30 de septiembre de 1988
El que intente leer y comprender en su significado auténtico la Carta Apostólica
sobre “La dignidad de la mujer”, ha de tener muy presente su carácter literario
específico, así como lo que se ha intentado decir en ella. Con este documento el
Papa hace referencia a una sugerencia del Sínodo de los Obispos de 1987: en él,
a propósito de la discusión sobre las cuestiones concretas acerca del puesto de
la mujer en la Iglesia, había ido madurando más claramente la convicción de que
no habrían sido suficientes soluciones de tipo meramente pragmático. Si se
quieren afrontar de modo correcto las cuestiones particulares, es necesario
sondear más profundamente los fundamentos antropológicos y teológicos del
problema. Y precisamente ésta es la intención del Papa en la presente Carta.
Para todas las normas jurídicas particulares. remite al documento postsinodal
sobre los laicos. cuya publicación se espera dentro de poco. Aquí. en cambio, su
finalidad es buscar, a partir de la fe, lo que significa el que Dios haya creado
al ser humano como hombre y mujer y cuál es la misión específica que ha confiado
así a la mujer en su camino. El Papa lo hace con la modalidad, que tanto le
gusta, de una meditación bíblica, y, por tanto, no en forma de un texto
magisterial dotado de un carácter sistemático, sino más bien como una reflexión
llena de amor acerca de la profundidad de la Palabra de Dios, sobre todo de los
inagotables tres primeros capítulos del libro del Génesis. Las afirmaciones del
Papa se colocan, pues, en un doble contexto de la vida de la Iglesia: él
prosigue —como ya se ha hecho notar— la discusión sinodal de sus hermanos en el
ministerio episcopal; en la Carta Apostólica dialoga con ellos, escucha sus
preguntas, sus preocupaciones, sus sugerencias y las lleva adelante,
colocándolas en el amplio contexto de la fe bíblica y de la tradición teológica.
A ello se añade el contexto del Año Mariano, que es ante todo expresión del
recuerdo que la Iglesia ha vivido pensando en sus orígenes de hace dos mil años;
pero al evocar los comienzas aparece ante nosotros la imagen bíblica de la mujer
y nos vemos obligados a confrontar con este modelo nuestras cuestiones
prácticas.
Todo esto deberá ser considerado si se quiere evaluar
correctamente la Carta del Papa. Quien espera de ella decisiones prácticas
fácilmente comprensibles, quedará desilusionado. El que la lea de prisa, no
sacará de ella ningún provecho. El texto exige una escucha reflexiva, una
disponibilidad a la meditación, que busca algo diverso de los títulos en letras
grandes. El texto conduce a lo que está en lo profundo y que, justo por esto,
puede ser fructuoso en una perspectiva más amplia.
¿Qué nos enseña, pues, esta Carta desde el punto de vista del
contenido? Ya desde el título es claro que el tema fundamental de indagación es
la dignidad de la mujer. En la búsqueda de la respuesta el Papa define ante todo
en qué consiste precisamente la dignidad del ser humano: “La dignidad de cada
hombre y su vocación correspondiente encuentran su realización definitiva en la
unión con Dios” (11, 5). Esta afirmación fundamental, que define al ser humano a
partir de Dios y le confiere de este modo su inviolable dignidad, se concretiza
sucesivamente en una doble dirección, a través de la interpretación del relato
bíblico de la creación:
1) El Papa comienza considerando la idea bíblica de que el
hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26 s.). Esta es para
él la base irrenunciable de cualquier antropología cristiana. A partir de esto,
se delinea luego el contenido de la naturaleza humana, que permanece no obstante
todos los cambios históricos. El Papa ve esta semejanza con Dios esencialmente
anclada en el ser persona, pero ser persona significa racionalidad: se comprende
la naturaleza de la persona en la orientación a la “comunión”; precisamente así
remite al Dios trinitario La reciprocidad del hombre y de la mujer pertenece, en
este sentido, al núcleo más íntimo de la forma del ser humano, en cuanto
creatura; ésta tiene que ver con su semejanza con Dios, en la medida en que es
una expresión esencial del carácter racional de la existencia humana. “Humanidad
significa llamada a la comunión interpersonal”: afirma el Papa en este contexto
(III, 7). Y, a partir de esto, desarrolla tres elementos fundamentales de la
existencia humana. El ser humano es la única criatura de Dios querida por sí
misma, no medio, sino “fin por sí mismo” diría Kant; esto no es solamente un
dato de hecho. sino debe más bien caminar hacia la realización de su ser (“yo”):
precisamente en esto consiste su tarea; sin embargo esta “autorrealización” se
lleva a cabo sólo cuando el hombre no se busca únicamente a sí mismo, sino que
se da a los otros, “mediante una entrega sincera de sí mismo” (III, 7). Este
entregarse, este donarse (a los demás) es la forma en la que él se encuentra y
es la categoría fundamental de la imagen del hombre propuesta por la Carta
Apostólica.
