Congregación para la Evangelización de los
Pueblos
GUIA PASTORAL
PARA LOS SACERDOTES DIOCESANOS
DE LAS IGLESIAS QUE DIPENDEN DE LA
CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS
Roma, junio de 1989
1. Introducción. La Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, consciente de la importancia fundamental
del sacerdocio ministerial para la vida y el desarrollo de la comunidad
cristiana, ha prestado siempre especial atención a los presbíteros
locales de las nuevas Iglesias.
Como aportación concreta a la formación de los
sagrados ministros, en la sesión plenaria del 1417 de octubre de 1986, se
han formulado Algunas Directivas sobre la formación en los Seminarios
Mayores, que S.E. el Cardenal Prefecto ha comunicado a los Obispos interesados
en una circular del 25 de abril de 1987.
Para dar continuidad a esta primera e importante contribución
en beneficio de los seminaristas, y como testimonio de atención a los
sacerdotes, durante la plenaria del 11-14 de abril de 1989, después de
amplia consulta y examen del abundante material enviado por las Iglesias
particulares, se ha preparado una Guía Pastoral para los sacerdotes
diocesanos de las Iglesias que dependen de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos.
En esta Guía, conforme a la doctrina y a las normas
generales de la Iglesia, se tratan en orden todos los temas principales
referentes a la identidad, la espiritualidad, la vida y la acción
pastoral de los presbíteros, haciendo hincapié, según lo
indicado expresamente por el Concilio (1), en las notas características
que corresponden más bien a las Iglesias jóvenes en pleno
desarrollo; en particular: las cualidades espirituales y el estilo de vida del
sacerdote, que sean un testimonio evidente también para los no
cristianos; la comunión con el Obispo, con el presbiterio y la comunidad
cristiana; la disponibilidad y el compromiso para dar el primer anuncio del
Evangelio a los no cristianos; la formación y participación de los
laicos en la vida y el desarrollo de la Iglesia, y su compromiso en la obra de
Evangelización; la atención primordial a los jóvenes; el
amor preferencial por los pobres; la sensibilización en favor de la
promoción humana y la defensa de la justicia; la inquietud por la
inculturación y la aptitud para promoverla; el diálogo ecuménico
y el diálogo con las otras religiones.
Estos, y otros puntos importantes, constituyen la trama de
toda la materia; hacen que la Guía responda, en la medida de lo posible,
a las necesidades de los sacerdotes de las Iglesias que están en los
territorios de misiones. Se considerarán, pues, clave de lectura de lo
demás.
Los destinatarios de la Guía son, esencialmente, los
sacerdotes diocesanos seculares que pertenecen a las Iglesias que dependen de la
Congregación; ellos son cada vez más numerosos y asumen siempre
mayores responsabilidades. Por consiguiente, requieren especial atención.
Además, pertenecen por lo general a la primera o segunda generación
de sacerdotes nativos del país, para los cuales el modelo tradicional del
sacerdote es el religioso misionero, y no el sacerdote diocesano secular local;
en fin, los problemas de los sacerdotes que se encuentran en los territorios de
misiones son específicos y concretos, están vinculados a
situaciones eclesiales y socioculturales locales, y requieren directrices y
soluciones adecuadas.
Se espera que esta Guía constituya un punto de
referencia, y un elemento de unidad y de estímulo para todos los
sacerdotes seculares; y que, al mismo tiempo, sirva de inspiración para
los religiosos y misioneros que trabajan en esas mismas Iglesias jóvenes.
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos entrega, por
tanto, con gran confianza estas orientaciones a las Conferencias Episcopales y a
los Ordinarios como guía pastoral para sus presbíteros, y como
documento básico para formular o renovar sus directorios particulares, de
manera que toda la familia sacerdotal de la Iglesia misionera viva en el fervor,
trabaje en unidad de espíritu e intenciones, y pueda responder a las
esperanzas de una Iglesia que se encamina hacia un nuevo adviento misionero, con
María.
I - EN LAS FUENTES DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
2. Fundamento Trinitario. Cristo Jesús, en quien "reside
toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente " (Col 2,9), fue enviado por
el Padre para realizar el plan de salvación universal (cf. Jn 3,17; 5,30;
8,16; Gal 4,4; etc.), recibiendo de El todo poder para cumplir su misión
(cfr Jn 5,20-21; Mt 28,18); fue ungido con el Espíritu Santo (cf. Lc 4,18
ss; Hch 10,38), y después de haber cumplido la voluntad del Padre, que
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la
verddad (cf. 1Tim 2,4), hasta dar su vida como rescate por muchos (cf. Mc
10.45), destruyó la muerte con la resurreción y volvió al
Padre, penetrando los cielos, donde reina eternamente e intercede por sus
hermanos (cf Jn 16,27-28; 13,1.3; Hb 4,14-16). El sacerdote, cuya tarea es
continuar la misión de Cristo, halla la fuente última de su misión
en el amor salvífico del Padre (cfr Jn 16,6-9.24; 1Cor 1,1; 2Cor 1,1), y
el origen inmediato de su vocación en Cristo que le llama por su nombre
como llamó a los apóstoles e infunde en él su Espíritu
(cf Jn 20,21) para marchar hacia el Padre con sus hermanos. En esta realidad
Trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia (2), se arraiga y encuentra
plena justificación la vocación y misión del sacerdote
ministro.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como
ministros de manera que poseyeran, en la sociedad de los creyentes, la sagrada
potestad del orden. Por medio de los apóstoles, el Señor hizo partícipes
de su propia consagración y misión a los sucesores de aqéllos
que son los Obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fué
encomendado a los presbíteros a fin de que cooperaran en el fiel
cumplimiento de la misón apostólica (3). Esta misión
participa en la misión universal de la Iglesia para los no cristianos e
involucra a los sacerdotes en forma concreta (4).
Por intermedio del Obispo, los sacerdotes son llamados por
Cristo a una vocación especial (cf Mc 3.13; Lc 6,13); están en el
mundo pero no son del mundo (cf Jn 17,14-15); y, en virtud de la consagración,
están capacitados para cumplir la misón misma de Cristo de
anunciar a todos que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está
cerca (cf. Mc 1,15), y de presidir, enseñar y santificar al Pueblo de
Dios (5).
El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es
Cristo-Sacerdote victíma de la nueva y eterna alianza (cf. Hb 9,11-15).
El principio eficaz es la elección y misión especial por parte de
Dios, que convierte al sacerdote en instrumento de Cristo (cf Mc 3,19; Lc 22,19;
Mt 28,18-20). El principio ejemplar es la diaconía de Cristo, cuyas imágemes
dan luz a la identidad del sacerdote:
Cristo-enviado por el Padre para salvar al mundo (cf Jn
3,17); que indica la universalidad de la misión; Cristo-siervo, que
subraya la renuncia de Cristo, quien vino, no a ser servido, sino a servir y a
dar su vida (cf Mt 20,28: Filp 2,7-8); Cristo-pastor-maestro, que vela con amor,
guía su rebaño, y lo reúne en el único redil (cfr Jn
10.1 ss ). Es la palabra viva del Padre que convoca a las gentes en su Reino (cf
Jn 12, 48-50).
El relieve que se da a la función ministerial subraya
la relación esencial del sacerdote con la Persona de Cristo. El
sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único sacerdote y
mediador ante el Padre: Jesucristo, y continuación de El sobre la tierra,
que actualiza el poder de Cristo de anunciar la Palabra, de renovar el
sacrificio de la Cruz en la Eucaristía, perdonar los pecados y guiar al
Pueblo de Dios. Es imposible separar el ser del sacerdote del ser de Cristo, la
vida del sacerdote de la vida de Cristo.
Estén, pues, todos los presbíteros,
convencidos de que su identidad sacerdotal se realiza únicamente en la
conformidad total con la identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y
fervor del espíritu. Y recuerden que Cristo, al cumplir su misión
de salvador, aceptó el camino de la encaranción, despojándose
de sí mismo y tomando todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado
(cf Hb 2,17-18; 4,15). Esta encarnación será un signo de la
actividad misionera.
El Espíritu Santo da a la Iglesia la unidad íntima
y ministerial, proporcionándole diversos dones jerárquicos y
carismáticos (cf Ef 4,11-13; 1Cor 12,4) (6), y vivificando, como alma, a
la instituciones eclesiásticas (7), infundiendo en los corazones de los
cristianos ese spíritu que había animado a Cristo a cumplir su
misión (8).
"Los presbíteros, por la unción del Espíritu
Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se
configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de
Cristo cabeza" (9). La elección, la santificación y la misión
proceden siempre del Espíritu santificador (cf Hch 13,3; 19,6). Y es el
Espíritu el que dá la capacidad objetiva de ejercer eficazmente el
ministerio. También el Espíritu es enviado (cf Jn 14,26; 15,26) y
permanece unido al sacerdote-enviado para colaborar en la obra de salvación
(10).
Gracias al Espíritu, principio de comunión
(11), los sacerdotes llegan a ser guías y animadores espirituales de la
comunidad, especialmente con la fuerza de la Palabra. Gracias a ese mismo Espíritu,son
ministros de los sacramentos,que por El son vivificados, desde el bautismo, "en
el Espíritu y el agua" (Jn 3,5; Hch 10.47), hasta la Eucaristía,
en la que Cristo "ejerce constamemente, por obra del Espíritu Santo,
su oficio sacerdotal en favor nuestro" (12).
La consagración inaugura en los sacerdotes un
continuo Pentecostés. En virtud de esta gracia extraordinaria, ellos
deben saber reconocer la acción del Espíritu en la Igleisa y
cooperar con ella, conscientes de que han recibido una misión
sobrenatural y universal en favor de todos los hombres.
3. Fundamento eclesiológico y sacramental. La
Iglesia, "sacramento universal de salvación" (13), actualiza la
redención, mediante la Palabra y los sacramentos, principalmente mediante
el Sacrificio de la Eucaristía. De este carácter ministerial de la
Iglesia participan los sacerdotes llamados a predicar y difundir el Evangelio, a
presidir el culto y a desempeñar la función de guías en el
Pueblo de Dios.
La Iglesia es comunión, articulada jerárquicamente
en distintos ministerios, servicios y funciones en el interior de la comunidad.
En particular, mediante los tres grados del Orden sagrado (Obispos, sacerdotes,
diáconos), se edifica como templo vivo, en una comunión de fe y de
amor. Estos tres ministerios que confiere la ordenación, transmitidos por
los apóstoles y sus sucesores, son jerárquicos y constituyen la
jerarquía eclesiástica.
El Obispo en comunión con el Sumo Pontífice,
Jefe el Colegio Episcopal, y con los miembros del Colegio, es - en la comunidad
eclesial - el "gran sacerdote" (14), signo vivo de Cristo, supremo
pastor; su función reproduce aquella central de servicio humilde y
potente de Cristo Jefe (15). Para ejercer en forma plena y eficaz su ministerio,
el Obispo debe ser coadyuvado por presbíteros y diáconos.
Los presbíteros son ayuda e instrumento del Orden
episcopal y, en cada comunidad, representan al Obispo: bajo su autoridad,
predican el Evangelio (16), "santifican y rigen la porción de la
grey del Señor a ellos encomendada" (17).
El presbítero, además, en comunión con
el Obispo, obra en nombre de Cristo (18). Anuncia, ejerciendo el mismo
ministerio de Cristo-Profeta en el servicio de la Palabra, incluso a aquellos
que están lejos (19); es sacerdote-ministro en cuanto consagra en nombre
de Cristo-Pontífice ("in persona Christi Pontificis") (20); es
pastor, en cuanto reúne y guía a la comunidad en nombre de
Cristo-Buen Pastor (cf Lc 10,16; 1P 5,2).
En la Iglesia-comunión, en fin, hay distinción
y complementariedad entre el sacerdocio de los ministros ordenados y el
sacerdocio común de los fieles, pues el uno coopera con el otro para
realizar la misión confiada por Cristo a la Iglesia. El sacerdocio común
de los fieles y el sacerdocio ministerial, aunque diferentes esencialmente y no
sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos
participan a su manera del único sacerdocio de Cristo (21). Los presbíteros
deben ser conscientes de su identidad particular que los habilita para un
ministerio específico y que se ordena a la edificación del único
Cuerpo de Cristo que es por naturaleza: profético, sacerdotal y real. A
pesar de la diversidad de las funciones permanece intacta la idéntica
dignidad fundamental de los cristianos.
El sacerdote es diocesano en virtud de su encardinación
en la diócesis (22), donde permanece unido al Obisopo bajo un aspecto
nuevo y está, de manera especial, al servicio de esa comunidad eclesial
particular que es la diócesis (23). En su calidad de sacerdote diocesano,
está llamado a crear la comunión entre los miembros de la
comunidad local y también a ampliarla, evangelizando a aquellos que todavía
permanecen fuera de ella.
En esta comunión de la Iglesia, no deberá
olvidarse el papel que tienen los diáconos permanentes que trabajan al
lado del sacerdote y deben formarse para que lleven una vida evangélica,
de manera que puedan cumplir, en forma adecuada, los deberes propios de su
orden. Ellos representan una figura que puede asumir un significado importante
en las Iglesias jóvenes que necesitan de todas las energías
disponibles para desarrollarse. La función del diácono deberá
estudiarse y organizarse a nivel de las Conferencias Episcopales (24).
Es necesario subrayar la dimensión eclesial y
sacramental que califica a los sacerdotes. Todo sacerdote representa a la
Iglesia y actualiza en ella el proyecto de salvación. Esto supone:
conciencia de aquello que tiene relación con la Iglesia, coherencia con
el proyecto concreto de salvación, y comunión de espíritu y
de acción con todos lo que actuán en la pastoral, en especial con
el Romano Pontífice, el Obispo, los demás sacerdotes y los diáconos.
Tengan todos los presbíteros fija su mirada en María,
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia: desde el momento de la Encarnación
del Hijo de Dios, ella es fundamento ejemplar necesario de su ser y de su vida.
II- IDENTIDAD DEL EVANGELIZADOR Y DEL PASTOR
4. Conciencia misionera del presbítero. La comunión
de las Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su perfección
sólo cuando éstas también toman parte en el esfuerzo
misional en pro de los no cristianos en su territorio, y también en aquél
que se realiza para con otras naciones (25).
En el dinamismo apostólico, propio de la esencia
misionera de la Iglesia (26), los presbíteros ocupan necesariamente un
lugar importante. Esto debe ponerse de relieve, especialmente, en los que
trabajan en territorios de misiones donde se realiza la evangelización de
los no cristianos.
Con la sagrada ordenación, los presbíteros han
recibido, en efecto, un don especial que "no los prepara a una misión
limitada y restringida, sino a la misión univeral y amplísima de
salvación 'hasta lo último de la tierra' (Hc 1,8)" (27).
Por consiguiente, todo presbítero debe tener una
clara conciencia misionera, que le haga apto y listo para comprometere
efectivamente y con generosidad para que el anuncio del Evangelio llegue a los
que todavía no profesan la fe en Cristo. El sacerdote es, en verdad, "misionero
para el mundo" (28).
La evangelización de los no cristianos que viven en
el territorio de una diócesis o una parroquia está encomendada, en
primer lugar, al respectivo pastor y a la comunidad cristiana local. Este deber
apostólico exige que el Obispo sea esencialmente mensajero de fe, y que
los presbíteros hagan todo lo posible por predicar el Evangelio a los que
se encuentran fuera de la comunidad eclesial, comprometiéndose
personalmente, y haciendo participar a los fieles, en colaboración con
los misioneros.
En la distribución de las tareas pastorale, a los
sacerdotes locales no deben confiarse, prioritariamente, las comunidades ya
formadas y organizadas, dejando al cuidado de los misioneros aquellas que
comienzan, o la responsabilidad de evangelizar nuevos grupos. Los sacerdotes
locales tienen el derecho y el deber de asumir, ellos mismos, la evangelización
de sus hermanos que todavía no son cristianos, siendo verdaderos apóstoles
de frontera, sin aspirar a las funciones más destacadas y a puestos
seguros, centrales o mejor remunerados.
Es conveniente que las Iglesias jóvenes "participen
cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando
también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra,
aunque sufran escasez de clero" (29). Que todas las Iglesias particulares
sepan dar de su pobreza (30). Por tanto, además de los presbíteros
que pertenecen a institutos misioneros, propónganse las diócesis
enviar sus propios sacerdotes que sienten la llamada de Cristo, como misioneros
fidei donum, para que se inserten en la actividad misionera propiamente dicha
(31). Estos sacerdotes estén felices de poder vivir con toda plenitud la
comunión con Cristo enviado por el Padre (cf Jn 17,18; 20,21) y con la
Iglesia universal, poniéndose a disposición de su Obispo para ser
enviados a predicar el Evangelio a otros pueblos. Esto requiere en ellos no sólo
madurez en la vocación, sino también la capacidad de desprenderse
de su propia patria, etnia y familia, y una aptitud especial para insertarse en
las otras culturas con inteligencia y respecto (cf. Gn 12, 1-4; Hb 11,8).
En ningún otro sector del apostolado eclesial, como
en éste, los presbíteros podrán demostrar la intensidad de
su amor a Cristo, a la Iglesia y al hombre, pudiendo decir con S.Pablo: "Me
he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1Cor 9,22) (32)
5. Conciencia pastoral del presbítero. La función
pastoral exige de los sacerdotes una conciencia pastoral profunda, que se basa
en su identidad de "consagrados para predicar el Evangelio y apacentar a
los fieles y celebrar el culto divino" (33), participando así en la
misión de Cristo Buen Pastor que conoce, alimenta y guía a sus
ovejas y va en busca de aquellas que están perdidas o se encuentran todavía
fuera del redil (cf. Jn 10,1 ss; Lc 15, 3-6).
En su expresión completa, la conciencia pastoral se
manifiesta en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal, en comunión
de amor y de obediencia al Romano Pontífice, principio y fundamento
perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión (cf. Mt 16,19;
Jn 21, 15-17); y también en el sentido de comunión y coparticipación
entre las Iglesias particulares, en las cuales y de las cuales se edifica la
Iglesia universal (34). Una Iglesia particular se vuelve estéril si no se
dá a la demás Iglesias hermanas. Esto supone que los presbíteros
estén dispuestos a partir, enviados por el Obispo, para colaborar, en la
caridad, con las Iglesias más necesitadas, especialmente con aquellas que
se encuentran en ambientes solo parcialmente evangelizados (35).
En su expresión inmediata, la conciencia pastoral se
manifiesta en el sentido de pertenencia a la propia Iglesia particular, en
comunión con el Pastor, con los demás presbíteros, los díaconos
y toda la comunidad de los fieles.
La comunión con el Obispo debe ser espiritual y jerárquica,
y supone algunas actitudes como: reconocer en él la autoridad de Cristo,
Supremo Pastor; aceptar con estima y amor su función de padre de la
comunidad diocesana; colaborar activamente con él, con espíritu de
obediencia apostólica. Los Obispos, por su parte, consideren a los presbíteros
como "hermanos y amigos"; conózcanles personalmente; visítenles
con frecuencia y preocúpense por su bien material y espiritual (36). La
relación entre Obispos y sacerdotes se basa en un espríritu de fe,
pero se desarrolla y se expresa en un clima de mutua confianza, de verdadera
estima y de concreta colaboración, respetando el papel propio de cada
cual.
