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PONTIFICIUM OPUS A SANCTA INFANTIA
La
Iglesia y los Niños
EL PAPA A LOS NIÑOS
¡Qué
grande es vuestra
responsabilidad!
Con
ocasión de la conclusión del Jubileo del Año 2000, 6000 niños provenientes
de todo el mundo se reunieron con el Papa Juan Pablo II en la Ciudad del
Vaticano. Otros millones de niños siguieron el encuentro a través de la
televisión. De este modo, así como el Año Santo había comenzado el Jubileo
con los niños, el Santo Padre quiso concluirlo también con ellos. El
evento tuvo lugar el viernes 5 de enero de 2001 por la tarde. Los niños
presentaron al Papa canciones, danzas y dones en representación de los 5
continentes. El discurso del Papa fue el momento culminante del Encuentro; lo
transcribimos aquí.
“Amadísimos
niños y muchachos, os acojo con alegría:
Me alegra
mucho encontrarme en medio de vosotros esta tarde. Gracias por esta hermosa
fiesta que habéis organizado precisamente al final del jubileo. Os saludo a
todos con gran afecto: a los que os encontráis en la sala Pablo VI, y a los
que estáis unidos a nosotros mediante la televisión. (…).
Con los niños
se abrió el Año santo; y era justo que concluyera también con ellos. Este
es un signo positivo de esperanza, un deseo concreto di vida. Es, sobre todo,
un homenaje a los niños, por quienes Jesús sentía predilección y de
quienes solía rodearse. A la gente y a sus discípulos les señalaba a los niños
como modelos para entrar en el reino de los cielos.
Queridos
amigos, vuestra fiesta tiene como título “Siguiendo el cometa”, y nos
trae a la mente la solemnidad de la Epifanía del Señor, que celebraremos mañana.
El cometa nos hace pensar en los Magos, personajes misteriosos, sabios,
cultos, expertos en astronomía, de los que habla el Evangelio. Pero, si
observamos con atención, tenían un corazón de niño, fascinado por el
misterio; y aceptaron con prontitud la invitación de la estrella y lo dejaron
todo para ir a adorar al Rey de los judíos, que había nacido en Belén..
Queridos
amigos, vosotros, que hoy sois niños y muchachos, formaréis mañana la
primera generación de cristianos adultos del tercer milenio. ¡Qué grande es
vuestra responsabilidad! Seréis los protagonistas del próximo jubileo, en el
año 2025. Para entonces seréis grandes; quizá habréis formado una familia,
habréis abrazado la vida sacerdotal u os habréis consagrado a una misión
especial en la Iglesia al servicio de Dios y de vuestros hermanos.
Y yo, que he
tenido la gran satisfacción de introducir a la Iglesia en el tercer milenio,
os contemplo con el corazón lleno de esperanza. En vuestros ojos, en vuestros
tiernos rostros, me parece vislumbrar ya la meta del próximo jubileo. Miro a
los lejos, y ruego por vosotros. Queridos muchachos, mantened en alto y
encendida la antorcha de la fe, que esta tarde os entrego de modo ideal a
vosotros y a vuestros coetáneos de todas las partes de la tierra. ¡Iluminad
con esta luz los caminos de la vida; abrasad de amor el mundo!
La Virgen os
acompañe, y yo con afecto os bendigo”.
(Discurso
de S.S. Juan Pablo II a los niños,viernes 5 de enero de 2001)
Los
niños tienen
una
relación especial con la Virgen María
“Con vuestros grupos habéis recorrido durante este año del gran
jubileo un camino aún más hermoso, más rico y más gozoso, y los frutos no
faltarán. Junto con vuestros educadores y asistentes, os proponéis ser aún
más misioneros, más capaces de llevar a los demás la alegría de haber
encontrado a Jesús. Me alegra constatar este esfuerzo misionero, y os repito
que cuento con vuestra colaboración para la difusión del Evangelio en la
familia, en la escuela, en el deporte, en todas partes.
Por mi parte, os acompaño con mi oración para que, como Jesús, crezcáis
en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. Esto se realizará si amáis
siempre a la Virgen y os dejáis guiar por ella. El ejemplo de los pastorcitos
de Fátima, Francisco y Jacinta, a quienes precisamente este año he tenido la
alegría de proclamar beatos, demuestra una vez más que los niños tienen una
relación especial con la Virgen María. Con su ayuda, pueden alcanzar la
cumbre de la santidad.”
