la vida consagrada participa de la extrema pobreza abrazada por el Señor,
y desempeña su papel específico en el misterio salvífico de su encarnación
y de su muerte redentora.
El reto de la libertad en la obediencia
91. La tercera provocación proviene de aquellas concepciones
de libertad que, en esta fundamental prerrogativa humana, prescinden
de su relación constitutiva con la verdad y con la norma moral.En realidad,
la cultura de la libertad es un auténtico valor, íntimamente unido con
el respeto de la persona humana. Pero, ?cómo no ver las terribles consecuencias
de injusticia e incluso de violencia a las que conduce, en la vida de las
personas y de los pueblos, el uso deformado de la libertad?Una respuesta
eficaz a esta situación es la obediencia que caracteriza la vida consagrada.
Esta hace presente de modo particularmente vivo la obediencia de Cristo
al Padre y, precisamente basándose en este misterio, testimonia que no
hay contradicción entre obediencia y libertad. En efecto, la actitud
del Hijo desvela el misterio de la libertad humana como camino de obediencia
a la voluntad del Padre, y el misterio de la obediencia como camino para
lograr progresivamente la verdadera libertad. Esto es lo que quiere expresar
la persona consagrada de manera específica con este voto, con el cual pretende
atestiguar la conciencia de una relación de filiación, que desea asumir
la voluntad paterna como alimento cotidiano (cf. Jn 4, 34), como
su roca, su alegría, su escudo y baluarte (cf. Sal 1817, 3). Demuestra
así que crece en la plena verdad de sí misma permaneciendo unida a la fuente
de su existencia y ofreciendo el mensaje consolador: « Mucha es la paz
de los que aman tu ley, no hay tropiezo para ellos » (Sal 119118,
165).
Cumplir juntos la voluntad del Padre
92. Este testimonio de las personas consagradas tiene un significado
particular en la vida religiosa por la dimensión comunitaria que
la caracteriza. La vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir
y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en unión de espíritu y de
corazón. La obediencia, vivificada por la caridad, une a los miembros de
un Instituto en un mismo testimonio y en una misma misión, aun respetando
la propia individualidad y la diversidad de dones. En la fraternidad animada
por el Espíritu, cada uno entabla con el otro un diálogo precioso para
descubrir la voluntad del Padre, y todos reconocen en quien preside la
expresión de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida
de El, al servicio del discernimiento y de la comunión.a vida de comunidad
es además, de modo particular, signo, ante la Iglesia y la sociedad, del
vínculo que surge de la misma llamada y de la voluntad común de obedecerla,
por encima de cualquier diversidad de raza y de origen, de lengua y cultura.
Contra el espíritu de discordia y división, la autoridad y la obediencia
brillan como un signo de la única paternidad que procede de Dios, de la
fraternidad nacida del Espíritu, de la libertad interior de quien se fía
de Dios a pesar de los límites humanos de los que lo representan. Mediante
esta obediencia, asumida por algunos como regla de vida, se experimenta
y anuncia en favor de todos la bienaventuranza prometida por Jesús a «
los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (Lc 11, 28). Además,
quien obedece tiene la garantía de estar en misión, siguiendo al Señor
y no buscando los propios deseos o expectativas. Así es posible sentirse
guiados por el Espíritu del Señor y sostenidos, incluso en medio de grandes
dificultades, por su mano segura (cf. Hch 20, 22s).
Un decidido compromiso de vida espiritual
93. Una de las preocupaciones manifestadas varias veces en el Sínodo
ha sido el que la vida consagrada se nutra en las fuentes de una sólida
y profunda espiritualidad. Se trata, en efecto, de una exigencia prioritaria
radicada en la esencia misma de la vida consagrada, desde el momento que,
como cualquier bautizado pero por motivos aún más apremiantes, quien profesa
los consejos evangélicos está obligado a aspirar con todas sus fuerzas
a la perfección de la caridad.Este es un compromiso subrayado vigorosamente
por los innumerables ejemplos de santos fundadores y fundadoras, y de tantas
personas consagradas que han testimoniado la fidelidad a Cristo hasta llegar
al martirio. Aspirar a la santidad: este es en síntesis el programa de
toda vida consagrada, también en la perspectiva de su renovación en los
umbrales del tercer milenio. Un programa que debe empezar dejando todo
por Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19, 21.27; Lc 5, 11), anteponiéndolo
a cualquier otra cosa para poder participar plenamente en su misterio pascual.San
Pablo lo había entendido bien cuando exclamaba: « Juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús [...] y conocerle a
El, el poder de su resurrección » (Flp 3, 8.10). Es también la senda
indicada desde el principio por los Apóstoles, como recuerda la tradición
cristiana en Oriente y en Occidente: « Los que actualmente siguen a Jesús
abandonándolo todo por El, imitan a los Apóstoles que, respondiendo a su
invitación, renunciaron a todo lo demás. Por esta razón tradicionalmente
se suele hablar de la vida religiosa como apostolica vivendi forma
».La misma tradición ha puesto también de relieve en la vida consagrada
la dimensión de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una alianza
esponsal con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su ejemplo (cf.