La comunión con los presbíteros se basa en el
hecho de que junto al Obispo, y a su alrededor, ellos forman un "solo
presbiterio" (37). El sentido de pertenencia al presbiterio hace que cada
sacerdote se sienta unido a los demás por "especiales lazos de
caridad apostólica, ministerio y fraternidad" (38), realizando así
la unidad mediante la cual Cristo quiso que los suyos fueran "perfectamente
uno" (cf. Jn 17,23). La forma institucionalizada, en representación
del presbiterio, cuya misión es ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis,
es el Consejo presbiteral. En las Iglesias de territorios de misiones, éste
desempeña una función pastoral activa; por consiguiente, debe
constituirse y valorizarse, lo más ampliamente posible, según las
normas canónicas y teniendo en cuenta la situación concreta local
(39).
La comunión con los fieles requiere que los presbíteros
se consideren Pueblo de Dios con ellos, dedicados radicalmente al desarrollo de
la comunidad, con auténtica caridad pastoral, pues han sido tomados de
entre los hombres y puestos en favor de las cosas que se refieren a Dios (cf. Hb
5,1) (40). Por consiguiente, oren los presbíteros incesantemente por sus
propios fieles, recomendádoles al amor del Padre (cf. 2Ts 1,11); comprométanse
a conocer bien su situación real, como el pastor conoce sus ovejas (cf
Jan 10.14); vivan en medio de ellos como "hermanos entre hermanos"
(41); recorran con ellos un mismo camino cristiano de fe, dándoles
ejemplo (cf. Jn 13,15); eviten con cuidado todo aquello che pueda causar escándalo
(cf. 2Cor 6,3); den, con la comunidad, un auténtico testimonio de
coherencia cristiana a los que están lejos y todavía no creen en
Cristo; tengan cuidado de no alejarse de la gente debido a su condición
que, con frecuencia, les coloca a un nivel superior en la escala social.
Dignos de alabanza son aquellos sacerdotes que aceptan y
ejercen con empeño y alegría cualquier servicio que su Obispo les
encomiende; que hacen lo posible por acercarse a los no cristianos y no se dejan
implicar en actividades ajenas al sentido apostólico de su vocación.
6. Fraternidad sacerdotal. Los presbíteros, reunidos
alrededor del Obispo, vivan la fraternidad, conscientes de que se trata de una
verdadera "fraternidad sacramental" (42), fundamento necesario para
una mutua ayuda espiritual, a fin de que desempeñen el ministerio con
unidad de intención. Tengan ellos presente el valor evangelizador de esa
fraternidad sacerdotal por la caual forman un cuerpo dinámico y creíble,
de conformidad con la petición que hizo Jesús al Padre en la oración
de la Ultima Cena (cf. Jan 17, 20-21). La Evangelización nunca es un acto
aislado o individual, sino siempre profundamente eclesial, que se ha de cumplir
con el espíritu y con el método de la comunión. Esto se
hace urgente en las Iglesias en cuyo territorio se está llevando a cabo
la evangeliazación de los no cristianos (43).
Procuren los presbíteros tener una verdadera amistad
con sus hermanos; gracias a ésta podrán ayudarse, con mayor
facilidad, a crecer en la vida espiritual e intelectual, prestarse asistencia en
las necesidades materiales, y tener una vida más plena y serena. Esta
amistad entre los sacerdotes, realizada en Cristo como consecuencia de la comunión
de cada uno con El, es una gran ayuda para superar el peso y las dificultades de
la soledad (44).
Los presbíteros encrgados de la cura de almas, en
especial los párrocos, consideren que les han sido confiados
especialmente los sacerdotes jóvenes que el Obispo les envía como
colaboradores; ayúdenlos fraternamente de manera que no se sientan
abandonados y se integren positivamente en el presbiterio.
Entre los medios que favorecen esa fraternidad, se pueden señalar
las asociaciones sacerdotales. Han de estimarse aquellas que, con estatutos
reconocidos por la autoridad eclesiástica competente, fomentan la vida
espiritual, la convivencia humana, las actividades culturales y pastorales, y
favorecen la unidad de los presbíteros entre sí y con su propio
Obispo (45). Han de evitarse las asociaciones que tiene un espíritu
cerrado, una mentalidad exclusivista, sobre todo si están de alguna
manera relacionadas con grupos potentes o movimientos políticos, o son
favorecidas por ellos (46). De todos modos, insístase, en las Iglesias jóvenes,
en la unidad de todo el presbiterio.
Se debe dar especial importancia a la fraternidad entre los
sacerdotes seculares y los misioneros, especialmente los que han contribuido a
fundar la Iglesia y a desarrollar el clero nativo.
La fraternidad sacerdotal, cierto, abarca también a
los sacerdotes que pertenecen a Institutos de vida consagrada o a Sociedades de
vida apostólica. Y, en cierto sentido, se extiende también a los
laicos que siguen a Cristo más de cerca en una vida consagrada. Prepárense
los presbíteros, y estén dispuestos a ayudar espiritualmente a los
hermanos y hermanas laicos, de acuerdo con las directrices del Obispo, sin
intervenir, sin embargo,, en asuntos referentes a la disciplina y a la
organización interna de la comunidad.
7. Ministro de la Palabra. Pertenece al presbítero,
como educador del Pueblo de Dios en la fe, partícipe de la misión
profética de Cristo y cooperador del Obispo, anunciar la Palabra de
salvación y, con su fuerza, congregar a los fieles (cf. Rom 10,17) (47).
Un deber específico del predicador del Evangelio es comunicar la Palabra
de Dios, de la cual es humilde servidor - no la sabiduría humana (cf.
1Cor 2,1 ss) (48). El ministerio de la Palabra se realiza de distintas maneras.
En las Iglesias jóvenes, se pueden destacar las siguientes: el primer
anuncio a los no cristianos; la predicación a los fieles; la catequesis a
los catecúmenos y a los bautizados; la evangeliación de la enseñanza
y de la cultura; el diálogo individual.
- Evangelizador incansable. El presbítero dé prioridad a la
tarea de anunciar, mediante la palabra, el mensaje del Evangelio a quienes no
están todavía bautizados en el territorio que le ha sido
encomendado. Ese primer anuncio es una responsabilidad fundamental que la
Iglesia, a través de los apóstoles, recibió del Señor
mismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación"
(Mc 16,15; cf. Mt 28,19). Todo sacerdote, en virtud de su función profética,
y en estrecha colaboración con la responsabilidad misionera de su Obispo,
tiene el deber imprescindible de anunciar a los hombres "al Dios vivo y a
Jesucristo enviado por El para salvar a todos (Cf. 1Ts 1, 9-10; 1Cor 1, 18-21),
a fin de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo
(cf. Hch 16,14), que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor"
(49). Como Pedro y Juan,todo presbítero manifieste su deseo de ser
mensajero infatigable de la Buena Nueva de Jesucristo: "No podemos nosotros
dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4,20); y escuche,
come si fueran para él las palabras que el Señor dijo a Pablo: "No
tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo" (Hch 18,
9-10).
Al organizar las actividades apostólicas de la diócesis
y de la parroquia, deberá darse un lugar destacado a la función
específica del anuncio a los no cristianos, involucrando en primer lugar
a los sacerdotes y a los diáconos, con la estrecha colaboración de
los catequistas y de toda la comunidad de los fieles.
- Al servicio de la predicación. Es deber del párroco, con sus
colaboradores, programar la predicación, para que llegue a todos los
fieles con regularidad y frecuencia, incluso a aquellos grupos que no tiene la
posibilidad de celebrar la Eucaristía con ocasión de todas las
fiestas de precepto.
La predicación implica, para los sacerdotes, un
elevado sentido de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada,
sino preparada mediante el estudio, e interiorización en la oración;
ha de expresar los valores perennes de la Sagrada Escritura, de la Tradición,
de la liturgia, del magisterio y de la vida de la Iglesia (50); debe haber
coherencia entre la predicación y la conducta del sacerdote, de manera
que la Palabra sea corroborada por el testimonio (cf. Mt 5, 16); han de
exponerse criterios perennemente actuales para la vida cristiana individual y
comunitaria (51).
En la predicación, se destaca la homília, que
es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono.
Se le da un lugar privilegiado y debe exponer los misterios de la fe y las
normas de vida cristiana, basándose en el texto sagrado y siguiendo el año
litúrgico (52). Debe estar vinculada con la catequesis, aplicando a las
formas concretas de vida, en el contexto cultural, los misterios proclamados.
En las zonas de misiones, donde hay escasez de clero, póngase
de relieve la posibilidad de admitir a predicar también a los laicos, en
conformidad con las normas canónicas (53). Elijan los sacerdotes algunos
de los fieles más idóneos y prepárenlos a este delicado
ministerio. Si éstos últimos han sido oficialmente escogidos por
el Obispo, inclúyanles en los programas parroquiales de predicación
y asístanles fraternamente.
- Comprometido en la catequesis. La formación catequética,
entendida como enseñanza sistemática de la doctrina y como
iniciación gradual en la vida cristiana, es un deber grave de la
comunidad eclesial y en particular de los pastores de alma (54). Los párrocos,
en virtud de su cargo, deberan garantizar que la catequesis se lleve a cabo en
forma ordenada y regular, en favor de todas las categorías de los fieles,
y que abarque todos los grupos de edades (55).
En las misiones, la catequesis ocupa un lugar de primera
necesidad para ayudar a que surjan nuevas comunidades, y fomentando así
la formación religiosa de los bautizados en un contexto eclesial joven
que requiere una adecuada inculturación y que a menudo se vé
sometido a presiones contrarias por el ambiente no evangelizado, y recibe la
influencia del materialismo moderno.
En este campo es indispensable la cooperación de
todos los miembros de la comunidad, pero especialmente de algunas categorías.
Los padres tiene, ante todo, más que cualquier otro,
la obligación de formar cristianamente a sus hijos con las palabras y con
el ejemplo (56). Preparen los sacerdotes a aquellos que están por
contraer matrimonio, y apoyen a las parejas y a los padres de familla cristianos
en esa peculiar responsabilidad, mediante instrucciones apropiadas y con un
ayuda práctica.
Nadie puede ignorar la importancia de los maestros para
ayudar a crecer en la fe a las nuevas generaciones (57). La enseñanza de
la religión en las escuelas es, para muchos jóvenesm, el primer
contacto que tienen con el Evangelio. Por lo tanto, empéñense los
sacerdotes en el sector de la pastoral de las escuelas católicas y
estatales, pues son un terreno prometedor para una primera evangelización
y un medio propicio para la formación religiosa de los jóvenes ya
bautizados, ya que se deberá encarnar el mensaje cristiano en los valores
de la cultura que la escuela transmite. Las maneras de intervenir deberán
ser diferentes, según las instituciones escolares, la preparación
religiosa de los maestros y las leyes del Estado. Lo que cuenta es hacerse
cargo, con convicción, del sector escolar, en la pastoral diocesana y
parroquial (58).
En las Iglesias de misiones, los catequistas tienen la tarea
de explicar la doctrina evangélica y de organizar, en colaboración
con los sacerdotes, los actos litúrgicos y las obras de caridad (59). En
algunos casos, se les confía el cuidado espiritual de pequeñas
comunidades donde el sacerdote solo puede estar raras veces. Con el desarrollo
de las Iglesias, el catequista para todo se va configurando más bien como
una función específica, con la única tarea de la
catequesis. Es necesario que los sacerdotes se entiendan muy bien con los
catequistas, dando valor a su trabajo, retribuyéndoles justamente y se
preocupen por su formación espiritual e intelectual, de acuerdo con las
normas diocesanas, en escuelas destinadas a este fin (60).
Instruir, y acompañar a los catecúmenos, es
una de las funciones primordiales de los catequistas. La experiencia demuestra
que el desarrollo de la primera evangelización se debe a su generosidad,
sobre todo en las zonas donde los no cristianos son numerosos. En este contexto,
ha de subrayarse la función del catecumenado peculiar de las misiones
que, a través de la instrucción y la práctica, inicia a los
catecúmenos en el misterio de la salvación y les lleva a vivir la
fe, la caridad y el apostolado. Es tarea de las Conferencias Episcopales
establecer estatutos para organizar el catecumenado sobre la base del Ordo
Initiationis Christianae, especificando los deberes, las prerrogativas y los
programas de los catecúmenos (61). Se pida a los sacerdotes un empeño
generoso para valorizar el catecumenado, con la convicción de que es el
mejor medio para que se desarrolle la comunidad, en cuanto a nuevos miembros, y
en madurez.
Para facilitar la instrucción catequética y,
en general, el anuncio de la Palabra, es importante que los presbíteros
crean en la utilidad de los medios de comunicación grupales y sociales, y
los empleen, ayudando también a los fieles a formarse criterios eficaces
para su correcta utilización. Habrán, pues, de tener una cierta
sensibilidad, suficiente preparación, capacidad para suscitar la
colaboración de los laicos, y saber emplear los medios apropiados (62).
- El diálogo entre las personas. Todas las formas de comunicación
de la Palabra deben realizarse mediante la transmisión, siempre eficaz,
de persona a persona. El Señor mismo la utilizó, como lo
demuestran, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo (cf. Jn 3,1 ss), la
Samaritana (cf. Jn 4, 1 ss), Simón el fariseo (cf. Lc 7,1 ss) y con
otros. Hay que estimular el contacto personal del que comunica la Palabra con el
que la recibe. Los sacerdotes, en particular, valoricen el Sacramento de la
Penitencia y la dirección espiritual como medios importantes de formación;
mediante el contacto y diálogo fraternos, se podrán dar respuestas
más adecuadas a los problemas, siempre diferentes, de persona a persona
(63).
8. Presidente de las celebraciones litúrgicas y
ministro de los Sacramentos. El presbítero, partícipe de manera
especial del Sacerdocio de Cristo, actuando como ministro suyo y bajo la
autoridad del Obispo, ejerce su función sacerdotal sobre todo en los
actos litúrgicos y en la administración de los sacramentos (64).
Deberá, por tanto, empeñarse en adquirir un profundo sentido litúrgico
y ser un animador convencido de la vida litúurgica de los fieles (65).
- Pastoral sacramental. Por lo que se refiere al ministerio de los
sacramentos, la tarea primordial de los presbíteros es procurar que se
conozca verdaderamente, en especial mediante la catequesis, su carácter
eclesial, su finalidad intrínseca y su unidad con la Eucaristía,
la aptitud radical de los fieles para recibirlos y vivir su gracia propia en
virtud del sacerdocio común de los fieles (66). Lúchese contra la
idea equívoca de que los sacramentos han de considerarse como acciones
aisladas en si mismas, como un efecto mágico, separados de la vida.
Dado que los fieles bien dispuestos tienen derecho a recibir
los sacramentos (67), procuren los pastores que tengan una preparación
adecuada (68). Es necesario precisar, aquí, que la pastoral sacramental
no se limita al tiempo que precede la celebración, sino sigue más
adelante para acompañar y llevar a la madurez, prestando especial atención
a los neófitos (69). La comunidad tiene el deber de crear un ambiente
fraterno a quienes reciben los sacramentos por primera vez.
Para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de
relieve el carácter central de la Eucaristía, en virtud de la
cual, y alrededor de la cual la comunidad se forma, vive y llega a la madurez.
Al ofrecer el Santo Sacrificio "en la específica identificación
sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote" (70), los presbíteros
habrán de colocar, efectivamente, el misterio eucarístico en el
centro de su vida y de su comunidad. No olviden que sólo a partir de ese
centro vital podrán anunciar la Palabra con fruto y reunir a la comunidad
que les ha sido encomendada. Esfuércense por estimular a los fieles a que
tomen parte activa en la Santa Misa, ofreciendo la divina víctima a Dios
Padre y uniendo la ofrenda de su propia existencia (71), reciban con frecuencia
el pan de vida, y veneren con adoración a Cristo vivo en el tabernáculo
(72). Cuando, por falta de sacerdotes, no es posible celebrar la Sta. Misa todos
los domingos en todas las comunidades, los pastores deberán establecer un
programa que contemple la celebración por turnos, de manera que los
fieles puedan tener una cierta garantía y orden en este campo esencial
para su vida cristiana.
En la situación actual, coinviene también
invitar a los sacerdotes a un "ejercicio diligente, regular, paciente y
fervoroso del sagrado ministerio de la Penitencia" (73). Esta pastoral
requiere disponibilidad y espíritu de sacrificio, pero es la expresión
más elevada de la misericordia de Dios en Cristo a través del
ministerio de la Iglesia. Esfuércense los sacerdotes en presentar este
sacramento también como una solución para los conflictos del mundo
actual, en cuanto que el pecado individual repercute siempre en la vida social,
con consecuencias desastrosas para la dignidad integral del hombre (74).
En las Iglesias de territorio de misiones, gracias a una
catequesis fiel a la doctrina, y a la generosidad de los pastores, la práctica
del sacramento de la Penitencia es todavía frecuente. Habrá que
superar las dificultades en cuanto a la organización y al número
limitado de confesores para conservarla e intensificarla. Una programación
ordenada ayudará a coordinar las fuerzas; en especial, con ocasión
de las grandes fiestas, de manera que los sacerdotes que son vecinos se ayuden
mutuamente. Hay que tener siempre presente que la confesión individual es
el único modo ordinario para que un fiel consciente de que está en
pecado grave se reconcilie con Dios y con la Iglesia. Por lo que se refiere, en
cambio, a la absolución a varios penitentes a la vez, sin previa confesión
individual, hay que recordar que puede administrarse sólo bajo ciertas
condiciones: cuando hay peligro de muerte, o si se presenta una necesidad grave;
es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay
bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno
dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su
parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental
o de la sagrada comunión. Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se
dan las condiciones requeridas por la norma canónica; éste,
teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la
Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa
necesidad (75). No habrán de descuidarse, especialmente en los momentos
principales del año litúrgico, las celebraciones penitenciales
comunitarias; se ayudará a los fieles a comprender el sentido
profundamente eclesial de purificación, aunque no sea bajo la forma
sacramental.
Principalmente, pero no exclusivamente, en los Territorios
donde se realiza la primera evangelización de los no cristianos, los
sacramentos del Bautismo y de la Confirmación requieren especial atención
por parte de los sacerdotes.
Por lo que se refiere al Bautismo, subráyense
especialmente los efectos, a saber: la liberación del pecado, la filiación
divina, la configuración con Cristo y la incorporación a la
Iglesia (76). En la fase de preparación, la pastoral deberá
dirigirse a los padres y a los padrinos cuando se trata del Bautismo de niños,
y a los candidatos mismos cuando son adultos (77). Se deberá valorizar la
natural connexión entre catecumenado y bautismo (78). No deberá
descuidarse la pastoral postbautismal, ya que los neófitos necesitan una
especial ayuda para cumplir fielmente los deberes de la vida cristiana e
integrarse en la comunidad eclesial que les ha recibido (79).
