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CONGREGACIÓN PARA LA
DOCTRINA DE LA FE
A
propósito de la
NOTIFICACIÓN
de la Congregación para la
Doctrina de la Fe
sobre algunos escritos del
RVDO.
P. MARCIANO VIDAL, C.Ss.R.
1. La teología
moral ha suscitado en la vida de la Iglesia de los últimos decenios un interés
que no conocía desde hacía mucho tiempo. Son muchas las causas que explican
este fenómeno. La atención concedida por el Concilio Vaticano II a la
persona humana y a los problemas que atormentan su corazón; la nueva percepción
de la dignidad de la conciencia y del respeto que se le debe; la necesidad de
renovar la teología moral según un modelo que se adecue mejor a la Alianza
de Dios con su Pueblo, cuyo centro es la persona de Cristo; la consolidación
de una antropología de índole más personalista; el redes-cubrimiento del
carácter vocacional del matrimonio cristiano; los grandes desafíos
planteados a la ciencia y a la cultura por las conquistas en el campo de la
bio-ingeniería. Éstos son algunos de los elementos que han contribuido a
concentrar la atención de los teólogos sobre la moral.
2. Si se
consideran los resultados adquiridos en este ámbito, es indiscutible que se
ha alcanzado un progreso considerable. Aun sin mencionar las respuestas inéditas
— pero no por ello menos conformes a la “mente de Cristo» (1 Co 2,
16) — ofrecidas tanto a viejos como a nuevos problemas, no es posible
ignorar múltiples indicios concretos de renovación. Entre éstos cabe señalar
el descubrimiento, por parte de muchos fieles, de la grandeza de la vocación
cristiana y de la profunda e inalterable alegría ligada al compromiso pleno y
definitivo con ella; un anuncio del Evangelio que no teme proclamar con
claridad las más altas exigencias de las ‘Bienaventuranzas’, como camino
ordinario de la vida cristiana al servicio de la gloria del Padre y de los
hermanos que el Padre atrae hacia Sí (cfr. Jn 6, 44); la fortaleza de
numerosos cristianos para afirmar la propia identidad, cuando llega el momento
de dialogar con personas que no comparten sus convicciones, fortaleza que no
rehúye, si es necesario, el martirio, expresión sublime de la moral
cristiana; el entusiasmo de las nuevas generaciones de teólogos en el
aprendizaje y en el ejercicio de su ‘vocación’.
De este
florecimiento y de sus frutos, Juan Pablo II ha dejado constancia en su encíclica
Veritatis splendor: «El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el
Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre
las verdades de la fe que hay que creer y aplicar a la vida, presentadas de
manera más adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de
nuestro tiempo».(1)
3. Hay otro
aspecto que conviene considerar. En un clima de efervescencia intelectual,
como el que la teología moral ha conocido en el pasado y todavía conoce, se
requiere un esfuerzo especial en quien, como el teólogo moralista, se ve
implicado en primera persona: el esfuerzo para no perder el sentido del
equilibrio y de la mesura inherente a su vocación. Ésta última comporta, en
efecto, la referencia a dos polos inseparables: el respeto a la verdad íntegra
debido al Pueblo de Dios, y una fuerte unión con el Magisterio de la Iglesia,
depositario del deber de mantener, mediante el Espíritu del Resucitado (cfr. Jn
16, 13), al Pueblo de Dios en una fidelidad viva a la verdad, a través del
tiempo y de las más variadas circunstancias.
Es oportuno
detenerse sobre la apenas mencionada vocación del teólogo moralista, para
precisar todavía más su contorno. La tarea del teólogo moralista es
indispensable para la realidad viva de la Iglesia. A él le corresponde
escrutar todo lo que podría hacer la vida según «la verdad con caridad» (Ef
4, 15) más limpia, más trasparente y más accesible a los creyentes. Con él
comienza el discernimiento entre los verdaderos y los falsos problemas. Él
explora «la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida
por la Tradición viva de la Iglesia»(2) con objeto de extraer la luz
necesaria para resolver las dificultades que se presentan.
Estas líneas
generales se podrían completar con las consideraciones más específicas que
la Encíclica Veritatis splendor propone al respecto.(3) Sin necesidad de
descender a más detalles, es útil recordar que el trabajo de inteligencia de
la fe y de las costumbres confiado al teólogo moralista no es un bloque monolítico,
cerrado en sí mismo. Es esencialmente un servicio que se propone favorecer
tanto el crecimiento del Pueblo de Dios en el bien, cuanto la colaboración
con el Magisterio en el ejercicio de su misión de instancia última de la
verdad en la Iglesia.
4. Con
respecto a las relaciones entre el teólogo y el Magisterio, se puede
constatar la existencia de algunas tensiones. Éstas no deben ser siempre
interpretadas necesariamente como expresión de posiciones inconciliables
o de latentes rupturas, sino como resultado de modos diferentes de
acercarse a una misma verdad, siempre difícil de aferrar en toda su
complejidad y riqueza.