1 Co 7, 7) y con su doctrina proclamada bajo la guía del Espíritu
(cf. 1 Co 7, 40).Podemos decir que la vida espiritual, entendida
como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva
fidelidad, en el que la persona consagrada es guiada por el Espíritu y
conformada por El a Cristo, en total comunión de amor y de servicio en
la Iglesia.Todos estos elementos, calando hondo en las varias formas de
vida consagrada, generan una espiritualidad peculiar, esto es, un
proyecto preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante, caracterizado
por peculiares dinamismos espirituales y por opciones operativas que resaltan
y representan uno u otro aspecto del único misterio de Cristo. Cuando la
Iglesia reconoce una forma de vida consagrada o un Instituto, garantiza
que en su carisma espiritual y apostólico se dan todos los requisitos objetivos
para alcanzar la perfección evangélica personal y comunitaria.La vida espiritual,
por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de las Familias de
vida consagrada, de tal modo que cada Instituto y cada comunidad aparezcan
como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria,
desarrollada en el compromiso personal y comunitario, depende la fecundidad
apostólica, la generosidad en el amor a los pobres y el mismo atractivo
vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede conmover a las personas
de nuestro tiempo, también sedientas de valores absolutos, es precisamente
la cualidad espiritual de la vida consagrada, que se transforma
así en un fascinante testimonio.
A la escucha de la Palabra de Dios
94. La Palabra de Dios es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana.
Ella alimenta una relación personal con el Dios vivo y con su voluntad
salvífica y santificadora. Por este motivo la lectio divina ha sido
tenida en la más alta estima desde el nacimiento de los Institutos de vida
consagrada, y de manera particular en el monacato. Gracias a ella, la Palabra
de Dios llega a la vida, sobre la cual proyecta la luz de la sabiduría
que es don del Espíritu. Aun cuando toda la Sagrada Escritura sea « útil
para enseñar » (2 Tm 3, 16) y « fuente límpida y perenne de vida
espiritual »,una particular veneración merecen los escritos del Nuevo Testamento,
sobre todo los Evangelios, que son « el corazón de todas las Escrituras
».Será, pues, de gran ayuda para las personas consagradas la meditación
asidua de los textos evangélicos y de los demás escritos neotestamentarios,
que ilustran las palabras y los ejemplos de Cristo y de la Virgen María,
y la apostolica vivendi forma. A ellos se han referido constantemente
fundadores y fundadoras a la hora de acoger la vocación y de discernir
el carisma y la misión del propio Instituto.La meditación comunitaria
de la Biblia tiene un gran valor. Hecha según las posibilidades y las circunstancias
de la vida de comunidad, lleva al gozo de compartir la riqueza descubierta
en la Palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las hermanas crecen
juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual. Conviene incluso
que se proponga esta práctica también a los otros miembros del Pueblo de
Dios, sacerdotes y laicos, promoviendo del modo más acorde al propio carisma
escuelas de oración, de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura,
en la que Dios « habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11;
Jn 15, 14-15), trata con ellos (Ba 3, 38) para invitarlos
y recibirlos en su compañía ».omo enseña la tradición espiritual, de la
meditación de la Palabra de Dios, y de los misterios de Cristo en particular,
nace la intensidad de la contemplación y el ardor de la actividad apostólica.
Tanto en la vida religiosa contemplativa como en la activa, siempre han
sido los hombres y mujeres de oración quienes, como auténticos intérpretes
y ejecutores de la voluntad de Dios, han realizado grandes obras. Del contacto
asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para el discernimiento
personal y comunitario que les ha servido para buscar los caminos del Señor
en los signos de los tiempos. Han adquirido así una especie de instinto
sobrenatural que ha hecho posible el que, en vez de doblegarse a la
mentalidad del mundo, hayan renovado la propia mente, para poder discernir
la voluntad de Dios, aquello que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto
(cf. Rm 12, 2).
En comunión con Cristo
95. El medio fundamental para alimentar eficazmente la comunión con
el Señor es sin duda la sagrada liturgia, especialmente la Celebración
eucarística y la Liturgia de las Horas.Ante todo la Eucaristía,
que « contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres »,corazón
de la vida eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha sido llamado
a elegir a Cristo como único sentido de su vida en la profesión de los
consejos evangélicos, ?cómo podría no desear instaurar con El una comunión
cada vez más íntima mediante la participación diaria en el Sacramento que
lo hace presente, en el sacrificio que actualiza su entrega de amor en
el Gólgota, en el banquete que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino?
