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SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
CARTA A LOS PRESIDENTES
DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES SOBRE LOS ABUSOS EN LA
INTERPRETACIÓN DE LOS DECRETOS DEL CONCILIO VATICANO II
Una vez que el Concilio Vaticano II, recientemente concluido, ha promulgado documentos muy valiosos, tanto en los
aspectos doctrinales como en los disciplinares, para promover de manera más
eficaz la vida de la Iglesia, el pueblo de Dios tiene la grave obligación de
esforzarse para llevar a la práctica todo lo que, bajo la inspiración del
Espíritu Santo, ha sido solemnemente propuesto o decidido en aquella amplísima
asamblea de Obispos presidida por el Sumo Pontífice.
A la jerarquía, sin embargo, corresponde el derecho y el deber de vigilar, de
dirigir y promover el movimiento de renovación iniciado por el Concilio, de
manera que los documentos y decretos del mismo Concilio sean rectamente
interpretados y se lleven a la práctica según la importancia de cada uno de
ellos y manteniendo su intención. Esta doctrina debe ser defendida por los
Obispos, que bajo Pedro, como cabeza, tienen la misión de enseñar de manera
autorizada. De hecho, muchos pastores ya han comenzado a explicar loablemente la
enseñanza del Concilio.
Sin embargo, hay que lamentar que de diversas partes han llegado noticias
desagradables acerca de abusos cometidos en la interpretación de la doctrina
del Concilio, así como de opiniones extrañas y atrevidas, que aparecen aquí y
allá, y que perturban no poco el espíritu de muchos fieles. Hay que alabar los
esfuerzos y las iniciativas para investigar más profundamente la verdad,
distinguiendo adecuadamente entre lo que debe ser creído y lo que es opinable;
sin embargo, a partir de documentos examinados por esta Sagrada Congregación,
consta que en no pocas sentencias parece que se han traspasado los límites de
una simple opinión o hipótesis y en cierto modo ha quedado afectado el dogma y
los fundamentos de la fe.
Es preciso señalar algunas de estas sentencias y errores, a modo de ejemplo, tal
como consta por los informes de los expertos así como por diversas
publicaciones.
1. Ante todo está la misma Revelación sagrada: hay algunos que recurren a la
Escritura dejando de lado voluntariamente la Tradición, y además reducen el
ámbito y la fuerza de la inspiración y la inerrancia, y no piensan de manera
correcta acerca del valor histórico de los textos.
2.
Por lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas
dogmáticas están sometidas a una evolución histórica, hasta el punto que el
sentido objetivo de las mismas sufre un cambio.
3.
El Magisterio ordinario de la Iglesia, sobre todo el del Romano Pontífice, a
veces hasta tal punto se olvida y desprecia, que prácticamente se relega al
ámbito de lo opinable.
4.
Algunos casi no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y
someten todo a cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida
según la cual la verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la
conciencia y de la historia.
5.
La misma adorable Persona de nuestro Señor Jesucristo se ve afectada, pues al
abordar la cristología se emplean tales conceptos de naturaleza y de persona,
que difícilmente pueden ser compatibles con las definiciones dogmáticas. Además
serpentea un humanismo cristológico para el que Cristo se reduce a la condición
de un simple hombre, que adquirió poco a poco conciencia de su filiación
divina. Su concepción virginal, los milagros y la misma Resurrección se conceden
verbalmente, pero en realidad quedan reducidos al mero orden natural.
6.
Asimismo, en el tratado teológico de los sacramentos, algunos elementos o son
ignorados o no son considerados de manera suficiente, sobre todo en lo
referente a la Santísima Eucaristía. Acerca de la presencia real de Cristo bajo
las especies de pan y de vino no faltan los que tratan la cuestión favoreciendo
un simbolismo exagerado, como si el pan y el vino no se convirtieran por la
transustanciación en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sino
meramente pasaran a significar otra cosa. Hay también quienes, respecto a la
Misa, insisten más de la cuenta en el concepto de banquete (ágape), antes
que en la idea de Sacrificio.
7.
Algunos prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como el medio de
reconciliación con la Iglesia, sin expresar de manera suficiente la
reconciliación con el mismo Dios ofendido. Pretenden que para celebrar este
sacramento no es necesaria la confesión personal de los pecados, sino que sólo
procuran expresar la función social de reconciliación con la Iglesia.
8.
No faltan quienes desprecian la doctrina del Concilio de Trento sobre el pecado
original, o la explican de tal manera que la culpa original de Adán y la
transmisión del pecado al menos quedan oscurecidas.
9. Tampoco son menores los errores en el ámbito de la teología moral. No pocos se
atreven a rechazar la razón objetiva de la moralidad; otros no aceptan la ley
natural, sino que afirman la legitimidad de la denominada moral de situación.
Se propagan opiniones perniciosas acerca de la moralidad y la responsabilidad en
materia sexual y matrimonial.
10. A todo esto hay que añadir alguna cuestión sobre el ecumenismo. La
Sede Apostólica alaba a aquellos que, conforme al espíritu del decreto conciliar
sobre el ecumenismo, promueven iniciativas para fomentar la caridad con los
hermanos separados, y atraerlos a la unidad de la Iglesia, pero lamenta que
algunos interpreten a su modo el decreto conciliar, y se empeñen en una acción
ecuménica que, opuesta a la verdad de la fe y a la unidad de la Iglesia,
favorece un peligroso irenismo e indiferentismo, que es completamente ajeno a la
mente del Concilio.
Este tipo de errores y peligros, que van esparciendo aquí y allá, se muestran
como en un sumario o síntesis recogida en esta carta a los Ordinarios del lugar,
para que cada uno, conforme a su misión y obligación, trate de solucionarlos o
prevenirlos.
Este Sagrado Dicasterio ruega insistentemente que los mismos Ordinarios de
lugar, reunidos en las Conferencias Episcopales, traten de estas cuestiones y
refieran oportunamente a la Santa Sede sus determinaciones antes de la fiesta
de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo del presente año. Esta carta, que
evidentes motivos de prudencia impiden hacer pública, los Ordinarios y otros a
los que éstos consideren oportuno comunicarla, deben mantenerla en estricto
secreto.
Roma, 24 de julio de 1966.
Alfredo Card. Ottaviani
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