(S.S.
Juan Pablo II, Discurso a los muchachos de la Acción Católica italiana,
jueves 21 de diciembre, 2000)
EL
PAPAY
LOS NIÑOS
Todos
debemos ser
como
niños
Así pues,
todos los justos de la tierra, incluso los que no conocen a Cristo y a su
Iglesia, y que, bajo el influjo de la gracia, buscan a Dios con corazón
sincero (cf. Lumen gentium, 16), están llamados a edificar el reino de Dios,
cola-borando con el Señor, que es su artífice primero y decisivo. Por eso,
debemos ponernos en sus manos, confiar en su palabra y dejarnos guiar por Él
como niños inexpertos que sólo en el Padre encuentran la seguridad: ‘El
que no reciba el reino de Dios como niño – dijo Jesús-, no entrará en Él’
(Lc 18,17)”
(S.S.
Juan Pablo II, Catequesis del miércoles 6 de diciembre, 2000)
“Pero, ¡cómo
no recordar el tono festivo del primer gran encuentro dedicado a los niños!
Empezar por ellos significaba, en cierto modo, respetar la exhortación de Jesús:
“Dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10,14). Más aún, quizás
significaba repetir el gesto que Él hizo cuando “colocó en medio” a un
niño y lo presentó como el símbolo mismo de la actitud que se ha de asumir
si se quiere entrar en el reino de Dios (cf. Mt 18,2-4)”
(S.S.
Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte)
Un
niño concebido es siempre
una
invitación a vivir y a esperar
“Al
recordar el día en que María concibió al Niño Jesús, deseo enviar una
bendición especial a las mujeres que esperan un hijo y, en particular, a
cuantas se encuentran en una situación difícil. A todas les digo: un niño
concebido es siempre una invitación a vivir y a esperar” (S.S.
Juan Pablo II, domingo 25 de marzo de 2001)
Todos
pueden y deben participar en la
evangelización, incluso los niños…
“Pero todo el
pueblo de Dios debe colaborar con quienes
trabajan en la vanguardia de la misión “ad gentes”, dando cada uno su
contribución, como intuyeron y subrayaron muy bien los fundadores de las
Obras Misionales Pontificias: todos pueden y deben participar en la
evangelización, incluso los niños, incluso los enfermos, incluso los pobres
con su óbolo, como el de la viuda cuyo ejemplo señaló Jesús (cf. Lc
21,1-4). La misión es obra de todo el pueblo de Dios, cada uno en la vocación
a la que ha sido llamado por la Providencia”.
(S.S.
Juan Pablo II, Homilia del domingo 22 de octubre, 2000,
Jornada Mundial de las
Misiones)
Por
desgracia, la infancia es aún víctima
del
hambre, de las guerras….
“¿No
es verdad que, por desgracia, en vastas áreas del planeta la infancia es aún
víctima del hambre, de las guerras, de terribles enfermedades, como el sida,
y de la perversión de adultos sin escrúpulos, que asechan su inocencia y
ponen en grave peligro su futuro?”
(S.S.
Juan Pablo II al Capítulo General de las religiosas Benedictinas
de la Divina
Providencia, 25 de agosto, 2000)
La
situación de los niños es un desafío para toda la sociedad
Con
ocasión del Jubileo de las Familias el Santo Padre pronunció el siguiente
mensaje:
“El tema de
vuestro jubileo –“Los hijos: primavera de la familia y de la sociedad”-
puede ser para vosotros una significativa fuente de inspiración. ¿No son
precisamente los hijos quienes “examinan” continuamente a los padres? No sólo
lo hacen con sus frecuentes ‘¿por qué?’, sino también con su rostro,
unas veces sonriente y otras velado por la tristeza. Es como si todo su modo
de ser reflejara un interrogante, que se expresa de formas muy diversas,
incluso con sus caprichos, y que podríamos traducir en preguntas como estas:
“Mamá, papá, ¿me queréis? ¿Soy de verdad un don para vosotros? ¿Me
acogéis por lo que soy? ¿Os esforzáis por buscar siempre mi verdadero
bien?”