En cuanto a la Confirmación, también es
importante insistir en los efectos. Por ella se progresa en el camino de la
iniciación cristiana, y ella enriquece con los dones del Espíritu
Santo, vincula más estrechamente a la Iglesia y obliga más
estrictamente a comprometerse en el apostolado, dentro y fuera de la comunidad
eclesial (80). La pastoral deberá cuidar de la preparación de los
confirmandos y luego acompañarlos para que su vida cristiana sea más
madura y su compromiso apostólico, aún con los no cristianos, sea
más generoso. La administración de la Confirmación es una
ocasión propicia para establecer un vínculo personal y concreto
entre cada uno de los candidatos y el Obispo.
- Algunas prioridades en la pastoral litúrgica, En las Iglesias que se
van desarrollando hacia una plena madurez, la pastoral litúrgica presenta
algunos aspectos prioritarios: ante todo, el sentido comunitario de las
celebraciones, como bra de Cristo y de la Iglesia (81), en las cuales todo
cristiano puede participar según sus aptitudes, de acuerdo con las
distintas órdenes y funciones (82).
Además la necesidad de la participación activa
que supone, tanto una previa preparación, como una conciencia del valor
de la acción litúrgica (83). La pastoral litúrgica exige,
además, que se preste atención a la relación entre la
celebración y la vida, de manera que los fieles puedan manifestar en sus
actividades las múltiples riquezas del misterio de Cristo que han
conocido mediante la fe (84). Ese tipo de pastoral exige un notable esfuerzo de
inculturación, para que se comprendan más fácilmente las
celebraciones y correspondan a la sensibilidad de las personas en su contexto
cultural, sin desde luego disminuir el imprescindible sentido de misterio (85).
El estudio y las iniciativas de inculturación de la liturgia deberán
emprenderse a nivel de las Confrencias Episcopales, en conformidad y armonía
con la tradición y las normas de la Iglesia universal. Los sacerdotes con
cura de almas deberán sostenerlas con convicción y realizar las
orientaciones según el programa común aprobado en la diócesis
(86). En fin, tómense bien en cuenta las celebraciones dominicales cuando
falta el ministro sagrado. Ratificada la celebración de la Eucaristía
como centro y cumbre de la vida cristiana, es indispensable asegurar a las
comunidades alejadas del centro una reunión de oración todos los
domingos, aún cuando no se puede celebrar la Misa por falta de sacerdotes
(87). Las Conferencias Episcopales y los Obispos locales tienen el deber de
organizar esas celebraciones conforme a las normas de la Iglesia (88) por lo que
se refiere a su contenido, su relación con el año litúrgico,
la persona que las debe presidir, su desarrollo y la necesidad de no
confundirlas con la celebració eucarística. Corresponde a los
sacerdotes preparar a las comunidades interesadas y a sus animadores, de manera
que estas celebraciones en las que se lee la Palabra de Dios y, posiblmente, se
distribuye la Eucaristía, sean una verdadera expresión de la oración
de la Iglesia que pueda ayudar a los fieles a santificar el domingo y aumentar
en ellos el deseo de participar en la Santa Misa.
- La actitud del sacerdote que preside habrá de inspirarse no sólo
en una comprensión adecuada (89); deberá tener, asimismo, una
apropiada dignidad. Esta se logra, en la liturgia, también en la
sencillez y pobreza de los edificios y objetos sagrados, siempre que las
celebraciones se realicen con devoción interior y exterior, evitando toda
prisa o descuido. Esfuércese, pues, el presidente de la acción litúrgica,
por animarla activamente, interviniendo personalmente con las exhortaciones
apropiadas que aparecen en las rúbricas y dejando lugar a las otras
intervenciones: lecturas, cantos, gestos, y a los momentos de silencio. La
presidencia de las acciones litúrgicas, y su animación, exigen al
sacerdote riqueza interior, buen conocimiento doctrinal, la capacidad de hacer
participar a los demás y el esmero en prepararse cada vez.
- Fiel observancia de las normas litúrgicas. Por lo que se refiere a
los gestos, palabras, ornamentos y objetos, el sacerdote deberá hacer
hincapié en el sentido de lo sagrado que está relacionado con el
culto, y mostrar también un interés pedagógico. La Iglesia
ha publicado instrucciones precisas al respecto que todos los sacerdotes deben
seguir (90). Esta fidelidad a las normas de la celebración, y el
dinamismo al presidir, servirán de ejemplo para la comunidad. Los fieles
deberán comprender la magnitud de los misterios que se celebran por el
fervor interior de los sacerdotes y la dignidad de su comportamiento. Sepan los
sacerdotes que faltan a su función de guías y pueden desorientar a
los fieles cuando modifican, con ligereza, el desarrollo de la acción
sagrada agregando o suprimiendo algo indebidamente, o celebran sin ornamentos,
con vasos no sagrados, o fuera del lugar y sede prescritos. Reconociendo que
existen situaciones de necesidad y hay excepeciones justificadas, se invita
calurosamente a los sacerdotes a brindar a las jóvenes comunidades de
misiones celebraciones litúrgicas lo más dignas y ordenadas
poisibles. Recuerden, en fin, que las celebraciones realizadas con dignidad son
un sublime llamamiento para quienes se interesan por el cristianismo y se están
acercando a él.
9. Liberación, promoció humana y opción
preferencial por los pobres. La promoción del hombre está asociada
a la evangelización: se trata, en efecto, de la única misión
de la Iglesia que se siente comprometida, por voluntad de Cristo (cf. Mt 25,
41-45; Lc 16, 19-31), en un auténtico desarrollo integral del hombre,
como individuo y como sociedad, hasta llegar a denunciar, cuando es necesario,
los males y las injusticias sociales que lo aquejan (91). Hay que recordar, sin
embargo, que la misión propia de la Iglesia no es de orden "político,
económico o social", sino "religioso" (92), en cuanto que
ella "da su primera contribución a la solución del problema
urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí
misma y sobre el hombre " (93).
En este mismo marco, surge la cuestión de la liberación,
que se siente con mayor o menor urgencia en distintas partes de la Iglesia, con
todo lo que ella implica en la acción. Todo hombre ha sido llamado, en el
eterno designio del Padre, a la comunión con Dios, con el género
humano y con todo el mundo; éste se encuentra íntimamente
vinculado al hombre y por medio de él alcanza su fin. Esta comunión
es quebrantada por el pecado, pero restaurada en Cristo, según la promesa
de salvación que Dios anunció desde los orígenes de la
humanidad (cf. Gn 3,15; Rom 5, 20-21). Cristo, muerto y resucitado, en efecto,
libera al hombre del pecado y de sus consecuencias de opresión, egoísmo
e injusticia a nivel individual y social, restaura la comunión y ofrece a
todos la salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia proclama
esta misma liberación y se empeña en ayudar al hombre para que la
conquiste en todos los campos de su existencia.
Es necesario que,en los territorios de misiones,los
sacerdotes tengan una concienca clara y precisa de este problema y conozcan
exactamente los elementos esenciales de una teología de la liberación
conforme al magisterio de la Iglesia (94), a fin de dar una contribución
eficaz en el pensamiento y la acción, sin caer en ideologías
sectarias.
La tarea específica de los laicos es llevar los
valores del Evangelio y del Reino al campo económico, social y político
(95). A los sacerdotes corresponde preocuparse por su preparación y
asistirles, así como acompañarlos y estimularlos a asumir sus
responsabilidades en el campo específico de las realidades temporales
(96). Tengan los sacerdotes valor y equilibrio en este sector del apostolado.
Para ejercer, de manera eficaz, la pastoral de la liberación,
de la promoción humana y de la justicia, procuren los sacerdotes conocer
completamente la doctrina social, las directrices y las opciones pastorales de
la Iglesia. Sepan estar cerca de su gente - cuando ésta se halla oprimida
por quienes tienen las riquezas y el poder - manteniendo relaciones de
solidaridad, acogida y concientización, de manera que no se someta
pasivamente a las situaciones de injusticia social. No se detengan los pastores
ante las dificultades inevitablmente relacionadas con esta pastoral.
Hay que recordar, asimismo, el grave fenómeno de los
refugiados a causa de la guerrilla o de las calamidades naturales. El
sufrimiento del exilio, la disgregación de las familias y el aislamiento,
además de la extrema miseria, tienen como resultado, a menudo, el
derrumbamiento de los ideales, la desconfianza o incluso la desesperación.
La fé religiosa constituye un apoyo precioso para reconstruir una vida. A
menudo, el sacerdote es el primero que recibe el impacto de estas situaciones,
con los problemas inherentes como la concentracioón de la población,
la promiscuidad en los campos de prófugos, y los jóvenes que van a
la deriva. En estos casos, se requiere una especial sensibilidad y preparación,
por parte de los sacerdotes, para realizar una cura pastoral más específica.
Quando se trata de llevar a cabo iniciativas de desarrollo,
y en los casos en que se denuncian injusticias públicas, actuén
los sacerdotes no aisladamente sino unidos, con un programa estudiado a nivel
diocesano y aprobado por el Obispo. Debe tenerse presente que algunas
intervenciones desproporcionadas y poersonales, en especial en el campo sociopolítico,
pueden hacer deslizar al sacerdote fuera de su esfera que es la caridad
pastoral, disminuir la credibilidad en su misión, desorientar a los
fieles y perjudicar al apostolado.
Las solicitudes de ayuda material para otras Iglesias o
instituciones públicas deben hacerse siempre con aprobación del
Ordinario y según un plan diocesano, a fin de garantizar una sana
precaución entre las distintas comunidades parroquiales.
Entre las exigencias del Evangelio, se destaca la caridad
hacia todos, en particular hacias los pobres. La Iglesia reitera su opción,
o amor preferencial por los pobres, pidiendo a los sacerdotes que sean
coherentes. No se trata de una elección exclusiva, sino de una forma
especial del primado de la caridad; un amor a los hermanos por lo que ellos son,
y no por lo que poseen o por la situación privilegidad en que se
encuentran. Hay que tener presente que se consideran pobres no sólo los
que no tienen, sino también algunas clases y categorías de
personas muy numerosas de oprimidos, marginados, o personas en graves
dificultades como los minusválidos, los desocupados, los emigrantes, los
refugiados, los drogadictos, etc (97). Estén los sacerdotes cerca de
estos hermanos, compartiendo sus problemas y sus sufrimientos, y viendo en ellos
el rostro doliente de Cristo ( cf. Mt 25,40).
Asimismo en la realización de obras de desarrollo
social, estén convencidos los sacerdotes de que la evangelización
debe imponerse gracias a los valores sobrenaturales del Evangelio y no por la
fuerza de los medios económicos. En la salvaguardia de la misión
de la Iglesia, evítese despertar intereses demasiado terrenales en los
fieles y en quienes se acercan al Cristianismo.
10. Artífice de la colaboración. El apostolado
es un acto eclesial, comunitario, ordenado jerárquicamente en distintos
niveles de competencia (98).
Los sacerdotes tienen el deber de ejercer su servicio
pastoral con un espríritu eclesial, permaneciendo profundamente
insertados en la comunidad, en unión y obediencia al Obispo y en
colaboración con todos los agentes de pastoral, evitando obrar en forma
autónoma y personalista y siguiendo la marcha de la comunidad en la
realización de planes de acción, con paciencia y flexibilidad.
El compromiso de los presbíteros a nivel diocesano se
manifiesta también mediante su inserción en los distintos consejos
y organismos. Manifiesten ellos su participación con interés y
generosidad, con miras al desarrollo de toda la familia diocesana.
En la parroquia, pertenece en primer lugar al párroco
organizar la cooperación entre todos los agentes de pastoral: sacerdotes,
diáconos, religiosos y laicos (99). Debe estimularse el esfuerzo por
promover la unidad entre aquellos que trabajan con plena dedicación,
mediante reuniones regulares y frecuentes de información, planificación
y búsqueda de medios de acción.
Con un espíritu de confianza, hay que promover en la
parroquia los organismos de participación previstos por el derecho canónico,
como el Consejo pastoral (100) y el consejo de asuntos económicos (101);
así como otras iniciativas comunitarias como pequeñas comunidades,
asociaciones y movimientos. Hay que tener presente que, en algunas culturas, la
pequeña comunidad eclesial es fundamental en la estructura social y puede
constituir un marco ideal también para la vida cristiana. Ayúdese
a estas comunidades de base a ser verdaderamente eclesiales, es decir, a estar
en comunión y cooperación real con la Iglesia y con los Pastores,
en la doctrina, la organización y las iniciativas apostólicas
(102). La sensatez del sacerdote deberá facilitar la cooperación
en la acción de los diversos grupos, con un espíritu de unidad,
pero respetando las características propias de cada uno y su propia
autonomía.
Tanto a nivel diocesano como parroquial, merece destacarse
especialmente la colaboración entre el clero local y los misioneros
provenientes de otros países, teniendo presente que muchos de ellos son
religiosos. Estos trabajan en virtud de un mandato universal de la Iglesia,
confiado por la Autoridad Suprema, y de una convención especial con el
Ordinario local. Su presencia es un don precioso de la Iglesia misionera y un
intercambio de caridad entre Iglesias particulares. Sepan estos misioneros
integrarse en la sociedad e insertarse en la Iglesia local, en cuanto son parte
de de ella de pleno derecho: son miembros del presbiterio si son sacerdotes, y
adhieren en todo a su Pastor por lo que se refiere a la actividad pastoral sin
dejar de vivir y de actuar conforme al carisma específico de las
constituciones de su respectiva orden (103). Los presbíteros locales,
superando todo espíritu de falso nacionalismo, vivan en comunión
con ellos y sepan valorar su cooperación apostólica que, sobre
todo en lo que respecta a la primera evangelización, no es sólo útil
y especializada, sino en muchos casos indispensable. Favorezcan, por su parte,
los misioneros, el justo desarrollo de fuerzas locales. Establézcase
entre estos Institutos y el clero local una coordinación ordenada de la
acción pastoral, bajo la dirección del Obispo, respetando el
sentido de unidad entre apóstoles, el carácter y el fin de cada
Instituto (104).
Para promover la pastoral de conjunto, que es de capital
importancia para la actividad misionera, los sacerdotes deberán actuar
con arreglo a una acertada planificación, por lo menos a nivel diocesano
y parroquial. Esto requiere la utilización de una técnica ya
experimentada, a saber: conocer la realidad y establecer los objetivos generales
y específicos, los criterios, las estrategias y las formas de actuar.
Para que la planificación no sea sólo teórica, háganse
programas concretos, estableciendo las metas, las iniciativas, los responsables,
los medios, lugares, fechas, etc. Los programas habrán de someterse a
revisiones regulares.
11. Pastor dedicado a la evangelización de las
culturas. El Evangelio trasciende todas las culturas y no se identifica con
ninguna de ellas (cf. Jn 18,36). Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio,
lo viven hombres profundamente vinculados a una cultura, y la edificación
de este Reino no puede prescindir de los elementos culturales. Este importante
sector tiene un profundo significado en la evangelización misionera; se
sitúa, en efecto, en el marco de la Encarnación del Verbo. Es
deber de la Iglesia, nada fácil, evangelizar las culturas, es decir,
favorecer y acoger todos los recursos, las riquezas, las costumbres de los
pueblos en la medida en que son buenos; además, anunciar la Buena Nueva a
todas las capas de la humanidad para transformarlas desde el interior,
purificarlas de los elementos negativos viejos y nuevos, de manera que se pueda
expresar nuevamente el mensaje evanglico a través de manifestaciones
valederas.
La inculturación ha de realizarse, en primer lugar,
en las Iglesias particulares, considerándolas como comunidades que viven
una experiencia cotidiana de fe y de amor. Los especialistas pueden estimularla
y guiarla, pero ellos no son los agentes principales. Por otra parte, la
inculturación no es tarea de una sola comunidad, sino de todas las
Iglesias que viven en una determinada zona cultural. La inculturación, en
fin, no es un acto que se realiza una vez por todas, sino una continua integración
de la experiencia cristiana en una cultura, que nunca es estable ni termina.
Es importante recordar que el Evangelio, durante siglos, ha
penetrado en diferentes culturas, asumiendo sus valores, que han llegado a ser
valores humanos universales, elementos que han podido responder a las exigencias
de cualquier cultura. Esto facilita y enriquece la inculturación del
mensaje evangélico en cada cultura. Hay que tener en cuenta lo anterior,
en el discernimiento de los elementos, para no realizar una obra de demolición
que podría privar a un determinado grupo humano de un patrimonio cultural
que es patrimonio de toda la Iglesia.
Los sacerdotes deben comprometerse, con alegría y
confianza, en este campo del apostolado, aprendiendo a juzgar su propia cultura,
es decir, a distinguir en ella los valores, las deficiencias o los errores, y
también las consecuencias del pecado, de manera que cualquier manifestación
cultural no se considere como valor. Ellos deben tener presente que la
inculturación no debe estar en contradicción con la unidad de la
Iglesia, sino que debe partir siempre de la Sagrada Escritura, permaneciendo
fiel a la Tradición y a las directrices del Magisterio vivo (105). Pero
para que la inculturación alcance su fin y los fieles no queden
desorientados, los sacerdotes deben actuar en unión con el Obispo y los
demás presbíteros, siguiendo un programa común, establecido
a nivel de la Conferencia Episcopal (106).
En este contexto, se presenta la función
imprescindible de la religiosidad popular católica presente en el país.
Si, esta se considera en cuanto conjunto de valores, creencias, actitudes y
expresiones tomadas de la religión católica, es un elemento
privilegiado para el diálogo entre el Evangelio y las culturas;
constituye la sabiduría de un pueblo. Por tanto, para evangelizar
profundamente una cultura, hay que formar en ella esa religiosidad. Procuren los
sacerdotes que la religiosidad popular se alimente de un conocimiento del
mensaje cristiano auténtico y no caiga en la magia, la superstición,
el fatalismo, u otras formas desviadas de religiosidad (107).
12. Amigo y guía de los jóvenes. Los jóvenes
son una realidad viva y actuante en la Iglesia; se encuetran en el centro de sus
preocupaciones y de su amor; son su esperanza (108). La Iglesia, convencida de
que la juventud es por sí misma una riqueza (109), y de que los jóvenes
influyen de manera decisiva en la edificación de la sociedad (110), los
encomienda a los sacerdotes para que éstos les presten un cuidado
particular (111) y se formen hombres y mujeres con una recia personalidad humana
y cristiana (112). En las jóvenes comunidades eclesiales que se
encuetran, principalmente en contextos con mayoría de jóvenes,
este tipo de pastoral se considera de orden prioritario, sin que se pueda
renunciar a él, en bien del presente y del porvenir de la Iglesia (113).
Den los sacerdotes importancia a los jóvenes para la obra de evangelización.
Se puede hablar, con razón, de un apostolado de la esperanza, si los jóvenes
son evangelizados y llegan a ser protagonistas de la evangelización de
sus compañeros no cristianos (114).