Por su naturaleza la Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada,
personal y comunitaria. Ella es viático cotidiano y fuente de la espiritualidad
de cada Instituto. En ella cada consagrado está llamado a vivir el misterio
pascual de Cristo, uniéndose a El en el ofrecimiento de la propia vida
al Padre mediante el Espíritu. La asidua y prolongada adoración de la Eucaristía
permite revivir la experiencia de Pedro en la Transfiguración: « Bueno
es estarnos aquí ». En la celebración del misterio del Cuerpo y Sangre
del Señor se afianza e incrementa la unidad y la caridad de quienes han
consagrado su existencia a Dios.Junto con la Eucaristía, y en íntima relación
con ella, la Liturgia de las Horas, celebrada comunitaria o individualmente
según la índole de cada Instituto y en unión con la oración de la Iglesia,
manifiesta la vocación a la alabanza y a la intercesión propia de las personas
consagradas.También el esfuerzo de una continua conversión y de una necesaria
purificación, que las personas consagradas realizan mediante el sacramento
de la Reconciliación, está íntimamente vinculado a la Eucaristía. Ellas,
a través del encuentro frecuente con la misericordia de Dios, renuevan
y acrisolan su corazón, al mismo tiempo que, reconociendo humildemente
sus pecados, hacen transparente la propia relación con El. La gozosa experiencia
del perdón sacramental, en el camino compartido con los hermanos y hermanas,
hace dócil el corazón y alienta el compromiso por una creciente fidelidad.Para
progresar en el camino evangélico, especialmente en el periodo de formación
y en ciertos momentos de la vida, es de gran ayuda el recurso humilde y
confiado a la dirección espiritual, merced a la cual la persona
recibe ánimos para responder con generosidad a las mociones del Espíritu
y orientarse decididamente hacia la santidad.Exhorto, en fin, a todas las
personas consagradas a que renueven cotidianamente, según las propias tradiciones,
su unión espiritual con la Virgen María, recorriendo con ella los misterios
del Hijo, particularmente con el rezo del Santo Rosario.
III. ALGUNOS AREOPAGOS DE LA MISION
Presencia en el mundo de la educación
96. La Iglesia ha sido siempre consciente de que la educación es
un elemento esencial de su misión. Su Maestro interior es el Espíritu
Santo, que penetra en las profundidades más recónditas del corazón de cada
hombre y conoce el secreto dinamismo de la historia. Toda la Iglesia está
animada por el Espíritu y con El lleva a cabo su acción educativa. Dentro
de la Iglesia, no obstante, a las personas consagradas les corresponde
una tarea específica en este campo, pues están llamadas a introducir en
el horizonte educativo el testimonio radical de los bienes del Reino, propuestos
a todo hombre en espera del encuentro definitivo con el Señor de la historia.
Por su especial consagración, por la peculiar experiencia de los dones
del Espíritu, por la escucha asidua de la Palabra y el ejercicio del discernimiento,
por el rico patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a través del
tiempo por el propio Instituto, por el profundo conocimiento de la verdad
espiritual (cf. Ef 1, 17), las personas consagradas están en condiciones
de llevar a cabo una acción educativa particularmente eficaz, contribuyendo
específicamente a las iniciativas de los demás educadores y educadoras.Las
personas consagradas, con este carisma, pueden dar vida a ambientes educativos
impregnados del espíritu evangélico de libertad y de caridad, en los que
se ayude a los jóvenes a crecer en humanidad bajo la guía del Espíritu.De
este modo la comunidad educativa se convierte en experiencia de comunión
y lugar de gracia, en la que el proyecto pedagógico contribuye a unir en
una síntesis armónica lo divino y lo humano, Evangelio y cultura, fe y
vida.En la historia de la Iglesia, desde la antigüedad hasta nuestros días,
abundan ejemplos admirables de personas consagradas que han vivido y viven
la aspiración a la santidad mediante la labor pedagógica y que, a su vez,
proponen la santidad como meta educativa. De hecho, muchas de ellas han
alcanzado la perfección de la caridad educando. Este es uno de los dones
más preciados que las personas consagradas pueden ofrecer hoy también a
la juventud, brindándole un servicio pedagógico rico de amor, según la
sabia advertencia de san Juan Bosco: « Los jóvenes no han de ser únicamente
amados, sino que han de saber que son amados ».
Necesidad de un renovado compromiso en el campo educativo
97. Con un delicado respeto, pero con arrojo misionero, los consagrados
y consagradas pongan de manifiesto que la fe en Jesucristo ilumina todo
el campo de la educación sin prejuicios sobre los valores humanos, sino
más bien confirmándolos y elevándolos. De este modo se convierten en testigos
e instrumentos del poder de la Encarnación y de la fuerza del Espíritu.
Esta tarea es una de las expresiones más significativas de la Iglesia que,
a imagen de María, ejerce su maternidad para con todos sus hijos.s este
el motivo que ha llevado al Sínodo a exhortar insistentemente a las personas
consagradas a que asuman con renovada entrega la misión educativa, allí
donde sea posible, con escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades
e Institutos superiores.Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos
los miembros de los Institutos que se dedican a la educación a que sean
fieles a su carisma originario y a sus tradiciones, conscientes de que
el amor preferencial por los pobres tiene una singular aplicación en la
elección de los medios adecuados para liberar a los hombres de esa grave
miseria que es la falta de formación cultural y religiosa.Dada la importancia
que revisten las Universidades y Facultades católicas y eclesiásticas en
el campo de la educación y de la evangelización, los Institutos que las
dirigen han de ser muy conscientes de su responsabilidad, haciendo que
en ellas, a la vez que se dialoga activamente con la cultura actual, se
conserve la índole católica que les es peculiar, en plena fidelidad al
Magisterio de la Iglesia. Los miembros de estos Institutos y Sociedades
además, y según las circunstancias de cada lugar, han de estar preparados
y dispuestos para entrar en las estructuras educativas estatales. A este
tipo de presencia están especialmente llamados, por su vocación específica,
los miembros de los Institutos seculares.