2) Esta perspectiva ontológica, en la cual se habla de lo que es
permanente e inmutable en la existencia humana, se completa a través de un
análisis de su condición histórica. En efecto, el hombre, tal como nosotros lo
conocemos, no es sólo lo que él debería ser. La situación histórica de conflicto
entre ser y deber ser se describe desde la fe con el término “pecado original”.
Se ha dicho antes que la dignidad del ser humano se cimienta en la unidad del
hombre con Dios. Sin embargo, la situación histórica del hombre es que él rompió
su relación con Dios. Esta fractura en el núcleo mismo de su existencia trae
como consecuencia una triple ruptura ulterior: efectivamente, se deriva de ella
una ruptura en su mismo yo; una ruptura en la relación entre hombre y mujer, y,
finalmente, una ruptura entre ser humano y creación (IV, 9). En lugar de la
entrega sincera de sí, mismo entra la voluntad de dominio: la relación entre
hombre y mujer, que a partir de la semejanza con Dios hubiera debido ser una
relación constituida por un recíproco don de sí llega a ser ahora una relación
de dominio, como dice Génesis 3, 16. En vez de entregarse, el hombre intenta
dominar a la mujer. En lugar de la comunión se tiene una opresión, que al mismo
tiempo destruye la estabilidad de la relación (IV, 10). La mujer, que
originariamente tendría que haber sido co-sujeto del hombre en su existencia en
el mundo, es reducida por él a objeto de placer y de explotación (V, 14). El
verificarse de una relación de dominio del hombre sobre la mujer, en vez de una
comunión en la entrega recíproca de sí querida por el Creador. es la expresión
más evidente de esa perversión de las relaciones humanas fundamentales que tuvo
lugar con el pecado.
La superación del pecado —la redención— debe por tanto
manifestarse también en la superación de esta perversión en el restablecimiento
de un orden conforme a la creación, en el retorno del “objetor al “co-sujeto”
(IV, 10). En relación con esto, el Papa, en su Carta, ilustra insistentemente
cómo la acción redentora de Cristo comporta también el restablecimiento de los
derechos y de la dignidad de la mujer. Esto lo hace esencialmente desarrollando
tres líneas de pensamiento:
a) El Santo Padre describe ampliamente la actitud abierta y sin
prejuicios de Jesús hacia las mujeres a lo largo de toda su trayectoria terrena,
antes y después de la resurrección. Muestra que tanto en su enseñanza como en su
comportamiento “no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de
la mujer...; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el
respeto y el honor debido a la mujer” (V, 13). Esto no es de hecho una apertura
superficial y sin importancia en la acción de Jesús, sino que más bien su
actitud “es el reflejo del designio eterno de Dios” (V, 53).
b) Cristo ha abolido el derecho concedido al hombre, en la ley
de Moisés, de repudiar a su mujer. A esta tradición jurídica de carácter humano
él contrapone el orden de la creación: los dos, hombre y mujer, deben ser según
la voluntad de Dios una sola carne, ligados recíprocamente en una humanidad
indisoluble (V, 2).