La actitud del sacerdote respecto a los jóvenes ha de
ser apropiada; deberá caracterizarse por un sincero amor y una gran
disponibilidad por su parte; tendrá que aceptar, aunque sea molesto, su
vitalidad; habrá de compartir sus ideales, sus puntos de vista
consistentes, sus problemas y sus actividades; tendrá que ser capaz de
estimularlos a que den un juicio crítico al afrontar situaciones difíciles
como pueden ser, por ejemplo, una cierta cultura secularizada, y a menudo atea;
las ideologías alienantes; la tensión debida a las injusticias
sociales; la difusión de la droga, el permisivismo sexual, el desempleo,
etc. Los sacerdotes, por consiguiente, deben permanecer junto a los jóvenes
para iluminarlos y guiarlos en medio de estos escollos, ayúdandoles así
a formarse en un ambiente de confianza, a superar las contraddiciones que les
son peculiares y a expresar propuestas positivas de vida y emprenderlas en forma
coherente. Por tanto, tendrán que hacer lo posible por examinar las cosas
desde el punto de vista de los jóvenes, darles mucho tiempo, mostrarles
interés, tener con ellos relaciones de amistad y utilizar la práctica
de la dirección espiritual que influye de manera tan profunda en los años
de la juventud. Los sacerdotes deben tener siempre presente que la Iglesia tiene
muchas cosas que decir a los jóvenes, y éstos tienen muchas cosas
que decir a la Iglesia (115).
Es necesario, asimismo reunir a los jóvenes en grupos
masculinos, femeninos o mixtos, valorizando las estructuras escolares, las
asociaciones y los movimientos, o también promoviendo la formación
de grupos espontáneos. Los jóvenes tienen necesidad de participar
y de sostenerse mutuamente, de realizar algo efectivo, para crecer juntos. Por
lo tanto, traten los sacerdotes de conocer bien la dinámica de grupo y,
sobre todo, preocúpense por formar dirigentes de grupos juveniles.
A nivel diocesano, habrá que establecer un organismo
para la promoción de la pastoral juvenil, con sacerdotes preparados, a
los que se les encomiende este ministerio y que estén disponibles para
intervenir en las parroquias o en los grupos con una aportación
cualificada.
Presten especial atención los sacerdotes a un fenámeno
actual particular que influye en la difusión del mensaje: un gran número
de jóvenes insisten, por una parte, en que se les considere como tales a
una edad ya adulta; mientras, que por otro lado, imponen criterios poco maduros,
que ellos llaman juveniles, para juzgar la vida. Es un problema de inadaptación
que debe tenerse presentem allí donde se manifiesta, para evitar
condicionamientos.
La pastoral juvenil no se limita a los jóvenes; se
refiere a toda la comunidad cristiana. Se trata de formar y de ayudar a la
comunidad a comprender y a tener en cuenta los anhelos de los jóvenes, y
a dar testimonio de rectitud e integridad y de coherencia en la fé; a
integrar a los jóvenes en ella; en una palabra: a considerarse como
verdadera comunidad humana sólo si hay una presencia viva y una aportación
dinámica de la juventud. Adultos y jóvenes, unidos, estrechamente
y capaces de un intercambio mutuo de valores, forman la comunidad cristiana real
y completa.
13. Promotor de las vocaciones. Los sacerdotes desempeñan
un papel único e insustituible en la pastoral vocacional. Con la convicción
de que el Espíritu sigue distribuyendo con gran liberalidad los carismas
de las vocaciones especiales, y que Cristo sigue llamando a los jóvenes
porque los ama (cf. Mc 10,2) (116), esfuércense los sacerdotes por acompañar
a los jóvenes durante el período delicado y decisivo de la búsqueda
vocacional.
La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana,
con una invitación a la oración y al testimonio. La comunidad, en
la variedad de servicios, funciones y carismas, tiene un papel importante de
corresponsabilidad en cuanto al origen de las vocaciones. Sigue, luego,
involucrando a las familias y a las escuelas, ya que los padres y los maestros
son educadores también en la esfera relativa a la elección de la
vida (117). Pero los principales interlocutores en el diálogo vocacional
son los mismos niños y jóvenes; toca a los sacerdotes llamarles y
ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones.
Así, cuando un joven demuestra una verdadera madurez
cristiana, y manifiesta inclinación a la vocación sacerdotal, a la
vida consagrada o al compromiso misionero, el sacerdote debe acercarse a él
con delicadeza y acompañarle individualmente mediante una esmerada
dirección espiritual. A ejemplo de Jesús, no temerá
interpelarlo, proponiéndole explícitamente la opción de una
vida enteramente consagrada a Dios en un servicio apostólico (cf. Mt
4,19-20: 19,21; Jn 1, 39, 42-43). El sacerdote ha de tener presente, sin
embargo, que la mejor propuesta debe proceder de su propia vida, coherente y
feliz. Evite, además, presentar ante todo la ayuda que se presta a los
pobres, descuidando el punto focal y decisivo de toda vocación sagrada, a
saber: la persona misma de Jesucristo que se debe amar y seguir para cooperar a
la salvación del hombre. No se olvide que las vocaciones a la vida
consagrada nacen sólo gracias a una intensa vida cristiana.
Un punto importante de esta pastoral es la ayuda que se
brinda al joven para que pueda valorar sus motivaciones vocacionales. Hay que
conocer muy bien la calidad de los candidatos, y evitar que las casas de formación
se llenen de jóvenes que no han sido suficientemente probados. El Obispo
es quien tiene la responsabilidad de indicar los criterios necesarios para
realizar un discernimiento de las vocaciones que tenga en cuenta la madurez
humana y espiritual, las capacidades intelectuales, el espíritu de
servicio y la aptitud para asumir un compromiso social. Ha de incluirse, como
condición esencial, entre los criterios de discernimiento de la vocación
el presbiterado, la sensibilidad y disposición del candidato para
propagar el Evangelio entre los no cristianos. Será útil,
asimismo, integrarse en los programas vocacionales a nivel diocesano y nacional,
recurriendo a organismos y formas de ayuda adecuadas, y participando en
iniciativas comunes.
Parte de la pastoral vocacional, es la acogida y el apoyo
que se dan a los seminaristas cuando están de vacaciones con la familia o
durante los períodos establecidos de experiencia pastoral. Los
sacerdotes, especialmente el párroco, han de estar cerca de ellos y
acompañarles en la vida de oración, en las experiencias apostólicas
y en el estudio, conforme a las orientaciones del seminario. Demuestren los
sacerdotes una especial disponibilidad y atención hacia los diáconos
durante el período establecido de pastoral que constituye un momento
especial para formarles e iniciarles en el ministerio.
14. Atento a la identidad propia de los laicos. La atención
por los laicos es muy importante para la Iglesia. Esta subraya con insistencia
su vocación a la santidad y el triple oficio - sacerdotal, profético
y real - de los bautizados y confirmados (118).
Tengan los sacerdotes una actitud de apertura y atención
hacia los laicos, y siéntanse con ellos discípulos del Señor.
No olviden, en el ejercicio del ministerio, que, aunque tengan distintas
funciones son, con los laicos, "como miembros de un solo y mismo cuerpo de
Cristo, cuya edificación ha sido encomendada a todos" (cf Rm 12,
4-10) (119).
La pastoral de los laicos tiene en cuenta, ante todo, su índole
secular. A ellos corresponde, por propia vocación, buscar el Reino de
Dios gestionando las cosas temporales. Viven en el siglo, en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social, pero están llamados por Dios
como desde dentro, a modo de fermento, para que contribuyan a la santifidación
del mundo, guiados por el espíritu evangélico (120). En las
Iglesia que viven en grupos humanos de minoría cristiana, la presencia de
los laicos bautizados adquiere un particular significado, en cuanto ellos pueden
dar el testimonio más fácilmente perceptible de la fuerza y de la
actualidad del mensaje evanglico (121).
La acción de los fieles laicos se revela, hoy, cada
vez más necesaria y valiosa, pues la tarea misionera de la Iglesia asume
una amplitud siempre nueva y exige un compromiso responsable y solidario por
parte de todos los bautizados. Desde esta perspectiva, la fomación de un
laicado maduro y responsable se presenta como elemento esencial e irrenunciable
de la "plantatio Ecclesiae" y de su desarrollo (122).
Toca a los sacerdotes mantener vivo, en la conciencia de los
fieles, el grave deber que tienen de anunciar el Evangelio y de animar el orden
temporal, siendo solidarios con sus conciudadanos, con espíritu de
caridad y con la fuerza del Evangelio (123).
Sean los sacerdotes promotores convencidos del apostolado de
los laicos, formándoles de manera adecuada y animándoles a que se
comprometan con entusiasmo, movidos por un impulso verdaderamente cristiano
(124). Introdúzcanles en los consejos y demás organismos, encomendándoles
cargos en la comunidad, conforme a su vocacón propia y peculiar (125).
Los sacerdotes no han de reemplazar nunca a los laicos; más bien deberán
animarles en sus actividades, convencidos de que el desarrollo de la Iglesia,
especialmente en las misiones, se logra también mediante la presencia dinámica
de un laicado cada vez más preparado y verdaderamente responsable.
Debe prestarse especial atención a la presencia de la
mujer en la vida de la Iglesia y en las distintas actividades patorales. En
virtud de los valores peculiares de la condición femenina (126), la mujer
interviene con más fuerza en algunos sectores en los cuales debe darse
valor a su presencia; por ejemplo: la vida familiar, la educación de la
juventud, la catequesis, la visita a los enfermos, las obras de asistencia y de
caridad, etc., o en los campos donde no conviene que intervenga un hombre, sobre
todo si es sacerdote. La colaboración pastoral con las mujeres requiere
madurez y reserva en los sacerdotes. La dirección inmediata de las
actividades confiadas a las mujeres se deberá encomendar, de preferencia,
a una de ellas.
15. Apóstol de la familia. La familia cristiana tiene
el privilegio de ser la imagen de Dios-Amor. Ese amor, que involucra a la
persona como cuerpo y espíritu, une a la pareja y se hace fecundo (cf. Ef
5, 25-32). Así, la familia es la "célula primera y vital de
la sociedad" y "santuario doméstico de la Iglesia" (127).
Jesús la defendió por sus valores originarios e inmutables (cf. Mt
19, 4-8). En todas partes, la familia vive una situación compleja, con
luces y sombras; en los países de misiones, tiene que resolver problemas
especiales, planteados por las condiciones sociales, las influencias culturales
o las convicciones religiosas. La Iglesia es consciente de los grandes desafíos
que debe afrontar la familia cristiana hoy (128), y reitera su predilección
por ella, econmendándola a los pastores como tarea prioritaria (129).
El cuidado de las familias es uno de los deberes principales
del párroco; con él deben colaborar los demás sacerdotes,
los diáconos, los religiosos y los laicos bien preparados (130). La
pastoral familiar se realiza, en forma inmediata, en la comunidad parroquial,
gracias a su fuerza de comunión; pero, de manera más específica,
en la familia cristiana, en virtud de la gracia recibida en el sacramento (131).
La pastoral familiar empieza con la preparación de
los novios, que es remota, próxima e inmediata. La preparación
remota deberá comenzar con la catequesis juvenil; la próxima, es
tarea de los pastores, con la colaboración de personas cualificadas: la
inmediata, compete directamente a los sacerdotes, en cuanto se refiere de cerca
al sacramento. Cuiden los sacerdotes de la preparación al matrimonio
mediante contactos personales, tanto individualmente como en grupos (132),
subrayando, en especial, el significado del sacramento, la santidad y los
deberes del nuevo estado. En algunas culturas, que deben apoyarse, las familias
mismas se encargan de transmitir a los jóvenes los valores humanos y
cristianos relativos a la vida matrimonial y familiar.
En la celebración litúrgica del matrimonio,
los cónyuges manifiestan el misterio en el que participan: la unión
y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32) (133). Es oportuno, en la
medida de lo posible, que esta celebración sacramental sea solemne, se
realice en días festivos o en aquellos establecidos en el programa
diocesano, con la presencia activa y responsable de la comunidad. El empeño
pastoral se manifestará, asimismo, dando importancia a la Liturgia de la
Palabra y procurando la educación en la fe de los participantes (134).
La pastoral postmatrimonial deberá ser tarea de todos
los componentes de la comunidad, y ayudará a los esposos a vivir cada vez
mejor su vocación y misión. Sigan de cerca los sacerdotes a las
nuevas familias, ayudándolas a recibir, con toda lucidez, la gracia
peculiar y siempre actual del sacramento, a vivir con espíritu cristiano
los momentos felices y a superar las inevitables dificultades; sobre todo, a
acoger con amor a los hijos, asumiendo en forma responsable la tarea de
servirlos en su desarrollo humano y cristiano (135).
Mientras se propagan teorías contrarias a la enseñanza
de la Iglesia sobre la transmisión de la vida, a menudo integradas en las
legislaciones civiles, los sacerdotes tienen el cometido difícil y digno
de elogio, de ayudar a los fieles cristianos a ser plenamente conscientes y
coherentes en su deber de "cooperar con el amor del Creador" (136). Es
preciso realizar un trabajo pastoral unitario, perseverante y organizado, a
nivel diocesano (137), para que en las jóvenes comunidades cristianas se
arraigue la formación responsable de la vida, conforme a la tradicional y
sana doctrina de la Iglesia. Con frecuencia, en los territorios de misiones, hay
valores culturales que favorecen la obra de la Iglesia en esta pedagogía
matrimonial, y se deben poner de relieve.
Los pastores deberán tener especial esmero en lo
siguiente: - preparar a los fieles, especialmente a los novios y recién
casados, con la ayuda de personas expertas y moralmente íntegras,
mediante cursos y contactos personales, con el fin de educarles a una verdadera
paternidad responsable, según la fe cristiana, utilizando el método
natural (138); - indicar exactamente el sentido y el valor de la castidad
conyugal (139); - luchar enérgicamente contro la plaga del aborto (140);
- fomentar la máxima prudencia y adhesión a las enseñanzas
del Magisterio en todo lo referente a la biomédica, en cuanto a las
intervenciones sobre el patrimonio genético, la fecundación
artificial, etc. (141).
Ayuden los pastores a las familias a ser coherentes con los
compromisos cristianos, incluso en contextos indiferentes o contrarios; a
sostenerse con amor, con espíritu de sacrificio y con la oración
comunitaria; y a dar un testimonio auténtico del Evangelio en la
sociedad, en particular con los no cristianos. La visita a las familias es parte
importante de la pastoral. Prepárase seriamente el sacerdote para ese
apostolado y compórtese, con respecto a las familias, como "padre,
hermano, pastor y maestro" (142), sin preferencias, y más bien en
favor de aquellas más pobres y de los que están viviendo momentos
particularmente difíciles.
Las Iglesias jóvenes deben afrontar circunstancias
prticulares con relación al matrimonio y a la familia, según la
cultura o la situación religiosa y social local. Se trata de las uniones
aceptadas de hecho por la sociedad, pero que no han sido regularizadas dede el
principio ante la Iglesia, bien porque el esposo todavía no ha terminado
de pagar toda la dote, o porque se espera verificar si la unión es
fecunda, o por otras razones de tipo jurídico y de costumbres.
Además, están los casos bastante frecuentes de
poligamia, los matrimonios mixtos por disparidad de cultos y, en algunas
regiones, la plaga del divorcio. La atención a estas distintas uniones es
delicada y difícil. Es tarea de los Obispos, después de haber
consultado a los demás miembros de la Conferencia Episcopal, precisar los
criterios de comportamiento pastoral para aplicar en las circunstancias
concretas las normas universales probadas por el Romano Pontífice (143),
las cuales, aunque excluyan la admisión a los sacramentos, manifiestan un
profundo amor y respeto; ellas son: una sólida formación de los jóvenes
en la coherencia de la vida con relación a los deberes del matrimonio
cristiano: comprensión, sin rigidez, hacia las personas que se encuentran
en tales situaciones por debilidad o por presiones extrínsecas;
asistencia a esas parejas para ayudarles a que no pierdan la esperanza y a que
vivan, por lo menos en cierta medida, una vida cristiana, así como a
educar religiosamente a sus hijos y, si es posible, a regularizar su unión;
fiel observancia de las normas canónicas referentes a los casos de
matrimonios mixtos (144) y a la sanación en la raíz (145).
16. Cercano a los enfermos y ancianos. Los enfermos y los
ancianos requieren una atención particular en la comunidad, en especial
por parte de los pastores (cf. Mt 25, 36.43; Mc 16,18; Lc 9,11). Ellos tienen en
común la fragilidad física y síquica, y unos y otros
conocen el dolor en su doble dimensión: espiritual y corporal.
Establezcan los sacerdotes una fraterna armonía con
los enfermos, considrándolos parte preciosa del rebaño que les ha
sido encomendado. Síganles de cerca, continuamente y ayúdenles a
comprender el infinito amor del corazón de Cristo (cf. Mt 11,28), la
solidaridad cristiana y el significado misterioso y sobrenatural de la Cruz. Anímenles
a que encuentren fuerza y esperanza en la oración y en la ofrenda de su
sufrimiento para la redención del mundo, en unión con la pasión
de Cristo: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de
Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24). Gracias al
sostén de esta fe, los enfermos pueden llevar consigo el "gozo del
Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1Ts 1,6) y ser
testigos creíbles de la esperanza cristiana ante sus hermanos y antes
aquellos que todavía no creen en el Señor. Hagase hincapié
en una acción pastoral para los enfermos y los que sufren, y con ellos
(146).
La Eucaristía frecuente es el don más bello y
la mejor ayuda que el sacerdote puede proporcionar a los enfermos y a los
ancianos. Mediante la Eucaristía, él les recuerda que, a la luz de
la resurrección de Cristo, el dolor y la muerte adquieren un significado
victorioso. Es la respuesta de la sabiduría cristiana a un vacío
que existe, a menudo, en la sociedad actual, sobre todo con el progreso tecnológico.
Así se ayuda a los ancianos a superar la dolorosa experiencia de ver
aumentar sus limitaciones y, en algunos casos, de la soledad y el abandono.
Preocúpense los sacerdotes por atender a los ancianos para que éstos
sepan dar un valor a esa época de la vida que implica una misión
específica y original, en razón de la edad. El anciano, en la
Iglesia y en la sociedad, puede justamente calificarse como "testigo de la
tradición de fe" (cf. Sal 44,2; Ex 12, 26-27), maestro de vida (cf.
Si 6,34; 8,11-12), "el que obra con caridad" (147). Ayúdese a
los ancianos, además, a completar su vida en forma positiva. Hay que
estimular las culturas que manifiestan una singular veneración por el
anciano, dejándolo profundamente injertado en la familia como "testigo
del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el
futuro" (148).
La administración de los sacramentos de la Penitencia
y de la Unción de los enfermos es un momento importante de la pastoral de
los enfermos y de los ancianos. Sean solícitos los sacerdotes en ejercer
este ministerio (149), sin esperar los últimos momentos, y procuren,
cuando esto sea posible y conforme a las disposiciones del Obispo, que la unción
de los enfermos se celebre comunitariamente, para varios enfermos al mismo
tiempo, con la participación de los familiares y, posiblemente, de la
comunidad.