Evangelizar la cultura
98. Los Institutos de vida consagrada han tenido siempre un gran influjo
en la formación y en la transmisión de la cultura. Así ocurrió en la Edad
Media, cuando los monasterios eran el lugar en que se conservaba la riqueza
cultural del pasado y en los que se construía una nueva cultura humanista
y cristiana. Esto se ha verificado también siempre que la luz del Evangelio
ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas las personas consagradas que han
promovido la cultura, investigando y defendiendo frecuentemente las culturas
autóctonas. La Iglesia es hoy muy consciente de la necesidad de contribuir
a la promoción de la cultura y al diálogo entre cultura y fe.os consagrados
han de sentirse interpelados ante esta urgencia. Están llamados también
a individuar, en el anuncio de la Palabra de Dios, los métodos más apropiados
a las exigencias de los diversos grupos humanos y de los múltiples ámbitos
profesionales, a fin de que la luz de Cristo alcance a todos los sectores
de la existencia humana, y el fermento de la salvación transforme desde
dentro la vida social, favoreciendo una cultura impregnada de los valores
evangélicos.En los umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada
podrá también con este cometido renovar su respuesta a los deseos de Dios,
que viene al encuentro de todos aquellos que, consciente o inconscientemente,
caminan como a tientas en busca de la Verdad y de la Vida (cf. Hch
17, 27).Pero más allá del servicio prestado a los otros, la vida consagrada
necesita también en su interior un renovado amor por el empeño cultural,
una dedicación al estudio como medio para la formación integral y como
camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad de las
culturas. Una disminución de la preocupación por el estudio puede tener
graves consecuencias también en el apostolado, generando un sentido de
marginación y de inferioridad, o favoreciendo la superficialidad y ligereza
en las iniciativas.En la diversidad de los carismas y de las posibilidades
reales de cada Instituto, la dedicación al estudio no puede reducirse a
la formación inicial o a la consecución de títulos académicos y de competencias
profesionales. El estudio es más bien manifestación del insaciable deseo
de conocer siempre más profundamente a Dios, abismo de luz y fuente de
toda verdad humana. Por este motivo no es algo que aísla a la persona consagrada
en un intelectualismo abstracto, ni la aprisiona en las redes de un narcisismo
sofocante; por el contrario, fomenta el diálogo y la participación, educa
la capacidad de juicio, alienta la contemplación y la plegaria en la búsqueda
de Dios y de su actuación en la compleja realidad del mundo contemporáneo.La
persona consagrada, dejándose transformar por el Espíritu, se capacita
para ampliar el horizonte de los angostos deseos humanos y para captar,
al mismo tiempo, los aspectos más hondos de cada individuo y de su historia,
que van más allá de las apariencias más vistosas quizás, pero frecuentemente
marginales. Los retos que emergen hoy de las diversas culturas son innumerables.
Retos provenientes de los campos en los que tradicionalmente ha estado
presente la vida consagrada o de los nuevos ámbitos. Con todos ellos es
urgente mantener fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido
crítico, pero también de atención confiada hacia quien se enfrenta a las
dificultades típicas del trabajo intelectual, especialmente cuando, ante
la presencia de los problemas inéditos de nuestro tiempo, es preciso intentar
nuevos análisis y nuevas síntesis.No se puede realizar una seria y válida
evangelización de los nuevos ámbitos en los que se elabora y se transmite
la cultura sin una colaboración activa con los laicos presentes en ellos.
Presencia en el mundo de las comunicaciones sociales
99. De igual manera que en el pasado las personas consagradas han sabido
servir a la evangelización con todos los medios, afrontando con genialidad
los obstáculos, también hoy están llamadas nuevamente por la exigencia
de testimoniar el Evangelio a través de los medios de comunicación social.
Estos medios han adquirido una capacidad de difusión cósmica mediante poderosas
tecnologías capaces de llegar hasta el último rincón de la tierra. Las
personas consagradas, especialmente cuando por su carisma institucional
trabajan en este campo, han de adquirir un serio conocimiento del lenguaje
propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera eficaz al hombre
actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias,y
contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que todos
se sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios.No obstante, dado su
extraordinario poder de persuasión, es preciso estar alerta ante el uso
inadecuado de tales medios, sin ignorar los problemas que se pueden derivar
para la vida consagrada misma, que ha de afrontarlos con el debido discernimiento.Sobre
este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende a
promover una actitud de correcta comprensión de los mecanismos subyacentes
y de atenta valoración ética de los programas, y la adopción de sanas costumbres
en su uso.En esta tarea educativa, orientada a formar receptores entendidos
y comunicadores expertos, las personas consagradas están llamadas a ofrecer
su particular testimonio sobre la relatividad de todas las realidades visibles,
ayudando a los hermanos a valorarlas según el designio de Dios, pero también
a liberarse de la influencia obsesiva de la escena de este mundo que pasa
(cf. 1 Co 7, 31).Todos los esfuerzos en este nuevo e importante
campo apostólico han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de
Cristo se transmita también a través de estos medios modernos. Los diversos
Institutos han de estar disponibles para cooperar en la realización de
proyectos comunes en los varios sectores de la comunicación social, aportando
fuerzas, medios y personas. Que las personas consagradas, además, y especialmente
los miembros de los Institutos seculares, presten de buen grado sus servicios,
según las oportunidades pastorales, en la formación religiosa de los responsables
de la comunicación social pública o privada, para que se eviten, de una
parte, los daños provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra,
se promueva una mejor calidad de las transmisiones, con mensajes respetuosos
de la ley moral y ricos en valores humanos y cristianos.
