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FUNERAL DEL CARDENAL JOHN BAPTIST WU
CHENG-CHUNG
HOMILÍA DEL CARDENAL
CRESCENZIO SEPE
Catedral de la Inmaculada Concepción de Hong Kong Sábado
28 de septiembre de 2002
"Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y
escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó
mis pies sobre roca y aseguró mis pasos. Dichoso el hombre que ha puesto su
confianza en el Señor..." (Sal 39, 2-3. 5).
Eminencia; mons. Joseph Zen, obispo coadjutor; mons. John Tong, obispo
auxiliar; autoridades y representantes del Gobierno de la región especial
con autonomía administrativa de Hong Kong; clero, religiosos y fieles de la
Iglesia de Hong Kong:
Nos hemos reunido hoy en esta maravillosa catedral para expresar por última vez
nuestro afecto a nuestro buen pastor y para ofrecer nuestro último testimonio
de respeto a un guía sabio, su eminencia el cardenal John Baptist Wu
Cheng-chung, en el día de su partida de entre nosotros.
No hay palabras capaces de expresar nuestra admiración por él y no hay
sufrimiento que pueda expresar nuestro dolor por la gran pérdida que todos
sentimos hoy. El Santo Padre me ha enviado como su representante para presidir
la santa misa de réquiem en sufragio del alma de su eminencia, el obispo de
Kong Kong. Los 27 años de su ministerio, durante los cuales guió una de las
Iglesias más grandes y vitales de Asia, me lleva, como prefecto de la
Congregación para la evangelización de los pueblos, a sufrir profundamente con
vosotros por su muerte.
Para consuelo vuestro y mío os traigo la especial bendición apostólica de
nuestro Santo Padre Juan Pablo II, además de sus oraciones por la Iglesia de
Hong Kong en el momento de la partida de su digno y santo pastor. En la reciente
carta que el Santo Padre envió a su eminencia con ocasión de sus bodas de oro
sacerdotales, recordaba con admiración todo el servicio que había prestado a
Dios y a su pueblo a través de una vida entregada totalmente a sus deberes de
pastor. El Papa elogió su admirable humildad y su total consagración a Dios y
a su Iglesia, tanto en el silencio y en la oración como en la amabilidad de su
trato y en la preocupación por su grey.
Lo que el Papa escribió en su carta del pasado 6 de julio es el mejor elogio
para un hombre que, aun siendo una personalidad de relieve, era al mismo tiempo
un humilde ciudadano del reino de los cielos, al que están invitados a entrar
todos los que tienen un corazón sencillo como el de los niños. Era un hombre
enamorado también de su patria, a la que amaba tiernamente y por la que rezaba
con fervor para que gozara de paz y bienestar.
Como hijo de esta gran nación, la China en la que nació hace más de 77 años
en el condado de Ng-Wa, provincia de Kwangtung, su eminencia el cardenal Wu
Cheng-chung llegó a ser para todos el modelo cristiano de cómo los hijos de
Dios en Hong Kong y en el continente chino aman y sirven a su nación y se
sienten orgullosos de su gran cultura y de su gloriosa historia. En efecto, su
origen Hakka era parte de su naturaleza, su herencia cultural era totalmente
china, y ambos se integraban perfectamente con su estudio y con su meditación
de la doctrina católica y la práctica de la tradición cristiana.
Era un chino que se sentía en plena armonía con su fe cristiana, que no excluía
ninguna de las grandes enseñanzas morales de su cultura. Fue un gran cristiano
y un gran chino, un cardenal devoto de la Iglesia romana católica y universal y
un hijo fiel de la más antigua civilización que existe aún en la tierra. De
hecho, como observó el Papa: "China y la Iglesia católica, bajo
aspectos ciertamente diversos pero de ningún modo contrapuestos, son históricamente
dos de las más antiguas "instituciones" vivas y activas del
mundo..." (Mensaje en el IV centenario de la llegada a Pekín del padre
Matteo Ricci, s.j., 24 de octubre de 2001, n. 6: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 2001, p. 5).