Cabría
recordar, en la historia reciente de la Iglesia, las tensiones que existieron
entre algunos teólogos y el Magisterio en los años 50. Esas tensiones —
como ha reconocido el mismo Magisterio — revelaron su fecundidad
sucesivamente, hasta el punto de convertirse en estímulo para el Concilio
Vaticano II. Admitir las tensiones no significa descuido o indiferencia. Se
trata, más bien, de la «paciencia de la maduración»,(4) que la tierra
requiere para permitir que la semilla germine y produzca nuevos frutos.
Dejando de lado la metáfora, se reconoce la necesidad de dejar que las nuevas
ideas se adecuen gradualmente al patrimonio doctrinal de la Iglesia, para
abrirlo después a las riquezas insospechables que contenía dentro de sí. El
Magisterio adopta prudentemente esta actitud y le concede particular relieve,
porque sabe que de ese modo se alcanzan las comprensiones más profundas de la
Verdad para el mayor bien de los fieles. Es la actitud de Juan Pablo II
cuando, en la encíclica citada, se abstiene de «imponer a los fieles ningún
sistema teológico particular».(5) Llegará la hora de la poda y del
discernimiento, pero nunca antes de que surja y se abra lo que está
germinando.(6)
5. Junto a la
tensión, puede surgir por desgracia la oposición. Ésta existe cuando la búsqueda
de la verdad se realiza con detrimento del patrimonio doctrinal de la Iglesia
y cristaliza en tesis ambiguas o claramente erróneas. La vigilancia realizada
en este caso por los Pastores pertenece a la función que el Señor les confió
de mantener intacto el «depósito de la fe» para el bien de toda la Iglesia.(7)
En efecto,
considerada más de cerca, la actitud de oposición es nociva para todos. Ante
todo para el teólogo, el cual, negadas algunas verdades, se expone a caer en
otros errores que podrían llevarlo a cerrarse a la Verdad. Además es
perjudicial para el Pueblo de Dios, que ve amenazado su acceso a la plena
verdad cristiana, a la que tiene un derecho inalienable. Por último, para los
Pastores de la Iglesia, que sin una sana teología, se ven privados de una
ayuda para cumplir todavía mejor la tarea que el Señor les ha confiado.
Cuando vigila sobre el «depósito» revelado (cfr. 1 Tm 6, 20; 2 Tm
1, 12), el Magisterio no desea destruir, sino enderezar para edificar. San
Pablo lo decía a Timoteo (cfr. 2 Tm 4, 2) y Juan Pablo II lo reafirma
cuando propone a la consideración de los moralistas algunas verdades que
pertenecen al ‘patrimonio moral’ de la Iglesia.(8)
6. El
resultado positivo de la vigilancia de los Pastores de la Iglesia se extiende
a la comunidad teológica de la que forma parte el P. Marciano Vidal. Lo que
se dice ahora constituye, para los demás miembros de esa comunidad, la ocasión
de examinar sus contribuciones a la luz de lo que el Magisterio reconoce, en
este caso particular, como perteneciente o no al «depósito» confiado a la
Iglesia. A este respecto, la presente Notificación contiene preciosas
indicaciones, algunas de las cuales son de gran importancia.
La primera de
ellas es sin duda el lugar central que ocupa la persona de Cristo en la teología
moral católica. Aun reconociendo el valor de la recta ratio para conocer al
hombre, Cristo es sin embargo el punto de referencia indispensable y
definitivo para adquirir un conocimiento íntegro de la persona humana, que
será después el fundamento de un obrar moral integral, en el
que no hay dicotomía alguna entre lo que depende del humanum y lo que
procede de la fe.
Tras las
huellas del Concilio Vaticano II, la Encíclica Veritatis splendor ha sido
explícita sobre este punto. A Cristo se acerca el «joven rico» para recibir
una enseñanza acerca de sí mismo y de lo que debe hacer para adecuarse a su
propia identidad y encontrar el verdadero bien, es decir, el que consiste en
realizarse según el designio de Dios (cfr. Mt 19, 16-21).(9)
Una segunda
indicación importante, derivada directamente de la anterior, es la dignidad
intangible de la sexualidad humana. En un contexto marcado por la exasperada
sexualidad prevalente en nuestro mundo, el contorno de su auténtico
significado puede fácilmente difuminarse. Por ello, el moralista cristiano
puede sentir la tentación de resolver los viejos y nuevos problemas con
respuestas que son más conformes a la sensibilidad y las expectativas del
mundo que a la «mente de Cristo» (cfr. 1 Co 2, 16). Como sucede
frecuentemente en las cuestiones doctrinales objeto de discusión, la solución
buena es aquí la lectio difficilior. Como el Magisterio ha demostrado en
diversas ocasiones y en diferentes contextos, no es posible aceptar ninguna
transacción en este ámbito. La vocación cristiana, en sus diversos estados
de vida, encuentra su condición de posibilidad en una sexualidad humana
integral.