IV. COMPROMETIDOS EN EL DIALOGO CON TODOS
Al servicio de la unidad de los cristianos
100. La oración de Cristo al Padre antes de la Pasión, para que sus
discípulos permanezcan en la unidad (cf. Jn 17, 21-23), se prolonga
en la oración y en la acción de la Iglesia. ?Cómo no han de sentirse implicados
los llamados a la vida consagrada? En el Sínodo se ha percibido claramente
la herida de la desunión todavía existente entre los creyentes en Cristo,
y la urgencia de orar y de trabajar en la promoción de la unidad de todos
los cristianos. La sensibilidad ecuménica de los consagrados y consagradas
se reaviva también al constatar que el monacato se conserva y florece en
otras Iglesias y Comunidades eclesiales, como es el caso de las Iglesias
orientales, o que se renueva la profesión de los consejos evangélicos,
como en la Comunión anglicana y en las Comunidades de la Reforma.El Sínodo
ha puesto de relieve la profunda vinculación de la vida consagrada con
la causa del ecumenismo y la necesidad de un testimonio más intenso en
este campo. En efecto, si el alma del ecumenismo es la oración y la conversión,no
cabe duda que los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica tienen un deber particular de cultivar este compromiso. Es urgente,
pues, que en la vida de las personas consagradas se dé un mayor espacio
a la oración ecuménica y al testimonio auténticamente evangélico, para
que, con la fuerza del Espíritu Santo, sea posible derribar los muros de
las divisiones y de los prejuicios entre los cristianos.
Formas de diálogo ecuménico
101. Son formas del diálogo ecuménico el compartir la lectio divina
en busca de la verdad; la participación en la oración común, en la que
el Señor garantiza su presencia (cf. Mt 18, 20); el diálogo en amistad
y caridad que hace experimentar la dulzura de convivir los hermanos unidos
(cf. Sal 133132); la hospitalidad cordial con los hermanos y hermanas
de las diversas confesiones cristianas; el conocimiento mutuo y el intercambio
de bienes; la colaboración en iniciativas comunes de servicio y de testimonio.
Todas estas formas son expresiones gratas al Padre común y signos de la
voluntad de caminar juntos hacia la unidad perfecta por el camino de la
verdad y del amor.Una acción ecuménica más incisiva se verá también favorecida
por el conocimiento de la historia, de la doctrina, de la liturgia y de
la actividad caritativa y apostólica de los otros cristianos.eseo alentar
a los Institutos que, por su origen o por una llamada posterior, se dedican
a la promoción de la unidad de los cristianos y con este fin promueven
iniciativas de estudio y de acción concreta. En realidad, ningún Instituto
de vida consagrada ha de sentirse dispensado de trabajar en favor de esta
causa. Me dirijo también a las Iglesias orientales católicas, esperando
que, a través del monacato masculino y femenino, cuyo florecimiento es
una gracia que se ha de implorar siempre, favorezcan la unidad con las
Iglesias ortodoxas, merced al diálogo de la caridad y la participación
de la espiritualidad común, que es patrimonio de la Iglesia indivisa del
primer milenio.Confío particularmente a los monasterios de vida contemplativa
el ecumenismo espiritual de la oración, de la conversión del corazón y
de la caridad. A este respecto les invito a que se hagan presentes allí
donde viven comunidades cristianas de diversas confesiones, para que su
total entrega a lo « único necesario » (cf. Lc 10, 42), al culto
de Dios y a la intercesión por la salvación del mundo, junto con su testimonio
de vida evangélica según el propio carisma, sean para todos un estímulo
a vivir, a imagen de la Trinidad, en la unidad que Jesús ha querido y ha
suplicado al Padre para todos sus discípulos.
El diálogo interreligioso
102. Desde el momento que « el diálogo interreligioso forma parte de
la misión evangelizadora de la Iglesia »,los Institutos de vida consagrada
no pueden dejar de comprometerse en este campo, cada uno según su propio
carisma y siguiendo las indicaciones de la autoridad eclesiástica. La primera
forma de evangelizar a los hermanos y hermanas de otra religión consistirá
en el testimonio mismo de una vida pobre, humilde y casta, impregnada de
amor fraterno hacia todos. Al mismo tiempo, la libertad de espíritu propia
de la vida consagrada favorecerá el « diálogo de vida »,con el que se lleva
a cabo un modelo fundamental de misión y de anuncio del Evangelio de Cristo.
Para favorecer el conocimiento mutuo y el recíproco respeto y caridad,
los Institutos religiosos podrán cultivar además oportunas formas de
diálogo, en un clima de amistosa cordialidad y de sinceridad recíproca,
con los ambientes monásticos de otras religiones.Otro ámbito de colaboración
con hombres y mujeres de diversa tradición religiosa consiste en la solicitud
por la vida humana, que se manifiesta tanto en la compasión por el
sufrimiento físico y espiritual, como en el empeño por la justicia, la
paz y la salvaguardia de la creación. En estos sectores serán sobre todo
los Institutos de vida activa los que han de buscar un entendimiento con
los miembros de otras religiones, en un « diálogo de las obras »que prepara
el camino para una participación más profunda.Un ámbito particular de encuentro
fructífero con otras tradiciones religiosas es el de la búsqueda y promoción
de la dignidad de la mujer. En este punto las mujeres consagradas pueden
prestar un precioso servicio, en la perspectiva de la igualdad y de la
justa reciprocidad entre hombre y mujer.stos y otros compromisos de las
personas consagradas en su servicio al diálogo interreligioso requieren
una adecuada preparación en la formación inicial y permanente, así como
en el estudio y en la investigación,desde el momento que en este sector
nada fácil se precisa un profundo conocimiento del cristianismo y de las
otras religiones, acompañado de una fe sólida y de gran madurez espiritual
y humana.