c) En el momento en que se suprime el derecho del hombre a
repudiar a su mujer, es necesario establecer entre los dos una relación nueva
desde sus bases. Estas consecuencias están delineadas en la Carta a los Efesios
(5, 21-33) donde el texto de la creación sobre el matrimonio ha de ser releído e
interpretado a partir de Cristo. Con los más recientes exegetas, el Papa
considera el versículo 21 del capítulo quinto como título de todo el párrafo:
“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo”. En esta sumisión
recíproca, que se opone a la precedente dominación, el Santo Padre descubre la
“novedad evangélica”, la fundamental superación de la discriminación de la mujer
provocada por el pecado. Este nuevo y decisivo paso hacia adelante no se cancela
en absoluto por el hecho de que a continuación en el texto bíblico el hombre es
designado como cabeza de la mujer, De hecho esta formulación recibe su
significado auténtico mediante su referencia cristológica: ser cabeza significa,
a partir de Cristo, entregarse a sí mismo por la mujer (Ef 5, 25; VII, 24). Por
lo demás, si lo antiguo aparece todavía en el lenguaje, esta novedad, que deriva
justamente de Cristo, “ha de abrirse camino gradualmente en los corazones... en
las costumbres. Se trata de un llamamiento que, desde entonces no cesa de
apremiar...” (Ef 5, 25; VII, 24).
3) Sin embargo la unidad y la igualdad de hombre y mujer en la
vocación a la autorrealización a través de la entrega de sí no cancela de hecho
la diversidad (V, 16). Por tanto el Papa trata de decir, con gran cautela, algo
del genio específico de la mujer diferenciándolo de la vocación del hombre. A
este propósito él comienza con la mujer por excelencia, la Madre del Señor.
Examina, pues, según este carácter específico las dos formas fundamentales de la
existencia femenina, maternidad y virginidad. También aquí hay que considerar
ante todo lo que es común: se trata cada vez en última instancia, de la tarea
fundamental de la existencia humana, la superación de sí mismo en la donación de
sí. En el matrimonio la autodonación de los esposos se abre, por su naturaleza,
al don de una vida nueva. Hombre y mujer participan así del gran misterio del
eterno generar (VI, 8). Aunque este generar pertenezca al mismo tiempo al hombre
y a la mujer, sin embargo es también verdad que “el hecho de ser padres... es
una realidad más profunda en la mujer... la mujer es ‘la que paga’ directamente
por ese común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de
su alma” (VI, 18). El Papa deduce de esto que existe una deuda especial del
hombre con la mujer y prosigue: “Ningún programa de “igualdad de derechos” del
hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto” (VI, 18). Esta
idea todavía se profundiza más a través de la afirmación de que el hombre frente
al proceso de gestación y del nacimiento se descubre siempre “fuera”. De este
modo él, en múltiples aspectos, debe aprender de la madre el ser padre (VI, 18).
4) Estas perspectivas se amplían finalmente a las nuevas
dimensiones sobrenaturales de la existencia humana, abiertas al acontecimiento
redentor de Cristo y a la nueva comunidad de la Iglesia. De las múltiples
reflexiones del texto quisiera deducir tres afirmaciones:
a) El carácter específico del Nuevo Testamento consiste en que
debe ser realizado en la carne y en la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Y
estando así las cosas, comienza también en la carne —en la mujer— que, a través
de su sí, se ofrece como su madre. Gracias a Ella, a su virginal y materno sí,
el Hijo puede decir al Padre: “Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo,
Padre, para hacer tu voluntad” (cf. Heb 10, 5. 7) (VI, 19). Así se puede decir
que el más grande acontecimiento de la historia humana sobre la tierra —el que
Dios se haga hombre— se ha realizado en una mujer y a través de una mujer, María
(IX, 31).
