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  MISA DE BEATIFICACIÓN DE LAS SIERVAS DE DIOS
 ASCENSIÓN NICOL GOÑI Y MARIANA COPE

HOMILÍA DEL CARDENAL JOSÉ SARAIVA MARTINS

Sábado 14 de mayo de 2005

 

Eminencias reverendísimas;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
distinguidas autoridades;
queridos peregrinos: 

1. La Iglesia naciente se preparó para el primer Pentecostés cristiano recorriendo un itinerario de fe en el Señor resucitado. En efecto, es él quien da su Espíritu al pueblo de la nueva alianza.

La comunidad de los discípulos, después de la ascensión de Jesús al cielo, se reunió en el Cenáculo en espera de ser "bautizada en el Espíritu Santo" (Hch 1, 5) y se preparó para el acontecimiento haciendo una intensa experiencia de comunión fraterna y de oración:  "Todos ellos perseveraban en la oración, (...) en compañía de María, la madre de Jesús" (Hch 1, 14).

Esta tarde también nosotros nos encontramos reunidos idealmente en el Cenáculo. Sentimos la presencia materna de María y la cercanía del apóstol san Pedro, sobre cuyo sepulcro surge esta basílica.

Ahora somos una asamblea litúrgica que proclama la misma fe en Cristo resucitado; que se alimenta del mismo Pan eucarístico; que eleva al cielo, con insistente confianza, la misma invocación:  "Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres; ven, dador de gracias; ven, luz de los corazones" (Secuencia).

Por tanto, saludo a cuantos han dejado sus ciudades y sus hogares, y a los que, atravesando los océanos y los continentes, están aquí para compartir con nosotros la gracia de Pentecostés y la alegría de la beatificación de la madre Ascensión del Corazón de Jesús y de la madre Mariana Cope.

Doy una cordial bienvenida a las Hermanas Misioneras Dominicas del Santísimo Rosario y a las religiosas de la Tercera Orden de San Francisco de Syracuse, así como a los numerosos peregrinos procedentes de los lugares de nacimiento y de apostolado de las nuevas beatas.

2. Queridos hermanos y hermanas, la palabra de Dios, que acaba de proclamarse, nos ayuda a recordar el gran misterio de Pentecostés, que marcó el solemne inicio de la misión de la Iglesia en el mundo.

El pasaje evangélico ha hecho llegar hasta nosotros el grito de Jesús:  "El que tenga sed, venga a mí y beba". El hombre de todos los tiempos y de todas las culturas tiene sed de vida, de verdad, de justicia, de paz, de felicidad. Tiene sed de eternidad. Tiene sed de Dios. Jesús puede apagar esta sed. A la samaritana le dijo:  "El que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás" (Jn 4, 14). El agua de Jesús es el Espíritu Santo, Espíritu creador y consolador, que transforma el corazón del hombre, lo vacía de la oscuridad y lo llena de vida divina, de sabiduría, de amor, de buena voluntad y de alegría, realizando así la profecía de Ezequiel:  "Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis según mis preceptos" (Ez 36, 27).

La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia y en cada alma es una "inhabitación" permanente, dinámica y creativa. Quien beba el agua de Jesús, tendrá en su seno "ríos de agua viva" (Jn 7, 38), "una fuente de agua que brota para la vida eterna" (Jn 4, 14).

El Espíritu Santo cambia la existencia de quien lo hospeda, renueva la faz de la tierra y transforma toda la creación que,
como afirma san Pablo en la segunda lectura de la misa—, "gime hasta el presente y sufre dolores de parto" (Rm 8, 22), en espera de volver a ser el jardín de Dios y del hombre.

El Espíritu Santo es el maestro interior y, al mismo tiempo, es el viento impetuoso que hincha las velas de la barca de Pedro para conducirla mar adentro. Duc in altum! Es la exhortación que el Sumo Pontífice Juan Pablo II dirigió a la Iglesia del tercer milenio (cf. Novo millennio ineunte, 58).

Los Apóstoles experimentaron la venida del Espíritu Santo y se transformaron en testigos de Cristo muerto y resucitado, en misioneros por los caminos del mundo. Esa misma experiencia se repite en todos los que, acogiendo a Cristo, se abren a Dios y a la humanidad; se repite sobre todo en los santos, tanto en los anónimos como en los que han sido elevados al honor de los altares. Los santos son las obras maestras del Espíritu, que esculpe el rostro de Cristo e infunde en su corazón la caridad de Dios.

Nuestras dos beatas abrieron de par en par su vida al Espíritu de Dios y se dejaron conducir por él en el servicio a la Iglesia, a los pobres, a los enfermos y a la juventud.

3. La beata Ascensión del Corazón de Jesús es una de las grandes misioneras del siglo pasado. Desde joven concibió su vida como un don al Señor y al prójimo, y quiso pertenecer en exclusiva a Dios, consagrándose como monja dominica en el monasterio de Santa Rosa de Huesca, en España. Se dejó llevar, sin reservas, por el dinamismo de la caridad, infundida por el Espíritu Santo en aquellos que le abren de par en par las puertas de su corazón.