Para fomentar la pastoral de los enfermos y de los ancianos,
elíjanse algunos laicos debidamente preparados y oficialmente encargados,
como ministros extraordinarios de la Eucaristía y a otros como encargados
de las obras de caridad (150). El sacerdote, sin embargo, habrá de
mantener el contacto personal, que es irremplazable.
En este contexto, cabe agregar una invitación a que
se preste cuidadosa atención a las exequias de los difuntos. En todas
partes, pero especialmente en las sociedades donde la veneración de los
muertos y de los antepasados es muy importante, acompañen los pastores a
las familias en esos momentos dolorosos y procuren dar relieve a la celebración
del rito fúnebre, si es posible con la participación de la
comunidad cristiana. Hagan ellos de manera que se exprese vivamente el sentido
de participación de la Iglesia y el significado pascual de la muerte
cristiana (cf. Rm 6, 3-9; 1Cor 15, 20-22; 2Cor 4, 14-15; Ap 14,13), teniendo en
cuenta las tradiciones culturales en ciertos símbolos como el color de
los ornamentos, los cantos y el lugar y forma de la sepultura (151). Es una
ocasión privilegiada para hacer vivir a los fieles una profunda
experiencia de la comunión de los santos, y también para presentar
una catequesis sobre los novísimos y el sufragio para los difuntos. Es,
asimismo, una oportunidad para dar testimonio, ante los no cristianos, de la fe
de los bautizados en Cristo, vencedor de la muerte, y en la vida eterna.
17. Fautor de ecumenismo. La división entre los
cristianos no sólo "contradice abiertamente a la voluntad de Cristo";
es, incluso, "escándalo para el mundo" y daña a la causa
santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres"
(152), retardano la "plena comunión católica" (153).
Sean los sacerdotes fautores convencidos del ecumenismo,
siempre abiertos a la esperanza de que se realizará la plegaria de Jesús:
"que ellos también sean uno" (Jn 17,21), sin dejarse desanimar
por los obstáculos e incomprensiones locales que todavía existen.
Expongan los sacerdotes la verdad católica a sus
propios fieles, integralmente y en forma clara (154), sin caer en el relativismo
y evitando toda ambigÜedad en la enseñanza de la fe y el
comportamiento, aunque sea con buenas intenciones.
Por lo que se refiere a las iniciativas del movimiento
ecumnico, los sacerdotes deberán atenerse a las directrices de la Iglesia
dadas por la Conferencia Episcopal y el Obispo local (155).
En las relaciones con los no católicos, que a veces
crean problemas de orden pastoral, eviten los sacerdotes poner de relieve las
diferencias y las rivalidades religiosas, sabiendo sin embargo mantener la
unidad y la transparencia de la fe en su propia comunidad. Hagan todo lo posible
por establecer relaciones de amistad con los responsables religiosos de las demás
confesiones, para ayudarse mutuamente cuando esto sea posible y evitar
incomprensiones y posturas incorrectas de los unos hacia los otros, que
escandalizan a los no cristianos.
En cuanto a las sectas religiosas fundamentalistas e
intransigentes, numerosas en los territorios de misiones y que se muestran, por
lo general, agresivas con el Catolicismo, es necesario catequizar a los fieles
sobre los siguientes puntos: - cuales son las verdaderas notas de la Iglesia que
estas sectas contradicen más; - cuáòes son sus puntos débiles
y errores principales; - la imposibilidad de establecer un diálogo,
aunque sea mínimo, con ellas; - el deber de defenderse, y de evangelizar
a sus adeptos, que no pueden considerarse cristianos. Los sacerdotes, por
consiguiente, procuren saber por lo menos los elementos principales de la
doctrina y de los métodos de proselitismo de esas sectas, para poder
ayudar en forma adecuada a sus propios fieles.
18. Atento al diálogo con los no cristianos. El diálogo
con los seguidores de otras religiones es una tarea delicada e importante del
actual apostolado de la Iglesia,. Se trata siempre del diálogo de salvación,
que se realiza sólo en Cristo, y que, por lo tanto, no puede llevar al
relativismo, ni mucho menos menoscabar la integridad de la fe católica.
Este diálogo es necesario para que se pueda conocer con mayor exactitud
el Evnagelio, y su mensaje sea más fácil de percibir.
Permanezcan los sacerdotes atentos y abiertos a esta
realidad, y tengan un conocimiento adecuado de las religiones. no sólo de
su historia, límites y errores, sino también de los valores que - "como
semillas del Verbo" - pueden ser una "preparación al Evangelio"
(156).
En un mundo marcado por el pluralismo religioso, es
importante establecer y mantener el diálogo y la colaboración con
todos para favorecer las grandes causas en pro de la humanidad, como la paz, la
justicia, el desarrollo, los derechos humanos, etc. (157). Desde este punto de
vista, los sacerdotes tienen el deber pastoral de infundir en los fieles un espíritu
de diálogo, animándoles a la solidaridad y la colaboración
con los adeptos de otras religiones.
En las iniciativas concretas en materia de diálogo
interreligioso, actúen los sacerdotes en el marco de un programa
diocesano, conforme a las directrices del Obispo, de la Conferencia Episcopal y
de la Iglesia universal, y no lo hagan nunca aisladamente.
Sobre todo, estén convencidos de que los seguidores
de las otras religiones tienen el derecho de recibir la plenitud de la verdad
cristiana, - que potencialmente, desde luego, es patrimonio de la humanidad -
por parte de quienes han recibido el mandato de la Iglesia católica para
anunciarla.
III. ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO
19. Necesidad y naturaleza de la espiritualidad del
sacerdote. La vocación al sacerdocio ministerial comienza con un
encuentro con Cristo, quien quiere que su llamamiento se prolongue en una vida
misionera: "... llamó a los que él quiso (...) para que
estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). La
experiencia de un encuentro amistoso con Cristo (cf. Jn 1, 39.41; 15,9) lleva a
seguirle, entregándose a él (cf. Mt 4,19ss; 19,27). La respuesta
del sacerdote a este llamamiento se vuelve gozo pascual, porque puede "darse
a Cristo el testimonio máximo de amor" (158). El sacerdote, como los
Apóstoles, en colaboración con su propio Obispo, y estando al
servicio de la Iglesia, es el testigo calificado de Cristo muerto y resucitado:
"nosotros (...) somos testigos" (Hch 2,32); "lo que hemos visto y
oído, os lo anunciamos" (1Jn 1,3).
Es preciso que los sagrados ministros conozcan exactamente
lo específico de la espiritualidad sacerdotal para que puedan renovarse
continuamente. Espiritualidad, significa una vida en el Espíritu, que
hace del sacerdote un signo personal y específico de Cristo, puesto al
servicio de la comunidad de la Iglesia local y universal, en relación con
el carisma episcopal.
La espiritualidad sacerdotal brota de la gracia del Espíritu
Santo, como participación en la consagración (el ser) y la misión
(el actuar) de Cristo Profeta, Sacerdote y Rey. En las palabras del rito de la
sagrada ordenación, se encuentra resumida en la exhortación del
Obispo a los sacerdotes para toda la vida:"imitad lo que haceis".
Por consiguiente, en la espiritualidad sacerdotal está
incluída, a nuevo título, la vocación a la santidad, como
signo e instrumento personal de Cristo. Si, para los miembros del Pueblo de
Dios, existe una vocación universal a la santidad, o sea, a la plenitud
de la vida cristiana (159), para los sagrados ministros existe una llamada
especial a la perfección que ellos alcanzarán de manera adecuada
si ejercen sus funciones con ánimo sincero y sin descanso, con el Espíritu
de Cristo (cf Lv 11,44.45; 19,2; Mt 5,48; 2Tm 1,9: 1P 2,5).
El sacerdote diocesano encuentra su espiritualidad específica
al vivir su ministerio en la caridad pastoral, en comunión con el Obispo
como sucesor de los Apóstoles, formando un presbiterio a manera de
familia sacerdotal, estando al servicio de la Iglesia local en la cual está
incardinado, y permaneciendo disponible para la misión de salvación
universal (160). La espiritualidad sacerdotal diocesana es, pues, eminentemente
eclesial y misionera.
Estén convencidos los presbíteros de que sin
una fuerte vida espiritual y un generoso servicio apostólico, en íntima
unión con Cristo Sacerdote y Buen Pastor, hasta llegar a la cumbre de la
santidad, en la línea de la espiritualidad que les es propia, es
imposible realizar la identidad sacerdotal y perseverar con generosidad en el
ministerio.
20. Dimensiones de la espiritualidad sacerdotal. La
espiritualidad del clero diocesano secular se funda, sustancialmente, en las
siguientes bases: - la adhesión de amor y servicio a Cristo, enviado por
el Padre y consagrado por el Espíritu, acogiendo en especial el misterio
central de la Eucaristía y la presencia ejemplar de María; - la
comunión y obediencia cordial y generosa al Romano Pontífice y al
propio Obispo; - una fraternidad profunda con los sacerdotes del presbiterio
local; - el servicio apostólico en favor de los fieles de la Iglesia
particular y un empeño en ayudar a las Iglesias necesitadas, y en
evangelizar a los no cristianos.
La espiritualidad del sacerdote diocesano secular se vivirá,
pues, desde una perspectiva trinitaria, mariana, eclesial y misionera. En
efecto, el llamamiento, la consagracián y la misión hacen
participar en la realidad de Cristo, consagrado en el Espíritu y enviado
por el Padre (cf. Lc 4,18; Jn 10,36), que se prolonga en la Iglesia (cf. Mt
28,20; Ef 1,23). María Madre de Cristo Sacerdote y fiel a la acción
del Espíritu Santo, modelo, y Madre de la Iglesia está siempre
junto a la vida y al ministerio sacerdotal. "Nuestro servicio sacerdotal
nos une a ella, que es la Madre del Redentor y modelo de la Iglesia" (161).
La nota característica de la espiritualidad
sacerdotal es la caridad pastoral, que se manifiesta en algunas dimensiones básicas.
Es sagrada. El punto de partida de la espiritualidad es la
participación ministerial en la consagración de Cristo Sacerdote,
realizada en el momento de la Encarnación del Verbo en el seno de María,
bajo la acción del Espíritu Santo, que se manifestará
plenamente en el misterio pascual. La vocación del sacerdote a estar con él
(cf Mc 3,14), llega a ser participación en el sacerdocio de Cristo, y lo
compromete a expresar el carácter sagrado en su propia existencia (cf. Jn
17,10) (162).
La espiritualidad es comunión con la Iglesia: con el
Romano Pontífice, con el propio Obispo, con los demás sacerdotes y
diáconos, los consagrados y la comunidad eclesial (163). Esta comunión,
en virtud de la sagrada ordenación establece entre los sacerdotes una
verdadera fraternidad sacramental. El carisma espiscopal, que se acoge en cuanto
significa la cercanía de un padre y amigo, es indispensable para realizar
esta comunión que quiso el Señor en su oración sacerdotal
(cf. Jn 17,23). De todo esto se desprende, que los presbíteros, necesitan
un espíritu y una vida comunitarios. El sacerdote vive esta comunión
en la dependencia del Obispo y su pertenencia a la Iglesia particular, como
elemento indispensable del único presbiterio.
La espiritualidad es tambin misión. El ser sacerdote,
es la raíz de la acción específica del sagrado ministro que
actúa in persona Christi, como prolongación de él, en favor
de la comunidad local y universal. Esta realidad obliga al sacerdote a
manifestar, en su ministerio, la caridad redentora del Señor, como digno
representante suyo (cf. Rm 15,5). Los sacerdotes diocesanos, "bajo la
autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor
a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y
prestan eficaz ayuda en la edificación de todo el Cuerpo de Cristo (cf.
Ef 4,12). Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren
cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la
Iglesia" (164).
En fin, la espiritualidad require la imitación de la
vida evangélica de los Apóstoles (165), que consiste
principalmente en seguir a Cristo, dejando todo por él (cf. Mt 19,27); en
estar dispuestos a ejercer el apostolado por todas partes (cf. Mc 16,20), con un
espíritu de fraternidad y aúdandose mutuamente como miembros de
una familia sacerdotal (cf. Jan 17,12ss; Hc 1,13-14). Los sacerdotes diocesanos
se comprometen a vivir siguiendo a Cristo, según las exigencias evangélicas
de la vida apostólica, y bajo la guía de su Obispo.
21. Líneas evangélicas de la espiritualidad
sacerdotal. La Iglesia, en conformidad con el el Evangelio, traza líneas
precisas de vida espiritual que son fundamentales para constituir la figura del
verdadero sacerdote.
La amistad con Jesús (166). El sacerdote,
precisamente por ser prolongación de Cristo, está llamado a vivir
con una actitud de amistad personal y profunda con él (cf Jan 15, 13-16);
en la medida en que viva esta amistad, logrará realizar su propia vocación.
El servicio eclesial (167). Como ministro del Señor y
de la Iglesia, el sacerdote ha de estar animado por un gran espíritu de
servicio (cf Lc 22, 26-27; Mc 10, 42-45) que se manifiesta a través del
celo apostólico, la capacidad de sorportar la fatiga del trabajo, la
prontitud para asumir los cargos pastorales, aún los más humildes,
sin buscar honores o intereses personales, y la disponibilidad misionera hacia
todos los que están por fuera del rebaño de Cristo.
La santidad, mediante los ministerios diarios, en el
ejercicio de la triple función del sacerdote (168). Como ministros de la
Palabra, estarán más unidos a Cristo Maestro, que manifiesta la
verdad a los que están cerca y a los que están lejos, y gozarán
más profundamente de "la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef
3,8). Como ministros sagrados, señaladamente en el Sacrificio de la Misa
en el que desarrollan su oficio principal, ellos ejercerán, de manera
ininterrumpida, la obra de la redención para gloria de Dios y santificación
de los hombres (cf Cor 11,26). Como guías del Pueblo de Dios, estarán
estimulados por la caridad del Buen Pastor para que presten un servicio siempre
más generoso en reunir el rebaño, hasta dar la vida por sus ovejas
(cf. Jn 10, 15-17). El camino real, para la santificación de los presbíteros,
está, pues, en el ejercicio del ministerio. Las actividades del
ministerio son los medios normales que santifican al mismo pastor, siempre que
viva en profunda unión con Cristo, actúe en la fe y en la caridad
y no descuide los medios comunes, que valen para todos los cristianos. Esta
unidad de su vida con Cristo será un equilibrio entre la vida interior y
la acción apostólica.
Las virtudes propias del Buen Pastor. La caridad pastoral se
realiza y se manifiesta a través del celo (cf Rom 12,11; 1P 3,13; 1Tm
4,14-16), en una vida de obediencia, castidad y pobreza (169), en una actitud de
humildad y en la capacidad de llevar la cruz, a imitación de Cristo (cf.
Mt 10.38; 16,24; Mc 8,34; Lc 14,27). Cada una de estas virtudes constituye un
aspecto necesario de la caridad pastoral, tal como la propone el Evangelio.
Procuren los sacerdotes vivirlas con toda fidelidad, para ser ellos una imagen
convincente del Buen Pastor y estar disponibles, con todo el corazón,
para el trabajo pastoral de toda la diócesis y de toda la Iglesia.
22. Medios de espiritualidad. Los medios comunes de
espiritualidad cristiana son también necesarios a los sacerdotes. Además,
se les ofrecen medios específicos, que consisten en actividades
relacionadas con su ministerio, que se han de vivir según el espíritu
y las directrices de la Iglesia.
La espiritualidad sacerdotal diocesana y misionera no se
vive aisladamente, sino en el propio presbiterio diocesano, en unión con
el Obispo. La presencia central y animadora del Obispo, y la responsabilidad de
cada uno de los sacerdotes, harán que el presbiterio estimule su fervor y
brinde medios concretos para la vida espiritual, llegando a ser una verdadera
familia sacerdotal que cuida y hace progresar a sus propios miembros. En
particular, el presbiterio deberá estimular la formación
permanente, especialmente espiritual, indicando los objetivos y proporcionando
los medios a nivel personal y comunitario.
La Eucaristía es centro y raíz de toda la vida
del presbítero cuya alma sacerdotal se esfuerza por reflejar lo que se
realiza en el altar (170). El sacerdote ha de tener una vida eucarística
plena y fervorosa, tomando de ella impulso y fuerza para su vida espiritual. La
celebración de la Misa, con la debida preparación y acción
de gracias, y la visita diaria a Jesús Sacramentado, no son sólo
deberes pastorlaes, sino momentos importantes e insustituíbles de
espiritualidad.
La tradición de la Iglesia y las actuales directrices
del Magisterio señalan muchos otros medios de espiritualidad sacerdotal.
Cada uno de éstos se debe interpretar según la identidad peculiar
del presbitero: la Palabra de Dios, proclamada, rezada y meditada: la Liturgia
de las Horas, celebrada en nombre de toda la comunidas y en unión con
ella; el sacramento de la reconciliación, que purifica y fortalece; la
piedad mariana, que ayuda a vivir generosamente el servicio a Cristo y a la
Iglesia; la oración personal y contemplativa, frecuente y regular; los
retiros y ejercicios espirituales; el examen de conciencia, la dirección
espiritual, el estudio de la teología, la participación activa en
asociaciones sacerdotales espirituales y apostólicas.
Son, asimismo, muy útiles, las reuniones regulares,
ante todo con el propio Obispo, a quien se le expresarán, como a un padre
y amigo, los ideales, proyectos, problemas y dificultades. buscando con él
una solución. Son también importantes los encuentros entre presbíteros,
para que se establezca un intercambio de vida espiritual y pastoral: retiros,
oración, revisión de vida, dirección espiritual, etc. De
este modo, los sacerdotes se ayudarán unos a otros a poner de relieve los
medios de espiritualidad a nivel personal y comunitario.
La comunión con el Obispo, con los presbíteros
y los diáconos, y con la comunidad eclesial es, a la vez, medio y signo
eficaz de santificación de evangelización. La ayuda mutua llega a
ser "fraternidad sacramental" (171). El carisma episcopal,
profundamente sentido y reconocido (172), es necesario para crear esa comunión
querida por el Señor como participación en su misión
universal (cf. Jn 17, 18-23).
Los presbíteros han de profundizar el significado de
estos medios clásicos e insustuibles de espiritualidad, y deben ser
coherentes, ordenados y constantes al practicarlos, para lograr una vida
espiritual y misionera rica, conforme al ejemplo dado por Cristo, por los Apóstoles
y por todos los santos sacerdotes durante toda la historia de la Iglesia.
IV - REGLAS DE VIDA SACERDOTAL
23. La palabra de Dios interpela al sacerdote. Existe una
estrecha relación entre la Palabra de Dios y la vida sacerdotal. De la
Palabra, en efecto, toma su origen y significado la identidad del sacerdote; el
anuncio de la Palabra es uno de sus deberes fundamentales; en la Palabra se
encuentra la fuerza de su fe y el alimento para su vida espiritual (173). La
Iglesia, por lo tanto, recomienda de manera especial, a los sacerdotes, un
continuo contacto con la Escritura mediante el estudio, la escucha y la oración
(174), para que puedan profundizar, cada vez más, en el conocimiento del
Señor y en el significado de su mensaje (cf Flp 3,8; Ef 3,19; 4,13).