b) En el misterio de Cristo se ha insertado esencialmente el
simbolismo “esponsal”, el amor trinitario de Dios se hace entrega de sí al ser
humano y de esta forma confiere una profundidad inimaginable anteriormente a la
reciprocidad esponsal de hombre y mujer. Precisamente este contexto cristológico
y esponsal de los sacramentos, y sólo él, explica por qué Cristo llamó como
Apóstoles sólo hombres y únicamente a ellos transmitió el mandato de administrar
los sacramentos de la Eucaristía y de la Confesión. No se trata en modo alguno
de una concesión a presuntos o reales condicionamientos de su tiempo; deriva en
cambio de la estructura intrínseca de su mandato. A esta forma cristológica,
esponsal fundamental de los sacramentos y por tanto del sacerdocio, la Iglesia
está y permanece vinculada. Y es por tanto absurdo unir la cuestión de la
dignidad de la mujer al sí o al no al sacerdocio femenino; semejantes tesis
descuidan lo que es esencial en el problema. Quien no puede compartir la fe
católica en los sacramentos instituidos por Cristo, no debería tampoco querer
describir la forma que debería asumir el sacerdocio católico. Resulta por tanto
también equivocado reducir la Carta del Papa a la cuestión del sacerdocio de la
mujer: el Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga
valor de ley Él es la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su
autoridad.
c) El sacerdocio es un misterio de servicio con un profundo
ligamen simbólico y existencial; su finalidad — más aún la misma “razón de ser”
de la Iglesia — es la santidad: su entera estructura jerárquica “está ordenada
totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo”. En este
sentido el Papa alude a una jerarquía en la santidad y vuelve a tomar una idea
de Hans Urs von Balthasar, que habla de la dimensión mariana y de la dimensión
apostólica-petrina de la Iglesia. Por lo que respecta, sin embargo, a la
relación entre estas dos dimensiones, se expresa así la Carta Apostólica citando
el Concilio Vaticano II: “En la jerarquía de la santidad precisamente la
mujer... es “figura” de la Iglesia” (VII, 27). El Santo Padre concretiza después
estas afirmaciones fundamentales a través de una mirada a la posición histórica
de la mujer en la Iglesia y a la falange de santas mujeres desde los inicios
hasta hoy, las cuales en todo tiempo, con igual derecho e igual honor caminan al
lado de los hombres santos y junto con ellos (VII, 27).
Al comienzo he hablado de un doble contexto de la Carta papal:
el Año Mariano y el Sínodo de los Obispos. Esta perspectiva esencialmente
intereclesial se abre, al final del documento, al panorama de la historia
mundial. El Papa se fija en la lucha que hoy se realiza a favor del hombre y su
humanidad. Ve descrita en modo arquetípico esta lucha en el Génesis y en el
Apocalipsis, en el primero y en el último libro de la Biblia: “...en el
paradigma bíblico de la ‘mujer’ se encuadra... la lucha a favor del hombre, de
su verdadero bien, de su salvación” (VIII, 30). Concretamente esto significa que
en un unilateral progreso material de la humanidad se esconde el peligro de una
gradual desaparición de la sensibilidad por el hombre, por lo que es
esencialmente humano (VIII, 30). En esta situación necesitamos que aparezca
claro el “genio” de la mujer, su sensibilidad por el ser humano, simplemente
porque él es hombre (VIII, 30), El Papa fundamenta esta afirmación humanística
sobre una base teológica, con la convicción de que Dios ha confiado el ser
humano, de un modo específico, a la mujer, ya que su misión particular está en
el orden del amor. La mujer guardiana del ser humano, de su humanidad: ésta es
la afirmación programática y la apasionada llamada, en la que desemboca este
importante documento. A un lector superficial y apresurado la Carta del Papa
podría parecer sólo una meditación edificante, bien poco interesante. Quien
acepte la fatiga de sumergirse más profundamente en este documento reconocerá en
él, además de su riqueza teológica. también un texto de gran calidad humana,
portador de un mensaje que nos incumbe a todos.
Card. Joseph RATZINGER.