Una respuesta de espiritualidad a la búsqueda de lo sagrado y
a la nostalgia de Dios
103. Los que abrazan la vida consagrada, hombres y mujeres, son por
la naturaleza misma de su opción interlocutores privilegiados de aquella
búsqueda de Dios, cuya presencia aletea siempre en el corazón humano, llevándolo
a múltiples formas de ascesis y de espiritualidad. Esta búsqueda aparece
hoy con insistencia en muchas regiones, precisamente como respuesta a culturas
que tienden, si no a negar del todo, sí a marginar la dimensión religiosa
de la existencia.Las personas consagradas, viviendo con coherencia y en
plenitud los compromisos libremente asumidos, pueden ofrecer una respuesta
a los anhelos de sus contemporáneos, rescatándolos de soluciones que son
generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente la encarnación salvífica
de Cristo (cf. 1 Jn 4, 2-3), como son, por ejemplo, las propuestas
por las sectas. Practicando una ascesis personal y comunitaria que purifica
y transforma toda la existencia, las personas consagradas, contra la tentación
del egocentrismo y la sensualidad, dan testimonio de las características
que revisten la auténtica búsqueda de Dios, advirtiendo del peligro de
confundirla con la búsqueda sutil de sí mismas o con la fuga en la gnosis.
Toda persona consagrada está comprometida a cultivar el hombre interior,
que no es ajeno a la historia ni se encierra en sí mismo. Viviendo en la
escucha obediente de la Palabra, de la cual la Iglesia es depositaria e
intérprete, encuentra en Cristo sumamente amado y en el Misterio trinitario
el objeto del anhelo profundo del corazón humano y la meta de todo itinerario
religioso sinceramente abierto a la trascendencia.Por eso las personas
consagradas tienen el deber de ofrecer con generosidad acogida y acompañamiento
espiritual a todos aquellos que se dirigen a ellas, movidos por la sed
de Dios y deseosos de vivir las exigencias de su fe.
CONCLUSION
La sobreabundancia de la gratuidad
104. No son pocos los que hoy se preguntan con perplejidad: ?Para qué
sirve la vida consagrada? ?Por qué abrazar este género de vida cuando hay
tantas necesidades en el campo de la caridad y de la misma evangelización
a las que se pueden responder también sin asumir los compromisos peculiares
de la vida consagrada? ?No representa quizás la vida consagrada una especie
de « despilfarro » de energías humanas que serían, según un criterio de
eficiencia, mejor utilizadas en bienes más provechosos para la humanidad
y la Iglesia?Estas preguntas son más frecuentes en nuestro tiempo, avivadas
por una cultura utilitarista y tecnocrática, que tiende a valorar la importancia
de las cosas y de las mismas personas en relación con su « funcionalidad
» inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido siempre, como demuestra
elocuentemente el episodio evangélico de la unción de Betania: « María,
tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de
Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume
» (Jn 12, 3). A Judas, que con el pretexto de la necesidad de los
pobres se lamentaba de tanto derroche, Jesús le responde: « Déjala » (Jn
12, 7). Esta es la respuesta siempre válida a la pregunta que tantos, aun
de buena fe, se plantean sobe la actualidad de la vida consagrada: ?No
se podría dedicar la propia existencia de manera más eficiente y racional
para mejorar la sociedad? He aquí la respuesta de Jesús: « Déjala ».A quien
se le concede el don inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús,
resulta obvio que El puede y debe ser amado con corazón indiviso, que se
puede entregar a El toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o
ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como puro acto de amor,
más allá de cualquier consideración « utilitarista », es signo de una sobreabundancia
de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y
servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo místico. De
esta vida « derramada » sin escatimar nada se difunde el aroma que llena
toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy como ayer, está adornada
y embellecida por la presencia de la vida consagrada.Lo que a los ojos
de los hombres puede parecer un despilfarro, para la persona seducida en
el secreto de su corazón por la belleza y la bondad del Señor es una respuesta
obvia de amor, exultante de gratitud por haber sido admitida de manera
totalmente particular al conocimiento del Hijo y a la participación en
su misión divina en el mundo.« Si un hijo de Dios conociera y gustara el
amor divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión,
que es el sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras criaturas,
sino a sí mismo, y con todo su ser amaría este Dios de amor hasta transformarse
totalmente en el Dios-hombre, que es el sumamente Amado ».