Con el fin de poder acoger, interiorizar y anunciar la
Palabra, reserven los sacerdotes unos momentos al silencio y al recogimiento. Si
bien la pastoral apremia con urgencias y requirimientos de todo tipo, son dignos
de alabanza aquellos sacerdotes que saben limitar el número de sus
actividades en beneficio de su desarrollo espiritual. En la organización
de su vida, encuentren los sacerdotes la manera de dejar tiempo para reflexionar
sobre la Escritura, leer a los Santos Padres y estudiar las ciencias sagradas.
Esta riqueza interior hará de ellos unos apóstoles con mayor
fuerza de convencimiento para aquellos que no creen en el Señor.
24. Vida de oración. Entre los medios y expresiones
que son más importantes en la vida espiritual del sacerdote están
las prácticas de oración. La oración del sacerdote es, ante
todo, participación en la fe y la oración de la comunidad, en la
cual deberá manifestarse como en un lugar privilegiado (cf. Hch 1,14)
(175). Es también un ejemplo para los fieles que se ven animados, de este
modo, por sus pastores, a vivir la comunión con Dios. Además de la
oración en la comunidad cristiana, el sacerdote debe alimentar su propia
vida espiritual con una copiosa oración personal. Ha de sentir su
responsabilidad como hombre de oración ante los demás hermanos, a
imitación de Cristo, el cual "está siempre vivo para
interceder en su favor" (Hb 7,25). Con la oración, antes que con la
palabra o con la acción, el sacerdote debe comunicar lo divino a los
hombres, y hablar a Dios en su nombre. Del corazón del sacerdote habrá
de subir, hacia el Padre, la adoración, la alabanzam, la acción de
gracias y la petición en nombre de los fieles y también de los no
cristianos.
Hay que reconocer, con realismo, que el ritmo de la
actividad pastoral en las Iglesias de territorios de misiones no facilita el
ejercicio de una oración regular. El sacerdote, como hombre de lo
sagrado, no puede aceptar una situación en la que se sacrifique
habitualmente la oración a causa del trabajo. Las ocupaciones pastorales
pueden a veces modificar el orden, el tiempo y también el modo con que se
realizan las prácticas piadosas, pero no deben nunca hacer mella en la
oración. Dignos de estima son aquellos sacerdotes que saben ordenar sus
ocupaciones, y si es necesario incluso limitarlas, en favor de la oración.
La Iglesia propone a los sacerdotes, con confianza, el ideal más elevado
de la vida de oración, hasta la contemplación, invitándoles
a que tiendan hacia ella sinceramente, a pesar de sus límites, de las
dificultades externas y de las ocupaciones apremiantes (cf. Lc 18,1; Ef 6,18;
1Ts 5,17).
La celebración eucarística que los sacerdotes
realizan in persona Christi, constituye la cumbre de la vida espiritual. Sean,
pues, fieles en la celebración diaria de la Misa, con la debida preparación
y acción de gracias (176), posiblemente con la participación de
los fieles. Es bueno que los sacerdotes que se alojan en un mismo sitio
concelebren por lo menos en alguna ocasión importante, con el objeto de
reforzar la fraternidad sacramental. La Eucaristía pide también a
los sacerdotes que permanezcan en la presencia de Jésus vivo en el tabernáculo,
visitándolo diariamente y con largos momentos de adoración.
La recitación de la Liturgia de las Horas, oración
oficial de la Iglesia confiada a la piedad de los sacerdotes, ha de ser completa
y ordenada, para consagrar el desarrollo del tiempo en alabanza a Dios, en
comunión con toda la comunidad orante. No han de omitirse fácilmente
partes del breviario, a no ser que haya motivos graves y proporcionados. Allí
donde haya varios sacerdotes, es oportuno que reciten juntos una parte del
Oficio Divino. Dondequiera que sea posible, hagan participar los pastores a la
comunidad de los fieles en la celebración conjunta de las Laudes y las Vísperas
(177).
La oración mental, realizada en actitud de escucha,
de oración y de disponibilidad, es la forma más elevada de
confrontación entre la propia vida y la Palabra de Dios. Por
consiguiente, sean los presbíteros fieles a la práctica de la
meditación diaria, preferiblemente al comenzar el día (178). En
ella encontrarán luz, consuelo y remedio para todas las necesidades de la
vida y del ministerio. La experiencia confirma que esta meditación
regular pone orden en la vida, asegura el desarrollo espiritual e impide que se
caiga en la tibieza.
La piedad mariana deberá encontrar un lugar amplio,
habrá de expresarse espontáneamente y con amor a la Madre de Dios
y de la Iglesia. Miren los sacerdotes a María como modelo de entrega a
Dios, de escucha, de oración y de disponibilidad. Manifiesten su devoción
en la celebración fervorosa de sus fiestas, en el rezo diario del rosario
y en las demás formas de piedad mariana, incluso aquellas que son la
expresión de una sana piedad popular. Reconozcan la presencia de María
en su vida, y confien en su asistencia protectora sobre los propios fieles y los
que todavía no conocen al Señor Jesús, para que también
ellos puedan escuchar de su voz materna: "Haced lo que él os diga"
(Jn 2,5).
Ministros de la Reconciliación, acérquense los
sacerdotes al sacramento de la penitencia con frecuencia y regularidad (179),
posiblemente dirigiéndose al mismo confesor, para que les conozca y ayude
mejor. En este sacramento, ellos no sólo obtendrán el perdón
de los pecados, sino que también adquirirán la fuerza para ser
coherentes con los compromisos adquiridos y para progresar en su vida
espiritual. En este contexto, se recomienda vivamente a los sacerdotes que, en
todas las épocas de su vida, hagan uso de la dirección espiritual,
convencidos de que necesitan, todavía más que los laicos, de un guía
que les ilumine y los aconseje; la dirección espiritual ayuda a
permanecer en el fervor del Espíritu.
Como participación en la ofrenda del Cordero
Inmolado, acojan los sacerdotes la cruz como dimensión necesaria de su
propia identidad (cf. 2Cor 4,10; 5, 4-5; Gal 6,17). Además del sacrificio
que está vinculado a las situaciones ordinarias de la vida y del
ministerio, sepan los sacerdotes ser generosos en seguir a Cristo que sufre,
también mediante la penitencia voluntaria, ofrecida con alegría,
con el mismo espíritu apostólico de Pablo: "Me alegro por los
padecimientos que soporto por vosotros" (Col 1,24): "Estoy lleno de
consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor
7,4).
La vida espiritual tiene una necesidad absoluta de la ayuda
especial que le proporcionan los largos e intensos momentos de reflexión
y de oración (cf. Mc 6,31). Sean los sacerdotes fieles a la asistencia a
los retiros mensuales y a los ejercicios espirituales anuales (180). Se
recomiendan, igualmente, los retiros organizados por la diócesis para el
clero local, especialmente con la presencia del Obispo. Estas prácticas,
realizadas regularmente con una participación activa, les ayudarán
a adquirir una conciencia exacta de su propia situación espiritual y a
mantener la unidad entre la vida interior y el servicio apostólico (181).
25. Vida intelectual. El continuo progreso de las ciencia teólogicas
que se realiza en la Iglesia con la fuerza y la luz del Espíritu (cf. Jn
14,26; 16,13); la urgencia presenta de propagar el mensaje evangélico y
de hacerlo comprensible a los hombres que de este tiempo y dentro de su cultura;
la necesidad de comprender a la sociedad en sus cambios con criterios de la fe,
imponen a los sacerdotes el deber imprescindible de preocuparse por su vida
intelectual (182). Sin ciencia, el sacerdote es como una lámpara apagada
(cf. Mt 5, 14-16). Por esta razón, la Iglesia recomienda claramente: "Aún
después de recibido el sacerdocio, los clérigos han de continuar
los estudios sagrados, y deben profesar aquella doctrina sólida fundada
en la Sagrada Escritura, transmitida por los mayores y recibida como común
en la Iglesia, tal como se determina sobre todo en los documentos de los
Concilios y de los Romanos Pontífices" (183).
Los sacerdotes, en virtud de su identidad de profetas y de
pastores, adquieren, pues, una capacidad interior para seguir el paso renovador
del Espíritu Santo en la Iglesia y poder comprender, cada vez más
profundamente, el misterio de Cristo, pero también para evitar que se
reciban con ligereza novedades inconsistentes o pseudo-científicas.
El campo de estudio de los sacerdotes incluye ante todo, las
ciencias sagradas y otras disciplinas relacionadas con ellas y que pueden
facilitar el ejercicio del ministerio, o aquellas en las cuales ellos se ocupan
profesionalmente. Se recuerda a los sacerdotes la necesidad de transmitir el
mensaje evangélico con un lenguaje catequético adecuado, y de
permanecer abiertos y atentos a la inculturación, incluso en el campo de
la teología.
La vida intelectual supone no sólo convicción
y disponibilidad, sino tambin la utilización regular de los medios
adecuados; a saber: un tiempo dedicado al estudio; la participación
activa en las iniciativas y encuentros organizados por la diócesis; la
elección de las lecturas; si fuere posible, también la organización
de una biblioteca personal, o diocesana, a la que se pueda recurrir con
facilidad. Además todo sacerdote, además, deberá tener los
documentos recientes del Romano Pontífice y del Obispo, para
profundizarlos y hacer de ellos un instrumento de formación de los
cristianos. Deberá, asimismo, saber precaverse contra las publicaciones
que difunden ideas desviacionistas o peligrosas para su vida y su acción
pastoral.
La designación para seguir estudios universitarios en
la patria, o en el extranjero, depende del Obispo, en razón de la unidad
que debe reinar en el apostolado diocesano. Todo sacerdote esté
disponible, confórmese a los programas de la diócesis o de la
Conferencia Episcopal, y evite cualquier ambición. Al terminar los
cursos, regrese a su diócesis y dedíquese al trabajo que se le ha
asignado, poniendo por obra la formación adquirida, sin pretender
privilegios en razón de sus calificaciones (184).
26. Vida común. La vida común, basada, en la
unidad del presbiterio y expresión de la fraternidad entre sacerdotes,
está vivamente recomendada por la Iglesia a los sacerdotes diocesanos
(185). Ella favorece el trabajo apostólico de grupo, y sobre todo la
primera evangelización que, como lo demuestra la experiencia, difícilmente
puede ser realizada individualmente (186). Estudien, pues, los Obispos, según
las posibilidades, y teniendo en cuentra los modelos que ofrece la cultura
local, las maneras concretas para llevarla a cabo, superando las dificultades
compresibles de organización y las eventuales resistencias psicolúgicas.
Conviene recordar que la vida común no se improvisa, y requiere una
sensibilización y una preparación desde el seminario.
Cuando varios sacerdotes trabajan en una misma parroquia, es
aconsejable que vivan en la misma casa, formando una comunidad. Es oportuno,
asimismo, establecer una convivencia entre sacerdotes que están
encargados de distintas comunidades, pero cercanas. Hágase lo posible por
evitar que cualquier sacerdote, especialmente si es joven, permanezca aislado
por largo tiempo. Sin embargo, como en algunas zonas, por razones pastorales,
los sacerdotes se ven obligados a permanecer solos en su parroquia, esfuercese
el Obispo en ayudarles a mantener y desarrollar el espíritu comunitario,
organizando reuniones regulares de convivencia fraterna, en pequeños
grupos o a nivel diocesano.
La vida común no se limita a una convivencia
material: es comunión y participación a nivel tanto espiritual,
como pastoral y humano; por consiguiente, los presbíteros que forman una
comunidad deberán saber rezar juntos, intercambiar informaciones útiles,
planificar, programar y verificar en común las actividades apostólicas:
ayudarse mutuamente para renovarse en un plano cultural; practicar la
beneficencia entre sí y, si es posible, alguna forma de comunión
de bienes, según las indicaciones del Obisdpo; transcurrir juntos los
momentos de recreación y descanso; asistirse y animarse en la situaciones
difíciles, en especial aquellas relativas a su vocación; así
como en la fatiga y en la enfermedad; y si fuese necesario, no dejarán de
amonestarse fraternamente.
La vida común facilita el entendimiento entre los
sacerdotes de distinto origen y edad; los jóvenes encuentran una ayuda
para sus primeras actividades, gracias a la experiencia de los ancianos, y éstos
hallan colaboración y estímulo en el entusiasmo y dinamismo de los
jóvenes (188).
Para que la vida común logre efectos positivos, allá
donde existen comunidades sacerdotales, procurense un mínimo de
condiciones favorables, a saber: un responsable que no sea necesariamente el párroco;
una clara repartición de las tareas; una organización económica
ordenada y un programa realista para los distintos momentos comunitarios en el
curso del día.
27. Obediencia sacerdotal. "Entre las virtudes que
mayormente se requieren para el ministerio de los presbíteros hay que
contar aquella disposición de ánimo por la que estén
siempre prontos a buscar no su propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que
los ha enviado (cf. Jn 4,34; 5,30; 6,30)" (189). La razón profunda
de la obediencia del sacerdote se encuentra en su condición de
instrumento personal de Cristo y, por consiguiente, en tener que conformarse
enteramente a él. Cristo, en efecto, "aun siendo Hijo con lo que
padeció experimentó la obediencia " (Hb 5,8), "se despojó
de sí mismo tomando condición de siervo (...), obedeciendo hasta
la muerte" (Flp 2, 7-8), y con su obediencia borró la desobediencia
de Adán y mereció la salvación para todos los hombres (cf.
Rm 5,19).
Además, la tarea de la evangelización de los
no cristianos debe ser acogida y realizada por los sacerdotes con espíritu
de obediencia. Así como Jesús es el primer misionero porque cumple
la voluntad salvífica del Padre: "He aquí que vengo (...) a
hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10,7), el sacerdote también deberá
vivir su misión en la obediencia a Cristo y su Iglesia, que le envía
a reunir en uno a los hijos dispersos (cf. Jn 11,52).
La obediencia de los sacerdotes es eclesial; está
relacionada con la ordenación, pues su ministerio no puede realizarse
sino en la comunión jerárquica. Por consiguiente, la caridad
pastoral exige que ellos "consagren por la obediencia su propia voluntad al
servicio de Dios y de sus hermanos, aceptando y ejecutando con espíritu
de fe lo que se manda o recomienda por parte del Sumo Pontífice y del
propio Obispo, lo mismo que por otros superiores" (190).
La obediencia, para los sacerdotes, es ante todo una
disposición interior habitual que les vincula directamente con la
voluntad de Dios a través de la mediación de la autoridad, y les
ayuda a superar una concepción demasiado humana de la autonomía de
la persona; pero es también una fiel ejecución de las normas,
coherente con la inserción en el presbiterio y el lugar que ocupa cada
cual en el servicio jerárquico.
La obediencia de los sacerdotes debe manifestarse, hoy, de
manera especial, en los siguentes:
- La fidelidad al Magisterio: ésta se base en la identidad cristiana y
sacerdotal, y se expresa concretamente en una actitud de obediencia al
magisterio del Romano Pontífice y de los Obispos, de los cuales los
sacerdotes no deberán apartarse para seguir teorías que no han
sido aprobadas, o convicciones personales; esta fidelidad es indispensable para
que sean auténticos y para que puedan presentar una enseñanza
conforme a la verdad revelada; guíe el pastor a su rebaño, alimentándolo
con la sana doctrina, y no lo turbe con propuestas inciertas o desviadoras ( cf.
2Tm 2,14; Tt 2,1).
- La aceptación de los cargos: la fidelidad de los sacerdotes a su
tarea de evangelizadores y pastores se manifiesta, ante todo, en la fidelidad
con que aceptan y realizan la misión que les ha sido confiada por el
Obispo. En este campo, se necesita un espíritu de fe, y un sentido práctico
de la obediencia, con toda disponibilidad, evitando pedir con demasiada
insitencia que se les aignen ciertos cargos o ciertas parroquias, y rechazar lo
que manda el Obispo. Cuando se trata de nombramientos, permanezcan los
sacerdotes con actitud abierta hacia su Obispo, expresándole, en un diálogo
franco y sincero sus ideas; pero, cuando ya está tomada la decisión,
acepten con alegría, sin ulteriores objeciones. Aunque a veces se
consideren poco idóneos para desempeñar un cargo que les han
confiado en nombre de la obediencia, no olviden que una característica
peculiar de los sacerdotes diocesanos, como colaboradores del Obispo, es
comprometerse incondicionalmente para que se solucionen todas las necesidades de
la diócesis. Cuando llegue el momento de retirarse, presenten los
sacerdotes su dimisión al Obispo y estén disponibles para dejar su
cargo.
- Observancia de las exigencias y normas relacionadas con el cargo: el
servicio pastoral en una comunidad cristiana, especialmente si se trata de una
parroquia, exige que los presbíteros sean ordenados y fieles en el
cumplimiento de sus obligaciones, así como en su comportamiento. Esto, en
primer lugar, en lo referente a las intenciones de las Misas: la Iglesia ha
establecido nuevas normas en el nuevo Código (191) a las cuales los
sacerdotes han de adherir con toda atención. Evítese la más
pequeña apariencia de interes económico, y no deje de celebrar,
por falta de estipendios, especialmente cuando se trata de los más más
pobres. Obsérvense además, las normas generales y diocesanas
relacionadas con las ofrendas de las binaciones y la Misa por el pueblo. Todo
sacerdote anote las Misas que ha recibido, la fecha de la celebración, la
intención indicada por el donante, los encargos ya satisfechos y las
eventuales transmisiones de intenciones a otros celebrantes. En las parroquias
se ha de tener un libro especial para las Misas.
Los libros parroquiales, a saber, los registros de
bautismos, de matrimonios y de difuntos, y otros prescritos por la Conferencia
Episcopal o por el Obispo, son importantes para un correcto ejercicio de los
derechos y deberes de los fieles. El párroco tiene la obligación
de que estén redactados con atención y bien conservados. Además
en toda parroquia, ha de haber un archivo ordenado y puesto al día, donde
se guarden los libros parroquiales, juntamente con las cartas del Obispo y otros
documentos importante (192).
Los sacerdotes han de vestir el traje eclesiástico,
según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas
del lugar (193). No descuiden con ligereza ese signo de su etado, que llega a
ser para ellos una salvaguardia, y un testimonio para los fieles.
La residencia es, para los pastores, una obligación
que está vinculada estrechamente a su oficio. Sin embargo, conforme a las
directrices del Obispo, los sacerdotes tienen derecho y necesidad de un
suficiente tiempo de vacaciones cada año, que les ha de servir como
descanso físico y espiritual. Han de concederse, una breve interrupción,
posiblemente semanal, en el trabajo, que les servirá también para
ponerse al día con lecturas útiles. Sin embargo, antes de alejarse
de la parroquia por largo tiempo, deberán, ponerse de acuerdo con el
Obispo y buscar un sustituto para el cuidado pastoral (194).