Recordamos al cardenal Wu Cheng-chung sobre todo como un hombre que amaba su
ministerio pastoral. Era un hombre de pocas palabras, pero de gran
disponibilidad y entrega; estos rasgos de su carácter se percibían muy bien
durante sus visitas pastorales a las parroquias de su diócesis de Hong Kong. En
aquellos momentos de encuentro con sus hijos era evidente su alegría y, más
que sus palabras, a veces en un cantonés improvisado e inseguro, era su corazón
el que hablaba. Su constitución robusta daba un sentido de seguridad, mientras
su sonrisa ofrecía un mensaje de esperanza y de aliento. Así pues, todos eran
un solo corazón con él, como hijos del mismo padre y en la felicidad común de
una gran familia. Algunas veces le gustaba disertar sobre la doctrina china del
"Wu-Wel", que explicaba como el modo de hacer muchas cosas tratando de
no hacer nada... Me han dicho que transcurría en silencio las largas horas
de encuentros en su oficina, escuchando sin decir una palabra; pero consideraba
todas las opiniones, sopesaba todas las ideas y aceptaba todas las
sugerencias... Y las cosas decididas se hacían, se tomaban nuevas iniciativas y
los proyectos se realizaban en perfecta comunión de mente y de corazón. ¿Acaso
no reside aquí el secreto del gran desarrollo de la Iglesia en Hong Kong y de
sus éxitos en todas las iniciativas emprendidas, tanto caritativas como
educativas y, sobre todo, religiosas y morales? Al mirar al pasado descubrimos
quizá ahora la gran fuerza de desarrollo y de trabajo que el cardenal Wu
Cheng-chung ofreció a la Iglesia de Hong Kong con su peculiar estilo de guía
humilde.
No hay ninguna duda de que fue un gran pastor, tal como debe serlo un obispo católico,
y un gran maestro, a la manera de un maestro chino que enseña y prepara a sus
discípulos. Por todo esto, la Iglesia entera le expresa su gratitud y ruega al
Señor para que le conceda el premio prometido a los siervos fieles.
Las palabras del Salmo 39 que hemos escuchado expresan muy bien los ideales y la
vida de este gran obispo. Además, nos revelan otro aspecto de su existencia más
auténtico y profundo. "Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el
Señor...". ¡Este es el secreto que hizo de su vida un gran éxito a los
ojos del Señor y de los hombres! El cardenal Wu Cheng-chung era antes que nada
y sobre todo un hombre de oración, de meditación y de "confianza en el Señor".
La dulzura de su rostro, la sonrisa amable con la que recibía a todas las
personas conocidas o no, y la serenidad de su comportamiento, incluso ante las
dificultades, lo convirtieron en icono del buen samaritano, que en
tiempos de tensión y de dolor difunde en torno a sí amor y paz.
Fue un hombre con sus pies "afianzados sobre roca", la
"roca" que es Dios (cf. Dt 32, 4) y la "roca de
Pedro" (cf. Mt 16, 18), de quien se convirtió en discípulo en su
ministerio episcopal. Por la promesa de Cristo, estaba seguro de que, a pesar de
la fuerza de la opresión y del dolor del sufrimiento, nada prevalecería sobre
la Iglesia porque estaba construida sobre esa roca. Era en verdad un hombre de
Dios, y en él había puesto su confianza... Admirable es la tenacidad de su fe,
y ejemplar su fidelidad a la "roca" de la Iglesia, como confesor y
heraldo de su doctrina y dispensador de su gracia.
¿Por qué, pues, deberíamos estar tristes hoy como si se tratara de una pérdida
irreparable o de un viaje sin regreso de nuestro amado pastor? En efecto,
conocemos y creemos cuanto proclamó nuestro Salvador Jesucristo: "Yo
soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y
todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11, 25).
San Pablo nos recuerda: "Cristo resucitó de entre los muertos como
primicia de los que durmieron. (...) Pues del mismo modo que en Adán mueren
todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-23).
Por este motivo la Iglesia llama a los "ritos de los difuntos",
"ritos de paso". En efecto, para los cristianos la muerte es el paso
de esta vida a la vida eterna. San Juan de la Cruz, gran santo y místico,
escribió que "a la tarde te examinarán en el amor" (Dichos de luz
y amor, 59). Nuestro hermano y obispo John Baptist Wu Cheng-chung nada tiene
que temer en su juicio, porque vivió una vida de amor. Debemos alegrarnos con
él, porque estamos convencidos de que hoy, ante nosotros, tenemos a un santo
digno del cielo y un modelo de vida aquí en la tierra. En efecto, pasó sus años
afrontando el sufrimiento y el dolor, el trabajo y la enfermedad, pero, sobre
todo, vivió todos sus años con amor. Ciertamente, su eminencia ahora es digno
de oír la voz del Padre, como la del cabeza de familia en la parábola evangélica,
que le dice: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has
sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor"
(Mt 25, 21).
Así sea. Para gran consuelo nuestro y para eterna gloria y felicidad suya.
Amén.
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