La vida consagrada al servicio del Reino de Dios
105. « ?Qué sería del mundo si no fuese por los religiosos? ».Más allá
de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada
es importante precisamente por su sobreabundancia de gratuidad y de
amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado
en la confusión de lo efímero. « Sin este signo concreto, la caridad que
anima a la Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica
del Evangelio de perder en penetración, la "sal" de la fe de
disolverse en un mundo de secularización ».La vida de la Iglesia y la sociedad
misma tienen necesidad de personas capaces de entregarse totalmente a Dios
y a los otros por amor de Dios.La Iglesia no puede renunciar absolutamente
a la vida consagrada, porque expresa de manera elocuente su íntima esencia
« esponsal ». En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del
Evangelio a todo el mundo. En efecto, se necesitan personas que presenten
el rostro paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia, que se jueguen
la vida para que los otros tengan vida y esperanza. La Iglesia tiene necesidad
de personas consagradas que, aún antes de comprometerse en una u otra noble
causa, se dejen transformar por la gracia de Dios y se conformen plenamente
al Evangelio.Toda la Iglesia tiene en sus manos este gran don y, agradecida,
se dedica a promoverlo con la estima, la oración y la invitación explícita
a acogerlo. Es importante que los Obispos, presbíteros y diáconos, convencidos
de la excelencia evangélica de este género de vida, trabajen para descubrir
y apoyar los gérmenes de vocación con la predicación, el discernimiento
y un competente acompañamiento espiritual. Se pide a todos los fieles una
oración constante en favor de las personas consagradas, para que su fervor
y su capacidad de amar aumenten continuamente, contribuyendo a difundir
en la sociedad de hoy el buen perfume de Cristo (cf. 2 Co 2, 15).
Toda la comunidad cristiana —pastores, laicos y personas consagradas— es
responsable de la vida consagrada, de la acogida y del apoyo que se han
de ofrecer a las nuevas vocaciones.
A la juventud
106. A vosotros, jóvenes, os digo: si sentís la llamada del Señor, ¡no
la rechacéis! Entrad más bien con valentía en las grandes corrientes de
santidad, que insignes santos y santas han iniciado siguiendo a Cristo.
Cultivad los anhelos característicos de vuestra edad, pero responded con
prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros si El os invita a buscar la
santidad en la vida consagrada. Admirad todas las obras de Dios en el mundo,
pero fijad la mirada en las realidades que nunca perecen.El tercer milenio
espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados,
para que el mundo sea más sereno y más capaz de acoger a Dios y, en El,
a todos sus hijos e hijas.
A las familias
107. Me dirijo a vosotras, familias cristianas. Vosotros, padres, dad
gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a alguno de vuestros
hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor —como lo ha sido siempre— que
el Señor se fije en una familia y elija a alguno de sus miembros para invitarlo
a seguir el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de ofrecer
al Señor a alguno de vuestros hijos para el crecimiento del amor de Dios
en el mundo. ?Qué fruto de vuestro amor conyugal podríais tener más bello
que éste?Es preciso recordar que si los padres no viven los valores evangélicos,
será difícil que los jóvenes y las jóvenes puedan percibir la llamada,
comprender la necesidad de los sacrificios que han de afrontar y apreciar
la belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los
jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores evangélicos, del
amor que se da a Dios y a los demás. También es necesario que sean educados
en el uso responsable de su libertad, para estar dispuestos a vivir de
las más altas realidades espirituales según su propia vocación.Ruego para
que vosotras, familias cristianas, unidas al Señor con la oración y la
vida sacramental, seáis hogares acogedores de vocaciones.
A todos los hombres y mujeres de buena voluntad
108. Deseo hacer llegar a todos los hombres y mujeres que quieran escuchar
mi voz la invitación a buscar los caminos que conducen al Dios vivo y verdadero
también a través de las sendas trazadas por la vida consagrada. Las personas
consagradas testimonian que « quien sigue a Cristo, el hombre perfecto,
se hace también más hombre ».¡Cuántas de ellas se han inclinado y continúan
inclinándose como buenos samaritanos sobre las innumerables llagas de los
hermanos y hermanas que encuentran en su camino!Mirad a estas personas
seducidas por Cristo que con dominio de sí, sostenido por la gracia y el
amor de Dios, señalan el remedio contra la avidez del tener, del gozar
y del dominar. No olvidéis los carismas que han forjado magníficos « buscadores
de Dios » y benefactores de la humanidad, que han abierto rutas seguras
a quienes buscan a Dios con sincero corazón. ¡Considerad el gran número
de santos que han crecido en este género de vida, considerad el bien que
han hecho al mundo, hoy como ayer, quienes se han dedicado a Dios! Este
mundo nuestro, ?no tiene acaso necesidad de alegres testigos y profetas
del poder benéfico del amor de Dios? ?No necesita también hombres y mujeres
que sepan, con su vida y con su actuación, sembrar semillas de paz y de
fraternidad?