28. Pobreza y uso de los bienes. La Iglesia vive de su
propia vocación siguiendo el camino recorrido por Jesús, quien "realizó
la obra de la redención en pobreza y persecución (cf. Lumen
gentium 8; Flp 2,6-7; 2Cor 8,9) (195). La coherencia con la pobreza evangélica
y la opción preferencial por los pobres es una condición
indispensable para que la comunidad eclesial y sus pastores se consideren creíbles
ante los ojos del mundo (196).
Los sacerdotes, en virtud de su ordenación, están
llamados a abrazar "la pobreza voluntaria, por la que se conformem más
manifiestamente a Cristo y se tornen más prontos para el sagrado
ministerio" (197).
La virtud de la pobreza para los sacerdotes es, ante todo,
la elección radical del Señor como "porción y heredad"
(Nm 18,20); es vivir en el mundo sin pertenecer a él (cf. Jn 17, 14-16) y
sin disfrutar de él completamente (cf. 1Cor 7,31); es saber establecer
una justa relación de desprendimiento y libertad respecto a las
realidades terrenas.
La pobreza afectiva y efectiva exige algunos comportamientos
determinados de los sacerdotes con relación a sus propios bienes y a los
de la Iglesia, respetando la virtud de la justicia (198):
- Una cierta garantía económica: es necesario que los
sacerdotes tengan una cierta garantía económica como servidores
del altar (cf. 1Cor 9,13), para que puedan ejercer el ministerio sin excesivas
preocupaciones y distracciones. Vale siempre el principio tradicional de que el
mantenimiento de los sacerdotes está confiado a las respectivas
comunidades cristianas. Pertenece a las Conferencias Episcopales y a cada Obispo
establecer las formas más adecuadas para una justa retribución de
los sacerdotes, precisando lo que corresponde al sacerdote y lo que toca a la
Iglesia. El uso de los bienes personales, sin embargo, debe también estar
impregnado de un espíritu de pobreza y caridad. Por tanto, los sacerdotes
han de vivir la "espiritualidad del peregrino", cubiertas las
necesidades de su vida y la justa retribución de quienes trabajan a su
servicio, las ganancias que superen, las emplearán, en favor de la
Iglesia y de las obras de caridad, sin acumular para sí, convencidos de
que el estado clerical no es una ocasión para mejorar la propia situación
económica.
- Un estilo de vida sobrio: agradecidos con la Divina Providencia, los
sacerdotes utilicen rectamente los bienes temporales para llevar una vida digna,
pero sencilla, desprendidos de las riquezas y absteniéndose de todo
aquello que puede parecer vanidad. Así ellos podrán ser verdaderos
testigos, y enseñar a los fieles, de manera convincente, el sentido
cristiano de los bienes temporales y de su utilización.En algunos
contextos sociales, llegar a ser sacerdote significa, concretamente, subir de
grado en la escala social. Esta situación, aunque sea involuntaria, no
debe alejar a los sacerdotes de su propia gente. Para que el estilo de su vida
sea un testimonio evangelico y no los separe, por tanto, de los pobres, sean los
presbíteros sobrios en el empleo del dinero, ahorrando para ayudar a los
que están necesitados; no desprecien la oportunidad de realizar algún
trabajo sencillo, por ejemplo, relacionado con la conservación de la
casa, pequeños cultivos, etc:, sin consagrar, desde luego, demasiado
tiempo a éste, con menoscabo de la pastoral. Despójense con gusto
de lo que no es necesario, sobre todo de lo superfluo; sigan un criterio de
modestia en el arreglo de la casa, en la elección de los adornos,
vestidos, medios de transporte, audiovisuales, etc.; eviten las vacaciones
frecuentes y en lugares costosos; utilicen bien el tiempo y sean trabajadores.
Todo esto lo exige el espíritu de pobreza, y es necesario también
para acercarse a los pobres sin humillarlos.
- Una administración responsable: coscientes de que los bienes
temporales de la parroquia son de la Iglesia y no propiedad personal, los
sacerdotes velarán porque su administración se haga con justicia y
orden, sólo en conformidad con sus finalidades, a saber: la organización
y el fomento del culto y del apostolado, la honesta sustentación de los
pastores y la ayuda a los necesitados. Sepan establecer una distinción
según las normas diocesanas, entre los bienes personales y aquellos de la
Iglesia, que no se deben utilizar nunca en beneficio de terceros, ya se trate de
parientes o amigos. En la administración de los bienes parroquiales o de
las obras pastorales, recurran a la ayuda de expertos, posiblemente laicos;
establezcan el consejo de asuntos económicos; tengan al corriente a la
comunidad sobre la situación económica de la parroquia, según
criterios de prudencia y transparencia: sean precisos en los informes, de
acuerdo con las disposiciones del Obispo.
- Autosuficiencia económica y solicitud de donaciones: el objetivo de
una comunidad cristiana, desde el punto de vista económico, es aspirar
gradualmente a la autosfinanciación. Eduquen los sacerdotes a los fieles
para proveer las necesidades de la Iglesia y a compartir con los necesitados. Es
conveniente, animar a una coparticipación entre las distintas Iglesias.
Sean los sacerdotes, sin embargo, discretos al solicitar ofertas y donaciones: éstas
se deberán utilizar únicamente en conformidad con las intenciones
de los donantes; cuando una ofrenda tiene libre destinación, ha de
emplearse en favor de las necesidades de la Iglesia y para ayudar a los pobres.
Sean prudentes al solicitar, e incluso también al aceptar ofrendas por
parte de ricos y potentes para no exponerse a peligrosos condicionamientos en su
ministerio.
- Seguro de enfermedad y de vejez: los sacerdotes han de pagar de acuerdo con
la ley, las contribuciones por concepto de previsión social, en caso de
enfermedad o de invalidez, y para la pensión de ancianidad. En caso de
que la organización civil no contemple estas posibilidades de manera
adecuada, es deber de las Iglesias particulares intervenir en ese campo con
iniciativas económicas y estructuras propias, a nivel diocesano o, mejor
aún, a nivel de la Conferencia Episcopal. Se sugiere, igualmente, que se
establezcan casas adecuadas para acoger a los sacerdotes ancianos, de manera que
puedan pasar los últimos años de su vida siendo asistidos con
amor, en toda serenidad y en un ambiente sacerdotal. En este contexto, se invita
a los sacerdotes a que cuiden de su salud en forma de prevención contra
las enfermedades, a que se sometan a control médico periódicamente
y tomen las precauciones necesarias para evitar las enfermedades contagiosas, en
especial en los lugares donde no hay buena higiene.
- Testamento: entre los deberes relacionados con la justicia y la pobreza,
está el de hacer a su debido tiempo un testamento escrito, depositándolo
de preferencia en la curia diocesana. Ha de tenerse presente que en el
testamento no se puede disponer de los bienes de la Iglesia, sino sólo de
los bienes personales. Preocúpense los sacerdotes por ayudar a la Iglesia
y a los pobres también después de la muerte, y no permitan que sus
bienes contribuyan al enriquecimiento de particulares.
29. Castidad por el Reino en el celibato. La Iglesia ha
estimado siempre, "de manera especial para la vida sacerdotal", la
continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, tan recomendada por
el Señor (cf. Mt 19,12). En la actual sociedad, a menudo permisiva, los
sacerdotes están llamados a confirmar su vocación a la continencia
perfecta en el celibato, por la cual se consagran "de nueva y excelente
manera" a Dios, "se unen más facilmente a él con corazón
individo" (cf. 1Cor 7, 32-34) y se dedican al servicio de sus hermanos con
mayor libertad y eficacia, viviendo el don de una "más dilatada
paternidad en Cristo" (199). Es importante que la castidad no se considere
principalmente como una disposición que inhibe a la persona, sino que se
viva haciendo hincapié en sus aspectos positivos.
La castidad perfecta en el celibato es ante todo una gracia
que el Padre concede a quienes la solicitan con perseverancia, confianza y
humildad. Al estar convencidos, sin embargo, de que la ordenación no los
deja a salvo de toda tentación y peligro, y que la castidad por el Reino
no se adquiere una vez por todas, sino es el resultado de una conquista diaria
(200), sepan los sacerdotes recurrir a los medios adecuados y no descuiden
algunos comportamientos reconocidos como eficaces, a saber:
- La sinceridad con Dios y consigo mismo. En primer lugar, ellos deben tener
el valor de ser transparentes ante Dios y ante su propia conciencia, diciéndose
la verdad sobre sus aspiraciones y eventuales dificultades o debilidades. El
verdadero conocimiento de sí mismo ayuda a descubrir los aspectos que
deben reforzarse y aquellos que han de corregirse; la sinceridad con Dios abre a
la ayuda sobrenatural, y fortalece la alegría de ser sacerdotes.
- Utilización de los medios adecuados. La experiencia sugiere que se
haga atento uso de los medios sobrenaturales y naturales que favorecen la vida
en el celibato. Por consiguiente, los sacerdotes renueven cada día su
pertenencia total a Cristo; pidan, en la oración, el don de la fidelidad
y la perseverancia; confien su corazón a María, Reina de las vírgenes;
y recurran a la mortificación que los hace capaces de controlarse y de
vencer los obstáculos.
La madurez humana es, para los sacerdotes, una condición
indispensable para llevar una vida casta. Por tanto, deberán prestar
atención a su vida afectiva y, si fuere necesario, se harán ayudar
por expertos, de preferencia sacerdotes; cultiven la amistad con sacerdotes y
den la primacía a la vida común con ellos, evitando quedarse
asilados demasiado tiempo; no se expongan a peligros inútiles; sean
moderados en la comida, en el uso de bebidas alcohólicas y del tabaco;
pongan cuidadosa atención en sus lecturas, en la asistencia a espectáculos,
en la utilización de los medios audiovisuales, en los tipos de diversión,
y todo lo que pueda tener un carácter de ligereza.
Hay que tener en cuenta que, algunas veces, hay un contrase
entre el celibato y las estructuras familiares o tribales. El sacerdote ha de
ser coherente con su compromiso también en estos casos, explicando a los
demás con las palabras, y sobre todo con la vida, el verdadero
significado de su elección.
- Comportamiento con la mujer. En las relaciones con las mujeres es necesaria
una especial delicadeza debido al estado sacerdotal y la sensibilidad de la
gente (201). Esto vale, en particular, con las religiosas, al estar más
cercanas a los sacerdotes por el espíritu religioso, el ideal apostólico
y el estilo de vida. Los sacerdotes, por consiguiente tienen el deber de
mantener relaciones serenas con todas las mujeres, invitándolas a
participar en el apostolado, y eviten atenciones preferenciales y todo aquello
que puede hacer surgir relaciones contrarias a la dignidad y disminuir la
libertad del corazón. Teniendo en cuenta la cultura local, eviten
cualquier manera de comportarse que pueda turbar a los fieles y disminuir la
credibilidad de los sacerdotes, como, por ejemplo, permanecer solos por mucho
tiempo, admitir a las mujeres en las habitaciones, hacer regalos, realizar
viajes, etc. En todos estos comportamientos no es suficiente atenerse a la
propia conciencia como única norma de conducta; es preciso seguir el
criterio general de S.Pablo: "A nadie damos ocasión alguna de
tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio" (2Cor 6,3; cf. 8,21). En
cuanto a las mujeres que prestan servicio en la casa parroquial, han de seguirse
las disposiciones del Obispo o de la Conferencia Episcopal.
30. Relaciones con la familia y los parientes. La comunión
con la familia de origen tiene un gran valor para el sacerdote. En ella
encuentra un apoyo natural para su vida. En algunas culturas, el problema de las
relaciones entre los ministros consagrados y sus familias es muy agudo, no sólo
en cuanto al aspecto humano y fectivo, sino también por la parte económica
y de justicia. Se debe adoptar un comportamiento evangélico que ayude a
vivir la comunión con los seres queridos, y a asistirlos, sin perder, por
otra parte, la libertad necesaria al ministerio.
Edúquense las familias cristianas para que estimen la
vocación de sus hijos sacerdotes como un don de Dios a la comunidad, y a
que compartan su ideal apostólico, sin intervenir en sus tareas
pastorales. Por lo que se refiere al aspecto económico, los hijos
sacerdotes ayuden con agratitud a sus parientes, sobre todo a sus padres, si éstos
se encuentran necesitados, pero siempre con discreción y sin tomar para
ellos de los bienes de la Iglesia. No impliquen nunca a sus parientes en la
administración eclesiástica. Aún poniendo en práctica
la debida hospitalidad hacia los parientes, eviten reibirlos de manera estable
en su propia residencia, en especial si se trata de grupos, y procuren que sus
visitas no condiciones su propia vida y actividad apostólica debido a su
frecuencia o duración.
31. Deberes cívicos. Al ser ciudadonos de su propio
país los sacerdotes tienen el deber de mantener una presencia positiva y
dinámica para colaborar en la construcción y en la vida ordenada
de la ciudad terrena, según el espíritu del Evangelio y la
doctrina social de la Iglesia.
Como pastores, "fomenten los clérigos siempre,
lo más posible, que se conserve entre los hombres la paz y la concordia
fundada en la justicia" (202). Antecedan a sus fieles en la observacia del
orden y de la justas leyes del Estado. Tengan también la capacidad de
reservarse la libertad requerida por el ejercicio del ministerio pastoral,
conforme a los derechos esenciales e inalienables de la Iglesia. En la defensa
de esos derechos, y en la afirmación de su propia autonomía, actuén
los sacerdotes siempre de acuerdo con el Obispo.
Por lo que se refiere a la participación activa en la
vida cívica, la Iglesia exige a los sacerdotes que asuman un
comportamiento conveniente con su estado, y eviten las actividades que pueden
comprometer su credibilidad como pastores.
Los siguientes campos implican, para la ley canónica,
límites precisos: está siempre prohibido aceptar cargos públicos
que lleven consigo una participación en el ejercicio de la potestad
civil; sin licencia de su Ordinario, los sacerdotes no han de aceptar la
administración de bienes pertenecientes a laicos u oficios seculares que
lleven consigo la obligación de rendir cuentas; se les prohibe estipular
hipotecas, incluso con sus propios bienes; y han de abstenerse de firmar letras
de cambio, en las que se asume la obligación de pagar una cantidad de
dinero sin concretar la causa; no deben ejercer por ningún motivo,
actividades de negocios o comerciales, ya sea personalmente o per mediación
de otros;; ni participar activamente en los partidos políticos o en la
direción de asociaciones sindicales (203).
Si el bien de la Iglesia o de la comunidad civil exige que
un sacerdote desarrolle alguna de estas actividades que requieren una licencia
especial, el Obispo debe concederla sólo por un tiempo limitado, en
conformidad con los criterios de la Conferencia Episcopal y después de
haber escuchado la opinión del Consejo presbiteral.
32. Formación permanente. El carácter
evolutivo de la persona humana, el desarrollo de la vida cristian y sacerdotal,
el progreso de las ciencias sagradas y profanas, la necesidad de adaptarse a los
ritmos de evolución de la sociedad, exigen que los presbíteros se
mantengan en un estado de formación continua. Esta tarea abarca todas las
dimensiones de la vida: humana, espiritual, sacerdotal, doctrinal, apostólica
y profesional.
La formación humana continua es indispensable al
sacerdote para que se mantenga insertado covenientemente en la vida social,
entienda sus valores y lagunas, establezca relaciones positivas con las
personas, comprenda los cambios y sea apto para formular juicios críticos
sobre las realidades.
La formación permanente pone de relieve la dimensión
espiritual, sacerdotal y apostólica: la vocación al sacerdocio, la
relación con Dios, el compromiso de seguir a Cristo, la generosidad en la
misión da evangelizador y pastor, la conversión interior, la
renovación de los métodos pastorales, son todos aspectos que
requieren una continua atención y capacidad de desarrollarse
continuamente en vista del gran ideal de la santidad sacerdotal (204).
Los sacerdotes deberán estar convencidos de la
necesidad de continuar el estudio en todos los momentos de su vida, en función
de su desarrollo como personas humanas, como alimento de la verdadera piedad y
del contacto con Dios, y en relación con el trabajo apostólico. El
marco cultural de la formación permanente implica la utilización
de instrumentos apropiados, como son los cursos organizados, el estudio
personal, el intercambio de experiencias, etc., utilizándolos con
perseverancia y con la convicción de que nunca se está
suficientemente al día.
La formación permanente presenta características
particulares en determinadas situaciones y edades. En los primeros años
después de la ordenación, y especialmente con motivo del primer
nombramiento, o del cambio de oficio, préstese ayuda a los sacerdotes, y
ellos mismos hagan todo lo posible por insertarse en el nuevo ambiente y tipo de
trabajo, siguiendo los pasos de algún sacerdote que tenga experiencia. No
debe permitirse que el sacerdote comience un nuevo trabajo sin una conveniente
instrucción al respecto. Es necesario que las diócesis dispongan
de structuras adecuadas con este fin, en especial cuando se trata de sacerdotes
jóvenes, durante los primeros años que siguen a la ordenación.
En la época de la madurez, es conveniente realizar
una revisión crítica de la propia vida y actividad apostólica,
posiblemente con la ayuda de un período más largo de formación
especial. Esto podría coincidir con un año sabático. Otros
momentos de la vida exigen en los sacerdotes una capacidad especial de adaptación,
como la enfermedad y la vejez, cuando hay cambios inevitables de función
y limitaciones en la actividad. El Obispo, y los hermanos en el sacerdocio,
ayuden al sacerdote a vivir en forma positiva esos momentos, estando cerca de él
con su cariño, asistencia, y ayuda también material. En fin, esté
el sacerdote siempre preparado para la muerte, considerada como el encuentro con
Cristo vivo y glorioso - a quien se ama por encima de todo y se sirve con
generosidad y fidelidad - y el principio de la posesión del Reino (cf. Mt
25, 31.34).
33. Unidad, armonía y celo en la vida del presbítero.
Las exigencias vinculadas a la vida del presbítero son muchas, y
urgentes. Se desprenden de los deberes relativos a la oración, de
aquellos relacionados con la vida apostólica, de los que se refieren al
estudio, al reposo, a los contactos con el prójimo. Dignos de alabanza
son, pues, aquellos presbíteros que saben imponerse un programa de vida y
se esfuerzan por permanecer fieles a él de cada día. Ese programa
no deberá limitar la libertad y la espontaneidad, ni vincular a esquemas
rígidos que impedirían el servicio pastoral; deberá, má
bien, ayudar a trabajar con método y evitar la improvisación y el
peligro de descuidar deberes importantes. Por lo tanto, habrá de ser un
programa esencial, ordenado, y deberá contemplar la justa proporción
entre las distintas obligaciones.
Sin embargo, para lograr la unidad y la armonía en la
vida del sacerdote, no es suficiente el orden meramente externo en el trabajo
pastoral, ni la sola práctica de la oración, ni la constancia en
el cumplimiento del propio deber. Hay que llegar a lo más profundo, a la
fuente de la identidad del presbítero que es la persona de Cristo, de
quien él es ministro.