Su primer campo de apostolado fue la  enseñanza  en el colegio anexo al monasterio. Las  fuentes testificales la recuerdan como educadora excelente, amable y  fuerte,  comprensiva  y exigente.
Pero el Señor tenía otros proyectos para ella y, a la edad de cuarenta y cinco años, la llamó a ser misionera en Perú. Con entusiasmo juvenil y confianza total en la Providencia, dejó su patria y se dedicó a la tarea de evangelizar, extendiendo su afán a todo el mundo, a partir del continente americano. Su trabajo generoso, amplio y eficaz dejó una huella profunda en la historia misionera de la Iglesia. Colaboró con monseñor Ramón Zubieta, obispo dominico, en la fundación de las Hermanas Misioneras Dominicas del Santísimo Rosario, congregación de la que fue primera superiora general. Su vida misionera abunda en sacrificio, renuncia y frutos apostólicos. Sembró generosamente y cosechó en abundancia. Realizó frecuentes viajes apostólicos a Perú y Europa, e incluso llegó a China. Tuvo el temple de luchadora intrépida e infatigable, así como una ternura materna capaz de conquistar los corazones. Enraizada en la caridad de Cristo, ejerció con todos su carisma de maternidad espiritual. Sostenida por una fe viva y una devoción ferviente al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora del Rosario, se entregó para la salvación de las almas, con olvido completo de sí misma. Exhortaba frecuentemente a sus hijas a comportarse de la misma manera, afirmando que no se salvan las almas sin nuestro sacrificio personal. Deseó ardientemente llegar a una caridad cada vez más pura e intensa y, para alcanzar esta meta, se ofreció como víctima al amor misericordioso de Dios.

4. La vida de la beata Mariana Cope fue una admirable obra de la gracia divina. Mostró la belleza de la vida de una verdadera franciscana. El encuentro de la madre Mariana con los enfermos de lepra tuvo lugar cuando ya había avanzado bastante en el seguimiento de Cristo. Durante veinte años había sido miembro de la Congregación de las religiosas de la Tercera Orden de San Francisco de Syracuse, en Nueva York. Ya era una mujer de vasta experiencia y madura  espiritualmente. Pero repentinamente Dios la llamó a una entrega más radical, a un servicio misionero más difícil.

La beata Mariana, que en aquel tiempo era superiora general, escuchó la voz de Cristo en la invitación del obispo de Honolulu. Buscaba religiosas que asistieran a los enfermos de lepra en la isla de Molokai. Como Isaías, ella no dudó en responder:  "Heme aquí:  envíame" (Is 6, 8). Lo dejó todo, y se abandonó completamente a la voluntad de Dios, a la llamada de la Iglesia y a las exigencias de sus nuevos hermanos y hermanas. Puso en peligro su salud y su misma vida.

Durante treinta y cinco años vivió en plenitud el mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Trabajó de buen grado con el beato Damián De Veuster, que estaba al final de su extraordinario apostolado. La beata Mariana amó a los enfermos de lepra más que a sí misma. Los sirvió, los educó y los guió con sabiduría, amor y fuerza. Veía en ellos el rostro sufriente de Jesús. Como el buen samaritano, se convirtió en su madre. Sacó fuerza de su fe, de la Eucaristía, de su devoción a nuestra santísima Madre y de la oración. No buscó honores terrenos o reconocimientos. Escribió:  "No espero un lugar elevado en el cielo. Estaré muy agradecida de tener un rinconcito donde pueda amar a Dios por toda la eternidad".

5. "Ríos de agua viva brotarán del seno" de quien cree en Cristo. La carta a los Gálatas nos indica sumariamente los signos de su presencia. Son:  "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5, 22).

Nuestras dos beatas llevaron al mundo los frutos y los signos de la presencia del Espíritu Santo, hablaron el lenguaje de la verdad y del amor, el único capaz de derribar las barreras de la cultura y de la raza y de restablecer la unidad de la familia humana, dispersa por el orgullo,  por la voluntad de poder y por el rechazo de la soberanía de Dios, como nos  ha  dado a entender el relato bíblico  de  la torre de Babel (cf. primera lectura).

El Santo Padre Benedicto XVI, al inaugurar su ministerio petrino, reafirmó que "no es el poder lo que redime, sino el amor. (...) Este es el distintivo de Dios:  él mismo es amor. (...) Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo es salvado por el Crucificado y no por los crucificadores" (Homilía del 24 de abril de 2005:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 2005, p. 7).

San Ireneo, comentando el acontecimiento de Pentecostés, propuso esta reflexión:  "El Espíritu Santo reducía a unidad a las tribus lejanas, y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones. (...) Porque, de la misma manera que de la harina seca no puede, sin agua, hacerse una masa única ni un pan único, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos unificarnos en Cristo Jesús sin el "agua" del cielo" (Adversus haereses, III, 17, 2).

Por tanto, en las manos de la beata Ascensión del Corazón de Jesús y de la beata Mariana Cope pongamos nuestra oración:   "Señor,  danos de esa agua" (Jn 4, 15). Amén.

 

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