Estas preguntas las formulan más con la
mirada que con las palabras, pero obligan a los padres a asumir su gran
responsabilidad y, en cierto modo, para ellos son el eco de la voz de Dios.
Los hijos son “primavera”: ¿qué significa esta metáfora elegida
para vuestro jubileo?
Nos remite al horizonte de vida, de colores, de luz y de canto, típico
de la estación primaveral. Naturalmente, los hijos son todo esto. Son la
esperanza que sigue floreciendo, un proyecto que se inicia continuamente, el
futuro que se abre sin cesar. Representan el florecimiento del amor conyugal,
que en ellos se refleja y se consolida. Al venir a la luz, traen un mensaje de
vida que, en definitiva, remite al Autor mismo de la vida. Al estar
necesitados de todo, en especial durante las primeras fases de su existencia,
constituyen naturalmente una llamada a la solidaridad.
No por causalidad Jesús invitó a sus discípulos a tener corazón de
niño (cf. Mc. 10, 13-16). Queridas familias, hoy queréis dar gracias por el
don de los hijos y, al mismo tiempo, acoger el mensaje que Dios os envía a
través de su existencia.
Por desgracia, como bien sabemos, la situación de los niños en el
mundo no es siempre como debería ser. En muchas regiones y, paradójicamente,
sobre todo en los países de mayor bienestar, traer al mundo un hijo se ha
convertido en una elección realizada con gran perplejidad, más allá de la
prudencia que exige obligatoriamente una procreación responsable. Se diría
que a veces se les ve más como una amenaza que como un don.
¿Y
qué decir del otro triste escenario de la infancia ultrajada y explotada,
sobre la que también llamé la atención en la Carta a los niños? (…)
En efecto, la situación de los niños es un desafío para toda la
sociedad, un desafío que interpela directamente a las familias. Nadie puede
constatar mejor que vosotros, queridos padres, cuán esencial es para los
hijos poder contar con vosotros, con ambos –con el padre y la madre- en la
complementariedad de vuestros dones. No, no es un progreso en la civilización
secundar tendencias que oscurecen esta verdad elemental y pretenden afirmarse
también en el ámbito legal.
¿Acaso la plaga del divorcio no perjudica ya excesivamente a los niños?
¡Qué triste es para un niño tener que resignarse a compartir su amor con
padres enfrentados entre sí! Muchos hijos llevarán para siempre el trauma psíquico
de la prueba a la que los ha sometido la separación de sus padres.
(…)
Al mismo tiempo, no podéis eludir el interrogante esencial sobre
vuestra misión de educadores. Habiendo dado la vida a vuestros hijos, también
tenéis el deber de seguirlos, de modo adecuado a su edad, en las
orientaciones y en las opciones de vida, velando por todos sus derechos.
En nuestro tiempo, el reconocimiento de los derechos del niño ha
experimentado un indudable progreso, pero sigue siendo motivo de aflicción la
negación práctica de estos derechos, como lo manifiestan los numerosos y
terribles atentados contra su dignidad. Es preciso vigilar para que el bien
del niño se ponga por encima de todo, comenzando desde el momento en que se
desea tener un hijo. La tendencia a recurrir a prácticas moralmente
inaceptables en la generación pone de
relieve la mentalidad absurda de un “derecho al hijo”, que ha usurpado el
lugar del justo reconocimiento de un “derecho del hijo” a nacer y después
a crecer de modo plenamente humano. Al contrario, ¡cuán diversa y digna de
apoyo es la práctica de la caridad, que antepone el bien de los hijos a las
exigencias de los padres. (…)
A vosotras, queridas madres, que tenéis en vuestro interior un
instinto incoercible de defender la vida, os dirijo un llamamiento apremiante:
¡sed siempre fuentes de vida, jamás de muerte!
A vosotros
juntos, padres y madres, os digo: habéis sido llamados a la altísima misión
de cooperar con el Creador en la transmisión de la vida (cf. Carta a las
familias, 89); ¡ no tengáis miedo a la vida! Proclamad juntos el valor de la
familia y el de la vida. Sin estos valores no existe futuro digno del
hombre.”
(S.S. Juan Pablo II, 14 de octubre,
2000)
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