A la luz de
estas observaciones se entiende el motivo por el que la Iglesia considera la
masturbación y las relaciones sexuales de tipo homosexual como actos
objetivamente graves.(10) Y en la misma óptica la Iglesia invita a los
esposos cristianos a la paternidad responsable en el respeto de la «inseparable
conexión», querida por el Creador y Redentor del hombre, entre los dos
significados, unitivo y procreativo, del acto conyugal.(11)
Las mismas
razones se encuentran en la enseñanza del Magisterio sobre la fecundación
artificial homóloga. En efecto, por una parte se trata de los actos propios
de los esposos como único lugar digno de la procreación humana y, por otra,
de la necesidad de evitar cualquier forma de manipulación del embrión
humano.(12) Por lo que se refiere al respeto incondicional debido al embrión,
no es suficiente afirmar la inmoralidad global del aborto, para después
atenuar confusamente ese principio cuando se trata de aplicarlo a casos
concretos particularmente complejos. Sobre este punto, la Iglesia ha
reivindicado siempre una absoluta coherencia y continúa a hacerlo con
creciente insistencia.(13) Ateniéndose firmemente al principio de la
integridad de la sexualidad humana y al del respeto de la vida, conectado con
el primero, la Iglesia no oprime al hombre. Más bien, lo valoriza; y lo hace
sobre la base de la idea que Jesucristo y la Tradición apostólica han tenido
del hombre, a pesar del contexto cultural de su tiempo.
7. Una
Notificación como la que el presente texto se ha propuesto comentar es
siempre un evento importante en la vida de la Iglesia. Lo es en primer lugar
para la persona inmediatamente interpelada, pero también para el entero
Cuerpo eclesial, del cual el teólogo en cuestión es y continúa siendo
miembro. En casos semejantes se pueden usar los términos ‘destruir’, pero
también ‘construir’, ‘edificar’ (cfr. 2 Co 10, 8; 13, 10). A
primera vista, el verbo ‘destruir’ puede parecer el más adecuado, pero a
largo plazo y a la luz del amor invencible del Señor, el ‘construir’
prevalecerá y suscitará la inalterable alegría de haber perseverado en la
verdad hasta el final (cfr. 2 Jn 2). En esto consiste la esperanza de
la Iglesia: «nosotros sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de
los que aman a Dios, los que según su designio son llamados» (Rm 8,
28).
(15 de mayo de
2001)
*
* * (1) Juan Pablo
II, Encíclica Veritatis splendor (6 de agosto de 1993), n. 29: AAS 85 (1993)
1157.
(2) Congregación
para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum veritatis (24 de mayo de 1990), n. 6:
AAS 82 (1990) 1552.
(3) Cfr. Enc.
Veritatis splendor, nn. 111-113: AAS 85 (1993) 1220-1222.
(4) Esta
expresión se toma de la Instr. Donum veritatis, n. 11 (AAS 82 [1990] 1555),
que la utiliza para describir la actitud que debe adoptar el teólogo si desea
que su audaz investigación de la verdad dentro de la fe eclesial pueda dar
frutos y «edificar».
(5) Enc.
Veritatis splendor, n. 29: AAS 85 (1993) 1157.
(6) La
reciente Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus
Iesus (6 de agosto de 2000) describe bien este proceso, aplicándolo al
importante problema del diálogo interreligioso: «En la práctica y en la
profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras
tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de
afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y
sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimento» (n. 3:
AAS 92 [2000] 744).
(7) Cfr.
Instr. Donum veritatis, n. 14: AAS 82 (1990) 1556.
(8) Cfr. Enc.
Veritatis splendor, n. 4: AAS 85 (1993) 1135-1137.
(9) Cfr. Enc.
Veritatis splendor, nn. 2. 6-7: AAS 85 (1993) 1134-1135; Juan Pablo II, Enc.
Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), n. 10: AAS 71 (1979) 274.
(10) Cfr.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana (29 de diciembre
de 1975), nn. 8-9: AAS 68 (1976) 84-87; Carta Homosexualitatis problema (1 de
octubre de 1986), nn. 3-8: AAS 79 (1987) 544-548; Catecismo de la Iglesia Católica,
nn. 2352. 2357-2359. 2396.
(11) Cfr.
Pablo VI, Enc. Humanae vitae (25 de julio de 1968), nn. 11-14: AAS 60 (1968)
488-491; Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre
de 1981), n. 32: AAS 74 (1982) 118-120; Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
2370 y 2399.
(12)
Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae (22 de febrero de
1987), n. II, B, 5: AAS 80 (1988)
92-94.
(13) Juan
Pablo II, Enc. Evangelium vitae (25 de marzo de 1995), nn. 58-62: AAS 87
(1995) 466-472.
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