A las personas consagradas
109. Pero es sobre todos a vosotros, hombres y mujeres consagrados,
a quienes al final de esta Exhortación dirijo mi llamada confiada: vivid
plenamente vuestra entrega a Dios, para que no falte a este mundo un rayo
de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia humana. Los
cristianos, inmersos en las ocupaciones y preocupaciones de este mundo,
pero llamados también a la santidad, tienen necesidad de encontrar en vosotros
corazones purificados que « ven » a Dios en la fe, personas dóciles a la
acción del Espíritu Santo que caminan libremente en la fidelidad al carisma
de la llamada y de la misión.Bien sabéis que habéis emprendido un camino
de conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y de los hermanos,
para testimoniar cada vez con mayor esplendor la gracia que transfigura
la existencia cristiana. El mundo y la Iglesia buscan auténticos testigos
de Cristo. La vida consagrada es un don que Dios ofrece para que todos
tengan ante sus ojos « lo único necesario » (cf. Lc 10, 42). La
misión peculiar de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo es testimoniar
a Cristo con la vida, con las obras y con las palabras.Sabéis en quién
habéis confiado (cf. 2 Tm 1, 12): ¡dadle todo! Los jóvenes no se
dejan engañar: acercándose a vosotros quieren ver lo que no ven en otra
parte. Tenéis una tarea inmensa de cara al futuro: especialmente los jóvenes
consagrados, dando testimonio de su consagración, pueden inducir a sus
coetáneos a la renovación de sus vidas.El amor apasionado por Jesucristo
es una fuerte atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para
que le sigan de cerca y para siempre. Nuestros contemporáneos quieren ver
en las personas consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor.Personas
consagradas, ancianas y jóvenes, vivid la fidelidad a vuestro compromiso
con Dios edificándoos mutuamente y ayudándoos unos a otros. A pesar de
las dificultades que a veces hayáis podido encontrar y el escaso aprecio
por la vida consagrada que se refleja en una cierta opinión pública, vosotros
tenéis la tarea de invitar nuevamente a los hombres y a las mujeres de
nuestro tiempo a mirar hacia lo alto, a no dejarse arrollar por las cosas
de cada día, sino a ser atraídos por Dios y por el Evangelio de su Hijo.
¡No os olvidéis que vosotros, de manera muy particular, podéis y debéis
decir no sólo que sois de Cristo, sino que habéis « llegado a ser Cristo
mismo »!
Mirando al futuro
110. ¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar
y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en
el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con
vosotros grandes cosas.Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo,
yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo.
Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a
vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo.De este modo Cristo os
renovará día a día, para construir con su Espíritu comunidades fraternas,
para lavar con El los pies a los pobres, y para dar vuestra aportación
insustituible a la transformación del mundo.Que este nuestro mundo confiado
a la mano del hombre, y que está entrando en el nuevo milenio, sea cada
vez más humano y justo, signo y anticipación del mundo futuro, en el cual
El, el Señor humilde y glorificado, pobre y exaltado, será el gozo pleno
y perdurable para nosotros y para nuestros hermanos y hermanas, junto con
el Padre y el Espíritu Santo.
Oración a la Trinidad
111. Trinidad Santísima, beata y beatificante, haz dichosos a tus hijos
e hijas que has llamado a confesar la grandeza de tu amor, de tu bondad
misericordiosa y de tu belleza.Padre Santo, santifica a los hijos
e hijas que se han consagrado a ti para la gloria de tu nombre. Acompáñales
con tu poder, para que puedan dar testimonio de que Tú eres el Origen de
todo, la única fuente del amor y la libertad. Te damos gracias por el don
de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en su misión universal,
invita a todos a caminar hacia ti.Jesús Salvador, Verbo Encarnado,
así como has dado tu forma de vivir a quienes has llamado, continúa atrayendo
hacia ti personas que, para la humanidad de nuestro tiempo, sean depositarias
de misericordia, anuncio de tu retorno, y signo viviente de los bienes
de la resurrección futura. ¡Ninguna tribulación los separe de ti y de tu
amor!Espíritu Santo, Amor derramado en los corazones, que concedes
gracia e inspiración a las mentes, Fuente perenne de vida, que llevas la
misión de Cristo a su cumplimiento con numerosos carismas, te rogamos por
todas las personas consagradas. Colma su corazón con la íntima certeza
de haber sido escogidas para amar, alabar y servir. Haz que gusten de tu
amistad, llénalas de tu alegría y de tu consuelo, ayúdalas a superar los
momentos de dificultad y a levantarse con confianza tras las caídas, haz
que sean espejo de la belleza divina. Dales el arrojo para hacer frente
a los retos de nuestro tiempo y la gracia de llevar a los hombres la benevolencia
y la humanidad de nuestro Salvador Jesucristo (cf. Tt 3, 4).
Invocación a la Virgen María
112. María, figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin mancha, que
imitándote « conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme y
el amor sincero »,sostiene a las personas consagradas en el deseo de llegar
a la eterna y única Bienaventuranza.Las encomendamos a ti, Virgen de la
Visitación, para que sepan acudir a las necesidades humanas con el fin
de socorrerlas, pero sobre todo para que lleven a Jesús. Enséñales a proclamar
las maravillas que el Señor hace en el mundo, para que todos los pueblos
ensalcen su nombre. Sostenlas en sus obras en favor de los pobres, de los
hambrientos, de los que no tienen esperanza, de los últimos y de todos
aquellos que buscan a tu Hijo con sincero corazón.A ti, Madre, que deseas
la renovación espiritual y apostólica de tus hijos e hijas en la respuesta
de amor y de entrega total a Cristo, elevamos confiados nuestra súplica.
Tú que has hecho la voluntad del Padre, disponible en la obediencia, intrépida
en la pobreza y acogedora en la virginidad fecunda, alcanza de tu divino
Hijo, que cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada,
sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, caminando gozosamente,
junto con todos los otros hermanos y hermanas, hacia la patria celestial
y la luz que no tiene ocaso.
Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito
y amado el Sumo Señor de todas las cosas, que es Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de mi Pontificado.
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