Para lograr la unidad y la armonía de su vida, los
presbíteros deberán unirse "a Cristo en el conocimiento de la
voluntad del Padre, y en el don de sí mismo por el rebaño que les
ha sido confiado" (cf. 1Jn 3,16)" (205).
Del Sacrificio Eucarístico, sobre todo, surge esa
caridad pastoral que es capaz de realizar la unidad y la armonía en la
vida y en la actividad de los ministros sagrados, y de producir un celo
irresistible. Sólo siendo "el hombre de lo sagrado", el presbítero
será también "el hombre para los demás".
El celo es consecuencia necesaria del carácter
sacerdotal y de la respuesta generosa a la gracia qu éste implica. Como
Pablo, también el sacerdote debe poder decir: "no vivo yo, sino que
es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20); "he sido yo quien, por
el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús" (1Cor 4,15); "me
he hecho todo a todos" (1Cor 9,22); "¡ay de mí si no
predicara el Evangelio!" (1Cor 9,16).
El celo, que es ardor interior, convicción profunda,
y que se expresa en el compromiso misionero, en el servicio pastoral incansable,
en la apertura a los que están lejos, en la atención a los demás,
en especial a los má pobres, es - en el presbítero - una necesidad
intrínseca que se desprende de su consagración. Es necesario, por
consiguiente, que se realice en todos los presbíteros esa maravillosa
unidad y armonía entre la consagración y la misión.
Los sacerdotes hallarán un modelo sencillo y eficaz
en la Virgen María, que ha sabido sintetizar y expresar toda su
participación personal en la misión de Jesús mediante su
amor maternal. "La Virgen fue en su vida modelo de aquel amor maternal con
que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión
apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los
hombres" (206). María, que acogió con fe y amor (cf. Lc
1,38), contempló en su corazón (cf. Lc 2,19.51) y dio a su Hijo
Jesús a los hombres, será fuente perenne de inspiración y
una ayuda eficaz para los sacerdotes, para que realicen en el mundo el ardiente
deseo de Aquel que les llamó y les envió: "He venido a
arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya
estuviera encendido!" (Lc. 12,49).
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el curso de la
Audiencia concedida al que suscribe Cardenal Prefecto, el 1° de Septiembre
de 1989, ha aprobado la presente Guia Pastoral y ha dispuesto su publicación.
Roma, en la Sede de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, el 1° de Octubre de 1989, Fiesta de
Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones.
Jozef Card. Tomko, Prefecto
José Sanchez, Arzobispo emérito de Nueva
Segovia, Secretario
INDICE
1. Introducción
I - EN LA FUENTES DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
2. Fundamento Trinitario
3. Fundamento eclesiológico y sacramental
II - IDENTIDAD DEL EVANGELIZADOR Y DEL PASTOR
4. Conciencia misionera del presbítero
5. Conciencia pastoral del presbítero
6. Fraternidad sacerdotal
7. Ministro de la Palabra
8. Presidente de las celebraciones litúrgicas y
ministro de los Sacramentos
9. Liberación, promoción humana y opción
preferencial por los pobres
10. Artífice de la colaboración
11. Pastor dedicado a la evangelización de las
culturas
12, Amigo y guía de los jóvenes
13. Promotor de las vocaciones
14. Atento a la identidad propia de los laicos
15. Apóstol de la familia
16. Cercano a los enfermos y ancianos
17. Fautor de ecumenismo
18. Atento al diálogo con los no cristianos
III - ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO
19. Necesidad y naturaleza de la espiritualidad del
sacerdote
20. Dimensiones de la espiritualidad sacerdotal
21. Líneas evangélicas de la espiritualidad
sacerdotal
22. Medios de espiritualidad
IV - REGLAS DE VIDA SACERDOTAL
23. La Palabra de Dios interpela al sacerdote
24. Vida de oración
25. Vida intelectual
26. Vida común
27. Obediencia sacerdotal
28. Pobreza y uso de los bienes
29. Castidad por el Reino en el celibato
30. Relaciones con la familia y los parientes
31. Deberes cívicos
32. Formación permanente
33. Unidad, armonía y celo en la vida del presbítero
NOTAS
(1) Cf. CONCILIO ECUMENICO VATICANO II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes divinitus, 16; cf. también: PIO XII Exhortación
Apostólica Ad Clerum Indigenam, 28 de junio de 1948: AAS 40 (1948),
374-376.
(2) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 2-5.
(3) Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática sobre la Iglesia
Lumen Gentium 28; Id., Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 2.
(4) Cf CONC.VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad
gentes, 20.
(5) Cf. CONC. VAT.II, Constitución dogmética sobre la Iglesia
Lumen gentium, 20; Id., Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 4ss; Id., Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos
Christus Dominus, 11ss.
(6) Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen Gentium, 4.
(7) Cf. ibid.,7.
(8) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera de
la Iglesia Ad gentes, 4.
(9) Cf. CONC.VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2.
(10) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 4; PABLO VI, Exhortación Apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 75: AAS 68 (1976), 64-67.
(11) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis
Redintegratio, 2.
(12) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5.
(13) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen Gentium, 48.
(14) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 41; CIC c 835 § 1.
(15) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 27, 41.
(16) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 20.
(17) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(18) Cf. ibid., 21.
(19) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 13, 37, 39; Id., Decreto sobre el ministerio y la vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2.
(20) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 27, 41.
(21) Cf. ibid., 10.
(22) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de
los Obispos Christus Dominus, 28; CIC c 265.
(23) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de
los Obispos Christus Dominus, 11.
(24) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen Gentium, 29; CIC c 236.
(25) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 13; Id., Decreto sobre el ministerio y la vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.
(26) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 13; Id., Decreto sobre la actividad misionera de
la Iglesia Ad gentes, 2, 35; CIC c 781.
(27) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10; cf. Id., Decreto sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.
(28) JUAN PABLO II, Discurso en la Plenaria de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos, 14 de abril de 1989; OR 15.4.1989,
5.
(29) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 20.
(30) Cf. La Evangelización en el presente y en el
futuro de Anmérica latina, Puebla, 1979, 368.
(31) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC c 784.
(32) Cf. JUAN PABLO II, Discurso en la Plenaria de la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, 14 de abril de
1989; OR 15.4.1989, 5.
(33) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(34) Cf. S. CIPRIANO, Epist. 55,24; Hartel 642; Epist. 36,4;
Hartel, 575; CONC.VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 23.
(35) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de
los Obispos Christus Dominus, 6; Id. Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.
(36) Cf. ibid., 7; Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(37) Ibid.
(38) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 8.
(39) Cf. CIC c 495-502.
(40) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 3.
(41) Ibid. 9; cf. PABLO VI, Encíclica Ecclesiam suam,
6 de agosto de 1964: AAS 56 (1964), 647.
(42) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 8.
(43) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 27; PABLO VI, Exhortación apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 60: AAS 68 (1976), 50-51.
(44) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 8.
(45) Cf. ibid.; CIC c 278 § 2.
(46) Cf. CONGREGACION PARA EL CLERO, Declaración
Quidam Episcopi, 8 de marzo de 1982: AAS 74 (1982), 642-645.
(47) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 4; PABLO VI, Exhortación
apóstolica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 68: AAS 68 (1976),
57-58; CIC c 757
(48) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 4; PABLO VI, Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 15 : AAS 68
(1976), 13-1 5. (49) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de
la Iglesia Ad gentes, 13.
(50) Cf. CIC c 760. (51) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 4.
(52) Cf. CIC c 767; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 48: AAS 71 (1979), 1316.
(53) Cf CIC cc 766-767.
(54) Cf. ibid., 773; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 64, 67: AAS 71 (1979), 1331-1333.
(55) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 18-25: AAS 71 (1979), 1291-1298,
1307-1314.
(56) Cf. CIC c 774; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 68: AAS 71 (1979), 1333-1334.
(57) Cf. CIC cc 796 ss.
(58) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 69: AAS 71 (1979), 1334-1336.
(59) Cf. CIC c 785.
(60) Cf. ibid., 780, 785 § 2; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 66: AAS 71 (1979),
1331.
(61) Cf. CIC c 788.
(62) Cf. ibid., 772 § 2, 779; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 46: AAS 71 (1979),
1314.
(63) Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 46: AAS 68 (1976), 36.
(64) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5; CIC c 835 § 2.
(65) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 18-19; JUAN PABLO II, Carta apostólica
Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 10: OR 14.5.1989, suplemento.
(66) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5.
(67) Cf. CIC cc 213, 843 § 1.
(68) Cf. ibid. 843 § 2.
(69) Cf. ibid., 789.
(70) JUAN PABLO II, Carta apostólica Dominicae Cenae,
24 de febrero de 1980, 8: AAS 72 (1980), 128.
(71) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5; Id., Constitución
dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium 34.
(72) Cf. CIC c 898.
(73) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica
Reconciliatio et Paenitentia, 2 de diciembre de 1984, 31: AAS 77 (1985), 266.
(74) Cf. id., 16: ibid., 213-217.
(75) Cf. Id, 32-33: ibid., 267-271; CIC cc 960-963.
(76) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre la actividad misionera de
la Iglesia Ad gentes, 14; CIC c 849.
(77) Cf. ibid., 851.
(78) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 14.
(79) Cf. ibid., 15.
(80) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre la actividad misionera de
la Ad gentes, 36; CIC c 879.
(81) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 7.
(82) Cf. ibid., 27; CIC c 837 § 1.
(83) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 30; CIC c 837 § 2.
(84) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 10.
(85) Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Vicesimus
Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 16: OR, 14.5.1989, suplemento.
(86) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 37-39.
(87) Cf. CIC C 1248 § 2.
(88) Cf. CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Directorio para
las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero 2 de junio de
1988.
(89) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la sagrada
liturgia Sacrosanctum Concilium, 18
(90) Cf. CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción
Inaestimabile Donum, 3 de abril de 1980 AAS 72 (1980), 331-334; CIC cc 838, 841,
846; JUAN PABLO II, Carta apostólica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic.
de 1988, 13: OR, 14.5.1989, suplemento.
(91) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 12; Id., Constitución pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 40ss; JUAN PABLO II, Encíclica
Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574.
(92) Cf. CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 42ss; cf. PABLO VI Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28, 32-34; AAS 68
(1976), 23-25. 27-28.
(93) JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei
socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 571.
(94) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
Libertatis Nuntius, 6 de agosto de 1984: AAS 76 (1984), 876-909.
(95) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 41-43.
(96) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 15
(97) JUAN PABLO II, Encíclica Sollicitudo rei
socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574.
(98) Cf. PABLO VI Exhortación apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 50-51.
(99) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 9.
(100) Cf. CIC c 536.
(101) Cf. ibid. 537.
(102) Cf. PABLO VI Exhortación apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 46-49;
(103) CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción
Libertatis Conscientia, 22 de marzo de 1986, 69: AAS 74 (1987), 584-585; JUAN
PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, 30 de dic.
de 1988, 61.
(103) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC cc. 678, 790.
(104) Cf. ibid., 680.
(105) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 9, 11, 16, 22; PABLO VI, Carta apostólica
Ecclesiae Sanctae, III, 18,2, CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44, 57ss; PABLO VI, Discurso en
Kampala, 2 de agosto de 1969: AAS 61 (1969), 587-590; Id. Exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 62ss: AAS 68
(1976), 52ss; JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos de Zaire, 3 de mayo de 1980:
AAS 72 (1980), 430-439; Id., Exhortación apostólica Familiaris
Consortio, 22 de noviembre de 1981, 10: AAS 74 (1982), 90-91; Id. Exhortación
apostólica Christifideles Laici, 30 de dic. de 1988, 44.
(106) Cf. PABLO VI, Carta apostólica Ecclesiae
Sanctae, III, 18,2.
(107) Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica
Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 48 : AAS 68 (1976), 37-38.
(108) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici, 30 de dic. de 1988, 46.
(109) Cf. JUAN PABLO II, Carta a los Jóvenes con
motivo del Año Internacional de la Juventud Parati semper, 31 de marzo de
1985: AAS 77 (1985), 579-628.
(110) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 112.
(111) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.
(112) Cf. CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 31.
(113) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici, 30 de dic. de 1988, 46.
(114) Cf. ibid.
(115)Cf. Ibid.
(116) Cf. CONC.VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 11; Id. ,Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 2; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la
Iglesia Ad gentes, 16; CIC cc 233, 574 §2, 791.
(117) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici, 30 de dic. de 1988, 35.
(118) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 10-12, 20-36; Id., Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 21; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 14, 16-17.
(119) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 9; cf. JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 20.
(120) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 3-4; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 15.
(121) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes,11.
(122) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 35.
(123) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre la actividad misionera de
la Iglesia Ad gentes, 11-12; Id. Decreto sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 7; Id. Constitución pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 43; CIC c 225 § 2.
(124) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 16; JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 28.
(125) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 37; Id. Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 24.26; CIC c 228;JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, 30 de dic. de 1988, 29-31.
(126) Cf.JUAN PABLO II, Carta apostólica, Mulieris
dignitatem, 15 de agosto de 1988; 28-30: AAS 80(1988), 1720-1727.
(127) CONC. VAT. II, Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
(128) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 7 : AAS 74 (1982), 87-88.
(129) Cf. Id, 73; ibid., 170-171
(130) Cf. Id., 73-75; ibid.; 170-173; CIC c 529 § 1.
(131) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 7 : AAS 74 (1982), 167-168.
(132) Cf. Id., 66; ibid., 159-162; CONGREGACION PARA LA
EDUCACION CATOLICA, Orientaciones educativas sobre el Amor humano, Lineamientos
de educación sexual, 1 de noviembre de 1983; 60-62; OR, 2.12.1983,
suplemento; CIC c 1063.
(133) Cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica Mulieris
dignitatem 15 de agosto de 1988, 23: AAS 80 (1988), 1708-1710.
(134) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 7 : AAS 74 (1982), 162-163.
(135) Cf. id., 36-38; ibid., 126-130; 165-167.
(136) Id., 28 ibid., 114.
(137) Cf. Id., 73-76; ibid. 170-175.
(138) Cf. CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 50-51; PABLO VI, Encíclica
Humanae Vitae, 25 de julio de 1968, 10-16; AAS 60 (1968), 487-492; JUAN PABLO
II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de
1981, 30-35: AAS 74 (1982), 115-120; SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la
Familia, 24 de noviembre de 1983, 3: OR, 25.11.1983, suplemento; JUAN PABLO II,
Carta apstólica Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988, 18-19: AAS 80
(1988), 1693-1700
(139) Cf. CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51; PABLO VI, Encíclica
Humanae Vitae, 25 de julio de 1968, 21-22; AAS 60 (1968), 495-497.
(140) Cf. CONC. VAT. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 51; PABLO VI, Encíclica Humanae Vitae, 25
de julio de 1968, 14: AAS 60 (1968), 490-491; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 30-35: AAS 74
(1982), 115-117; SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la Familia, 24 de
noviembre de 1983, 4,a: OR, 25.11.1983, suplemento.
(141) Cf. Id., 4,b.c.: ibid.:CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE,
Instrucción Donum Vitae, 22 de febrero de 1987: AAS 80 (1988), 70-102.
(142) JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris
Consortio, 22 de nov. de 1981, 73: AAS 74 (1982), 170-171.
(143) Cf. Id., 33, 77-84: ibid. 120-123, 175-186.
(144) Cf. CIC cc 1124-1129; JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Familiaris Consortio, 22 de nov. de 1981, 78: AAS 74 (1982),
178-180.
(145) Cf. CIC cc 1161-1165.
(146) Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici. 30 de diciembre de 1988, 53-54.
(147) Ibid., 48.
(148) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Familiaris
Consortio, 22 de nov. de 1981, 27: AAS (1982), 113-114.
(149) Cf. CICC cc. 922, 1001.
(150) Cf. ibid., 230 § 3, 231 § 1, 910 § 2.
(151) Cf. CONC. VAT. II, Constitución sobre la
sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 81.
(152) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 1.
(153) Ibid., 4.
(154) Cf. Ibid., 11.
(155) Cf. CIC c 755.
(156) Cf. S. IRENEO, Adv. Haer., III, 18, 1. PG 7,932; Id.
III, 20,2: ibid., 943; S.JUSTINO 1 Apol, 44: PC 6,395, CONC. VAT. II, Decreto
sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 3,11.
(157) Cf. ibid., 12.
(158) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 11; cf. S. JUAN CRISOSTOMO De
Sacerdotio II, 2: PG 48,633; S. GREGORIO MAGNO, Reg. Past. Liber, P.I. c 5: PL
77, 19.
(159) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 39-42.
(160) Cf. S. IGNACIO M., Philad., 4 ed. Funk, 1, 266.
(161) JUAN PABLO II, Carta a los Presbíteros con
ocasión del Jueves Santo, 25 de marzo de 1988. AAS 80 (1988), 1290.
(162) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2,6.
(163) Cf. Ibid., 7-9.
(164) CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.
(165) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorun Ordinis, 15-17.
(166) Cf. ibid., 1-2.
(167) Cf. ibid., 1.
(168) Cf. ibid., 15.
(169) Cf. ibid., 13, 15-17; CIC cc 245, 247, 273, 275, 277,
282, 287.
(170) Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 14.
(171) Ibid., 8.
(172) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de
los Obispos Christus Dominus, 15-17, 28.
(173) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la divina revelación Dei Verbum, 21.
(174) Cf. ibid., 25.
(175) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 13.
(176) Cf. CIC cc 276 § 2, 2°; 909.
(177) Cf. ibid., 276 § 2, 3°; 1173-1175
(178) cf. ibid., 276 § 2, 5°.
(179) Cf. ibid., 276 § 2, 5°.
(180) Cf. ibid., 276 § 2, 4°.
(181) Cf.CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio e vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 14.
(182) Cf. ibid., 19.
(183) CIC c 279, § 1.
(184) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 16.
(185) Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Id., Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis,8; CIC c 280.
(186) Cf. Conc. VAT. II, Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 27.
(187) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presíteros Presbyterorum Ordinis, 8.
(188) Cf. ibid.
(189) Cf. ibid., 15.
(190) Ibid.
(191) Cf. CIC cc 945-958.
(192) Cf. ibid., 535.
(193) Cf. ibid., 284.
(194) Cf. Ibid., 283 § 2, 533.
(195 Cf. CONC.VAT.II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
(196) Cf. PABLO VI, Discuroso a los Obispos, Medellín,
24 de agosto de 1968: AAS 60 (1968), 639-649; JUAN PABLO II, Encíclica
Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574.
(197) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 17.
(198) Cf. CIC cc 222, 231, 281, 282, 1254 § 2.
(199) Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 17.
(200) Cf. PABLO VI, Encíclica Sacerdotalis
caelibatus, 24 de junio de 1967, 73: AAS 59 (1967), 686.
(201) Cf. CIC c 277 § 2.
(202) Ibid., 287 § 1.
(203) Cf. ibid., 285-287.
(204) Cf. ibid., 276 § 1.
(205) CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 14.
(206) CONC. VAT. II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 65.